MÁS QUE PALABRAS CON…

ANTONIO MOLINA RAMÍREZ

(Músico de Cucharada, Luis Eduardo Aute, Antonio Flores…)

Todo comenzó cuando a un niño gaditano de ojos enormes y oscuros, curiosos a más no poder y sonrisa tímida, le llevaron desde Cádiz hasta Madrid, allá por la época en la cual andaluces salian a porrillo desde sus fronteras allende entre dos mares y despeñaperros. Antonio, marinero en tierra, como aquél Alberti que soñaba con ver el mar y en sueños se lo llevaba la marejada de vuelta a las playas del Puerto de Santa María, descubrió sus dedos sobre una guitarra y se sientió atrapado por la música como el poeta la poesía, marineros en Madrid. Pero en Madrid no hay ni mares, ni orillas, ni playas. Y entonces para qué sirve una ciudad sin mar? Para buscar la playa bajo los adoquines. Y los poetas y los músicos que también son poetas, la encuentran no bajo los adoquines si no con sus partiruras y sus actividad creativa. Huir del asfalto, de las medianas de las carreteras, de atascos cutres, y de bloques de hormigón tan feos que hiela el alma solo mirarlos.

JINETES DEL ABISMO

Antonio Vega dice en una canción que «me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz», y es que eso es a veces la vida. Y yo digo que sí, que tienes razón Antonio Vega allá dónde quiera que estés. Y espero que estés (y los otros que cayeron, conocidos o no, como tú en esa enormidad donde nadie oía ya vuestras maravillosas voces) tocando el cielo con los dedos, un cielo azul calmoso y limpio. Tampoco estaría mal que por las noches ese mismo cielo se transforme en un concierto atiborrado de gente guapa que toca, pero de verdad, sin postizos, para deleite de los que perdisteis la batalla. Pero los jinetes a los cuales esperaba el abismo con la boca abierta de par en par, se revelaron demasiado frágiles par soñar en un mundo como este en el que les pusieron sin contar con ellos. De sobras sabemos que los oscuros poetas del rock, esos que tocan con el alma entre los dientes y un cubata bien cargado sobre el amplificador de su poderosa Fender Stratocaster, son gente poco fiable para irse de copas con ellos; pero mucho para sacarte del cuerpo una astilla en forma de tristeza que te pincha no sabes dónde, o se transforma en esa sombra renegrida que a veces se sienta frente a ti en la mesa del desayuno. Y tú, que eres muy joven, empero ya famoso, y tocas muy bien, y te lo crees todo, sales al escenario, en las Ventas o en cualquier plaza de pueblo veraniego en fiestas. Sales, digo, con la cara blanca como la pared, y los dedos doloridos de puntear como un condenado un rif con enjundia, bravucón y eterno. Y encima tienes esa voz que recordarán por siglos, hijos, hermanos, novias, tan solitarios y tan callados. Y tocáis vuestra música con esa voz ardientemente viva, pero al ralentí, para comeros el mundo de un solo bocado, aunque el precio sea llevar vuestras jóvenes entrañas llenas ya de pespuntes, de remiendos, de jirones. Y a eso de la hora verde hiel, llega galopando a todo galopar, el caballo maldito. Sólo algunos pobres acurrucados en los brazos de la noche queda oyen ese galopar infernal e imparable: los jinetes del abismo con la coraza de invencibles caballeros del Grial a ras de suelo. El maldito caballo que se llevó por delante a esos jinetes con las claves de sol cerca del sol, y los arrestos apropiados para vivir un día más, solo un día más durante años, y prau. Y ahí se marcharon los jinetes, Antonio Flores, Manolo Tena, Agustín de la Piedra, Nacho Vega y Enrique Urquijo, a lomos de esa montura horrenda de huesos, jeringuillas, y polvo. Los viejos rockeros, los que sobrevivieron a la estampida de semejante caballo, les lloran a ratos, mientras sacan del perchero su chupa de cuero, la del 83, y ponen sus canciones una vez más en el tocadiscos, o se van directamente al Youtube. Y ahí perviven esas letras de desgarrada lírica para acompañarnos lo que que queda del día…

De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve, huracán y abismos
El sitio de mi recreo.

(El sitio de mi recreo, de Antonio Vega).

Antonio Vega

Las olas rompen el castillo de arena
La ceremonia de la desolación
Soy un extraño en el paraíso
Soy un juguete de la desilusión
Estoy ardiendo y siento
Frío, frío
Frío, frí
o

(Frío, Manolo Tena para Alarma).

Manolo Tena

Ayúdame y te habré ayudado
Que hoy he soñado en otra vida
En otro mundo, pero a tu lado
.

(Pero a tu lado, Enrique Urquijo para Los Secretos).

Enrique Urquijo

El carmín no es solución
Mi alma sigue gritando
La carne viva cicatrizó
Pero mi herida sigue debajo
.

(Una espina, Antonio Flores).

Antonio Flores

.

Agustín de la Piedra, el último de la derecha, con su banda Pato de goma.

Intenta dominarme no dejo de pensar
Me jira la cabeza sin parar
Corro como un loco
Y quiero salir
Ya no se que hacer
Todo esta al revés.

(Chicos Malos, Pato de goma)

Allelujah

LA CABEZA DE MEDUSA.

Una tarde.

Le he dicho a mi madre que me deje salir un rato. No le he contado que estoy enamorada de Ricardo, y aunque tenga yo diez años, me faltan dos meses para cumplir 0nce, estoy enamorada y punto. Ricardo tiene tres mas y es tna lato ya comosu padre.

lA MUCHACHA DEL PISO 16. En Brooklyn, una actriz en ciernes rueda una película con una amiga. Pero se cruza en su camino un viaje a África.

O CAMIÑO. Ua historia de lobos en el camino de Santiago

EL HOMBRE LOBO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA, segunda parte de O camiño

ALLELUYA. Escritor de éxito con su premio por la vida

EL JUEGO. Una discoteca de hotel de lijo organiza un concurso de misses.

EL PASEO. Una dama de la alta sociedad y su marido un lord, salen a pasear a sus perros una tarde antes de la hora del té.

EL RELOJ DE PÉNDULO DE SIBERIUS MARPLE. un reloj misterioso que mientras que esté parado, el tiempo para su propietario no transcurre. Así pueden pasar años y hasta siglos.

A ORILLAS DEL SENA. Clases de pintura junto al sena

GUITARRAS. En Granada un gitano quiere ser el mejor guitarrista para ligarse a la gitana de sus sueños. Convertido en el mejor guitarrista del mundo, durante un concierto con Mark knopler, Eric Clapton y Brian May, un cxaballero viene a saldar cuentas…

LA CASA AZUL. Una muchacha llama al programa para contar su historia. No es en realidad su historia si no que es la de una amiga que se la oyó contar a una amiga, de una amiga. Pero que ella está, todas ellas están completamente seguras de que la historia ocurrió de verdad. Es la de una mujer que vivía recluida en una casa preciosa que tenía un enorme jardín, con macetas en donde crecían enormes drácenas, y también había una jaula en donde habitaba un guacamayo amarillo, azul, y verde, que respondía al formal nombre de Perico Moreno. En ese jardín habian palmeras de dátiles, plataneras, y hasta un sauce llorón, que lloraba más bien poco, porque en esa clima caluroso, y húmedo no se acostumbraba por más que lo mimaran y cantaran. La casa tenía toda la fachada pintada de azul. Yo veía a la señora entrar y salir de su habitación a la cocina, y después al jardín. Y allí en su espacioso cuarto ella pintaba sus cuadros. Cuadros que habían comenzado a venderse bien en algunos mercados de la ciudad. Muchas señoras venían a ver los cuadros de mi señora, pero al ver aquellos lienzos atibnorrados de sangre, cruces, flores oscuras, niños extraños, corsés, y demás exvotos, salían tan corriendo que apenas le daba tiempo a una a abrirles la cancela del jardín.

Buenas tardes. Espero que esté usted bien. Le escribo con la esperanza de que su respuesta sea una gran ayuda para mi. No le oculto cuan grato me resulta tener una amiga en quien poder confiar, dadas las circunstancias. Muy brevemente le explicaré el porqué de esta carta. Y el porqué de dirigirme a usted, y no a otra persona. Tal vez por las ventajas que nos brinda el anonimato. Sea de ello lo que fuere, allá va, como moneda de oro.

El trofeo.

Conocí a mi marido, el famoso escritor Jaime Siera, durante la presentación de uno de sus primeros libros. Si mal no recuerdo fue aquél en el que hablaba de las misteriosas ruinas de Pompeya, en su serie La Puerta de la Historia. De eso hace ya casi diez años. Él era por entonces un escritor más joven, sin papada, con algo más de pelo, y muy solicitado por diferentes cadenas de televisión como tertuliano, o algo igual de alienígena. Ahora, el hombre con sus buenos cuarenta años, mes arriba o mes abajo, bajito, regordete, miope, aficionado a los zapatos marrones, a los donuts nipones, y a las gafas de ver redondas, estaba ya muy lejos de ser quién fue. Y yo comenzé a hartarme de su estúpido y cruel agocentrismo, de su calvicie, zapatos marrones, y sobretodo, de su relación cada vez más notoria con su trofeo. Efcetivamremte querida amiga Helena, mi marido Jaime Sirera, había ganado el premio Planeta con un libro suyo no el mejor desde luego, pero ya es del dominio público que ; Robert era entonces muy sociable, pero con esa sociabilidad más cercana a la farsa teatrera, que al drama vital nuestro de cada día. Porque Roberto era un pedante con ínfulas que, habiendo ganado el premio Planeta, se paseaba por el mundo trofeo en ristre como don Alonso Quijano el bueno paseaba por La Mancha con su adarga antigua. En efecto querida Helena, Robert Siera iba de boda y llevaba su premio como pareja; si había una tertulia televisiva sobre zuecos suecos, o sobre mermelada de tomate, el aparecía con su trofeo. ¿Qué le invitaban a cenar los amigos? allá que aparecia él con su premio, abrazado, casi en estado de matrimonial afecto. Robert se metía en la cama con su premio Planeta, se iba de copas con él, desayunaba con él, y un día que entré sin llamar, Robert besaba apasionadamente a su premio. Loca de dolor, al ver que mi marido me engañaba con un trofeo con forma de planeta, bastante vulgar todo hay que decirlo, hice las maletas y huí apresuradamente, sin mirar el buzón, ni tirar la basura, a casa de mi madre. Una noche al llegar a casa algo más temprano de lo habitual, después de haberme entregado a los poderosos brazos de mi amante Ludovico Ariandante, un joven promesa de los podcast más rompedores, encontré a mi a Jaime acostado con una mujer que no era yo, evidentemente. Tampoco era una mujer real, si no que alguno de los dioses o poderes sobrenaturales del universo había concedido a m,i ,marido el poder de cpnvretir en carne y hueso a su premio, una especie de chica con la cabeza más grande de lo normal metalica y pasmosamente fría. Comprendí entonces que todo había terminado.

-O él o yo, Jaime ya no lo soporto más.

El, mirandose los zapatos marrones de una forma hechicera, concluyó

-El. ¿Qué duda cabe?

Ni me juzga, ni me riñe cuando dejo el bote de champú abierto, o la toalla mal puesta sobre el toallero, tanmpoco me da un sermón cuando no logro localizar mis calcetines verdes de bolitas, ni ridculiza mi forma de disimular ala calva. No está obsesionado por sus pechos, no necesita ponerse prótesis ortopédicsas en ninguns partede su cuerpo y además jamás enfermará noi morirá. Es oerfecto.

.

  • Ya no.

EL PASEO. Cuento inspirado por REBECa, las películas dr la Hammer, protagonizadas por Christopher lee y Peter Cushing

Le contaré este historia, y si no le da ninguna credibilidad, al menos le habré entretenido un rato. Todo comenzó cuando conocí a Germaine Havishan durante la fiesta de cumpleaños de su prima Isabella, en Yorkshire. Pero yo muchos años antes, cuando Germaine era apenas una niña de ocho años, la acompañé sin que ella lo supiera hasta el colegio en donde la habían internado sus padres, unos aristócratas tan pudientes como insensibles. Ellos que habiendo dado a la vida dos hijos, James y Germaine, preferian vivir en Benarés, Roma o Nueva York, antes que estar un solo día en su casa de londres ejerciendo comopadres amantisimos. James pronto voló igualmente hacia países de desiertos y camellos, y antes de cumplir los veinte años ya había sido ascendido a capitán de lanceros en Egipto. De manera que Germaine quedó completamente sola, a cargo de su tío, sus sirvientes, tutores, y de vez en cuando una abuela sorda, quisquillosa y obsesionada con sus perros. Germaine crercía salvaje, sin educación formal, sabia, aguerrida y bellísima. Por eso tuve a bien perseguirla aquela tarde al salir del colegio rumbo a Londres, escapando del internado. Era la peligrosa y horrible época de Jack el destripador. Yo sabía perefcatmente quien…

Hay que sacar a los perros. ¿Me acompañas, Madaleine? Tengo que hablarte y podremos hacerlo mientras paseamos.

-Vamos pues, Christopher.

El poderoso Lord Cartwright de aspecto lobuno, con esas tupidas cejas, y su inabatible mirada de soberbia altivez, impenetrable como bosque del norte, poniéndose su pesado abrigo de lana de Gales, bufanda y sombrero, sale a la fría tarde llevándose con él a sus dos asalvajados mastines, Ron y Bertus, los cuales van destrozando a dentelladas un inmenso trozo de carne oscura y sangrienta. Yo que no me fío de el lo que se dice nada, deseo quedarme en casa tocando el piano junto al fuego. Pero su mirada dura como la roca más dura, me invitan a no hacerlo.

Caminamos bajo un mortecino cielo azul de un día de octubre que aún siendo temprano, apenas las tres de la tarde, las largas sombras que se proyectan sobre el camino anuncian la rápida ascención de la oscuridad., adentrándose en la gris desolación de los páramos, mientras las nubes amoratadas barruntaban la tormenta que ya resplandecia más allá del horizonte, Christopher y Madaleine, matrimonio de aristocrático nacimiento, pasean en silencio mientras los perros ladran a cualquier cosa que les sale al paso, desde un ánade sobrevolando los árboles, hasta un moscardón rezagado del calor del verano.

-Volvamos pronto, Christopher. Mira esas nubes… y tengo las manos azules por el frío.

Con las botas cada vez más pesadas por el barro, con los cabellos húmedos y las manos azules por el frío, incluso dentro de los guantes, Madaleine camina del brazo de su esposo, el barón, aunque es un abrazo lánguido y distante, y al final termia por soltarse y caminar a su aire, con lo cual iba quedándose cada vez más atrás.

_Así que ese mozo, tu profesor de equitación, ese francés insolente y de una belleza intolerable…

-Te refieres a Richard?

-Si, a ese tipo me refiero

afirmó, volviéndose de golpe, para atravesarme con una dura mirada de reproche.

-Yo le dije a Jamie Hunt, mi nuevo secretario, que el amor es una tremenda patraña. Una demencia tan absurda, dolorosa y lamentable, querida Madaleine, que un hombre bien instruido, adecuadamente educado en el mejor colegio del mundo, un hombre de rancia familia con raíces muy nobles y muy respetables, jamás debería ser víctima de semejante tomadura de pelo. No, vaya que no.

Dijo, como para si mismo, mirando la punta de sus botas, completamente llenas de barro. De pronto, levantó la cabeza, y mirando con momentánea concentración hacia la brumosa lejanía, admitió…

-Yo soy ese hombre del que hablo. Yo soy un hombre perfectamente instruido, educado en Eton y Oxford, con las mejores notas, y soy un brillante político, además. Yo soy ese hombre de rancia y respetable familia, y yo soy esa estúpida víctima del amor. Amor por ti, Madaleine querida esposa mía. Y al sufrir lo indecible, al convertir por culpa de esa enajenación mental llamada absurdamente amor, mi autoestima en humillación, mi dignidad en mofa, mi respeto en degradación, el obligarme a estar inquieto, infeliz, a hacer cosas que solo un borracho haría ebrio de licor, perder sy orgullo. Contraté a un detective para que siguiera tus pasos… ¿Sabes? Y el tipo tuvo la fatal idea de venirme con las pruebas de tu traición. De manera que ahora ese Morgan no sé cuantos duerme en el fondo del mar, con una bala metida en su corazón. Y es que para colmo el viejo detective ex policía, como todos esos que viven de husmear en las vidas ajenas, me quiso chantajear. Si, querida, No pongas esa cara. Ese Morgan me exijía la nada despreciable suma de cien mil libras si no quería que mandase esas fotos tuyas con el francés a esos inmundos tabloides de Londres. No podía permitirmelo, ya que mi carrera en el parlamento va cada vez mejor. Y es que si no fuera por vivir en perpetuo estado de alerta, por tu culpa, por culpa de tu belleza y falta de moralidad, tú, que me mientes, que me engañas constantemente, con ese mozo alto, y bello como la gloria de los cielos, ese casi criado, un pobre tipo cuya juventud y lozania algun dia caerán como cayeron las murallas de jerico, al que metes en tu cama en cuanto desaparezco camino de Londres para cumplir con mis deberes en el parlamento, para poder engrosar cada día más mi patrimono, para que tu vivas envidiada por la mismisma reina de las hadas, Yo que te he amado, y que te amo aún pese a todo, exijo venganza. Y te digo que te amo aún, que mirarte y no besarte es un tremendo ejercicio de voluntad, de disciplina. Que mirarte, caminar a tu lado y alejarme deliberadamente de ti, me supone un dolor y un esfuerzo tan grande que apenas puedo dejar de temblar. Pero todo ha terminado. A un Lord Cartwright de Yorkshire nadie, y vuelvo a repetir, nadie, le toma el pelo.

-Me horrorizan tus confesiones, pero no me sorprenden, Christopher. Y no, no niego ni una sola de las acusaciones. Tú eres el culpable. Tú y tu indiferente compañía día tras día, en estos dos años que dura ya nuestro matrimonio. Tu insoportable crueldad hacia criados, amigos y animales. Tu insistencia en dejarme sola en momentos difíciles, cuando estuve herida dos semanas por culpa de aquella caída del caballo. ¿Recuerdas? Tu monstruoso egoísmo, tu vivir sólo por y para tu trabajo en el parlamento. Tu falta de dulzura, de amabilidad, de afecto… Todos necesitamos sentirnos amados. Y si tu no me dabas lo que necesitaba y te pedía con súplicas silenciosas, aunque nadie se merece suplicar que le amen, lo busqué en otro sitio.

-En los brazos de ese mozo que apesta a caballo y a barro.

-Si. En Richard.

-¡En mi casa y con mis criados enterándose de todo!

Y rabiosamente lanzó una piedra contra sus propios perros, que afortunadamente erró.

-No. Nunca estuvimos en tu castillo, Christopher… lo sabes. Ese secretario tuyo es un intrigante.

-Madaleine, querida mía. Mi esposa amada… tan dulce y bella… Madaleine…

Y acercándose a mi, me empuja con fuerza por el acantilado donde treinta y tantos metros más abajo, brama el mar del norte.

-Adiós para siempre, amada mía… Nunca comprendiste que a un Cartwright jamás se le debe engañar. Y menos con un francés miserable cuyo único mérito es haber sido agraciado con el todopoderoso don de la belleza. Ahora el olvido es lo que queda. En fin, ya es hora de volver a casa a tomar el té. Un poco tarde, pero bah, no importa. Soy tan feliz… ¡Ron! ¡Bert! ¡Hay que volver! ¡Vamos, malditas bestias del demonio!

Caminando rápidamente, esquivando barrizales, y murmurando palabras de auto apoyo, el asesino llega al castillo media hora más tarde. Cínicamente pregunta a sus criados si su esposa ha llegado ya. Feliz y sonriente ordena sin ninguna cortesía que le preparen el té en su gabinete.

-Milady hace casi un cuarto de hora que llegó, señor barón-

le informa Rowland, el viejo mayodormo, acompañado por la señora Dylan, la gobernanta.

Los ojos de Christopher se abren completamente, en una expresión de horror, y de incredulidad.

– ¿Qué sandeces estás diciendo Rowland, viejo loco?

-Señor barón, discúlpeme, pero milady Madaleine llegó empapada y cansada hace algo más de un cuarto de hora, señor. Yo misma ordené que le preparasen el baño, la bata nueva, y la cama, ya que subió directamente a sus habitaciones alegando estar muy cansada.

Se apresura a explicar nerviosamente, pero con digna seguridad la señora Dylan.

Una bonita voz de mujer, la de Madaleine, se oye entonces hablar desde arriba.

-¿Christopher? Oh, cuanto has tardado, querido mío.

Entonces Christopher, los ojos desencajados, la boca abierta en un siniestro rictus de horror, de locura, subiendo lentamente las escaleras hacia la habitación de su esposa, comienza a delirar. Ella acostada en su cama, más hermosa y alegre que nunca, vestida con su camisón balnco más delicado, los cabellos largos y oscuros cubriendo las almohadas de seda, sonríe a su incrédulo y enloquecido esposo.

Tirado en un sillón, la cabeza completamente perdida para siempre, Lord Christopher Cartwight, farfulla una y otra vez.

-La he matado, la he matado, y ahí está más hermosa y espectacular que nunca! La he matado y me sonríe, y me habla, y me esperaba! Yo mismo la empujé por el acantilado.

-Oh, Christopher, no no estás loco, no sufres de alucinaciones. Te lo digo yo. Si, si, ya sabemos que una caída de cuarenta metros hacia un mar rabioso y erizado de afiladas rocas es algo bastante peligroso. Pero mirame, he tardado en llegar lo que Richard ha tardado en traerme. El nos ha seguido todo el paseo. Estuvo a mi lado, abajo en el abismo, cuando tu me golpeaste tirándome de aquella mala manera. Hubiese muerto en el acto, naturalmente. Pero no puedo morir porque Richard hace ya tiempo que me regaló su vida eterna. Hace tiempo.

Tirado en un sillón, la cabeza completamente perdida para siempre, el barón de Cartwight, farfulla una y otra vez.

-La empujé… la empujé… yo… cayó… ella…

-Richard, amor, huyamos pronto de aquí. Este lugar se me hace ya insoportable.

Ella y Richard marcharon a otros lugares lejanos y verdes. Christopher fue encerrado en un asilo durante años. Su compañero de celda, un escritor llamado Oscar Wilde quiso escribir su historia. Más todo pasó como la efímera lluvia del verano.

A orillas del Sena.

Versión asesina de El ansia.

París, otoño de 1977.

(Estefano Bertoni es un pintor de 29 años nacido en Valparaíso, Chile, pero nacionalizado belga en protesta por el asesinato de Víctor Jara. Así que con su creciente éxito profesional, y para poder pagarse una cómoda vida en la capital de Francia, da clases de pintura al óleo a una adolescente de 18 años, Sissy, cuya madre le puso este nombre tras ver una y otra vez las viejas pelis de Romy. Sissy cuenta la historia en primera persona. Estéfano también ha contratado a una modelo bellísima y rubia clon de Catherine Deneuve, que viene de Shigisoara en Rumania. Los martes y jueves por la tarde sobre las cinco, Sissy Tati aparece a dar sus clases de pintura al óleo. Mientras una apática y distante Catherine es pintada por un exultante y enamorado Estéfano. Estéfano padece insomnio y es aficionado al opio para paliar entre otras cosas, el ansia de ver a su país convertido en una monstruosa dictadura militar. Por su parte, Catherine bebe sangre fresca para ser joven toda la vida. En realidad nació en 1870. Sissy sorprende a una terrorífica Catherine o Ozana cuando ya ha dejado seco a Estefano, y sin dudarlo, con un pincel el m,ás grueso a modo de estaca la clava en corazón de la malvada modelo rumana. Te lo dije, mi pequeña Sissy, Catherine era un vampiro. ¿Qué otra cosa se puede ser habiendo nacido en Transilvania?

Estéfano Bertoni luchaba a brazo partido desde su pequeño apartamento a orillas del Sena, contra las pequeñas y grandes batallas que día tras día, le va deparando la vida. Lo cual en su caso personal es meterse desde una hora cualquiera en su estudio a lidiar con pinceles, acuarelas, azul índigo, rojo arenas de Petra, o amarillo sol de Provenza. Fumaba, bebía y salia con una mujer diferente cada mes. Olga, Marta, Nadine, o Marie; rubias, morenas, rojizas, castañas; nunca mayores de treinta y pocos, y jamás por encima de los 55 kilos. Yo le conocí cuando acudí a sus clases de pintura al óleo, y allí estaba Estéfano Bertoni, un joven pintor con un futuro absolutamente prometedor, pintando a Catherine, una rubia modelo rumana que apenas hablaba otro idioma que no fuese el suyo propio de las montañas de los Cárpatos.

-Catherine, querida vampira mía…

-Ah, ¿pero es una vampira?

-Pero mi pequeña Sissy, ¿qué otra cosa podría ser una rubia y bella doncella oriunda de los Cárpatos?

-Una sencilla modelo, supongo. O una panadera. He oído que en Transilvania les gusta mucho hacer pan.

-Sissy, por ese tipo de comentarios debería cobrarte cincuenta francos por clase.

Y mientras nosotros dos hablábamos, la rubia y silenciosa Catherine, que en realidad se llamaba Ozana Ploetka, rebautizada Catherine por Estéfano, se miraba en un espejo de plata encantada y satisfecha al máximo por lo que contemplaban sus ojos. Pero Ozana, o Catherine, no hacía ningún caso cuando el joven y atractivo pintor la llamaba Catherine.

-Catherine, mon ciel, sis vous plait, deja de comer tostadas con mantequilla o tendré que despedirte. No soy Rubens ni Botero. Allez, mon cher, ¿podrías ponerte ese sombrero de copa y pintáte los labios?

-Pardonez moi, je ne compren rian… Estéfano, jajajaja je suiss perdú.

-Sissy podrías quedarte hoy, después de clase. No sé, una hora para aayudar a Catherine

-Catherine? No, no, je suiss Ozana! Je ma pelle Ozana, merde allors

-Estefan, creo que a ella no le gusta nada que la llames Catherine.

-Una diosa rubia de piel de terciopelo y boca de plástico rojo solo puede llamarse Catherine. Mientras yo te pague tu trabajo como modelo a cien francos la hora, créeme cherie, serás Catherine.

Y Ozana o Catherine, la rubia apática que solo se alteraba cuando la llamaban como la bella actriz francesa protagonista de Belle de Jour, encendía un cigarro y con sus larguísimas uñas rojas de arpía nos mandaba un complaciente beso por el aire, mientras la frialdad de su mirada nos dejaba el alma a cuadros. A mi la verdad, esta mujer no me gustaba mucho. Porque a pesar de su irreal belleza tenía un inquietante y siniestro halo de oscuridad que no lograba paliar su melena rubia dorada, ni sus facciones perfectas.

Una tarde, apenas habían dado las cinco en todos los relojes útiles,

era vecina de Antoine Doinel. así que al ver a este chaval correteando bajo la lluvia, con su jersey azul marino, y su cara pequeña y algo triste, y un libro de Balzac en la mano y un cigarrillo en la otra, y como a mi me sobraba mucho, pero mucho amor, ese que mi marido ni me pedía ni necesitaba, que ya tenía él su trofeo, joder, pues corri yo también hacía Antoine en plan travelling, y exploté un abrazo inmenso, inconmensurable como el azul del mar en otros tiempos, en la personita asustada y solitaria de aquél chico.

-¡Allelujah! ¡Se acabó sufrir!

Creo que pensamos él y yo al unísono. Y nos pusimos casi sin darnos cuenta a jugar al fútbol en aquella playa de color gris con salpìcaduras de espuma blanca.

LA CABEZA DE MEDUSA borrador

EL ARMARIO

En esos días que todo parece salir a pedir de boca en esos días que la vida te sonríe, como una gioconda feliz de serlo más allá de un cuadro y más allá de los siglos. Es en esos día en los cuales todo está bien, cuando de pronto, algo misterioso, inquietante, ocurre. Un armario frente a un espejo, más que un espejo en un armario, producen según doctas y menopáusicas brujas del Facebook, y sabios hechiceros de listín telefónico, un desarreglo en las corrientes de fluidos cosmicos, en las energías wikanas, en los karmas, kermes, y demás artilugios mistéricos de estar por la casa, en zapatillas y bata de peluche. Un día mi vecino Richard, el estudiante de medicina, persona racional, completamente alejada de esos mundos de Arcanos y Enigmas a los que tan aficionados son algunos homo sapiens, pues bueno, que Richard, con su cabeza llena de cortisol en muy buenas condiciones, y su corteza prefrontal maravillosamente en forma, bebia los vientos del desamor por una compañera suya de clase, pero de clase de francés. Brigid Canet escribía poemas, adoraba los cuentos góticos, cuanto más terroríficos mucho mejorrrrrrrr , Brigid era morena, pálida, dulce y parecía más un ser feérico, que alguien real. Pues nuestro amigo Richard, cada día más enamorado de ella, y ella que solo tenía ojos para Mahler, Bécquer, Lovecraft, y Allan Poe, iba volviéndose cada vez más oscura, más gótica, más inaccesible. E

Brigd tenía un armario en su habitación

La cabeza de Medusa

(Cuentos para las noches de insomnio)

LUCY

Un frío atardecer de 18…

Al despertar, lo primero que vieron mis ojos fue la potente luz de un millar de velas brillando sobre mi cabeza. Y después, cuando mis ojos lentamente fueron acostumbrándose a aquella orgía de luz, contemplé con creciente curiosidad, a toda esa gente enlutada arremolinada aquí y allá, cerca de mi. Elegantes y apesadumbradas damas cubiertas con velos negros, y cabizbajos y afligidos caballeros sombríamente recogidos en una pena terrible y devastadora, murmurando oraciones, o susurrando tristísimos lamentos.
-¡Qué terrible pérdida, señor! ¡Qué pena, una mujer tan joven y recién casada!
-¡Ay, Dios mío! ¡Qué desolados nos dejas, Lucy querida! ¡Qué desgracia más espantosa!
-Dios se lleva a los buenos…
Y todas esas cosas que se dicen en circunstancias de cuerpo presente.
Pero, pensé, si estoy muerta ¿cómo es que miro, veo, pienso, respiro, y hasta tengo ganas de estornudar? Y estornudé. El denso humo de los cirios me hacía cosquillas en la nariz. Pero todos, ensimismados en su propia pena, y en la solemnidad de aquella atmósfera tan lúgubre, continuaron a lo suyo. Además el pertinaz repiqueteo de la llovizna sobre el tejado, unido al tañido lento y fúnebre de las campanas de la ermita, lo invadía todo. Tampoco repararon en mis ojos, lo suficientemente entreabiertos como para ver lo que quería ver. Pero yo, ahí, metida dentro de mi ataúd forrado de suave seda blanca, con mi vestido más hermoso, (el azul claro de gasa con primororosas gardenias bordadas en hilo de plata y tul), y mis largos y rubios cabellos peinados deliciosamente en rizos y perlas, perfumados por mi doncella Giannina, disfrutaba del momento como una niña ante una función de títeres.

-¡ Ruega por su alma, Señor! ¡Se nos fue! ¡Qué dolor!
-Una joven tan hermosa…. tan amiga de juegos, risas, y de inocentes y joviales bromas…
Murmuraban entre lágrimas y suspiros una y otra vez.

-Lucy, Lucy… ¡no es posible! ¡No, no puedes marcharte! ¡No puedes dejarnos sin ti, dulce y hermosa náyade!

Pero, si estoy muerta ¿cómo es que estornudo y me muevo? Y ¿cómo es que estas gentes en su dolor por mi muerte no me conmueven lo más mínimo? Ah, ahí veo a mi querido Quincy, casi el más alto de todos; y al lado mi abuela, la celestina más activa de Whitby. Y también está ahí ese anciano estrafalario llegado de no sé qué lejano lugar, con ese acento tan divertido. Hum, no recuerdo bien su nombre… ¿ Abraham Van Hestings? ¿Hastings? ¿Hostings? Tal vez. Y ¡oh sí! junto a él están el doctor John Seward y mi marido, ese macho maravilloso con el que las noches y los días se nos iban en un febril y animal deseo, completamente satisfecho, cada día y en cada momento… ¡Qué apuesto! Arthur es tan guapo que, miradlas, incluso en el funeral de su esposa posee un selecto grupo de señoras revoloteando a su alrededor en espera de poder meterse en su lecho, ocupando mi lugar aún caliente. ¡Ja ja ja! ¡Estúpidas lágrimas!


-No creo que la mevrouw Lucy debiera estar aquí, dokter Seward.

-Cuidado, profesor, Arthur le ha oído.


-¡Por el amor de Dios, profesor Van Helsing! ¿No puede respetar nuestro dolor al menos durante el funeral de mi esposa?

Ja, señor Holmwood… no hay mucho tiempo. El día expirará pronto hoy. Mire…

Ese hombre brusco y extranjero indicó a mi marido con su índice hacia el oval, y único, ventanal del panteón, por donde entraba un resplandor azul y desvaído que anunciaba efectivamente el final del día. Y por ese mismo motivo, iba yo poco a poco volviendo jubilosamente a la vida.

-¿Qué extraña enfermedad tenía la señora Holmwood, profesor Van Helsing? He oído que apenas le quedaba sangre en sus venas.

-Vampiros. ¡Oh, no hay mucho más que decir! Ya no, desafortunadamente, señor Morris.

-¿Vampiros? Pero dígame, profesor ¿no fue su dignísimo colega Gerard van Swieten, el que rechazó abiertamente en su informe Vampyrismus, la existencia de estos seres, tachándolos de barbarismo, superstición e ignorancia?

Ja, ja, estimado dokter Seward. Hace ya casi un siglo de ello, y entonces la emperatriz Maria Teresa de Austria, de una forma u otra, quería terminar con esas epidemias de vampiros que asolaban las aldeas de Serbia y Moravia. Van Swieten se equivocó. Lucy es la prueba viva de ello.

Basta, basta ya de cotilleos; basta de habladurías, pensé mientras me incorporaba dentro de mi cómodo ataúd, que no obstante ya me estaba resultando asfixiante. Al hacerlo, al incorporarme allí, enmedio del monumental panteón propiedad de mi familia, con tanta gente y justo al finalizar una oración por mi alma pecadora, hubo gritos desgarrados, desmayos, carreras a toda velocidad para dejar atrás aquella espantosa visión de una muerta resucitada durante su propio funeral. Todos, Quincy, Van Helsing, John Seward, intentaron reducirme con sus cruces, sus pestilentes ajos, y sus ridículos exorcismos. ¡Boberías! Por idiotas entrometidos y, sobretodo, por mi hambre carnívora, perecieron al momento gracias a mi rapidez y fuerza de «no muerta», y a mis mortíferos colmillos. En tanto todo esto ocurría en un instante, mi marido, ese macho alazán, alto cual pared, fuerte y hermoso, me miró con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Pero no huyó. Fue el único que ni se desmayó ni salió corriendo por la puerta presa del pánico. Tampoco quería destruirme, como ese horrible fantoche holandés de Abraham Van Helsing pretendía. Arthur se acercó a mi, labios temblorosos, mano al revólver, la frente empapada en sudor, pero altivo y arrogante como siempre; aunque, de puro terror, la voz no podía salir de sus labios. Mientras me miraba, entre horrorizado y amoroso, Arthur balbuceó:

-Lucy… Lucy, ¿eres tú…? ¿Qué dios o qué demonio te ha devuelto la vida?

-Nunca has creído ni en dioses ni en demonios, Arthur querido. Soy yo, Lucy, tu amada esposa. Y soy lo que soy.

-¡Lucy! Mi amor, mi locura, mi reina… has vuelto… ¡o yo he perdido el juicio!

-No, por cierto, querido mío. Ven… ¿ no quieres venir a mi? Soy tu esposa y tengo frío. Ven, Arthur. Mírame ¿acaso no sigo siendo la mujer más bella que vieron tus ojos, esposo mío?

-Estás aún más bella que antes, amor. Tu hermosura no deja de atraerme con un poder hipnótico…, pero al mismo tiempo que te deseo de esta manera brutal, insoportable hasta más allá del dolor, te temo, y mis cabellos se erizan al verte en ese ataúd.

-¡Oh, Arthur! Ven…

-Lucy, vida de mi vida, voy a ti incluso si con eso me llevas de cabeza al infierno.

Cuando Arthur se acerca a mi, me envuelve entre sus brazos en un halo de susurros de deseo y de amor, de besos desbocados, de apasionadas caricias. Recuerdo su sangre inundando mi boca, mis colmillos afilados y puntigudos entrando en su garganta. Y recuerdo el momento en el cual su pecho dejó de latir.

-Lucy…, amor mío, por fin…

Y al momento, cuando sentí caer pesadamente el poderoso cuerpo de mi marido contra el suelo, ya completamente exánime, el conde Drácula, el ser que me había convertido en lo que era, vino a buscarme. Y así salimos juntos a la noche tibia, a pasear entre las húmedas flores rumbo a la aldea.

Ada, en Dos Hermanas.

Dibujos: Ada.

Fuentes:

Gerard van Swieten, Vampyrismus, 1768

Drácula, de Bram Stoker, 1897.

Vampiros. Bestiario de ultatumba, de Javier Arries. Editorial Zenith, 2007.

Magia Posthuma, blog de Niels K. Petersen.

AMORES IMPOSIBLES III

LUDWING

Miércoles, 1 de julio de 1812. Viena.

Querido amor: Hoy es un día de sol y golondrinas, y la dorada línea del horizonte reverbera lejos, sobre el manso Danubio. Amado mío, a pesar de esta luz clara y feliz, y el canto gozoso de los pájaros tu no estás cerca y eso me atormenta y me vuelve oscura y huidiza. Me preguntas por mis hijos, que dónde juegan los niños ahora. Que sepas que les he enviado a la sala más cercana a la que tu habitabas con tus palabras y tu piano; si, esa cuyas lámparas de murano y ventanales abiertos a los campos, tanta dicha te producía, y en la cual me besaste una noche con tanta hambre que parte de mi misma es ya parte de ti. Ludwing, ahora ¿dónde estás? Estás lejos y yo también: lejos de la felicidad que un día, no hace mucho, tuvimos a raudales. ¡Oh, mi adorado Ludwing! Te veo sin que estés, en esta sala de mi casa, ahí envuelto en tus notas, en tus sonatas, o en tus sinfonías (esa Séptima me hace volar hasta más allá del último astro conocido),y sin embargo tú, mi alma, mi amor, ¡no puedes oír tanta grandeza propia! Grandeza adecuada a los dioses, observó nuestro querido amigo Schubert.

«Alégrate, sé mi más fiel y único tesoro, mi todo como yo para ti. Lo demás que tenga que ocurrir y deba ocurrir con nosotros, los dioses habrán de enviarlo…»

3 de julio, domingo.

Mi genio de Bonn; con tus cabellos revueltos, tus ojos febriles, tus manos, mágicas y volátiles como aves rumbo al sur. Entonces soy Elisa ya. ¿Lo soy? Ridícula equivocación, no soy Elisa, ni Therese, ni Josephine. Soy yo tu amada inmortal por fin encontrada. Y tú, siempre, siempre, Ludwig. Sobre nosotros se cierne un cielo acuoso del color de las perlas, y una polvareda de hojas secas y flores húmedas recorre los jardines, mientras doradas madejas de nubes flotan sobre las buhardillas de Leipzig. Y al despertar como aquella vez, juntos, entrelazadas nuestras manos, amor, la luz del día levantaba sus palomas y las lanzaba lejos… calles, montañas, glaciares… Más lejos aún de los salones de té, y de está cama sedosa en los cual las notas de tu inmisericorde Novena Sinfonía se fueron transformando en dedos, labios y en ojos que penetraban en mi. Y yo allí, contigo, tocamos juntos tus notas al piano; y como en un juego de amor y risas, hago ver que leo tu mano, como tu gitana querida, y leo en tus pliegues que tu gitana te amará hasta más allá de lo que existe. Más tarde salimos a pasear, y tú con tu extraño aspecto de erudito cascarrabias, cascarrabias que adoro, y yo que me visto con mi mejor vestido, ese que tanto te gustó aquella vez en Viena. ¿Recuerdas? El azul océano y crema de lana fría, y terciopelo, de corte imperio, y mi sombrero azul de terciopelo y plumas de cisne. Y al detenernos un instante para admirar la sombra perfecta de un cisne volando a contraluz, me pusiste un anillo en mi dedo después de besarme y retenerme entre tus labios. Algunos pobres paseantes cuchicheaban sobre nosotros, y sobre tu «oscuro secreto», decían, los infelices. El oscuro y secreto misterio que te rodea, mi querido Ludwing, es el de un músico que necesita estar a solas con su silencio, porque en el silencio están las notas, nace la música, esa amada inmortal, la música que sueña y crea, y que disfrutamos. Pero que él ¡dolor y locura! no puede oír. Su creador sufre y ama entonces, lo hace con pasión, con violencia casi, y crea, como un dios antiguo y todopoderoso. Y ahora, al terminar de leer tu nueva carta recostada en la ventana mientras cae la lluvia azul del verano, tú, tu me llamas Ludwing…

5 de julio.

«Mi ángel, mi todo, mi yo… ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo? ¡Ay Dios! Contempla la hermosa naturaleza y tranquiliza tu ánimo en presencia de lo inevitable. El amor exige todo y con pleno derecho: a mí para contigo y a ti para conmigo. Sólo que olvidas tan fácilmente que yo tengo que vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos ni tú ni yo hubiéramos sentido lo doloroso. Mi viaje fue horrible…»

6 de julio.

Todos los días que recibo carta tuya, querido amor, y al leerla, como una novia en su mañana de boda, entre los preparativos de tu llegada, los nervios y las flores, entre los perfumes del campo, y las tartas y guisos de Odile, la buena cocinera de mamá, mi alma florece como tal novia. Y pienso en tí, amor mío, mi eternamente amado.

«Buenos días, siete de julio. Todavía en la cama se agolpan mis pensamientos acerca de ti, mi amada inmortal; tan pronto jubilosos como tristes, esperando a ver si el destino quiere oírnos. Vivir sólo me es posible, o enteramente contigo, o por completo sin ti. Sí, he resuelto vagar a lo lejos hasta que pueda volar a tus brazos y sentirme en un hogar que sea nuestro, pudiendo enviar mi alma al reino de los espíritus envuelta en ti. Sí, es necesario. Tú estarás de acuerdo conmigo, tanto más conociendo mi fidelidad hacia ti, y que nunca ninguna otra poseerá mi corazón; nunca, nunca…»

Martes, 10 de julio:

Amor, si todas las noches fueran silencio, y solamente pudiese oír el amado eco de tu voz, en la dicha eterna viviría por siempre. Hoy la lluvia no ha dejado de martillear sobre los tejados todo el santo día, y esta mañana, al llegar empapada y sudorosa de mi paseo a caballo, mis dedos atinaron a tocar algunas notas de tu maravillosa Claire de lune. Pero el tercer movimiento, tan lujurioso, tu preferido y por lo tanto el mío, nació demasiado rápido y murió de flojera al poco. Nadie, nadie es tan extremément magnifique al piano como lo eres tú, adorado mío Ludwing. Ansio el momento de poder estar juntos, y al despertar sola en mi cama, incluso antes de abrir los ojos, te anhelo desesperadamente.

«Estáte tranquila. Tan sólo contemplando con tranquilidad nuestra vida alcanzaremos nuestra meta de vivir juntos. Estáte tranquila, quiéreme. Hoy y ayer ¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti… en ti… en ti, mi vida… mi todo! Adiós… ¡quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Eternamente tuyo, enternamente mía, eternamente nuestros.»

Viernes, 1 de agosto.

Querido y eterno amor: Tu última carta, la que me llegó el martes muy temprano, la llevo perpetuamente dentro de mi vestido, junto al corazón. Me la arrancaran probablememte después de morir. Siempre, siempre tuya, incluso desde siglos venideros, desde tiempo inmemorial…

Ludwing van Beethoven, mein Hunger, meine Licht, meine unsterbliche Geliebte…

Ada, Therese, Josephine, y Antoine.

(Elisa).

Ada, en Dos Hermanas.





AMORES IMPOSIBLES I

JULIO.

Julio era un escritor de éxito. Con sus obras Julio había entrado por la puerta grande, bien pudiera ser la de Tannhäuser, en el Olimpo de la Gloria y la Inmortalidad. Porque Julio, mi Julio, escribía palabras que al leerlas y pronunciarlas te arropaban el alma, o te daban una sacudida telúrica, y tu ya esa noche, a las tantas de la madrugada eras ¡zas!, otra persona, tal vez mejor, y seguro que más sabia. Y no tenías ya ni frío ni miedo. Porque Julio de noche, desde ese remoto confín del Olimpo del Arte que está más allá de las famosas puertas de las que decía Roy Batty, el replicante, te hablaba con frases de amor en glíglico, esa lengua mágica, como la Maga, que solo entienden aquellos que se aman mucho y bien:

«Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia».

Así durante años, y siglos, ávidos lectores, jóvenes y viejos, ellas y aquellos, volverían a pensar sus pensamientos, a reír y a llorar con sus historias, como nosotros, los ávidos lectores del siglo XXI hacemos con Mateo Alemán, con Shekaspeare o con Molieré. Por eso, al terminar de leer el libro de Julio, entendí que estaba profundamente enamorada de él. Que su voz, sus palabras, eran ya de lo amadas casi mías. Un día pensé tontamente que necesitaba conocerle mejor, y me puse a buscar un médium en la Guía arborícola de médiums. Pero entonces Julio me habló en sueños:

-No hace falta que ningún médium te lleve hasta mí, querida Ada. Ya que cada vez que abres un libro mío, cada vez que tus labios murmuran apenas una palabra escrita por mí, estoy contigo. Y como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verme como tu querías era necesario empezar por cerrar los ojos.

Y es que Julio Cortázar y yo hacíamos tan buena pareja… que qué importa que él hubiera nacido muchos años antes que mis padres.

Ada, Sevilla.

Imagen: Enfants jouant à la marelle 1948, de Robert Doisneau.

AMORES IMPOSIBLES ll

FEDERICO.

Entrando a mano derecha por una calle sinuosa, calle de cal y de sol, arropada por el azul brillante del Mediterráneo, el viajero entra por primera vez en Cadaqués. El pequeño pueblo geronés se abre, como en un soneto, entre payeses verdes de olivos, y pescadores blancos de espuma. Posee además, desde hace pocos años la mirada de un joven y escuálido Ganímedes al borde del agua, llamado Salvador. Aquí, en este Cadaqués de postal antigua, apareció un día Federico con su traje nuevo y su pinta de señorito de ciudad; con acento andaluz, y su voz de poema y sus dedos de piano. Y asi Federico, hecho a base de miga de pan, luz de luna, y flores de limonero, se miró en los ojos del muchacho catalán que pintaba a su hermana asomada a la ventana del mar, o caracolas marinas escondidas dentro de un reloj que da siempre las cinco de la tarde. Y tras esa nueva y perfecta mirada, se dibujaban mutuamente en sus labios rosas del color de la sangre o de los besos. En tanto, un velero allá lejos, al borde de otro sueño, desplegaba sus velas mientras el capitán, dormido y feliz, despertaba un instante y soñaba con elefantes patilargos y con toreros que no existieron jamás.

El muchacho nacido en Figueres, delgado, moreno, ojos de fuego negro, bebía vino en la bota de su padre y sonreía ante la enamorada mirada de Federico.

«Haces bien en poner banderines de aviso,

en el límite oscuro

que relumbra de noche.

Como pintor no quieres que te ablande

la forma el algodón cambiante

de una nube imprevista.»

Y el Mediterráneo, tras ellos, iba pintando sobre las olas sus cabezas de dioses jóvenes, de dios andaluz y de dios catalán, que jamás podrá destruir ni siquiera el poderoso martillo del Tiempo. Y yo desde el largo y brumoso túnel de los recuerdos, incluso de los recuerdos que nunca fueron, observaba a Federico mientras leía en voz alta acallando con sus versos el rumor implacable de la mar.

«Pero también la rosa del jardín donde vives.

¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!

Tranquila y concentrada como una estatua ciega,

ignorante de esfuerzos soterrados que causa.»

Pero en septiembre, el mes de los adioses lentos y de las airadas uvas, Federico se marchó con su maleta llena de jinetes solitarios, de quejíos gitanos y de dibujos de Salvador. Se fué. Caminó calle abajo hasta la estación y subió al tren mientras su amigo, el joven pintor catalán, le decía adiós con una mano, y con la otra dibujaba con el índice la boca sonriente y hermosa de un joven payés llamado Buñuel. Mientras el tren se alejaba ladraba un perro andaluz junto al andén.

En el tren viajaba una mujer vieja y enlutada, con las manos cuajadas de cicatrices y los labios resecos por una sed de siglos. La mujer, piedra yerma, alacrán expectante, iba sentada al lado de Federico. Eran las cinco de la tarde.

-Buenas tardes, señorito.

-Buenas son, buena mujer.

-¿A dónde va usted señorito?

-A Granada.

-No, no, señorito Federico. Usted no va a Granada, va al barranco de Viznar y desde allí quién sabe. Tal vez hasta la Eternidad. Pero no irá solo. Irán muchos con usted.

-¿Cómo sabe usted mi nombre?

-La muerte conoce el nombre de todos.

Entonces Federico, mi Federico, bajó rápidamente del tren. Y como asegura otro poeta, Leonard Cohen, su hermano canadiense, Federico García Lorca está vivo. Vivo. Huyó a Nueva York, vivió durante años en una casita cerca del Hudson, y dibujó sobre un cuaderno viejo y salado, peces de aire nadando sobre las horas verdes de las gaviotas.

Ada, en Dos Hermanas, 19 agosto..

Volver.

Anna María decía siempre, desde pequeña, que cuando se muriese volvería a la vida. Hasta que llegó el día en que se murió. Después de cuatro interminables días de parto, entre grandes dolores y sufrimientos, la joven y bellísima aldeana dio a luz a una niña blanca y suave como un granito de arroz. Y la madre al abrir mucho los ojos, presa de la fiebre y del dolor más angustioso, tras contemplar aquella bebé blanca y suave, como un granito de arroz, dijo como en un suspiro, pero un suspiro tal que todos los allí reunidos pudieron oírlo bien.
—Elettra, hijita mía, no temas nada. Mamá volverá para cuidarte… ¡Volveré!
Y así, y de esta manera tan triste y a la vez tan lírica, Anna Maria Menounos entregó su alma al dios que iluminaba sus días. Tocaban las campanas lentas y pesadamente, rebotando en las recónditas paredes de aquel pueblo azul, y blanco, escondido entre playas negras y riscos cuajados de perfumadas higueras, y olivos de seda. Al poco tiempo, en la casa de los abuelos de Elettra comenzaron a ocurrir cosas extrañas; una noche estando la niña en la cuna, Irina Karlatos, el ama de cría, una vigorosa mujer del pueblo que había tenido mellizos hacía poco tiempo, y sus reservas de leche daban para seis niños más, sintió un extraño zumbido parecido al de las copas de los árboles que de pronto, en medio de una noche de calma comenzasen a cantar su canción de hojas verdes y ramas florecidas. La mujer asustada además por la llama oscilante de la vela del pasillo, que alguien acababa de encender, y, sobretodo, por una sombra que apareció entrando por la puerta, comenzó a dar grandes gritos saliendo en estampida escaleras abajo. La familia a esa última hora de la tarde, se hallaba ya reunida al completo, incluidos los criados Nana y Apostolis. Entonces la abuela Athena, la aún hermosa madre de Anna Maria, cogiendo a la niña en brazos, visiblemente impresionada, preguntó a la pobre mujer que resoplaba como una cafetera a punto de hervir:
—Mujer, ¿qué te pasa? ¿Qué griterío es este?
—¡Ay, madre de Cristo!
¡Acabo de ver a Anna Maria en la puerta del cuarto, señora Menounos!
Y se desmayó.
La reanimaron como pudieron y supieron, con orujo de uva y aire de abanicos de paja. Cuando la pobre señora Karlatos abrió los ojos, fue para volver a cerrarlos otra vez, agarrarse a su crucifijo y rezar, en una retahíla de palabras y suspiros, una antiquísima oración.
—Irina, por favor y por la Virgen María ¡eso es imposible! ¡Tu sabes muy bien que hace ya casi dos meses que nuestra hija está allá arriba al lado de Dios!
—¡Te digo Athena que la he visto! ¡Juro que he visto ahora mismo entrando por la puerta esa que tan bien veis ahí, a Anna María!
Y en ese momento todos, todos, vieron salir del cuarto de la pequeña Elettra la transparente figura de Anna Maria Menouros, la cual, en su último suspiro, había prometido volver a cuidar de su hijita. Y cumplió su promesa. 

Ada, Madrid.

LA CABEZA DE MEDUSA

LUX ET TENEBRAE

Szeged, Hungría. Al final de las Guerras napoleónicas.

Hubo un tiempo en el cual entrábamos con dócil reverencia, con sumiso recogimiento, y mudo temor, en iglesias y capillas. Sí, mí querido capitán Davidovici, aún era la época en la cual aquél suelo sagrado, aquellas soberbias columnas, tan semejantes a recios árboles, nos resultaban atractivas. Aquellos sobrenaturales espacios de piedra en donde hasta el aire parecía estar sometido a la subyugante magnificencia de sus formas… ¡Qué vidrieras tan fabulosas! ¡Cuánta belleza albergaban aquellos dibujos tan pacientemente trabajados por monjes y artesanos de cuya existencia no sabemos nada! ¡Qué arbotantes, contrafuertes, dinteles, arcos y frescos tan absolutamente oníricos! Y esas ceremonias cristianas, misas de una solemnidad sublime, de las cuales aún participábamos Angelica y yo, no eran otra cosa  que eso que la gente llama fe.

-Lamento todo esto, señor barón… pero he de volver a mi destacamento. Mañana antes del primer canto del gallo, debemos partir para Pest.

-Capitán, me sorprende usted. Habrá tenido ocasión de observar la muerte de cerca en infinidad de ocasiones; usted mismo ha sido el artífice de enviar la espantosa parca a visitar a cientos de soldados… ¿Teme usted, ahora ante ese cuerpo yerto, frío, de una palidez irreal?

-Barón, mi valentía está fuera de toda duda, señor. ¿Acaso lo niega usted? Esta atmósfera lúgubre, esa bellísima difunta que aún estremece mi hombría..



-Su valor, capitán André Davidovici, del que todos, desde Austerlizt hasta Moscú, hemos oído hablar, gloria y honor para la Francia imperial, es a todas luces abrumador. Yo, vea, solo soy un barón nacido en estas tierras tan proclives a pelear continuamente con sus vecinos. Que si los turcos, que si los serbios, que si los eslovenos… Cálmese usted, si tiene la bondad.

-De todas formas, capitán, su caballo al igual que el mío, ha escapado asustado por la tempestad. Es inútil. Debemos permanecer aquí hasta que la tormenta amaine.

-¿Qué me dice usted, señor barón? ¡Los ha soltado usted, maldita sea su estampa! ¡Usted! ¡Niéguelo si se atreve!

-Va, va, capitán… envaine su sable, y guárdelo para otros menesteres más sensatos. No me doy por aludido con sus insultos, porque, entiendo, que son productos de la ira. Y un hombre airado es como un niño con pataleta, peligroso pero facilmente reducible.

-¡Usted ha urdido esta encerrona, señor barón!

– ¿Con qué propósito sería eso, monsieur capitán?

-Usted… usted es… señor barón, ahora le reconozco.

-Oh, por supuesto. Ahora prefiero este nombre porque aquel pasó hace ya mucho yiempp, mucho. Tanto que…

«Corrían azules y líquidos, como agua de arroyo, los días sencillos y jóvenes de nuestra anterior forma de vida. Cuán extraño se me hace ya recordarlos, créame. Mírenos monsieur capitán: apenas podemos ella y yo, esa dulce y terrible amada mía, acercarnos ni de lejos a un lugar santo, ni una miserable capilla… ¡Y no digamos una iglesia! Cruces y tumbas sagradas; piadosas imágenes; ángeles divinos, arcángeles de luz temible tan semejantes a su Dios. Sin embargo, y es difícil de creer, que ese es el mismo Dios que nos obliga a bajar la cabeza, imposible sustraerse a su poder, pese a todo. Pese a vivir a medias entre la luz y las tinieblas; entre la vida y la muerte. Usted sabe que ella, capitán Davidovici, bueno, que ella ya no es de este mundo. A la vista está. ¿Ve? Mi amada aún duerme. ¿Le parece a usted que duerme, capitán? Digamos que sí. Ahora vea, contemple qué belleza; admire sus larguísimos cabellos de seda oscura, igual al hermoso paño que cubre el ataúd donde duerme. Observe esas manos tan blancas que se diría son de luz pura… ¡Ah, amigo mío! Veo como se extasía contemplando que perfecto y maravilloso dibujo forman las azules venas sobre su hermoso e incitante pecho, como se eleva dulcemente un glorioso instante, para después caer en un silencioso y sereno descanso. Y estas suaves caderas bien podrían ser de la mismísima Venus. Mire ¿ve estos labios tan rojos, casi negros, como respiran apenas perceptiblemente entreabiertos, como una flor de fatal belleza? ¿Y cómo por entre esos apetitosos y negros pétalos afloran malignamente estos dientecillos afilados y mortíferos, capitán? Y al mismo tiempo que desea ansiosamente estos labios y este pecho, y esta larga y suave garganta, o estas caderas dulcemente redondeadas, observo cómo tiembla de terror de pies a cabeza. ¡Un capitán de húsares prusianos como es usted, capitán Davidovici, cuyo arrojo y valor están por encima de toda duda! Pero, no, capitán, no tema. ¡No, no, confíe en mí por favor! ¡Le aseguro que no corre ningún peligro! Tranquilícese, amigo mío, y beba. Un buen trago de palinka siempre ayuda… Sepa que, por mi parte, hace mucho que dejé de beber sangre humana, ya que descubrí que podía alimentarme del aliento y la sangre de mi amada. ¡Ventaja de ser un vampiro tan antiguo casi como las pirámides! Y para Angelica mí querido capitán Davidovici aún es temprano, apenas las seis de la tarde de un mes de abril intolerablemente luminoso. Ella, ese insaciable demonio amante de las tinieblas, todavía tardará un par de horas más en despertar. Y para entonces… para entonces usted y yo formaremos parte de la Historia.

Ada, Madrid.