EL RELOJ DE PÉNDULO DE SIBERIUS MARPLE

Ocurrió una tormentosa tarde de noviembre, en una de esas casas de estilo victoriano de aspecto algo lúgubre, con escaleras de mármol, chimenea y jardín interior. La casa, inmensa, ostentosa, terriblemente picuda, enclaustrada entre gigantescos rododendros cuyas lánguidas flores color sangre, pero con la áspera textura del polvo, era en efecto oscuramente señorial. Pero, a poco que te fijases en los detalles, saltaba enseguida a la vista la absoluta dejadez en que se encontraba la finca: hierbajos entre los escalones de mármol, cristales sucios, ventanas desvencijadas, y un ángel de piedra con las alas heridas por las lluvias y los años, desmayándose penosamente sobre la balaustrada de piedra grisácea.

Siberius Marple, viejo y sabio anticuario de Hampstead Heath-noble en decadencia, como casi todos los nobles-, ordenaba parsimoniosamente su recién adquirida colección de sellos rusos de antes de la Revolución de Octubre, al lado de una de las grandes ventanas de su gabinete, para aprovechar los últimos rayos de luz de la tarde. De vez en cuando, pegaba la cara al empañado cristal todo lo que su considerable nariz le permitía, y echaba un rápido vistazo al exterior. Después encendía una vez más su pringosa pipa, y vuelta a deleitarse con sus sellos y sus divagaciones. Pero la intromisión repentina de la señora Jones, el ama de llaves, le sacó repentinamente de estas profundas y sesudas cavilaciones.

-Señor, el señor Kalynian desea verle. Me suplica mejor dicho.

-¿Kalynian? ¡Hum! ¿Qué querrá ahora esa vieja y enflaquecida corneja eslovaca? Señora Jones, diga al señor Kalynian que estoy realmente ocupado y que en estos momentos no deseo en absoluto interrumpir mis quehaceres.

-El señor Kalynian le trae un objeto, señor Marple.

-¿Un objeto?

-Si, señor. El señor Kalynian dice que es para su colección, un objeto, dice, que hará que salte de euforia en cuanto le haya echado el ojo. Palabras textuales del señor Kalynian.

-Entonces no hay más que hablar , señora Jones. Hágale pasar, por favo.

A los pocos minutos de salir la oronda y vetusta señora señora Jones, hace acto de presencia en el claroscuro del gabinete del anticuario, un tipo alto, de espaldas sumidas, pese a la presuntuosa chaqueta de cordero y cuero con la que se abrigaba y qie a

-¡Hum! Los Romanov no hicieron grandes cosas, que se sepa. No al modo de Catalina la Grande, pero los sellos de esa época son una maravilla… Fíjate Chris, qué colores, qué entintado a mano… el timbre es rudimentario pero perfecto.

-¡Bah! ¡Papeles viejos, basura hedionda! Viejos e inútiles como tu, Siberius.Una vieja y agujereada papelera que no sirve para nada. Y mientras arroja sobre Marple estas insultantes palabras, la señora Marple se lleva el dedo índice a la sien. El hombrecillo entonces, presa de una súbita rabia, agarra la pipa como quién agarra una navaja, y se encara sin mucho ánimo, hay que decirlo, con su mujer.

-¿Papeles viejos dices? ¡Qué sabrá una vieja ignorante como tu! ¡Cada uno de estos papeles viejos, como tu los llamas, vale al menos 500 libras, señora mía!Tembloroso, decaído por la rabia y la indignación, el viejo anticuario de la calle Archibald Leach, va recogiendo sus sellos, rezongando para sí

.-Basura y papeles viejos, dice la señora… ¡Voto al diablo!

-¿Quinientas libras? ¡Y de qué nos sirve todo esa fortuna si vivimos, mira a tu alrededor si te atreves, como ratas! ¡Óyeme bien, viejo avaro, en lugar de estar ahí como un colegial con tus sellos y tus tonterías deberías probar a arreglar el jardín antes de que los vecinos nos denuncien por insalubridad! Un día de estos, cuando menos te lo esperes, voy a hacer las maletas y me voy a ir para siempre de aquí. ¡Y jamás más volveré! ¿Me oyes Siberius, viejo loco?

Florence Marple, moño despeluchado, bata raída, pantunflas sucias y demasiado grandes para sus pies, manos rechonchas, ojeras grandes y abultadas, bajo los grises ojos-, da un portentoso trago a una húmeda botella que saca de un cajón, tan cochambroso como ella.

-¡Pero qué te has creído, te voy a tirar antes de irme todos los cachivaches que me encuentre, desde ese repulsivo buho disecado que de apolillado y añoso se le ha caido ya hasta un ojo, hasta la bola de cristal de brujo, que da miedo verla. ¡A saber qué actos de brujería llevarás a cabo con semejantes chismes! ¡Y el reloj de péndulo? ¡Ese reloj me desquicia los nervios! ¡Es lo peor de todo! ¡Miralo! ¡Da horror mirarlo! ¡Como a ti! Rezongando y dando traspies, la señora Marple se levanta, va hasta la ventana y oberva la calle tras las roídas cortinas. Todo viejo, todo gastado, todo sucio. Y la gris pátina de la lluvia lo hace todo aún más tétrico.Siberius, seguido de cerca por la retahíla de improperios de su esposa, sube las escaleras hasta su guarida, la misteriosa habitación de la torre, que es su castillo inexpugnable, su refugio y su cueva a prueba de sermones y demás tabarras. Aún allí arriba, con los gruesos postigos de madera cerrando firmemente las grandes ventanas de la buhardilla, Siberius Marple puede oír la monserga de su mujer, mientras trastea entre los cacharros de la cocina.

-¡Y encima tengo que preparar yo sola la cena! ¿Puedes bajar a ayudarme, por favor,vieja momia con anteojos? Silencio.

-¡Ah, pues muy bien, te voy a a hacer de cenar tu plato preferido, riñones al Jerez! ¡Jajajajaja!Siberius Marple, el viejo y misterioso anticuario del 23 de Archibald Leach street, en el West End, no dijo está boca es mía. Pero, la gritona señora Marple lo sabía perfectamente, el hombre odiaba los riñones al Jerez con toda su alma. Una rata se desliza entre el fregadero y la ventana de la cocina, y la iracuanda y beoda señora Marple le tira una enorme cazuela de cobre que se estrella estrepitosamente contra la pared. Siberius, vela encendida, luz del quinqué a poco gas, lee sus libros antiugos de magia arcana y páginas rugosas.

-La Inmortalidad por fin me pertenece. Nadie debe saberlo. Nadie. El mundo no se merece mis descubrimientos. Desde abajo, una hora más tarde, le llega de nuevo la voz a grito pelado de su mujer.

-¡La cena!Pero Siberius Marple continua a su aire, leyendo pasajes secretos y peligrosos, buscando la fórmula precisa, desentrañando palabras prohibidas escritas por oscuras manos de dimensiones aún no descubiertas. Magos antiguos, magos cuya sabiduría solo está al alcance de muy pocos elegidos. Siberius lo sabe. Siberius lo ha descubierto.

– A las doce del día siguiente aún permanece la luz encendida en el desván en donde siberius Marple auna conocimientos de otros siglos, muchos muchos tiempo atrás.

– Este viejo loco me va a matar de un disgusto. Qué hará encerrado desde anoche allí arriba. A veces huele a azufre. Otras a humo de pipa. Viejo maldito, viejo loco!

– Dos semanas más tarde la luz impasible continua encendida.- Un año después.

– Cinco años más tarde.

– La gatita Roma, la gatita recién nacida, ahora tiene ya cinco años y ha sido mamá dos veces en su corta vida.-

– Viejo de las narices o sales ya o te saco yo por los pelos de la barba!

Roma, la maravillosa gata blanca, bisabuela de Viena y Mirlitón, hoy se ha despedido y ha pasado durectamente al cuielo peludo y con olor a crema de lecxhe, de los gatos.

Cincuenta años han pasado ya. La luz jamás se ha apagado. Ahí está alumbrando los papeles del viejo anticuario sin treegua ni descanso.

Abril de 1914, hoy ha estallado la Gran Guerra,

– Viejo Marple! Eh, qué vas a hacer tú? Vas a bajar ya a cenar o te vas a alistar en el ejercito a combatir a los alemanes?

– 20 noviembre de 1953, hoy hace ya cien años que subiste a esconderte de mis sermones como tu dices. ¿Vas a bajar? No crees que ya va siendo hora?- La luz. Laluz que nunca nunca se apaga se vislumbra claramente desde la calle alla ariba en el castillete del tejado.-

12 mayo 1980.

– ¡Siberius! ¡Siberius Marple!

La buena señora Florence Marple ahí permanece sentada día y noche en su mecedora. Los gatos entran y salen a culaquier hora, llueve y la lluvia y los relámpagos inundan la estancia. Se escucha una puerta que se abre… un chirrido quejumbroso y agudo. Una sombra encorvada aparece en el dintel y se proyecta lúgubremente por el polvoriento rellano cubierto de telarañas. Es Siberius Marple que por fin sale de su refugio. Su hechizo se cumplió no saldría de allí hasta que la señora Marple desapareciese y se callase para siempre.

-Por fin, por fin puedo salir. Ya era hora. Ahora nadie más imopoirtunará mis quehaceres, ahora nadie dirá nunca que mis sellos son papeles viejos y basura. Que día es hoy, 12 de septiembre de 1980.

Habia pasado 130 años escondido en su

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A

Amigos


LA BODA

Érase que se era una tórrida tarde de sábado de finales de verano. Un coche de alta gama circula rápidamente por el centro de Sevilla. La calle Orfila, La Campana, Plaza del Duque, la calle Adriano, el Puente de Triana…. hasta llegar a fastuosa basílica del Cristo de la Expiración, también conocida como del Cachorro, o del Patrocinio, en donde una muchedumbre de seres ataviados con ropa nueva, cara y barroca espera impacientemente la llegada de los novios. El primero en hacerlo, bajo un sol implacable, es el novio, acompañado por su madre, su padre, y quinientos familiares de esos que solo se ven en bodas, bautizos, comuniones y funerales. El novio, Pascual Sánchez «Pascualito», es un tipo muy alto, moreno de pelo y piel, ojos oscuros, cejas diabólicas, barbilla prominente y aires chulescos. Es un torero medio famoso de 29 años, que ha matado ya varios toros, roto unos cinco corazones y leído ningún libro. El toro que mata el novio en la plaza es un animal minoico, hermoso, azul de negro, a veces color de barro, hermoso, lleno de sangre y de vida, y con nulo entusiasmo por el griterío, la arena y el estoque. Pero al tipo alto de los ojos matadores, le importa poquísimo si el toro que va a matar es así o asá. Sólo ve unos cuernos y unas patitas corriendo hacia su vistoso capote, y miles de ojos tan pérfidos como los suyos, pendientes de su glorioso asesinato. La madrina, por su parte, doña Amparo Bejines, de nobleza sevillana venida a menos, y lugar fijo en esas revistas que solo miran los cotillas, y las señoras mayores cuando van a hacerse las mechas a la pelu. El sol desploma latigazos de chumbera y mordiscos que dejan cardenales de fuego en la frente. La madrina, mirando embobaíta perdida a su apuesto hijito, se acerca hasta él, 150 centímetros de madre, incluida la peineta, y recolocándole un rizo sobre la frente, le pide.

-¡Ay, Pascual, por favor! ¡Ahora, en un ratillo de nada, serás un hombre casado. Recuérdalo Pascual. ¡Recuérdalo!

-Si, si, mama, por recordarlo que no quede. ¡Jajajajaja! ¡Ay, que caló santa madre de Dios!

Entonces se despista un poco de peineta y madre, y mirando a una invitada, la novia de algún amigo, le comenta a su primo Bartolín Sánchez el «Chaquetilla», otro torero con ínfulas de divo y ganas de sangre y muerte.

-Oye, Bartolín, ¿has visto a esa morena de ahí, la que va con Tomás… ? -Primo, yo no veo ná con este sol de mierda. Ah, ¿esa del vestido azul y la rosa blanca? ¿La que lleva en el pelo sortijas de azabache y tiene los ojos negros como un torito campeador?

-¡Ay, Bartolín!.

-Pero, tío. ¡Qué estamos en tu boda! ¡Qué tu futura mujer, Alba, viene ya pacá!

-¡Anda ya! ¿Qué tendrá eso que ver para que yo reconozca, mire y admire la belleza de otras mujeres?

Y de esta curiosa a la par que impresentable manera, Pascual Sánchez, «Pascualito», más postureo que apostura, más foto que hombre, entra en la iglesia del brazo de su madrecita, cuando ya va para media hora que esperan todos calcinándose al sol de primeros de septiembre.

-Las novias deben tardar un poquito el día de su boda. Un poquito no pasa nada, y así el novio la quiere más después. Mire usted, Montaña, en mi boda allá por el 55, llegué tarde cinco minutos justitos. ¡No media hora, como esta criatura nos está haciendo esperar!

Comenta la abuela materna del novio, doña Patrocinio, con voz pedregosa y apenas audible, también un alarde de collares, abanico,mantilla y peineta.

-Tiene usted razón, doña Patro. Y además qué poca consideración con esta caló, y estos aires salidos de la boca del infierno. Lo menos estamos a cuarenta.

Esta que habla es María de la Montaña, la mayor de las tías paternas del novio, vestida de verde Scotch Brite de pies a cabeza, y con un delicado buñuelo de viento realizado en fina organza reposando serenamente sobre un cardado tipo Montserrat Caballé. Lo cierto es que el parecido con la soprano catalana va más allá del violento cardado. Dentro de la capilla del Cristo de la Expiración, el calor, la caló, es tan insoportable que el aire no circula, las fotos que se hacen salen borrosas, con rostros fantasmales, y neblina de sed y sudor sobre los hombros. Pero, a pesar de ser como una tostadora barroca, la hermosa basílica sevillana refulge como una virgen de Rafael, con sus rosas y sus nardos de leche o de luna, sus cirios gigantescos y el poderoso olor a cera, flores e incienso flotando a la deriva. Para colmo, la bellísima voz de Philip Jaroussky en estado de gracia, entona Lascio chi´io langa de Händel desde los amplificadores. Música elegida personalmente por Alba, la novia que aún no llega.

-¡Y encima esta música que me está entrando un sueño…! ¡Me están entrando ganas de irme a mi casa, Montaña!

– Diga usted que sí, Patro. ¡Qué bochorno, por Dios!

– ¡Madre mía de mi alma! ¡Si son ya las siete! ¿Y la novia? ¿Dónde está la novia de mi nieto?

¿La novia? ¡Dónde está la novia? Cuchichea ya todo el mundo. Y es que lleva ya casi una hora de retraso. Mientras tanto, la madrina se desmaya. Peineta, señora, sedas y encajes todo tirado por los suelos de la iglesia. Qué pena. El novio, que se entretiene esperando a la novia, tonteando con un chica de pelo y vestido rosa, sale corriendo con cara de fastidio.

– ¡Pascual, Pascua! ¡Toma, dadle aire a tu madre! ¡Aire con el abanico! Así, hombre, asi. Mirad ya vuelve…

Aire va, y aire viene, la señora Amparo, sentada ahora en un banco bajo un misérrimo ventilador dentro de la oficina del cura, se va recuperando satisfactoriamente del reciente jamacuco. Monaguillos, cura, invitados, santos, todos van achicharrados de calor.

– ¡Yo creo que esto ya es poca verguenza, mire usted!

-¡Y tanto, don Francisco! ¡Ya hace una hora que debería haberlos casado usted! ¡Una hora!

Y doña Amparo, la madrina, rompe a llorar. Pero la buena mujer, que ya lleva la peineta en plan visera sobre la cabeza atiborrada de horquillas, está intímamente más agobiada por los reportajes que saldrán en las revistas, que por la boda en sí de su hijo, el bueno de Pascualito. Y es que sabe, de sobras lo sabe, que su hijo es un verdadero canalla. Algunos invitados se escapan ya hacia algún bar, a refrescarse las calores con cerveza y con vino fino. Y otros, decididamente, se van yendo lejos de todo aquél incandescente espéctaculo.

-Son ya las siete para y media. Ya pasan cinco minutos de la hora.

-¿Qué hacemos?

-Yo que sé.

-¡Pues yo me voy!

-Quita, quita, Matilde, esta boda es de mucho tronío y ahí fuera hay un fotógrafo de Canal Sur y todo. Ah, y un periodista de ABC.

En esos momentos, en otro lejano rincón de la ciudad del Guadalquivir y el Parque de Maria Luisa, en un Jaguar color gris perla, engalanado con rosas y lazos color crema, van hacia la basílica de Triana,la novia, Maite, que es su mejor amiga, y Teófilo, el hermano mayor de la novia. ¿Y la novia? La novia, vestida maravillosamente con un traje de Nina Ricci de encaje bordado a mano, y un maravilloso velo de tul flotando sobre toda su bellísima persona, llora tristemente estropeando un maquillaje nupcial de 300 euros.

-Dios mío Alba, vas a llegar a la boda echa un horror. ¡Y es tu propia boda! Mujer, piensa que todos los hombres son iguales, unos picaflor de las narices. Pero Pascual te quiere. ¡Te adora!

-¡Y una mierda, Maite! Mi madre jamás habría querido que me casase con un putero, cerdo y además torero. No le perdono y como no le perdono, me bajo aquí. ¡Teófilo! ¡Para el coche Teófilo, que me bajo aquí mismo!

-¡Pero Alba, que no puedo parar aquí! ¡Que nos van a dar un porrazo..!

– ¡Alba, por dios y por la virgen! ¡Mira que ya llegamos una hora tarde! ¡Pascual no se merece que le hagas esta putada, solo porque en su despedida de soltero se acostó borracho con una, vete a saber quién! Y no sé qué bocazas te habrá ido con el rollo, mujer.

-¡Tu propia madre, Maite, que ha sido la única que no ha querido formar parte de este complot de mierdas! ¡Para ya Teófilo, o me bajo sin que pares!

-¡Pascual es buena gente, Alba!

-¡Pues cásate tu con él!

Un sábado por la tarde en septiembre. Vuelta a la normalidad tras los desahogos del verano; tráfico infernal, ajetreo… Hora terrible esta de las siete y media de la tarde. La gente desde dentro de sus vehículos, detenidos ahora en un atasco, contemplan atónitos como de un Jaguar color gris, decorado en plan boda, sale al exterior una chica maravillosamente vestida de novia, llorando en silencio. La avenida de la Cruz del Campo, atiborrada de coches, es testigo de la insólita estampa de una novia caminando por la mediana de la carretera. Un Volvo color blanco le da un bocinazo cuando casi está a punto de atropellarle.

-¡Oye que no quiero ir a la cárcel!

-¿Me puede llevar, por favor?

-¡No, yo voy para Cádiz!

-¡Perfecto!

La pesarosa novia ya a abordo del coche, sigue llorando un poquito más, apretando con sus manos la medalla de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho. Medalla que fue de su madre. El conductor es un hombre de treinta y tantos años, ojos pardos, largos y dorados cabellos recogidos en una coleta. Entonces, con la luz dorada de membrillos y caramelo con que la tarde va pintando el paisaje, la novia al mirar entre lágrimas al conductor, y más por una corazonada que por otra cosa, ve un rostro al que hace tiempo amó. Y al cual nunca había dejado de añorar.

-¿Paco?

-¿Alba?

-¡Paco!

-¡Dios mio, Alba, eres tú! ¡Tú! ¡Despues de todo este tiempo!

-Eres tú. Tú, después de todo este tiempo, Paco.

-Me dejaste de mala manera Alba, que mal, que mal lo pasé…

-¿A donde vamos?

-Yo iba para Cádiz, ya te lo he dicho.

-Yo también.

-¿Seguro?

-Completamente.

-¿No quieres cambiarte de ropa, quitarte ese vestido de novia antes? O ir a la iglesia a dar alguna explicación, no sé…

-No. Tira «palante», Paco.

-Bueno, entonces para Cádiz.

¡Para Cádiz!

-¿Has visto alguna vez el puente Ramón de Carranza al ponerse el sol?

-No.

-Entonces no has visto «na»

– ¡Vámonos!

Y así se fueron los dos, esos que antes tanto se habían querido, que la vida estúpidamente separó, y que, llamadlo milagro, destino, magia, casualidad, ¿acaso importa?la vida volvió a reunir. El caso es que las últimas luces del día, y las primeras sombras de la noche, humareda de puertos lejanos, olor a sal y a mareas, les sorprendió mientras pasaban a toda velocidad por el puente Ramón de Carranza.

Ada García. Un tórrido agosto en Dos Hermanas.

LA CHICA DE NINGUNA PARTE

Breve cuento para un sábado de agosto.Había una vez una chica que era realmente de ninguna parte.

No era de allí ni de allá, viajaba simplemente, y en todos los lugares se sentía como en casa. Excepto en aquellos lugares erizados de cemento, palomas de alas polvorientas, aire verde, calles sucias y parques sin más pájaros que los papeles que barría el viento. Pero ella viajaba continuamente hacia playas con olor a coco, veleros navegando a todo trapo, olas blancas y algas enredadas entre rocas cubiertas de conchas; o hacia bosques con perfume de musgo y lluvia en donde respirar era un regalo de los dioses; o tal vez hacia pueblos de color blanco y jazmines en la puerta, o hasta esas aldeas con casas de piedra y ventanitas por donde humeaba un olor a caldo rico y reconfortante. En otro tiempo, hace siglos, la chica de Ninguna parte salía al amanecer a lomos de su caballo Capitán Flint, en homenaje a aquél pirata que un día lejanísimo ya, decidió esconder su tesoro en una isla perdida en algún lugar del Pacífico. Salia al amanecer mientras la oscuridad de la madrugada era profunda aún, y a la veloz carrera de su caballo, gatos y ratas, murciélagos y lechuzas, se escabullían rápidamente hasta sus refugios, o se quedaban allí, temblando bajo la tupida sombra de un castaño. Una noche de luna de escarcha y mirídas de ojos brillando allá arriba, ella encontró en las lindes de su castillo a un misterioso caballero vestido de negro de pies a cabeza, con una capa igualmente oscura y la espada centelleando vivamente a la azulada luz de la luna. Claro que no era Darth Vader, pero si Javierfredo de Craon, caballero andante de bosques y aldeas, y señor del condado de Arriesh.

-Buenas noches, señor… ¿sois acaso un mago, o el rey de un país que desconozco?

-Buenas noches nos sean dadas, bella dama. No señora mía. Soy el caballero Javierfredo de Craon, primer conde de Arriesh.

Y se miraron a los ojos. Y así, con la música de la noche, ramas y hojas que susurran, el místico canto de los grillos, el lejano croar de las ranas, y la suave y fría brisa que llegaba desde el río, él y ella envueltos el uno en el otro, bailaron sin que ningún ser, ni élfico ni humano, osase perturbar aquella maravillosa escena.

Al despuntar el día, el baile llegó a su fin.

-Debo volver a mi país, es preciso.

-Por favor, quedaos. Aquí el viento es azul, y las buganvillas y las rosas crecen entre las rocas. Hay naranjos que perfuman el aire y limoneros que ponen pinceladas de frescura en el paisaje, a la entrada de cada casa.

-Me espera mi reino, mi dama.

-Os amo, señor mío, y si os marcháis todo será como un agujero negro sin fondo y sin retorno.

Edmond Blair Leighton

Pero en lugar de despedirse, corrieron juntos sin volver a separarse nunca, nunca, a través de los fulgores del alba, como cantaban por aquellos lugares los juglares Manolis García y Quimi Portetis, más conocidos como El último de la cola.Colorín Colorado.

ALAS

Cuento para otro verano después del mediodía.

-Te lo dije. ¡Mira que te lo dije! ¿Cuántas veces, hija mía? Me dolía la boca de decírtelo. ¡Qué digo la boca! ¡Me dolía ya hasta el alma! Pero tu nada, que no hacías caso. ¡Si es que nunca le haces caso a nadie! ¡Ni a tu madre! Ahora toca llorar. Yo la primera, ya ves. Pero ese sinvergüenza, ese asqueroso tiparraco no se merece, escúchame bien, ni una lágrima tuya, Irene. ¡Mira que te lo dije! ¡Ay señor, señor! ¡Cuánto nos toca sufrir y tragar a las madres! Pero, te voy a decir una cosa que….

EL atardecer se presentaba desdibujado, ceniza y fantasmal el horizonte, con formidables nubarrones blancos borrando contornos, difuminando a un sol que no acababa de coger confianza. A ratos lloviznaba y entonces, el olor denso y acre de la tierra húmeda lo llenaba todo con una pátina invisible pero fragante. Allá, bramando enloquecido, espumoso de rabia, algas y arena, la pétrea línea de la mar. Irene escuchaba a su madre; la veía entre lágrimas borrosas ir de acá para allá, recogiendo esto, guardando aquello, colgando aquí, metiendo allá… y todo eso sin parar de hablar ni in solo momento. Todo sin dejar de mover la boca, blablablabla, sin descanso. Y a pesar de que Inés veía entre lágrimas borrosas mover sin descanso la boca a su madre, el caso es que no entendía nada, ni una sola palabra de lo que decía. Como si ella fuese un pez bajo el agua y su madre un pelícano allá arriba, pescando sobre las olas. Como si su madre fuese una profesora de chino y ella una alumna de las muy principiantes. La tarde, eso sí, correteaba tras la agujas de los relojes, mientras el sol se aupaba sobre el añejo torreón de la catedral para ver si alguien le hacía un poco de caso. Un poco de caso como a Irene. Su madre despotricaba sin tregua, pero en ningún momento se le ocurrió acercarse, boca cerrada, para abrazar sin más a su hija de diecinueve años que acababa de romper con su novio, ese tiparraco miserable.

Irene y Gabriel Habían quedado dos días atrás para irse juntos a la playa. Pero a las diez de la mañana él la había llamado diciéndole que lo sentía, pero que en el trabajo le obligaban a trabajar el sábado. Y por esas extrañas y absurdas casualidades de la vida, el muy imbécil se equivoca de WhatsApp y le envía uno a una tal Alejandra, diciéndole que quedaban en cinco minutos para irse juntos a pasar el resto de fin de semana a Praga. Irene escucha perfectamente el chasquido que produce su alma al partirse de parte a parte. Y así, con los ojos ciegos de lágrimas y rimmel azul, conduce el Laguna de su madre hasta la puerta de él.

-¿Qué haces, dios mío? ¿Por qué me haces esto?

-Perdona Irene…Yo…

Balbucea el chico de las cejas perfectas.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¡Anoche mismo me decías cuanto me amabas, cuanto me echabas de menos, cuanto necesitabas de mis besos! Me dijiste que la luna era roja y venenosa cuando estabas sin mí; que la leche del desayuno que te ponía tu madre era negra y sabía a polvo; que el aire que te daba en la cara quemaba como una navaja al rojo vivo. Me dijiste que las noches eran una araña verde con púas que herían los ojos, una araña verde con dientes de hielo que se metía por tu carne y te devoraba las entrañas, si no estaba yo contigo. Eso me dijiste anoche, y todas las noches, cuando me amabas, Gabriel. Eso me decías cuando me abrazabas y me besabas, y tu cara se metía en entre mi pelo, Gabriel. Y decías loco de amor, muerto de deseo, que mi pelo era tu bandera, que mi cuerpo era tu oxígeno, que mi voz era tu sangre, Gabriel. Dime, dime, Gabriel. ¿Qué era yo anoche, mientras tus labios recorrían a ciegas mi espalda, mientras tus dedos, que quemaban, acariciaban mi garganta. ¿Acaso no soy la misma de anoche? ¡Mírame! ¿Soy la misma o no lo soy, la que anoche estaba entre tus brazos? ¡Lo soy! Mira estas manos, Gabriel, ¡son las mismas! ¡Las mismas que tú besabas, las mismas que tú mordías, las mismas que tú metías en tu pecho! Mira mis ojos, mira mi pecho, mis labios, mis huesos… ¡Son los mismos, Gabriel! ¡Los mismos de anoche, y todas las noches, y esta madrugada, y todas, todas las madrugadas!

-Irene por favor…

– No, Irene ya no existe. Se deshizo anoche en tu cama, se perdió entre tus sábanas. No existe. No sé quién soy. Pero esa Irene ya no.

-Irene…

Irene abre la puerta de su coche. Dentro no existe Gabriel. No, no está su voz. Arranca, y automáticamente la música de la radio escupe una vieja canción de esas que ponen para pasar el rato. Una canción insoportable.

«Lo que quiero es que me beses,

Recuerda que deseo tenerte muy cerca…»

Pero sin darte cuenta te alejas de mí…No atina a quitar semejante engendro que le pulveriza el alma. No atina a arrancar ese chisme y tirarlo por la ventana.

«Prefiero no pensar,

Prefiero no sufrir

Lo que quiero es que me beses… «

Lágrimas de escarcha queman su bellísimo rostro, y casi está a punto de empotrarse contra una moto aparcada. Por fin, cesa la vieja y estúpida canción que le muele por dentro. Que es como una pesada piedra sobre su pecho.

La tarde en la ciudad marítima y norteña.

Llueve y el aire que entra por la terraza abierta huele a olas, A capitanes intrépidos, y eternamente jóvenes que nunca jamás desean arribar a puerto. En el reloj del salón acaban de dar silenciosas y tristes, las seis de la tarde. Fuera está oscuro y una montaña de cumulonimbos blanca y gris acero se hace fuerte frente al Sol. Un mar airado muge invisible y lejano tras las cortinas.

-¡No te quiero ver llorar por ese mamarracho! ¡Una hija mía no llora por un miserable! ¡No quiero oír nunca más el nombre de ese ser en esta casa! ¿Me oyes?

-Mamá…

-¡Ay que sufrimiento! ¿Qué te dije yo? ¿A ver? ¡Si es que eres tonta! ¿No te dije hasta dolerme la lengua, hasta volverme loca, hasta que se me gastaron las palabras, que ese… ese niñato era un mal bicho? ¡Claro que te lo dije! Y tu nada, nada. “Mi madre es una vieja antigualla que no entiende nada”, pensaste ¿Verdad?

-Mamá…

-¿Ahora mamá? ¡No, ahora “mamá” no! ¡Ahora a llorar!

La madre se pierde por los adentros de la casa, sin dejar de hablar ni un instante. Irene la oye, pero ya apenas entiende lo que dice. Mira la repisa del salón. Las viejas fotos de la familia. Su comunión, su bautizo; la boda de sus padres. Una tarde en la playa… Más abajo, en las estanterías cercanas al suelo reposan los libros que nadie nunca leyó; los libros del padre que un día lo dejó todo y se marchó a recorrer otros caminos, a abrazar otra familia que se buscó en una ciudad tierra adentro. Irene observa las cortinas bamboleándose con la brisa de la mar. Y entonces se levanta del sofá y va tranquila para la terraza. Irene se asoma al paisaje agarrada al balcón, y observa. Las gaviotas casi rozando su rostro. Las nubes color ceniza deshilachándose sobre el puerto, la gente ahí abajo, cuatro pisos hacia abajo, afanándose en sus quehaceres, tan pequeñitas, tan insignificantes… Aun le llegan confusas por el rumor de las gaviotas y el lejano rugido de la mar, las palabras de su madre. Las ultimas hirientes, inútiles, palabras de reproche. La existencia es un abrigo que a veces nos queda mal. Un trapo vacío, feo, sin forma, y mal puesto sobre los hombros. Eso es, a veces, la existencia. Piensa mientras se asoma estirando su pequeño cuerpo hacia el vacío.

“Los pájaros sobrevuelan mi cabeza, sus alas son sublimes… ¿Y si yo pudiera? Todo está tan distante…, menos las nubes, las nubes están cerca, a nada de mi mano. Tan cerca que casi las puedo tocar. Puedo tocar el cielo y las nubes con mis manos…”

Extiende sus blancas manos. Irene se encarama a la barandilla, mira hacia el vacío. Mira hacía los cielos. Algunas personas miran hacia arriba. Entonces ven a una chica subida a la barandilla haciendo equilibrios en el cuarto piso. Alguien grita. Alguien. Otros se tapan los ojos. Alguno que pasa llama la atención de otro, señalando hacia las alturas. Una gaviota se acerca a ella y extiende sus alas suaves sobre sus cabellos, que ondean a un viento cada vez más ansioso, cada vez más violento.

“Puedo. Sé que puedo. Voy, voy ya”.

Y ella, la dulce Irene, la hermosa y divina Irene, salta al vacío. Salta. La gente en la calle cierra los ojos aterrorizada. Gritos. Gentío apiñado abajo. Un desmayo. Muchos de los que miran salen corriendo desolados. Pero los que no se han tapado los ojos con las manos observan, son testigos de algo absolutamente maravilloso, un portento. Magia, ¿Magia? Si, magia porque en el preciso instante en que Irene se ha precipitado al vacío, unas hermosas alas, alas blancas, fuertes, inmensas, se han abierto en su espalda y la han llevado lejos. Ha volado entonces, junto con gaviotas, palomas, gorriones y vencejos, sobre los tejados de las casas. Sobre las azoteas, las antenas de televisión, la ropa tendida, los coches, las calles colmadas de gente. Y vuela lejos. Lejos de su madre, lejos, muy lejos de las palabras de su madre. De esta ciudad terrible. De los lugares en los que estuvo con Gabriel. En esos lugares -una esquina, la casa de él, un banco en el parque, una escalera, un café junto al muelle en donde él le dijo cuanto la amaba-, ahora son desierto, un páramo, nada. Ahora, en estos benditos momentos, en que ella sobrevuela feliz entre nubes rosadas rumbo a la noche, ha olvidado todo eso para siempre. Nada más que preocuparse del buen viento a favor, de las montañas lejanas y de sus espléndidas, grandiosas, divinas alas. Mañana volaré aún más lejos.

Ada G.

UN HOMBRE BUENO

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Un hombre bueno.Había una vez un hombre que amaba profundamente a su familia. Era tan grande su amor, entrega y dedicación, que, por ejemplo, en lugar de volver a casa tras doce horas de trabajo, se iba al bar de la esquina, a «cervezear» con sus amigos y ver el partido, por qué sabía que en su casa, sus hijos arriba veían a esa hora «Perros y gatos y viceversa», y su mujer, abajo, el interesante debate contertulio a cargo de Kiko Matamoñez y Minina Ponsi, y sus acólitos, Boris Mazapan, Carmen Lomonas, y Belén Sincerebrez. O si venía de trabajar doce horas como digo -y es muy importante hacer hincapié en el dato-, y había para cenar albóndigas con tomate, en lugar de en salsa, su preferido, pues el hombre no decía esta boca es mía y se comía hasta la última miga del plato. Si una mañana de prisas el hombre se equivocaba y buscaba unos calcetines en el cajón de las camisetas, y su hija Mari Paz le soltaba un sermón de los de entrarte ganas de emigrar a Moscú, él hombre solo agachaba la cabeza e incluso hasta sonreía. -¡Cuanta razón tienes Mari Paz, hija! Decía. Pero su hija no le escuchaba, absorta ya en la pantalla de su nuevo móvil. Si el domingo hacía el pobre una paella, y dejaba trastos por la cocina como si hubiese hecho doce paellas en realidad, su mujer, la dulce Elena, le perseguía por toda la casa rezongando a contrapelo. Y, como remate final: -¡Y que sepas que es la última vez que haces tu el arroz, Julián! Daba igual que el hombre bordase las paellas de los domingos. Si el sábado venían visitas a la hora de café, y al hombre se le ocurría rememorar lo que le ocurrió en el trabajo cuando era joven, allá por enero del 85, su mujer le miraba con los ojos inyectados en sangre, su hija le daba una patadita por debajo la mesa, y su hijo Julio suspiraba con cara de mártir y se largaba a hacer ver de que le llamaban por el móvil. Más tarde la familia comentaría en «petit comité»:- Julián, ¿No te he dicho mil,veces que a la gente le importa un pimiento lo que te pasó en enero del 85, hombre? -¡Ay, madre! Perdón… es que como hablabais de sindicatos y huelgas… Pero la visita se tiraba después dos horas hablando pestes de su equipo favorito, y él no decía ni siquiera anda y vete a cagar, por ejemplo. Formidables reglas de la cortesía, la urbanidad, el saber estar y la buena educación. Así pasaba tranquilamente la vida el hombre, hasta que un lunes de marzo se quedó en casa por un inoportuno resfriado acompañado de fiebre alta, migraña y estornudos frecuentes. Entonces ocurrió que en medio de la sosegada atmósfera de la sobremesa, todos se sobrecogieron ante un grito tremendo, al que siguieron golpes, porrazos, más gritos de una mujer que pedía ayuda, y un desgarrado «por favor, por favor». Y era que, según le iba contando su familia, la vecina de al lado era golpeada a gusto por su pareja y por lo visto, no era la primera vez. El pobre hombre aterrorizado y casi sin dar crédito por aquella terrible violencia, dijo que había que parar aquello y llamar inmediatamente a la policía. Lo siento por él y, sobretodo, por la mujer a la que su pareja estaba apaleando, pero la mujer, la hija y el hijo del hombre dijeron que…-¡Ni hablar, Julián! ¡No te metas en lo que no te importa! ¿Qué quieres que después ese desgraciado te vea por la calle y te rompa la cabeza? -¡Ver, oír y callar, papá!-Eso no es asunto nuestro, papá. Que llame otro a la policía, o que ella denuncie, que es que después ella ni denuncia. No será tan malo…-¿Qué decís? ¿Y si la mata? ¿No oís esos golpes, por dios?-No es la primera vez que pasa, papá… ¿y ella por qué no se va? ¿A ver?-Pero el hombre que ya le salía toda la rabia, indignación y asco por las orejas, abrió la puerta de la calle, y se puso a aporrear la puerta del vecino gritando… -¡Basta ya de porrazos, so cabrón! ¡Que sepas que estoy llamando a la policía, y en cuanto te vea te parto la cara por cabrón! ¡Deja ya de pegarle a esa pobre chica, hijo de la gran puta!En su casa, en la otra casa, en toda la calle, todos, hasta el caniche Gurp, enmudecieron como si acabara de pasar un ángel, el ángel del silencio. Abrió la puerta un tipejo calvo, bajito, con cara, pies y orejas de cerdo. Llevaba una camiseta un poco manchada de sangre y tras de si, una mujer también bajita, menuda y morena se arrastraba llorando por el suelo. Apenas nadie la oyó cuando susurró un tímido y desfallecido:-Gracias…(23, 11, 2009, Historia basada en un echo real)

OBRA:SUSANA BECERRA PAREJA…

https://www.bygart.com/Marca~x~Susana-Becerra-Pareja~IDMarca~58.html

Ramón

(Cuentos a medianoche en punto)

Tirado en la cama, ventana abierta a luna de julio, luz apagada, auriculares sonando a toda pastilla «El último que zierre», Dimo Cabrera fumaba en la oscuridad un cigarrito robado a su madre. Pero ya cabeceaba, se le cerraban los ojos, y apagó el cigarrito. ¿Dimo? ¿ Qué quién es este? Pues Dimo va para dieciocho años, es alto, lleva gafitas redondas, el pelo largo, rubio oscuro y tiene estos días un acceso de acné en la nariz. Estudia mucho, le gusta leer, poco madrugar, y adora a su abuelo Ramón. De joven, de niño, el abuelo se pasaba la vida trabajando en el taller de la imprenta, y el tiempo que no trabajaba, el abuelo iba al cine. Al cine a ver películas de John Wayne, de Steve McQueen, de Sophia Loren. Su nieto ha heredado ese gusto por el cine, además de los pelos rubios y lacios, las pecas sobre la nariz, y las orejas redondas. Tampoco faltan los que dicen que Dimo se parece muchísimo a John Lennon cuando era jovencito, y como él le da por arrancar rifs a su guitarra cuando no puede soportar más las injusticias que conlleva existir. Pero ahora Dimo quiere dormir. Quiere y no puede por qué allá abajo, en el salón, sus hermanos mayores, Carlota y Lucas, de 28 y 20 años respectivamente, ven la tele, un insoportable programa de esos de meter a mucha peña en un lugar específico, isla, casa, o peluquería, y grabarlos a ver que pasa. Si la peña a grabar para ver que pasa es medianamente famosa, mucho mejor. Al alto volumen del electrodoméstico, se une la algarada de comentarios, risotadas, y los ladridos de Tobías el Magnífico, el beagle miembro de la familia.

En el salón. Bolsas de bocabits, latas de pepsi, los restos de una pizza margarita. Carlota y Lucas en pijama, móvil en mano pero sin quitar ojo al parlachín electrodoméstico. Tobías el Magnífico refunfuña ladrando a ratos. Es que quiere salir a hacer sus cosas, pero estos dos individuos, ya véis, solo tienen ojos y oídos para el infecto programucho de la tele. Carlota es rubia, melena rizada, pecas y sobrepeso. Como su hermano pequeño, Dimo, se parecen al padre, y al padre del padre, el abuelo Ramón. Carlota trabaja en una boutique en Sevilla justo al lado de la Maestranza, y como la Mary Kate Danaher de El Hombre tranquilo, no se casará sin llevarse sus muebles y sus ajuares. Además de su dote. Eso dice ella.

-¡Pero que hace eseee! ¡Mira Lucas, a Sofi le han cogido el culo!

Lucas es más parecido a Marta, la madre, y como ella es moreno, ojos oscuros, piel muy pálida. Y juega cada vez más en serio al baloncesto.

-¿Y eso?

-Yo creo que ha sido Coke… ¡Ojalá lo echen a patadas! ¡El muy cerdo!

Dimo, que ya lleva su tiempo intentando dormir sin éxito, aparece echo una furia, o algo peor, en la puerta del salón. Por cierto que va dejando su rastrillo a tabaco de mamá.

-¡Basta! ¡Basta!¡Callaos de una vez, imbéciles de mierdaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

-Anda, ¿y a este que porras le pasa ahora?

Dimo se acerca sin ninguna contemplación que valga, y apaga la tele, y santas pascuas. Sus hermanos la lían parda; Tobías ladra como intentando calmar a la afición, y el vecino de al lado golpea el tabique como siempre. Y es que Marta y Luis, los papis, por fin se han decidido a pasar un fin de semana en París.

-¡Pero que haces atontadoooo? ¿Quién narices te manda apagar la tele, idiota?

-Mira, Dimo, déjanos en paz y vete a dormir o llamo a los papis y te vas a enterar tu de lo que vale un peine,hombre. Además, snif, snif, ¡has fumado!

-¿Dormir? ¿Eres tonta? ¡Yo estaba casi dormido ya, y vuestros gritos y carcajadas me han despertado! ¡Y eso sin contar con lo alta que teníais la tele! ¡Y soy yo el que va a llamar a papá ahora mismo y se lo voy a contar todo!

-Oye peque, mira… no te enfades chaval…

Carlota conciliadora. Lucas como siempre, mete cizaña a mansalva.

-Dimo, hombre, no seas chivato; a los chivatos nadie los quiere… ¡Ay, encima robándole los cigarritos a mamá! ¿No te da vergüenza?

-¡Me da igual! ¡Decidle lo que os de la gana! ¡Y no entiendo como no se os revienta el cerebro con la mierda que veis!

-Anda que tu, esas pelis rancias y mega viejunas del Gary Cooper, o el López Vázquez…

-¡Oye Lucas, no te metas con las pelis esas que también le gustan al abuelo Ramón! ¡So imbécil!

-¡Jajaja!

-¡Iros a la mierda!

-Dimo, peque, no te enfades, anda. Mira, déjanos terminar de ver esta basura de programa que está ya terminando. No le digas a los papis nada, porfa.

-Anda, si, porfa, vete por ahí a ver pelis de abuelos, jejeje… ¡Fort Apache, guauuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

-Joder, Lucas, no metas más cizaña que ya lo tenía casi convencido…

-¡Pues para que lo sepáis, eso si es cine y no la mierda que veis vosotros! ¡Al abuelo Ramón le molan y a mi me también, ostias!

-Mira, peque, vete a sacar a Tobías el Magnífico a que haga sus cosas, que no para de ladrar y se nos va a hacer pis y cacas aquí y verás después los papis; te das un paseíto, te relajas y…

-¡Ni de coña! Papá no me deja poner un pie en la calle después de las doce de la noche, Carlota. Lo sabes muy bien. A joderse…

-Son menos veinte… y además te doy veinte euros….

-No.

-Cincuenta. Es mi última oferta.

-¡Da gracias a que ahora mismo estoy pelado, que si no…! ¡Anda venga!

-Recuerda: no te alejes de la esquina, no te encantes y aparezcas a las dos, y no pierdas de vista a Tobías. ¿Queda claro? ¡Y ni una palabra a los papis!

-Dad gracias también, afortunadamente para vosotros de que no soy un chivato…

-¡Ale, ale! ¡Hasta luego!

La calle solitaria. La noche densa, oscurísima, abierta a cien mil millones de astros errantes; quién sabe cuantos planetas irrealmente lejanos, con sus bosques azules y sus pájaros de plumas de aire. Los andares de nuestro chaval al que acompañamos sin él saberlo por este paseo nocturno de julio, son lentos, suaves, y nos llevan a la esquina de la larga calle entre jardines, en esta zona exclusiva de chalets adosados y árboles de hojas exuberantes, fragantes, rumorosas. Las farolas dan una luz amarillenta, y no demasiado extensa. Una luz que se va tornando en tinieblas a medida que llegamos hasta el final de la calle, cerca ya del parque privado.

-¿Tobías que te pasa hombre? Deja de ladrarle al gato del vecino… ¿qué pasa?

Una bellísima y desconocida chica escucha música sentada en un banco a la entrada del parque, arropada por las grandes sombras que dan los enormes eucaliptos y reyes del paraíso. Su perro, un pitbull gigantesco, de nombre Jerjes, negro como las barbas de la noche, de ojos llameantes, y dientes absolutamente terroríficos, campea feroz a su lado, cual cancerbero infernal. Pero la chica dulce, bella, como ondina de los estanques, le sonríe con una sonrisa espléndida al decirle…

-Hola.

-Hola. ¿Qué hay?

-¡Qué noche tan bonita! ¿Verdad?

-Bueno, si. Es verdad….

-Mira, aquello pequeñito de allí, si, si, mira justo sobre tu cabeza, es Júpiter, Más allá es la constelación de Orión, con reflejos azulados, y aquello titilante que siempre va tras él es la de Canis Maior… ¿La ves? Y si te quedas algún tiempo con la cabeza así, mirando hacia arriba, sin flaquear, sin mirar para otro lado ya puedan pasar cien o doscientos eones Hádicos, podrás ver a Dios. Oye niño no te rías, ¿a ti nunca te han dicho que Dios está en los cielos? Pues eso. Así que Dios, está entre las estrellas. Yo siempre me he preguntado que, si hay tantas estrellas, si hay millones, trillones, cuatrillones de soles, quásars, cometas, galaxias, de novas infinitamente más potentes que nuestro cercano Sol, ¿por qué el Universo es oscuro? ¿Por qué el cielo es intensamente negro, negro, negro?

Dimo, embelesado, hechizado con la voz, y la belleza de esta niña desconocida, no sabe que responder. Y no responde más que un susurrante…

-No… no lo sé.

-¡Jajaja! Bueno, pues yo si lo sé, y es que creo que los humanos no podemos ver bien la luz del Universo. La rotunda luz que sale de la energía oscura para dejar de ser energía y luz, y ser un átomo de nitrógeno, o una briznita así de enana de gato, o escarabajo, o persona o de océano, o un acorde chiquitito, chiquitito de canción.

Sin entender del todo las palabras de ella, Dimo piensa que son las palabras más preciosas que ha escuchado en toda su vida. Y eso sin saber aún su nombre, piensa. Tobías mordisquea distraídamente un objeto extraño, y ella entonces, como si leyese la mente de nuestro joven amigo, dice que se llama…

-Me llamo Oana. Y tu eres Dimo. Te conozco por que mis padres el otro día casi te atropellan cuando les saliste de pronto a la entrada del garaje. Bueno, en realidad casi les atropellas tu con la bici.

Oana es alta, delgada, de piel transparente, rizos largos y oscuros. Sus ojos son negros como el cielo que los protege. Su voz es una melodía eterna. Va vestida con ropas un poco extravagantes, vestido largo, vaporoso, zapatos puntiagudos de tacón, y sus largos rizos negros caen pesadamente sobre sus hombros, sobre su espalda. A Oana ya lo véis, le gusta mucho los cielos de la noche.

De manera que bajo los profundos e insondables cielos de la noche, Oana y Dimo se miran a los ojos, cada vez un poquito más de tiempo, entre palabras quedas, risas y sonrisas; entre ladridos y de vez en cuando, el soplo suave de una brisa fresca y con fragancia a hierba húmeda, a fogata lejana, a mar lejano.

-Yo nunca te he visto por aquí, Oana. ¿Y cómo es que tus padres te dejan estar a estas horas en la calle?

-¿Y a ti?

-Bueno, es una larga historia, y además mis padres están de fin de semana en París.

-Bueno, Dimo… yo soy más vieja que tu. Soy, de hecho, muy, muy vieja….

Pero el pitbull de la bella y misteriosa Oana jugueteando sin querer, agarra de pronto la garganta del pacífico y bienpensante Tobías el Magnífico, y la sangre comienza a brotar.

-¡Eh, tu! ¡Deja a mi perro! ¡Dile que lo suelte que lo va a matar! ¡Tu, perro imbécil de mierda, suelta a mi perro! ¡Madre mía, suelta a Tobías, cabrón!

Gritando, y gritando, pegándole patadas al malvado Jerjes, Dimo solo consigue que el formidable pitbull le de un empellón con los dientes en la mano, que le deja una rajita roja y dolorosa. Es una terrorífica pesadilla. Por que conforme Jerjes que, en un principio, solo quería jugar con el pobre Tobías el Magnífico, al notar el sabor de la sangre caliente en sus adentros, le coge el gusto, y estimula su lado perruno, más bestial. La llamada de lo salvaje, que diría Jack London, con toda la razón.

-¡Basta! ¡Basta!

Pero Oana, como un revoltijo de hojas secas arrastradas por el viento de la tarde, va desapareciendo. Sus bellos rasgos se van borrando, su risa perdura un poco más cual media luna engarzada en el firmamento. Cual sonrisa, ya lo habréis adivinado, del Gato del País de las Maravillas. Dimo grita. Grita y patalea. Comienza a llorar de rabia y de impotencia.

-Ramón… Ramón… mira, tranquilízate, por favor. Si no van a tener que volver a pincharte otra vez… ¡Ramón!

Dimo, nuestro chaval, siente como una mano le zarandea un poco. Otra voz desconocida de mujer entra en escena.

-Pobre hombre… ¿Usted es la hija?

-¡Que va! Yo trabajo en la residencia de ancianos donde este señor está ingresado. El pobre no tiene ya a nadie en el mundo. Su mujer murió hace dos meses. Y nada, tan mayor y tan solo, el mismo vendió su piso de Utrera, y se vino con nosotros a la residencia de la tercera edad La resistencia. Pero él estaba bien, con sus achaques, que ya son ochenta años, y sus cuidados, pero bien. Cobra su paguita y se va a pasear, o a tomar café con algunos abuelos del geriátrico…Sin embargo, por esta tarde después de cenar, serían más o menos las nueve, le dio un ataque de ansiedad, mientras veía la película Fort Apache. Tuvimos que pedir una ambulancia y así está el pobrecillo medio sedado. Aunque como ve usted, de vez en cuando le da otra vez el ataque…

-¡Ramón! ¡Tranquilo, hombre! ¡Te vas a caer de la camilla!

Ramón abre los ojos. Lentamente la luz potente y blanca de tubo fluorescente abre su mente. Despierta. Sus ojillos de octogenario, sus retorcidas manos, su fuerza de viejo sedado recostado en una camilla, despiertan. Es el hospital . La sala de espera. Fuera en la calle, es febrero. Los naranjos de Sevilla explotan con fuegos naranja y verde lujurioso. Huele tan bien…

-¿Oana?

-No, Ramón… Oana no. Soy yo, Nieves… ¿Cómo te encuentras?

-¿Y dónde está Oana? ¿Y Tobías el Magnífico?

-Ramón, escúchame…. estás en una camilla, aquí en el Virgen del Rocío. Estabas dormido, sedado. Y seguro que estabas hasta soñando. Esto es la sala de espera, mi arma. Llevamos aquí desde las nueve y media de la tarde y son ya las doce de la noche. Yo en un ratito me tengo que ir para mi casa. Pero otra persona de la residencia viene para acá, para estar contigo, Ramón. ¿Me oyes?

-¿Carlota? ¿Tu te bebes la ginebra de papá? ¿Pero por qué me llamas ahora Ramón? ¡Estás loca perdida, chica! ¿Dónde está Tobías? ¿Y Oana? ¡Verás cuando vengan los papis y se enteren de esta movida, Carlota!

-¡Ramón, Ramón, tranquilízate por favor…! Soy Nieves, la enfermera de la residencia donde vives. No conozco a ninguna Carlota; no tengo ni idea de quién pueden ser Tobías, ni Oana. Estás aquí en la sala de espera del hospital… te han tenido que poner una inyección sedante.

Son las doce de la noche. Es febrero.

-¡Basta! ¡Basta! ¡Deja de llamarme Ramón de una puñetera vez, idiota! ¡Me llamo Dimo! ¿Y qué mierda dices de una residencia de ancianos y del hospital? ¡Carlota, deja ya esta bromita de mierda! La semana que viene cumplo 18 años, y…

-Ramón, tienes 80 años; vives en la residencia de ancianos La Resistencia desde hace un par de meses. Te dio un ataque muy fuerte, Ramón. Una crisis nerviosa de las gordas. Comenzaste a gritar, a golpearte con desesperación la cabeza, a asustar a tus compañeros de La Resistencia. Tuvimos que llamar a una ambulancia. Estas sedado. Yo me tengo que ir. Soy Nieves…

Dimo va abriendo su mente más claramente. Comienza a asimilar formas, colores, sonidos, voces, recuerdos…. la droga que le inyectaron, por lo visto está dejando de hacer efecto. Distingue unas luces blancas, distingue gente sentada en bancos, esperando; distingue enfermeros que van y que vienen. Y se ve a sí mismo tendido en una camilla. Mira sus manos, mira su cuerpo. Escucha su propia voz; otra que no es la suya: eres Ramón, recuerda. Son las formas, la voz, las manos de un viejo absoluto. Enfrente suyo hay una señora mayor con un paraguas, y una bolsa de plástico. Le mira. Al otro lado, bajo la gran ventana que da a la tibia y ventosa noche, está sentada una pareja, y la chica tiene una pierna escayolada. Le mira. Algo negro, duro, frío, golpea entonces su cerebro. Una angustia gigantesca y física, una angustia monstruosa, como un proyectil, más aún, como cien mil proyectiles, estalla en su mente, en su alma. Y GRITA. Y su grito parte en dos la atmósfera, la noche, la Tierra. Y llegan más enfermeros, y alguien le pincha. Y entonces…

-¡Dimo, Dimo! ¡Despierta, hombre! ¡Menuda pesadilla tienes hijo!

Pero el grito continua rasgando el aire.

-¡Dimo! ¡Por favor, despiértate! ¡Lucas ve al baño y trae un vaso de agua!

-¡No creo que el pobre chaval pueda beber agua en estos momentos, Carlota!

-¡Es para echárselo por encima,hombre!

-¡Ah, bueno!

Y así despacito, poco a poco el grito atroz, el grito sobrehumano, va remitiendo. El muchacho abre los ojos. Mira. Ve. No, no es en absoluto la sala de un hospital; No, no es tampoco una camilla donde está acostado. Ni existe ninguna señora que dice que se llama Nieves a su lado, llamándole Ramón, ni diciendo que es un viejo que vive en una residencia para viejos. Es una habitación de adolescente, su guitarra, su amplificador, su bandera del Betis, su vídeo consola Nintendo…

-¿Carlota?

Escucha los ladridos, los querídisimos ladridos de Tobías el Magnífico…

Tobías viene a saludarte, niñatín. Te pusiste malo anoche después de la cena, ALGO, yo creo que la lasaña que hicimos en el micro, no estaba muy en condiciones. ¡Je! Debimos mirar la fecha de caducidad, ¿no creéis? Lucas lleva toda la noche dando paseos al baño. Pero tranki que he avisado a los papis y ya estarán al llegar. Dicen que no se nos puede dejar solos. ¡Encima!

-Entonces, ¿nunca bajé a apagaros la tele? ¿Todo ha sido un sueño?

-Estábamos viendo Gran Cuñado, cuando desde arriba comenzaste a gritarnos como un loco que bajásemos el sonido y que blabla, que no te podías dormir; Y así creo yo que te fuiste quedando dormido hasta ahora, en que tu pesadilla nos ha despertado a todos.

Son las cinco y media de la mañana. Es julio.

-Entonces, ¿anoche yo no saqué a Tobías a pasear? ¿Nunca conocí a Oana?

-¿Oana? Ni idea. Y fue Lucas quién sacó un ratito a Tobías antes de irse pitando para el baño, justo cuando terminó Gran Cuñado. Ya sabes que los papis no te dejan salir más allá de las doce de la noche. De todas formas para que lo sepas chavalín, tu dormías a pierna suelta y hasta roncabas, cuando yo subí a acostarme… supongo que sería ya casi la una. ¿Por cierto, esa heridita que tienes en la mano?

Calderón de la Barca, qué grandeza, qué sabiduría la de don Pedro, lo dejó escrito allá por el siglo XVII:
Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

¿Y no fue aquél genial caballero de Baltimore, el señor Allan Poe, el que dijo…
¡Toma este beso sobre tu frente!
Y, me despido de ti ahora,
No queda nada por confesar.
No se equivoca quien estima
Que mis días han sido un sueño;
Aún si la esperanza ha volado
En una noche, o en un día,
En una visión, o en ninguna,
¿Es por ello menor la partida?
Todo lo que vemos o imaginamos
Es sólo un sueño dentro de un sueño?

A la hora de comer suena el móvil de Dimo:

-Hola, Dimo, soy Oana. ¿Cómo está tu herida? ¿Y Tobías? Como anoche mi perro mordió sin querer al tuyo, aunque apenas le rozó, y saliste de estampida antes de poder pedirte disculpas y asumir la factura del veterinario… ¿nos vemos esta noche en el mismo banco que anoche?

Ada García.

Sevillla, febrero 2021

Cuentos en primera persona

Alguien en el castillo.

(La Bella durmiente)

Érase que se era allá en un lejano reino junto al mar, en donde vino a  nacer una princesa, yo, bella como la luz del sol, como las alas de los pájaros, como la onda suave que deja la imperceptible brisa sobre el estanque. Nací, pues, entre perfumes de canela y ciprés, menta y mermelada de naranja, y mis padres querían celebrarlo por todo lo alto como corresponde al nacimiento de una princesa, única hija además de los monarcas. Por ello a mi bautizo fueron invitadas todas las hadas, ondinas, náyades, ninfas, hechiceras y magas del reino. Yo, claro está, no tuve constancia de todo esto, hasta que mucho tiempo después mi nodriza, la ya muy anciana Lady Applewinter, una tarde de mucho frío y bastante nieve, tuvo a bien contármelo, en tanto tejía una de sus imposibles bufandas de media legua.

Pues, como os digo, allí estaban las coquetuelas hadas de los Campos de Amapolas del Norte, las bellas y verdosas ondinas de la lejana región de Amadalia, cerca ya de Betelrosa, la lozana y dorada tierra de los gnomos azules, que bebían vino de almendras, y rezaban cada amanecer al dios de las palabras; también asistieron las bellísimas hadas de Nueva Calesia del mar del sur, las hadas-flor de la Aurora Austral, y sus hermanas las tres hadas del Arco Iris. En una palabra, que allí estaban todas. ¿Todas? Pues lamentablemente no, y esto en verdad fue el origen de todas las preocupaciones y contratiempos que ocurrieron muchos años después. Como os cuento, todas las hadas del Planeta azul fueron invitadas… excepto la oscura, altiva, y vengativa hada Maléfica, cuyo difícil trato provenía más de su innata maldad, que de un trauma infantil no superado, o por su notoria afición  a convivir con trolls, ogros y demás gentes de mal vivir. 

–¡Maldición, digo! ¡Maldición! ¿Cómo os habéis atrevido a rechazarme en este regio a la par que insoportable evento, fomentando mi marginalidad y mis ganas de hacer la puñeta al prójimo? ¡Me vengaré!

Era el día de mi bautizo, los pajes, amas, doncellas y criados repartían a diestro y siniestro, cajitas rosas, celestes y blancas llenas de lacasitos, o cestitas de mimbre, forradas de seda dorada y terciopelo carmesí, envueltas en papel de celofán dorado, con frutas escarchadas, chocolate blanco con cerezas y bombones de crema de leche con miel y almendras. Todas ellas, cajitas y cestitas, acompañadas de una tarjetita en donde rezaba mi nombre, Aurora, y mi fecha de nacimiento: 23 de mayo del año 1000. ¡Qué feliz mi reino! ¡Qué día tan dorado!  Pero, ¡qué poco duró tanta felicidad! Porque allí estaba la cruel Maléfica en todo su terrorífico esplendor.

–¡No, no creáis que me importa! ¡Es más, hasta hubiese partido la invitación en dos en caso de que SI hubieseis tenido la vergüenza de enviármela! ¡Pero, repito, mi venganza será terrible! ¡Terrible!

–Mademoiselle, s’ils vous plaît!

Era Odette, un hada de Montmatre que había venido con sus hermanas y amistades, subidas todas en su cisne blanco, sólo para bailar junto a  nuestro lago lleno de cisnes, patos y ocas. Interrumpió la enfadadísima verborrea de Maléfica con un suave aleteo de sus alas.

–¡Madame,  pog favor! ¡La pobge bebé real no tiene ninguna culpa!

Pero ya se sabe que el resentimiento en algunos seres hace el mismo peligroso efecto que una ballesta a punto de ser disparada.

–¡Silencio! ¡Esta niña morirá al cumplir los 16 años!

Y salió de la sala, dejando atrás un revoloteo de murmullos de terror, desaprobación y algún que otro insulto. Mientras, dos docenas de copas, vidrieras góticas, y una imagen en piedra del rey, esculpida en piedra roja de Suavia por el mismísimo maestro cantero Germano de Brabante, cayeron sobre varios de los invitados, aunque gracias a la rápida intervención de pajes y donceles, nada más que alguna contusión sin importancia hubo de lamentarse. El rey, mi bondadoso padre, gritó entonces fuera completamente de si: ¡Mala bruja! Y la reina, mi enérgica madre, se desmayó, no sin antes haberle lanzado un pesado jarrón de mármol que se hizo mil pedazos, uno de los cuales fue a estrellarse sobre la puerta de una diminuta y buena familia de duendecillos-ratón, que habían colonizado las profundidades de debajo del trono. Así, y como punto final  a la intempestiva despedida de Maléfica, un trueno formidable retumbó de almena en almena, de torreón en torreón, ante la desesperación de mis padres, los reyes. Os preguntaréis, o tal vez no, que hacía yo. Amigos, yo pataleaba alegremente en mi cuna envuelta en tules y encajes, ajena a todo este drama. Pero las tres deliciosas hadas del Arco Iris salieron en mi ayuda. Bien oiréis lo que dijeron.

–¡Nosotras no podemos eliminar del todo el conjuro de Maléfica, pero si que podemos quitarle mucha fuerza! ¡Así que Aurora no morirá al pincharse con una aguja de coser al llegar su decimosexto cumple! ¡No, no! ¡Solo dormirá por espacio de cien años, y será despertada de sus sueños por un muchacho buena gente cien por cien, con un suave beso de amor!  

Hete aquí que pasaron los años, desde aquél convulso día, y así llegué a mis dieciséis cumpleaños en una tarde gris perla, verde musgo, y pájaros volando hacia el lejano país de las canciones. Pero antes de la fiesta me puse a jugar con mis amigas al escondite de los libros que no se pueden leer hasta que seas mayor por todo el castillo. Y así llegué hasta un torreón misterioso, en el cual nunca antes había estado. Dentro, una viejecita sentada en su butaquita de oro, y tocada con sombrerete picudo, chal de ganchillo color chocolate y gafas de ver bien de cerca, cosía trapos con punto de cruz como si no hubiese un mañana. Al verme, la buena ancianita dejó lo que estaba haciendo, y puso sus gafas de ver bien de cerca sobre una mesita contigua, se restregó delicadamente los azules ojos, y me dijo con una sonrisa dulcísima…

–Hijita, mira, ven. ¡Ven a ver que bordados tan maravillosos se pueden hacer con aguja e hijo! ¡Son como lápices de colores! ¡No, mejor aún! ¡Mira que flores, qué pájaros, que muñecas! ¿Quieres probar?

–Pues no, buena señora. Gracias, pero, según cuenta la leyenda, si cojo una aguja el mismo día de mi decimosexto cumpleaños, dormiré durante cien años, y eso es muchísimo tiempo; me perdería mi juventud, mi madurez, mis próximos cumpleaños, y hasta no cumpleaños. De todas formas, a mí coser, la verdad, eso de lidiar con agujas e hilos, costureros, dedales, acericos, tijeras y demás cachivaches, no me interesa lo que se dice absolutamente nada. Creedme que lo siento, pero lo que vos hacéis con el hilo y la aguja lo hago yo con mis pinturas, mis lienzos, y mis pinceles.

Pero, pero… durante la fiesta, mientras bailaba animadamente un minué con el príncipe Feliz, se me descosió el bordado de mi maravilloso vestido de seda y terciopelo azul pavo que llevaba, y no se me ocurrió otra cosa, tontaina de mí,  que permitir que la ancianita del costurero le diese dos puntadas. Claro, entre el calor de la fiesta, la animación, el ir de aquí para allá, hicieron que bajara la guardia, con tan mala suerte que zas, la anciana me pinchó de modo casi imperceptible, pese a todas las precauciones y cuidados. Y en ese momento, justo en ese instante, mis padres, parientes, amistades, pajes, criadas, nodrizas, amas, cocineros, charcuteros, jardineros, soldados, capitanes, mozos y mozas, vecinos, juglares y trovadores, músicos, damas e hidalgos, pastores, niños y niñas, y hasta todos los animales del castillo, quedaron profundamente dormidos. Y yo la primera. Pero antes de caer presa de un sueño insoportablemente pesado y perentorio, me dio tiempo a escuchar, mientras mis párpados se cerraban cual ventana tras la lluvia, una risa estentórea, brutal, descarnada…

– ¡Ja, ja, ja! ¡Por fin mi venganza se ha consumado!

Pero lo que esta mala bruja no sabía es que sólo estábamos dormidos. Pero ¿Por cuánto tiempo?

Pasaron cincuenta, setenta, cien años…, tal vez más…

Al despertar, al abrir los ojos, al principio, a mi alrededor sólo vi oscuridad, y entre sombras y tinieblas, algunas ráfagas de luces y murmullos. Pero, en tanto mis torpes ojos iban lentamente adaptándose a la claridad, observé sobre mi cabeza una enorme plataforma de luces blancas cegadoras, abriéndose paso en mi mente. Escuché voces…

– ¡Por fin despiertas Aurora, querida!

¿En donde me encontraba? Era una sala extraña, enorme, blanca y cálida, y salíamos todos al unísono del estado de hibernación centenario que nos había provocado el hechizo de Maléfica.

En la cámara de al lado, una de mis bellas damas de compañía, Kane, comenzaba también a abrir los ojos.

– ¡Buenos días! ¡Qué hambre tengo! ¡Después de no sé cuanto tiempo sin comer, sería capaz hasta de comer caracoles!

Evidentemente todos estábamos tan hambrientos como la hermosa Wilfreda de Kane, pero no por eso comimos caracoles, aunque si tarta, queso de cabra, café, mucho café, y paella. Pero al cabo de una hora, en la que ya habíamos dado buena cuenta de todas las deliciosas viandas, a Kane, mi dulce dama de compañía, comenzó a sufrir sin previo aviso fuertes dolores de tripa, y empezó a gritar, a toser, y a retorcerse de dolor  por los suelos. La cosa fue tan a peor, que cuando nos dimos cuenta, de su abultado abdomen surgió un bicho monstruoso, sanguinolento, con dientes de piraña y sin ojos, que salió disparado a perderse vete tú a saber donde. Todos gritamos y vomitamos, y alguien cayó al suelo presa del colapso nervioso. Y en éstas, cuando más negro se presentaba nuestro horizonte, el teniente Jacob Ripley de Guermantes, oficial  de la orden de Nostromo, hizo acto de presencia en la sala armado con su espada de acero forjado por Nibelungos cerca de las montañas de la Luna, y con su armadura forjada por los elfos en sus fraguas cercanas a la montañas del Sol. Dijo: ese alienígena es peligroso, es alguien, alguien, sí, alguien. El octavo ser que ha despertado en este castillo.

–Ese alguien, ese alguien monstruoso debe ser aniquilado inmediatamente.

Todos gritamos…

– ¡Sí, sí, hay que acabar con él!

– ¡Sois valientes, amigos míos! ¡Estoy realmente emocionado! ¿Voluntarios para terminar con ese alguien?

Pero en ese momento el más absoluto silencio se adueñó del ambiente como una tupida niebla.

–Bien, entiendo –dijo prestamente Ripley de la caballerosa Orden de Nostromo– Tú, condesa Ash; tu, caballero  Parker; y tu, duque de Lambert, os venís conmigo.

De esta enérgica manera, un puñado de aguerridos caballeros, acompañados de voluntariosos y heroicos soldados, salieron valientemente en pos de ese terrorífico y cruel alguien, mientras uno por uno, todos los habitantes del castillo fueron huyendo cada cual a mayor velocidad. Transcurridos dos o tres días, y sus noches, y aunque buscamos y buscamos, no pudimos encontrar al alguien perdido por ahí. Justo en la parte más elevada del castillo se ubicaba la sala de estar de madre, la reina, su saloncito de lectura, de pensar en sus cosas, de escribir romanzas; y hasta este altanero lugar, que gozaba por ello de vistas magnificas, y desde el que podía otearse hasta los azules y lejanos montes del Sol y de la Luna, y, en noches claras, las montañas de Ganímedes, llegué yo intentando escapar del monstruo. Así observé presa del más opresivo terror, como ese alguien siniestro devoraba a sus  acosadores en las lindes de un bosque cercano. Lo peor fue que el teniente Jacob Ripley de la orden de Nostromo nos abandonó sin darnos ni media explicación; pero, según su leal escudero Brett, ambos debían incorporarse a la novena o décima Cruzada. No importa, pensé, mientras temblaban mis piernas y mis dientes cual hojitas verdes al viento, yo sola, me oís, sola, me enfrenté a el. A oscuras, en la sala de madre, me metí en la armadura, cogí a mi armiño Dallas, y tomando la espada contra un océano de peligros, le hice frente y acabé con él.

Giger, ese genial ilustrador de aliens, alguiens, y demás horrores cósmicos.

– ¡Maldición! ¡Has destruido a mi criatura, horripilante princesa! ¡Pagarás por ello!

-Siempre había sospechado que tu, Maléfica, bruja maleducada, grosera y charlatana, estabas tras este monstruoso alguien. ¡Pues, ea, tu también fuera de mi reino!

 ¿Qué castigo se llevó la malvada Maléfica? La envíe justamente al espacio más hostil y lejano. Como debe de ser. Y así, y de esta peculiar manera, termina esta peregrina historia de brujas, encantamientos y algún alguien venido más allá de las estrellas.

Colorín colorado.

Ada García, febrero 2021

Más que palabras con… Pedro Amorós


«El misterio y la evolución de la técnica y de la ciencia, van por unas líneas paralelas que se entrecruzan en determinados puntos, y es ahí cuando se desvela el misterio.»

D. Pedro. ¿Qué es para tí el Mundo del Misterio? 

R.- Bueno, lo cierto es que parece una pregunta sencilla de responder, pero lleva implícita una explicación profunda que sólo podemos encontrarla en el interior de cada uno de nosotros. El misterio es, sin duda, algo que me llama, me apasiona y que despierta en mí la curiosidad, similar a lo que le ocurre a un niño cuando coge una piedra del suelo y se pregunta qué es y porqué está allí. El Misterio para mí, es la esencia que conforma lo no explicado por la ciencia conceptual y ortodoxa. Podría comprenderlo como aquello que se sale de los patrones establecidos para llegar a explicar la realidad de la naturaleza de todo lo que existe a nuestro alrededor. Misterio, en pocas palabras, es todo aquello que no puedo explicar desde un punto de vista lógico y científico y… sí, estoy convencido que muchos de los misterios que hoy comprendemos como tal, algún día tendrán una explicación. Y es que el misterio y la evolución de la técnica y de la ciencia, van por unas líneas paralelas que se entrecruzan en determinados puntos, y es ahí cuando se desvela el misterio.

P. ¿Cómo, cuándo y por qué comienzas a interesarte por él?

R.- De niño, cuando tenía unos seis o siete años, mi mente comenzó a pensar en diferentes dimensiones a la vez, así me gusta pensarlo. Siempre quería conocer el motivo del cómo y el porqué funcionaban las cosas. Desmontaba objetos, diseccionaba plantas para ver su interior con un pequeño microscopio, buscaba fósiles, minerales y piedras que para mí, eran bellas y al mismo tiempo extrañas. Miraba el firmamento con un sencillo telescopio que mi padre me había regalado, e intentaba comprender cómo se habían formado los planetas, las estrellas y todo lo que estaba más allá de nuestro cielo. Buscaba explicación y respuestas a las preguntas que en aquel entonces no eran fáciles de encontrar y resultaba que todo giraba en torno a la naturaleza que nos rodeaba. Conforme iba creciendo, me di cuenta de que para todas aquellas preguntas que para mí eran grandes enigmas que habían ido asaltando y conformando mi vida, los libros de ciencia, mis profesores o las explicaciones que la televisión o la radio nos ofrecían, eran arquetípicas. Todo estaba basado en un conocimiento cerrado, hermético, el cual se replicaba en los libros tal cual, por que sí, como si no hubiese otra manera de comprender las cosas. Sin embargo, yo seguía realizándome preguntas sobre todas aquellas respuestas que me daban y pese a que intentaba aprender de éstas, comprendí que incluso los libros se equivocaban, dejaban espacio para pensar que, podrían existir otros planteamientos que explicasen tales hechos incomprendidos. Y así, llegué al misterio, intentando comprender la esencia de lo que no era ortodoxo y así poder dar una explicación desde mi particular punto de vista analítico y a veces inconsistente. Me di cuenta de que había ciertos enigmas que superaban incluso la propia existencia del ser humano y sobre todo su posible trascendencia. Cuando tenía doce años pude leer un artículo de una revista que conservaba mi padre, en el que un tal Friedirch Jürgenson hablaba de unas extrañas voces que recogía con un magnetófono y un micrófono. Después de leerlo, me di cuenta de que aquello era un verdadero misterio el cual no podía ser explicado por la ciencia. Y esto me cautivó. Así pues, seguí leyendo y buscando respuestas sin encontrarlas. Me di cuenta de que iba a ser un reto, en el cual hoy sigo inmerso. Cuando con quince años conocí a Bea, comenzamos a investigar el fenómeno de las voces psicofónicas de una manera metódica, pautada y lo más cientificista posible. Hoy, todavía seguimos haciéndolo.

Pedro Amorós en pleno trabajo de investigación a campo abierto

P.  Pedro, decía Hreman Melville que » en todas las cosas está oculto siempre un significado: de lo contrario, poco valdrían, y el mundo mismo no sería más que una cifra vacía». ¿Sin misterio la vida no sería lo que es? ¿Qué nos fascina tanto de lo oculto, de lo desconocido?

R.- Pues sí… nos fascina la posibilidad de conocer el mundo que nos rodea. El secreto del misterio no está en la grandeza de las cosas o de los actos, sino en el interior de cada uno de nosotros, en las cosas más sutiles que nos componen y que nos plantean la posibilidad de creer que nosotros mismos somos universos y dentro de cada uno de nosotros, existen enigmas que no comprendemos y simplemente asumimos como tal. El cariño, el amor, una mirada… todo esto, lleva oculto un mensaje que está liga antropológicamente al ser humano y del cual no somos conscientes. Tan solo sabemos que como una suave brisa de aire, actúa ligero como un sencillo parpadeo, que está y existe porque es patente y palpable. Y, sin embargo no se puede explicar con ciencia, no se puede encontrar en el interior de nuestro cerebro, ni tampoco de nuestra mente… sencillamente existe porque va ligado a nuestra evolución y forma para de todos los seres vivos. Quizás el problema que tenemos es que no sabemos ver o entender qué es lo que ocurre y por qué está pasando, pero sí, pasa… Ir tras el misterio de las cosas sin explicación, es lo más bonito que puede tener un buscador de realidades, y esto es lo que nos diferencia de algunas personas que piensan que todo está encontrado y explicado. Para mí, conforme se vayan resolviendo dudas en torno a determinadas cosas que consideramos misterios, se abrirán nuevas puertas que ocultarán otros paradigmas de la existencia. Yo sé poco, pero lo que sí sé, es que mientras perdure la existencia del ser humano, siempre habrá un misterio por descubrir, y esa será la ilusión de los que somos buscadores.

P. ¿Qué opinas de programas como Cuarto Milenio?

R.- Pues… verás, tanto Iker como Carmen han sido buenos amigos desde hace muchísimo tiempo y les considero grandes profesionales, así como a todo el equipo del programa. Creo que se están esforzando por hacerlo lo mejor que pueden, sin duda y es lo que creo que se transmite a la audiencia.
Pese a que el concepto de programa que a mi me gusta es lo que yo estoy realizando en mi canal de YouTube ( Aventura del Misterio ), soy consciente de que Cuarto Milenio es un gran programa que gusta a mucha gente y desde luego ha mantenido vivo el sentimiento del misterio para muchos, y esto es algo de agradecer desde mi punto de vista.

P. ¿Y de la proliferación masiva de grupos investigadores del misterio?

R.- Bueno… cuando yo comencé con todo esto, no había grupos de investigación tal y como hoy lo concebimos. Con la creación de la SEIP ( Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas) y a través de programas de radio y televisión como Radio Nacional de España, Cadena SER, Onda Cero, Radio España, COPE, Antena 3, TVE, Telecinco y otras cadenas, yo fui el impulsor para la creación de multitud de grupos independientes para la investigación de lo paranormal a través de la SEIP la cual he dirigido desde su fundación en el 1995. Por lo tanto, me encanta que aparezcan grupos de investigadores y/o experimentadores al respecto, es algo que mantiene vivo el espíritu del misterio cosa que siempre apoyaré. Como en todos los sentidos de la vida, hay buenos y malos grupos, pero no debemos dejar que los que no lo hacen bien rompan la ilusión de los que intentan ser honestos, humildes y honrados. Por ello, los que llevamos un poquito más de tiempo en esto, debemos formar e informar para que no anden como “pollos sin cabeza” a través del mundo del misterio. Uno de los objetivos que me propuse cuando creé mi canal de YouTube ( Aventura del Misterio) fue precisamente esto, por eso mis videos intentan formar a todos aquellos que quieren iniciarse de alguna manera en este mundo y entretener a los que sólo buscan pasar un ratito de misterio. Siempre intento que los espectadores me acompañen a investigar o experimentar y que así lo vivan y lo disfruten desde dentro, como si estuvieran allí.

P. Pedro, ¿Qué caso, relacionado con las psicofonías, de entre todos los que has tenido oportunidad de conocer, te impactó especialmente?

Esas viejas y solitarias casas en las cuales hace tiempo que ya no vive nadie… ¿O sí?

R.- La verdad es que mi dedicación en el mundo del misterio ha sido todo lo relacionado con la parapsicología; Casas Encantadas, Fantasmas, Poltergeist, etc… pero es cierto que, como te he comentado anteriormente, cuando tenía quince años comencé con Bea a experimentar e investigar en el mundo de la Transcomunicación Instrumental, que incluye la Psicofonía o Parafonía, y la psicoimagen. Por ello, para mí, cualquiera de las miles y miles de psicofonías que tengo catalogadas como tal, son enteramente especiales cada una de ellas, sin duda alguna. Sin embargo, es cierto que hay algunas que… sí, me resultan especiales y que son ahora el objeto de mi estudio e investigación, como las obtenidas en el pueblo viejo de Belchite, en el campo de concentración de Albatera o en lugares en los que se han producido hechos traumáticos donde, por desgracia, se han producido muertes masivas. Parece como si en estos lugares, se abriese una segunda línea espacio-temporal que recorre el tiempo presente de manera paralela y, como decía antes, se entrecruza de manera esporádica dejándonos escuchar algunos fragmentos sonoros que parecen no pertenecer a nuestro tiempo actual. Recuerdo grabaciones en las obtuve un avión haciendo un picado y soltando una bomba, una explosión de una granada, bombas explotando, disparos, el cerrojo y disparo de un fusil de la época, etc.

P. ¿Eres lo que conocemos como «médium»?

R.- Bueno, yo considero que todos somos de algún modo, un poco médiums. Pienso que nuestra naturaleza no nos ha dejado opción de escoger en qué medida o en qué sentido, pero creo que va implícito en nuestra propia evolución, por lo tanto sí, creo que sí tengo cierta mediumnidad, pese a que siempre me apoye sobre las doctrinas científicas o aparatos tecnológicos para intentar dar una cierta explicación a los fenómenos que estudio e investigo. En ocasiones percibo ciertas intuiciones que interpreto como normales y que pienso que tanto tu, como cualquier lector que esté leyendo mis palabras, habrá sentido en alguna ocasión aun sin saberlo.

P. ¿ Un médium nace o se prepara para serlo? 

R.- Desde mi punto de vista, como te decía anteriormente, la naturaleza nos ha dotado de esa capacidad de ser médiums a todos, solo que el grado de mediumnidad, así como la capacidad que se desarrolla para ello, puede variar. Con esto, pienso que todos nacemos médiums y que a lo largo del tiempo de nuestra vida, va variando en función del tipo de vida que llevamos y con qué o quien nos relacionamos. Podríamos compararlo como un deportista que entrena ciertos músculos de su cuerpo. Todos nacemos con esos músculos pero los que entrenan y los alimentan, los desarrollan mucho más que los que viven toda su vida sin hacer deporte. Nuestras capacidades extrasensoriales son potenciables y sin duda alguna, pienso que pueden entrenarse, pero eso sí, hay que saber bien dónde, cómo y con quién hacerlo.

P. La vida y el más allá, ¿Nunca sabremos qué se esconde al otro lado?

R.- Bueno, pues esa es la cuestión que nos ocupa… Se trata de uno de los grandes misterios que todavía está por resolver. ¿ Qué ocurre cuando morimos? Se trata de la pregunta de las preguntas puesto que si algo es cierto es que todos, absolutamente todos, desde el mismo instante que comenzamos a vivir, comenzamos a morir y a todos nos llegará el momento de experimentar la sensación de comprobar qué es lo que ocurre y qué es lo que pasará tras el óbito. Personalmante puedo decirte que no temo a la muerte. Estoy convencido de que cuando me llegue la hora, pasaré ese momento con la intriga y la ilusión que tengo cada vez que me meto en una casa encantada para investigar. Creo que sí, algún día sabremos qué es lo que nos esperará al otro lado. Quizás a través de la ciencia que seguro no dejará lugar a dudas para la sociedad. Aun así, también estoy seguro de algo, y es que no volveremos al mismo lugar, por lo menos tal y como somos o hemos sido.

P. ¿Tu personalmente has podido experimentar alguna experiencia tipo Poltergeist, por ejemplo?

R.- Desde luego que sí. A lo largo de los rodajes y experimentaciones para realizar los videos de Aventura del Misterio, he podido experimentar e incluso grabar en video, cosas difícilmente explicables. Desde mi perspectiva se trata de auténticos fenómenos extraños de origen poltergeist. Recuerdo una de las aventuras, en las que estaba investigando en una casa en la ocurrían ciertas cosas inexplicables. Una casa abandonada de hace dos siglos y situada en mitad de una montaña. Mientras estaba grabando con la cámara e iba a adentrarme en la habitación de matrimonio de dicha casa, un palo, perfectamente situado que se encontraba en un lateral, se desplazó literalmente solo y pasó por delante de mi cámara quedando atravesado en la puerta, como diciéndome: “ Aquí, no pases…”. Sinceramente fue así como pude sentirlo. Sin embargo y a lo largo del tiempo, pese a que este tipo de fenómenos son muy complicados de producirse, sí podría decirte que he experimentado muchas de estas cosas que a algunos les pondrían en estado de Shock Nervioso. Recuerdo por ejemplo en la casa natal María Gómez Cámara, la señora de las Caras de Bélmez, cuando una noche, varios de mis colegas y yo, pudimos ver como una silla de hierro se desplazaba sola a través de un pasillo, quedando subida al rodapié tras su periplo.

P. Pedro, ¿cómo es el día a día de un médium?

R.- Bueno, imagino que te refieres a las personas que tienen una capacidad mediumnica muy desarrollada y que tienen la capacidad de poder ver, sentir o percibir otras realidades que nosotros podemos pensar que se trata del mundo trascendental. Pues sí, creo que deben vivir con cierta resignación. No siempre es sencillo poder experimentar lo que pueda ser un mundo de esencias o energías invisibles para todos y después contar a los demás lo que has visto.
Creo que no es una tarea fácil.

P. Nos decía el escritor Juan Eslava Galán en su Más que palabras, que la duda es una buenísima cualidad que debería practicarse más a menudo. ¿dudar es sano entonces?

R.- Dudar es lo que hace que el ser humano vaya en busca de las realidades. La duda no es que sea buena, es totalmente necesaria y desde luego es la premisa para poder ser un buscador de realidades.Personalmente, te diré que soy bastante escéptico aunque en el fondo sí, quiero creer y creo pero como normal siempre intento demostrar con técnica o hechos lo que no puedo explicar a lo largo del camino de la investigación paranormal. Y esto se realiza a través de la duda.

P. Pedro, ¿Cómo ves el presente, y el futuro?

R.- Pues verás, soy bastante mal profeta, sin embargo en los tiempos que corren, no hay que ser muy buen adivino para darse cuenta que tenemos un arduo camino por recorrer y que sin duda está repleto de baches y contratiempos, tanto por la situación de pandemia que estamos viviendo como por el agobio social y económico que estamos experimentando todos los seres humanos del planeta. Siendo consciente de que esto se trata de nuestro presente, el resultado no debe ser nada bueno para el futuro, con lo que auguro unos tiempos de crisis tremendos, que muy probablemente alcancen su cúspide a mediados del años 2021 y se extiendan durante un periodo de unos cinco años, hasta que la sociedad se acostumbre de nuevo a vivir en un mundo poblado de grandes capitales y miseria social, sin términos medios.

P. Añade, por favor, lo que creas que deba ir al final de esta frase:  «Cualquier tiempo pasado fue…. «

R.- Cualquier tiempo pasado fue-ron las páginas escritas de una historia que marca el camino que la humanidad ha recorrido a lo largo de su existencia, y por ello debe ser recordado y estudiado con el fin de intentar enmendar los errores que han llevado a los seres humanos a odiarse, envidiarse y humillarse. El camino de nuestra evolución como especie, comienza con el sentido de conocernos a nosotros mismos y ser conscientes del hecho de que todos somos seres humanos.

P. ¿Eres una persona creyente?

R.- Sí, aunque quizás el concepto de divinidad que tengo, está un poco lejos de cualquier religión.

P. Pedro, ¿y la felicidad?

R.- Desde luego que sí… es algo que me rige, me guía y me acompaña desde el momento en el que me despierto, hasta el momento en el que me duermo. Y sí, doy gracias por ello, todos los días, cada hora, cada minuto, cada segundo y cada instante de mi existencia.

Para terminar te dejaré con una frase de mi cosecha que he utilizado en este artículo y que creo que puede venir bien para el tema: “ Mientras dure la existencia del ser humano, siempre habrá un misterio por descubrir.”

Más que palabras… José Portolés


«La Residencia fue una importantísima apuesta de la Institución Libre de Enseñanza, muy adelantada a su tiempo. Brindó (a los que entonces podían permitirse una educación superior) un irrepetible ambiente cultural multidisciplinar, regido por el espíritu de algo que aún hoy se echa de menos en la enseñanza: libertad»

José Portolés, una sonrisa y un libro, el suyo propio: Los Corruptos de Benilladre,

El cine… ese invento del demonio.

Así es como es como alguien enorme y eterno como es Antonio Machado, describía al cine. Y es que los que tanto amamos este invento del demonio, o Séptimo Arte (aunque hay algunos actores y cineastas que rechazarían la calificación de arte, como por ejemplo el mismísimo Buñuel o José Luis López Vázquez), reconocemos haber sido educados por el cine: desde aprender a montar a caballo emulando a John Wayne en la colosal obra maestra fordiana Centauros del desierto, hasta almorzar café y unos sandwiches, como hacen Katherine Hepburn, Katherine Houghton y Sidney Poitier, en la maravillosa última película de Spencer Tracy, Adivina quién viene a cenar esta noche. El caso es que el cine forma parte de la vida de este personaje que nos ocupa, él mismo es profesor y estudiante de cine, sobrino nieto de Luis Buñuel; amigo personal de Carla Leone, viuda de Sergio Leone; socio del actor Aldo Sambrell y escritor de obras muy cinematográficas. Una de las cuales sin llegar a ser aún publicada, Exégesis de Un perro andaluz, tengo en mi poder gracias a la amabilidad y generosidad de su autor. Además la crítica a la película La lista de Schindler para Tiempo de Hadas se la debemos a él.  Señoras y señores, con ustedes José Portolés.

AD. José, ¿cual es el recuerdo más antiguo referente al cine que conservas?

José Portolés. ¡Ufffffffff! Los más antiguos, desde muy, muy pequeño, imágenes sueltas del desaparecido cine Imperial de Madrid, donde mi padre me llevaba a ver las películas de Walt Disney. El que mejor recuerdo de los más antiguos, con 6 años, mi primera visita al cine recién inaugurado en mi barrio de Madrid, Las Águilas: El cine San Ignacio. Era allá por 1973, y la película, “El Cid”, de Anthony Mann. Y durante mi infancia, hasta su cierre a finales de los 80, los fines de semana yo “vivía” dentro de ese cine, formaba parte de su mobiliario.

P. Vives a caballo entre España y Mexico. ¿En cual de los dos países te encuentras más a gusto ahora mismo?

Vivir con un pie en España y otro en México.

Los lugares, el clima, la gente, la comida, la forma de ver y vivir la vida… Son tan distintos que no se pueden comparar. Ambos tienen mucho bueno compensado con su lado malo. Te puedo decir que aquí en México echo de menos muchas cosas de España; y seguramente, si regresara a España echaría de menos muchas cosas de México. Lo curioso es que, involuntariamente, seguí el camino de Luis Buñuel: dejar España para desarrollarme profesionalmente en México.

P: ¿Qué recuerdos de familia Portolés te son más queridos, José?

Precisamente los últimos: Cuando falleció mi padre, allá en 2016, su hermano y hermanas, que llevaban años sin hablarse, fueron capaces de apartar momentáneamente sus rencillas y diferencias irreconciliables para estar todos juntos acompañándome. Hicieron un esfuerzo que les agradezco mucho.

P. José, ¿nos hablas de tus libros?

Solo te diré que hasta ahora he escrito los libros que a mí, como lector, me gustaría leer. Están escritos como a mí me gustaría leerlos, y tratan sobre los temas que a mí me interesaban en el momento de escribirlos.

Las obras de ficción tratan sobre la explotación del 3er mundo por el 1er mundo la primera. La utilidad de las religiones, todas, para controlar y manejar a la gente, la segunda. Y las consecuencias de la corrupción política en la gente normal, la tercera. Y gustaron lo suficiente para permitirme vivir de sus ventas, algo poco habitual en España.

Y por otro lado el Cine, claro, para comunicar todo lo que voy descubriendo o razonando sobre “ese invento del diablo” que nos apasiona…

P. Eres profesor de cine en México. ¿Crees que el cine de antes, antes de los ochenta, tal vez, es superior al de nuestra época?

Más bien creo que no se puede comparar el Cine de una época con el de otra, cada una está definida por unas circunstancias sociales, económicas, técnicas, estéticas… Lo que sí debemos tener en cuenta es que, lo tengo muy comprobado, nuestro Cine preferido, nuestras películas realmente favoritas para toda la vida, son las que hemos visto en pantalla grande entre los 14 y los 20 años. Es como si nuestras mentes fueran, no más impresionables, sino más receptivas a esa edad, justo cuando se desarrolla nuestro sentido crítico y capacidad analítica.

El antiguo cine Bogart, uno de los que forman parte inborrable de la infancia de muchos madrileños, como la de José Portolés, por ejemplo.

En mi caso, tuve la inmensa suerte de que durante esa época de mi vida en Madrid estaban en pleno funcionamiento la Filmoteca y los añorados Cinestudios (Fantasio, Ideal, Bogart). Yo era un asiduo de todos, cada fin de semana me veía entre siete y nueve películas de todos los géneros, épocas, autores… Y bien programadas en ciclos: Por ejemplo, recuerdo que en tres fines de semana seguidos ví, ordenadas cronológicamente, 10 películas de Hitchcock. En otros dos domingos, 7 ú 8 de los Hermanos Marx… Y así fui descubriendo y conociendo también a Akira Kurosawa, Luis Buñuel, George Cukor, Billy Wilder, Charles Chaplin, Edgar Neville, Ingmar Bergman, Ernst Lubist… Sí, fui afortunado al poder ver en pantalla grande a los grandes clásicos, y justo con esa edad tan especial, entre los 14 y los 20. Después, ya no me quedó más remedio que dedicarme al Cine.

P. ¿Se han agotado las ideas y perdido la inspiración? ¿Por eso se hacen remakes, refritos, versiones, una y otra vez, de antiguos éxitos, con más o menos suerte?  Normalmente con más pena que gloria.

Siempre han existido los remakes, la gran diferencia es que antes tenían razón de ser y cada uno superaba las anteriores versiones, porque se trataba de rehacer una película antigua tal y como las carencias técnicas o la censura lo habían impedido. Por ejemplo, el “Ben-Hur” que todos conocemos y admiramos (el de William Wyler con Charlton Heston en 1959), es la tercera versión: La primera data del año 1907, dura 15 minutos (un rollo a velocidad 14 fotogramas por segundo) y es muy buena… para su época. El primer remake se realizó en 1925, todavía silente (o “mudo”), pero tuvo una razón de ser: 18 años después se había mejorado la técnica, ya se pudo filmar en exteriores y adaptar la novela (que es malísima) completa, con una duración de 2 horas y media. La versión de 1959 se realizó con los últimos avances técnicos: Sonido estereofónico, Technicolor, Ultra Panavisión 70. Muchas otras obras maestras del cine también son remakes de películas mudas o en blanco y negro: “Primera plana” de Billy Wilder, por ejemplo, es un remake de “Luna nueva”, que a su vez es un remake de “Un gran reportaje”.

Lamentablemente, se siguen haciendo remakes de los remakes, sin razón de ser y peores que los originales: La última versión de “Ben-Hur”, de 2016, es la peor de las cuatro. Y “Primera plana” se rehizo como la pésima “Interferencias” en 1988… Y no es por falta de ideas o de inspiración: Especialmente en Hollywood, el problema son los productores. Porque allí hace mucho que los productores ya no son “hombres de Cine” como David Selznick, Irving Thalberg o Louis Burt Meyer, interesados en el Cine, sino inversores de Wall Street interesados en el beneficio económico. Por eso ya no buscan “arte” sino “negocio rápido”. Fíjate que muchos éxitos del cine de, digamos, los últimos 15 o 20 años, son producciones independientes modestas, producidas y realizadas fuera de los grandes circuitos, que triunfan por la calidad y novedad de sus planteamientos, tanto temáticos como narrativos o técnicos. No, imaginación, ideas, creatividad y talento no faltan. Lo que falta es que el capital apoye las ideas nuevas.

P. Jóse, menuda época aquella de la Residencia de estudiantes con tanta gente genial, Lorca, Alberti, Giner de los Ríos, Dalí, Buñuel, Luis Rosales, Luis Cernuda…irrepetible, ¿no?

¿Qué quienes son estos tipos? Pues Dalí, José Moreno, Luis Buñuel, Federico García Lorca y José Antonio Rubio, en 1926.

¡Ya me hubiera gustado a mí vivirla! La Residencia fue una importantísima apuesta de la Institución Libre de Enseñanza, muy adelantada a su tiempo. Brindó (a los que entonces podían permitirse una educación superior) un irrepetible ambiente cultural multidisciplinar, regido por el espíritu de algo que aún hoy se echa de menos en la enseñanza: Libertad. Libertad de expresión, libertad de creación… ¡Pero siempre dentro de los márgenes de la “urbanidad” de la época! Inevitable, pues, que allí germinara y se desarrollara el Surrealismo español.

P.  Federico García Lorca y Luis Buñuel. ¿Amigos irreconciliables?

¡Amigos irreconciliables y enemigos íntimos! Tres genios, con caracteres tan dispares que no les quedó más remedio que aunar su creatividad ligando sus respectivas obras tan profundamente que solo pudieron terminar por enemistarse. ¡Pero no fueron tres amigos, sino cuatro! No debemos olvidarnos nunca de José (“Pepín”) Bello.

P. Estas palabras…

Cierto aire bogartiano…

  «A veces digo que el surrealismo triunfó en lo accesorio y fracasó en lo esencial… Reconocimiento artístico y éxito cultural que eran precisamente las cosas que menos nos importaban a la mayoría. Al movimiento surrealista le tenía sin cuidado entrar gloriosamente en los anales de la literatura y la pintura. Lo que deseaba… era transformar el mundo y cambiar la vida. En ese punto –el esencial– basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso.”

P. ¿Estás de acuerdo con tu tío abuelo? ¿El Surrealismo fracasó, en su cometido de derribar normas polvorientas, alambradas oxidadas, párametros estrictamente confortables, cómodos, aburguesados?

Surrealismo Ad hoc, ellos fueron los primeros

Totalmente, basta ver actualmente a burgueses pagando millones por obras surrelistas en las más prestigiosas galerías de Arte.

La base e intención auténtica y fundacional del Surrealismo, la planteada por André Breton, era ESCANDALIZAR. Buscaba romper con todos los moldes establecidos para provocar, incomodar, concienciar; para… digámoslo claro: para cabrear a las clases altas desde una posición filocomunista y desprejuiciada. Y quienes más lo consiguieron fueron sin duda Dalí, Lorca y Buñuel. Aunque luego Dalí “cambiase de bando”, siguió creando y, sobre todo, actuando según los postulados surrealistas, como Buñuel: Ambos fueron surrealistas a lo largo de toda su vida.

Y otro fracaso del surrealismo, este estético, es que en la actualidad está muy generalizado confundir surrealismo con sicodelia. ¡Y no tienen nada que ver! Mientras el surrealismo crea acciones e imágenes sin sentido y escandalosas mediante narrativa onírica, la sicodelia deforma las imágenes inspirándose en alucinaciones.

And the winner is…

P. José, cuéntanos qué haces en tus aulas de cine. ¿Cómo son tus alumnos?

En general, veo en mis alumnos el futuro del Cine, tanto en España como en México. Tienen ideas, ideas nuevas e interesantes, muy válidas. Y vienen con mucha ilusión, muy decididos a contar sus historias y contarlas a su manera. En un gran porcentaje, son alumnos de los que el maestro aprende.

Actualmente, aquí en México, tengo asignado el módulo “Historia del Cine Mundial”, así que hablo de Cine procurando transmitir mi pasión por el Cine, y mi forma de transmitirlo es de manera similar a la “literatura comparada”. Comienzo con “La salida de los obreros de la fábrica Lumière” y a partir de ahí cito y comento las películas que han ido aportando algo nuevo al 7º Arte, ya sea técnica, contenidos, formas interpretativas, música, estética… Y lo cuento como si estuviera hablando con unos amigos, buscando la sonrisa y la complicidad. Pero con una base sólida, un guión propio que es una lista de más de 500 películas, ordenadas cronológicamente y especificando porqué considero importante cada una. Y lo adorno con mil anécdotas, claro. Pero todo destinado a que comprendan las implicaciones artísticas y expresivas de la narrativa, el lenguaje y la técnica cinematográfica que les enseñan los otros compañeros docentes.

Por ejemplo, es importante saber que Eisenstein creó el montaje subjetivo en “El acorazado Potemkin”, evidentemente, pero también es importante saber para qué lo inventó, qué resultados artísticos y emocionales buscaba. Es decir, mi idea es que no basta con conocer la técnica porque también hay que saber para qué sirve la técnica.

Pero no siempre he sido solo “teórico”: Antes de venirme México, mi socio Aldo Sambrell y yo colaborábamos, a través de nuestra productora Duncan67 p.c., con la Facultad de Imagen, Sonido y Cine de la Universidad de Alicante, dirigidos por el catedrático Israel Gil y el realizador Toni López Vizcaíno. Primero impartíamos conferencias sobre Cine (sabiendo qué películas “caerían” en los exámenes), y luego “asesorábamos y supervisábamos” la preproducción y el rodaje de los cortometrajes-exámen de los alumnos. Y un incentivo para ellos era que el mejor proyecto de corto presentado, lo protagonizaba gratuitamente Aldo. ¡Y muchas veces el (futuro) director o directora no se atrevía a dirigirle, impresionados por su prestancia y curriculum!

P. Te digo algunos directores y tu me dices lo que opinas de sus películas.

John Ford.

El Cine que nos encantaba de niños. Uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, aunque nos inculcó demasiada propaganda yanky.

François Truffaut.

Tremenda, hermosa, brutal, delicada obra maestra de Francoise Truffaut sobre el mundo de los niños perdidos

Me encanta su Cine, su forma de ver y narrar la realidad cotidiana, sus sutiles guiños y homenajes a los clásicos. “La piel dura”, “Fahrenheit 451”, “La noche americana”… Es el primer cineasta cinéfilo. Maravillosa e importantísima su obra cinematográfica, e importantísima su obra periodística dedicada al Cine: Fue el primero en reivindicar como Autores a Ford, Hitchcock, Cukor, etc. Y un excelente actor en “Encuentros en la tercera fase”, de Spielberg.

Luis García Berlanga.

«Esta Nochebuena siente un pobre a su mesa, por favor»

La socarronería hecha Cine, y del bueno. Un genio, que teniendo el humor como principal arma, hizo contundente crítica social cuando estaba prohibidísimo hacer crítica social.

Francis Ford Coppola.

El Autor sin término medio. Creador tanto de portentosas obras maestras como de obras fallidas. Fallidas, sí, pero nunca mal realizadas.

Howard Hawks.

Un gran narrador, con un excelente sentido del ritmo y del “tempo” fílmico. “El Dorado”, reverso irónico de su previo “Río Bravo”, me parece una película inconmensurable.

José Luis Garci.

Esa forma de hacer radio, con copa, y cigarrillo, y Solos en la madrugada

Genial en sus inicios, autor de las inolvidables y acertadísimas “Asignatura pendiente”, “Solos en la madrugada”, “Las verdes praderas”, “El crack”… Pero a partir del Óscar su cine perdió interés (para mí), se volvió “academicista” y “adocenado”, sin riesgos ni nada nuevo que aportar ni decir. Lástima.

Valerio Zurlini.

Debo reconocer que no conozco casi nada de él, y lo poco que conozco me parece fascinante: Solo he visto “El desierto de los tártaros”, y la considero una película magistral, con múltiples capas de lectura, sabiamente realizada para encumbrar como protagonista al paso del tiempo.

P. ¿Qué estás escribiendo en estos momentos? ¿Publicarás en breve un nuevo libro?

Ahora mismo, mientras espero la publicación de “Exégesis de Un Perro Andaluz”, retrasada por la pandemia, tengo dos obras a medias, una sobre cine y otra de ficción:

Respecto a la de Cine, estoy rehaciendo mi análisis de TODA la obra de Luis Buñuel, porque siempre he entendido sus películas como español y ahora que conozco y comprendo la mentalidad mexicana he descubierto que su obra es mucho más compleja de lo que nos imaginábamos. Y vista conociendo ambas mentalidades los resultados son sorprendentes e impresionantes, revelan la importancia y calidad de su mal llamado “cine alimenticio” mexicano.

Y en cuanto a la de ficción, estoy a la mitad de la tercera novela sobre Don Juan de Cedaceros, un disparatado detective privado matrimonialista que ejerce en Madrid… en el año 1641. Mantengo inéditas las dos primeras, que me llevaron más de tres años documentándome sobre todo tipo de pequeños detalles cotidianos del siglo XVII, las moveré por el circuito editorial mexicano cuando termine esta tercera. Y te puedo adelantar que son, hasta ahora, mi obra más personal, y la que más me divierte escribir. Porque mezclo y fusiono mis dos géneros literarios preferidos, el negro y la novela picaresca, y eso permite escribir parrafadas a lo Phillip Marlowe con léxico del siglo XVII: “Sépades vuestra merced que establecí mi despacho en la calle de Leganitos y dediquéme al oficio de inquiriente en la Corte, que bien pagarían los linajudos mansos por averiguarles con qué bravos sus esposas se amartelan en las misas de vísperas…

P. En tu obra Exégesis de un perro andaluz dices que Lorca era ese célebre «perro andaluz» que así era como Dalí y Buñuel llamaban amistosamente a Federico, pero que a él no le gustaba nada.

Así es. En la Residencia, llamaban genéricamente “Perro Andaluz” a todos los andaluces; pero no se sabe cómo ni porqué, Federico acabó siendo el “Perro Andaluz” único y genuíno. Y es muy normal que le incomodase, era algo muy despectivo, muy propio del ambiente clasista de la Residencia. Buñuel y Dalí lo utilizaron con muy mala leche, la mala leche que les caracterizó a ambos toda su vida.

P. José, ¿cual es la pelicula que más veces has visto en tu vida?

Una obra maestra de luces, colores, lluvia y canciones inolvidables

He de responderte que varias, por igual. Y seguiré viéndolas una y otra vez: “Casablanca” de Curtiz, “La muerte tenía un precio” y “Hasta que llegó su hora” de Leone, “Viridiana” de Buñuel, “Conan el bárbaro” de Milius, “Mad Max” (la de 1979) de Miller, “El séptimo sello” de Bergman, “Star Trek: la película” de Wise, “Cantando bajo la lluvia” de Donen y Kelly, “Pink Floyd: The Wall” de Parker… Son películas que habré visto entre 20 y 30 veces (cada una) en el Cine, cuando aún existían los ”cines de reestreno” y los “cines de barrio”. Y luego gracias al VHS, primero, y el DVD, después, puedo asegurar haberlas visto más de 100 veces cada una. Y quizá me quede corto.

En muchas ocasiones me han reprochado ver tantas veces una misma película. Pero personalmente lo entiendo como las canciones: Si oyes una canción y te gusta, ¿ya no vuelves a escucharla porque ya la has oído y ya sabes el final? A que no, ¿verdad? Pues a mí me pasa lo mismo con las películas.

P. ¿El cine y la vida son la misma cosa?

Ni sí ni no sino todo lo contrario: El Cine es un reflejo de la vida y la vida copia e imita al cine, que es un reflejo de la vida y la vida copia e imita al cine, que es un reflejo de la vida… etc.

José Portolés en plan castizo

A pesar de que nos queda muy lejos geográficamengte hablando, está realmente muy cerquita gracias a la amistad y a las RRSS otro invento, dicen, cargado por el diablo.  Muchas gracias José Portolés. Que las hadas y tu ángel de la guarda, (llamado Clarence, cómo el que visitó una vez al bueno de George Baily) , te traigan lo mejor de la vida.

Muchas gracias a “Más que palabras”, a vuestro interés por el Arte y la cultura.

Y a Clarence / Henry Travers.

“Larga y próspera vida”.

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Cuentos en primera persona

Rapunzel.

Érase que se era, allá en el lejano reino del Maresme catalán, justo al lado del Mediterráneo, entre el mar azul y una montaña verde, una apacible tarde de abril en la cual iba paseando mi madre, embarazada de mi, del brazo de mi padre. A punto estaban de finalizar su paseo, cuando casualmente pasaron por delante de la verja de un espectacular jardín que formaba parte de la inmensa propiedad de una masía bastante añosa. Mi madre se detuvo al momento ante la puerta, admirando maravillada aquellas rosas blancas como la luna, bellas rosas rojas como la sangre, exultantes narcisos amarillos de luz, petunias y clavellinas de seda, margaritas como soles y aterciopelados pensamientos, y altivos y perfumados nardos y jazmines. Entre los frondosos tilos, castaños de indias y tejos, y los macizos de flores, se veían antiquísimas fuentes de piedra, mármol y alabastro, cuyo rumor, unido al del viento y el canto de los pájaros, eran los únicos sonidos que enturbiaban el sosiego de aquel lugar prodigioso. Grandes palmeras de cimbreante y curvilíneo tronco; dorados plátanos de sombra de hojas rosadas; rododendros gigantescos, de llameantes copas, y lánguidos sauces llorones, sombreaban la imponente fachada de la enorme casona, que se asemejaba más a un castillo encantado que a una masía. Ante la mirada extasiada de mi madre, mi padre no pudo evitar un cierto estremecimiento.

-¡Dios mío, Dios mío, Pepe, por favor, sáltate al jardín en un momento y tráeme algunas rosas de esas de las de color rojo sangre!

El rostro de mi padre se oscureció al momento.

-¿Saltarme la valla del jardín y robar rosas? Mira, Tere, mejor vamos a la floristería de la Alfonsa y te compro las que quieras.

-¡No! ¡Yo quiero esas de ahí! ¡Quiero las de ahí!

Una mamá embarazada atacada por un antojo puede ser algo terrible.

-¡Mira que esto es un jardín privado y nos la vamos a cargar, Teresa! Bueno, pues dejaré algunas monedas sobre aquél banco antes de irme. Venga, voy… ¡Ay, madre! Lo mismo tienen un perro asesino y me devora vivo…

Pero mi madre ya no era dueña de su voluntad. De su voluntad eran dueñas las rosas rojo sangre al otro lado de la verja del jardín. Y estaba cerrado. mala cosa. Mi madre ante la preocupación de mi padre, decidió no incordiar más. Pero mi padre al final, caballero sin espada y sin caballo, antes de meditar un momento en lo que estaba a punto de hacer, ya estaba trepando la verja del jardín, que poco a poco y para colmo de males, se iba oscureciendo lentamente, ya al final de aquella tarde perfumada y feérica de abril. De manera que sintiéndose el ladrón más miserable y el futuro padre más agobiado del mundo, y mientras mi madre le esperaba impacientemente al otro lado, se puso con creciente nerviosismo a cortar para su dama, con su navajita-llavero suizo, tres rosas rojo sangre. Y es que pensó, mientras una gota de su propia sangre resbalaba por entre los pétalos de una rosa roja, que las espinas de aquellas rosas eran tan peligrosas como cuchillas. Pasaron así unos minutos largos como siglos, y enfrascado estaba en la `poda de las rosas, con ganas de terminar cuanto antes no fuera que aparecieran los dueños, cuando escuchó tras su espalda el inquietante rumor de unos zapatos caminando sobre la tierra.

-¡Malvado! ¡Así que has venido a robarme mis rosas aquí mismo delante de mis narices! ¡Ladrón! ¡Ya verás ya, la que te espera!¡ Ladrón más que ladrón!

Mi padre, que nunca en su vida fue un cobarde, no pudo evitar que un escalofrío de terror sacudiese todo su ser. Con el rostro sin color, y empapado en sudor, al girarse contemplo, sin poder dar crédito a sus ojos, a una señora muy mayor, de piel blanquísima, bajita, gafosa, regordeta y pelirroja, peinada con un moño redondo y pegado a la nuca, del cual sobresalía una hojita de mandrágora. Iba vestida de negro de pies a cabeza, y sobre el pequeño caballete de su blancuzca nariz bailaban unas redondas gafas de oro. La anciana mujer caminaba no sin cierta dificultad, y se ayudaba para tal menester con un bastón de tilo, tan rugoso como sus propios dedos.

-¡Perdone mi atrevimiento, señora! ¡Lo siento muchísimo, de verdad! ¡Las cortaba para mi esposa embarazada! ¿Sabe usted? Es que dará a luz en un mes, y al pasar hace un momento ante la puerta de su maravilloso jardín, ha sufrido un antojo de los rabiosos. Nada más descubrir esas rosas color sangre ha sentido la pobre que se moría si no me saltaba prestamente a por tres. Pero, no se preocupe, pensaba dejarle el dinero sobre ese banco de ahí. ¡Dígame lo que valen y tenga el dinero!

-¡Mmmm…! ¿Así que serás padre en el mes de mayo? ¿Eh, malandrín? ¡Jejejeje! ¡Bueno, bueno, el mes de mayo…! Debes saber buen mozo, que ese es el mes de los gatos, de las amapolas, de los hechizos, y de las hadas. Los bebés que nacen en mayo son mágicos y casi divinos. Guárdate tu dinero, que yo no necesito dinero, mozo… no, no. ¡Jejeje! Yo no te voy a castigar por tu maldad de robarme mis preciosas rosas, pero te propongo un trato: cuando nazca tu niña -que eso lo que lleva tu mujer en las entrañas-, me la has de traer aquí a esta casa. Llama cinco veces y deja a la niña en la puerta. Tu te vas y que no se te vaya a ocurrir mirar atrás. Si te dijera que tengo la casa amueblada con muebles que son en realidad, padres díscolos, roba-rosas, que al igual que tu, un buen día intentaron llevarse mis flores, y engañarme sin más. A mi, una pobre y solitaria anciana. ¡Ya os daré yo rosas!

– ¿Una niña por tres rosas? ¡Quédese con las flores que no las queremos! ¡Vamos hombre!

-¡Pues ya no las puedes devolver, malandrín, ya que están manchadas con tu sangre!

-¡Pues las lava usted y tan a gusto! ¡ Ala, adiós!

Mi padre saltó la vaya aún más rápidamente de lo que la había saltado al entrar, y salieron los dos, mi madre y él, a paso ligero cual galgo cazador. Pero al mes de nacer yo la bruja apareció por casa una noche de mucha lluvia, y relámpagos y me llevo con ella. Mis padres? ¿Qué si intentaron impedírselo? Por supuesto, pero como ya le dijo a mi padre aquella lejana tarde de abril en su jardín, la malvada bruja Consuelito, los hechizo convirtiéndolos, a mi padre, en un sillón chester de cuero marrón, que le combinaba genial con la bola del mundo en madera de nogal. Y a mi madre, en una bella silla chaise longue en seda color champán. Y desde entonces vivo en un castillo y solo salgo al mundo para cabalgar.

Mis cabellos negros como los ojos de la noche, y tan largos que llegaban ya hasta las mismas lindes del jardín, servían a la bruja Consuelo para trepar por la alta torre en donde me había encerrado para pena mía. Si la vieja quería subir solo tenía que decir las palabras mágicas:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

Y entonces, ¡oh, prodigio! mis largos rizos se lanzaban extraordinariamente vivaces, fuera de la única ventana, y puerta con que contaba la torre de piedra que era mi prisión. Y la bruja trepaba ágilmente por mis rizos, teniendo en cuante sus ciento treinta y dos años, y me subía, espaguetis a la carbonara, pizza, tortilla de patatas, con mucha cebollita, flan de café, rosquillas de anís, uvas y queso. Después me obligaba a bordar un tapiz larguísimo con imágenes de lunas llenas, estrellas, arboledas y cabras, y para colmo me obligaba a hacer multiplicaciones, divisiones, ecuaciones, analizar morfológicamente frases tontas como por ejemplo: Pepito usa la sala, o filtróse el mozo en una zahurda lóbrega, o cualquier imbecilidad por el estilo. Así hasta que cumplí los diecisiete años. Entonces sin saber yo nada, mientras una tarde de temporal, mucho viento, lluvia, hojas que revoloteaban armónicamente al desbocado compás del céfiro, cual bailarinas en La Fenize veneciana bailando El Cascanueces, acertó a pasar por aquellos intrincados y frondosos senderos, un joven estudiante de Ciencias Exactas, que se había perdido por culpa, dijo, de la tormenta. Y, mira tu que feliz casualidad, fue a dar con la torre de piedra que era mi amarga reclusión, justo en el momento en el que la bruja Consuelito, (parecidísima a la directora del colegio para niñas Nuestra Señora del Pilar), pronunciaba las consabidas palabras mágicas, y mis kilométricos rizos bajaban a toda prisa ventana abajo.

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

El estudiante, que era realmente atractivo, alto, moreno, de pálido rostro y ojos profundos, se quedó con la copla, y escondido tras el más alto y viejo de los eucaliptos, esperó pacientemente para salir a que la malvada bruja Consuelito se hubiese marchado.

Cuando lo hizo, ya noche profunda y brillante, profusa de búhos ululantes y de ranas cantarinas, se acercó silenciosamente hasta el pie de la torre, tal y como había visto hacer horas antes a la bruja Consuelito, y dijo con voz queda y susurrante:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

De manera que involuntariamente, mis cabellos se lanzaron a escurrirse por la ventana y cual no sería mi sorpresa al ver subir, no a la bruja del moño pelirrojo, que me obligaba a aprender a hacer ganchillo, a golpetazos, que me martirizaba con ecuaciones, números primos, verbos regulares y pretéritos pluscuamperfectos, si no a un chaval guapísimo, vestido con jeans y camisetucha de los Sex Pistols.

-Hola.

-¡Oh, oh! ¿Eres el Príncipe azul, por ventura?

_ ¿Yo? ¡Qué va! Solo soy un estudiante de Ciencias Exactas que debido a las adversas circunstancias meteorológicas, se ha despistado de su camino. Pero veo que estás aquí recluida en contra de tu voluntad y ahora mismo nos vamos.

-Mejor, ¿sabes? Es que a mi los príncipes azules no me gustan mucho, la verdad. Prefiero los príncipes color magenta. O incluso gris nube.

Bajamos a toda velocidad por entre mis rizos, y al poner los pies en tierra, él me besó. Pero solo en la frente. Y es que creo que se había enamorado profundamente de mi, como todo el mundo. Para entonces, mis padres que habían permanecido hechizados todos esos años en la salita de estar de la horrible bruja doña Consuelito en forma de sillón chester, y de chaise longue, recuperaron su forma humana, y todos juntos nos marchamos felices, lejos de aquél sombrío lugar. Y lo último que supe de la bruja Consuelito fue que había encontrado trabajo como directora de un colegio junto a la mar.

Enero, 2020. Ada García.