Más que palabras con… Maite Lorenzo

Albacete Al día. Maite, ¿cuándo descubriste que querías dedicarte al Arte Dramático?

Maite Lorenzo. Descubrí cuando lo importante para mí era el Arte Dramático, la interpretación, te puedo decir que de muy pequeña. Y luego cuando empecé en la escuela, y algunas de las profesoras, que eran monjas, una de las hermanas que era una apasionada de la poesía y el teatro, fue como abrir una ventana hacia un mundo que decías esto es mi casa, esto es mi casa. Si, yo creo que fue ahí, en la primera infancia. Pero seguramente, pasa como a todos, ¿no? que de pequeños si tenemos claro lo que somos, y luego la vida nos va embrollando en otras historias.

P. Cómo actriz, ¿cuales son tus referencias?

R. Bueno, en cuanto a actriz las referencias que tengo son el Estudio 1. Todas las semanas había una obra de teatro maravillosa, en la primera cadena de la tele , solamente había una cadena, porque aquí, a Eibar, el teatro como tal no llegaba, solo llegaba una compañía de varietés y así.

P. ¿Eres actriz un poco gracias a la tele, entonces?

» En la tele de mi generación abrías la tele y veías teatro»

R. Y claro, yo era muy pequeña y tampoco me iban a llevar aver esas cosas. Pero ver a José Bódalo, Inma de Santis, Lola Herrera, Lola Gaos, Sancho Gracia, José María Rodero, Manuel Galiana, es que todos, todos, era maravilloso. Y Calígula, y bueno, muchísimas obras de teatro, que ahora por la memoria me puede fallar, y no quisiera dejarme a nadie. Pero yo creo que Estudio 1 fue los grandes maestros de la generación de mi edad. Yo ahora mismo tengo 60 años, y seguro que mucha gente que me lea, va a sonreír y decir «¡qué razón tiene!» Y nada que ver con la televisión de ahora. Entonces fíjate que teníamos una televisión mucho más culta que la de ahora. Abrías la tele y veías teatro. Maravilloso. A partir de los diecisiete empecé con el teatro para aficionados, por aquí. En Aibar, en Ermua, y tuve la oportunidad de asistir a unas poquitas clases como alumna de Paco Obregón. Un maestro impresionante que venía a Ermua a dar clases de interpretación una vez a la semana. Yo entonces tenía veinte años y era como ver a uno de los grandes de Estudio 1, sin duda. Y luego haciendo teatro; haciendo teatro en grupos de aficionados aprendes mucho. Aprendes cosas que no sabes ni que vas a aprender: carpintería, a coser, yo qué sé. A imaginarte todo desde el principio, a montar los textos, todo tan creativo… Y sobre todo lo que yo he aprendido en este camino, rodearte de personas que, juntos y bien afinados, como una guitarra que está bien afinada, que todas las cuerdas estemos mirando hacia la misma dirección, que es el bien del espectáculo. Y el bien del grupo, que todo sea crecer. Y una vez que llegas a ese punto es una delicia absoluta.

P. Maite. Después de estos dos últimos años tan atípicos, ¿crees que hemos salido mejores tras pandemias y confinamientos?

R. Tema pandemia. ¡Buah, qué complicado! Ha sido tan brutal que si son, a nivel individual, conscientes de lo que hemos vivido.Pero lo que si te puedo decir es que así, a nivel particular, y siendo un poco surrealista, que lo sé. Quitando toda la angustia, todo el miedo por los padres, todo aquello de estar encerrados, el miedo a que se pongan enfermos, ponerles la comida en la puerta… quitando todo aquello, también he descubierto la paz, una paz total, una paz inmensa. Ya te digo que es surrealista, pero es que es mi vivencia. Y también he aprendido una cosa que tampoco la comprendo, pero es como si se me hubieran quitado los miedos. Como si este miedo tan grande de alguna manera, ha conseguido quitarme todos los demás miedos. Creo que me ha hecho más valiente.

P. ¿Qué es para tí hoy por hoy el teatro?

«Hacer teatro es como saltar en un paracaídas que no sabes si se va a abrir o no»

R. ¿Lo que es el teatro para mí? Pues el teatro es la vida. Creo que todo el mundo tendría que tener la oportunidad de hacer teatro, aunque sea una vez. ¿Sabes lo que es ser otra persona? Con otro punto de vista, que tal vez nunca lo quieras, nunca te interese. Pero lo estás viviendo. Te ayuda mucho a tener empatía, también. Y a tener autoestima, te ayuda al compañerismo, a trabajar en equipo… estás desnuda delante de las personas cuando estás en un escenario, aunque estés con un montón de ropa. Pero estás ahí, y te la juegas. Es como saltar con un paracaídas que no sabes si se va a abrir o no.

P. Háblame de de La Red teatro. Del Amor brujo de Manuel de Falla donde formaste parte del plantel de actores, en 2021.

R. La Red teatro, ahora en diciembre vamos a hacer seis años desde que la formamos. La formamos dos personas, somos el núcleo, Juan Macano que es trabaja en Cadena Ser Eibar, es locutor, y yo. La formamos porque queríamos hacer algo. Ya habíamos hecho teatro juntos unos años antes, antes de 2013 cuando se rompió. Y bueno, nos queda pendiente al volver a intentarlo. Y esta vez ha sido fantástico. Como te digo, las cuerdas de la guitarra suenan afinadas, por lo menos en el aspecto humano que es importantísimo. Y ahí comenzamos con La Red teatro, y hemos hecho El Oximorón de la abuela, Los pioneros del chocolate, micro teatros, comedietas que hacemos por los bares, y por hogares del jubilado que nos están dando muchas alegrías, y bastante experiencia porque son actuaciones complicadas; actuamos en la calle, actuamos en cualquier sitio y nos encanta. Y luego hemos hecho Los olivos pálidos, que llevamos ocho funciones y estamos enamoradísimos de esa obra. Ahora estamos montando Vida que estrenaremos, Dios mediante, el dieciséis de diciembre en el anfiteatro de Ermua.

P. Y de tu relación con Lorca, ¿cuándo comenzaste a ser lorquiana?

«Federico está en mi vida porque me lleva al Sur»

R. Federico está en mi vida desde que tengo uso de razón porque me lleva al Sur. me lleva a las tierras de Murcia, de Jumilla, de dónde era mi abuelo y ahí iniciamos una relación muy bonita, muy bonita, muy importante en la distancia. La vida nos separó mucho y el amor nos acercó mucho, y con Federico siempre vuelo hasta el Sur, es como si el Sur entrará en mí. Cuando he investigado, hemos investigado porque hemos trabajado en cosas de Federico, ahora Los Olivos es Federico, y en los recitales está siempre presente, para mi Federico es la libertad, es la pena de lo que pasó, y de alguna manera intento poner mi granito de arena para que su memoria no se pierda nunca. Que no se pierda esa alegría, y esa imaginación tan maravillosa que tenía, y que tiene, porque eso esta escrito y estará siempre. Y es una pequeña manera de hacer homenaje a todas las personas que cayeron en algo que nunca tenía que haber ocurrido. Y que te voy a decir, Federico es puro amor, pura alegría y puro arte.

P. ¿Y El amor brujo, de Manuel de Falla?

R. Fue un proyecto que tenía el director de orquesta Pedro Palacil, que es in director de orquesta ibarrés, y contó con nosotros para hacer los personajes de la gitana, y el gitano, y lo preparamos con muchísimo cariño, con muchísimo amor, y te digo Ada que estar metidos en el escenario dentro de la orquesta como si fuéramos parte de ella, nos daba, al mismo tiempo una impresión, y una emoción increíble. Luego tuvimos la ocasión de conocer a la cantante, Cristina del Barrio, que igual me equivoco y te digo soprano y es mezzosoprano, pero es un encanto.

P. Naciste en Eibar en 1962. ¿Cómo fue la infancia de una niña en la Euskadi de los Años de plomo? ¿Qué recuerdas de aquella época?

R. Yo nací en enero de 1962, el diecinueve de enero, y como te he comentado soy una niña de barrio. Nos hemos criado jugando mucho en el campo, en el monte, entre árboles, entre castaños, jugando mucho. Y eran unos años en los que mi primera infancia el tema político no existía. No tengo ningún recuerdo de nada de eso. Solamente de jugar y ver la tele. Nos apasionaba ver la tele, los Estudio 1, los Hanna Barbera, los Disney… y luego ya en mi adolescencia tuvimos conciencia de muchas cosas. Yo recuerdo mucho el tema antinuclear, que era malo, y ahora ya no estoy segura de nada con todo lo que está pasando en el mundo. Y si que empezó a enrarecerse el ambiente, las manifestaciones..; creo que se juntaron muchas verdades y muchas mentiras, y que hubo mucha gente que sufrió en muchos sitios. Y me da mucha pena. Yo es que soy una persona que me considero intercionalista, no creo en las fronteras. Tampoco creo en las razas, y casi no creo en los géneros. Creo que somos personas que todo el mundo tiene derecho a vivir y a ser felices. Y a la libertad. Y sé y soy consciente de que mi libertad termina donde empieza la del siguiente ser humano que está junto a mí. Aquellos tiempos fueron tiempos que por una parte me pillaron en la juventud, que la juventud es muy bonita, pero sí que había miedo. No sé, eran tiempo difíciles, y que hubo sufrimiento. Que me da mucha pena, y que hubo gente que hizo las cosas muy mal, imagino que por todos los sitios. Y gente que fue mártir y que lo pasó también muy mal. Así que espero que aprendamos y que no vuelva nunca la violencia. Y ojalá que se termine en todo este bendito planeta.

P. Antes de hacer mutis por el foro, Maite dime en dónde podemos verte, qué obras estás haciendo en la actualidad, y qué vas a hacer próximamente.

R. Bueno pues estrenamos Vida, el día dieciséis de diciembre en Eibar. Estamos muy ilusionados, estamos trabajando muchísimo, y como va a ser un estreno estamos con la incógnita de que va a pasar, si va a gustar, si vamos a conseguir trasmitir lo que queremos decir… con todas esas mariposas en el a estómago, y con la cabeza llena de ideas. Y de trabajo por hacer que queda mucho trabajo todavía y poco tiempo. Y luego tenemos Los olivos pálidos que estamos super enamorados de Los olivos, Lo hicimos hace un par de viernes en Soraluce por octava vez, y estamos esperando a ver si se concretan nuevas actuaciones que, bueno los olivos es una maravilla. Además el formato grande llevamos a Enrique El Vaca como guitarra y a Nerea Ariznabarreta pianista en directo que eso es un plus fantástico. Luego estamos Juanma como Federico García Lorca, y yo como Frasquita Alba Sierra, la mujer en la que se inspiró Federico para escribir La casa de Bernarda Alba. Y creo que hemos conseguido una atmósfera muy bonita en Entrevidas que es ahí en donde se reunen los personajes.

Ella es puro teatro. Lo acaba de demostrar sobradamente. Y en la acepción más soleada y grandiosa de la palabra TEATRO. Gracias Maite, un maravilloso placer hablar contigo. ¡Mucha mierda!

(Para quién no lo sepa, le informo de que desear buena suerte en el ambiente teatral,y ante el estreno de una obra, dicen que da mala suerte. Sin embargo decir «mucha mierda» viene de los tiempos en los que el público se desplazaba hasta el teatro a caballo, o en coche de caballos. Si había mucha caca de caballo en la puerta del teatro significaba que el teatro estaba lleno, y que por lo tanto la obra había sido un éxito).

GEORGINA O LOS BUSCADORES DE PÁJAROS

Un trepador azul. Un arrendajo azul. Una corneja de lo negra, azul. Un mirlo negro. Un pinzón con los colores del amanecer, azul, un poquito de blanco, un poquito de negro y naranja rosado. Una avutarda color teja,y pintitas blancas y negras. Un mochuelo jaspeado en negro y blanco. Un vencejo negro, gris y blanco. Una cigüeña blanca. Un águila imperial del color de la madera. Un urogallo, una grajilla, una chocha de agua, un petirrojo, un jilguero… Pájaros verdes, marrones, negros; pájaros pequeños, grandes, enormes; pájaros de nieve o de sol, de llano o de sierra, de huerto o de pantano, de mar o de ciudad. Todas las aves de la Península Ibérica estaban ahí, en el precioso libro que él me mostraba señalando con sus dedos tibios las grandiosas plumas de un halcón peregrino o de un cernícalo común. Estéfano y yo, los dos con los pies sumergidos en las verdosas aguas del Arlanzón, mirábamos al mismo tiempo el magnífico paisaje que nos rodeaba: profundos bosques en donde se arrellanaban el roble, el castaño y el chopo, y picos y cerros esculpidos siglo a siglo entre el agua y el viento. El cierzo, el poderoso cierzo…

Trepador azul. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

-Mira, mira este cómo se zambulle, con lo fría que va el agua…

-Y eso que estamos en verano.

-Sí, Georgina. Y mira sus alas color humo, que ya las querría para sí un arcángel, y mira su pecho blanco. ¿Ves que patas tan largas tiene? Esa es una garza real.

-Estéfano, y ese pajáro que canta ahí arriba, sobre ese árbol ¿qué es?

Y él con su mirada feliz de limón verde y nogal marrón, haciendo fotos a todo lo que pasa por delante de sus ojos, me lo explica…

-Ese pájaro, querida Georgina, es este mismo del libro: un trepador azul. Al trepador lo que más le gusta en esta vida es canturrear a la mañana que nace.

Y yo miraba entusiasmada, ahora al trepador azul, ahora al libro, mientras Estéfano nos hacía fotos a todos, y una niña del grupo iba repartiendo bocatas y Pepsis. Y después seguíamos con nuestro trabajo poniendo anillos a las aves a las que había que ponérselos. A los dos días de estar anillando aves, los demás estudiantes y voluntarios para la anillada fueron subiendo más arriba, hacia el Valle del Mena, dejándonos a Estéfano y a mí solos, que era lo que buscábamos como locos. Y en aquél momento, sin que lo supierámos ni él ni yo, comenzamos a querernos.

-Bésame. No, no, no hables. Bésame sin más, Georgina…

Me decía mientras anillábamos ánades y torcaces aquél agosto, un muchacho burgalés estudiante de Biológicas, y una muchacha italiana de Turín. Yo, decían, era salvaje, pero guapísima, y tan morena; y él, decían, tan alto, esbelto y tan poco hablador. Y nos habíamos conocido allí, en aquellas sierras burgalesas, felices y sonrientes anillando patas de pájaro y cantando canciones de heavy metal. Yo al final del verano volvería a Turín, en donde me esperaba una familia con hilillos aristocráticos, y él seguiría en Burgos con su vida de estudiante abierto al mundo. Eso decían. Por decir…

En nuestros solitarios paseos en busca de esos pájaros que sobrevolaban los campos, bosques y pueblos de Burgos, encontrábamos a veces una aldea abandonada que surgía de nuevo tras haber permanecido muchos años bajo las aguas. Y ahí estaban otra vez sus casas de piedra, con sus misteriosas ventanas, cuadras, y soportales. Y sus caminitos ciegos, y su iglesia medio en ruinas con el campanario apuntando hacía las nubes, todo otra vez calentándose al sol. A veces hasta entramos en uno, y paseamos por esos caminitos en espera de que en cualquier momento los fantasmales habitantes del lugar surguiesen tan vivos y activos como en su mejor época. Exactamente gual que en la leyenda escocesa Brigadoon, en la cual el pueblo y todos sus habitantes sólo aparecen un día cada cien años.

Un pueblo fantasma. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

En tanto agosto iba transcurriendo así, maravillosamente juntos y errantes. Y al final de una noche, tras buscar por los campos al buho real, descubrimos como amarnos sin hacer ruido. Nuestras ropas, un montón de plumas y hojas de castaño, tiradas por el suelo. Al quitarme la blusa él, estornudé y nos pusimos a reír cuando nos quedamos desnudos. Una puerta cerrada, un coche que pasa, una lámpara que se apaga. Un perro que ladra lejos, lejos, al otro lado de la noche; una estrella que alguien ve tras las nubes de color tierra… Y en la oscuridad, en esa profunda oscuridad tuya y mía, me besas y tus besos anidan en mi pelo, y en mis labios. Envueltos en tu manta, miramos un momento el destello del fuego en la chimenea que hace sombras chinescas sobre la alfombra. Tus dedos tan sabios, se van deslizando sobre mi pecho, y ahora entra por la ventana el canto de un grillo, que nos regala una canción mágica y sin sentido.

Y nos damos tanto calor, tanto… porque aunque es agosto, hace frío entre las nubes. Las lechuzas y los grillos ignoran nuestros suspiros. Me besas, y al mismo tiempo entras en dónde yo soy más yo que nada en el mundo. Tus labios avanzan sobre mi vientre.

Al amanecer nos vamos en su coche a la sierra.

-Abrígate bien, allá arriba hace frío, y la niebla te rodea de pronto como un fantasma. Pero ¡qué aires más puros! ¡Ya lo verás, Georgina!

Picos de Urbión. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

Cosas que hacer cuando vas en el coche y no eres tu quién conduce. Miras por las ventanillas, claro. O te duermes, ¡qué bien! Pero lo mejor es admirar como esa montaña se va convirtiendo en una casa, con un huerto verde y rojo, y unos niños jugando en la puerta. O cómo las arboledas se transforman en un supermercado que vende vino joven a granel y pan de pueblo. Le digo a Estéfano, que hace fotos a un águila que vuela como una diosa emplumada sobre los nebulosos cerros, que lo mejor es lo que nos pasará en los años que van a venir, que son los recuerdos. Caminamos juntos por los riscos, (dame la mano, Estéfano) atravesamos un puente de piedra cubierto de musgo húmedo y de violetas casi negras. Buscamos avefrías. Buscamos al urogallo. Pero no, no, están pero no se dejan ver. ¿Qué les importamos él y yo? Mientras puedan volar, ¡no hay nada mejor en el mundo!

-Georgina… pasará el verano y me olvidarás.

-No, tonto. Ya lo verás.

-En nada te irás tan lejos que esa distancia será cómo una piedra en mi vida.

-¡Ay qué tontito eres!

-¿Y nuestros recuerdos?

-Ah, sí, los recuerdos. Viviremos el resto de nuestra vida recordando estos días, y maravillándonos por haber compartido risas y caricias, viajes y canciones, aguilucho mío. ¿Nunca te han dicho que los viajes hacen los mejores amigos? Quién comparte un trecho de su vida viajando con alguien mágico y especial, nunca más lo olvidará. Así que pasen cien años.

-¿Crees en el destino?

Me pregunta Estéfano mirándome de pronto muy serio. Y yo le pongo un polluelo de trepador azul entre las manos.

-Toma. Arrópalo. Este es tu destino.

Una lluviosa mañana llena de susurrantes palabras de amor, de esas que parecen tan absurdas a quién las escucha de lejos, levanté el vuelo y partí. A él le costó un poco al principio entender que yo era una de sus amadas golondrinas. Pero tras observar mi vuelo ágil, mis suaves picados y mi canto, comprendió. Y al mismo tiempo que comenzó a comprender, sintió el acelarado pulso de su alma latir acompasadamente y en paz.

Recorrí países calcinados por el sol, un sol cayendo a hierro sobre arenas color café, con diminutas palmeras y niños de ojos como ascuas negras, y moscas perpetuamente zumbado alrededor de la comida. Revoloteé sobre alfombras de hierba seca y larguirucha, en donde hambrientas leonas aguardaban escondidas, igual de inmóviles y silenciosas que la Gran Esfinge, el paso de alguna gacela despistada. Y más tarde volé sobre un río tan enorme, allá en Egipto, que a tramos no se podía contemplar la otra orilla. Un río que venía de recorrer los desiertos más desolados de la Tierra, desde su misterioso nacimiento en las Montañas de la Luna, y que ahora se abría al mar en una explosión de corrientes, de gentíos y barcos, dioses de oro y de barro, y de bulliciosos puestos de frutas o de cachivaches para que los turistas se fueran contentos a su casa.

Golondrina común. (Imagen Freepik)

Y tras un tiempo, volé una tarde otra vez junto a tí. Pero tu ya no comprendías mis palabras de pájaro, de golondrina oscura y viajera. Y te estaba diciendo Estéfano que partía ya hacía otros lugares más cálidos; que llegaba el otoño, y te pedía que nunca te olvidáras de mí. Desde entonces, cada vez que elevas la mirada y te quedas así, contemplando las nubes, sabes que un día, una tarde de estás, volveré. Pero tú ya no lo sabrás, Estéfano.

-Mi manta. Sin tí, sin tu cuerpo, tu risa, tu perfume, mi manta es insoportable, Georgina. La odio.

Entonces ya, al quedarte solo, te fuíste al bar del pueblo y te pediste un café hirviendo casi, con un goterón de brandy. Después te acercaste a la puerta y miraste otra vez para los cielos, los inmensos, rosados, lejanos cielos de la tarde. Yo lo ví todo con mis ojitos de ave que era ya sólo un recuerdo. Alguien se acercó a tí, y buscó mi presencia a tu lado.

-Estéfano, ¿y aquella muchacha que venía siempre contigo?

-Voló.

-¿Voló? Ni que fuera un pájaro…

-(Profundo suspiro).

-Bueno chaval, a lo mejor vuelve en primavera… como las golondrinas.

Ada en las nubes.

EL VAGÓN NÚMERO CINCO.

.

(Cuento inspirado vagamente en la película «Pánico en el Transiberiano»).

-Besame otra vez antes de marcharte…Me dijo.

Y nos besamos con ganas y él y yo, aún a sabiendas que ese era el último beso de nuestras vidas. Alli al anocher, en la estación de Atocha, con media humanidad yendo y viniendo, entrando y saliendo de trenes abarrotados, porque era agosto y todo el mundo tenía que ir a alguna parte. Me besó. Su insaciable boca mordisqueaba glotonamente mi garganta, y su cuerpo abrazaba el mío. Yo llevaba la blusa de gasa blanca, la que es completamente transparente, y la falda negra y estrecha hasta las rodillas. Mis tacones negros elevaban mi estatura hasta los hombros de él, de manera que besarnos fuese más más fácil y cercano. Y a sabiendas de qué si, de que era el último beso, su lengua pasó despacio por mis labios, que ahora sabían a él, que es un sabor que no se puede confundir con ningún otro. Un sabor antiguo, un sabor de bosques a los que nadie sabe cómo ir.

En el tren. (Vagón número cinco).

Un señor alto se sienta a mi lado, y su cara seria y enjuta me recuerda a… ¿a quién me recuerda este señor? El caso es que al levantarme para poner mi maleta correctamente sobre la estantería del equipaje, este desconocido señor me roza los muslos con una mano haciendo ver que no ha pasado nada. Es efectivamente el primero en caer. Así que le sigo tranquilamente cuando sale disparado hacía el pasillo, porque le llaman al móvil, y desaparecemos los dos tras la puerta de cristal.

-Un momento, perdone señor…

-¡Hola, monada!

-Usted…

-¿Qué? ¿Qué quieres… ? ¡No… no…! ¡So… socorro…! (¡Ñac! ¡Ñoc! )

Y al final , cuando el tipo ya está en el suelo, seco como hoja de otoño sobre el camino, de pronto se me viene encima una imagen: este tipo alto, con sombrero, traje y corbata…: ¡Se parecía a Christopher Lee!

Ya de nuevo en mi asiento, un empleado muy antipático, clon del actor Telly Savallas, me invita muy maleducadamente a sentarme en el sentido contrario a la marcha, cosa que los auténticos vampiros detestamos. ¡Y eso que estaba vació el asiento contiguo! En tanto, un paisaje violeta, profundamente solitario y oscuro, sin luna, ni estrellas, ni luciérnagas, se asoma a las ventanillas. El amanecer pronto nos diría buenos días. Así que, rápidamente busco al clon de Telly por todo el vagón número cinco, hasta que encuentro por fin en la vacía cafetería al hombre más antipático del viaje. El hombre bebe su café maquinalmente, mientras resuelve un sudoku más dormido que despierto. Nadie se da cuenta de que, lo que se dice en un abrir y cerrar de ojos, de un mordisco silencioso pero certero, hago que el bueno de Telly se desplome hasta el suelo. Sus ojos son blancos y su mirada está rota, y durante el minuto siguiente olvido completamente su existencia. Salgo cautelosamente rumbo a mi vagón, el vagón número cinco, justo en el momento en que llegamos a Santa Justa. Son casi las seis de la mañana y es hora de ir a domir. Mi coche, un Démeter híbrido, me espera a la salida, y pongo rumbo a toda prisa hacia mi mansión en el barrio de Santa Cruz. Sevilla aún duerme en este amanecer tórrido y perezoso.

En mi cripta.

Pero cómo no me puedo dormir, los vampiros dormimos muy poco y muy mal, eso lo sabe cualquier vampirólogo, me pongo a repasar en mi atadúd mis clases de francés. Mientras el último beso que me dió aquel vampiro alto y silencioso en Atocha, todavía sangra como una herida abierta en carne viva que es.

Memorias de un vampiro errante.

Ada.

Llévame a la luna

(Primer relato de RADIO LOVE)

Fly me to the moon
Let me play among the stars
Let me see what spring is like on
A-Jupiter and Mars
In other words, hold my hand
In other words, baby, kiss me

¡Riiiiiiiiiiiinnnnnnnggggg!

-Con todo el trabajo que tengo… nada, Andrés te dejo que llaman a la puerta. ¡Adieu!

-Buenas noches, Julián… no quiero molestar, pero he oído a Frank Sinatra a través de las paredes y no he podido resistirme. ¡Es que me encanta el viejo «ojos azules»!

Allí estaba ella. Anastasia. Con toda su belleza eslava, a la española, en pie de guerra: esos pómulos marcados, esa mirada grande y verde de cervatillo hambriento, esos labios brillantes y rosados, frescos y suaves, apenas abiertos en una traviesa y alegre sonrisa … Y oír esa voz dulce y serena pronunciar mi nombre mientras se balanceaban suavemente sus cabellos de ondas negras, tan a lo vampire, me ponía casi en trance. Anastasia. Con ese nombre tan llamativo, le dije mientras paseábamos por el parque la tarde del día que nos conocimos, con ese nombre bien podrías ser la Gran Duquesa Anastasia Nikolayevna Romanova, la única hija que supuestamente sobrevivió a los fusilamientos de la familia Romanov. O claro está, también la protagonista de la película esa en la que Ingrid Bergman hace de loca que no se sabe, ni sabremos jamás, si era o no era la hija del zar Nicolás II. Oye, ¿no te estará esperando por ahí Yul Brynner? Además tienes mirada de haber nacido más allá del río Mobcka, Anastasia. Y Anastasia se echó a reír, tan pancha y tan hermosa que llameaba.

-¡Qué cosas dices, Julián!

Y pasamos la primera tarde, una tarde de color café, mirando a la gente de Malasaña, bajar y subir, ir y venir; y vimos a los gorriones vagabundear entre las hojas y los papeles que anunciaban las ofertas del supermercado. Y en estas que se pone a llover, como llueve en los países en donde la gente cree que la lluvia no existe más que en la imaginación de los amantes. Caminamos muy cerca el uno del otro por la calle Pez. Aquí está el portal del año 1864 en dónde un hada hace un programa de radio los jueves por la tarde. El piso se llena entonces de gente que habla de todo tipo de asuntos en un batiburrillo de temas de diferente catadura: libros, ovnis, dioses egipcios, piratas, aparecidos, y rockeros. Y más allá el bar La Bruta en cuya puerta hay una pareja de novios jugando con un perro. Y seguimos paseando y ahora se pone a llover, y queremos quedarnos solos ahí, entre la lluvia y los escaparates. ¡Qué todo el mundo se vaya a su casa que la lluvia es nuestra! La ciudad y los nubarrones son solo para Anastasia y para mí. Y así ella, mi vecina de enfrente, me cuenta mientras pisa un charco, que trabaja en la TVE, que lleva dos meses viviendo en ese piso frente a frente del mío, que tiene 32 años, y que, en serio, no es la Gran Duquesa Nicolayevna. Yo la escucho embobado, y voy y piso otro charco. Y le digo que tengo 22 años, que estudio en la Complutense, que no, no tengo novia, y que me gusta muchísimo su voz, sus ojos, su nombre… Y así termina nuestro paseo, con los zapatos empapados,y hartos ya de la lluvia, de las mentiras y de las verdades. De todo eso hace ya dos semanas. Y ahora Anastasia está aquí, en mi puerta, con pinta de haberse bajado hace un minuto de una calabaza encantada tirada por dieciocho ratones encantados. Dime. Cuéntamelo todo. Pero TODO, Anastasia. Por favor.

-¿Julián… ?

Ah, sí. Es verdad. ¡Qué cabeza la mía! Has venido a por el CD de Frank. Espera. Voy al equipo y saco el CD y te lo entrego. Toma, Anastasia, The Very Best of Frank Sinatra. Es para tí. Y tú, que eres salvia y menta, bruja y elfa, diosa y vedette, me das unas «gracias» tan maravillosamente amables que a punto estoy de besarte. Besarte para siempre. Besarte hasta más allá de las doce de la noche, Anastasia. Mira, te cuento, acabo de llegar de trabajar y me has pillado liado con un revuelto en la sartén pequeña. Y te ofrezco una cerveza mientras te invito a cenar. Tu me dices que no.

-No, gracias Julián, que tengo que salir… Mañana tal vez. Buenas noches.

Y te vas, Anastasia. Yo cierro la puerta por donde tu te has ido y, de pronto, una zarpa verdinegra me agarra por las orejas y me empuja a salir tras de tí. Es la garra verdinegra que habita mi casa cuando te vas. La garra que se asoma cuando se cierra la puerta y Anastasia ya no está; cuando su vacío ha dejado el otro lado del mundo con una atmósfera parecida, a la que deben tener los habitantes de Marte. Ahora vuelvo para la cocina con pasos cortos y cansados, y veo en la sartén de hacer revueltos más desolada del mundo, un amasijo de champiñones y jamón algo chamuscados. Y todo porque Anastasia no va a cenar con nosotros esta noche. Y ceno diligentemente mi revuelto algo chamuscado. Y digo para mis adentros «Anastasia», tres o cuatro veces antes de terminar de cenar.

Después. Este después es la hora en que estoy en la cama y quiero dormir. Y por eso tengo la luz apagada y enciendo un cigarrillo en la acartonada oscuridad de mi cuarto. La ventana es una cuadro vivo con una ciudad metálica bailando bajo la luna. Malasaña cruje al otro lado de los cristales, y ahora, por la otra ventana, la que da al patio pequeño, veo a Anastasia a contraluz. La luz de una lamparita color ámbar, que se asoma a la ventana como un centinela luminoso, me muestra a Anastasia en todo su esplendor de mujer de 32 años que trabaja en TVE. O tal vez de una Gran Duquesa rusa. Me abruma la belleza de cuerpo pálido, de su cintura de sirena, y ¡Dios mío, esa línea prácticamente perfecta de su espalda! Me da vergüenza seguir espiando a Anastasia, pero me es imposible dejar de hacerlo. Miro aún más detenidamente, y se ve perfectamente desde mi ventana su ombligo, que nace en el punto exacto en que Venus nació de entre la espuma de mar y las caricias de Eolo. Y veo también el rojo de fresca sandía de sus mejillas que saciaría la sed de un millón de náufragos. Fumo otro cigarrillo. Y luego otro. Y ella se desnuda ante mis ojos que vuelan hasta su cuerpo y la van besando lentamente. Con suaves besos de carne y de agua; de murmullo y de volcán. O con voraces besos de hombre que lleva un día entero sin pan. Mis ojos entran por esas curvas, deliciosas y enloquecedoras curvas, y bajan hasta donde debería estar su ropa, pero no está. Solo su está su piel, y su respiración acompasada y profunda. Y mi boca lejos, muy lejos. Frente a su ventana, que es como decir en Hong Kong. Y llamo a su puerta y me abre. Pienso que no debería abrirme, no. A estas horas… Pero Anastasia, con un camisón blanco y transparente, un camisón que redunda en la mágica desnudez de su dueña, me abre la puerta. Y le digo que hola… perdona, pero… creo que debes saber que desde mi ventana se ve todo. Quiero… quiero decir que…

-Gracias, Julián. Tendré más cuidado…

Y nos quedamos así. Mirándonos. Y ella me invita a pasar. ¿Y yo? Yo paso. Y ahora ya, tú, Anastasia, pones el CD de Frank y pones mis manos en tú cintura, tan suave… tan pequeña. Y esa canción que tanto te gusta, Fly me to the moon, suena ahora en tu equipo. Más tarde lo hará Strangers in the night, y así, en silencio y a media luz, bailamos en la penumbra. Cierras los ojos Anastasia, y beso tus labios entreabiertos que esperan mi boca como agua de mayo. Mientras Frank «Ojos azules» canta su canción, tu camisón desciende hasta el suelo y tu oscura melena cae a plomo sobre mi pecho.

Something in your eyes was so inviting
Something in your smile was so exciting
Something in my heart told me
I must have you

Desnudos como cuando nacimos pones mi mano, que arde, sobre tus caderas, en tanto que tus labios recorren ávidos mi garganta. La noche ya es nuestra, Anastasia. Completa y absolutamente nuestra.

Pasé a la tarde siguiente por la puerta de su casa, al volver del trabajo. La puerta estaba entreabierta y dentro había gente. Cual no sería mi sorpresa cuando ví que no había ni un sólo mueble, ni sus cuadros, ni sus macetas, ni sus maravillosos libros. Tampoco mi CD de Franks Sinatra, ni el equipo de música. Pero si, algunas cajas vacías, un colgador de cortina bastante polvoriento, un somier viejo y desvencijado… y ni rastro de Anastasia.

-Buenas tardes, perdonen, ¿Está Anastasia en casa? ¿Es que se muda?

Los hombres, uno anciano y trajeado y el otro joven y con chándal, me miraron abriendo mucho los ojos un momento, y tras esto, carraspeando el viejo me contestó….

-Aquí no vive nadie desde hace muchos años, chaval. Yo vivía aquí, pero hace muchos años, pero hace tiempo que me mudé a las afueras. ¿Quién eres tú? ¿De qué conocías a Anastasia? Era mi mujer…

– Esta casa lleva vacía desde que yo era pequeño, por lo menos hace quince años. Pero ahora vamos a mudarnos aquí mi novia y yo. Esta casa perteneció a mi abuela. Y sí, se llamaba Anastasia.

Anastasia. Te perdiste hace mucho tiempo en el sutil vaho del tiempo. ¿Qué fuiste para mi? Ahora ya solo un recuerdo. Un maravilloso recuerdo que me vuelve a llevar hasta la luna.

Ada en Dos Hermanas.

Más que palabras con…

ANTONIO MOLINA RAMÍREZ «EL ZURDO»

(Músico de Cucharada, Luis Eduardo Aute, Antonio Flores…)

Antonio Molina haciendo música

Todo comenzó cuando a un niño gaditano de enormes y oscuros ojos, sonrisa tímida, y corazón de poeta-como cantaba Jeanette-, le llevaron desde Cádiz hasta Madrid. Y era allá por la época en la cual andaluces salian a porrillo desde ese extenso territorio situado entre Algeciras y Despeñaperros. Antonio Molina Ramírez, marinero en tierra, como aquél Alberti que soñaba con ver el mar y en sueños se lo llevaba la marejada de vuelta a las playas del Puerto de Santa María, descubrió sus dedos sobre una guitarra y se sintió atrapado por la música como al poeta la poesía, marineros en Madrid. Pero en Madrid no había ni mares, ni orillas, ni playas. Y entonces ¿para qué sirve una ciudad sin mar? Pues para buscar la playa bajo los adoquines. Y creo que sólo la encuentran los artistas, músicos, escritores y poetas, y no bajo los adoquines, si no con sus partituras y sus actividad creativa. Huir del asfalto, de las medianas de las carreteras, de atascos cutres, y de bloques de hormigón tan feos que hiela el alma sólo con mirarlos. Esa era la premisa de aquellos chavales del cinturón sur de Madrid que se enrolaron en una banda de rock para sacudirse el dióxido de carbono -más negro que un blues de John L. Hooker- pegado a los poros del alma. Y Cucharada -como Leño, Coz , Burning, o Moon- echaron guitarras, micros, baterías a la mochila, y carretera y manta, a hacer y tocar su música para aquellos jóvenes que salían lenta pero felizmente de una España polvorienta y anquilosada. A mi personalmente me los fue descubriendo una noche de confinamiento el escritor Javier Arries. Entre aquellas largas noches que daban paso a otro día cerrado y exacto, él buscaba, y encontraba, bendito YouTube, estas bandas míticas y tan buenas que cuesta creer que hayan caído muchas de ellas en el baúl de los recuerdos perdidos.

Manolo Tena, Antonio Molina «El Zurdo», y José Manuel Díez: Cucharada a finales de los 70.

Albacete Aldía. Antonio, ¿cómo fueron tus inicios y dónde? ¿Cómo comenzó todo?

Antonio Molina «El Zurdo». ¿Los comienzos? Pues los comienzos fueron de una forma muy casual, porque ellos, Manolo (Tena) y José (Manuel Díez), que son dos de los miembros originales ya tenían un grupillo hecho. Te hablo de chavales de dieciséis años, ¿no? Actuaban en una parroquia, que en esa época se hacían actividades para los jóvenes y tal. Y yo les ví y nos hicimos amigos, y que tocaban unas canciones que a mi me gustaban. Ellos vivían en Lavapiés y yo en Cuatro Caminos, y bueno, comenzé a ir a su barrio y luego empezamos a ensayar y a hacer cosas. Y así empezó todo. En ese momento el grupo estaba con el nombre en inglés, se llamaba Spoonfull, que es lo mismo que cucharada pero en inglés; es en honor de un blues muy conocido que se tocaba… y así comenzó la cosa. Primero haciendo unas actuaciones así, en sitios pequeñitos. En esa época se tocaba mucho; había mucha afición a la música en directo, y no estaba tan extendido el asunto de las discotecas… la música tenía su sitio, la música en directo me refiero. Manolo dejó el trabajo que tenía, José también, y yo me estaba dedicando cada vez más. A partir de los dicisiete, dieciocho años, ya estábamos actuando por toda España. Salíamos de Madrid a principios de junio y no volvíamos hasta septiembre.

Cucharada hasta en la cama

P. Cuéntame ¿cómo era aquél niño al cual llevaron desde El Puerto de Santa María, en Cádiz, al Madrid de los años sesenta?

R. A ver, ¿qué recuerdo tengo yo de mi mismo de esa época? Pues recuerdo a un niño muy pequeñito que le regalaron una guitarra española, mi tía, la hermana de mi madre, y me pase como dos años, que yo no sabía ni por dónde cogerla. Pero no la dejaba, estaba siempre liado con ella y veía que allí había como un mundo que yo podía descubrir, pero que no sabía por donde andar. Por supuesto yo ni clases, ni nadie me enseñaba ni nada. Hasta tal punto que, eso me lo regalaron en Cádiz; yo nací en Cádiz y pasé parte de mi infancia en Cádiz. Cuando llegué a Madrid en el colegio conocí a un niño que me dijo «¡Jo, yo también toco la gitarra!» Y un día fuímos para su casa y allí se llevaba las manos a la cabeza. decía: «¡pero si estás tocando al revés! Eres zurdo y tocas al revés.» Y claro para mi era natural, y mi amigo me dijo, «bueno, cambiamos las cuerdas.» Y cambiamos las cuerdas, y tuve que empezar de nuevo. Lo mismo que sabía pero al contrario. Y recuerdo esa anécdota que en su momento me chocó mucho, pero que ahora visto con los años me parece muy bonita. Ese es un poco el recuerdo que tengo de mi infancia, una infancia al lado del mar. En Cádiz yo creo que fuí bastante feliz. Mis padres emigraron aquí a Madrid a trabajar. Cuando yo vine pues claro, aquí las cosas eran tan diferentes, que era como que vivía en dos mundos.

P. Un poco entonces como Rafael Alberti, y que es paisano tuyo del mismo Puerto de Santa María, y contaba que cuando le llevaron a Madrid se iba todos los días a la estación de Atocha a ver si podía volverse para Cádiz en uno de aquellos trenes. Y ahí fue germinando Marinero en Tierra.

R. Si, seguramente hay algo de eso. Yo te puedo decir es que cuando escuchaba ciertas canciones me emocionaba. Ya desde muy pequeño se movía en mi interior algo que… y eso ocurría tanto en Cádiz como en Madrid. Pero si es verdad que yo tengo un lazo muy profundo con el mar. Claro, los primeros años marcan mucho.

P. Comenzó vuestra andadura con el grupo Cucharada a mitad de los años setenta, ya que con la nueva década, la de los 80, los tiempos cambiaron drásticamente. La Movida entonces nacida en las entrañas de Madrid hizo ¡chas! y apareció a tu lado con sus grupos pop y sus canciones asequibles para todo tipo de vestuarios. ¿La Movida mató a los rock star, Antonio? ¿Fue la culpable de que tantas bandas como la vuestra echasen el cerrojo?

Cucharada en la actualidad

R. Pues si efectivamente, tienes toda la razón, toda esa vorágine de grupos arrastró un montón de bandas, y cambió, digamos, la moda. Lo que era el rock urbano ya no estaba tan de moda, tan apreciado como en los años anteriores, ¿no? Era una cosa vertiginosa, queríamos cambiar. Esa fue una de las razones. Yo también, en nuestro interior, como grupo, también pienso que hubo otro problema añadido, y es una cosa que ocurre en muchos grupos es cuando alguien se da cuenta, en este caso Manolo Tena, que era el que hacía las letras. Y no mucha música, él realmente no hacía mucha música, no componía casi, pero las letras si. Entonces, además cantaba, de alguna manera era como el líder. Le comenzaron a hacer propuestas y llegó un momento en el que empezó a vislumbrar un camino en solitario. Eso ha ocurrido en muchas bandas en las que el líder quiere hacer sus cosas en solitario. ¿Si hubieramos continuado? Podríamos haberlo hecho perfectamente, ya que hay grupos que se han mantenido muchos años. Pero claro, hay que tener la visión de futuro, y también estar aconsejados. Ten en cuenta que en esa época el negocio de la música era una cosa totalmente sin ningún tipo de ayuda legal ni nada. Era todo como un poco improvisado. Nadie nos aconsejaba, nos guiaba, nos decía «oye tenéis una cosa entre las manos muy buena, cuidarla y tal.» No, no, llegó un momento en el que no; además había que sobrevivir. Cada uno tiraba para el lado que creía que su futuro estaba ahí.

P. Como tu bien dices, Antonio, hacia finales de los setenta hubo un potente a la par que breve, reinado de grupos como Asfalto, Ñu, Burning, Leño o Cucharada. Octubre de 2022. ¿Hay nostalgia hacia aquellos años?

R: Pues no creo que haya mucha nostalgia, por lo menos por parte de los medios, y tampoco del público. Si la gente no tiene esa música la gente se olvida claro. Yo por ejemplo, siempre me acuerdo de un pianista que conocí en Londres, que me contaba que ellos, aunque fueron un grupo así efímero pues tenían su sitio en lo que era la historia de la música inglesa. ¿No? Un grupo llamado Thunderclap Newman. Nostalgia tenemos nosotros los que fuimos partícipes de aquello, y valoramos lo que fue. Y sobretodo lo artesanal que era todo, el impuslo ese tan natural de hacer las cosas con muy pocos medios, y en un mundo de negocios que estaba sujeto con cuatro palitos. Yo ahora cuando pongo la radio o pongo la televisión poquísimas veces escucho grupos de esa época. Y si, como tu dices, hubo grupos muy importantes y muy efímeros. Que le echaron mucho valor, y en una sociedad en la que, oye, había que ser muy valiente para dejar todo, y muchas veces hacer música en contra de la familia, de las opiniones de mucha gente, además era una situación muy contestataria, en la que todos ibamos a ver, desde cómo nos vestíamos, a cómo pensabamos o cómo viviamos, era una cosa muy contestataria. Muy en contra de la sociedad que nos rodeaba. En fin, que ese valor tampoco se pone ahora de manifiesto. Cuando ponen una canción en la televisión o en la radio hablando de la libertad de los homosexuales, o este tipo de cosas siempre ponen a Alaska y los Pegamoides, el ¿A quién le importa? Pero la primera canción que hablaba de que los homosexuales eran tan libres como los demás, era este tema que hicimos Manolo y yo, Peligrosidad social.

P. ¿Quién era el responsable de esas rompedoras puestas en escena que vuestras y que he podido ver en un concierto de Cucharada de 1978?

R. Pues eso nació de la manera más sencilla. Un día teníamos que tocar en me parece que Valladolid, en una discoteca, y digimos «oye vamos a maquillarnos, vamos a dar aquí la bronca; yo me visto así y tu te vistes…» Y gustó mucho, nos lo pasamos muy bien, a la gente le encantó, y así seguimos. Nosotros lo hacíamos en plan un poco comunitario. Nos reuniamos en un bar, el día anterior o un par de días antes y «oye ¿qué canción vamos a hacer?, pues en esta su sales y te disfrazas de no sé qué.»

P. Y fuísteis teloneros de Chuck Berry.

R. Si, no recuerdo que año fue. Fuimos teloneros de Chuck Berry, pero yo en esa concierto no estuve porque pasé unos meses tocando con Luis Eduardo Aute, que me propuso una pequeña gira.

P. Manolo Tena, Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores, Agustín de la Piedra… Antonio ¿crees que la vida es una lucha de gigantes?

R. Bueno, una cosa que estoy aprendiendo contigo es que eres muy inteligente haciendo preguntas, oséa me tienes asombrao. (Risas) ¡Uf, pues no sé! No sé si es una lucha de gigantes o una lucha gigante. O una lucha de pequeños niños perdidos en mitad de la soledad, ¿no? No sé, no sé por qué irrumpió de esa manera el «caballo» en toda esta generación. Los que nos salvamos de milagro lo podemos contar. Ellos no, pero sí, fueron gigantes, sí. Yo tuve una relación muy intensa con Antonio Flores. Estuve un año y pico con él, y era un tipo extraordinario, generoso, simpático, con una humanidad tremenda, pero claro… igual que Manolo. A Enrique Urquijo no le conocí demasiado…, pero vamos Manolo era amigo íntimo mío desde la infancia casi. Y te puedo decir que cuando el «caballo» entró con toda su fuerza aquello, aquello fue tremendo. ¿Gigantes? Sí, sí, ahora he visto con el tiempo que hicieron cosas tan bonitas y tan grandes, que ¡qué gigantes! Pero desde otro punto de vista, pobrecillos, pobre gente que se han dejado atrapar. No sé por qué. Es un pena. En fin…

P. Antonio, ya para ir poniendo punto final, ¿me cuentas alguna anécdota que recuerdes especialmente, o con mucho cariño?

R. Si, la verdad es que ha sido muy interesante, muy bonito. Me ha gustado esta entrevista. ¿Anécdota? Pues recuerdo con mucho cariño los paseos que nos dábamos Manolo y yo por la Cuesta del Moyano, viendo libros y hablando de la vida, la filosofía de cosas importantes. Dos jóvenes ahí, viendo a ver cómo sobreviviamos, cómo saliamos adelante, con una naturalidad y una cosa… Ahora visto con el tiempo, com mucho cariño, con buen rollo. No sé… luego la vida da dantas vueltas que al final todo se diluye, ¿no? Pero recuerdo sobretodo, los paseos con Manolo por la Cuesta del Moyano hablando de las canciones que ibamos a hacer, los proyectos…

P. Dime ¿qué música sueles escuchar?

R. ¿Qué música escucho yo? Pues escucho un poco de todo, la verdad. Como guitarrista sigo mucho a Jeff Beck, que me parece una persona que ha evolucionado muy bien con los años, cada vez hace cosas y propuestas muy interesantes. Y bueno, escucho un poco en general guitarristas de esa época que me siguen gustando, desde Jimi Hendrix, hasta Alan Holdsworth, por ejemplo. Estoy muy centrado ahora en recuperar canciones que siempre me han gustado, reinterpretandolas, y componiendo nuevas también. Estoy poniendo música a algunos textos, a algunas poesías que Manolo me dejó. Y bueno, tengo tiempo tengo ganas y es lo único que sé hacer. Aunque sea una pequeña cosa nueva y así soy feliz.

A esta poesía, por ejemplo, que Antonio me cuenta que un día hace ya mucho, Manolo Tena escribió en su casa, y que ahora comparte con todos nosotros. Maravillosa generosidad por su parte.

Fue siempre Carnaval, y la noche era el día

y la vida era puesta, y la risa semilla

cuando tu corazón en las nubes vivía.

Y esperabas el sol

donde acaba la lluvia.

Luego la realidad y su huracán

al torbellino.

Y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

Días de perros y gatos esperando el milagro,

aprendiendo a vivir sin edad ni pasado,

y esperando el milagro

los años fueron pasando.

Horas en que el amor te dejaba plantado

cantando una canción desafinando.

Y en la encrucijada del camino elegir el destino,

y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

Y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

La leyenda es Cucharada

P. Antonio, si tuvieras que ir a un concierto en los años setenta, en el Delorian de Regreso al futuro por ejemplo, ¿Qué grupo sería el candidato? ¿Sex Pistols, Black Sabbath, Deep Purple o The Who?

R. Pues si tuviera que elegir sería The Who.

P. Antonio gracias por tu amabilidad, y por tu música. Espero que podamos compartir un café en algún lugar de Madrid. Ha sido todo un placer.

R. Te agradezco mucho tu paciencia conmigo, y espero que nos veamos y podamos hablar de muchas más cosas.

Esta entrevista está dedicada al escritor Javier Arries que fue el artífice de que descubriese esas legendarias y atemporales bandas del rock ibérico del final de los años setenta.

Ada.

JINETES DEL ABISMO

Antonio Vega dice en una canción que «me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz», y es que eso es a veces la vida. Y yo digo que sí, que tienes razón Antonio Vega allá dónde quiera que estés. Y espero que estés (y los otros que cayeron, conocidos o no, como tú en esa enormidad donde nadie oía ya vuestras maravillosas voces) tocando el cielo con los dedos, un cielo azul calmoso y limpio. Tampoco estaría mal que por las noches ese mismo cielo se transforme en un concierto atiborrado de gente guapa que toca, pero de verdad, sin postizos, para deleite de los que perdisteis la batalla. Pero los jinetes a los cuales esperaba el abismo con la boca abierta de par en par, se revelaron demasiado frágiles par soñar en un mundo como este en el que les pusieron sin contar con ellos. De sobras sabemos que los oscuros poetas del rock, esos que tocan con el alma entre los dientes y un cubata bien cargado sobre el amplificador de su poderosa Fender Stratocaster, son gente poco fiable para irse de copas con ellos; pero mucho para sacarte del cuerpo una astilla en forma de tristeza que te pincha no sabes dónde, o se transforma en esa sombra renegrida que a veces se sienta frente a ti en la mesa del desayuno. Y tú, que eres muy joven, empero ya famoso, y tocas muy bien, y te lo crees todo, sales al escenario, en las Ventas o en cualquier plaza de pueblo veraniego en fiestas. Sales, digo, con la cara blanca como la pared, y los dedos doloridos de puntear como un condenado un rif con enjundia, bravucón y eterno. Y encima tienes esa voz que recordarán por siglos, hijos, hermanos, novias, tan solitarios y tan callados. Y tocáis vuestra música con esa voz ardientemente viva, pero al ralentí, para comeros el mundo de un solo bocado, aunque el precio sea llevar vuestras jóvenes entrañas llenas ya de pespuntes, de remiendos, de jirones. Y a eso de la hora verde hiel, llega galopando a todo galopar, el caballo maldito. Sólo algunos pobres acurrucados en los brazos de la noche queda oyen ese galopar infernal e imparable: los jinetes del abismo con la coraza de invencibles caballeros del Grial a ras de suelo. El maldito caballo que se llevó por delante a esos jinetes con las claves de sol cerca del sol, y los arrestos apropiados para vivir un día más, solo un día más durante años, y prau. Y ahí se marcharon los jinetes, Antonio Flores, Manolo Tena, Agustín de la Piedra, Nacho Vega y Enrique Urquijo, a lomos de esa montura horrenda de huesos, jeringuillas, y polvo. Los viejos rockeros, los que sobrevivieron a la estampida de semejante caballo, les lloran a ratos, mientras sacan del perchero su chupa de cuero, la del 83, y ponen sus canciones una vez más en el tocadiscos, o se van directamente al Youtube. Y ahí perviven esas letras de desgarrada lírica para acompañarnos lo que que queda del día…

De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve, huracán y abismos
El sitio de mi recreo.

(El sitio de mi recreo, de Antonio Vega).

Antonio Vega

Las olas rompen el castillo de arena
La ceremonia de la desolación
Soy un extraño en el paraíso
Soy un juguete de la desilusión
Estoy ardiendo y siento
Frío, frío
Frío, frí
o

(Frío, Manolo Tena para Alarma).

Manolo Tena

Ayúdame y te habré ayudado
Que hoy he soñado en otra vida
En otro mundo, pero a tu lado
.

(Pero a tu lado, Enrique Urquijo para Los Secretos).

Enrique Urquijo

El carmín no es solución
Mi alma sigue gritando
La carne viva cicatrizó
Pero mi herida sigue debajo
.

(Una espina, Antonio Flores).

Antonio Flores

.

Agustín de la Piedra, el último de la derecha, con su banda Pato de goma.

Intenta dominarme no dejo de pensar
Me jira la cabeza sin parar
Corro como un loco
Y quiero salir
Ya no se que hacer
Todo esta al revés.

(Chicos Malos, Pato de goma)

Este artículo está dedicado a todos aquellos que se quedaron por el camino. ¡Va por vosotros Jinetes del abismo! Y a Antonio Molina Ramírez por su inspiradora amistad.

Ada en Dos Hermanas.

MEMORIAS DE UN VAMPIRO ERRANTE

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.

Cesare Pavese

La sala de congresos en un hotel de lujo, en una ciudad con una iglesia románica y un puente sobre un río de piedras.

Es la última tarde de octubre, llueve fuera, y un viento tan frío como la cena de un vagabundo barre las empapadas calles de la ciudad. La tarde va bajando lentamente desde las azoteas hasta la ventanas que se asoman a la vida de la gente. En el salón de actos del muy elegante hotel Castillo, una sala enorme, decorada al estilo gótico mudéjar, arcos finamente labrados, sobre columnas de mármol color café, con sus lámparas de hierro forjado, sus pesados tapices, magníficas imitaciones del tapiz de Bayeaux, y sillas bellamente torneadas de madera maciza, hay un escenario en donde campean una mesa y una silla, y un hombre hablando de cosas. Y esas cosas que dice este hombre, a decir por las concentradísimas caras del público, deben ser muy interesantes.

-En efecto queridos amigos, llevo viajando por infinidad de lugares desde hace mucho más tiempo del que nadie podría suponer, y he encontrado bebedores de sangre que nadie diría que lo son. La actriz Greta Garbo, por ejemplo, era una vampira de lo más mortífera, y por ese mismo motivo abandonó el cine cuando ya no podía seguir dismulando su ostentoso vampirismo. John Guilbert, su amante en la vida real, y pareja en varias películas suyas, lo supo en sus propias carnes. También fueron vampiros los poetas William Shekaspeare, Dante Alighieri, Safo, Horacio, Emily Dickinson, Jean Cocteau, Cesare Pavese, Jorge Manrique, Lord Byron y Shelley… Charles Beaudelaire lo era desde que nació, y Arthur Rimbaud aún vampirea por ahí. Locamente enamorado de él, Paul Verlaine le suplicaba obstinadamente que por favor le convirtiese. Pero Rimbaud se negaba aún más obstinadamente, alegando que la humanidad desaparecería en cuestión de un par de meses, con un vampiro como Verlaine suelto por las calles del mundo. Las hermanas Brönte, Jim Morrison, Brian Jones, Robert Smith, Tamara de Lempicka, Giorgo de Chirico, El Bosco, Ed Wood, Murnau, Shostakovich, Nijinsky… todos vampiros.

En el fondo del escenario cuelgan dos o tres banderas de diferentes colores, y en una pantalla gigante van saliendo imágenes que proporcionan apoyo audiovisulal a la charla del tipo que habla. En un cartel sobre la puerta leo:

Presentacion del libro:

MEMORIAS DE UN VAMPIRO ERRANTE

de Fabián Estoquer.

El día 31 de octubre a las siete y media

en el salón de actos Otranto

Y ahora entro yo tropezando con mi propio despiste. Titubeo. ¿Entro o me arriesgo a salir? Pensando estoy detenidamente en esta dicotomía, con un pie dentro y otro fuera de la sala de congresos, presentaciones y demás variadas charlas, cuando escucho un potente ¡shhh! a mi alrededor. Una señora de rizos rabiosamente violeta, se pone en pie con expresión de vigía para mirar si me conoce, pues son de esas señoras que presumen de tener amigos hasta en el infierno. «¿Irene…? Se parece tanto a Irene…» Piensa la señora de los rizos violeta volviendo a su asiento, envuelta, cual pashmina, en un suspiro de decepción al comprobar que no, que no soy Irene. Un chaval con gafas, rubio, y ojos azules, aprovecha y le da un beso a su novio. Otro, más joven aún y con un buen cabreo encima, se va sin más. En estas, el tipo que habla y habla, que está en medio de la luz del escenario, y que no me puede ver bien, ya que yo estoy sumergida en la penumbra, me invita a entrar con amable cortesía. Pero tiene ese tono duro y cortante en la voz propio de alguien que ha sido interrumpido cuando más entusiasmando estaba con su propia charla. Y con ese tono de voz me dice que…

-Pase señorita, si es tan amable. No se quede ahí.

-¡Uy, perdón! ¡Lo siento, me he equivocado! Adiós…

-¿Entra o sale? Háganos el favor. No sé si se habrá dado cuenta de que está interrumpiendo la presentación de un libro…

-Perdonen. Entraré pues.

-Ejem, ejem, cuanto se lo agradecemos.

Así que ya que él ponente me invita a pasar de esa forma tan irresistible, entro dócilmente y me siento junto a un perchero. Fabián Estoquer, vampirólogo, escritor, conferenciante, fantasmólogo, charla que te charla mientras yo me escondo del imbécil de turno que viéndome, morena, guapa y tan monísima vestida, me quiere a toda costa invitar a cenar en su casa. Así que no he tenido más remedio que guarecerme de semejante persecución en donde primero he visto. Y lo primero que he visto es esta sala de conferencias, o salón de actos, que, dicho sea de paso, está llena de un entregado público hasta más allá del último asiento. Y ese tipo alto y subyugante, dirigiéndose a la congregación en un tono seductor, con su maravillosamente bien modulada voz, profunda y masculina…¿de qué habla? Pues el hombre charla sobre criaturas terroríficas que se alimentan de sangre humana, con las misma convicción con la que Carl Sagan hablaría sobre galaxias, eones, partículas y gravedades.

-… Y esas que ahora véis en la pantalla, fijáos, son lamias de cuerpo mitad mujer, mitad serpiente . Y aquí…

-Perdone, pero ¿las lamias no son las que tienen los pies como las cabras?

-¿Otra vez usted?

-Es que he leído en la Guía de los seres mágicos de España, de Jesús Callejo, libro que le recomiendo, que las lamias…

-Ejem, si no le importa… Después llegará el turno de preguntas y podrá usted preguntar lo que le apetezca. Ejem, ejem, prosigamos… ¿Qué estaba yo diciendo…? Ah, sí, ahora nos vamos a Nueva Orleans, esa ciudad mítica en la cual hay que andarse con mucho ojo al pasear por sus jubilosas y al mismo tiempo tenebrosas calles. Si alguno de vosotros ha estado en esta ciudad junto al Mississippi sabrá de que hablo, porque son muchos los barrios verdaderamente peligrosos en donde podemos sufrir todo tipo de percances. En esta ciudad, cuya atmósfera es ya de por sí una invitación a traspasar la liviana frontera que divide el mundo real de lo sobrenatural, sus habitantes te contarán infinidad de historias sobre espectros, zombis, poltergeist, vampiros, y casas encantadas que albergan escalofriantes historias tras sus muros. Allí encontraréis a las Chicas del ataúd, que son nada más y nada menos que unas mujeres que llegaron en un barco hasta el puerto de la ciudad para contraer matrimonio, esto ocurrió en el siglo XIX, y nunca más se supo de ellas. Son vampiras hermosísimas, bien lo sé yo, pero cuidado con ellas. Son vampiros muy agresivos y realmente malignos que te acosan en la zona del French Quarter, y habitan en la siniestra y tristemente célebre mansión de LaLauri. A veces rondan por el Laffite´s Blacksmith Shop, el bar más viejo de la ciudad y, por supuesto, lleno de oscuras energías paranormales; o cerca del Sultan´s Palace buscando víctimas jugosas y prietas que llevarse a los colmillos. Después, cruzando el charco, ya en Londres, podemos encontrarnos con algún vampiro paseando por Picadilly Circus antes del amanecer. Este es un lugar que tiene mucha enjundia vampírica.

Me impaciento. Yo había llegado a este hotel con intención de entrevistar a Lady Gaga, esa mujer rosada y rompedora que canta tan bien. En absoluto era mi idea meterme en la presentación de un libro sobre vampiros. Y todo por culpa de ese actor famoso, él de las teleseries, que me perseguía por todo el hotel.

-Y ya en Japón conocí a la tenebrosa Yuki Ona, que aparece en las montañas durante las tormentas de nieve. Es un vampiro fantasmagórico que flota y camina por la nieve sin dejar huella, sin hacer ningún ruido. En principio es una mujer hermosa, con largos cabellos negros y piel de suave porcelana. Sin embargo su aspecto va cambiando según se acerca a su víctima, volviéndose más y más terrorífica.

Afortunadamente, y tras media hora más informándonos sobre diversos tipos de seres bebedores de plasma que podemos ver en diferentes paisajes, la charla presentación llega a su fin.

Intento salir cuanto antes del salón de actos Otranto que se va vaciando de gente, Memorias de un vampiro errante en mano, en busca de Fabián Estoquer para que les firme su exitoso libro. ¡Uf, no, gracias! Los fans de cualquier tipo y pelaje siempre me ponen muy nerviosa. Huyo de allí a toda prisa, pero en la salida del todavía muy concurrido salón de actos, tropiezo con el dichoso conferenciante que también va huyendo del amable acoso de sus enamoradísimos fans.

-Vaya. Primero interrumpe mi charla, y ahora me pisa. En estas circunstancias no le puedo firmar ningún libro.

-Yo no he venido a que usted me firme nada. Ni siquiera le conozco.

-Ah, ¿no? Pues soy Fabián Estoquer, el famosísimo autor, vampirólogo, fantasmólogo, conferenciante, divulgador, visionario, actor ocasional…

-Encantada. Soy Betsabé Larra, periodista, amazona, nadadora, estudiante ocasional…

-Maravilloso. ¿Y qué quiere de mí?

-Quiero tomar café con usted.

-¿Lo cree usted necesario, señorita?

-Si, por favor. Y le cuento…

-Cuénteme usted, si es tán amable, mientras ponemos rumbo hacia la cafetería más cercana…

Y le voy contando mientras nos vamos yendo hacia la cafetería más cercana, escondiéndonos por las esquinas al más genuino estilo inspector Clouseau.

-Pues verá, lo crea o no, yo he venido a este hotel a entrevistar a Lady Gaga. Pero mientras buscaba la sala Vips en donde ella me esperaba, me encuentro a un actor famoso con un acuciante complejo de Zeus, que le obliga a seducir perpetuamente a todo lo que se mueve. Como lo quiere hacer en plan escena erótica numero dos, no he tenido más remedio que meterme en la sala de congresos, justo en el preciso momento en el que usted estaba presentando su libro.

-Bueno, al Zeus ese de marras le vamos a denunciar a la dirección del hotel, para que no vaya molestando con su lascivia a nadie más. Dígame, ¿qué quiere usted saber?

-Pues ahora mismo… ¿quién cree que ganará la guerra entre Rusia y Ucrania?

-Nunca se gana una guerra. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles. Esto se lo dije yo a William Faulkner al final de la Gran guerra y al hombre le gustó tanto que lo incluyó en su novela El ruido y la furia.

-¿Cree en serio en la existencia de los vampiros?

-Ejem, no creo en vampiros. Pero eso no es óbice para que charle y escriba libros sobre ellos ¿no le parece?

-¿Y en fantasmas, zombis y licántropos?

-Si no, no hablaría de ellos.

-¿La criatura más terrible que usted haya conocido?

-Que yo sepa, el ser humano. Es un ser bastante peligroso, impredecible, primitivo, territorialista y belicoso. ¡Y hay millones y millones por todos lados! ¡Y millones de ellos tienen coche! ¡Qué miedo! ¿Verdad?

-Mucho. ¿De qué color son sus ojos?

-Mírelos…

Y me pongo a mirar sus ojos y él los míos, y así nos vamos metiendo poco a poco en los adentros del otro. Pero en estas llega la camarera y nos pregunta que queremos. Se lo decimos. Es curioso, pero creo que alrededor nuestro no había nadie, nadie más que él y yo. Ni camarera, ni clientes tomando café, ni fans, ni huéspedes del hotel, ni nada. Fuera arrecian el viento y los relámpagos, pero, a pesar de todo no hemos dejado de mirarnos ni un solo momento.

-¿Cómo dice que se llama usted?

-Betsabé.

-Betsabé, creo que te has enamorado de mí.

-¿Usted cree?

-Tengo que decirte algo…

-Que estás casado.

-No.

-Que eres homosexual.

-No.

-Que fumas. Fumas muchísmo. Y que no eres rubio natural.

-Betsabé, soy un vampiro.

-¿Eres un vampiro?

-Eso es. Te explico, puedo vivir eternamente, pero no más allá de los primeros claros del día. Necesito beber sangre viva para mantenerme, y eso ya es bastante terrible. Duermo en un ataúd. No puedo sentir amor, cariño, escrúpulos, ni compasión. Son sentimientos archi vetados para los auténticos depredadores. En cambio, si siento deseo físico… un intenso, voraz, y chamánico deseo físico.

– Y dime, ¿ la estaca es necesaria? ¿Nunca envejecerás? ¿Te reflejas en los espejos? ¿Conoces a Lestat? ¿Y a Drácula?¿Podéis convertiros en murciélagos? ¿O en perros? ¿Me vas a convertir en vampiro?

-No a todo lo primero. La respuesta a las tres últimas preguntas es sí.

-Adoro tu voz tibia y amable…

-Adoro esas venas azules tuyas tan apetitosas…

-¿En serio eres un vampiro, Fabián?

-Sí.

-A ver… ¿puedes demostrarlo? Entiende que un periodista es, ante todo, un escéptico.

-¿Mis colmillos no te convencen?

-No mucho. Hay tanta gente con problemas dentales…

-¿Te sirve un acercamiento a un espejo, por ejemplo?¿O necesitas que muerda a alguien? Es que ahora mismo no tengo mucha hambre, la verdad.

-Me sirve el espejo.

Así que veo como Fabián con ese aspecto tan magnífico suyo, esa portentosa estatura, se asoma al gran espejo gótico de la cafetería del hotel. Y en el espejo contemplo mi atractiva imagen, y veo también el reflejo de la cafetería abarrotada de bebedores de café. También están ahí dentro del espejo, las grandes lámparas de cristal brillando como gemas sobre nuestras cabezas, y el ventanal en arco por donde la ciudad nos saluda. Pero no veo el reflejo de Fabián por ninguna parte.

-¿Te convences ahora, mi flor oscura?

-Ahora sí. Pero si no puedes verte en el espejo no sabrás quién eres.

-Me miro en tus ojos… y veo todo lo que quiero ver.

-¿Y qué ves ahora?

-La petit mort.

Y él me cuenta rumbo a su habitación, en la zona abuhardillada del hotel Castillo, que estaba una mañana de domingo leyendo tranquilamente el periódico dentro de su cripta, cuando vió en la sección de anuncios por palabras que algunos vampirólogos, ofrecían sus conocimientos para solventar todo tipo de contratiempos.

-Entonces comprendí que había llegado el momento de escribir mis memorias aprovechando el tirón mediático. Además, ¡todos esos vampirólogos de tres al cuarto inventándose alegremente cosas sobre nosotros! Son realmente divertidos. Y tienen mucha sangre en las venas, por cierto, y de muy buena calidad.

-Fabián, ¿me llevas a tu ataúd?

-¿A mi ataúd, mon petit poison? No, claro. Los vampiros somos muy dados a los placeres sensuales, ahí sí que tienen mucha razón todos esos aficionados. Pero el ataúd lo reservamos exclusivamente para dormir.

Al entrar en su lujosa habitación, decorada con damasco rojo oscuro en paredes y cortinas, libros por todas partes, y un enorme ventanal en donde florece la luna llena, pienso que efectivamente Fabián es un vampiro. Y que por ese mismo motivo, y no otro cualquiera, sabe volar, teletransportarse, vivir casi eternamente, convertirse en otro animal con cerebro, hablar con fluidez cien lenguas vivas o no, hacer el amor dos o tres veces al día, y subirse por las paredes sin problema. Y para agobio mío, yo solo sé montar en bici, conducir un miserable coche de gasolina, nadar y montar a caballo. Pero él me susurra mientras introduce sus labios dentro de mi vestido de seda negra, ya a solas los dos en el claroscuro de su cuarto:

-Bueno, nadie es perfecto.

(Ada en el planeta Tierra)

LA CABEZA DE MEDUSA borrador

EL ARMARIO

En esos días que todo parece salir a pedir de boca en esos días que la vida te sonríe, como una gioconda feliz de serlo más allá de un cuadro y más allá de los siglos. Es en esos día en los cuales todo está bien, cuando de pronto, algo misterioso, inquietante, ocurre. Un armario frente a un espejo, más que un espejo en un armario, producen según doctas y menopáusicas brujas del Facebook, y sabios hechiceros de listín telefónico, un desarreglo en las corrientes de fluidos cosmicos, en las energías wikanas, en los karmas, kermes, y demás artilugios mistéricos de estar por la casa, en zapatillas y bata de peluche. Un día mi vecino Richard, el estudiante de medicina, persona racional, completamente alejada de esos mundos de Arcanos y Enigmas a los que tan aficionados son algunos homo sapiens, pues bueno, que Richard, con su cabeza llena de cortisol en muy buenas condiciones, y su corteza prefrontal maravillosamente en forma, bebia los vientos del desamor por una compañera suya de clase, pero de clase de francés. Brigid Canet escribía poemas, adoraba los cuentos góticos, cuanto más terroríficos mucho mejorrrrrrrr , Brigid era morena, pálida, dulce y parecía más un ser feérico, que alguien real. Pues nuestro amigo Richard, cada día más enamorado de ella, y ella que solo tenía ojos para Mahler, Bécquer, Lovecraft, y Allan Poe, iba volviéndose cada vez más oscura, más gótica, más inaccesible. E

Brigd tenía un armario en su habitación

La cabeza de Medusa

(Cuentos para las noches de insomnio)

LUCY

Un frío atardecer de 18…

Al despertar, lo primero que vieron mis ojos fue la potente luz de un millar de velas brillando sobre mi cabeza. Y después, cuando mis ojos lentamente fueron acostumbrándose a aquella orgía de luz, contemplé con creciente curiosidad, a toda esa gente enlutada arremolinada aquí y allá, cerca de mi. Elegantes y apesadumbradas damas cubiertas con velos negros, y cabizbajos y afligidos caballeros sombríamente recogidos en una pena terrible y devastadora, murmurando oraciones, o susurrando tristísimos lamentos.
-¡Qué terrible pérdida, señor! ¡Qué pena, una mujer tan joven y recién casada!
-¡Ay, Dios mío! ¡Qué desolados nos dejas, Lucy querida! ¡Qué desgracia más espantosa!
-Dios se lleva a los buenos…
Y todas esas cosas que se dicen en circunstancias de cuerpo presente.
Pero, pensé, si estoy muerta ¿cómo es que miro, veo, pienso, respiro, y hasta tengo ganas de estornudar? Y estornudé. El denso humo de los cirios me hacía cosquillas en la nariz. Pero todos, ensimismados en su propia pena, y en la solemnidad de aquella atmósfera tan lúgubre, continuaron a lo suyo. Además el pertinaz repiqueteo de la llovizna sobre el tejado, unido al tañido lento y fúnebre de las campanas de la ermita, lo invadía todo. Tampoco repararon en mis ojos, lo suficientemente entreabiertos como para ver lo que quería ver. Pero yo, ahí, metida dentro de mi ataúd forrado de suave seda blanca, con mi vestido más hermoso, (el azul claro de gasa con primororosas gardenias bordadas en hilo de plata y tul), y mis largos y rubios cabellos peinados deliciosamente en rizos y perlas, perfumados por mi doncella Giannina, disfrutaba del momento como una niña ante una función de títeres.

-¡ Ruega por su alma, Señor! ¡Se nos fue! ¡Qué dolor!
-Una joven tan hermosa…. tan amiga de juegos, risas, y de inocentes y joviales bromas…
Murmuraban entre lágrimas y suspiros una y otra vez.

-Lucy, Lucy… ¡no es posible! ¡No, no puedes marcharte! ¡No puedes dejarnos sin ti, dulce y hermosa náyade!

Pero, si estoy muerta ¿cómo es que estornudo y me muevo? Y ¿cómo es que estas gentes en su dolor por mi muerte no me conmueven lo más mínimo? Ah, ahí veo a mi querido Quincy, casi el más alto de todos; y al lado mi abuela, la celestina más activa de Whitby. Y también está ahí ese anciano estrafalario llegado de no sé qué lejano lugar, con ese acento tan divertido. Hum, no recuerdo bien su nombre… ¿ Abraham Van Hestings? ¿Hastings? ¿Hostings? Tal vez. Y ¡oh sí! junto a él están el doctor John Seward y mi marido, ese macho maravilloso con el que las noches y los días se nos iban en un febril y animal deseo, completamente satisfecho, cada día y en cada momento… ¡Qué apuesto! Arthur es tan guapo que, miradlas, incluso en el funeral de su esposa posee un selecto grupo de señoras revoloteando a su alrededor en espera de poder meterse en su lecho, ocupando mi lugar aún caliente. ¡Ja ja ja! ¡Estúpidas lágrimas!


-No creo que la mevrouw Lucy debiera estar aquí, dokter Seward.

-Cuidado, profesor, Arthur le ha oído.


-¡Por el amor de Dios, profesor Van Helsing! ¿No puede respetar nuestro dolor al menos durante el funeral de mi esposa?

Ja, señor Holmwood… no hay mucho tiempo. El día expirará pronto hoy. Mire…

Ese hombre brusco y extranjero indicó a mi marido con su índice hacia el oval, y único, ventanal del panteón, por donde entraba un resplandor azul y desvaído que anunciaba efectivamente el final del día. Y por ese mismo motivo, iba yo poco a poco volviendo jubilosamente a la vida.

-¿Qué extraña enfermedad tenía la señora Holmwood, profesor Van Helsing? He oído que apenas le quedaba sangre en sus venas.

-Vampiros. ¡Oh, no hay mucho más que decir! Ya no, desafortunadamente, señor Morris.

-¿Vampiros? Pero dígame, profesor ¿no fue su dignísimo colega Gerard van Swieten, el que rechazó abiertamente en su informe Vampyrismus, la existencia de estos seres, tachándolos de barbarismo, superstición e ignorancia?

Ja, ja, estimado dokter Seward. Hace ya casi un siglo de ello, y entonces la emperatriz Maria Teresa de Austria, de una forma u otra, quería terminar con esas epidemias de vampiros que asolaban las aldeas de Serbia y Moravia. Van Swieten se equivocó. Lucy es la prueba viva de ello.

Basta, basta ya de cotilleos; basta de habladurías, pensé mientras me incorporaba dentro de mi cómodo ataúd, que no obstante ya me estaba resultando asfixiante. Al hacerlo, al incorporarme allí, enmedio del monumental panteón propiedad de mi familia, con tanta gente y justo al finalizar una oración por mi alma pecadora, hubo gritos desgarrados, desmayos, carreras a toda velocidad para dejar atrás aquella espantosa visión de una muerta resucitada durante su propio funeral. Todos, Quincy, Van Helsing, John Seward, intentaron reducirme con sus cruces, sus pestilentes ajos, y sus ridículos exorcismos. ¡Boberías! Por idiotas entrometidos y, sobretodo, por mi hambre carnívora, perecieron al momento gracias a mi rapidez y fuerza de «no muerta», y a mis mortíferos colmillos. En tanto todo esto ocurría en un instante, mi marido, ese macho alazán, alto cual pared, fuerte y hermoso, me miró con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Pero no huyó. Fue el único que ni se desmayó ni salió corriendo por la puerta presa del pánico. Tampoco quería destruirme, como ese horrible fantoche holandés de Abraham Van Helsing pretendía. Arthur se acercó a mi, labios temblorosos, mano al revólver, la frente empapada en sudor, pero altivo y arrogante como siempre; aunque, de puro terror, la voz no podía salir de sus labios. Mientras me miraba, entre horrorizado y amoroso, Arthur balbuceó:

-Lucy… Lucy, ¿eres tú…? ¿Qué dios o qué demonio te ha devuelto la vida?

-Nunca has creído ni en dioses ni en demonios, Arthur querido. Soy yo, Lucy, tu amada esposa. Y soy lo que soy.

-¡Lucy! Mi amor, mi locura, mi reina… has vuelto… ¡o yo he perdido el juicio!

-No, por cierto, querido mío. Ven… ¿ no quieres venir a mi? Soy tu esposa y tengo frío. Ven, Arthur. Mírame ¿acaso no sigo siendo la mujer más bella que vieron tus ojos, esposo mío?

-Estás aún más bella que antes, amor. Tu hermosura no deja de atraerme con un poder hipnótico…, pero al mismo tiempo que te deseo de esta manera brutal, insoportable hasta más allá del dolor, te temo, y mis cabellos se erizan al verte en ese ataúd.

-¡Oh, Arthur! Ven…

-Lucy, vida de mi vida, voy a ti incluso si con eso me llevas de cabeza al infierno.

Cuando Arthur se acerca a mi, me envuelve entre sus brazos en un halo de susurros de deseo y de amor, de besos desbocados, de apasionadas caricias. Recuerdo su sangre inundando mi boca, mis colmillos afilados y puntigudos entrando en su garganta. Y recuerdo el momento en el cual su pecho dejó de latir.

-Lucy…, amor mío, por fin…

Y al momento, cuando sentí caer pesadamente el poderoso cuerpo de mi marido contra el suelo, ya completamente exánime, el conde Drácula, el ser que me había convertido en lo que era, vino a buscarme. Y así salimos juntos a la noche tibia, a pasear entre las húmedas flores rumbo a la aldea.

Ada, en Dos Hermanas.

Dibujos: Ada.

Fuentes:

Gerard van Swieten, Vampyrismus, 1768

Drácula, de Bram Stoker, 1897.

Vampiros. Bestiario de ultatumba, de Javier Arries. Editorial Zenith, 2007.

Magia Posthuma, blog de Niels K. Petersen.