CAFÉ DE VAMPIROS

jueves, 17 de octubre de 2013.

Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros.

(Gustavo Adolfo Bécquer).

Pasad amigo. No os quedéis en la puerta. Hace frío y la noche no está cómo para pasear y dar tumbos por ahí. Creo, si el olor a tierra húmeda, el lúgubre rumor de este alocado viento del nordeste  y el penetrante olor a humedad y a mar que entran por la puerta con cada nueva visita no me engañan, que se avecina un buen temporal. Ya sabéis: olas salvajes, lluvia torrencial y ventanas chirriando tristemente en la oscuridad. Si, amigo mío, ya van dando las doce en el reloj… habrá que ponerse a buen recaudo, y buscar un crucifijo para proteger nuestros sueños esta noche. Mira ese calendario medio enterrado en las sombras sobre el piano: hoy es 31 de octubre y me temo que los espíritus de los difuntos van a comenzar a salir. No, no temáis nada buen hombre, son vampiros muy distinguidos y apenas hacen ruido. Sin embargo, algunos de ellos… en fin, que como os he aconsejado hace un instante, abrazaos lo más que podáis a vuestro crucifijo y nada habréis de temer. Y, ¡por amor de Dios!, no os atreváis a hablarles. Los vampiros aborrecen las palabras de los vivos.

Ah, ¿ya llegan? Ese primero que entra, bien vestido y mal abrigado, es el torturado e insistentemente silencioso Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo, joven errante, enamoradizo de quimeras, de damas rubias y etéreas, de ondinas y lamias, esas peligrosas hechiceras que gustan de nadar en lagos y regatos solitarios y escondidos, y más tarde sentarse junto a una roca a peinar sus interminables cabellos dorados como el sol de junio, en espera de algún infeliz caballero, cazador o pastor perdido entre esas inmensas soledades. Dejando a un lado su chistera y su bastón de fina caoba y empuñadora de bruñida plata, esparce sobre la mesa, medio en tinieblas -a no ser por un pequeño quinqué de angosta luz-, un gastado ejemplar encuadernado en piel de cordero de su más afamado libro, Rimas y leyendas, y algunas páginas de su último poema, ese poema eterno que jamás consigue escribir. Luego pide vino y cena, aunque no beberá ni comerá nada, ensimismado una vez más en perseguir un rayo de luna escondido entre las nubes de tormenta. ¿Acaso amó alguna vez algo más hermoso?

Poco tiempo después y en el preciso momento en el cual un vivísimo resplandor de relámpago ilumina toda la estancia con ese brillo azul metálico, entra en el lugar  bien embozado con capa y bufanda, el señor Edgar Allan Poe. Acomodándose en la primera mesa junto a la ventana,  hablará durante un rato de los placeres del alcohol, de sus elucubraciones fantásticas, y de como la cabeza, entumecida por el vino, crea monstruos con cara de princesas exquisitamente pálidas, boca rosada y dulcemente serias, cabellos oscuros, lujuriosamente serpenteantes, como Ligeia o Morella. Pero antes de regresar a la oscura dimensión de las almas malditas, dejará su regalo sobre el piano: Aventuras de Arthur Gordon Pym, Metzengerstein y El cuervo, no sin antes beber un sorbo de vino denso y oscuro.

Ved, mi joven y temeroso amigo, que nuestro nuevo invitado, sentándose en el rincón más sombrío del café, rehúye expreso la lánguida luz de las bujías. ¿Observáis su notoria incomodidad ante vuestro crucifijo, sus ojos inyectados en sangre y su tupida y afilada barba? No, no es una buena idea acercarse a saludarle, os lo garantizo. Dejadle que nos entregue su libro, ese que le ha llevado de cabeza a la Inmortalidad, y que escribió fascinado por la historia del folklore rumano y por la figura del noble Vlad Dracull: Drácula. Él es, ya lo habéis descubierto, el vampiro irlandés Bram Stoker.

Tras él, vestido como siempre con un majestuoso sombrero de copa gris profundo y un traje tan negro como mis pensamientos, acude, fiel a su cita anual, el bello y endiosado Lord Byron, tan pagado de sí mismo, pero tan generoso y vital, que hasta los más severos críticos con que tropiezan sus obras le adoran. Ha huido de Londres y toda buena familia rechaza su compañía, por culpa de sus escandalosos  amoríos, y esa sumamente conducta libertina suya alejada del más elemental formalismo social. Todo un enfant terrible, dirían los franceses. Byron nos trae El Vampiro, cuya autoría es motivo de discusión de más de dos siglos ya, con su fiel amigo y secretario John William Polidori. Este último, joven y discreto genio siempre a la sombra de su vanidoso señor, nos deja su Diario de Villa Diodati, y confía en la suerte para poder arreglar sus cuitas personales, duelos y demás lances, provocados por un carácter impulsivo y temerario.

Discutiendo quedamente, como corresponde a su naturaleza de espectros, se sientan juntos en la mejor mesa de la sala, justo en el preciso momento en que un nuevo cliente, este ataviado con una capa de tweed, gorra y anteojos, Sir Arthur Conan Doyle, se acomoda entre nuestros fantásticos clientes. Entre sus manos lleva un ajado ejemplar de su novela El perro de los Baskerville. Por favor, dejémosle que acabe en paz su trago de whisky y sus últimas páginas antes de proseguir su camino en la noche.

Como todos, claro está. Como desea también el nuevo cliente que acaba de abrir la puerta del café entre remolinos de nieve,  H. P. Lovecraft. Fantasma elegante y repeinado, turbador y meditabundo, que susurra suavemente con acento de la Costa Oeste, y al acercarse y dejar La ciudad sin nombre, junto a los otros libros, antes de tomar asiento en su mesa, proyecta una siniestra sombra con tentáculos y diabólicas alas sobre la verdosa alfombra.

La noche está siendo más tempestuosa que otros años; cerrad bien las contraventanas si no os molesta mucho el esfuerzo, ya que las rachas de aguanieve son cada vez más impetuosas, y los truenos rebotan en cada rincón de este humilde café. Ahora… ¿quién vive? Ah, ¿sois vos? El año pasado os esperamos en vano. Pasad, oh, dulce bardo de Avon… ¿Qué nos traéis está vez mi señor William…? ¿…al señor de Glamis y Cawdor cabalgando victorioso por el bosque de Birnam? ¿Al cruel rey Macbeth, y su no menos cruel esposa, ciñéndose la ensangrentada corona de Escocia? ¿Brujas bajo la lluvia, un vengativo espectro a la hora de la cena, y soldados escoceses en pie de guerra? Sea pues.

No os sorprendáis, y creedme si os digo que, de entre todos los vampiros y espíritus que han visitado nuestro modesto café, el de Shakespeare es al único que no le incomodarán nuestras palabras, pues adora los halagos y zalamerías. Es lógico, fue actor, y dramaturgo antes que vampiro.

Fíjate bien en este que entra ahora, y que es E. T. A Hoffman el hombre que perdió su sombra, y que desde entonces viene atormentándole como un murciélago esquivo,  justo a la hora de ir a dormir.

Enfilando sus pasos hasta el piano, se sienta ceremoniosamente para ir desgranando melancólicamente la Sonata Claro de Luna de Beethoven, en el preciso momento  en que llega John Sheridan Le Fanu muy bien acompañado por una tímida y menuda dama, hija de unos padres célebres, y esposa de un poeta no menos célebre, Shelley, Mary Shelley. Le Fanu, que adora las Islas Griegas, nos regala muy ufano su vampira más feroz y lascivamente atractiva: Carmilla.

En cuanto a Mary Shelley, la famosa y única dama que nos honra con su visita, no descubre apenas su mortecino rostro, turbada por la impresión de contemplar al fondo del café, a dos de sus mejores amigos en vida: Polidori y Byron. Apenas rozando sus delicados ropajes las frías baldosas del suelo, se acerca para dejarles un ejemplar lujosamente encuadernado de su celebérrima obra: Frankenstein, o el Moderno Prometeo.

Si, casi amanece. Por el este alumbra ya la luz del día, enemigo irreconciliable de espectros y vampiros. Y ya se marchan todos, rumbo a criptas y panteones, lejos… hacia el norte, bien acomodados en sus carruajes, o sobre sus monturas sombrías. Será hasta el año que viene, en que nuevos vampiros silenciosos nos visitarán dejando su inmortal legado de tinta sobre el piano.

El Café des Vampires cierra ya sus puertas.

SIBERIUS MARPLE

Ocurrió una tormentosa tarde de noviembre, en una de esas casas de estilo victoriano de aspecto algo lúgubre, con escaleras de mármol, chimenea y jardín interior. La casa, inmensa, ostentosa, terriblemente picuda, enclaustrada entre gigantescos rododendros cuyas lánguidas flores color sangre, pero con la áspera textura del polvo, era en efecto oscuramente señorial. Pero, a poco que te fijases en los detalles, saltaba enseguida a la vista la absoluta dejadez en que se encontraba la finca: hierbajos entre los escalones de mármol, cristales sucios, ventanas desvencijadas, y un ángel de piedra con las alas heridas por las lluvias y los años, desmayándose penosamente sobre la balaustrada de piedra grisácea.

Siberius Marple, viejo y sabio anticuario de Hampstead Heath-noble en decadencia, como casi todos los nobles-, ordenaba parsimoniosamente su recién adquirida colección de sellos rusos de antes de la Revolución de Octubre, al lado de una de las grandes ventanas de su gabinete, para aprovechar los últimos rayos de luz de la tarde. De vez en cuando, pegaba la cara al empañado cristal todo lo que su considerable nariz le permitía, y echaba un rápido vistazo al exterior. Después encendía una vez más su pringosa pipa, y vuelta a deleitarse con sus sellos y sus divagaciones. Pero la intromisión repentina de la señora Jones, el ama de llaves, le sacó repentinamente de estas profundas y sesudas cavilaciones.

-Señor, el señor Kalynian desea verle. Me suplica mejor dicho.

-¿Kalynian? ¡Hum! ¿Qué querrá ahora esa vieja y enflaquecida corneja eslovaca? Señora Jones, diga al señor Kalynian que estoy realmente ocupado y que en estos momentos no deseo en absoluto interrumpir mis quehaceres.

-El señor Kalynian le trae un objeto, señor Marple.

-¿Un objeto?

-Si, señor. El señor Kalynian dice que es para su colección, un objeto, dice, que hará que salte de euforia en cuanto le haya echado el ojo. Palabras textuales del señor Kalynian.

-Entonces no hay más que hablar , señora Jones. Hágale pasar, por favo.

A los pocos minutos de salir la oronda y vetusta señora señora Jones, hace acto de presencia en el claroscuro del gabinete del anticuario, un tipo alto, de espaldas sumidas, pese a la presuntuosa chaqueta de cordero y cuero con la que se abrigaba y qie a

-¡Hum! Los Romanov no hicieron grandes cosas, que se sepa. No al modo de Catalina la Grande, pero los sellos de esa época son una maravilla… Fíjate Chris, qué colores, qué entintado a mano… el timbre es rudimentario pero perfecto.

-¡Bah! ¡Papeles viejos, basura hedionda! Viejos e inútiles como tu, Siberius.Una vieja y agujereada papelera que no sirve para nada. Y mientras arroja sobre Marple estas insultantes palabras, la señora Marple se lleva el dedo índice a la sien. El hombrecillo entonces, presa de una súbita rabia, agarra la pipa como quién agarra una navaja, y se encara sin mucho ánimo, hay que decirlo, con su mujer.

-¿Papeles viejos dices? ¡Qué sabrá una vieja ignorante como tu! ¡Cada uno de estos papeles viejos, como tu los llamas, vale al menos 500 libras, señora mía!Tembloroso, decaído por la rabia y la indignación, el viejo anticuario de la calle Archibald Leach, va recogiendo sus sellos, rezongando para sí

.-Basura y papeles viejos, dice la señora… ¡Voto al diablo!

-¿Quinientas libras? ¡Y de qué nos sirve todo esa fortuna si vivimos, mira a tu alrededor si te atreves, como ratas! ¡Óyeme bien, viejo avaro, en lugar de estar ahí como un colegial con tus sellos y tus tonterías deberías probar a arreglar el jardín antes de que los vecinos nos denuncien por insalubridad! Un día de estos, cuando menos te lo esperes, voy a hacer las maletas y me voy a ir para siempre de aquí. ¡Y jamás más volveré! ¿Me oyes Siberius, viejo loco?

Florence Marple, moño despeluchado, bata raída, pantunflas sucias y demasiado grandes para sus pies, manos rechonchas, ojeras grandes y abultadas, bajo los grises ojos-, da un portentoso trago a una húmeda botella que saca de un cajón, tan cochambroso como ella.

-¡Pero qué te has creído, te voy a tirar antes de irme todos los cachivaches que me encuentre, desde ese repulsivo buho disecado que de apolillado y añoso se le ha caido ya hasta un ojo, hasta la bola de cristal de brujo, que da miedo verla. ¡A saber qué actos de brujería llevarás a cabo con semejantes chismes! ¡Y el reloj de péndulo? ¡Ese reloj me desquicia los nervios! ¡Es lo peor de todo! ¡Miralo! ¡Da horror mirarlo! ¡Como a ti! Rezongando y dando traspies, la señora Marple se levanta, va hasta la ventana y oberva la calle tras las roídas cortinas. Todo viejo, todo gastado, todo sucio. Y la gris pátina de la lluvia lo hace todo aún más tétrico.Siberius, seguido de cerca por la retahíla de improperios de su esposa, sube las escaleras hasta su guarida, la misteriosa habitación de la torre, que es su castillo inexpugnable, su refugio y su cueva a prueba de sermones y demás tabarras. Aún allí arriba, con los gruesos postigos de madera cerrando firmemente las grandes ventanas de la buhardilla, Siberius Marple puede oír la monserga de su mujer, mientras trastea entre los cacharros de la cocina.

-¡Y encima tengo que preparar yo sola la cena! ¿Puedes bajar a ayudarme, por favor,vieja momia con anteojos? Silencio.

-¡Ah, pues muy bien, te voy a a hacer de cenar tu plato preferido, riñones al Jerez! ¡Jajajajaja!Siberius Marple, el viejo y misterioso anticuario del 23 de Archibald Leach street, en el West End, no dijo está boca es mía. Pero, la gritona señora Marple lo sabía perfectamente, el hombre odiaba los riñones al Jerez con toda su alma. Una rata se desliza entre el fregadero y la ventana de la cocina, y la iracuanda y beoda señora Marple le tira una enorme cazuela de cobre que se estrella estrepitosamente contra la pared. Siberius, vela encendida, luz del quinqué a poco gas, lee sus libros antiugos de magia arcana y páginas rugosas.

-La Inmortalidad por fin me pertenece. Nadie debe saberlo. Nadie. El mundo no se merece mis descubrimientos. Desde abajo, una hora más tarde, le llega de nuevo la voz a grito pelado de su mujer.

-¡La cena!Pero Siberius Marple continua a su aire, leyendo pasajes secretos y peligrosos, buscando la fórmula precisa, desentrañando palabras prohibidas escritas por oscuras manos de dimensiones aún no descubiertas. Magos antiguos, magos cuya sabiduría solo está al alcance de muy pocos elegidos. Siberius lo sabe. Siberius lo ha descubierto.

– A las doce del día siguiente aún permanece la luz encendida en el desván en donde siberius Marple auna conocimientos de otros siglos, muchos muchos tiempo atrás.

– Este viejo loco me va a matar de un disgusto. Qué hará encerrado desde anoche allí arriba. A veces huele a azufre. Otras a humo de pipa. Viejo maldito, viejo loco!

– Dos semanas más tarde la luz impasible continua encendida.- Un año después.

– Cinco años más tarde.

– La gatita Roma, la gatita recién nacida, ahora tiene ya cinco años y ha sido mamá dos veces en su corta vida.-

– Viejo de las narices o sales ya o te saco yo por los pelos de la barba!

Roma, la maravillosa gata blanca, bisabuela de Viena y Mirlitón, hoy se ha despedido y ha pasado durectamente al cuielo peludo y con olor a crema de lecxhe, de los gatos.

Cincuenta años han pasado ya. La luz jamás se ha apagado. Ahí está alumbrando los papeles del viejo anticuario sin treegua ni descanso.

Abril de 1914, hoy ha estallado la Gran Guerra,

– Viejo Marple! Eh, qué vas a hacer tú? Vas a bajar ya a cenar o te vas a alistar en el ejercito a combatir a los alemanes?

– 20 noviembre de 1953, hoy hace ya cien años que subiste a esconderte de mis sermones como tu dices. ¿Vas a bajar? No crees que ya va siendo hora?- La luz. Laluz que nunca nunca se apaga se vislumbra claramente desde la calle alla ariba en el castillete del tejado.-

12 mayo 1980.

– ¡Siberius! ¡Siberius Marple!

La buena señora Florence Marple ahí permanece sentada día y noche en su mecedora. Los gatos entran y salen a culaquier hora, llueve y la lluvia y los relámpagos inundan la estancia. Se escucha una puerta que se abre… un chirrido quejumbroso y agudo. Una sombra encorvada aparece en el dintel y se proyecta lúgubremente por el polvoriento rellano cubierto de telarañas. Es Siberius Marple que por fin sale de su refugio. Su hechizo se cumplió no saldría de allí hasta que la señora Marple desapareciese y se callase para siempre.

-Por fin, por fin puedo salir. Ya era hora. Ahora nadie más imopoirtunará mis quehaceres, ahora nadie dirá nunca que mis sellos son papeles viejos y basura. Que día es hoy, 12 de septiembre de 1980.

Habia pasado 130 años escondido en su

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A

Amigos


LA BODA

Érase que se era una tórrida tarde de sábado de finales de verano. Un coche de alta gama circula rápidamente por el centro de Sevilla. La calle Orfila, La Campana, Plaza del Duque, la calle Adriano, el Puente de Triana…. hasta llegar a fastuosa basílica del Cristo de la Expiración, también conocida como del Cachorro, o del Patrocinio, en donde una muchedumbre de seres ataviados con ropa nueva, cara y barroca espera impacientemente la llegada de los novios. El primero en hacerlo, bajo un sol implacable, es el novio, acompañado por su madre, su padre, y quinientos familiares de esos que solo se ven en bodas, bautizos, comuniones y funerales. El novio, Pascual Sánchez “Pascualito”, es un tipo muy alto, moreno de pelo y piel, ojos oscuros, cejas diabólicas, barbilla prominente y aires chulescos. Es un torero medio famoso de 29 años, que ha matado ya varios toros, roto unos cinco corazones y leído ningún libro. El toro que mata el novio en la plaza es un animal minoico, hermoso, azul de negro, a veces color de barro, hermoso, lleno de sangre y de vida, y con nulo entusiasmo por el griterío, la arena y el estoque. Pero al tipo alto de los ojos matadores, le importa poquísimo si el toro que va a matar es así o asá. Sólo ve unos cuernos y unas patitas corriendo hacia su vistoso capote, y miles de ojos tan pérfidos como los suyos, pendientes de su glorioso asesinato. La madrina, por su parte, doña Amparo Bejines, de nobleza sevillana venida a menos, y lugar fijo en esas revistas que solo miran los cotillas, y las señoras mayores cuando van a hacerse las mechas a la pelu. El sol desploma latigazos de chumbera y mordiscos que dejan cardenales de fuego en la frente. La madrina, mirando embobaíta perdida a su apuesto hijito, se acerca hasta él, 150 centímetros de madre, incluida la peineta, y recolocándole un rizo sobre la frente, le pide.

-¡Ay, Pascual, por favor! ¡Ahora, en un ratillo de nada, serás un hombre casado. Recuérdalo Pascual. ¡Recuérdalo!

-Si, si, mama, por recordarlo que no quede. ¡Jajajajaja! ¡Ay, que caló santa madre de Dios!

Entonces se despista un poco de peineta y madre, y mirando a una invitada, la novia de algún amigo, le comenta a su primo Bartolín Sánchez el “Chaquetilla”, otro torero con ínfulas de divo y ganas de sangre y muerte.

-Oye, Bartolín, ¿has visto a esa morena de ahí, la que va con Tomás… ? -Primo, yo no veo ná con este sol de mierda. Ah, ¿esa del vestido azul y la rosa blanca? ¿La que lleva en el pelo sortijas de azabache y tiene los ojos negros como un torito campeador?

-¡Ay, Bartolín!.

-Pero, tío. ¡Qué estamos en tu boda! ¡Qué tu futura mujer, Alba, viene ya pacá!

-¡Anda ya! ¿Qué tendrá eso que ver para que yo reconozca, mire y admire la belleza de otras mujeres?

Y de esta curiosa a la par que impresentable manera, Pascual Sánchez, “Pascualito”, más postureo que apostura, más foto que hombre, entra en la iglesia del brazo de su madrecita, cuando ya va para media hora que esperan todos calcinándose al sol de primeros de septiembre.

E

-Las novias deben tardar un poquito el día de su boda. Un poquito no pasa nada, y así el novio la quiere más después. Mire usted, Montaña, en mi boda allá por el 55, llegué tarde cinco minutos justitos. ¡No media hora, como esta criatura nos está haciendo esperar!

Comenta la abuela materna del novio, doña Patrocinio, con voz pedregosa y apenas audible, también un alarde de collares, abanico,mantilla y peineta.

-Tiene usted razón, doña Patro. Y además qué poca consideración con esta caló, y estos aires salidos de la boca del infierno. Lo menos estamos a cuarenta.

Esta que habla es María de la Montaña, la mayor de las tías paternas del novio, vestida de verde Scotch Brite de pies a cabeza, y con un delicado buñuelo de viento realizado en fina organza reposando serenamente sobre un cardado tipo Montserrat Caballé. Lo cierto es que el parecido con la soprano catalana va más allá del violento cardado. Dentro de la capilla del Cristo de la Expiración, el calor, la caló, es tan insoportable que el aire no circula, las fotos que se hacen salen borrosas, con rostros fantasmales, y neblina de sed y sudor sobre los hombros. Pero, a pesar de ser como una tostadora barroca, la hermosa basílica sevillana refulge como una virgen de Rafael, con sus rosas y sus nardos de leche o de luna, sus cirios gigantescos y el poderoso olor a cera, flores e incienso flotando a la deriva. Para colmo, la bellísima voz de Philip Jaroussky en estado de gracia, entona Lascio chi´io langa de Händel desde los amplificadores. Música elegida personalmente por Alba, la novia que aún no llega.

-¡Y encima esta música que me está entrando un sueño…! ¡Me están entrando ganas de irme a mi casa, Montaña!

– Diga usted que sí, Patro. ¡Qué bochorno, por Dios!

– ¡Madre mía de mi alma! ¡Si son ya las siete! ¿Y la novia? ¿Dónde está la novia de mi nieto?

¿La novia? ¡Dónde está la novia? Cuchichea ya todo el mundo. Y es que lleva ya casi una hora de retraso. Mientras tanto, la madrina se desmaya. Peineta, señora, sedas y encajes todo tirado por los suelos de la iglesia. Qué pena. El novio, que se entretiene esperando a la novia, tonteando con un chica de pelo y vestido rosa, sale corriendo con cara de fastidio.

– ¡Pascual, Pascua! ¡Toma, dadle aire a tu madre! ¡Aire con el abanico! Así, hombre, asi. Mirad ya vuelve…

Aire va, y aire viene, la señora Amparo, sentada ahora en un banco bajo un misérrimo ventilador dentro de la oficina del cura, se va recuperando satisfactoriamente del reciente jamacuco. Monaguillos, cura, invitados, santos, todos van achicharrados de calor.

– ¡Yo creo que esto ya es poca verguenza, mire usted!

-¡Y tanto, don Francisco! ¡Ya hace una hora que debería haberlos casado usted! ¡Una hora!

Y doña Amparo, la madrina, rompe a llorar. Pero la buena mujer, que ya lleva la peineta en plan visera sobre la cabeza atiborrada de horquillas, está intímamente más agobiada por los reportajes que saldrán en las revistas, que por la boda en sí de su hijo, el bueno de Pascualito. Y es que sabe, de sobras lo sabe, que su hijo es un verdadero canalla. Algunos invitados se escapan ya hacia algún bar, a refrescarse las calores con cerveza y con vino fino. Y otros, decididamente, se van yendo lejos de todo aquél incandescente espéctaculo.

-Son ya las siete para y media. Ya pasan cinco minutos de la hora.

-¿Qué hacemos?

-Yo que sé.

-¡Pues yo me voy!

-Quita, quita, Matilde, esta boda es de mucho tronío y ahí fuera hay un fotógrafo de Canal Sur y todo. Ah, y un periodista de ABC.

En esos momentos, en otro lejano rincón de la ciudad del Guadalquivir y el Parque de Maria Luisa, en un Jaguar color gris perla, engalanado con rosas y lazos color crema, van hacia la basílica de Triana,la novia, Maite, que es su mejor amiga, y Teófilo, el hermano mayor de la novia. ¿Y la novia? La novia, vestida maravillosamente con un traje de Nina Ricci de encaje bordado a mano, y un maravilloso velo de tul flotando sobre toda su bellísima persona, llora tristemente estropeando un maquillaje nupcial de 300 euros.

-Dios mío Alba, vas a llegar a la boda echa un horror. ¡Y es tu propia boda! Mujer, piensa que todos los hombres son iguales, unos picaflor de las narices. Pero Pascual te quiere. ¡Te adora!

-¡Y una mierda, Maite! Mi madre jamás habría querido que me casase con un putero, cerdo y además torero. No le perdono y como no le perdono, me bajo aquí. ¡Teófilo! ¡Para el coche Teófilo, que me bajo aquí mismo!

-¡Pero Alba, que no puedo parar aquí! ¡Que nos van a dar un porrazo..!

– ¡Alba, por dios y por la virgen! ¡Mira que ya llegamos una hora tarde! ¡Pascual no se merece que le hagas esta putada, solo porque en su despedida de soltero se acostó borracho con una, vete a saber quién! Y no sé qué bocazas te habrá ido con el rollo, mujer.

-¡Tu propia madre, Maite, que ha sido la única que no ha querido formar parte de este complot de mierdas! ¡Para ya Teófilo, o me bajo sin que pares!

-¡Pascual es buena gente, Alba!

-¡Pues cásate tu con él!

Un sábado por la tarde en septiembre. Vuelta a la normalidad tras los desahogos del verano; tráfico infernal, ajetreo… Hora terrible esta de las siete y media de la tarde. La gente desde dentro de sus vehículos, detenidos ahora en un atasco, contemplan atónitos como de un Jaguar color gris, decorado en plan boda, sale al exterior una chica maravillosamente vestida de novia, llorando en silencio. La avenida de la Cruz del Campo, atiborrada de coches, es testigo de la insólita estampa de una novia caminando por la mediana de la carretera. Un Volvo color blanco le da un bocinazo cuando casi está a punto de atropellarle.

-¡Oye que no quiero ir a la cárcel!

-¿Me puede llevar, por favor?

-¡No, yo voy para Cádiz!

-¡Perfecto!

La pesarosa novia ya a abordo del coche, sigue llorando un poquito más, apretando con sus manos la medalla de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho. Medalla que fue de su madre. El conductor es un hombre de treinta y tantos años, ojos pardos, largos y dorados cabellos recogidos en una coleta. Entonces, con la luz dorada de membrillos y caramelo con que la tarde va pintando el paisaje, la novia al mirar entre lágrimas al conductor, y más por una corazonada que por otra cosa, ve un rostro al que hace tiempo amó. Y al cual nunca había dejado de añorar.

-¿Paco?

-¿Alba?

-¡Paco!

-¡Dios mio, Alba, eres tú! ¡Tú! ¡Despues de todo este tiempo!

-Eres tú. Tú, después de todo este tiempo, Paco.

-Me dejaste de mala manera Alba, que mal, que mal lo pasé…

-¿A donde vamos?

-Yo iba para Cádiz, ya te lo he dicho.

-Yo también.

-¿Seguro?

-Completamente.

-¿No quieres cambiarte de ropa, quitarte ese vestido de novia antes? O ir a la iglesia a dar alguna explicación, no sé…

-No. Tira “palante”, Paco.

-Bueno, entonces para Cádiz.

¡Para Cádiz!

-¿Has visto alguna vez el puente Ramón de Carranza al ponerse el sol?

-No.

-Entonces no has visto “na”

– ¡Vámonos!

Y así se fueron los dos, esos que antes tanto se habían querido, que la vida estúpidamente separó, y que, llamadlo milagro, destino, magia, casualidad, ¿acaso importa?la vida volvió a reunir. El caso es que las últimas luces del día, y las primeras sombras de la noche, humareda de puertos lejanos, olor a sal y a mareas, les sorprendió mientras pasaban a toda velocidad por el puente Ramón de Carranza.

Ada García. Un tórrido agosto de 2021.

VENTANAS

Poema-cuento.

En casa de quien vive,

En el cuarto de quién está,

En el sillón de quién se sienta,

En la cocina de quién guisa,

En el patio, en la fuente,en la plaza…

Ahí esta siempre él.

Un día, un año atrás,

O cien,

hace ya que nos conocimos.

Y cuando nos conocimos

Todas las ventanas

Estaban abiertas.

La luz azul o verde,

del espejo de la mar,

se metia entre las hojas de tus libros.

Edmond Blair Leighton

En uno de ellos

Había un castillo encantado.

Un castillo

con las luces encendidas

y una princesa,

o tal vez un niño con un gato,

saludaban desde

una torrecita secreta.

Un cielo de caballos blancos,

Percherones de viento y ramas,

Persigue ahora esta tarde naranja,

Que huye,

Como una dama descalza,

A esconderse tras una persiana

Azul de madera.

Ahora me preguntas…

¿Y si el Tiempo fuese

Esa lagartija sigilosa

Que corre a esconderse tras el macetero?

Y yo te digo…

Amor,

El Tiempo eres tu.

Desde la primera hasta la última palabra es para Javier. Te quiero.

LA CHICA DE NINGUNA PARTE

Breve cuento para un sábado de agosto.Había una vez una chica que era realmente de ninguna parte.

No era de allí ni de allá, viajaba simplemente, y en todos los lugares se sentía como en casa. Excepto en aquellos lugares erizados de cemento, palomas de alas polvorientas, aire verde, calles sucias y parques sin más pájaros que los papeles que barría el viento. Pero ella viajaba continuamente hacia playas con olor a coco, veleros navegando a todo trapo, olas blancas y algas enredadas entre rocas cubiertas de conchas; o hacia bosques con perfume de musgo y lluvia en donde respirar era un regalo de los dioses; o tal vez hacia pueblos de color blanco y jazmines en la puerta, o hasta esas aldeas con casas de piedra y ventanitas por donde humeaba un olor a caldo rico y reconfortante. En otro tiempo, hace siglos, la chica de Ninguna parte salía al amanecer a lomos de su caballo Capitán Flint, en homenaje a aquél pirata que un día lejanísimo ya, decidió esconder su tesoro en una isla perdida en algún lugar del Pacífico. Salia al amanecer mientras la oscuridad de la madrugada era profunda aún, y a la veloz carrera de su caballo, gatos y ratas, murciélagos y lechuzas, se escabullían rápidamente hasta sus refugios, o se quedaban allí, temblando bajo la tupida sombra de un castaño. Una noche de luna de escarcha y mirídas de ojos brillando allá arriba, ella encontró en las lindes de su castillo a un misterioso caballero vestido de negro de pies a cabeza, con una capa igualmente oscura y la espada centelleando vivamente a la azulada luz de la luna. Claro que no era Darth Vader, pero si Javierfredo de Craon, caballero andante de bosques y aldeas, y señor del condado de Arriesh.

-Buenas noches, señor… ¿sois acaso un mago, o el rey de un país que desconozco?

-Buenas noches nos sean dadas, bella dama. No señora mía. Soy el caballero Javierfredo de Craon, primer conde de Arriesh.

Y se miraron a los ojos. Y así, con la música de la noche, ramas y hojas que susurran, el místico canto de los grillos, el lejano croar de las ranas, y la suave y fría brisa que llegaba desde el río, él y ella envueltos el uno en el otro, bailaron sin que ningún ser, ni élfico ni humano, osase perturbar aquella maravillosa escena.

Al despuntar el día, el baile llegó a su fin.

-Debo volver a mi país, es preciso.

-Por favor, quedaos. Aquí el viento es azul, y las buganvillas y las rosas crecen entre las rocas. Hay naranjos que perfuman el aire y limoneros que ponen pinceladas de frescura en el paisaje, a la entrada de cada casa.

-Me espera mi reino, mi dama.

-Os amo, señor mío, y si os marcháis todo será como un agujero negro sin fondo y sin retorno.

Edmond Blair Leighton

Pero en lugar de despedirse, corrieron juntos sin volver a separarse nunca, nunca, a través de los fulgores del alba, como cantaban por aquellos lugares los juglares Manolis García y Quimi Portetis, más conocidos como El último de la cola.Colorín Colorado.

ALAS

Cuento para otro verano después del mediodía.

-Te lo dije. ¡Mira que te lo dije! ¿Cuántas veces, hija mía? Me dolía la boca de decírtelo. ¡Qué digo la boca! ¡Me dolía ya hasta el alma! Pero tu nada, que no hacías caso. ¡Si es que nunca le haces caso a nadie! ¡Ni a tu madre! Ahora toca llorar. Yo la primera, ya ves. Pero ese sinvergüenza, ese asqueroso tiparraco no se merece, escúchame bien, ni una lágrima tuya, Irene. ¡Mira que te lo dije! ¡Ay señor, señor! ¡Cuánto nos toca sufrir y tragar a las madres! Pero, te voy a decir una cosa que….

EL atardecer se presentaba desdibujado, ceniza y fantasmal el horizonte, con formidables nubarrones blancos borrando contornos, difuminando a un sol que no acababa de coger confianza. A ratos lloviznaba y entonces, el olor denso y acre de la tierra húmeda lo llenaba todo con una pátina invisible pero fragante. Allá, bramando enloquecido, espumoso de rabia, algas y arena, la pétrea línea de la mar. Irene escuchaba a su madre; la veía entre lágrimas borrosas ir de acá para allá, recogiendo esto, guardando aquello, colgando aquí, metiendo allá… y todo eso sin parar de hablar ni in solo momento. Todo sin dejar de mover la boca, blablablabla, sin descanso. Y a pesar de que Inés veía entre lágrimas borrosas mover sin descanso la boca a su madre, el caso es que no entendía nada, ni una sola palabra de lo que decía. Como si ella fuese un pez bajo el agua y su madre un pelícano allá arriba, pescando sobre las olas. Como si su madre fuese una profesora de chino y ella una alumna de las muy principiantes. La tarde, eso sí, correteaba tras la agujas de los relojes, mientras el sol se aupaba sobre el añejo torreón de la catedral para ver si alguien le hacía un poco de caso. Un poco de caso como a Irene. Su madre despotricaba sin tregua, pero en ningún momento se le ocurrió acercarse, boca cerrada, para abrazar sin más a su hija de diecinueve años que acababa de romper con su novio, ese tiparraco miserable.

Irene y Gabriel Habían quedado dos días atrás para irse juntos a la playa. Pero a las diez de la mañana él la había llamado diciéndole que lo sentía, pero que en el trabajo le obligaban a trabajar el sábado. Y por esas extrañas y absurdas casualidades de la vida, el muy imbécil se equivoca de WhatsApp y le envía uno a una tal Alejandra, diciéndole que quedaban en cinco minutos para irse juntos a pasar el resto de fin de semana a Praga. Irene escucha perfectamente el chasquido que produce su alma al partirse de parte a parte. Y así, con los ojos ciegos de lágrimas y rimmel azul, conduce el Laguna de su madre hasta la puerta de él.

-¿Qué haces, dios mío? ¿Por qué me haces esto?

-Perdona Irene…Yo…

Balbucea el chico de las cejas perfectas.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¡Anoche mismo me decías cuanto me amabas, cuanto me echabas de menos, cuanto necesitabas de mis besos! Me dijiste que la luna era roja y venenosa cuando estabas sin mí; que la leche del desayuno que te ponía tu madre era negra y sabía a polvo; que el aire que te daba en la cara quemaba como una navaja al rojo vivo. Me dijiste que las noches eran una araña verde con púas que herían los ojos, una araña verde con dientes de hielo que se metía por tu carne y te devoraba las entrañas, si no estaba yo contigo. Eso me dijiste anoche, y todas las noches, cuando me amabas, Gabriel. Eso me decías cuando me abrazabas y me besabas, y tu cara se metía en entre mi pelo, Gabriel. Y decías loco de amor, muerto de deseo, que mi pelo era tu bandera, que mi cuerpo era tu oxígeno, que mi voz era tu sangre, Gabriel. Dime, dime, Gabriel. ¿Qué era yo anoche, mientras tus labios recorrían a ciegas mi espalda, mientras tus dedos, que quemaban, acariciaban mi garganta. ¿Acaso no soy la misma de anoche? ¡Mírame! ¿Soy la misma o no lo soy, la que anoche estaba entre tus brazos? ¡Lo soy! Mira estas manos, Gabriel, ¡son las mismas! ¡Las mismas que tú besabas, las mismas que tú mordías, las mismas que tú metías en tu pecho! Mira mis ojos, mira mi pecho, mis labios, mis huesos… ¡Son los mismos, Gabriel! ¡Los mismos de anoche, y todas las noches, y esta madrugada, y todas, todas las madrugadas!

-Irene por favor…

– No, Irene ya no existe. Se deshizo anoche en tu cama, se perdió entre tus sábanas. No existe. No sé quién soy. Pero esa Irene ya no.

-Irene…

Irene abre la puerta de su coche. Dentro no existe Gabriel. No, no está su voz. Arranca, y automáticamente la música de la radio escupe una vieja canción de esas que ponen para pasar el rato. Una canción insoportable.

“Lo que quiero es que me beses,

Recuerda que deseo tenerte muy cerca…”

Pero sin darte cuenta te alejas de mí…No atina a quitar semejante engendro que le pulveriza el alma. No atina a arrancar ese chisme y tirarlo por la ventana.

“Prefiero no pensar,

Prefiero no sufrir

Lo que quiero es que me beses… “

Lágrimas de escarcha queman su bellísimo rostro, y casi está a punto de empotrarse contra una moto aparcada. Por fin, cesa la vieja y estúpida canción que le muele por dentro. Que es como una pesada piedra sobre su pecho.

La tarde en la ciudad marítima y norteña.

Llueve y el aire que entra por la terraza abierta huele a olas, A capitanes intrépidos, y eternamente jóvenes que nunca jamás desean arribar a puerto. En el reloj del salón acaban de dar silenciosas y tristes, las seis de la tarde. Fuera está oscuro y una montaña de cumulonimbos blanca y gris acero se hace fuerte frente al Sol. Un mar airado muge invisible y lejano tras las cortinas.

-¡No te quiero ver llorar por ese mamarracho! ¡Una hija mía no llora por un miserable! ¡No quiero oír nunca más el nombre de ese ser en esta casa! ¿Me oyes?

-Mamá…

-¡Ay que sufrimiento! ¿Qué te dije yo? ¿A ver? ¡Si es que eres tonta! ¿No te dije hasta dolerme la lengua, hasta volverme loca, hasta que se me gastaron las palabras, que ese… ese niñato era un mal bicho? ¡Claro que te lo dije! Y tu nada, nada. “Mi madre es una vieja antigualla que no entiende nada”, pensaste ¿Verdad?

-Mamá…

-¿Ahora mamá? ¡No, ahora “mamá” no! ¡Ahora a llorar!

La madre se pierde por los adentros de la casa, sin dejar de hablar ni un instante. Irene la oye, pero ya apenas entiende lo que dice. Mira la repisa del salón. Las viejas fotos de la familia. Su comunión, su bautizo; la boda de sus padres. Una tarde en la playa… Más abajo, en las estanterías cercanas al suelo reposan los libros que nadie nunca leyó; los libros del padre que un día lo dejó todo y se marchó a recorrer otros caminos, a abrazar otra familia que se buscó en una ciudad tierra adentro. Irene observa las cortinas bamboleándose con la brisa de la mar. Y entonces se levanta del sofá y va tranquila para la terraza. Irene se asoma al paisaje agarrada al balcón, y observa. Las gaviotas casi rozando su rostro. Las nubes color ceniza deshilachándose sobre el puerto, la gente ahí abajo, cuatro pisos hacia abajo, afanándose en sus quehaceres, tan pequeñitas, tan insignificantes… Aun le llegan confusas por el rumor de las gaviotas y el lejano rugido de la mar, las palabras de su madre. Las ultimas hirientes, inútiles, palabras de reproche. La existencia es un abrigo que a veces nos queda mal. Un trapo vacío, feo, sin forma, y mal puesto sobre los hombros. Eso es, a veces, la existencia. Piensa mientras se asoma estirando su pequeño cuerpo hacia el vacío.

“Los pájaros sobrevuelan mi cabeza, sus alas son sublimes… ¿Y si yo pudiera? Todo está tan distante…, menos las nubes, las nubes están cerca, a nada de mi mano. Tan cerca que casi las puedo tocar. Puedo tocar el cielo y las nubes con mis manos…”

Extiende sus blancas manos. Irene se encarama a la barandilla, mira hacia el vacío. Mira hacía los cielos. Algunas personas miran hacia arriba. Entonces ven a una chica subida a la barandilla haciendo equilibrios en el cuarto piso. Alguien grita. Alguien. Otros se tapan los ojos. Alguno que pasa llama la atención de otro, señalando hacia las alturas. Una gaviota se acerca a ella y extiende sus alas suaves sobre sus cabellos, que ondean a un viento cada vez más ansioso, cada vez más violento.

“Puedo. Sé que puedo. Voy, voy ya”.

Y ella, la dulce Irene, la hermosa y divina Irene, salta al vacío. Salta. La gente en la calle cierra los ojos aterrorizada. Gritos. Gentío apiñado abajo. Un desmayo. Muchos de los que miran salen corriendo desolados. Pero los que no se han tapado los ojos con las manos observan, son testigos de algo absolutamente maravilloso, un portento. Magia, ¿Magia? Si, magia porque en el preciso instante en que Irene se ha precipitado al vacío, unas hermosas alas, alas blancas, fuertes, inmensas, se han abierto en su espalda y la han llevado lejos. Ha volado entonces, junto con gaviotas, palomas, gorriones y vencejos, sobre los tejados de las casas. Sobre las azoteas, las antenas de televisión, la ropa tendida, los coches, las calles colmadas de gente. Y vuela lejos. Lejos de su madre, lejos, muy lejos de las palabras de su madre. De esta ciudad terrible. De los lugares en los que estuvo con Gabriel. En esos lugares -una esquina, la casa de él, un banco en el parque, una escalera, un café junto al muelle en donde él le dijo cuanto la amaba-, ahora son desierto, un páramo, nada. Ahora, en estos benditos momentos, en que ella sobrevuela feliz entre nubes rosadas rumbo a la noche, ha olvidado todo eso para siempre. Nada más que preocuparse del buen viento a favor, de las montañas lejanas y de sus espléndidas, grandiosas, divinas alas. Mañana volaré aún más lejos.

Ada G.

UN HOMBRE BUENO

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Un hombre bueno.Había una vez un hombre que amaba profundamente a su familia. Era tan grande su amor, entrega y dedicación, que, por ejemplo, en lugar de volver a casa tras doce horas de trabajo, se iba al bar de la esquina, a “cervezear” con sus amigos y ver el partido, por qué sabía que en su casa, sus hijos arriba veían a esa hora “Perros y gatos y viceversa”, y su mujer, abajo, el interesante debate contertulio a cargo de Kiko Matamoñez y Minina Ponsi, y sus acólitos, Boris Mazapan, Carmen Lomonas, y Belén Sincerebrez. O si venía de trabajar doce horas como digo -y es muy importante hacer hincapié en el dato-, y había para cenar albóndigas con tomate, en lugar de en salsa, su preferido, pues el hombre no decía esta boca es mía y se comía hasta la última miga del plato. Si una mañana de prisas el hombre se equivocaba y buscaba unos calcetines en el cajón de las camisetas, y su hija Mari Paz le soltaba un sermón de los de entrarte ganas de emigrar a Moscú, él hombre solo agachaba la cabeza e incluso hasta sonreía. -¡Cuanta razón tienes Mari Paz, hija! Decía. Pero su hija no le escuchaba, absorta ya en la pantalla de su nuevo móvil. Si el domingo hacía el pobre una paella, y dejaba trastos por la cocina como si hubiese hecho doce paellas en realidad, su mujer, la dulce Elena, le perseguía por toda la casa rezongando a contrapelo. Y, como remate final: -¡Y que sepas que es la última vez que haces tu el arroz, Julián! Daba igual que el hombre bordase las paellas de los domingos. Si el sábado venían visitas a la hora de café, y al hombre se le ocurría rememorar lo que le ocurrió en el trabajo cuando era joven, allá por enero del 85, su mujer le miraba con los ojos inyectados en sangre, su hija le daba una patadita por debajo la mesa, y su hijo Julio suspiraba con cara de mártir y se largaba a hacer ver de que le llamaban por el móvil. Más tarde la familia comentaría en “petit comité”:- Julián, ¿No te he dicho mil,veces que a la gente le importa un pimiento lo que te pasó en enero del 85, hombre? -¡Ay, madre! Perdón… es que como hablabais de sindicatos y huelgas… Pero la visita se tiraba después dos horas hablando pestes de su equipo favorito, y él no decía ni siquiera anda y vete a cagar, por ejemplo. Formidables reglas de la cortesía, la urbanidad, el saber estar y la buena educación. Así pasaba tranquilamente la vida el hombre, hasta que un lunes de marzo se quedó en casa por un inoportuno resfriado acompañado de fiebre alta, migraña y estornudos frecuentes. Entonces ocurrió que en medio de la sosegada atmósfera de la sobremesa, todos se sobrecogieron ante un grito tremendo, al que siguieron golpes, porrazos, más gritos de una mujer que pedía ayuda, y un desgarrado “por favor, por favor”. Y era que, según le iba contando su familia, la vecina de al lado era golpeada a gusto por su pareja y por lo visto, no era la primera vez. El pobre hombre aterrorizado y casi sin dar crédito por aquella terrible violencia, dijo que había que parar aquello y llamar inmediatamente a la policía. Lo siento por él y, sobretodo, por la mujer a la que su pareja estaba apaleando, pero la mujer, la hija y el hijo del hombre dijeron que…-¡Ni hablar, Julián! ¡No te metas en lo que no te importa! ¿Qué quieres que después ese desgraciado te vea por la calle y te rompa la cabeza? -¡Ver, oír y callar, papá!-Eso no es asunto nuestro, papá. Que llame otro a la policía, o que ella denuncie, que es que después ella ni denuncia. No será tan malo…-¿Qué decís? ¿Y si la mata? ¿No oís esos golpes, por dios?-No es la primera vez que pasa, papá… ¿y ella por qué no se va? ¿A ver?-Pero el hombre que ya le salía toda la rabia, indignación y asco por las orejas, abrió la puerta de la calle, y se puso a aporrear la puerta del vecino gritando… -¡Basta ya de porrazos, so cabrón! ¡Que sepas que estoy llamando a la policía, y en cuanto te vea te parto la cara por cabrón! ¡Deja ya de pegarle a esa pobre chica, hijo de la gran puta!En su casa, en la otra casa, en toda la calle, todos, hasta el caniche Gurp, enmudecieron como si acabara de pasar un ángel, el ángel del silencio. Abrió la puerta un tipejo calvo, bajito, con cara, pies y orejas de cerdo. Llevaba una camiseta un poco manchada de sangre y tras de si, una mujer también bajita, menuda y morena se arrastraba llorando por el suelo. Apenas nadie la oyó cuando susurró un tímido y desfallecido:-Gracias…(23, 11, 2009, Historia basada en un echo real)

OBRA:SUSANA BECERRA PAREJA…

https://www.bygart.com/Marca~x~Susana-Becerra-Pareja~IDMarca~58.html

Más que palabras con…

JUAN ANTONIO SANZ

Un vetusto y oscuro ataúd abriéndose siniestramente, chirriando en la noche interminable. Girones de una niebla blanquecina adueñándose de lápidas carcomidas por el implacable martillo del tiempo y la humedad. Un castillo lejano, una aldea perdida, lobos aullando entre la nieve… si, amigos, imágenes que indefectiblemente nos evocan al amo de la oscuridad, al demonio retornado, al príncipe de las tinieblas, su satánica majestad el vampiro. ¿Están vivos? ¿Están muertos? ¿Es posible encontrar al vampiro, el No-muerto, en toda latitud y cultura? ¿Desde cuando existe la figura del vampiro? La última obra publicada sobre este mito eterno, es Vampiros, Príncipes del Abismo, de editorial Arcopress, grupo Almuzara, cuyo autor el periodista y viajero Juan Antonio Sanz, responde a estas vampíricas preguntas y algunas más. Para ir abriendo boca os dejo una breve reseña de su libro en Amazon:
“Príncipes del abismo no es un tratado sobre vampirismo. Es la crónica de una búsqueda personal de varias décadas en torno a un fenómeno, un mito o una leyenda que ha acompañado al ser humano desde el principio de los tiempos. Un fenómeno plagado de mentiras y fábulas, pero también de inquietantes realidades. Una de las tesis principales de este volumen escrito por Juan Antonio Sanz es que el vampirismo está íntimamente relacionado con la magia negra y con la búsqueda de la inmortalidad a cualquier precio. En este sentido, es la sangre la esencia fundamental que asegura esa inmortalidad y, por tanto, no sólo debe contemplarse como un alimento de los “no-muertos”, sino como la piedra filosofal de su transformación. Un libro plagado de historias, escrito y pensado para los lectores más curiosos”.

AD. Juan Antonio Sanz, ¿la sangre es la vida?

Juan Antonio Sanz. La sangre no solo es las vida, también es el vínculo con el otro mundo, con el lado del espejo que durante tantos siglos, tantos milenios, ha sido identificado como la muert. La sangre es ese puente que, a determinados seres, según las leyendas, les permite acceder a este plano nuestro, a la vida. Ellos son los vampiros, los nosferatu, los strigoii, como quieras llamarlos; desde Japón, con los jikininki,China, con los jiangshi, en todas partes encontramos esa leyenda de un ser espectral, depredador que quiere romper todas las barreras entre lo sobrenatural, y lo natural, y la vida entre lo prenatural y el mundo material, para poder acceder a la esencia del ser humano que es la sangre, o el prana, o la esencia vital con la que mantenerse en esa corporeidad. Esa es la clave del vampiro, un ente que a través de su vinculación con el ser humano adquiere las bondades que tiene este. Es decir, la materialidad.

El autor Juan Antonio Sanz en el Museo del Romanticismo, Madrid.

P. ¿Queremos ser entonces inmortales a toda costa?

R. Puedo subrayar que en este sentido, tres rasgos que definen al vampiro: una es su maldad; la maldad con la que este ser impone sus condiciones ante el ser humano, dentro de los rasgos es, como ya hemos comentado, su necesidad de la sangre para perpetuarse, para adquirir esa corporeidad. Otra característica es su relación, la relación del vampiro con la magia negra, precisamente los magos negros eran los primeros interesados en buscar la vida eterna, en buscar la perdurabilidad del cuerpo por encima de todas las cosas, y por eso recurrían a la maldad. Muchas de las leyendas a lo largo de todo el mundo, relacionan a los vampiros con magos negros que en un momento determinado de su vida adquieren, por un pacto con la maldad esa capacidad para introducirse en un cuerpo muerto, y al morir ellos transformarse en vampiro.

P. Zombis africanos y antillanos, la magia negra que utilizan para convertir a seres humanos en muertos vivientes, ¿están relacionados con el mito del vampiro o nada tienen que ver?

R. El hombre como un ser que tiene los días contados,mira más allá; quiere ser más rico, quiere ser más fuerte, y quiere ser más bello -cuando digo hombre hablo de mujer, por supuesto-, y quiere vivir lo más posible, y quiere superar la corrupción de la carne, y de estar en este mundo condenado a desaparecer como el resto de las cosas. De ahí que esa figura, esa imagen, del vampiro como un ser eterno, que no inmortal, puesto que puede ser aniquilado, sea muy atractiva para este hombre, para el ser humano. Y en ese sentido, como comentaba, los magos negros, los brujos, hechiceros que tienen posibilidades por una serie de conocimientos, acceder a esa vida eterna, a esa perduración de la materia, pues encuentran como el vampirismo puede ser un vehículo esencial. Esto es lo que nos cuentan las leyendas, y es lo más terrible en este sentido. Cuando leemos la novela Drácula nos damos cuenta de que no es solamente el cuento, el relato, de un archi vampiro que vive en Rumania, en los Cárpatos, y de pronto decide cometer sus fechorías en Inglaterra, no. Nos damos cuenta, como lo dice el propio Van Helsing, unos de los protagonistas, el cazador de vampiros por excelencia, nos dice que Drácula es un mago negro. Y en eso está la esencia del mito vampírico, en la necesidad de un ser perpetuarse gracias a la concepción de lo más preciado que puede tener una vida, que es la sangre. Y por eso la maldición del vampirismo está en que, los vampiros en primer lugar atacan es a sus propios parientes. El amor se corrompe de tal forma que se convierte en death. Y yo creo que hay que diferenciar el tema de los zombis, de los vampiros. El zombi es un ser, en teoría, y según nos cuentan las leyendas, los cuentos al calor de una hoguera, los zombis son deaths que se han levantado y no tienen conciencia propia en realidad. Los vampiros si. El vampiro según todas las leyendas sabe lo que hace. Aunque en estas leyendas y cuentos pueden aparecer carácterizados quizás más como un zombi, que como el conde vestido con frac, de largos colmillos. Y es precisamente por que el vampiro significa eso, es la corrupción de la carne, para convertirse en devorador de la esencia humana.

P. Juan Antonio, has viajado al lejano y frío norte en busca del mito para conocer más a estos retornados, como les llaman por ejemplo en Francia. De todos estos viajes hablas en tu libro.

Descubriendo misterios…

R. Bueno, mi libro es una indagación, una búsqueda que me ha llevado a lo largo de treinta años, treinta años más activo, pero yo creo que desde que era niño, desde la primera vez que escuché hablar sobre los aparecidos en una pequeña aldea de Segovia,me ha llevado a seguir el rastro de este mito. Yo no iba buscando vampiros por medio mundo. Yo buscaba el origen de esta leyenda, y sobretodo, como esta leyenda afectaba a diferentes poblaciones en sitios muy distintos. Yo viví mucho tiempo en Rusia, casi ocho años, y ahí me volví a encontrar con el mito de los vampiros. Viajé por Ucrania y volví a escuchar sobre los mismos; escuché sobre el ……, sobre el vurdalac, y sobre otros seres semejantes. Viajé por la ruta de la seda y allí, escuché sobre el jianshi, este vampiro chino que se mueve a saltos, que es horrendo, y que podría parecer uno de esos zombis de los que hablábamos antes, pero que no es tal. En Japón también viví, y trabajé para la Agencia EFE, y allí pude seguir los rastros de los kitsunes, los kappa, los chikininki… Estuve en los montes del sur de la península de Kii, preguntando sobre estos seres que parecían encarnarse en death, y revivirlos y consumir precisamente, la esencia de los hombres. Es una de las diferencias con los zombis. El zombi es creado por alguien, o por una enfermedad, o por una epidemia, o por alguien que le hace transformarse en lo que es. El vampiro tiene su propia voluntad, como lo he comentado, tiene esa capacidad para reanimar un cuerpo muerto, y es esto lo que provoca el horror al retorno de los no-muertos. Es lo que podría recordar a loas kitsune,los vampiros-zorro de Japón. Tuve contcato en América con los antaguayas del lñago Titicaca, que tienen un aspecto que muchas veces podrían recordar a los kitsune de Japón.También escuché sobre los anchanchus, que son mucho más terrible, y de infausto recuerdo entre los habitantes de los habitantes del lago Titicaca, al pie de las faldas de los Andes. Estos anchanchus son muy parecidos a los vampiros de Europa central, de los Balcanes. Por eso es muy posible que hayan podido llegar a principios del siglo XVII o XVIII, con algunas de las migraciones o invasiones europeas, junto con soldados, o junto con los propios sacerdotes que querían propagar la fe cristiana. Estuve también en Grecia, que es además una de las cunas mágicas del vampirismo; en Rumania, por supuesto, siguiendo trazos que me dictaba la que yo considero que es la biblia del vampirismo, como es Drácula de Bram Stoker. Pude continuar las enseñanzas que uno de los más grandes, si no el más grande upirólogo que ha visto la luz, que fue Augusto Montague escribe en sus libros. Lo que escribe este buen hombre que es, como digo, un sacerdote que digamos se equipara al abad Calmet, que en el siglo XVIII nos contaba en su tratado de vampiros todas las incidencias de las epidemias vampíricas del siglo. Bueno lo que nos cuenta Montague es que hay una tradición riquísima de historias en todo el mundo, pero sobretodo en esta vieja Europa. Esta ha sido mi búsqueda. Soy periodista y, bueno, más especializado en otros temas. Pero, precisamente yo creo que había que darle un toque más racional, incluso histórico, a lo que el mito del vampiro significa. Y por eso me lanzé a hacer es la búsqueda. Yo investigado lo que son los vampiros ancestrales, los vampiros folclóricos, y también los vampiros antropológicos. No me interesaba en este libro escribir nada sobre los clanes vampíricos que son consumidores de sangre. O estos digamos nuevos cultos y sectas formadas por gente de todo tipo, sobretodo gente con muchos medios como para pagar a una persona para convertirse él mismo en un hematófago. Mi libro es una búsqueda, simplemente,una búsqueda personal, que empieza casi cuando era niño, se retoma unos años después y ya no para. Y en estos momentos sigo investigando sobre el tema. Otro de los lugares interesantes donde me encontré el fenómeno vampírico más reciente, fue en Estados Unidos. Allí tuve oportunidad de conocer el caso de Mercy Brown, que ocurrió en una localidad chiquita de Exeter (Rhode Island), y que tiene mucho misterio en torno, y que además refleja los mismos síntomas, las mismas características que el vampirismo del siglo XVIII en Rumania, en el norte de Serbia, sur de Hungría, que precisamente puede diagnosticarnos como la leyenda del vampiro puede extenderse de un lugar a otro.

P. Juan Antonio, ¿tu crees en los vampiros? Por otra parte, ¿crees que existe otra vida después de esta?

El vampiro, Max Schrenck, diluyéndose ante el sol de la alborada, en la película Nosferatu, de Wilhelm Murnau, 1927.

R. Creo en el fenómeno vampírico. Es decir, creo en la influencia, en los efectos, que esta creencia, la creencia en un ser sobrenatural, pero que tiene los pies o las garras muy asentadas en esta tierra, puede ejercer sobre una determinada población, en determinado grupo de gente. En todos estos viajes a lo largo de buena parte del mundo, he encontrado muchos testimonios de gente que sí cree en los vampiros. Creía en ellos como en entes reales. Yo no he visto, por supuesto, ningún vampiro; he escuchado relatos muy inquietantes que me han llevado a dudar, pero claro, yo soy hijo del cartesianismo de una época, y muy escéptico en casi todo. Lo que no quiere decir que no vaya a investigar en ellos. La esencia del vampiro está también en su capacidad para extender una plaga. Entonces, en ese sentido, el vampirismo ha existido, por supuesto que si. En el siglo XVIII recordemos casos como los de Mitguilla, y otros lugares en el oeste de Rumanía, en el caso de Serbia; la gente creía en los vampiros por qué veía como sus parientes, como las personas habitantes de una aldea iban cayendo uno tras otro enfermos; el vampirismo era algo muy real y por eso contrataban los servicios de los mutiladores de cuerpos, aquellos clanes gitanos que se dedicaban a decapitar, a exhumar, extraer los principales órganos, las vísceras, el corazón, a empalar, o clavar a los vampiros, y finalmente arrojar sus cenizas a un río con una corriente rápida. Estos cuerpos que ellos desenterraban, creían realmente que eran vampiros que estaban reposando. Entonces esa gente si creía realmente en el fenómeno vampírico. Y yo creo en las leyendas. Ahí está cuando uno de los primeros literatos que escribió sobre el tema de los vampiros, Gottfried Bürger, que escribió el poema llamado Lenore , el decía: die Toten reiten schnell! , Por que los death viajan deprisa. Y así viaja la historia del vampirismo. Desde la más lejana Siberia, por la ruta de la seda; China, cruzando los Balcanes; en Grecia, hasta Rumanía, y después saltando al otro lado del charco, donde ya había, por supuesto, sus propios cuentos, historias y mitologías vampíricas. Pero donde este fenómeno literario cultural folclórico, procedente de Europa y Asia crece con una facilidad increíble. Y bueno, ¿la creencia en una vida después de la actual? Quiero creer que hay otra cosa. No te puedo decir que sea una vida, que sea una no-vida, o que es lo que puede suceder; desde luego es esa llama la que permite al hombre no sumirse en la desesperación. Entonces, quiero creer, quiero creer. ¿Qué tenga muchas dudas? También es verdad. Ciertas investigaciones, ciertos viajes pues te llevan a pensar en algunas ocasiones, que efectivamente, el velo que separa nuestra vida de otra cosa, de otra dimensión, de otro espacio temporal, que pueda haber, o que precisamente se difumine en ese espacio y es tiempo, puede ser cierto. Yo voy buscando, no tanto como explicaciones, si no, los efectos de las creencias. En ese sentido lo puedo tomar desde un punto de vista antropológico, sin ser en absoluto académico en ese ámbito. Pero, si, quiero creer que hay otra vida, u otra realidad sobrenatural, que a lo mejor puede ser bastante más espeluznante de lo que nos podemos imaginar. Precisamente, la esencia del vampirismo, el terror que producen los vampiros viene por esa corrupción, la imagen que tenemos de la otra vida. El horror a los vampiros, es el horror más espeluznante, más terrible; es el horror a que los deaths, los habitantes del otro lado, o los que han cruzado ya la laguna estigia hacia sea el infierno, el purgatorio, el paraíso según la conceopción cristiana, que puedan retornar desde ahí. Ellos mancillan toda esa creencia, y entonces se alimentan de nuestra propia fe. Por tanto casi que crea o no crea, lo importante es preferir no creer en los vampiros. Sobretodo debes tener en cuenta, que este libro lo ha escrito un periodista. Y un periodista pone en duda todo. Pone en duda la existencia del propio mito; la existencia, por supuesto, del personaje, que se refiere ese mito. Pero al mismo tiempo no ceja en su cacería de la historia, lo busca. Los busqué en elpaso del Borgo en Transilvania, siguiendo los pasos de Jonathan Harker, tras la pista del Dracula de Bram Stoker, hasta las calles de Providence, en Estados Unidos, cerquita de Exeter, en Rhode Island, tras la leyenda de Mercy Brown; o desde las montañas escarpadas de Creta, en Grecia, hasta los valles más ignotos de los Andes, en donde escuchaba hablar sobre los anchanchu. Lo que si es cierto es que , existan o no existan los vampiros, partiendo de la idea de que no existen, su leyenda es real. He encontrado testimonios muy similares, que aunque hablaran de criaturas muy similares, o distintas en su morfología si tenían ese sustrato común de querer alimentarse de la esencia del ser humano.

P. ¿En qué lugar de todos estos que tú has recorrido, por ejemplo de los que nos hablas en tu libro Vampiros. Príncipes del Abismo, has podido encontrar esa leyenda, o esa vivencia que te ha hecho dudar, y te ha impactado más, Juan Antonio?

Región de Transilvania en Rumanía.

R. ¡Uf! Yo creo que han sido numerosos los lugares en donde me he podido encontrar con una… con algo más que una esencia folclórica del fenómeno vampírico. Uno de esos lugares fue, por supuesto, en Rumanía. En Rumanía en vampirismo se exhala, en cada calle, en cada iglesia, cementerio sobretodo, a lo largo de todo el país. En Sighisoara en donde pude visitar el cementerio sajón, en la cumbre de esa colina que alberga esta ciudad en donde nació Vlad Tepes. Cuando en Brasov en la estación de tren, estuve charlando con unos viejitos que estaban allí, y que valiéndome, bueno, del soborno de unas cervezas pude mantener una conversación muy amigable, y me comentaron el caso de Toma Petra, yo se lo puse encima de la mesa, a principios del 20o4, cuyo cuerpo fue exhumado, y sometido a rituales vampíricos. Esa misma historia después me la relató, Moana una directora de hotel donde yo me alojé en Bucarest. También en Bolivia, en las inmediaciones del lago Titicaca en la isla de Pariti. Uy, en la misteriosa isla de Pariti, antaño un lugar de ceremoniales tiaguanakotas, y de otros pueblos muy antiguos. Donde me hablaron sobre el antaguaya; incluso conocí a un científico, a un biólogo, que decía que había sido atacado por el antaguaya. Entonces todas estas historias, todos estos relatos, tienen siempre un punto demasiado inquietante como para hacerte dudar de que vas por el buen camino, por qué ves demasiadas cuestiones que se te quedan fuera. Y aunque no quieres creer en estas cosas, de hecho, no crees, pero sin embargo no puedes explicar muchas de ellas. Deambulando por los templos de Japón, cuando escuché por ejemplo en la falda del monte Fuji al señor Yokichi hablarme de los chikininkis que se comían, según él, los cuerpos de los de quienes se ahoracban en el bosque de los suicidas, Aoikagahara, en la falda de este monte. En el monte Koya, cuando pasé por un cementerio que hay allí que tiene entre doscientas mil, y medio millón de lápidas entre los árboles. Ahí percibes algo. Digamos que la sugestión te hace percibir cosas. Como unos monjes me contaron lso diferentes tipos de seres vampíricos, y yo tuve que pasar la noche allí. Han sido muchos los lugares en donde han pasado cosas que me han echo, por lo menos, si no dudar, que se me pusieran los pelos de punta.

P. ¿Por qué en nuestro país no ha cundido como en otras regiones el mito del vampiro?

R. Bueno, la cuestión es que no se han hecho tantos estudios antropológicos o floclóricos sobre la esencia nosferática en Españe, por que aquí los vampiros posiblemente se conocían con nombres diferentes. Precisamente el término “aparecido” se refiere en muchas ocasiones a los vampiros. La inquisición, sobretodo, en el siglo XVII relata procesos contra brujas en los procesos sorber la sangre de niños. Y eso siempre se ha estudiado desde el punto de vista antropológico, o folclorico, como simplemente ligado al fenómeno de la brujería, pero no como una posible muestra vampírica. Yo cuando era niño, en Turégano escuchaba cuentos sobre los aparecidos que después yo me he dado cuenta, tenían todas las características de un cuento, de una leyenda vampírica. Teníamos algunos cuentos vampirícos muy concretos, como la leyenda del conde Struch en Cataluña, en el Ampurdán, en el pueblecito de Gers. Es un lugar además que no he metido en mi libro, simplemente por qué no lo visité. Si no lo habría puesto y habría tratado con bastante ilusión esta historia. Y es la de un conde que venció, según algunos de los supuestos, en la batalla de las Navas de Tolosa, 1212 y que por su valentía le dieron una baronía allí en Gers, que está cerca de Figueres. Este hombre se comportó más o menos bien hasta que comenzó a cazar a brujas.
Bueno pues este hombre se dedicó a cazar brujas, una le maldijo y cuando murió, según la leyenda se transformó en vampiro, y comenzó a cometer tropelías de todo tipo. Finalmente fue, unos dicen que una monja, otros dicen que fue un cabalista judío, quienes lograrton que desapareciera, y que perdiera todo su poder. Aquí se demuestra de nuevo esa relación entre brujería y vampirismo, en nuestro país y en optros cercanos como puede ser Francia. O en el caso de Italia también hay fenómenos vampíricos, o licantrópicos está muy ligado al tema de las brujas. Ahí están los famosos benandanti, rumores también de brujas. Es muy curioso también las leyendas del norte de España, la xuxona, las lamias, que además nos recuerdan a entidades vampíricas romanas y griegas.

P. Has estado recorriendo también lugares como Providence en Rhode Island, que tiene un sabor y atmósfera profundamente lovecraftiano, ya que Howard Philip Lovecraft nació y vivió allí. Juan Antonio ¿tu próximo libro tendrá como protagonista a este genio del Horror Cósmico?

R. Bueno, Lovecraft es mi pasión. Digamos que los vampiros y algunas otras cosas sobre las que estoy escribiendo ahora son mi obsesión. Pero Lovecraft, Howard Phillip Lovecraft, es mi pasión. Empecé a leerlo ya con quince años o dieciséis, ya era talludito. Pero he estado en Nueva Inglaterra, en Maine, en Rhode Island, donde está Providence, he estado dos veces; y he recorrido todos los lugares lovecraftianos por excelencia. Por eso después caí en Exeter, donde sucede el caso de Mercy Brown. Pero si indagué mucho al respecto; estuve en Salem, en Newport que si recordamos La sombra sobre Innmouth, es donde comienza este relato. Encontré el lugar donde yo creo que en realidad se inspiró Lovecraft para localizar Innmouth; quizá algún día lo escriba en un libro, que ya he incluido en algún artículo, y yo creo que es Rockport. La aldeita de Rockport, ya que tiene todas las características, y tiene incluso el arrecife a lo lejos donde sucede. Yo creo que el horror que definió Lovecraft, ese horror cósmico, es el horror más terrible. algún día escribiré sobre Lovecraft.

P. ¿Y para terminar, Juan Antonio, cuales son las referencias más destacables de tu libro?

Juan Antonio Sanz durante una intervención en el programa Cuarto milenio.

R. Bueno, el libro Vampiros. Príncipes del Abismo. Crónicas de no-muertos, es de Arcopress- Almuzara. Una precisión. ¿Referencias? ¡Uf, muchas referencias! La fundamental, como ya he dicho antes, quizá el Drácula de Bram Stoker. Además es el libro que me permitió viajar por Rumanía, y por otras partes del mundo, con esa referencia clásica de los vampiros. Con esa relación entre el vampirismo y la magia negra. Bram Stoker habla de la escuela de la Chonomanze, una escuela regentada por el diablo en los Cárpatos. Una escuela donde se educaba a gente con mucha curiosidad por la nigromancia, y la magia negra, y donde Van Helsing nos cuenta que allí habría estudiado el propio Drácula. ¿Más libros? Pues posiblemente Soy leyenda; Carmilla, que ya lo he citado antes; El Vampiro, de Polidori, por supuesto; leí también en su momento Entrevista con el vampiro, y me gustó, pero desde luego no es el tipo de vampiro que a mi me atrae. Bueno,y por supuesto el Tratado de los vampiros del abad Calmet. Una gran deuda tengo con los autores españoles que se han referido al tema del vampirismo con ensayos, como es el caso de Javier Arries y su Vampiros. Bestiario de ultratumba, que es inigualable. Si alguien quiere leer un tratado sobre vampirismo ha de leer el tratado de Javier. También tenemos otros escritores como el bueno de Arasil que ha escrito sobre vampiros. No es un tema que se haya tratado desde el punto de vista ensayístico con tanta profusión aquí en España, y es que estos dos escritores tienen todo mi respeto.

Juan Antonio Sanz te deseo todo el éxito. Sé muy feliz.

Gracias.

Ada García, febrero 2021.

Ramón

(Cuentos a medianoche en punto)

Tirado en la cama, ventana abierta a luna de julio, luz apagada, auriculares sonando a toda pastilla “El último que zierre”, Dimo Cabrera fumaba en la oscuridad un cigarrito robado a su madre. Pero ya cabeceaba, se le cerraban los ojos, y apagó el cigarrito. ¿Dimo? ¿ Qué quién es este? Pues Dimo va para dieciocho años, es alto, lleva gafitas redondas, el pelo largo, rubio oscuro y tiene estos días un acceso de acné en la nariz. Estudia mucho, le gusta leer, poco madrugar, y adora a su abuelo Ramón. De joven, de niño, el abuelo se pasaba la vida trabajando en el taller de la imprenta, y el tiempo que no trabajaba, el abuelo iba al cine. Al cine a ver películas de John Wayne, de Steve McQueen, de Sophia Loren. Su nieto ha heredado ese gusto por el cine, además de los pelos rubios y lacios, las pecas sobre la nariz, y las orejas redondas. Tampoco faltan los que dicen que Dimo se parece muchísimo a John Lennon cuando era jovencito, y como él le da por arrancar rifs a su guitarra cuando no puede soportar más las injusticias que conlleva existir. Pero ahora Dimo quiere dormir. Quiere y no puede por qué allá abajo, en el salón, sus hermanos mayores, Carlota y Lucas, de 28 y 20 años respectivamente, ven la tele, un insoportable programa de esos de meter a mucha peña en un lugar específico, isla, casa, o peluquería, y grabarlos a ver que pasa. Si la peña a grabar para ver que pasa es medianamente famosa, mucho mejor. Al alto volumen del electrodoméstico, se une la algarada de comentarios, risotadas, y los ladridos de Tobías el Magnífico, el beagle miembro de la familia.

En el salón. Bolsas de bocabits, latas de pepsi, los restos de una pizza margarita. Carlota y Lucas en pijama, móvil en mano pero sin quitar ojo al parlachín electrodoméstico. Tobías el Magnífico refunfuña ladrando a ratos. Es que quiere salir a hacer sus cosas, pero estos dos individuos, ya véis, solo tienen ojos y oídos para el infecto programucho de la tele. Carlota es rubia, melena rizada, pecas y sobrepeso. Como su hermano pequeño, Dimo, se parecen al padre, y al padre del padre, el abuelo Ramón. Carlota trabaja en una boutique en Sevilla justo al lado de la Maestranza, y como la Mary Kate Danaher de El Hombre tranquilo, no se casará sin llevarse sus muebles y sus ajuares. Además de su dote. Eso dice ella.

-¡Pero que hace eseee! ¡Mira Lucas, a Sofi le han cogido el culo!

Lucas es más parecido a Marta, la madre, y como ella es moreno, ojos oscuros, piel muy pálida. Y juega cada vez más en serio al baloncesto.

-¿Y eso?

-Yo creo que ha sido Coke… ¡Ojalá lo echen a patadas! ¡El muy cerdo!

Dimo, que ya lleva su tiempo intentando dormir sin éxito, aparece echo una furia, o algo peor, en la puerta del salón. Por cierto que va dejando su rastrillo a tabaco de mamá.

-¡Basta! ¡Basta!¡Callaos de una vez, imbéciles de mierdaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

-Anda, ¿y a este que porras le pasa ahora?

Dimo se acerca sin ninguna contemplación que valga, y apaga la tele, y santas pascuas. Sus hermanos la lían parda; Tobías ladra como intentando calmar a la afición, y el vecino de al lado golpea el tabique como siempre. Y es que Marta y Luis, los papis, por fin se han decidido a pasar un fin de semana en París.

-¡Pero que haces atontadoooo? ¿Quién narices te manda apagar la tele, idiota?

-Mira, Dimo, déjanos en paz y vete a dormir o llamo a los papis y te vas a enterar tu de lo que vale un peine,hombre. Además, snif, snif, ¡has fumado!

-¿Dormir? ¿Eres tonta? ¡Yo estaba casi dormido ya, y vuestros gritos y carcajadas me han despertado! ¡Y eso sin contar con lo alta que teníais la tele! ¡Y soy yo el que va a llamar a papá ahora mismo y se lo voy a contar todo!

-Oye peque, mira… no te enfades chaval…

Carlota conciliadora. Lucas como siempre, mete cizaña a mansalva.

-Dimo, hombre, no seas chivato; a los chivatos nadie los quiere… ¡Ay, encima robándole los cigarritos a mamá! ¿No te da vergüenza?

-¡Me da igual! ¡Decidle lo que os de la gana! ¡Y no entiendo como no se os revienta el cerebro con la mierda que veis!

-Anda que tu, esas pelis rancias y mega viejunas del Gary Cooper, o el López Vázquez…

-¡Oye Lucas, no te metas con las pelis esas que también le gustan al abuelo Ramón! ¡So imbécil!

-¡Jajaja!

-¡Iros a la mierda!

-Dimo, peque, no te enfades, anda. Mira, déjanos terminar de ver esta basura de programa que está ya terminando. No le digas a los papis nada, porfa.

-Anda, si, porfa, vete por ahí a ver pelis de abuelos, jejeje… ¡Fort Apache, guauuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

-Joder, Lucas, no metas más cizaña que ya lo tenía casi convencido…

-¡Pues para que lo sepáis, eso si es cine y no la mierda que veis vosotros! ¡Al abuelo Ramón le molan y a mi me también, ostias!

-Mira, peque, vete a sacar a Tobías el Magnífico a que haga sus cosas, que no para de ladrar y se nos va a hacer pis y cacas aquí y verás después los papis; te das un paseíto, te relajas y…

-¡Ni de coña! Papá no me deja poner un pie en la calle después de las doce de la noche, Carlota. Lo sabes muy bien. A joderse…

-Son menos veinte… y además te doy veinte euros….

-No.

-Cincuenta. Es mi última oferta.

-¡Da gracias a que ahora mismo estoy pelado, que si no…! ¡Anda venga!

-Recuerda: no te alejes de la esquina, no te encantes y aparezcas a las dos, y no pierdas de vista a Tobías. ¿Queda claro? ¡Y ni una palabra a los papis!

-Dad gracias también, afortunadamente para vosotros de que no soy un chivato…

-¡Ale, ale! ¡Hasta luego!

La calle solitaria. La noche densa, oscurísima, abierta a cien mil millones de astros errantes; quién sabe cuantos planetas irrealmente lejanos, con sus bosques azules y sus pájaros de plumas de aire. Los andares de nuestro chaval al que acompañamos sin él saberlo por este paseo nocturno de julio, son lentos, suaves, y nos llevan a la esquina de la larga calle entre jardines, en esta zona exclusiva de chalets adosados y árboles de hojas exuberantes, fragantes, rumorosas. Las farolas dan una luz amarillenta, y no demasiado extensa. Una luz que se va tornando en tinieblas a medida que llegamos hasta el final de la calle, cerca ya del parque privado.

-¿Tobías que te pasa hombre? Deja de ladrarle al gato del vecino… ¿qué pasa?

Una bellísima y desconocida chica escucha música sentada en un banco a la entrada del parque, arropada por las grandes sombras que dan los enormes eucaliptos y reyes del paraíso. Su perro, un pitbull gigantesco, de nombre Jerjes, negro como las barbas de la noche, de ojos llameantes, y dientes absolutamente terroríficos, campea feroz a su lado, cual cancerbero infernal. Pero la chica dulce, bella, como ondina de los estanques, le sonríe con una sonrisa espléndida al decirle…

-Hola.

-Hola. ¿Qué hay?

-¡Qué noche tan bonita! ¿Verdad?

-Bueno, si. Es verdad….

-Mira, aquello pequeñito de allí, si, si, mira justo sobre tu cabeza, es Júpiter, Más allá es la constelación de Orión, con reflejos azulados, y aquello titilante que siempre va tras él es la de Canis Maior… ¿La ves? Y si te quedas algún tiempo con la cabeza así, mirando hacia arriba, sin flaquear, sin mirar para otro lado ya puedan pasar cien o doscientos eones Hádicos, podrás ver a Dios. Oye niño no te rías, ¿a ti nunca te han dicho que Dios está en los cielos? Pues eso. Así que Dios, está entre las estrellas. Yo siempre me he preguntado que, si hay tantas estrellas, si hay millones, trillones, cuatrillones de soles, quásars, cometas, galaxias, de novas infinitamente más potentes que nuestro cercano Sol, ¿por qué el Universo es oscuro? ¿Por qué el cielo es intensamente negro, negro, negro?

Dimo, embelesado, hechizado con la voz, y la belleza de esta niña desconocida, no sabe que responder. Y no responde más que un susurrante…

-No… no lo sé.

-¡Jajaja! Bueno, pues yo si lo sé, y es que creo que los humanos no podemos ver bien la luz del Universo. La rotunda luz que sale de la energía oscura para dejar de ser energía y luz, y ser un átomo de nitrógeno, o una briznita así de enana de gato, o escarabajo, o persona o de océano, o un acorde chiquitito, chiquitito de canción.

Sin entender del todo las palabras de ella, Dimo piensa que son las palabras más preciosas que ha escuchado en toda su vida. Y eso sin saber aún su nombre, piensa. Tobías mordisquea distraídamente un objeto extraño, y ella entonces, como si leyese la mente de nuestro joven amigo, dice que se llama…

-Me llamo Oana. Y tu eres Dimo. Te conozco por que mis padres el otro día casi te atropellan cuando les saliste de pronto a la entrada del garaje. Bueno, en realidad casi les atropellas tu con la bici.

Oana es alta, delgada, de piel transparente, rizos largos y oscuros. Sus ojos son negros como el cielo que los protege. Su voz es una melodía eterna. Va vestida con ropas un poco extravagantes, vestido largo, vaporoso, zapatos puntiagudos de tacón, y sus largos rizos negros caen pesadamente sobre sus hombros, sobre su espalda. A Oana ya lo véis, le gusta mucho los cielos de la noche.

De manera que bajo los profundos e insondables cielos de la noche, Oana y Dimo se miran a los ojos, cada vez un poquito más de tiempo, entre palabras quedas, risas y sonrisas; entre ladridos y de vez en cuando, el soplo suave de una brisa fresca y con fragancia a hierba húmeda, a fogata lejana, a mar lejano.

-Yo nunca te he visto por aquí, Oana. ¿Y cómo es que tus padres te dejan estar a estas horas en la calle?

-¿Y a ti?

-Bueno, es una larga historia, y además mis padres están de fin de semana en París.

-Bueno, Dimo… yo soy más vieja que tu. Soy, de hecho, muy, muy vieja….

Pero el pitbull de la bella y misteriosa Oana jugueteando sin querer, agarra de pronto la garganta del pacífico y bienpensante Tobías el Magnífico, y la sangre comienza a brotar.

-¡Eh, tu! ¡Deja a mi perro! ¡Dile que lo suelte que lo va a matar! ¡Tu, perro imbécil de mierda, suelta a mi perro! ¡Madre mía, suelta a Tobías, cabrón!

Gritando, y gritando, pegándole patadas al malvado Jerjes, Dimo solo consigue que el formidable pitbull le de un empellón con los dientes en la mano, que le deja una rajita roja y dolorosa. Es una terrorífica pesadilla. Por que conforme Jerjes que, en un principio, solo quería jugar con el pobre Tobías el Magnífico, al notar el sabor de la sangre caliente en sus adentros, le coge el gusto, y estimula su lado perruno, más bestial. La llamada de lo salvaje, que diría Jack London, con toda la razón.

-¡Basta! ¡Basta!

Pero Oana, como un revoltijo de hojas secas arrastradas por el viento de la tarde, va desapareciendo. Sus bellos rasgos se van borrando, su risa perdura un poco más cual media luna engarzada en el firmamento. Cual sonrisa, ya lo habréis adivinado, del Gato del País de las Maravillas. Dimo grita. Grita y patalea. Comienza a llorar de rabia y de impotencia.

-Ramón… Ramón… mira, tranquilízate, por favor. Si no van a tener que volver a pincharte otra vez… ¡Ramón!

Dimo, nuestro chaval, siente como una mano le zarandea un poco. Otra voz desconocida de mujer entra en escena.

-Pobre hombre… ¿Usted es la hija?

-¡Que va! Yo trabajo en la residencia de ancianos donde este señor está ingresado. El pobre no tiene ya a nadie en el mundo. Su mujer murió hace dos meses. Y nada, tan mayor y tan solo, el mismo vendió su piso de Utrera, y se vino con nosotros a la residencia de la tercera edad La resistencia. Pero él estaba bien, con sus achaques, que ya son ochenta años, y sus cuidados, pero bien. Cobra su paguita y se va a pasear, o a tomar café con algunos abuelos del geriátrico…Sin embargo, por esta tarde después de cenar, serían más o menos las nueve, le dio un ataque de ansiedad, mientras veía la película Fort Apache. Tuvimos que pedir una ambulancia y así está el pobrecillo medio sedado. Aunque como ve usted, de vez en cuando le da otra vez el ataque…

-¡Ramón! ¡Tranquilo, hombre! ¡Te vas a caer de la camilla!

Ramón abre los ojos. Lentamente la luz potente y blanca de tubo fluorescente abre su mente. Despierta. Sus ojillos de octogenario, sus retorcidas manos, su fuerza de viejo sedado recostado en una camilla, despiertan. Es el hospital . La sala de espera. Fuera en la calle, es febrero. Los naranjos de Sevilla explotan con fuegos naranja y verde lujurioso. Huele tan bien…

-¿Oana?

-No, Ramón… Oana no. Soy yo, Nieves… ¿Cómo te encuentras?

-¿Y dónde está Oana? ¿Y Tobías el Magnífico?

-Ramón, escúchame…. estás en una camilla, aquí en el Virgen del Rocío. Estabas dormido, sedado. Y seguro que estabas hasta soñando. Esto es la sala de espera, mi arma. Llevamos aquí desde las nueve y media de la tarde y son ya las doce de la noche. Yo en un ratito me tengo que ir para mi casa. Pero otra persona de la residencia viene para acá, para estar contigo, Ramón. ¿Me oyes?

-¿Carlota? ¿Tu te bebes la ginebra de papá? ¿Pero por qué me llamas ahora Ramón? ¡Estás loca perdida, chica! ¿Dónde está Tobías? ¿Y Oana? ¡Verás cuando vengan los papis y se enteren de esta movida, Carlota!

-¡Ramón, Ramón, tranquilízate por favor…! Soy Nieves, la enfermera de la residencia donde vives. No conozco a ninguna Carlota; no tengo ni idea de quién pueden ser Tobías, ni Oana. Estás aquí en la sala de espera del hospital… te han tenido que poner una inyección sedante.

Son las doce de la noche. Es febrero.

-¡Basta! ¡Basta! ¡Deja de llamarme Ramón de una puñetera vez, idiota! ¡Me llamo Dimo! ¿Y qué mierda dices de una residencia de ancianos y del hospital? ¡Carlota, deja ya esta bromita de mierda! La semana que viene cumplo 18 años, y…

-Ramón, tienes 80 años; vives en la residencia de ancianos La Resistencia desde hace un par de meses. Te dio un ataque muy fuerte, Ramón. Una crisis nerviosa de las gordas. Comenzaste a gritar, a golpearte con desesperación la cabeza, a asustar a tus compañeros de La Resistencia. Tuvimos que llamar a una ambulancia. Estas sedado. Yo me tengo que ir. Soy Nieves…

Dimo va abriendo su mente más claramente. Comienza a asimilar formas, colores, sonidos, voces, recuerdos…. la droga que le inyectaron, por lo visto está dejando de hacer efecto. Distingue unas luces blancas, distingue gente sentada en bancos, esperando; distingue enfermeros que van y que vienen. Y se ve a sí mismo tendido en una camilla. Mira sus manos, mira su cuerpo. Escucha su propia voz; otra que no es la suya: eres Ramón, recuerda. Son las formas, la voz, las manos de un viejo absoluto. Enfrente suyo hay una señora mayor con un paraguas, y una bolsa de plástico. Le mira. Al otro lado, bajo la gran ventana que da a la tibia y ventosa noche, está sentada una pareja, y la chica tiene una pierna escayolada. Le mira. Algo negro, duro, frío, golpea entonces su cerebro. Una angustia gigantesca y física, una angustia monstruosa, como un proyectil, más aún, como cien mil proyectiles, estalla en su mente, en su alma. Y GRITA. Y su grito parte en dos la atmósfera, la noche, la Tierra. Y llegan más enfermeros, y alguien le pincha. Y entonces…

-¡Dimo, Dimo! ¡Despierta, hombre! ¡Menuda pesadilla tienes hijo!

Pero el grito continua rasgando el aire.

-¡Dimo! ¡Por favor, despiértate! ¡Lucas ve al baño y trae un vaso de agua!

-¡No creo que el pobre chaval pueda beber agua en estos momentos, Carlota!

-¡Es para echárselo por encima,hombre!

-¡Ah, bueno!

Y así despacito, poco a poco el grito atroz, el grito sobrehumano, va remitiendo. El muchacho abre los ojos. Mira. Ve. No, no es en absoluto la sala de un hospital; No, no es tampoco una camilla donde está acostado. Ni existe ninguna señora que dice que se llama Nieves a su lado, llamándole Ramón, ni diciendo que es un viejo que vive en una residencia para viejos. Es una habitación de adolescente, su guitarra, su amplificador, su bandera del Betis, su vídeo consola Nintendo…

-¿Carlota?

Escucha los ladridos, los querídisimos ladridos de Tobías el Magnífico…

Tobías viene a saludarte, niñatín. Te pusiste malo anoche después de la cena, ALGO, yo creo que la lasaña que hicimos en el micro, no estaba muy en condiciones. ¡Je! Debimos mirar la fecha de caducidad, ¿no creéis? Lucas lleva toda la noche dando paseos al baño. Pero tranki que he avisado a los papis y ya estarán al llegar. Dicen que no se nos puede dejar solos. ¡Encima!

-Entonces, ¿nunca bajé a apagaros la tele? ¿Todo ha sido un sueño?

-Estábamos viendo Gran Cuñado, cuando desde arriba comenzaste a gritarnos como un loco que bajásemos el sonido y que blabla, que no te podías dormir; Y así creo yo que te fuiste quedando dormido hasta ahora, en que tu pesadilla nos ha despertado a todos.

Son las cinco y media de la mañana. Es julio.

-Entonces, ¿anoche yo no saqué a Tobías a pasear? ¿Nunca conocí a Oana?

-¿Oana? Ni idea. Y fue Lucas quién sacó un ratito a Tobías antes de irse pitando para el baño, justo cuando terminó Gran Cuñado. Ya sabes que los papis no te dejan salir más allá de las doce de la noche. De todas formas para que lo sepas chavalín, tu dormías a pierna suelta y hasta roncabas, cuando yo subí a acostarme… supongo que sería ya casi la una. ¿Por cierto, esa heridita que tienes en la mano?

Calderón de la Barca, qué grandeza, qué sabiduría la de don Pedro, lo dejó escrito allá por el siglo XVII:
Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

¿Y no fue aquél genial caballero de Baltimore, el señor Allan Poe, el que dijo…
¡Toma este beso sobre tu frente!
Y, me despido de ti ahora,
No queda nada por confesar.
No se equivoca quien estima
Que mis días han sido un sueño;
Aún si la esperanza ha volado
En una noche, o en un día,
En una visión, o en ninguna,
¿Es por ello menor la partida?
Todo lo que vemos o imaginamos
Es sólo un sueño dentro de un sueño?

A la hora de comer suena el móvil de Dimo:

-Hola, Dimo, soy Oana. ¿Cómo está tu herida? ¿Y Tobías? Como anoche mi perro mordió sin querer al tuyo, aunque apenas le rozó, y saliste de estampida antes de poder pedirte disculpas y asumir la factura del veterinario… ¿nos vemos esta noche en el mismo banco que anoche?

Ada García.

Sevillla, febrero 2021

Cuentos en primera persona

Alguien en el castillo.

(La Bella durmiente)

Érase que se era allá en un lejano reino junto al mar, en donde vino a  nacer una princesa, yo, bella como la luz del sol, como las alas de los pájaros, como la onda suave que deja la imperceptible brisa sobre el estanque. Nací, pues, entre perfumes de canela y ciprés, menta y mermelada de naranja, y mis padres querían celebrarlo por todo lo alto como corresponde al nacimiento de una princesa, única hija además de los monarcas. Por ello a mi bautizo fueron invitadas todas las hadas, ondinas, náyades, ninfas, hechiceras y magas del reino. Yo, claro está, no tuve constancia de todo esto, hasta que mucho tiempo después mi nodriza, la ya muy anciana Lady Applewinter, una tarde de mucho frío y bastante nieve, tuvo a bien contármelo, en tanto tejía una de sus imposibles bufandas de media legua.

Pues, como os digo, allí estaban las coquetuelas hadas de los Campos de Amapolas del Norte, las bellas y verdosas ondinas de la lejana región de Amadalia, cerca ya de Betelrosa, la lozana y dorada tierra de los gnomos azules, que bebían vino de almendras, y rezaban cada amanecer al dios de las palabras; también asistieron las bellísimas hadas de Nueva Calesia del mar del sur, las hadas-flor de la Aurora Austral, y sus hermanas las tres hadas del Arco Iris. En una palabra, que allí estaban todas. ¿Todas? Pues lamentablemente no, y esto en verdad fue el origen de todas las preocupaciones y contratiempos que ocurrieron muchos años después. Como os cuento, todas las hadas del Planeta azul fueron invitadas… excepto la oscura, altiva, y vengativa hada Maléfica, cuyo difícil trato provenía más de su innata maldad, que de un trauma infantil no superado, o por su notoria afición  a convivir con trolls, ogros y demás gentes de mal vivir. 

–¡Maldición, digo! ¡Maldición! ¿Cómo os habéis atrevido a rechazarme en este regio a la par que insoportable evento, fomentando mi marginalidad y mis ganas de hacer la puñeta al prójimo? ¡Me vengaré!

Era el día de mi bautizo, los pajes, amas, doncellas y criados repartían a diestro y siniestro, cajitas rosas, celestes y blancas llenas de lacasitos, o cestitas de mimbre, forradas de seda dorada y terciopelo carmesí, envueltas en papel de celofán dorado, con frutas escarchadas, chocolate blanco con cerezas y bombones de crema de leche con miel y almendras. Todas ellas, cajitas y cestitas, acompañadas de una tarjetita en donde rezaba mi nombre, Aurora, y mi fecha de nacimiento: 23 de mayo del año 1000. ¡Qué feliz mi reino! ¡Qué día tan dorado!  Pero, ¡qué poco duró tanta felicidad! Porque allí estaba la cruel Maléfica en todo su terrorífico esplendor.

–¡No, no creáis que me importa! ¡Es más, hasta hubiese partido la invitación en dos en caso de que SI hubieseis tenido la vergüenza de enviármela! ¡Pero, repito, mi venganza será terrible! ¡Terrible!

–Mademoiselle, s’ils vous plaît!

Era Odette, un hada de Montmatre que había venido con sus hermanas y amistades, subidas todas en su cisne blanco, sólo para bailar junto a  nuestro lago lleno de cisnes, patos y ocas. Interrumpió la enfadadísima verborrea de Maléfica con un suave aleteo de sus alas.

–¡Madame,  pog favor! ¡La pobge bebé real no tiene ninguna culpa!

Pero ya se sabe que el resentimiento en algunos seres hace el mismo peligroso efecto que una ballesta a punto de ser disparada.

–¡Silencio! ¡Esta niña morirá al cumplir los 16 años!

Y salió de la sala, dejando atrás un revoloteo de murmullos de terror, desaprobación y algún que otro insulto. Mientras, dos docenas de copas, vidrieras góticas, y una imagen en piedra del rey, esculpida en piedra roja de Suavia por el mismísimo maestro cantero Germano de Brabante, cayeron sobre varios de los invitados, aunque gracias a la rápida intervención de pajes y donceles, nada más que alguna contusión sin importancia hubo de lamentarse. El rey, mi bondadoso padre, gritó entonces fuera completamente de si: ¡Mala bruja! Y la reina, mi enérgica madre, se desmayó, no sin antes haberle lanzado un pesado jarrón de mármol que se hizo mil pedazos, uno de los cuales fue a estrellarse sobre la puerta de una diminuta y buena familia de duendecillos-ratón, que habían colonizado las profundidades de debajo del trono. Así, y como punto final  a la intempestiva despedida de Maléfica, un trueno formidable retumbó de almena en almena, de torreón en torreón, ante la desesperación de mis padres, los reyes. Os preguntaréis, o tal vez no, que hacía yo. Amigos, yo pataleaba alegremente en mi cuna envuelta en tules y encajes, ajena a todo este drama. Pero las tres deliciosas hadas del Arco Iris salieron en mi ayuda. Bien oiréis lo que dijeron.

–¡Nosotras no podemos eliminar del todo el conjuro de Maléfica, pero si que podemos quitarle mucha fuerza! ¡Así que Aurora no morirá al pincharse con una aguja de coser al llegar su decimosexto cumple! ¡No, no! ¡Solo dormirá por espacio de cien años, y será despertada de sus sueños por un muchacho buena gente cien por cien, con un suave beso de amor!  

Hete aquí que pasaron los años, desde aquél convulso día, y así llegué a mis dieciséis cumpleaños en una tarde gris perla, verde musgo, y pájaros volando hacia el lejano país de las canciones. Pero antes de la fiesta me puse a jugar con mis amigas al escondite de los libros que no se pueden leer hasta que seas mayor por todo el castillo. Y así llegué hasta un torreón misterioso, en el cual nunca antes había estado. Dentro, una viejecita sentada en su butaquita de oro, y tocada con sombrerete picudo, chal de ganchillo color chocolate y gafas de ver bien de cerca, cosía trapos con punto de cruz como si no hubiese un mañana. Al verme, la buena ancianita dejó lo que estaba haciendo, y puso sus gafas de ver bien de cerca sobre una mesita contigua, se restregó delicadamente los azules ojos, y me dijo con una sonrisa dulcísima…

–Hijita, mira, ven. ¡Ven a ver que bordados tan maravillosos se pueden hacer con aguja e hijo! ¡Son como lápices de colores! ¡No, mejor aún! ¡Mira que flores, qué pájaros, que muñecas! ¿Quieres probar?

–Pues no, buena señora. Gracias, pero, según cuenta la leyenda, si cojo una aguja el mismo día de mi decimosexto cumpleaños, dormiré durante cien años, y eso es muchísimo tiempo; me perdería mi juventud, mi madurez, mis próximos cumpleaños, y hasta no cumpleaños. De todas formas, a mí coser, la verdad, eso de lidiar con agujas e hilos, costureros, dedales, acericos, tijeras y demás cachivaches, no me interesa lo que se dice absolutamente nada. Creedme que lo siento, pero lo que vos hacéis con el hilo y la aguja lo hago yo con mis pinturas, mis lienzos, y mis pinceles.

Pero, pero… durante la fiesta, mientras bailaba animadamente un minué con el príncipe Feliz, se me descosió el bordado de mi maravilloso vestido de seda y terciopelo azul pavo que llevaba, y no se me ocurrió otra cosa, tontaina de mí,  que permitir que la ancianita del costurero le diese dos puntadas. Claro, entre el calor de la fiesta, la animación, el ir de aquí para allá, hicieron que bajara la guardia, con tan mala suerte que zas, la anciana me pinchó de modo casi imperceptible, pese a todas las precauciones y cuidados. Y en ese momento, justo en ese instante, mis padres, parientes, amistades, pajes, criadas, nodrizas, amas, cocineros, charcuteros, jardineros, soldados, capitanes, mozos y mozas, vecinos, juglares y trovadores, músicos, damas e hidalgos, pastores, niños y niñas, y hasta todos los animales del castillo, quedaron profundamente dormidos. Y yo la primera. Pero antes de caer presa de un sueño insoportablemente pesado y perentorio, me dio tiempo a escuchar, mientras mis párpados se cerraban cual ventana tras la lluvia, una risa estentórea, brutal, descarnada…

– ¡Ja, ja, ja! ¡Por fin mi venganza se ha consumado!

Pero lo que esta mala bruja no sabía es que sólo estábamos dormidos. Pero ¿Por cuánto tiempo?

Pasaron cincuenta, setenta, cien años…, tal vez más…

Al despertar, al abrir los ojos, al principio, a mi alrededor sólo vi oscuridad, y entre sombras y tinieblas, algunas ráfagas de luces y murmullos. Pero, en tanto mis torpes ojos iban lentamente adaptándose a la claridad, observé sobre mi cabeza una enorme plataforma de luces blancas cegadoras, abriéndose paso en mi mente. Escuché voces…

– ¡Por fin despiertas Aurora, querida!

¿En donde me encontraba? Era una sala extraña, enorme, blanca y cálida, y salíamos todos al unísono del estado de hibernación centenario que nos había provocado el hechizo de Maléfica.

En la cámara de al lado, una de mis bellas damas de compañía, Kane, comenzaba también a abrir los ojos.

– ¡Buenos días! ¡Qué hambre tengo! ¡Después de no sé cuanto tiempo sin comer, sería capaz hasta de comer caracoles!

Evidentemente todos estábamos tan hambrientos como la hermosa Wilfreda de Kane, pero no por eso comimos caracoles, aunque si tarta, queso de cabra, café, mucho café, y paella. Pero al cabo de una hora, en la que ya habíamos dado buena cuenta de todas las deliciosas viandas, a Kane, mi dulce dama de compañía, comenzó a sufrir sin previo aviso fuertes dolores de tripa, y empezó a gritar, a toser, y a retorcerse de dolor  por los suelos. La cosa fue tan a peor, que cuando nos dimos cuenta, de su abultado abdomen surgió un bicho monstruoso, sanguinolento, con dientes de piraña y sin ojos, que salió disparado a perderse vete tú a saber donde. Todos gritamos y vomitamos, y alguien cayó al suelo presa del colapso nervioso. Y en éstas, cuando más negro se presentaba nuestro horizonte, el teniente Jacob Ripley de Guermantes, oficial  de la orden de Nostromo, hizo acto de presencia en la sala armado con su espada de acero forjado por Nibelungos cerca de las montañas de la Luna, y con su armadura forjada por los elfos en sus fraguas cercanas a la montañas del Sol. Dijo: ese alienígena es peligroso, es alguien, alguien, sí, alguien. El octavo ser que ha despertado en este castillo.

–Ese alguien, ese alguien monstruoso debe ser aniquilado inmediatamente.

Todos gritamos…

– ¡Sí, sí, hay que acabar con él!

– ¡Sois valientes, amigos míos! ¡Estoy realmente emocionado! ¿Voluntarios para terminar con ese alguien?

Pero en ese momento el más absoluto silencio se adueñó del ambiente como una tupida niebla.

–Bien, entiendo –dijo prestamente Ripley de la caballerosa Orden de Nostromo– Tú, condesa Ash; tu, caballero  Parker; y tu, duque de Lambert, os venís conmigo.

De esta enérgica manera, un puñado de aguerridos caballeros, acompañados de voluntariosos y heroicos soldados, salieron valientemente en pos de ese terrorífico y cruel alguien, mientras uno por uno, todos los habitantes del castillo fueron huyendo cada cual a mayor velocidad. Transcurridos dos o tres días, y sus noches, y aunque buscamos y buscamos, no pudimos encontrar al alguien perdido por ahí. Justo en la parte más elevada del castillo se ubicaba la sala de estar de madre, la reina, su saloncito de lectura, de pensar en sus cosas, de escribir romanzas; y hasta este altanero lugar, que gozaba por ello de vistas magnificas, y desde el que podía otearse hasta los azules y lejanos montes del Sol y de la Luna, y, en noches claras, las montañas de Ganímedes, llegué yo intentando escapar del monstruo. Así observé presa del más opresivo terror, como ese alguien siniestro devoraba a sus  acosadores en las lindes de un bosque cercano. Lo peor fue que el teniente Jacob Ripley de la orden de Nostromo nos abandonó sin darnos ni media explicación; pero, según su leal escudero Brett, ambos debían incorporarse a la novena o décima Cruzada. No importa, pensé, mientras temblaban mis piernas y mis dientes cual hojitas verdes al viento, yo sola, me oís, sola, me enfrenté a el. A oscuras, en la sala de madre, me metí en la armadura, cogí a mi armiño Dallas, y tomando la espada contra un océano de peligros, le hice frente y acabé con él.

Giger, ese genial ilustrador de aliens, alguiens, y demás horrores cósmicos.

– ¡Maldición! ¡Has destruido a mi criatura, horripilante princesa! ¡Pagarás por ello!

-Siempre había sospechado que tu, Maléfica, bruja maleducada, grosera y charlatana, estabas tras este monstruoso alguien. ¡Pues, ea, tu también fuera de mi reino!

 ¿Qué castigo se llevó la malvada Maléfica? La envíe justamente al espacio más hostil y lejano. Como debe de ser. Y así, y de esta peculiar manera, termina esta peregrina historia de brujas, encantamientos y algún alguien venido más allá de las estrellas.

Colorín colorado.

Ada García, febrero 2021