Retornados ingleses medievales

(Siglos XI y XII)

Retornados ingleses medievales
Algunos lugares de las islas británicas mencionados en las crónicas medievales y en los que se habrían registrado casos de retornados.

LOS RETORNADOS INGLESES

Es poco conocido que en Gran Bretaña se ha creído también en retornados de la tumba. No hay que olvidar que anglos y sajones eran tribus germánicas, y que la creencia en retornados parece ser una creencia común entre ellos. Hay muchos testimonios escritos, especialmente en la literatura escandinava, que dan fe de ello, como exponemos en Vampiros. Bestiario de Ultratumba, y a los que próximamente dedicaremos un artílo extenso.

Algunas crónicas inglesas medievales del siglo XII reflejan estas creencias, e incluso relatan casos que supuestamente han acaecido en diferentes lugares en suelo inglés. Al parecer los casos de retornados no eran poco frecuentes, y algún que otro cronista se maravilla de que los escritores antiguos no hayan registrado casos similares en tiempos anteriores al suyo.

No hay evidencia de que los no muertos ingleses se alimenten de la sangre de las víctimas, pero comparten muchas y curiosas coincidencias con su pariente, el vampiro del continente:

  • El cadáver aparece engordado y lleno de sangre; aunque sólo William de Newburgh, que yo sepa, hace una comparación de un retornado con una sanguijuela hinchada que se hubiera cebado con la sangre de varias personas. Es la única referencia que podría hacer sospechar que el autor tenía en mente la idea de que la sangre abundante de los retornados procediera de sus víctimas.
  • Causan grandes disturbios entre personas y animales, paseando de noche, ocasionalmente de día, y haciendo mucho ruido.
  • Los perros alborotan o les siguen ladrando.
  • Molesta preferentemente a las viudas, hermanos, y a los allegados.
  • Ataca a las personas, golpeándolas seriamente, e incluso provocando su muerte.
  • Sus paseos esparcen una pestilencia que provoca enfermedades mortales.
  • En vida fueron personas malas, inmorales o impías.
  • Les anima el demonio.
  • Para acabar con ellos hay que desenterrarlos y quemarlos, y en algunos casos además se les corta la cabeza, o se les extrae el corazón. Las cenizas son esparcidas al viento.
  • Cierto caso ocurrido en Hereford recuerda exactamente la misma actuación que ciertos vrykolakas y otros vampiros del continente, paseando cerca de las casas de sus víctimas y llamándoles por su nombre, los cuales enferman y fallecen tres días después del ataque. La muerte en tres días, tras una penosa enfermedad, es una constante en muchos vampiros de Serbia, por ejemplo.
Veamos algunas crónicas y los casos narrados en ellas:

CHRONICA ABBATUM DE BURTON

Chronica Abbatum de Burton (Crónica de los abades de Burton) es un manuscrito del siglo XVI, citado en el Monasticon Anglicanum escrito por Sir William Dugdale con otros colaboradores publicado en Londres en 1817, y que contenía la narración de una historia conocida como The Devill of Drakelowe, que habría transcurrido en la aldea de Drakelowe en los años que siguieron a la elaboración dele Domesday, un registro sobre Inglaterra completado en 1086 por encargo del duque de Normandía, Guillermo I para conocer el país que acababa de conquistar.

El diablo de Drakelowe

La crónica dice que los hechos tuvieron lugar cuando era abad Galfridus de Mala Terra, que fue abad entre 1085 y 1094, de modo que probablemente hay que situarlos en algún momento entre 1090 y 1094, cuando el conde Roger vuelve a Drakelowe. El relato se menciona también en el Tractatus de Miraculis, de Gaufridus, que fue abad de Burton entre 1114 y 1151, y el cual podría haber sido testigo de los acontecimientos. Traducimos del inglés y a partir del relato que del mismo hace Falconer Madan en su libro The Gresleys of Drakelowe, dedicado a la familia Gresley, una antigua familia local, y publicado en 1899. Los Gresley vivieron hasta hace poco en la gran mansión de Drakelow Hall, al sur de la ciudad de Burton-on-Trent, y que posiblemente estaba sobre el antiguo emplazamiento de Drakelow. La mansión fue derruida, y sobre ella se construyó una central termoeléctrica.

Drakelow Hall
Drakelow Hall. Ala oeste. Imagen de dominio público.

«Dos villanos que vivían en Stapenhill bajo la jurisdicción de la Abadía de Burton cerca de la ciudad conocida como Drakelowe, abandonaron injustamente a sus señores los monjes para permanecer bajo la autoridad del Conde Roger, llamado el Potievino.

Los oficiales incautaron de inmediato la ración de maíz de estos delincuentes. Los fugitivos, mientras tanto, le contaron al Conde tales mentiras que éste amenazó al abad, se apoderó de todo el grano que había en Stapenhill, y envió soldados a las tierras de la abadía en Blakepol, desafiando a luchar a los soldados del abad. El abad se apresuró a ir al santo lugar de Santa Modwenna, mientras sus diez criados, en contra de sus órdenes, salieron a luchar contra los sesenta seguidores del Conde incluidos el dapifer del Conde (el mayordomo o senescal del Conde), con resultados desiguales. Al día siguiente los dos fugitivos cayeron enfermos y murieron, y fueron enterrados a la mañana siguiente en Stapenhill, en sendos ataúdes de madera.

Siguió a esto una escena terrible. Esa misma noche, antes de la puesta del Sol, los muertos fueron vistos llevando sus ataúdes sobre sus hombros de un modo fantástico. A lo largo de la noche, anduvieron por los caminos y campos de Drakelowe, asumiendo la apariencia de osos o perros u otros animales. Las cosas se pusieron aún peores cuando los espectros empezaron a golpear las paredes de las casas con sus ataúdes, llorando, "Adelante, adelante deprisa, venid pronto con nosotros." Cada tarde y cada noche ocurría lo mismo. Y después irrumpió una epidemia, y casi todo el mundo murió en Drakelowe, a excepción de dos rústicos y Drogo, el comisario del Conde.

El conde fue en penitencia a ver al abad, y consiguió su plena restitución, pero la Santa no se apaciguó tan fácilmente como su abad. Los dos rústicos cayeron enfermos, y algunos vecinos, atemorizados aún por los visitantes nocturnos, exhumaron los cuerpos de los dos fugitivos, les sacaron el corazón, los llevaron a la colina llamada Dodefreseford, y los quemaron allí. En ese mismo momento se vio salir un cuervo de las llamas. Era el diablo de Drakelowe, sin duda, y su apariencia provocó éxtasis de puro miedo en todos los presentes. Hasta los dos rústicos enfermos, tan pronto vieron el humo del incendio, mejoraron de repente tanto como para dejar sus camas, hacer el equipaje, y huir con sus esposas e hijos a la cercana Gresley. Así fue como quedó abandonada Drakelowe, y siguió estándolo durante mucho tiempo, por miedo a la ira de Santa Modwenna y a los milagros y maravillas obrados por su causa.»

GESTA REGUM ANGLORUM

Alfredo el Grande

Alfredo el Grande
El rey Alfredo el Grande. Imagen de dominio público.

La Gesta Regum Anglorum (Gesta de los Reyes Anglos), fue escrita en el siglo XII por William de Malmesbury, historiador inglés que escribió su obra cuando era monje en la Abadía de Malmesbury. En un breve pasaje nos refiere el retorno, ya muerto, de nada más y nada menos que el propio rey Alfredo el Grande, muerto el 26 de octubre del año 899, aunque no se sabe con certeza. Alfredo el Grande gobernó el reino anglosajón de Wessex entre los años 871 a 899.

Se le enterró originalmente en el Old Minster, una catedral que sería demolida en 1093. Si consultamos obras de historia leeremos que poco después el cuerpo del rey fue llevado a la abadía de New Minster. En 1110 los monjes de la abadía fueron obligados a reinstalarse en la Abadía de Hyde, llevándose con ellos el cuerpo del monarca. Sin embargo William de Malmesbury, nos da un dato interesante. Traducimos a partir del original en inglés de una edición de 1847:

«Informan de que Alfredo fue enterrado primero en la catedral, ya que el monasterio aún no estaba terminado, pero que poco después, y esto queda a cuenta de la locura de los canónigos, que afirmaban que el espíritu del rey, retornado a su cuerpo, vagaba de noche a través de los edificios, Eduardo, su hijo y sucesor, sacó de allí los restos de su padre y se los llevó al New Minster, para que tuviera un reposo digno. Estas y similares supersticiones, como la de que el cadáver de un hombre malvado camina, tras su muerte, por intervención del diablo, mantienen los ingleses con la más inocente credulidad, heredada de los paganos, según la expresión de Virgilio, "vuelan las sombras, dicen, cuando la vida se ha ido".»

Dom Calmet menciona esta creencia en su Dissertation sur les revenants en corps, les excommunies, les oupirs ou vampires, brucolaques. Traducimos del original francés, edición de 1751:

«Guillaume de Malmesburi dice que en Inglaterra se creía que los malvados retornaban tras su muerte, y eran devueltos a sus propios cuerpos por el demonio, que les gobernaba y les hacía obrar: nequam hominis cadaver post mortem Daemone agente discurrere.»

La cita en latín es del original de William de Malmesbury, la misma que hemos traducido más arriba como «que el cadáver de un hombre malvado camina, tras su muerte, por intervención del diablo».

HISTORIA RERUM ANGLICARUM

La Historia Rerum Anglicarum (Historia de las Cosas de Inglaterra), fue escrita en el siglo XII, en 1190, por el historiador inglés William de Newburgh, conocido también como William Parvus. En su crónica William de Newburgh aún da más datos sobre la creencia en los retornados en Inglaterra. El libro está disponible on-line en una traducción inglesa que puede consultarse aquí.

En el libro V, capítulo 24, titulado De ciertos prodigios, podemos leer (traducimos del inglés):

«No resulta fácil creer que los cadáveres pueden salir (ignoro porque medios) de sus tumbas, y vagabundean causando el terror o la destrucción de los vivos, para retornar de nuevo a la tumba, que se abre espontáneamente para recibirlos, aún no habiendo ejemplos frecuentes, pero si los suficientes, ocurridos en nuestros tiempos, como para corroborar la verdad que hay en ello, y de lo cual hay abundantes testimonios. No resulta extraño que estas cosas hayan sucedido anteriormente, aunque no hay evidencia de ellas en las obras de autores antiguos, en cuya vasta obra se dispusieron a escribir todo suceso digno de ser recordado; pero si ellos no descuidaron nunca registrar incluso eventos de poco interés, ¿cómo es posible qué omitieran un hecho tan sorprendente y terrible, suponiendo qué haya ocurrido en su época? Por otra parte, escribir todos los casos de este tipo de los que he tenido constancia y que han ocurrido en nuestros tiempos sería una empresa ardua y laboriosa, más allá de nuestras posibilidades; de modo que añadiré dos (y ocurridos recientemente), y los insertaré en nuestra historia, tal y como merece la ocasión, como advertencia a la posteridad.»

El cura de Melrose

Luego continúa, narrando un caso concreto, el del cura de Melrose, capellán y amante de una «cierta dama ilustre» al que en vida llamaban «el cura perro». Los hechos tuvieron lugar en el monasterio de Melrose, al sur de Escocia:

Abadía de Melrose
Abadía de Melrose (Foto de © Jeremy Atherton, 2004)

«Hace unos años, el capellán de cierta dama ilustre, habiendo muerto, fue enterrado en una tumba en noble monasterio de Melrose. Este hombre, tenía poco respeto por la sagrada orden a la que pertenecía, y era excesivamente secular en sus proyectos, pero lo que ensombrecía especialmente su reputación como ministro del sagrado sacramento, es que era tan adicto a la vanidad de la caza que muchos le bautizaron con el infamante título de "hundeprest", o sacerdote perro; y su ocupación, durante su vida, le valió la burla de los hombres, o que le consideraran sólo desde el punto de vista mundano; pero tras su muerte, como se puso de manifiesto, sus pecados salieron a la luz; pues, saliendo de su tumba durante la noche, no pudiendo injuriar ni espantar a los santos hombres del monasterio gracias a la meritoria resistencia que le opusieron, fue más allá de sus muros y vagó alrededor de las habitaciones de la que fuera su amante, emitiendo gemidos ruidosos y horribles murmullos. Esto ocurrió con frecuencia hasta que ella, totalmente aterrorizada, reveló sus temores y el peligro en el que se encontraba a uno de los frailes que la visitó por negocios del monasterio; pidiéndole con lágrimas en los ojos que rezaran al Señor en su nombre con más asiduidad por terminar con aquella agonía. Tal era su ansiedad que el fraile, al que le pareció que merecía los mejores esfuerzos por sus frecuentes donaciones al convento, se compadeció piadosamente y la prometió poner remedio rápidamente a aquello por la gracia del más Alto Proveedor.

Acto seguido, volviendo al monasterio, consiguió que se le uniera otro fraile, con el mismo espíritu decidido, y dos jóvenes fuertes, con la intención de mantener vigilancia constante y hacer guardia en el cementerio en el que estaba enterrado el miserable sacerdote. Y así, los cuatro, equipados con armas y envalentonados, pasaron la noche en el lugar, con la seguridad que da el saber que unos ayudarían a los otros. Pasó la medianoche, y no apareció el monstruo; y los tres hombres que le acompañaban le dejaron sólo, yéndose a una casa cercana, con el propósito de calentarse, pues la noche era fría. Tan pronto como este hombre se quedó sólo en el lugar, el demonio, imaginando que ese era el momento oportuno para acobardarle, se alzó usando ese cuerpo que él mismo había escogido, y que parecía llevar muerto más tiempo del que hacía. Viéndole venir de lejos, el monje se aterrorizó al verse sólo; pero pronto recuperó su valor, y no teniendo donde refugiarse, resistió con valentía la llegada de aquel demonio, que venía precipitándose sobre él haciendo ruidos terribles, y le golpeó con el hacha que llevaba en la mano hundiéndola profundamente en el cuerpo. Al recibir la herida, el monstruo gimió en voz alta, y dándose la vuelta, escapó con la misma rapidez con la que antes avanzaba, mientras que nuestro admirable hombre le empujaba a su adversario obligándole a regresar a su tumba; la cual, se abrió como si tuviera voluntad propia, y tras recibir a su invitado que venía impelido por su perseguidor, se cerró de inmediato con la misma facilidad. Al mismo tiempo, los que se habían retirado al calor del fuego impacientes por la frialdad de la noche regresaron, aunque ya fuera tarde, y al escuchar lo sucedido, se dispusieron a ayudar para desenterrar y eliminar el cadáver en cuanto llegara la madrugada. Cuando le desenterraron vieron la enorme herida que había recibido, y una gran cantidad de sangre que fluía de ella por todo el sepulcro; y de este modo se lo llevaron fuera de los muros del monasterio y lo quemaron, y esparcieron las cenizas al viento. Todo esto me fue explicado en una sencilla narración, tal y como me lo contaron unos religiosos.»

Como en un caso de vampirismo clásico se observa la abundancia de sangre en el cadáver, y el método para acabar con sus andanzas es quemar el cuerpo y esparcir las cenizas.

Abadía de Melrose
La Abadía de Melrose, de John Stoddart. Imagen de dominio público.

El hombre celoso de York

Continúa William de Newburgh con el caso de un hombre huido de York al castillo de Anantis, que podría ser el Castillo de Anna, el Castillo de Annand, o el Castillo de Alnwick:

«Otro caso más, no diferente al anterior, pero más pernicioso en sus efectos, ocurrió en el castillo llamado Anantis, tal y como se lo oí relatar a un viejo monje que vivía de modo honorable y con autoridad en aquellas tierras, y que según me dijo había ocurrido es su presencia. Cierto hombre de mala conducta llegó huyendo, ya fuera por temor a sus enemigos o a la ley, desde la provincia de York, al señor del mencionado castillo, se estableció allí y habiendo realizado un servicio acorde con su temperamento, se esforzó aún más por incrementar sus propensiones malignas en vez de corregirlas. Se casó con una esposa que le llevaría a la ruina, como se verá más adelante; pues habiendo escuchado ciertos rumores respecto de ella, se dejó ganar por el espíritu de los celos. Ansioso por conocer la verdad de estos informes, simuló un viaje del cual no retornaría en algunos días; pero volvió a la noche para introducirse sigilosamente en el dormitorio de una sirvienta a la que había comunicado sus planes, y se ocultó en una viga desde la que veía la habitación de su esposa, para ver con sus propios ojos si alguien había deshonrado su cama de matrimonio. Acto seguido pilló a su esposa fornicando con un joven del barrio, y en su indignación se olvidó de todo, calló, y se estrelló contra el suelo, cerca de donde ellos estaban.

El adúltero dio un salto y escapó; pero la esposa, disimuló hábilmente lo que había ocurrido y levantó del suelo suavemente a su marido. Tan pronto como él empezó a recuperarse un poco empezó a reprocharle su adulterio y la amenazó con castigarla; pero ella respondió, "Explicadme, mi señor," dijo; "estáis hablando sinsentidos que no hay atribuiros a vos, sino a la enfermedad que os consume". Su cuerpo había sido sacudido y magullado de tal modo, que le sobrevino una enfermedad, de modo que el hombre que como dije me relató estos hechos fue a visitarle para realizar el piadoso desempeño de sus funciones, aconsejándole que confesara sus pecados, y recibiera la cristiana Eucaristía en la forma debida: pero como estaba ensimismado en sus pensamientos acerca de lo que le había pasado, y de lo que su esposa le dijo, le despidió hasta mañana, —¡aquel mañana que el destino no le dejaría ver!— y a la noche siguiente, falto de gracia cristiana, y presa de desgracias bien merecidas, cayó en el profundo sueño de la muerte. Aunque era indigno de ello recibió un auténtico entierro cristiano; pero no le sirvió de mucho: por obra de Satán, salió de su tumba en la noche perseguido por un grupo de perros que daban horribles ladridos, merodeando por las calles y alrededor de las casas mientras todos los hombres cerraban rápidamente sus puertas y no salían por nada del mundo desde la noche hasta la salida del Sol, por miedo a encontrarse y ser golpeado y amoratado por aquel monstruo vagabundo. Pero aquellas precauciones no fueron de provecho, pues la atmósfera, envenenada por los paseos de este cadáver asqueroso, llenó cada casa de enfermedad y la muerte por medio de su aliento pestilente.

Pronto hizo que la ciudad, populosa hacía poco tiempo, pareciera casi desierta; y los habitantes que escaparon a la destrucción emigraron a otras partes del país, antes que quedarse y morir. El hombre de cuyos labios escuché estas cosas, afligido por la desolación de su parroquia, trabajó para convocar una reunión de hombres sabios y religiosos en el día que llaman Domingo de Ramos, para que pudieran dar su consejo ante tan gran dilema, y apaciguar los espíritus de los pocos que quedaban con algo de consuelo, por poco que fuera. Tras dirigir un discurso a los habitantes, después de que las ceremonias solemnes de la fiesta se hubieran cumplido debidamente, invitó a los clérigos presentes, junto a otras personas honorables para que se presentaran en su mesa. Mientras estaban en el banquete, dos jóvenes (hermanos), que habían perdido a su padre en la plaga, se envalentonaron el uno al otro, diciendo, "Este monstruo ya ha destruido a nuestro padre, y nos destruirá a nosotros también, a menos que tomemos medidas para impedirlo. Por lo tanto llevemos a cabo algunas acciones audaces que nos permitan garantizar nuestra seguridad a la vez que vengamos la muerte de padre. Nadie nos lo va a impedir; pues hay una fiesta en la casa del sacerdote, y toda la ciudad está en silencio como si estuviera desierta. Desenterremos esta peste funesta, y hagámosla arder con fuego."

Engancharon una pala, y se dirigieron rápidamente al cementerio, comenzando a cavar; y pese a que pensaban que tendrían que cavar a mayor profundidad, de repente, antes de que hubieran quitado la mayor parte de la tierra, dieron con el cadáver, cuya corpulencia había aumentado de forma enorme, con un semblante desmesuradamente ampuloso y cubierto de sangre; mientras que el sudario con el que había sido envuelto aparecía despedazado. Los jóvenes, llevados por la ira, no tuvieron sin embargo ningún temor, y golpearon el cuerpo, del cual fluyó tal torrente incontenible de sangre que diríase una sanguijuela que se hubiera hinchado con la sangre de varias personas. A continuación, lo arrastraron más allá de la aldea, donde hicieron rápidamente una pira funeraria; y como uno de ellos decía que aquel cuerpo pestilente no ardería a menos que se le sacara el corazón, el otro le abrió un costado a base de darle golpes con la pala, metió la mano, y sacó el maldito corazón. Tras ser troceado rápidamente, y echado a las llamas, les fue anunciado a los invitados lo que había sido hecho, y corriendo hasta allí, pudieron testificar por si mismos lo ocurrido. En cuanto aquel sabueso del infierno fue destruido, cesó la pestilencia que se había difundido entre la gente, como si el aire, corrupto por las contagiosas idas y venidas de aquel cadáver terrible, hubiera sido purificado por el fuego que lo consumió. Habiendo sido expuestos estos hechos de seste modo, volvamos al hilo regular de nuestra historia.»

Se observan también en este relato algunas de las características que en el sur y el este de Europa se achacan a los vampiros, como es la gordura del cadáver, y la abundancia de sangre, pero en este caso es de destacar la comparación que se hace del cuerpo con una sanguijuela que hubiera sorbido la sangre de varias personas. Otra característica común con el vampiro clásico del continente es la pestilencia y la enfermedad que, en sus erráticas andanzas, propaga el cadáver. La extracción del corazón es otra práctica común en los casos clásicos de vampirismo.

El retornado de Buckingham

El capítulo 33, titulado Del prodigio de los hombres muertos que vagabundean tras su entierro, William de Newburgh lo dedica entero a narrar el caso de un hombre de la ciudad de Buckingham, que al morir visitaba a su esposa, metiéndose en su cama y aplastándola casi con su enorme cuerpo:

Iglesia de St. Rumbold, Buckingham
Iglesia de St. Rumbold, Buckingham, parte en la actualidad de la Universidad de Buckingham. Foto de Roleplayer. Imagen de dominio público.

«En aquellos días un acontecimiento maravilloso ocurrió en el país de Buckingham, de todo lo cual, en primera instancia, oí parcialmente de ciertos amigos, y me informé después con más detalle por Stephen, el venerable archidiácono de aquella provincia. Un hombre murió, y, de acuerdo a la costumbre, ejercida por su esposa y sus parientes, fue depositado en la tumba en la víspera de la Ascensión del Señor. A la noche siguiente, sin embargo, se introdujo en la cama donde reposaba su esposa, no sólo despertándola en forma tan aterradora, sino aplastándola casi con el insoportable peso de su cuerpo. La siguiente noche, de nuevo, afligió a la sorprendida esposa de la misma manera, la cual, asustada por tal peligro, como se acercaba la tercera noche, se encargó de permanecer despierta, rodeada de compañeros vigilando. Aún así vino, pero fue expulsado por los gritos de los que vigilaban, y al ver que no podía conseguir sus propósitos, se fue. De este modo fue expulsado por su esposa, y hostigado de igual manera por sus hermanos, que vivían en la misma calle, y que habían seguido el prudente ejemplo de la mujer pasando las noches en vigilia junto a algunos compañeros dispuestos a reunirse y rechazar el esperado peligro. A pesar de todo él seguía apareciendo, como si albergara la esperanza de sorprenderles somnolientos, pero siendo rechazado por el cuidado y valor de los vigilantes, alborotó entre los animales, tanto en el interior como al aire libre, dando rienda suelta a su salvajismo e inesperados movimientos.

De este modo se convirtió en una grave molestia para sus vecinos y amigos, a los que imponía la necesidad de una continua vigilancia nocturna; y en esa misma calle un reloj fue puesto en cada casa, temerosos de sus ataques por sorpresa. Pasado algún tiempo en el que alborotaba sólo de noche, comenzó a vagar a plena luz del día, formidable para todos, pero visible sólo para unos pocos; pues a veces, se presentaba delante de un número de personas, haciéndose visible ante una o dos solamente, aunque su presencia no pasaba desapercibida para el resto. A la larga, los habitantes, alarmados más allá de toda medida, decidieron que buscar el consejo de la iglesia; y detallaron todo el asunto, con lamentos y llantos, al archidiácono que mencioné más arriba, en una reunión con el clero que presidió él de manera solemne. De inmediato se informó por escrito al venerable obispo de Lincoln, que por entonces residía en Londres, a fin de conocer su opinión y juicio sobre el asunto; pero el obispo, sorprendido por este relato, realizó una investigación con sus compañeros; y ellos le dijeron que este tipo de cosas había ocurrido a menudo en Inglaterra, y citaron ejemplos para mostrar que no se restauraría la tranquilidad en el pueblo hasta que el cuerpo de este infeliz fuera desenterrado y quemado. Sin embargo, este procedimiento le pareció al reverendo obispo indecente e impropio, y poco después envió una carta de absolución, escrita de su puño y letra, al archidiácono, junto con la orden de inspeccionar en qué estado se encontraba realmente el cuerpo del hombre; y mandó que se abriera su tumba y se depositara la carta sobre su pecho, tras lo cual debía cerrarse de nuevo. Cuando se abrió el sepulcro, el cuerpo se encontró tal y como se le había dejado, y la carta de absolución se depositó sobre su pecho, y la tumba fue cerrada una vez más. En lo sucesivo no se le vio merodear nunca más, ni molestó ni aterrorizó a nadie.»

Iglesia de San Pedro y San Pablo, Buckingham
Calle de Buckingham, con la Iglesia de San Pedro y San Pablo al fondo. Foto por Chris Nyborg, bajo licencia GNU.

Dom Calmet menciona este caso en su Dissertation sur les revenants en corps, les excommunies, les oupirs ou vampires, brucolaques. Traducimos del original francés, edición de 1751:

«Guillaume de Neubrige, que floreció en la segunda mitad del siglo doce, cuenta que en su tiempo se vio en Inglaterra, en el territorio de Bukingham, un hombre que se apareció a su mujer con su cuerpo como si estuviera vivo durante tres noches consecutivas, y después a sus más allegados. No se libraban de sus aterradoras visitas más que velando, y haciendo ruido cuando percibían que quería venir. Se dejó ver por algunas personas durante el día. El obispo de Lincoln reunió a su Consejo, el cual le dijo que cosas parecidas se veían a menudo en Inglaterra, y que el único remedio que se conocía para este mal, era quemar el cuerpo del retornado. Al obispo no le agradó aquel consejo, que le parecía cruel. Escribió entonces una cédula de absolución, que hizo colocar sobre el cuerpo del difunto, que se encontraba en el mismo estado que el día en el que había sido enterrado; y después no se volvió a oír hablar más de aquello.»

El hombre rico de Berwick

El siguiente capítulo, el 23, titulado De un hecho similar ocurrido en Berwick, lo escribe William de Newburgh para relatar un nuevo caso ocurrido en la ciudad escocesa de Berwick, o Berwick-upon-Tweed, que se encuentra en la costa sureste de Escocia, en la desembocadura del rio Tweed.

Berwick
Vista de la ciudad escocesa de Berwick. Foto por Shermozle, bajo licencia GNU

«En el norte de Inglaterra también, sabemos de otro caso no diferente al anterior e igualmente maravilloso, que ocurrió aproximadamente en el mismo tiempo. En la desembocadura del río Tweed, y en la jurisdicción del rey de Escocia, hay allí una noble ciudad llamada Berwick. En esta ciudad cierto hombre, muy rico, pero que poco después, al ser enterrado tras su muerte, se mostró como un gran renegado saliendo por la noche de su tumba (por la intervención de Satanás según se cree), yendo de acá para allá seguido por una manad de perros que ladraba ruidosamente, aterrorizando a sus vecinos y volviendo después a su tumba antes de que despuntara el día. Esto ocurrió durante varios días, y nadie se atrevía a salir fuera después del crepúsculo --pues todos temían un encuentro con este mortífero monstruo--, hasta que las clases medias y altas de la población consideraron necesario realizar una investigación. Los más simples de entre ellos temían, en última instancia, ser golpeados por este prodigio de la tumba; pero los más sabios concluyeron con sagacidad que ante todo lo peor sería que la atmósfera, infectada y corrompida por el errar constante de su pestífero cuerpo, podría engendrar enfermedades y muerte en un área extensa. Mostraron la necesidad de proveerse contra ello exponiendo numerosos ejemplos de casos similares. Por tanto, reunieron a diez jóvenes de sabida audacia, que fueron a desenterrar el horrible cadáver, y, habiendo cortado sus extremidades, lo redujeron a pasto y combustible para las llamas. Al hacerse esto, cesó la conmoción. Se afirma, por otra parte, que el monstruo, movido (según se decía) por Satán, le había dicho a algunas personas con las que se había encontrado casualmente que la gente no tendría paz mientras él no fuera incinerado. Cuando fue quemado, la tranquilidad pareció volver a ellos; pero una pestilencia surgió como consecuencia de todo esto, matando a una gran cantidad de gente como nunca había ocurrido en otros lugares, aunque en aquel tiempo la enfermedad asolaba todas las fronteras de Inglaterra, como se explicará detalladamente en el lugar apropiado.»

Dom Calmet recogió también este caso en su Dissertation sur les revenants en corps, les excommunies, les oupirs ou vampires, brucolaques. Traducimos del original francés, edición de 1751:

«El autor de este relato añade, que esta especie de apariciones pueden parecer increíbles, si no se hubieran visto numerosos ejemplos, y si no le conociera el testimonio de numerosas personas que dan fe de de ello.

El mismo de Neubrige dice en el capítulo siguiente, que un hombre que había sido enterrado en Bervik, salía todas las noches de su tumba, y causaba gran turbación en la vecindad. Decían incluso que él mismo se jactaba de que no cesaría de inquietar a los vivos, mientras no se le redujera a cenizas. Se escogieron diez hombres jóvenes audaces y vigorosos, que le desenterraron, cortaron su cuerpo en pedazos, y le pusieron sobre una pira, donde fue reducido a cenizas; pero como uno de ellos dijo que no podría ser consumido por el fuego hasta que no se le arrancara el corazón, se le perforó el costado con una estaca puntiaguda, y cuando se le extrajo el corazón por esta abertura, se le puso en la pira. Fue consumido por las llamas, y no hizo más daño.

Los paganos creían igualmente que los cuerpos de los difuntos no estaban en reposo, ni a cubierto de las evocaciones de la magia, a no ser que fueran consumidos por el fuego, o se pudrieran bajo la tierra:

Tali tua membra sepulchro,
Talibus exuram Stygio cum carmine Sylvis,
Ut nullos cantata Magos exaudiat umbra;

decía una maga en Lucano a una alma a la cual evocaba.»

El verso en latín, que podemos traducir por Destruiré tus miembros en el sepulcro, los destruiré quemándolos con estigios sortilegios en el bosque, y que la sombra no escuche los cánticos del mago. Se trata de los versos 766 a 768 de la Farsalia, de Marco Anneo Lucano, poeta cordobés que nació en el 39 d.C. y murió el año 65. Como vemos Calmet incorpora, seguramente por error, el detalle de la extracción del corazón, que no pertenecía a este caso, sino al del hombre de York que murió a consecuencia de sus celos.

DE NUGIS CURIALIUM

El retornado de Hereford

De Nugis Curialium (Nimiedades de la Corte), fue escrita en latín en el siglo XII por Walter Map. La obra está escrita como una colección de anécdotas con interés histórico, por recoger muchos hechos acaecidos en su tiempo. Walter Map nos habla de un hombre malvado, un galés de Hereford, que se levantó de entre los muertos vagando de noche por las calles de la aldea. En sus paseos llamaba a algunos de sus vecinos, que irremediablemente moría enfermo a los tres días, un modo de actuación prácticamente idéntico al de algunos vrykolakas griegos. Para acabar con él el obispo Gilbert Foliot ordenó que se desenterrara el cuerpo, se le decapitara con una pala y fuera enterrado de nuevo después de haber sido rociado con agua bendita.

Hereford, puente y catedral
Hereford, puente y catedral. © Copyright Colin Smith, bajo licencia Creative Commons Licence, para el proyecto Geograph.

A MODO DE CONCLUSIÓN

Resulta curioso que esta abundancia de testimonios escritos que se produjo entre los siglos XI y XII no parezca haber tenido continuidad en siglos anteriores. Me pregunto si en realidad esta prolijidad de casos no se debe a la conquista normanda. Los normandos eran descendientes de noruegos, suecos y  principalmente daneses que se asentaron en el norte de Francia en sucesivas oleadas, desde el siglo IX, en el territorio que hoy se llama Normandía. Las primeras incursiones vikingas acabaron por convertirse en asentamientos permanentes. Adoptaron el cristianismo y la lengua francesa, creando una cultura propia, llevando el feudalismo a su máxima expresión, con elementos de sus países de orígenes y de la Francia cristiana, pero buena parte del folclore de sus lugares de origen pervivió entre ellos, y posiblemente la creencia, ampliamente extendida en el mundo vikingo, de que algunos cadáveres podían retornar de la tumba para atormentar a los vivos. En el año 1066 desembarcaron en Inglaterra al mando del Duque de Normandía y futuro rey de Inglaterra, Guillermo I el Conquistador. Precisamente los casos de retornados son inmediatamente posteriores a la invasión normanda, empezando por el del diablo de Drakelow, que habría tenido lugar entre los años 1090 y 1094, siendo uno de sus protagonistas un noble normando precisamente, Roger el Potievino; es decir, Roger, nombre normando, de la región francesa de Poitou. ¿Casualidad? Yo apunto desde aquí la hipótesis de que quizá haya que buscar esta casuística en el folclore de los invasores.

Sea como fuere, y aunque los cronistas e historiadores posteriores no parecen registrar más casos similares, la creencia en retornados sobrevivió en siglos posteriores y dejó su rastro en la propia legislación inglesa hasta hace muy poco. El derecho común inglés consideraba el suicidio como un delito que atentaba contra la sacralidad de la vida. Los suicidas eran castigados con la inhumación de su cuerpo en la vía pública, se les clavaba una estaca, y sus bienes eran decomisados para la corona. En la creencia popular el suicida debía ser estacado para evitar que volviera. Asimismo subsiste la creencia de que si un animal, un gato o un perro saltan sobre un cadáver podría ocasionar su regreso. Hasta tal punto está arraigada esta creencia que en algunos lugares de Escocia si esto ocurre matan al animal sin contemplaciones.
 

© 2008. Del texto y traducciones, Javier Arries

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