Cuentos en primera persona.

Caperucita Roja.

Estaba yo tan feliz de la vida a última hora de la tarde jugando con mi Barbie japonesa, cuando los gritos de mi madre me llevaron a dar un salto tremendo por encima de la colcha de terciopelo rojo sangre.

-Niña, niña, vete a comprar huevos de gallina para la cena de tu padre, que los dos que quedan De camino te vas a casa la abuela y le llevas esta terrina de sopa, estos pestiños, y esta botella de anís La Castellana. ¡Ale! Y no tardes que mira que hora es y hay luna llena.

¿Eh?Yo, que no tenía la más mínima gana de que me comiese un lobo, o incluso un hombre lobo, me puse bastante farruca y le dije a mi madre que fuese ella, con todas las letras.

– Vendrán los servicios sociales y te quitarán mi custodia. Mandar a una niña de diecisite años a hacer recado a estas horas…

-te recuerdo que estamos en el siglo xiv y aun falta muchusimo para los servicios sociales. oh, pero y mi barbi

?es una paradoja spacio tiempome fui, no sin nates hacerle saber a mi madre que aqueula tianroa no duraria m,ucho puesto que en cuanto cumpliese los 18 años me escaparia en un barco a otros esapcios tiempos en edonde los niños y adolescentes, asi como los demás humanos tuveisemsos derechos. ea.

Bueno, pero que no se te olvide ponert la caperuza y peinate que mira que pelajos.

Era en efecto la ultima hora de la tarde y la rotunda belleza de aquella luz, de aquel cielo azul a llamaradas rojas, rosa, y bronce, estallaban alrededor de una luna enorme fantamagorica, irreal, una luna como un ojo de cristal en el rostro inm,enso de la noche. Y etrnonces la sublime belleza de cielos y bosque, de arroyos y montañas al anochecer, me desoitó cpmpletamente de mi comentido y cuando me vine adar cuenta estaba en un lugar insospechado. Un claro de luz blanca y dorada, y los perfumes de la noche que ya avanzaba me estremecían. De pronto apareció un muchacho muy alto, atractivo y bastante, bastante peludo. Al sonreír sus colmillos blancos relumbraron con brillo de espejo.

-Hola,

-hola

-que haces

-yo>? pues aquí, paseando… ¿Y tu?

EL PASEO

Ravenat, retornados, no idos, vurdalaks, upiros, vampiros.

Fui al colegio desde 1876 hasta 1880. Mi padre desde la India mandaba en mi vida, gobernaba sobre cada una de las vidas de los que vivíamos a su sombra en aquél pedrusco enorme con más de doscientos años de historia entre sus ladrillos y sus piedras desgastadas y negruzcas.

Fantasías animadas de ayer y hoy presenta

Me gustaba mucho pasear en mi bic al borde de aquellas largas tardes de abril, llegaba hasta los bosques que lindaban con las afueras de la ciudad y me sumergía entre las lentas olas que traía ya la noche. Mi madre allí en casa de mis abuelos refunfuñaba en tanto por esto o por lo otro. Yo no quería ser así, pero la rebeldía me era tan necesaria para existir como el agua para los peces. Cuando mi madre decidío mudarse y llevarnos una temporada como aquellos niños pálidos y silenciosos

LA HORA DE LOS NIÑOS

¿Quién no ha trabajado alguna vez en su vida, en plena adolescencia, como canguro para ganarse un dinero? Yo lo hice y creedme, desde entonces mi vida no ha sido la misma.

Todo comenzó cuando la señora Melita, la vecina de enfrente de mi casa, vino una mañana de abril a decirle a mi madre de que su amiga Luisa necesitaba una muchacha el jueves santo por la noche para quedarse con sus hijos, ya que ella tenía previsto salir con su marido a ver los pasos de la madruga.

El jueves santo por la tarde a eso de las seis, llamé a la puerta de la señora Luisa la amiga necesitada de canguro, de mi vecina Melita. Me abrió la puerta de la enorme casa una chica gordita, rubia y parlanchina que me dcía nerviosamente que por nada del mundo se me ocurriese hace rruido porque los niños eran muy nerviosos, gamberros y tenían mal dormir. De manera que me puse a ver una película, Le mepris, y alli estaba Brigitte Bardot intentado parecerse a Ana Karina, el amor fou de Jean Luc Godard. De pronto sentí una mano fría y viscosa posarse sobre mi hombro.

-Hola, ¿quién eres? Tengo sed ¿dónde están mis padres?

Me volví con los pelos erizados por aquél contacto intempestivo y gélido, y al hecerlo me encuentro con una niña de unos siete u ocho años, palidisima, de melena oscura y ojos oscuros. Me sonreía mostrando unos dientecillos afilados que brillaban maliciosamente en la penumbra del salón

EIRE, LA REINA DEL VIENTO

Yo me someteré al Amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas.(Ovidio, El arte de Amar)

No había pasado ni un sólo día desde que la oruga verde había nacido bajo una hermosa hoja de hierbabuena, y ya se preparaba a dormir un dulce y espeso sueño invernal. La pequeña criatura, apenas una gota de verdor más sobre las hojas, renacería, tras ese sueño, convertida espectacular mariposa y se pasaría todo el verano revoloteando feliz sobre las flores, dejando muy atrás sus recuerdos como poco atractiva oruga. Tanto, que al final ni ella misma recordaría que una vez fue gris y en lugar de volar como un hada maravillosa y azul, se arrastraba trabajosamente por el mundo. No hacía ni tan siquiera una sola noche en la cual, un colérico anciano llamado invierno, había comenzado a bajar desde las lejanas montañas del Norte para acampar, como todos los años, en sus dominios. Y traía con él los terribles guerreros Viento del Norte, Oscuridad y Hielo, y a sus pálidas esposas Ventisca, Nieve y Escarcha. Es la hora, es ya la hora. Susurraban las marmotas antes de meter la cabeza en su madriguera, intranquilas porque sabían muy bien que el anciano colérico volvía de nuevo a esos bosques. Violeta era entonces la luz, y doradas las delgadas nubes al atardecer. Y a esa hora de bruma y silencio, muy pocos sabían en verdad que diminutas hadas de ojos verdosos y lindas manos, de largos cabellos y transparentes alas de libélula, volaban sobre los primeros bordados de escarcha, dejándose llevar por los imperceptibles dedos del viento. A esa hora, en fin, justo un instante antes de la salida del Sol, en la cual los árboles se trasforman en brujas de mirada de lagarto, las hadas traviesas y propensas a los caprichos, crecían hasta tomar la estatura de una mujer humana, para que pudiesen amar a quién ellas quisiesen. Porque las hadas son tan pequeñas que dentro de su pecho solo pueden albergar un sentimiento, pero tan grandioso como el cosmos entero. Y en tanto las hadas aman y bailan en la gélida penumbra del crepúsculo, una lechuza esponja sus alas sobre la rama de una encina centenaria, ulula observando con sus enormes ojos amarillos, como un rayo de la Luna que ya casi desaparece, se ha quedado enredado entre las aguas del río, allí donde las hadas revolotean. Un poco más abajo una culebra serpentea tras un conejo blanco con ojos de rubí. Le persigue durante un trecho, pero al final se conforma con una rana que estaba cantando su canción de amor entre las piedras. El viento levanta la hojarasca en inquietantes murmullos. Y entonces, como si de blancos pétalos de hielo se tratase, comienza a nevar en el bosque. Cuando el Sol está escondiéndose ya tras las montañas, los crujientes escarabajos, las mariposas de terciopelo, las frágiles libélulas de organdí, corren precipitadamente a ocultarse bajo misteriosos refugios, donde ningún mal les pueda sobrevenir. El Mal es la oscuridad donde acechan gatos gigantes, y pájaros carnívoros. A esta hora andan ya por entre las frondas y los helechos, resbalando por el chorreante musgo, los pequeños habitantes nocturnos del lugar, ratones de color piedra que beben agua de las estrellas, sapos hechizados que tal vez algún día vuelvan a ser quienes fueron, y una corte de ciempiés enemistados para siempre con las arañas. Los gélidos dedos del viento se introducen por entre las ramas produciendo un crepitar seco y misterioso, poniendo en fuga a una feliz familia de musarañas entretenida en mordisquear una manzana. A través de la arboleda en sombras relumbra el río, como un filamento de diamantes sobre el que nadan algunos patos salvajes, y un altivo cisne, con la cabeza metida dentro del agua, saca su cena a picotazos. Ya es completamente de noche, cuando por entre las peñas baja al galope la reina, una centella de bellísima piel tan blanca que se diría fosforescente, los brillantes y largos cabellos derramándose por encima de la silla de montar, los bellos párpados ensombrecidos, no obstante, por la desesperación y el miedo que paralizan su aliento. No así sus manos que aguantan férreamente las riendas sin aflojar ni un sólo instante. El vestido de gasa blanca se va ajando conforme la reina avanza penetrando más en el bosque, y entre la gasa echa jirones, afloran sus hermosos dedos, mientras que del intenso frío se resguarda gracias a una rica capa de terciopelo rojo vino que el general romano, su amante, le regaló. Al cuello su torque de oro, sujetando su capa una finamente labrada fíbula de oro; al cinturón, su rica espada; al viento, sus brillantes cabellos negros y sedosos. Entre los dedos, el duro látigo. Las zarzas, las ramas de los árboles, las hirientes enredaderas, van quedándose con trozos de sus ropajes. El caballo resuella sin aliento, el vapor humea entre sus belfos. Desde la lejanía retumban los gritos de los guerreros, el trueno de la batalla que pronto va a comenzar. Hogueras difusas allá donde el campamento romano, sucumben bajo los primeros copos de nieve. Las invencibles cohortes del general Dacio Cornelio Licinio, se preparan para acometer a los furiosos guerreros trinobantes, brigantes, icenos, apostados al otro lado del río. Estos últimos vienen en busca de su reina, la irascible y bella Eire que se haya secuestrada por los romanos, y no la liberarán hasta que obligue a todas las tribus britanas a someterse a Roma. Sin embargo, la reina ya ha huido, y un grupo de soldados han sido movilizados para capturarla. Frío, frío y hielo bajo los cascos de su caballo, mientras una jauría de lobos corren sin tregua tras ella azuzados por un hambre inaudita. Jaurías famélicas de ojos sin luz y dientes de piedra, casi destrozadas por la infernal carrera, acosan al incansable caballo, consiguiendo morderle las patas, un jirón del vestido de ella, unos pies descalzos que sobresalen entre la capa. Pero ella estalla el látigo con una fuerza y dominio sobrenaturales -sacados a la fuerza de la desesperación y el miedo-, y unos aullidos hirientes, insoportables, retumban por todo el bosque. Corred, corred, la vida os va en ello señora, y a la muerte se le ha de plantar cara con gallardía. Corred, sin volver la mirada atrás, corred entre las peñas y los perros, huid de aquí oh, reina, correr con el viento. Eire, la reina, cuya tribu, los icenos, luchan encarnizadamente contra las invencibles legiones romanas enviados por el emperador Claudio para conquistar Britania. Es una escapada desesperada de los soldados del campamento de la montaña, que ya están rodeando los flancos del río y hostigando a los suyos, mucho más numerosos, sí, pero bastante más rebeldes, indisciplinados e individualistas. Y entonces le darán caza, como se da caza a una leona. Como se da caza a una reina que jamás bajará la guardia, sino para morir. Meses atrás bajaba algunas tardes desde el campamento —castrum— hasta la pequeña playa encerrada entre farallones de granito siempre vigilada por un pequeño grupo de centuriones, y de una vieja ama icena, que no oía ni su propia voz. La reina, resplandeciente en su belleza pero obstinada en un orgulloso silencio, se entretenía en dibujar sobre la arena, a pesar de las largas cadenas que amarraban sus manos, serpientes y caballos, dragones y extraños símbolos celtas, mientras sus admirables cabellos flotaban al viento de la mar. Dibujaba, enterrando los dedos en la arena húmeda y marrón, lunas y peces, ojos con largas pestañas, labios con forma de flor, flores que no existen, y eso sin dejar de pensar ni un instante, en como escapar de aquellos invasores. Siempre tratando de hostigarles incluso en cautividad. Ella creía en sus dioses que presentía observándola entre las nubes, entre los árboles y las ramas de espinos. Y sobretodo, cuando bajaba hasta la playa. Cuando la reina bajaba a la mar a bañarse, desnuda y feliz, sus cantos retumbaban frágilmente de piedra en piedra, mientras las ninfas, desnudas como ella, bailaban sobre las olas, envueltas entre la espuma y las algas de gasa verdosa y fría. Una oscura tarde de olas grandes como navíos, ella vio aparecer tras los escollos al grupo de soldados que la llevaba de vuelta al campamento, pero descubrió entre ellos a un hombre extraño que jamás había visto antes. Aquellos eran centuriones curtidos en mil batallas, incluso algunos habían formado parte de los elitistas pretorianos de Nerón, hombres violentos y terribles, hechos a la soledad, apaciguados sólo gracias a la implacable disciplina que imponía con brazo de hierro, su general el tribuno Dacio Cornelio Licinio, y venían directamente del infierno. Un infierno sobre las flamígeras arenas de Egipto, frente a las colosales tumbas de los faraones, y habían clavado la orgullosa águila de Claudio por todo el norte de África. Ahora el general Dacio Cornelio sustituía a Marco Lineo como procónsul de los asentamientos en los territorios recién conquistados en Britania. Le habían informado que su antecesor había echo prisionera a la mismísima reina icena Eire, y que no la liberarán hasta que obligue a su pueblo a rendirse a Roma. Le explicaron que Eire era bella y atractiva, pero caprichosa y altanera. Y quiso conocer personalmente a la reina cautiva. Al principio él sólo vio una figura huidiza escondiéndose tras una barca varada en al orilla, y ella a un soldado extraño y corpulento, sobre un caballo negro como la noche. E inmediatamente sintió un profundo resentimiento hacia él, al comprender que era el nuevo general de las legiones de Britania. Pero él la miró un instante, bastó sólo un instante en toda su vida, y se enredó para siempre en aquella mirada desafiante. No hay nada más grande en el mundo que dos miradas que se enganchan, que se atan, que se aprietan la una contra la otra sin posibilidad de escape. Ella, sustrayéndose, no sin esfuerzo, a semejante fuerza, de pie sobre la arena le volvió la cara con desprecio. Tornó a ponerse de cuclillas como una niña, para seguir con sus dibujos de dragones y hadas celtas sobre la arena, absolutamente indiferente ante el recién llegado. Este, algo irritado ante el terco desprecio de una reina hermosa y fría, bajándose de un salto de su montura, ese soberbio corcel alazán, se acerca hasta ella, y haciendo una ruda reverencia, le habla con su voz más amable.—Ave reina icena, soy Dacio Cornelio Licinio y soy el nuevo general de las cohortes romanas en Britania. Lamento mucho que lleves cadenas. Decurión Gaulo, ¿por qué habéis encadenado a la reina celta?— General Dacio, es una prisionera y Marco ordenó que todos los prisioneros deban permanecer encadenados. Y especialmente, la reina britana porque es un valiosísimo rehén.— ¡Quitadle las cadenas inmediatamente! ¡No, esperad…! ¡Ya lo haré yo! Sois más bestias que las mismas bestias, soldados. No, no nada temas mi reina. Sólo quiero liberarte de estas infames cadenas… Pero ella, dueña de una arrogancia infinita, guardando un obstinado silencio, permanece en su altiva actitud de no querer mirar a Dacio a la cara.— ¿Quieres que te quite estas cadenas verdad reina de los icenos? Contéstame. Dime, ¿por qué no quieres hablarme? ¿Por qué no quieres mirarme? Pero ella es demasiado orgullosa para dignarse siquiera a hablarle, y se siente demasiado humillada para pedir clemencia. Y menos de un romano. Aunque fuese el mismo emperador Claudio. Antes la muerte. Sus labios permanecen cerrados. «En cuanto me haga fuerte, me vengaré», piensa. De pronto echa a correr hasta la mar, sin importarle nada sus cadenas, y se mete hasta la cintura en el agua. Sigue avanzando. El agua es de hielo. Las olas la derriban sin esfuerzo, olas verdes y densas como una pared. La mar, tan vieja como el Tiempo, abre la boca para tragarse las almas de los hombres y allí quedan entre las olas, errantes. «Antes y mil veces la muerte, que rebajarme ante este romano». Y una ola, aún más grande y más verde que la anterior, la volvió a sumergir completamente. Sin embargo, y como buen general de las invencibles legiones romanas que era, Dacio Licinio ya se esperaba una reacción semejante por parte de la reina celta, y, sin pensárselo lo que se dice un instante, sube de nuevo a su caballo y metiéndose con él en el agua, saca a Siria de entre las olas. Sobre el caballo negro del romano, ella tiene los ojos cerrados. Tal vez al abrirlos todo haya terminado. Él, quitándose la capa y envolviendo en ella a Siria sale al galope hacia el castrum romano. Un lobo aullaba en la distancia azul del horizonte. La nieve caía sin tregua y el cielo y la tierra parecían lo mismo. Pronto llegaría el día, y ya resonaba lejano y lúgubre, el cuerno celta pregonero de la batalla. En el castrum, los centuriones, centinelas, caballos, parecían estar tocados de un tenue hechizo, un encantamiento pasajero que les permitía acallar sus voces y serenar sus ánimos. La calma que precede, dicen, a la tempestad.—Tengo todo lo que un hombre puede desear: un caballo victorioso, una espada imbatible, valor y audacia, un carácter templado y un alma fogosa. Puedo cabalgar de sol a sol, y no quebrantarse ni mi salud, ni mi ánimo. Mis hombres y yo portamos los orgullosos estandartes de nuestras conquistas, en nombre de Roma, desde África hasta las umbrías costas del norte. Mi nombre es sinónimo de gloria. Tengo buen cuerpo, como bien y duermo mejor. Y sin embargo, desde que ayer te vieran mis ojos junto a la playa, un demonio terrible habita en mis entrañas. Dime, reina icena… ¿qué quieres que haga? ¿Quieres que te libere traicionando así a mis hombres y a mi condición de general de las legiones conquistadoras? ¿…quieres que huya contigo y me ciña junto a ti la torke dorada de tu pueblo…? ¿…que olvide que soy Dacio Cornelio Licinio y que mi padre, un noble tribuno itálico espera ansiosamente mi regreso? ¿No quieres esto Siria? ¿Dime…? Pero ella no contestó, como una sirena que hubiese pactado su silencio a cambio del amor. Eire, cubierta con una pesada piel se levantó de la cama y caminó descalza, sin hacer ruido, hasta la hornilla donde ardía un agradable fuego, y se sentó junto a él. Eire es el alba. Una sirena despertando al sol arrullada por un oleaje sin espuma. Ella es mi espera y mi paciencia. Es mi reina, es mi rabia y mi alimento. Sin ella me pego cabezazos contra el muro de la angustia; sin ella no soy más que una frágil rama en medio de una corriente ecuatorial. Ella es de seda y aire, de agua y piedra, de cristal y relámpago. Me acuna su voz soleada, su verde mirada de niña rebelde. Dame la mano y ven conmigo. Te desnudaré despacio, te acostaré en mi cama, te besaré en la frente como está mandado, mi reina. Me beberé de nuevo tu risa, el agua fresca de tus labios, las almendras de tus muslos, el fuego de tu piel pálida y perfecta como la de un hada.Vivir sin ella es como vivir en una casa que no es mía, o en un país sin océano. Ella me lleva a su mundo, y es un mundo maravilloso donde los niños se apretujan en las ramas de los árboles y nadie huye de nadie. El romano le contó que llevaba en guerra toda su vida, que había visto grandes pájaros de color rosa sobrevolando los cielos naranjas y polvorientos infestados de langostas de Egipto; que en Libia había visto una flor gigante y blanca brillando entre las dunas por la noche, cuyo perfume había matado a media docena de sus hombres; le contó también, que hay una montaña azul en medio del desierto y que la luna llena baja todas las noches por su ladera; le habló de los ríos de fuego al anochecer, donde animales monstruosos bajan a beber cautelosamente para no ser devorados por otras bestias, aún más terribles; de la silenciosa Esfinge que vigila las caravanas d

ercaderes con sus impertérritos ojos de piedra; de los misteriosos faraones que duermen desde hace siglos, dentro de misteriosos recovecos en los más profundo de las pirámides; que en la batalla, un día y otro, y otro más, creyó morir, pero que siempre terminaba en medio del caos, con su gladius centelleando al sol mientras la sangre y el sudor de la Gloria cegaban sus ojos..— ¡Oh, dioses, cuan injustos sois conmigo! Este hombre merece mi odio, no mi amor… pero no puedo hacer nada. Nada sin su voz. Nada sin sus ojos. No hay nada más allá de su voz, ni quiero saber nada. ¿Nada? Intento pensar en mi huida, pero vislumbro días terribles sin él y la huida entonces se me antoja una condena inaplazable, porque tengo que volver con mi pueblo, y él ya no estará junto a mí. Los días y las noches transcurrían ofensivos, sangrientos… incansables hordas de guerreros fustigaban los emplazamientos romanos, dispuestos a cualquier cosa para liberar a su reina. Dacio Licinio pensó en liberarla. Pero sólo lo pensó. En la noche secreta -era la noche de castrum y lobos cercanos-, entre las pieles de oso, no existía, en efecto, nada en el mundo más que ellos dos. Sin embargo, en muy pocos días, ella escaparía furtivamente de allí. Pronto estaría galopando hacia la playa. Y él tras ella. ¡Huir, huir hacia la playa, allí esta su salvación!— ¡Galopa caballo mío! ¡Sácanos de esta carrera mortal! ¡A la playa por tu vida! ¡A la playa, por fin! Pero los lobos no dan tregua, pero el látigo no acalla sus aullidos. El frío atenaza el aliento de las jaurías, Hyanus, boquea casi sin fuerzas cabalgando bajo las sarmentosas copas de los árboles, y los guerreros, ahora ya los icenos por el costado del río, en busca de su reina, gritan a los lobos con blasfemias, embrutecidos por la rabia, y el hambre. Uno de ellos, un personaje siniestro, un cabecilla de barbas naranjas y ojos como de cristal, con los labios erizados de puntillas de acero, una enorme espada dentada, y un caballo rojo el Infierno, Brigomaglos el Oso… Por los aires bajan suavemente, pequeños copos de nieve y la voz del bosque, ulular, crepitar, rumores y chasquidos, y el perenne murmullo de las olas, se acalla sólo para dejar escuchar los lúgubres aullidos de los lobos, y el cuerno de los guerreros icenos. Ella llegó por fin a la playa. El mar tenía una lánguida claridad como de aceite dorado, el viento gritaba con el áspero lenguaje de las gaviotas… pero allí estaba el General, con su espada ya desenvainada, esperándola a ella, y ella sonreía en medio de la tormenta. Cayó de su montura desmayadamente en la arena fría y oscura del invierno, y aunque las olas rompían no demasiado bruscamente, el terrible viento del norte mordía la carne como un perro rabioso. El general Dacio corrió hasta ella, la abrazó, la besó, la acurrucó dentro de su capa y la reina sonrió dulcemente, con el miedo borrado de su rostro, con la desesperación y la ira alejadas para siempre de aquellas facciones tan bellas. Sin embargo, él sintió un terrible dolor en el brazo, la espantosa dentellada de uno de los lobos más audaces se clavaba con ahínco en su carne, incluso a pesar de la gruesa capa del guantelete de cuero y acero que protegía su antebrazo… Por el camino se habían quedado tirados, vencidos por el frío y el agotamiento, la mayoría de los lobos, y un guerrero iceno gigantesco que sucumbió ahorcado por una rama de espino, donde toda la mañana había estado gorjeando un jilguero. Brazos que blanden una espada que relumbra con los rescoldos de la luz de que viene del mar, envuelto entre la nieve y la rabia.—A muerte romano. A muerte. El general Licinio levanta su espada al aire helado, y de un tajo brutal, cercena la cabeza de la bestia que mordía su brazo y que se había acercado peligrosamente hasta la reina. Los dos únicos lobos que habían sobrevivido a la cacería, se abaten salvajemente hacia el cuerpo sin cabeza, y entre gruñidos y dentelladas, convierten al animal en un atroz despojo sin forma. Eire en tanto levanta un poco la cabeza desde el refugio que constituye la capa de su amado y vuelve a dejar caer lánguidamente una maraña de cabellos de fuego, y nieve, entre la arena. Las gaviotas chillan a lo lejos, el océano es pura espuma, y la nieve cae blandamente sobre los dos formidables guerreros. Arden las espadas en cada acometida, cruzado el rostro del general romano por una terrible sombra de angustia, de ira inhumana, de rencor. El de Brigomaglos, es el rostro de la venganza, del miedo… Y los dos, con un poder sobrehumano de destrucción, bajo aquella enorme cúpula de donde habían huido ya todos los dioses. —Huye, huye ahora que puedes, romano. Más guerreros bajando van ya por los acantilados. Toma mi espada, y vete en paz.—No, mi reina. Un legionario romano prefiere mil veces la muerte antes que la huida. Mis hombres me darán caza, me golpearán hasta la muerte. Y si por desgracia sobrevivo, me mandarán a galeras. Y lo peor de todo: la conciencia. La conciencia de un hombre puede ser su mayor enemigo. Los celtas no lo dudan ni un momento, rodeando a los mucho menos numerosos centuriones de Dacio, unas cuantas hábiles estocadas y vuelan por los aires las cabezas de un par de romanos. Arrecia la ventisca. Rechinan las dientes y al unísono las espadas de hielo. Dacio arremete contra los icenos y caen tres cuerpos pesadamente enterrándose en la nieve. Al final queda en pie como un estandarte romano viviente la imbatible figura de Dacio Cornelio Licinio, frente a Brigomaglos el Oso.—Pide clemencia, romano. Pide clemencia en tú última hora. Nosotros no, desde luego. Pero tal vez tus dioses sean benevolentes contigo y te estén reservando un buen lugar en la Eternidad.Se escrutan como bestias a punto de lanzarse sobre la pieza más valiosa. Su espada tienta el pecho metalizado del general, pero con un rápido movimiento de muñeca este se arroja en cuerpo y alma sobre su enemigo, una montaña cubierta con una enorme piel de oso, y casi a ciegas, hunde el acero hasta el puño en el pecho del britano.—Esto es todo por ahora amigo mío. La Inmortalidad es sólo para los dioses. Aúllan los lobos, allá cerca, muy cerca. Olisquean la sangre, olisquean el miedo. De pronto, Dacio Cornelio Licinio cae a plomo muy cerca del guerrero britano, que ya no respira. El viento levanta los cabellos de la reina Eire, como si quisiera llevarla lejos, volando entre las nubes y los pájaros. Como si quisiera hacerla su reina, la Reina del Viento, lejos de aquél espantoso lugar, y buscar esas lejanas y ardientes tierras de las que él le habló, allá en el campamento, cuando ambos se amaban como uno sólo. Ahora él estaba absolutamente a su merced. Ha matado al mejor de mis guerreros. ¿Y qué hago yo aquí de pie, sin que mi mano le haya dado muerte aún? ¿Y cómo es posible que le permita seguir viviendo tanto tiempo después de haber asesinado a mi valiente Brigomaglos? Debo, sí, sin más retardo, cortar su hermosa cabeza con esta inmunda espada romana manchada con la sangre de mi pueblo. Toma la cabeza de Dacio entre sus manos. El inconsciente general entreabre los ojos un instante, se encuentra con la terrible mirada de ella. El dolor que siente por la llaga del pecho se los vuelve a cerrar, y así, lentamente comienza a recuperar el conocimiento. Entonces, ella siente todo el frío del mundo entrándole por la boca, ganando su pecho, apagando su corazón.—Si él muere, muero yo. Aunque siga viviendo. Aunque continúe respirando, y hablando, comiendo, y andando, estaré más muerta que Brigomaglos el Oso. Y Eire, la orgullosa Eire, la bella Eire, se arrodilla, y besa al romano, su enemigo, en los párpados, en la frente, en la boca… Y desabrochando su sanguinolenta malla de acero, introduce sus cálidas manos, palpa su pecho, acerca su mejilla y siente esos maravillosos latidos golpeando suavemente en sus sienes. Coge un poco de nieve, la aplasta contra la herida y se abraza a él, que ya es más suyo que su propia vida. Abrazados, entre la arena y la nieve, cuando él, por fin, abre los ojos reconfortado por el calor de su reina, romanos y tribus celtas luchan ferozmente en los bosques. No hay tiempo que perder. Se oye el metálico resonar de la batalla muy cerca ya. La nieve cae. Ella tiene los puños cerrados. Al abrir la mano, antes de subir al caballo, un caballito del diablo sale de entre sus dedos y se aleja revoloteando como un copo azul entre la nieve. Buen augurio. Vivamos pues.Cuenta la leyenda que desde las costas de Galicia, cuando el tiempo es benigno, se pueden ver las lejanas tierras de Britania. Cuentan que hace mucho, muchísimo tiempo, desde esos verdes y sombríos acantilados, zarparon una reina celta, y un noble tribuno romano. Que arribaron a estas borrascosas playas, y que el resto de sus vidas sólo a ellos pertenecía ya.FIN(En la imagen, Miranda, de John William Waterhouse)

Cuentos en primera persona

Hoy: La metamorfosis, de Franz Kafka.

LA CUCARACHA QUE VINO A CENAR.

Una vez leí que el imsomnio es como un reloj del revés. Un reloj extraño que funciona para atrás. Y esa noche, noche de lluvia , ampulosa, densa, naranja, yo padecía en mis carnes los efectos de un imsomnio feroz, con ese reloj desquiciado funcionado al cien por cien. La lechuza que vivía en la arboleda frente a mi casa, con su ulular perdido entre ramas y hojarasca, parecía que se compadecia de mi de mi sueño que no llegaba, de mis ojos abiertos a la negrura de una habitación que cada vez se asemejaba a un laberinto atiborrado de bocas y de cajones que guardaban voces que no decían nada. Una cajita de música invisible sonaba entre los pliegues de la sábana del fantasma que viviá eternamente dentro de mi armario. Sus párpados, con brillo de guadaña, no terminaban de abrirse jamás. Pasó una moto no sé por donde; pasó un nubarrón que aún volvió más oscura aquella estancia sin puertas ni tejado. Los ojos de la noche se asomaban curiosos tras las cortinas de seda blanca, tan blanca como la tela de una araña cazadora. El chirriar de una puerta movida por el viento crispó aún más mi nervios, que se enredaban entre el suave terciopelo de mis cabellos revueltos. Entonces la vi. Al encender la lamparita rosada de mi mesita, la vi. Con todo el horror de mi alma, la vi. Allí estaba ella, ser viscoso, marrón, con sus largas y delgadas antenas buscando miguitas febrilmente; con su aparatoso abdomen como un dátil viviente, agazapada tras la pata de la silla de mi escritorio. La vi, y cada particula de mi cuerpo se erizó con un sutil espasmo provocado por el asco y el miedo. La vi. Creedme. Y con sus antenas y sus ojillos, o lo que fueran, me sonrío.

-No te asustes. Es para mi una verdadera molestia estar así, bajo la pata de una silla, con toda mi insignificancia puesta a tu merced. Yo, que en otro tiempo volaba junto a cometas y asteroides. Yo, que tiempo ha era tan hermosa como la más hermosa de las galaxias…

Paralizada por el terror, exactamente igual que yo, el pobre insecto me dijo que tenía hambre, y que si ya había pasado la hora de la cena.

-Voy a por una escoba, el bote de Bloom, y la fregona.

-No, de verdad. No me mates. Hay tanto por lo que vivir…

Entonces, de sus alas color marrón cucaracha surgió una pierna. Una pierna esbelta, torneada, blanquísima; una pierna magnífica diría Groucho Marx y soñaría con ella.

– No me mates, por favor. No sé que me pasa, y es que cada vez te veo mejor. Pero en cambio ya no me apetece nada corretear bajo tu cama.

Al poco tiempo, yo con los ojos lánguidos y verdosos, y el sordo tintineo de la lluvia martilleándome la mente, a la cucaracha le crecieron dos brazos perfectos de mujer, y su cabeza de artrópodo inmutable, lentamente fué convirtiéndose en una cabeza con ojos, labios, nariz, humanas. Y al final, entre la melena rubia con rizos, y unas cejas perfectamente depiladas, cada vez resultaba más parecida a Bette Davies. De pronto un golpe de luz invade abruptamente las violáceas tinieblas de mi cuarto, mientras la puerta se abre de par en par. Mi hermana entra en escena y aplasta al pobrecito artrópodo con su tacón rojo de charol.

-¡Agggggggggh! ¡Qué ascazo! Pero, nena, ¿estábas tan estás muerta de miedo que eras incapaz de liquidar a semejante bicho?

Metamorfosis finalizada.

The End.

Luna de invierno.wav

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Los perros de la noche

Violeta es la luz del bosque en esta hora oscura en la cual, los árboles se convierten en brujas. Una lechuza esponja sus alas sobre la rama de una encina, en cuyas ramas más altas se ha quedado enredado un rayo de luna. Más abajo una culebra corre en zig zag apresuradamente tras un conejo blanco con ojos de rubí, al que atrapa justo cuando la lechuza busca también un poco de cena para aliviar su pobre estómago vacío. El conejo escapa pero no la culebra que tremina durmiendo en el estómago de la rapaz.

Cuando el sol está ya escondiéndose tras las montañas, los crujientes escarabajos, las mariposas de terciopelo dorado, las frágiles libélulas de organdí, corren precipitadamente a ocultarse bajo misteriosos refugiod donde ningún mal les pueda sobrevenir. El Mal es la oscuridad donde acechan gatos gigantes y paja´ros carnívorod.

El enano que bajó un momento a por tabaco.

Durante toda la Tercera Edad, Lindon sobrevivió como tierra de los elfos, y las Montañas Azules siguieron siendo hogar y refugio de diferentes pueblos de enanos. Cuando Smaug atacó Erebor y sus habitantes tuvieron que huir, se establecieron en estas montañas esperando algún dia volver a recuperar su reino.

( El Silmarillion, J.R.R Tolkien.

Este tipo que me saluda correcta y amablemente entrando por la puerta de mi cafetería al filo de las siete y media de la tarde de un viernes, me regala un velero de madera en el cual, en una plaquita metálica sobre el casco se lee:

«Recuerdo de Chipiona».

-Buenas tardes, Alba. ¿Cómo va eso? Te saluda un amigo, un cliente, un rendido admirador…

-Hola Máximo.

Y el hombre que es en realidad Grór, hermano de Thrór, quién guió al resto de supervivientes de las Colinas de Hierro, sonríe dejando entrever sus agudos dientes de chacal, y ese intenso brillo en la mirada que llevan como un tatuaje los grandes bebedores de cerveza. Máximo, o Grór, es un enano fornido, barbudo, de enormes ojos oscuros, sombreados por cejas bien pobladas y nariz y espaldas bastante desarrolladas. Y el tipo me cuenta, para que me entere, mientras saca un paquete de tabaco de la máquina y lo va abriendo tranquilamente…

-Nada, Albilla, hoy no voy a tomar nada que me voy escopetao para arriba. He bajado un momento a por el paquete Winston y me subo enseguida.

Dijo. Y eran exactamente las ocho menos diez de la tarde. Pero mucho tiempo y muchas cervezas después, todavía estaba Grór hermano de Thrór, el de las Colinas de Hierro, rulando por ahí, agazapado tras unos y otros, más borracho que un pirata el día de paga.

Unos minutos antes de haber aparecido por mi bar, todavía en su casa, Máximo Gómez Bayona, Grór, natural de Belegost, en la parte central de las Montañas Azules -o de la Sierra de Grazalema, que viene a ser un poco la misma cosa-, explicaba a su mujer Celia, abriendo la puerta de la calle:

-Cari, bajo a por tabaco a la cafetería de Alba, y subo antes de que te des cuenta. Ve enharinando los boquerones, cacho guapa…

-Pero Maxi, si yo estoy bañando a la niña…

-Bueno, bueno, subo en medio minuto y los enharino yo. Verás cari que no tardo nada. ¡Antes de que saques a la peque del agua estoy aquí!

Las últimas palabras las ha ido diciendo saliendo por el jardín, con la puerta de la calle ya cerrada.

Y ahí en el baño, madre e hija, entre pompas de jabón con olor a fresa y burbujitas de color azul flotando ante los azules ojos de la peque de seis meses llamada con el precioso nombre de Elvira, hay risas y canciones de ratones y brujitos de Gulugú. En tanto, ahí al lado en la milenaria cafetería Galadriel

-¡Tío, Max! ¿Qué tal?

-Hola, Sting. Nada tío le estaba contando a Alba que me voy ya para mi casa. Sólo he bajado un momento a por tabaco, y ya me voy. Es que como Celia está terminando de bañar a la niña y…

-¿Cómo? ¿Qué no te vas a tomar ni una birraaaa? ¡Anda que no! Alba, por favor, ponle una jarra bien fría a Máximo.

-Pero ¿no oyes que dice que no puede? Su mujer está arriba esperándole, jopetas.

-Estooo, bueno venga Albitita. Ponme una. Pero solo una ¿eh? Tío, Sting, que de verdad solo una.

-¡Madre mía, qué poco fiables son los enanos de las Montañas Azules !

-¿Qué decías, Alba?

-¿Yo? Nada, (Grór, hermano de Thrór, los que salvásteis a los supervivientes de las Colinas de Hierro…)

Me entras unas ganas locas de no ponerle ninguna cerveza a estos tipos, y hasta se me ocurre cerrar mi cafetería y largarme a Nueva York. Pero va entrando más gente, y entonces observo por la ventana como la luna de abril ilumina un limonero cuajado de perlas amarillas, dotándolas de poderes maravillosos. Todo aquél que contemple este limonero, o coma uno de sus dorados frutos, vivirá mil felices años. Pero vuelvo a la realidad más que nada debido a la bulla imperante, y pongo sobre la barra de madera dos cañas tan frías como el cuerpo de un vampiro antes de ponerse el sol.

-Alba, eran dos jarras, no dos cañas.

-¡Upsss!

-Bueno a mi me da igual, Sting. ¡Mejor, así duran menos, jajajaja!

-Alba, Alba…, ¿es que nos quieres echar ya?

-¡Uahhh! ¡Qué fresquita! ¡Hoy si tienes la Cruzcampo como mandan los Diez Mandamientos!

El local comienza a animarse, y pongo música. Los Piratas y sus Promesas que no valen nada, nada, nada, nada… Y me despido de Grór, o lo intento. Pero no hay nada que hacer.

-Bueno, pues adiós Máximo. Recuerdos a tus dos amores del alma.

-Vale, Alba. Ejem, adiós… hasta la vista Sting.

-¿Pero ya te vaaasss? ¡Pardiez! ¡Pero si esto no es nada! Mira por favor, por favor, Alba, pon dos jarras hasta el borde. Y unas aceitunas de esas que pones a veces cuando los clientes te caen guay, preciosa.

-Sting… basta ya. Su mujer y su hijita le esperan desde hace mucho.

En estas va entrando por la puerta más y más peña, y al rato aparecen Rita, Beatriz y Lilith, con todo el glamour de una diva de la Columbia en los años cuarenta.

-¡Yujuuuu, Alba! ¿No pones el fútbol? Que le vamos a dar una paliza a esos colchoneros. Y a mi me pones un chupito de Rua vieja con hielo, cielo mío; a Rita un cubata de ron con cola, y a Lilith un cóctel molotov bien cargado, porfisss. Ah y esas almendras y patatitas de miel y limón que pones algunas veces, cuando los clientes te caen guay, preciosa.

Lilith. vestida de negro y púas, con un cuervo más negro aún que su mirada, sobrevolando sus pensamientos, va cantando a media voz como en una letanía fugaz y equívoca.

– Si, fumo. ¿Tú no? Soy delgada. Tú no. Creo que al enamorarse siempre pierde alguien. Antes o después. Lo mejor en esta vida es ser independiente, con todas las consecuencias. Y si alguien te hace daño porque si, que lo pague. Que cobre. Si tu eres inocente y te golpean sin motivo, con saña incluso, ve a por ellos. Defiéndete tú. Cuídate tú. Quiérete tú.

Y es que acababa de cortar una vez más con su novio Jeremías, el cual una o dos sillas hacia la salida, charlaba animadamente con su vaso de wisky y con la vecina de Lilith, una chica muy rubia, con muchas curvas y un moño a lo María Antonieta. En tanto el enano Grór de la Tierra Media permanece inamovible entre el interior del local y el resto del mundo.

-Bueno, de verdad, de verdad, que yo ya me voy. Joder, sin darme cuenta llevo ya una hora

-No, hombre no. Máximo, tío, ¿te vas a perder al Betis por Canal Plus? Coñío.

-Es que me voy ya, en serio, Sting. Y yo tengo Canal Plus en mi casa, je je.

-Eso dijiste justo hace una hora, Máximo.

-Ya Alba, pero ya sí que me voy. Ya sí….

Para colmo de desgracias, que, dicen, nunca vienen solas, se les unen otro amigo, y otro, y otro. Ahora es Hendric, un vikingo de pelos rizados y rubios, de casi dos metros, heavy a más no poder, con piercings agujereando sus cejas, labios, y nariz.

-¡Pero hombre, Máximo, que yo acabo de llegar! Una jarrita y un gol, y te vas. ¿Nos vas a hacer el feo, después de que nos vemos poco y mal?

-Hola, Hendric, jejeje… no, no, no, es que he bajado un momento a por tabaco mientras mi mujer baña a la niña, ¿sabes? Como quedaba un ratiyo para que empezara el partido y me daba tiempo, pues digo: voy a bajar un momento a por tabaco y subo enseguida. Es que, como te digo, no iba a bajar pero entonces…

-¡Jajajaja! ¡Venga hombre, que no son ni las diez! Por favor Alba, cuatro jarras y unas almendritas poderosas, haga usted el favor señorita.

-Bueno, bueno, Hendric, pero solo una, en serio. Qué mira que ya llevo aquí una hora y media y mi parienta…

Pero el gigantesco vikingo del Betis ya tiene las neuronas puestas en otra cosa.

-Alba, ¿ y las almendritas?

-¡Oh, cuánto lo siento, Hendric! No queda ni una.

-¡Hum! ¿Cacahuetes?

-No.

-¿Patatas fritas con miel y limón?

-Te va a hacer gracia, pero no.

Y así entre botellines y chupitos, jarras, piratas, elfos, vikingos y enanos; faunos, divas y princesas; chicas malas y demás, llega un momento en el cual solo se escucha una profunda exclamación de desagrado. Entonces…

-¡Nooooooooooooooooo!

En la pantalla un tipo vestido a rayas rojas y blancas, mete un golazo que no ve el portero del otro equipo que va de verde y blanco, hasta que el balón ha llegado a Puente Genil. Y sacude las lenguas de los allí reunidos un temblor como de ganas de gruñir pero en idiomas diferentes. Otro tragazo, malta y espuma, y el enano Grór, hermano de Thrór, el que guió a los supervivientes de las Colinas de Hierro me pide que le ponga otra jarra. En tanto su móvil- con la sintonía de la serie de televisión Expediente X– , suena una, y otra, y otra vez.

-¿Cari?

_¡………………..!

-¡Cari!

-¡….!

-¡Voy ya para casa! ¡Que no tardo nada! ¡Que estos cuatreros me han enreao!

-¡….!

-¡No te oigo…! ¿Qué? ¡Bueno, que no tardo niña!

-¡¡¡…………………..!!!!

-Max, creo que he visto a tu mujer asomada a la ventana y te estaba llamando hace un rato. Creo que deberías irte.

-No no era ella, Albilla. De todos modos, llevo el móvil. Así que no te preocupes, princesa, que si me llama me voy para arriba.

Hendric, el vikingo del Betis, se mete por la banda derecha sin ser invitado.

-Alba, hija, ni que fueras su conciencia. Por favor, pon aquí unas jarritas para estos señores y mi persona. Hermanos, ser bético y sufrir es la misma cosa.

Gentío, vapores de otros mundos, extraños seres llegados desde quién sabe dónde a quién sabe qué. Enmedio del bullicio suena una vez más la música de Expediente X.

-¡Qué sí, cari qué voy ya!

De pronto suena una sola garganta y una sola y palpitante palabra se enrosca como una pitón por los orificios de toda mente, despierta o no.

-¡Gooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooool del Betis!

Y se sale a la calle en plan pelota vasca gigante, todos a una Fuenteobejuna, a festejar un gol de los verdiblancos de la comarca. Y muchas jarras, cubatas, bourbon, y cigarrillos son consumidos en una orgía sin tapujos. Pero…, como nunca llueve a gusto de fabricantes de paraguas y agricultores, otros enferman de rabia durante cinco minutos, y dicen que el partido está amañado y que blablablabla es mejor el Sevilla, o los otros rojiblancos. ¿Qué más da?

Ahora, y ya para finalizar tan gratísima velada, y como el partido hace aflorar las esencias más oscuras de la peña, enanos, elfos o medianos, incluso princesas, decido sabiamente cambiar fútbol por música para serenar a la bestia que todo ser lleva dentro, y surge pletóricamente con dos o doce copas de más.

Las palabras fueron avispas
Y las calles como dunas
Cuando aún
te espero llegar

-¡Heeeyyyyy que pasaaa, Alba! Pero, ¿cómo nos haces esto? ¡Qué ganaba el Betiiiisssshhh!

-¡Oleee, genial! ¡Héeeeeeeeeeeroooooooeeeeeeesssssss!

-¡Quéeeee ascooo Alba, tía! ¡No soporto al Bunbury! ¿Puedes poner a Extremoduro por favor? ¡Gracias!

Quiero ser tu perro fiel
Tu esclavo sin rechistar
Que luego me desato y verás
A ver qué me dice después

-¡Aaaaaahhsssggg! ¿Esos drogatas insoportables? ¡Alba, porfas!

Why do you come here?
Why do you hang around?
I’m so sorry
I’m so sorry

-¡Ouuuussssshhh, Morrissey! ¡Genial ¡Qué guapoooo!

-No hombreeee. Alba, ¿es necesario? ¡Por favorrrr!

Para mis manos tumbaga,
pa mis capricho monea
y pa mi cuerpo lusirlo
mantone bordao, vestío de sea.
La luna que yo pía
la luna que me da.

-Pero, ¿esto que eeesssss? ¿Ahora nos pones María de la Oooooooooo?

-Se acabó. Fuera todo el mundo. Son las doce y me voy a mi casa. Galadriel café se despide hasta después de la Primera Edad del sol.

-Pero Albailla, Albillita, Albillaita… es de noche en la Comarca; resplandece como un sol, el terrible ojo de Mordor. Saruman está al acecho… ¿Qué año es este? Muero. Muero ya por siempre. Adiós…

Y cae en redondo contra el suelo. Pero sus amigos lo recogen, lo llevan en camilla a su casa, y al mes, o antes, nos dice alguien que Grór-Máximo, hermano de Thrór, se está divorciando de su mujer.

-La vida Alba, la vida qué mala es. ¡Qué mala!

Ada GA. Abril 2010.

LA MERIENDA

la señora Bettsy y su hija la distinguida señorita Lucila Bellamy

oh, que alkegria cuanto tiempo sin vernos, queridas

Y que guaoas estais que joven

señora harvey usted tan amable

pensaba que había muerto

oh, no, aún me qudean muchas balas en la recamara, señora Bellamy

sabe usted quien s eha muerto. el señor lordley, y la señora Grimshaw

los pobres, es que ya eran muy vijecitos,

si verdad

pues nada pasen pasaen y pongase comodas, los demas invitados poronto llegaran

sientese aqui larededor de la mesa,

les presento a la señora Soraya Crowley, es escritora, medium, y sabe leer el tarot

oh, que emocionnate

si si, encantada

yo prefiero el termino conectantemejor que medium, ese termino esta ya algo trasnochado. yo soy conectadora

oh, que miedo

çsilencio, las personas aqui reunidas si hay alguien sensible y dado a la histeria le ruego que por favor, salga

SOMBRAS EN LA VENTANA

Ocurrió hace ya más de cincuenta años, y apenas hay nadie que lo recuerde tal y como pasó. Fue, me contaron, durante una fuerte tormenta, una tarde de marzo de 1948 en la cual a la señora Remedios se le cayó media pared de la cocina, y la pobre mujer casi va al cielo del tirón. Después de aquel lamentable suceso vinieron, durante los años siguientes otros hechos parecidos: ventanas que se caían de viejas; grietas abiertas en los altos techos; humedades por aquí y por allá, y que provocaban la caída del enlucido, y de lámparas y cuadros; tuberías por donde salían ratas, babosas y otros seres aún más espeluznantes. La señora Remedios, su marido, y sus tres hijas, fueron los primeros en marcharse de aquel viejo portal que las personas más ancianas recordaban ya viejo en su nebulosa juventud. Construido a finales del siglo XIX en una calle no demasiado céntrica de la ciudad de Burgos, la vivienda número 29 constaba de tres amplios pisos con baño -un verdadero lujo para la época en la que fue construido-, cocina con puerta de servicio, patio lavadero, techos altísimos, molduras de fina escayola simulando agujas de catedral gótica, hojas de arce, uvas, y dioses griegos de grandiosa y perfecta belleza; hermosas escaleras de forja; madera noble en el pavimento; terraza y ventanas grandes que le daban luz y esplendor a las tres habitaciones y al salón comedor de la vivienda. Pero todo esplendor, por muy intenso que parezca, ya lo dijo Wordsworth, poco a poco, en el pesado y feroz transcurrir del tiempo, va desapareciendo,

hasta perdurar tan sólo en un recuerdo.

Aunque el resplandor que

En otro tiempo fue tan brillante.

Hoy esté por siempre oculto a mi mirada,

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello

Que en mi juventud me deslumbraba,

Aunque nada pueda hacer por

Volver a la hora del esplendor en la hierba,

De la gloria en las flores,No debemos afligirnos

Porqué la belleza Subsiste siempre en el recuerdo.De manera que un día de finales de 1964, aparecieron por fin expertos peritos del ayuntamiento y dijeron al cabo de una semana de estudios muy exhaustivos, probos y concluyentes, que aquellos pisos estaban en ruinas, aquejados de goteras, ratas y otras cosas más técnicas y más pesimistas. Lo peor era que había que precintar inmediatamente el edificio, aunque las ultimas vecinas que quedaban en la desvencijada vivienda eran las muy ancianas señoras Miranda y Aranda Belladona Castro, ya que los demás vecinos se habían ido marchado… o habían ido muriendo de viejos.

Jaime y yo almorzábamos felizmente en un elegante restaurante frente a aquél edificio una muy luminosa tarde de julio, muchos, muchos años después de que hubiesen tapiado la puerta del portal, los bajos y las ventanas del primer piso. Oscuros vencejos volaban pesadamente sobre las tierras amarillas y verdes de Castilla, mientras el sol pegaba lo suyo encaramado a un otero en las afueras. Nosotros dos, en tanto, enamorados como nunca, bebíamos dichosamente por nuestro amor, comíamos poco y rápidamente, y después seguíamos camino. Pero ante aquél vetusto edificio de ventanas tapiadas, mole elegante y bien plantada a pesar de todo, yo me quedé fascinada y quise permanecer un poco más en aquél restaurante burgales a comenzar allí la tarde con un café. Después nos marcharíamos de allí quizás para no volver jamás. Así que imaginé vidas, días, penas, alegrías, fotos, rumores, risas, años en fin largos y lejanos, y todo eso tendría inevitablemente que desaparecer un mal día y dejar paso al monstruoso centro comercial de turno, al inevitable Mercadona, o al super moderno edificio inteligente. En las casas vacías, me contó alguien una vez, vete tu a recordar quien, en las casas vacías se hospedan a modo de intangibles okupas. seres de niebla y luz, espíritus puros cuyas manos pueden coger una maceta, cambiar de sitio un viejo y abandonado libro, esconderse tras un visillo ajado y gris, mientras el pobre paseante del otro lado, del lado de la vida, del ajetreado lado de la calle, se queda un rato pensando si será verdad o no, lo que acaban de ver sus ojos. Y un tanto trémulo, y un tanto nervioso, cambia de acera y se aleja rápidamente de las cercanías de ese destartalado y añejo inmueble, que misteriosamente no habían llegado a demoler, y que tanto contrastaba con las nuevas y brillantes edificaciones a ambos lados de sus muros. Todo esto lo pensaba yo con una taza de té verde entre mis dedos, y Jaime frente a mí, terminaba de darle los últimos retoques a un libro cuyo título era como un verso o una canción cálida y extraña. Entonces, sin saber muy bien de donde había salido, una ancianita menuda, blanca como la sal, de pequeño y níveo moño sobre su diminuta cabeza, se acercó hasta nosotros, al mismo tiempo que nos pedía de la forma más encantadora una dádiva para santa Águeda, y sin pedir permiso, se sentó a nuestra mesa,. Quiso un vaso de vino de Toro, para entonarse, dijo.

“Miren ustedes jóvenes, la verdadera luz sale de la más profunda oscuridad. La luz que ciega y a pesar de eso, nos hace ver con más claridad que nunca. Yo vivía en esa casa de ahí enfrente, si, si, ahí en ese tercero que tiene la ventana de la cocina un poco entreabierta… y mi hermana Aranda, la mayor, también. Desde que nacimos, ya ven ustedes. Pero un día vinieron a cerrarnos la vivienda. ¡Los muy ladrones! ¡A dos viejas tan viejas como nosotras nos querían quitar nuestra casa! ¡Qué estaba en ruinas, decían! ¡Ja! Ellos, esos cerdos del ayuntamiento, esos malditos ladrones, ellos lo habían provocado sin mover un solo dedo en muchos años para evitarlo. ¡Maldición! ¡Si la hubiesen arreglado el mismo día que a la señora Remedios le cayó una parte de su cocina y casi la pilla dentro…! Pues eso, que vinieron hace ya mucho, creo que por el 68, no lo recuerdo muy bien, pero más o menos… si, coñe, vamos que sería por el invierno del 68 o ya casi el 69. Los bomberos, los peritos, la chusma del ayuntamiento… ala, a la fuerza a sacarnos a las dos vecinas que quedábamos a la puñetera fuerza, que no nos daba la real gana de irnos porque esa era nuestra casa. ¡Nuestra casa, recoñe! Uy, perdonen ustedes, mozos, que es que me altero mucho, y enseguida me da el patatús. Aranda, mi hermana, que maja, que maja, mi hermana Aranda, como le gustaba airear las habitaciones cada sábado, nevase, lloviese o hiciera un sol de veinte pares… pues miren ustedes, a Aranda no le gustaba pelear. Ella, pobrecica mía, ella nació con un pìe metido para adentro y aunque guapetona y buena moza, los gilipollas de los mozos ni la miraban. Menos mal que apareció el Mariano, que era del mismo Valladolid, y la quiso mucho y remucho. Pero el Mariano era un poco, vamos, que era un poco cortito y se metió a bañarse en la playa de La Coruña con pleno mar de fondo, (eso sería allá por el 52) y entonces sin avisar a nadie vino una ola muy bestia y se lo tragó casi entero, ya que dejó un zapato y un calcetín sobre la arena fría y llena de algas verdinegras, como dedos de bruja acuática. Coñe, perdonen niños, ¿Por qué les estaba contando yo todo esto? ¡Ah, bueno, claro! Pues esa gentuza, los cabrones esos del ayuntamiento, como les digo, a la fuerza subieron hasta nuestro piso, ahí, en la tercera planta, y metiendo sus botazas y sus sucias manos entre nuestros primorosos cajones, sacaron toallas bordadas, carísimos juegos de sábanas, tapetes de mil formas, cortinas, libros, macetas,… fueron guardándolas en cajas de cartón y bajándolas a la calle las fueron metiendo dentro de un camión de mudanzas. ¡Uyy! ¡Cada vez que me acuerdo me da algo!

— ¡Yo no me voy de aquí! ¡Esta es nuestra casa y lo será siempre! ¡Que lo sepáis, pandilla de intrigantes! ¡Cuatreros, más que cuatreros! ¡Qué solo os interesan nuestros ajuares, y nuestros dineros! ¡Ay, si padre viviese no os atreveríais a hacer esto!

—Señora Miranda Belladona, este edificio lo van a precintar, mientras estudian como arreglarlo porque ya ve usted que se cae a pedazos. Además de que tienen ustedes aluminosis, goteras, ratas, moho, los cimientos están malos. ¡Una ruina!

— ¡Cabrones! ¡Se cae a pedazos desde el año 48! ¡Haberlo arreglado antes! La enfermera me cogía las manos mientras los bomberos pegaban trastarazos a las paredes.

—Le van a hacer obras en condiciones, señora… ¿Ve? Ese señor de ahí abajo. Asómese usted a la ventana. Pues ese señor es un perito del ayuntamiento. Además, mientras tanto, usted y su hermana Aranda se van a un piso nuevo precioso con vistas a la estatua del Cid.

— ¡Qué le den morcilla al Cid, al perito del ayuntamiento, y a usted! ¿Y mi hermana? ¡Aranda! ¡Aranda!Pero a la pobrecica de Aranda, diez años más vieja que yo, casi, casi en el siglo, y mucho más remilgada, finolis, y achacosa, no soportó aquél disgusto de ver sus cosas metidas, en contra de su voluntad, en burdas cajas de cartón, ni de dejar su piso. Y entonces ¡ay que disgusto! ¡Qué disgusto madre de mi alma! Al sentarse en su mecedora para llorar a gusto, mientras los bomberos y los de la mudanza iban y venían a sus anchas por su casa, le dio un pasmo y ahí se quedó. Recuerdo aquella mecedora moviéndose lentamente, crujiendo… crujiendo, mientras Aranda ya había dicho adiós a las cosas de este mundo traidor.

De manera que tras vivir estas tristes experiencias, fui sacada a la fuerza por enfermeras y bomberos de mi casa. Por supuesto, enloquecida y presa de una rabia absolutamente comprensible, dadas las circunstancias. Si, si, no me miren así, jóvenes, les di que hacer todo el camino a los de la ambulancia. Después me llevaron a un hospital muy feo y muy blanco a que me pusieran dos o tres inyecciones de esas que te calman tanto, que te dejan convertida en una maceta. Pero a los pocos días me llevaron a una casa nueva, desde la cual se veía, por la ventana de la cocina, la estatua del Cid. Bueno. Esta ha sido mi historia. Espero que no os haya aburrido demasiado. Gracias por la copita de vino. Muy rica… me voy ya… buenas tardes, que sean ustedes muy felices jóvenes…”Y salió resuelta y muy ágilmente, teniendo en cuenta su edad, a la calle, una calle alejada del casco histórico de Burgos. La misma calle donde había estado su casa durante casi toda su vida. El hombre al que amaba y yo nos quedamos alucinando con esta señora y su historia; pero nuestra sorpresa fue aún mayor cuando él se puso a calcular cuantos años tendría ahora una señora que en 1968 tenía 85. La evidencia nos dejó helados. La buena señora tenía nada más y nada menos que 133 años… ¡Imposible!

—Vamos a aclarar este misterio ahora mismo, Claudia.Dijo. Y enseguida llamó a una de las camareras que nos habían atendido y que era en realidad la dueña del restaurante. Y mientras preparábamos nuestros chismes para irnos, le preguntamos si conocía a la viejecita que había estado hablando con nosotros sentada a nuestra mesa

— ¿Viejecita? ¿Qué viejecita? Yo no he visto a nadie en vuestra mesa, chicos.

— ¿Cómo que no…? Una señora muy anciana que pidió vino y ha estado hablando con nosotros por lo menos una hora. Usted se acercó y sirvió los cafés y la copa de vino de Toro a esa señora.

— Me pediste vino. Es cierto, claro. Y os lo sirvió María. Pero en la mesa dónde estabais sentados yo no he visto a nadie más que a vosotros en toda la tarde. Nadie más. No puedo jurar si estuvo con vosotros otra persona, porque a la hora de la comida tengo mucho trabajo. Pero, desde luego, las veces que me he acercado por vuestra mesa, no he visto a nadie más que a vosotros dos.

Él y yo nos miramos directamente a los ojos, una franca y amplia mirada de sorpresa, y muy a pesar nuestro, un escalofrío involuntario levantó el vello sobre nuestra piel.

—No puede ser…, debe haber alguna explicación lógica… Esa anciana ha estado con nosotros una hora al menos. Entró sin que la viéramos llegar, y cuando nos quisimos dar cuenta, ya teníamos a esa locuaz y misteriosa abuela sentada a nuestra mesa. Usted se acercó para preguntarnos si deseábamos algo más. Entonces la desconocida anciana le contestó sonriendo que una copa de vino. Jaime pidió una cerveza y yo un helado. Al rato apareció la camarera con el vino, el helado y la cerveza.

— ¡María, ven! ¿Quién era la señora que estaba sentada con estos chicos y que te pidió una copa de vino?

— ¿No me la pediste tu? Creo, no sé…. Si que él me pidió cerveza, un helado ella, y después alguien dijo “y una copa de vino, por favor” pero como no vi a nadie más en la mesa supuse que lo había pedido él.

Entonces, cuando dueña y camarera comenzaban a mirarnos ya como quién mira a un perro verde, o a un político honrado, un tipo sentado a la barra con pintas de peregrino a Santiago, incluida vieira, calabaza y sandalias, y con muchos años sobre sus huesos, cogió su vaso de sidra, y, gritando con la cara colorada y radiante, se vino a sentar a nuestra concurrida mesa.

— ¡Ay mozos! ¡Que eso va a ser otra vez los fantasmas de las hermanas Miranda y Aranda Belladona Castro haciendo de las suyas…!

— ¿Fantasmas?

Pregunté yo sin dar mucho crédito al hombre de la vieira.

— ¡Jajaja! ¡Eso es, fantasmas y buenos fantasmas que son!

— Pero qué nos dice usted buen hombre…

— ¿No salen los fantasmas sólo por la noche, señor Cipriano?

Preguntó la camarera que por lo visto ya conocía al personaje. El hombre dio un sorbo tan tremendo a su vaso de sidra que se la acabó del todo sin respirar. Luego dijo, sentándose tranquilamente a una mesa lejos de los demás comensales…

— ¡Que va, que va…! ¡Esos serán los fantasmas de los cuentos y de las “piliculas” porque a los de verdad…! ¡Jajajaja, a esos les gusta la luz del día como al que más!

Y nos invitó a Jaime y a mí a sentarnos con él, ante sendos vasos de sidra, y nos invitó a escuchar su peregrina historia. La dueña, a la cual las historias de viejas y aparecidos no le interesaban absolutamente nada, siguió su trabajo por aquí y por allá. Y la camarera, María, una chica con el pelo color caoba, piercing nasal, y gafas de pasta negra, tras servirnos la sidra, se sentó tranquilamente con nosotros a escuchar, porque ya había terminado su horario laboral, y a ella si le gustaban mucho las historias de fantasmas.“Pues esto es así, mozos, y no me vayáis a interrumpir para nada antes de terminar, ¿eh? Os cuento… Tras la forzosa salida del último vecino de ese portal, y lejos de meterse a obras para arreglar y adecentar los destartalados tres pisos de la calle Santa Águeda, el ayuntamiento –ya se sabe que los políticos donde dijeron digo, dicen luego diego-, al cabo de tres o cuatro años, optó por lapidar la entrada, los bajos y la primera planta para evitar que ocurriese algún accidente a algún okupa despistado. Así que poco a poco su aspecto fue adquiriendo ese lóbrego e inquietante aire que tienen casi todas las casas abandonadas. Los vecinos que quedaron, las hermanas Belladona Castro, fueron sacadas a la fuerza… bueno, Miranda, porque Aranda no pudo soportar tanta tristeza. Pero su hermana Miranda no tardó mucho en seguirla, al fin y al cabo era ya la buena señora más que octogenaria. Eso sería en por el año 1970. lo recuerdo bien por que fue mi primer Camino y mi primera hija, la Luisa, que nació también a finales de ese año… En fin que una noche, en la habitación donde Aranda había dormido por más de cuarenta años, y en la mecedora en la cual una tarde se sentó para no volverse a levantar jamás, apareció una sombra. Una sombra tan parecida a Aranda que cualquiera hubiese dicho que era ella. Y esa mecedora crujiendo, crujiendo… La sombra fantasmal se levantó lentamente de la raída y polvorienta mecedora de caoba y brocado verde inglés, y dirigiéndose a la cocina y encendió una vela. Luego, como si la hubiese estado esperando, como si hubiese presentido su llegada, saludó momentos antes de verla aparecer, a su hermana Miranda al lado, junto a la ventana.Y ambas se pusieron a recorrer las oscuras estancias de la casa, como si nunca hubiese ocurrido nada. Aquellos cuarenta y tantos años atrás no habían existido. Desde entonces, algunos aterrorizados vecinos afirman haber visto a alguna de las dos hermanas asomarse a una ventana. Incluso a la chica de la farmacia, muerta de miedo, contó que al salir de la farmacia una tarde bastante lluviosa y fría, las hermanas la saludaron dándole las buenas noches. Y no son pocos los que afirman ver luces tras las persianas del tercer piso. Y hasta voces… Yo mismo las he oído charlar entre ellas, reírse, abrir alguna ventana, al volver del trabajo muy tarde por la noche. Y si me preguntan ustedes, si que siento un escalofrío tremendo y apuro el paso lo más que puedo. ¡Bueno! Pues ya sabéis quién era esa ancianita charlatana que ha estado con vosotros tomando un vino esta tarde. No, no pongáis esas caras… ¡Los fantasmas existen! ¡Vaya que si!”Epílogo.Cerca de las doce de la noche de un mes de noviembre especialmente frío, alertados por algún que otro vecino supuestamente borracho que decía haber visto algo tras la luz, de los viejos y grises visillos de las ventanas del tercer piso, una pareja de policías locales hacían la ronda en el lugar

— Seguramente serán otra vez esos okupas bromistas…

— ¿Tu crees?— ¡Vamos, hombre! ¿No me irás a decir ahora que crees en fantasmas?

—Oye Paco, mi mujer se escucha todos los domingos Espacio en Blanco, y ahí, tío, salen cosas que no son tan fáciles de explicar con los argumentos de la razón y la ciencia. Y no es la primera vez que nos han llamado alertados por luces, voces y ruidos provenientes de esta vivienda vacía desde el año de la maricastaña, que fue desalojada hace miles de años, pero ya ves, ahí está tapiada pero sin que nadie se decida a derribarla o a arregarla… Para colmo la peña asegura que hay fantasmas…

— ¡Bah! Mira Alberto estas ventanas fueron tapiadas cuando yo era apenas un mocoso. Hasta el primer piso el edificio está cerrado a cal y canto. Ya lo ves. Yo creo que nadie en su sano juicio se aventuraría a trepar peligrosamente hasta el segundo, porque ahí dentro ya no hay más que ratas, polvo y carcoma…

—Nadie en su sano juicio dices… Claro, sin embargo…

— ¡Bueno, basta ya! ¡Nos mandan a hacer un reconocimiento y vamos a hacerlo, joder!

—Yo… ya sabes tu que me enfrento con cualquier matón que sea, con el ladrón que haga falta, con un vivo, siempre…. Ahora que con el tema aparecidos…. ¿Quién te dice a ti que las personas nos vamos para siempre? ¿Quién te dice a ti que no hay algo sobrenatural ahí arriba, no me preguntes el qué por favor, qué ni yo mismo sé explicarme bien…, que no nos deja marcharnos para siempre y descansar en paz? En este portal, ya lo sabes, vivieron hace muchos años dos hermanas muy viejecitas que al tener que abandonar involuntariamente su hogar, aún más viejo que ellas, murieron de la pena. Y dicen que están ahí arriba, en el tercer pìso… con sus luces, sus sombras, y sus voces llamándose la una la otra.

— ¡Jajaja….! ¡Anda que vaya policía local que estas tu hecho Alberto! Ahora mismo vamos a dar una vuelta por aquí y después nos vamos a Torreros a tomarnos un café. En cuanto a lo de los fantasmas…. Nunca me preocuparon los cuentos de misterio, espectros o aparecidos. El más allá es todo cuentos de viejas y de cuatro chalaos que no saben en que ocupar su tiempo libre… Anda vamos; aún eres demasiado joven… ¡Joder qué juventud está!

Los dos policías siguieron su ruta y la noche volvió a ser callada y limpia.

Las campanas de la catedral tañeron lenta, lejanamente, doce campanadas que retumbaron en cada piedra, en cada esquina, en cada calle. Mientras, arriba en el tercer piso, las hermanas Belladona Castro, Miranda y Aranda, deambulaban de acá para allá poniendo sus trastos en condiciones, regando sus macetas, releyendo sus cartas…. Pero no había ni trastos, ni macetas, ni cartas ya… sólo sombras que como el viento negro de las noches más oscuras y frías, recorrían la casa susurrando nombres que ya eran polvo.

Ada García, un día de verano, lento, denso, candente.

EL JUEGO

Sevilla. Abril de aquél año.

Era un fabuloso mes de abril en Sevilla. Era la tarde de un viernes azul y prometedor. Era, bien lo recuerdo, un grupo de cinco o seis chicas, de entre dieciocho y veintitrés años, preparándonos a conciencia para el concurso Miss Sevilla. Allí dentro, en aquellos camerinos de la discoteca Sibila del lujoso hotel Murillo, el más caro y glamuroso de la ciudad, mientras fuera reverberaba el verde lujurioso de los limoneros, brillaban las nubes blancas que pasaban serenas por los cielos rebosantes de golondrinas y palomas, entre las azoteas y la ropa tendida. Y así, entre música de Rihanna, Lana del Rey, Burning , Talk Talk, y Héroes del Silencio, ensayábamos sobre la pasarela redonda de la disco. Un, dos, tres, media vuelta, no te caigas, no tuerzas las piernas, no flamenquees con las manos. Y entre brochas de polvos sueltos, barras de labios, zapatos de tacón, botellitas de cava, cigarrillos manchados de rojo amapola, risas, mis compañeras de concurso, algunas de la misma agencia de modelos que yo, solo pensábamos en ganar para poder aspirar a participar en el concurso de Miss España. Pero  a mi personal, y privadamente, todo eso me importaba un rábano. Había accedido a participar presionada  por la dueña de la agencia, la rubísima y repeinada María Andrea Montilla, viuda de un oficial del ejército español, y madre de un chico rubio, alto y delgado, Luis, que decían todos, estaba enamoraito perdío de mi persona.  Yo, claro es, no le hacía mucho caso, ya que como todo el mundo sabe, tener novio a los dieciocho años produce disturbios, ansiedades, y desagradables altercados que yo no quería vivir por nada, nada, del mundo. Enamorarse, ya lo dijo alguien con la cabeza bien amueblada, es un estado de demencia transitorio. Y eso es algo muy peligroso, terrible y además duele. Mucha gente termina tirándose por la ventana solo porque se ha enamorado de alguien y ese alguien ha preferido a otra `persona. A parte, según veo enamorarse envejece muchísimo. Te echas un novio, una novia, y al poco tiempo, una chica mona, o un guapo muchacho, aparentan diez años más; su cuerpo se vuelve fofo y contrahecho; los pelos feos, y allá cada uno por su lado. Por siempre jamás esa criatura se pondrá encima lo primero que encuentre en su armario; se pasará el resto de su vida en chándal y deportivas. Ah, y a partir de ahora, locos alienados, u, o, enamorados, ya no volveréis a ser Silvia, Pepi, Antonio, o amor mío, no. Ahora, aparte de un amasijo de ropa zarraprastosa y mal llevada, ahora eres solo CARI. Ejemplos: CARI, ¿me traes una sin alcohol, porfis? CARi, ¿sacas tu al perro?; CARI, venga, vámonos al Mercadona antes de que cierren. Pero, ¿Y esos engendros humanos que llaman a su mujer chocho loco? Aggg antes muerta y a cien metros bajo tierra. Volviendo al tema anterior, y como iba diciendo, los concursos de belleza, de misses y esas cosas deberían ser para gente con un coeficiente intelectual elevado, así se ahorrarían muchos sinsabores. Y como yo tampoco quería dejar la agencia de modelos y azafatas María Andrea Montilla, no tuve otra opción que apuntarme. Y es que María Andrea fue tajante:

-Las niñas que no se inscriban en el concurso serán cesadas en la agencia. He dicho.

 Y así que, aun a sabiendas de que los concursos de belleza eran humillantes, no tuve más remedio que ceder engreída además ante la posibilidad de viajar, y conocer gente extremadamente interesante. a desde la lejana época en la que Amparo Muñoz renunció a su flamante título de Miss Universo, asqueada  y aburrida de todo lo que conllevan estos eventos, la fórmula de exponer a un grupo de niñas a la vorágine mediática  sin alma y sin cerebro, me daba hasta miedo y todo. Pero como yo quería ser valiente y no de las que se rinden por una cuestión o dos, me quedé para participar.  Y de esta manera,  con apenas diecinueve años, vestida de raso negro, y taconazos de leopardo de diez centímetros, mi melena morena y peinada a lo Gilda,  decía la gente que era una de las preferidas. La gente. ¿Y qué sabrá la gente quién es más guapa, más elegante, más fascinante? Qué se meta en sus asuntos la gente. Pero todas sabíamos que Claudia Pavón, aquella rubia pelín borrachina, de ojos grises atiborrados de malicia y rimmel,  algo más de veinte años, rizos tipo sacacorchos, cara muy parecida a Neil Tennat, el líder de Pet Shop Boys, con su metro ochenta y tantos de estatura descalza, y su pecho liso tabla, era la absoluta y notoria candidata al título de Mis Sevilla. ¡Si hasta le habían entrevistado para ABC!  Sin embargo, creedme si os digo, que esta  top model de la agencia María Andrea Montilla, era una auténtica hija de la gran perra: hipócrita, falsa, envidiosa, diva total, creída, tonta, mete cizaña, mentirosa. Lo único hermoso que había en su persona era exclusivamente su espectacular exterior, tan a lo Elle McPherson.  Claudia, la presunta hermana gemela de Neil Tennat, mientras acaparaba la mitad del camerino comunal que la discoteca había habilitado para las aspirantes al título de Miss Sevilla, se dedicaba a malmeter contra todas y cada una de nosotras la muy malvada. A su lado Bette Davies en La loba  se convertía en la beatífica y sosísima María de Sonrisas y Lágrimas.

En ese momento, María  Andrea Montilla, la dueña de la agencia, como ya sabe casi todo el mundo, entra repartiendo media pastilla de Valiums, como quién reparte caramelos, y una lata de Coca-cola para pasarla, dice. Su hijo, el rubio y muy estudioso, y muy trabajador Luis. Ese chico que bien podría ser hijo secreto de Michael Caine, bebía los vientos más tempestuosos por mi persona. Pero yo solo quería marcharme a Paris a vivir allí el resto de mi vida y no volver  jamás. Nunca tendría novio. Nunca, nunca, me casaría. Sería actriz de teatro y los exigentes públicos de Nueva York, Viena, Chicago, Londres, o Paris, me aclamarían. Luego, un buen día, o mejor una noche,  el fantasma del capitán Daniel Greig vendría a buscarme, y juntos por siempre jamás recorreríamos en su barco “ La Gaviota” los Siete mares, y los cinco océanos con sus pavorosas fosas, sus playas bramantes, sus  islas remotas, recitando versos de Keats. Y a la noche, entre vaivenes de olas verdes, y espumosas, y las zambullidas de los alcatraces, haríamos salvajemente esas cosas que los que se aman hacen entre las sábanas cuando todos duermen. Pero eso será dentro de cien o ciento cincuenta años. María Andrea me saca de estas o tras peregrinas ensoñaciones, poniéndome algo muy pequeñito y redondo en la mano. Y sin preguntar ni nada.

-Niñas, tomad esta media pastillita de Valium que no hace nada. Solo os va a relajar, y saldréis muy tranquilitas a la pasarela. Lucia, mi hijo que si puedes bajar un momento a la cafetería antes del ensayo general.

-¿Luis? ¿Pero no estaba en Londres?

María Andrea se me queda mirando de reojo, pero con una mirada fija y penetrante. Me da  un poco de miedo esa extraña mirada torcida.

– No, ya ves que no. Anda ve.

-Bueno, pero yo la pastilla no me la tomo, María Andrea. Mi madre no me dejaría.

-¿Qué no? Bueno, cómo quieras, Lucía.

Le llaman desde no sé dónde. Sale cerrando la puerta, con su pelazo rubio platino cardado, su perfecto maquillaje en tonos beige y caramelo, y su vestido de seda blanca, largo y vaporoso. Si le preguntáramos a María Andrea que quién le gustaría ser en su próxima vida nos diría, sin ningún género de duda, que Catherine Deneuve. Pero yo, en cuanto sale esta mujer tiro directamente la puñetera pastillita al W.C.  Algunas chicas hacen lo mismo, en cambio otras se la tragan alegremente y sin rechistar, entre lingotazos de cava y Coca-cola.  Entre ellas, la muy fumadora Claudia Pavón. La tía nos mira despectivamente desde su metro ochenta infinito de estatura.

-Monas, me dais una pena… Tirad, tirad las pastillas por el váter, que si os da un pasmo de los nervios cuando vayáis saliendo os jodéis. Eso es, os jodéis tan ricamente.

Pero, ¿a esta imbécil qué narices puede importarle absolutamente nada si nos da un jamacuco o un patatús, o las dos cosas? Me entra una mala leche irrefrenable, y para no liarla, me maquillo los párpados con sombra azul noche con destellos metálicos de Givenchy, para relajarme.

En estas aparece María José Canuto, la chica de Jaén, con un cubata de fresa, ron y Red bull en una mano, y en la otra el tablero de lo que parece ser un juego.

-Chicas, que dice María Andrea que tenemos media hora para relajarnos antes del ensayo general. Y es que creo que se han estropeado un poquito las luces de la pasarela. Mirad lo que os traigo monadas…

-¿Y qué coño es eso? No será un parchís de diseño, ¿no?

Pregunta Claudia Pavón, bastante cabreada con un rizo que se obstinaba en caerle exactamente donde ella no quería que le cayese.

-Jajaja, no, hija, no. Es una ouija. ¿Nunca habéis oido hablar de las ouijas?

La chica rubia de Córdoba, la Marilyn de la agencia, se vuelve con el secador del pelo hasta María José Canuto, dando grititos cuquis de puro terror.

-Oyyy oyyy que miedo, claudia! ¿En serio que es una ouija?

-Mi hermano dice que esos tableros no son un juego. Son peligrosos tanto si crees como si no.

-Que va, que va. Tontita. ¿Entonces quien quieres jugar? ¿Lucia?

-Ni borracha.

-¡No pasa naaada! Mira que eres tonta, guapa.

– Vete a cagar.

-Ay, que no pasa nada, en serio, bobas. Veréis que fácil y que divertido: ponéis los dedos así, nooo, joder, María José, así sobre el vaso pero sin tocarlo…

-Yo me voy a la cafetería  que Luis me está esperando.

-Luciaaaa que miedica, por favor Si ¡Es solo un juego! Y además, ser la novia del hijo de la jefa no te va a servir para nada, guapa.

-¿Nunca has jugado al Monopoly? Pues esto es lo mismo, tonta.

-Mirad, chicas, este juego consiste en poned el dedo así, sobre el vaso. Pero si llegar  a tocarlo. ¿Véis?  

-y …

-y le hacemos preguntas.

-qué tipo de preguntas

-quien eres, ¿cómo te llamas, qué va a ser de mi vida? O también podemos ponernos en contacto con entes de otra dimensión

-jajajaj entes de otra dimensión? Eso no existe. Mirad, me rio yo en vuestra puñetera cara de los jueguecitos gilipollas. Venga, vamos a ello.

-A ver ente de otra dimensión… ¿quién coño eres?  ¿Qué coño quieres y qué coño va a ocurrir con el concurso? ¿Seré o no la ganadora? Pregunta imbécil porque ya sabemos todas que la ganadora voy a ser yo, pequeñas.

-Mirad,  tengo que salir. Luis me espera  desde hace media hora en la cafetería.

María José Canuto decía estas tonterías mientras se quitaba el enorme rulo de su coronilla.

-que sí, que si… lo que tu digas mona. , María José Canuto, Ágata Flys, Carmen Platin, Nadiuska Gómez,  y Sandra Morakosky absolutamente hechizadas con el tablero, en bragas y sujetador;  algunas a medio vestir, otras con rulos y sin maquillar todavía.. Embebidas en el misterioso movimiento de aquel diabólico juego, el cual, aparentemente, hacía que el vaso se moviese solo por entre letras y misterioso símbolos. Claudia Pavón, fumándose un porro de medio kilo intentaba a toda costa sentarse delante del tablero y ser, como no, la protagonista todoterreno de siempre. Como llevaba ya tres cubatas de fresa, ron y red bull, los ojos iban por su cuenta, la boca por la suya, y el pie derecho metido dentro del tacón izquierdo, taconeaba discretamemte por bulerías.

-.A ver, coñio. Dejadme a mi que pruebe. No me creo nada. El dedo así sobre el tablero, no? hip, venga, vamosssshhh

Desde algún remoto confín más allá de estos siniestros un pianista fantasma desgrana lentamente la Pavana de Gabriel Fauré. Entra una luz rosada y por la puerta de cristales de la cafetería, y, no sé porque, pero me pongo en plan  “volverán las oscuras golondrinas”. Lo cual quiere decir con el talante melancólico y poco sociable. Luis, bebiendo a solas algo dorado, espeso y frío, en un vaso ancho y muy bien tallado me espera con sus rizos rubios, y sus ojos enormes y azules. Junto al ventanal observa distraído cómo va cayendo el oscuro telón de la tarde sobre la ciudad. Al verme llegar, se levanta, me besa en la mejilla y me mira como quién mira una copa de buen vino que no han servido para él.

-Hola, Lucia. ¿Qué vas a tomar?

-Hola. Pensé que estabas en Londres.

-No. Llegue hasta el aeropuerto  de Heathrow  y me volví para Sevilla inmediatamente. Y es que entendí que es absurdo tratar de olvidarte. Y no es que estés en mi cabeza, es que formas parte de ella. Eres mi pensamiento, Lucía.

-Luis, la culpa es tuya. No se deja a una novia atrás como se deja un libro en la biblioteca. No.

-No, por dios; no me digas ahora «la culpa es tuya”. Cualquier cosa que digas ahora con ese tono de voz, y esa mirada tuya… me mataría. Es mejor que no digas nada. Pero me voy…  la cuenta por favor…

Y salió fuera del café a la calle, a ver las nubes coloreadas de rosa de la tarde, o ese pájaro de ojos de fuego, que una vez fue una nube,  mientras encendía un cigarrillo y aspiraba la primera bocanada de humo con desesperación. Y así sin despedirse, Luis Rodríguez Montilla, joven opositor a notario, se metió en su coche y desapareció de mi vida sin dejar más rastro que el recuerdo de unos cabellos rubios flotando sutilmente al viento, y unas piernas muy largas embutidas en unos Levi´s deshilachados. Su madre, la dueña de la agencia Andrea Montilla, jamás me lo perdonó.

Cuando regresé al cabo de media hora de la cafetería, el camerino de las modelos estaba envuelto en humo, apestaba a azufre y a madera quemada. Las luces del techo, parpadeantes, el humo que lo inundaba todo, el olor acre y desagradable,  todo se confabulaba para hacer de nuestro, hacía escasamente una hora, alegre camerino, la habitación de Rega, la muchachita de la película El Exorcista.  Marina, alias Nadiuska, Mahor, con su rulo gigante sobre la coronilla, y su bata de Betty Boob, sentada con los ojos abiertos y sin pestañear, parecía en estado de trance. Silvia Vera, la dulce y etérea rubia, tan parecida a una muñeca antigua, pero con voz de camionero borde, se agarraba a Carmen Román, la morena za a lo  Sophia Loren. Las dos abrazadas, con los rostros ocultos por hombros y melenas, y las dos sin conocimiento. Otra chica, a la que no consigo verle la cara por tenerla bajo una toalla con estampado de corazones amarillos, tiene la ropa chamuscada, pero respira con normalidad. ¿Y Claudia Pavón? Entonces veo la tabla de la ouija, ennegrecida, humeante, y los zapatos de la modelo de rizos rubios y ojos grises, tan alta como una pared, lo mismo: humeando y ennegrecidos. Pero de ella no hay ni rastro.

-Dios mío…. Dios mío… ¡Ayuda! ¡Vengan por favor!

¿Dónde está la favorita top model de la glamurosa agencia de modelos María Andrea Montilla? Nunca más se supo qué fue de ella. Las investigaciones duraron años, y años. Y aún hoy, mucho tiempo después, son muchos los grupos de esos de investigación paranormal,  además de médiums, videntes, sensitivos,  periodistas apasionados de los casos más extraños  jamás resueltos, persisten en encontrar la respuesta. Una respuesta concluyente y veraz  a la repentina y singular desaparición de aquella modelo que justo antes del desfile le dio por participar en una ouija, y desde entonces hasta ahora nunca más se supo de ella. Su último rastro guardaba estrecha relación con ese extraño juego llamado ouija. Las últimas que la vieron recuerdan vagamente una sombra negra surgiendo de pronto del tablero y lanzarse directamente a por Claudia. a los del otro lado, dicen que el lugar la discoteca Sibila  se cerró hace muchos años. Pero el local abandonado, es un lugar hechizado. Nadie quiere alquilarlo, porque son muchos, , los que dicen haber oído lloriqueos, susurros, pasos, y una voz de mujer  diciendo claramente: déjame salir, por favor. Déjame salir.

Fin.

En Dos Hermanas, enero del 2022.

LA CITA

Saint Malo, final del verano.

La terraza de un café frente al mar. Son casi las cuatro de la tarde, la brisa algo fría ya de septiembre, levanta suaves remolinos blancuzcos en las olas lánguidas y verdosas. Apenas hay nadie a estas horas, salvo un tipo larguirucho, con gorra inglesa a cuadros, que viene montado en bici y se sienta en una de las mesas más apartadas para leer el periódico. Es australiano, apenas entiende algo de francés, y fuma tabaco americano.

-Bonsoir… ¿Qué va a tomar el señor…?

-Buenas tardes, tráigame un café con leche, por favor.

El camarero, bajito, moreno, de treinta y pocos años, que es además el hijo del dueño del café Rimbaud, no aparta la vista de la carretera que circunda la plazoleta. Ni tampoco de su reloj de muñeca, ni mucho menos del grupo de clientes que sentados en una de sus mesas, beben café y Pernod, fuman, ríen, y parlotean despreocupadamente  henchidos de satisfacción por sus vidas. Tampoco, a ratos, del australiano larguirucho que hace ver que lee el periódico.

En otra mesa, un poco más alejada de todos, un tipo rubio, muy alto, constitución de boxeador peso pesado, y ojos grises de halcón, que ha llegado con los otros clientes, pero que se sienta junto a la chica sentada a solas, y que es muy joven, muy atractiva y va maravillosamente vestida. Ella, fumando en boquilla, bebiendo whisky, y esperando al oficial rubio, se ha pasado más de diez minutos. Cuando  por fin llega él, su aparente tranquilidad se convierte en un nerviosismo soterrado, evidente tan solo si nos fijamos en su forma de aspirar el humo de su boquilla.

-Natalie, perdón. No he podido llegar antes. Hemos tenido problemas serios otra vez con esos…, esos tipos. En fin. No puedo contarte nada más, Natalie.

-Ulrich, la verdad, no importa. Solo has llegado diez minutos tarde… Pero quería decirte que… Ulrich… tengo que hablarte…

El camarero, hijo del dueño, moreno y bajito, se acerca complaciente limpiando un poco la mesa con un trapo muy limpio, mientras chapurrea un cóctel de palabras en francés y alemán.

-Monsieur, Guten Tag! Tout va bien? Was serviere ich dir?

-Gracias. Todo bien, si. Sólo un vaso de agua de Vichy. Nada más, por ahora.

-Tres bien, merci!

-Ulrich…

-Dime Natalie. Natalie, mi pequeña golondrina. Natalie es nombre de ave, de ángel, de libélula o de hada. En todo caso, un ser de tan maravilloso, no del todo real, y no del todo soñado tampoco. Un ser mitológico con alas, con ojos que ven a través de las sombras en la oscuridad. Cuando te vas, óyeme bien mi abejita dorada, mi sirena atlántica, cuando te vas, cuando me dejas solo allí en nuestro cuarto, la casa enseguida se convierte en puro escombro; las ventanas que dan al mar, ahora son agujeros negros, pozos sin salida, que dan al patio de un patíbulo. Cuando te vas, amor de mi vida, las ventanas dejan de existir, se apagan todas las estrellas, los niños lloran por sus madres, que han enloquecido de desesperanza. Como yo, Natalie. Mi Natalie. Contigo siento que podría hasta cantar, yo, pobre de mí, desgraciado que no sabe hablar siquiera armónicamente. Amor, mi loco amor, mi vida, mis sueños…, construyamos juntos un castillo inexpugnable, un velero, una casa, una vida. Mi vida, y la tuya, diosa mía. Todo está completo contigo. No sé estar sin ti, me siento mal, enfermo, pequeño y huérfano. Como si en un camino a oscuras solo hubiese agujeros, cepos de lobo, ciénagas ocultas entre los árboles. Natalie. Dime, ¿qué quieres que haga?  ¿Morirme? ¿Nada más? Morir es vivir sin ver tu rostro, sin tu oír tu voz, o tu risa. Soy tan feliz contigo que casi relincho como un caballo. Natalie, déjame que coja tus manos. Ahora las mías están frías. Y necesito tu calor. Lo necesito. Moriré de frío, congelado, aterido, sin tu calor, Natalie.

-Ulrich…, tengo que decirte algo… Por favor, no me lo pongas más difícil.

-¡Oh, Natalie, veo sombras muy negras en tus ojos! ¡En estos bellísimos ojos tuyos, estos ojos míos, que adoro! Natalie, por favor, por favor, no me rompas el alma. No pulverices mi corazón. ¿No lo harás, verdad?

–  Lo siento, no sé cómo decirte… como decirte que no puedo seguir… viéndote. No, por favor, Ulrich, no me mires así.

-Entonces… ¿esto es una despedida?

-Ulrich, pensé que lo entenderías… tengo que irme. Lo siento…

-¿Me dejas aquí destrozado, reventado,  muerto por dentro? Entonces, todo lo que hemos vivido juntos estos dos meses… ¿no significan nada para ti? ¿No son nada?

-Tengo que irme… Serás muy feliz a partir de esta tarde… ¡Adiós!

-Creo que me has tomado el pelo, como todas las zorras francesas de tu clase. Quiero que entiendas, Natalie, que con un oficial de la SS NO juega nadie. Absolutamente nadie… sin pagar las consecuencias. ¿Me abandonas por alguno de esos amigos tuyos del teatro Brecht? Claro que sí; lo tuyo es un sarnoso judío comunista como esos compañeros tuyos, esos que hacéis el teatro de la playa. Lo veo. Debí cerrarlo desde el principio. Debí hacerlo, y mandaros a todos en un bonito tren a Dachau. No lo hice, no, imbécil de mi, ciego de amor, loco de deseo por ti, mi querida Natalie Bendor. Eso es. No lo hice y ahora bien que lo estoy pagando. ¡Qué vergüenza por mi parte! Mis venerables antepasados estarán rabiando de dolor en sus tumbas. ¡Oh, perdonadme gloriosos antepasados míos! Yo, Ulrich Müller von Kiesler, coronel de la Wehrmacht, humillado y ofendido por una jovencita francesa, puta de todo el mundo.

-¡Ulrich!

Ulrich Müller, dando una patada tremenda a la silla donde hacía unos segundos había estado sentada Natalie, se levanta, su altura bávara y su uniforme de carnicero puestos en pie. Saca ostentosamente su pistola, una Walther P38, y apunta a la cabeza de Natalie, que tiembla. Pero justo en ese momento, pasa una vieja furgoneta Citröen, que dispara a bocajarro al oficial, y este cae pesadamente al suelo. Müller, en su último estertor, aún atina a disparar sobre Natalie y le alcanza  en el tobillo. Inmediatamente, empero, desde la ventanilla abierta de la furgoneta surge otra vez la mano armada con una luger y dispara una vez más sobre  el abatido oficial de la terrorífica SS, el cual cierra los ojos ya para siempre.

-Esto por todas las personas, por mi padre, mi abuelo, mi profesor de literatura, todos los que mandaste a morir a Dachau, o cualquier otro infierno parecido o aún peor.

Raphaël Moulinsart, tan parecido a Charles Boyer, antiguo jefe de policía y ahora miembro muy activo de la resistencia, guarda su pistola alemana, tras susurrar apenas esas palabras

Mientras, desde dentro del café hacen un gesto al tipo australiano que ya no lee el periódico, para que se ponga a cubierto. Y el australiano, que va huyendo de la Gestapo, lo hace sin pensárselo siquiera un momento. Natalie en tanto ya está a salvo dentro de la furgoneta, aunque los otros oficiales alemanes, los que bebían Pernod y reían alegremente en la otra mesa, sin tiempo a reaccionar van disparando y gritando en alemán como fieras. La furgoneta se gira, abre de nuevo sus puertas traseras y desde atrás salen los compañeros de Natalie del teatro Brecht, todos miembros de la Resistencia, y disparan contra la mesa llena de nazis un proyectil de mortero con el alma puesta en ello. Todo ha terminado. La Resistencia esta vez ha salido victoriosa Dentro de la furgoneta Pierre Clemont, ojos marinos, apuesto, barbudo, y elegante autor teatral conductor de la vieja Citröen, jefe de las guerrillas, y amante de Natalie, se come a besos a su chica. Con los años se casarían y huirían juntos al País de los Sueños cumplidos. ¿Y el tipo de la bicicleta? Pues el australiano de la gorra a cuadros, larguirucho, que fuma tabaco americano, que se ha escapado de un campo de prisioneros alemán, reanuda su viaje. Mañana, o pasado, al cruzar los Pirineos estará ya a salvo en el País Vasco. Y un día, un día ya allí lejos en su Australia querida, se pondría a escribir sus aventuras, con una jarra de cerveza a un lado de la máquina de escribir, y un paisaje de luna y cactus frente a sus ojos.

Fin.

(Relato inspirado en la escena del café de la película “La Gran evasión” de John Sturges, 1963).