EL JUEGO

Sevilla. Abril de aquél año.

Serían las cuatro de la tarde, minuto arriba minuto abajo, cuando sonó el ring rign del teléfono fijo de la cocina justo cuando me acababa de pintar de azul cielo la última uña de los dedos de mis pies. Que fatiguita, pensé. qué inoprotuno. Porque estaba yo a punto de meterme en la sabrosa lectura de la casa tomada, esa obra de arte de papel y letras ciuyo autor Julio Cortazar me traía por la calle de la amargura. Mi madre Rosalía, y mi abuela Victoria, protestaron desde el patio. Y es que alkgunos de mis hermanos dormian pesadamente la siesta. Era un fabuloso mes de abril en Sevilla. Era la tarde de un viernes azul y prometedor. Era, bien lo recuerdo, un grupo de cinco o seis chicas, de entre dieciocho y veintitrés años, preparándonos a conciencia para el concurso Miss Sevilla. Allí dentro, en aquellos camerinos de la discoteca Sibila del lujoso hotel Murillo, el más caro y glamuroso de la ciudad, mientras fuera reverberaba el verde lujurioso de los limoneros, brillaban las nubes blancas que pasaban serenas por los cielos rebosantes de golondrinas y palomas, entre las azoteas y la ropa tendida. Y así, entre música de Rihanna, Lana del Rey, Burning , Talk Talk, y Héroes del Silencio, ensayábamos sobre la pasarela redonda de la disco. Un, dos, tres, media vuelta, no te caigas, no tuerzas las piernas, no flamenquees con las manos. Y entre brochas de polvos sueltos, barras de labios, zapatos de tacón, botellitas de cava, cigarrillos manchados de rojo amapola, risas, mis compañeras de concurso, algunas de la misma agencia de modelos que yo, solo pensábamos en ganar para poder aspirar a participar en el concurso de Miss España. Pero  a mi personal, y privadamente, todo eso me importaba un rábano. Había accedido a participar presionada  por la dueña de la agencia, la rubísima y repeinada María Andrea Montilla, viuda de un oficial del ejército español, y madre de un chico rubio, alto y delgado, Luis, que decían todos, estaba enamoraito perdío de mi persona.  Yo, claro es, no le hacía mucho caso, ya que como todo el mundo sabe, tener novio a los dieciocho años produce disturbios, ansiedades, y desagradables altercados que yo no quería vivir por nada, nada, del mundo. Enamorarse, ya lo dijo alguien con la cabeza bien amueblada, es un estado de demencia transitorio. Y eso es algo muy peligroso, terrible y además duele. Mucha gente termina tirándose por la ventana solo porque se ha enamorado de alguien y ese alguien ha preferido a otra `persona. A parte, según veo enamorarse envejece muchísimo. Te echas un novio, una novia, y al poco tiempo, una chica mona, o un guapo muchacho, aparentan diez años más; su cuerpo se vuelve fofo y contrahecho; los pelos feos, y allá cada uno por su lado. Por siempre jamás esa criatura se pondrá encima lo primero que encuentre en su armario; se pasará el resto de su vida en chándal y deportivas. Ah, y a partir de ahora, locos alienados, u, o, enamorados, ya no volveréis a ser Silvia, Pepi, Antonio, o amor mío, no. Ahora, aparte de un amasijo de ropa zarraprastosa y mal llevada, ahora eres solo CARI. Ejemplos: CARI, ¿me traes una sin alcohol, porfis? CARi, ¿sacas tu al perro?; CARI, venga, vámonos al Mercadona antes de que cierren. Pero, ¿Y esos engendros humanos que llaman a su mujer chocho loco? Aggg antes muerta y a cien metros bajo tierra. Volviendo al tema anterior, y como iba diciendo, los concursos de belleza, de misses y esas cosas deberían ser para gente con un coeficiente intelectual elevado, así se ahorrarían muchos sinsabores. Y como yo tampoco quería dejar la agencia de modelos y azafatas María Andrea Montilla, no tuve otra opción que apuntarme. Y es que María Andrea fue tajante:

-Las niñas que no se inscriban en el concurso serán cesadas en la agencia. He dicho.

 Y así que, aun a sabiendas de que los concursos de belleza eran humillantes, no tuve más remedio que ceder engreída además ante la posibilidad de viajar, y conocer gente extremadamente interesante. a desde la lejana época en la que Amparo Muñoz renunció a su flamante título de Miss Universo, asqueada  y aburrida de todo lo que conllevan estos eventos, la fórmula de exponer a un grupo de niñas a la vorágine mediática  sin alma y sin cerebro, me daba hasta miedo y todo. Pero como yo quería ser valiente y no de las que se rinden por una cuestión o dos, me quedé para participar.  Y de esta manera,  con apenas diecinueve años, vestida de raso negro, y taconazos de leopardo de diez centímetros, mi melena morena y peinada a lo Gilda,  decía la gente que era una de las preferidas. La gente. ¿Y qué sabrá la gente quién es más guapa, más elegante, más fascinante? Qué se meta en sus asuntos la gente. Pero todas sabíamos que Claudia Pavón, aquella rubia pelín borrachina, de ojos grises atiborrados de malicia y rimmel,  algo más de veinte años, rizos tipo sacacorchos, cara muy parecida a Neil Tennat, el líder de Pet Shop Boys, con su metro ochenta y tantos de estatura descalza, y su pecho liso tabla, era la absoluta y notoria candidata al título de Mis Sevilla. ¡Si hasta le habían entrevistado para ABC!  Sin embargo, creedme si os digo, que esta  top model de la agencia María Andrea Montilla, era una auténtica hija de la gran perra: hipócrita, falsa, envidiosa, diva total, creída, tonta, mete cizaña, mentirosa. Lo único hermoso que había en su persona era exclusivamente su espectacular exterior, tan a lo Elle McPherson.  Claudia, la presunta hermana gemela de Neil Tennat, mientras acaparaba la mitad del camerino comunal que la discoteca había habilitado para las aspirantes al título de Miss Sevilla, se dedicaba a malmeter contra todas y cada una de nosotras la muy malvada. A su lado Bette Davies en La loba  se convertía en la beatífica y sosísima María de Sonrisas y Lágrimas.

En ese momento, María  Andrea Montilla, la dueña de la agencia, como ya sabe casi todo el mundo, entra repartiendo media pastilla de Valiums, como quién reparte caramelos, y una lata de Coca-cola para pasarla, dice. Su hijo, el rubio y muy estudioso, y muy trabajador Luis. Ese chico que bien podría ser hijo secreto de Michael Caine, bebía los vientos más tempestuosos por mi persona. Pero yo solo quería marcharme a Paris a vivir allí el resto de mi vida y no volver  jamás. Nunca tendría novio. Nunca, nunca, me casaría. Sería actriz de teatro y los exigentes públicos de Nueva York, Viena, Chicago, Londres, o Paris, me aclamarían. Luego, un buen día, o mejor una noche,  el fantasma del capitán Daniel Greig vendría a buscarme, y juntos por siempre jamás recorreríamos en su barco “ La Gaviota” los Siete mares, y los cinco océanos con sus pavorosas fosas, sus playas bramantes, sus  islas remotas, recitando versos de Keats. Y a la noche, entre vaivenes de olas verdes, y espumosas, y las zambullidas de los alcatraces, haríamos salvajemente esas cosas que los que se aman hacen entre las sábanas cuando todos duermen. Pero eso será dentro de cien o ciento cincuenta años. María Andrea me saca de estas o tras peregrinas ensoñaciones, poniéndome algo muy pequeñito y redondo en la mano. Y sin preguntar ni nada.

-Niñas, tomad esta media pastillita de Valium que no hace nada. Solo os va a relajar, y saldréis muy tranquilitas a la pasarela. Lucia, mi hijo que si puedes bajar un momento a la cafetería antes del ensayo general.

-¿Luis? ¿Pero no estaba en Londres?

María Andrea se me queda mirando de reojo, pero con una mirada fija y penetrante. Me da  un poco de miedo esa extraña mirada torcida.

– No, ya ves que no. Anda ve.

-Bueno, pero yo la pastilla no me la tomo, María Andrea. Mi madre no me dejaría.

-¿Qué no? Bueno, cómo quieras, Lucía.

Le llaman desde no sé dónde. Sale cerrando la puerta, con su pelazo rubio platino cardado, su perfecto maquillaje en tonos beige y caramelo, y su vestido de seda blanca, largo y vaporoso. Si le preguntáramos a María Andrea que quién le gustaría ser en su próxima vida nos diría, sin ningún género de duda, que Catherine Deneuve. Pero yo, en cuanto sale esta mujer tiro directamente la puñetera pastillita al W.C.  Algunas chicas hacen lo mismo, en cambio otras se la tragan alegremente y sin rechistar, entre lingotazos de cava y Coca-cola.  Entre ellas, la muy fumadora Claudia Pavón. La tía nos mira despectivamente desde su metro ochenta infinito de estatura.

-Monas, me dais una pena… Tirad, tirad las pastillas por el váter, que si os da un pasmo de los nervios cuando vayáis saliendo os jodéis. Eso es, os jodéis tan ricamente.

Pero, ¿a esta imbécil qué narices puede importarle absolutamente nada si nos da un jamacuco o un patatús, o las dos cosas? Me entra una mala leche irrefrenable, y para no liarla, me maquillo los párpados con sombra azul noche con destellos metálicos de Givenchy, para relajarme.

En estas aparece María José Canuto, la chica de Jaén, con un cubata de fresa, ron y Red bull en una mano, y en la otra el tablero de lo que parece ser un juego.

-Chicas, que dice María Andrea que tenemos media hora para relajarnos antes del ensayo general. Y es que creo que se han estropeado un poquito las luces de la pasarela. Mirad lo que os traigo monadas…

-¿Y qué coño es eso? No será un parchís de diseño, ¿no?

Pregunta Claudia Pavón, bastante cabreada con un rizo que se obstinaba en caerle exactamente donde ella no quería que le cayese.

-Jajaja, no, hija, no. Es una ouija. ¿Nunca habéis oido hablar de las ouijas?

La chica rubia de Córdoba, la Marilyn de la agencia, se vuelve con el secador del pelo hasta María José Canuto, dando grititos cuquis de puro terror.

-Oyyy oyyy que miedo, claudia! ¿En serio que es una ouija?

-Mi hermano dice que esos tableros no son un juego. Son peligrosos tanto si crees como si no.

-Que va, que va. Tontita. ¿Entonces quien quieres jugar? ¿Lucia?

-Ni borracha.

-¡No pasa naaada! Mira que eres tonta, guapa.

– Vete a cagar.

-Ay, que no pasa nada, en serio, bobas. Veréis que fácil y que divertido: ponéis los dedos así, nooo, joder, María José, así sobre el vaso pero sin tocarlo…

-Yo me voy a la cafetería  que Luis me está esperando.

-Luciaaaa que miedica, por favor Si ¡Es solo un juego! Y además, ser la novia del hijo de la jefa no te va a servir para nada, guapa.

-¿Nunca has jugado al Monopoly? Pues esto es lo mismo, tonta.

-Mirad, chicas, este juego consiste en poned el dedo así, sobre el vaso. Pero si llegar  a tocarlo. ¿Véis?  

-y …

-y le hacemos preguntas.

-qué tipo de preguntas

-quien eres, ¿cómo te llamas, qué va a ser de mi vida? O también podemos ponernos en contacto con entes de otra dimensión

-jajajaj entes de otra dimensión? Eso no existe. Mirad, me rio yo en vuestra puñetera cara de los jueguecitos gilipollas. Venga, vamos a ello.

-A ver ente de otra dimensión… ¿quién coño eres?  ¿Qué coño quieres y qué coño va a ocurrir con el concurso? ¿Seré o no la ganadora? Pregunta imbécil porque ya sabemos todas que la ganadora voy a ser yo, pequeñas.

-Mirad,  tengo que salir. Luis me espera  desde hace media hora en la cafetería.

María José Canuto decía estas tonterías mientras se quitaba el enorme rulo de su coronilla.

-que sí, que si… lo que tu digas mona. , María José Canuto, Ágata Flys, Carmen Platin, Nadiuska Gómez,  y Sandra Morakosky absolutamente hechizadas con el tablero, en bragas y sujetador;  algunas a medio vestir, otras con rulos y sin maquillar todavía.. Embebidas en el misterioso movimiento de aquel diabólico juego, el cual, aparentemente, hacía que el vaso se moviese solo por entre letras y misterioso símbolos. Claudia Pavón, fumándose un porro de medio kilo intentaba a toda costa sentarse delante del tablero y ser, como no, la protagonista todoterreno de siempre. Como llevaba ya tres cubatas de fresa, ron y red bull, los ojos iban por su cuenta, la boca por la suya, y el pie derecho metido dentro del tacón izquierdo, taconeaba discretamemte por bulerías.

-.A ver, coñio. Dejadme a mi que pruebe. No me creo nada. El dedo así sobre el tablero, no? hip, venga, vamosssshhh

Desde algún remoto confín más allá de estos siniestros un pianista fantasma desgrana lentamente la Pavana de Gabriel Fauré. Entra una luz rosada y por la puerta de cristales de la cafetería, y, no sé porque, pero me pongo en plan  “volverán las oscuras golondrinas”. Lo cual quiere decir con el talante melancólico y poco sociable. Luis, bebiendo a solas algo dorado, espeso y frío, en un vaso ancho y muy bien tallado me espera con sus rizos rubios, y sus ojos enormes y azules. Junto al ventanal observa distraído cómo va cayendo el oscuro telón de la tarde sobre la ciudad. Al verme llegar, se levanta, me besa en la mejilla y me mira como quién mira una copa de buen vino que no han servido para él.

-Hola, Lucia. ¿Qué vas a tomar?

-Hola. Pensé que estabas en Londres.

-No. Llegue hasta el aeropuerto  de Heathrow  y me volví para Sevilla inmediatamente. Y es que entendí que es absurdo tratar de olvidarte. Y no es que estés en mi cabeza, es que formas parte de ella. Eres mi pensamiento, Lucía.

-Luis, la culpa es tuya. No se deja a una novia atrás como se deja un libro en la biblioteca. No.

-No, por dios; no me digas ahora «la culpa es tuya”. Cualquier cosa que digas ahora con ese tono de voz, y esa mirada tuya… me mataría. Es mejor que no digas nada. Pero me voy…  la cuenta por favor…

Y salió fuera del café a la calle, a ver las nubes coloreadas de rosa de la tarde, o ese pájaro de ojos de fuego, que una vez fue una nube,  mientras encendía un cigarrillo y aspiraba la primera bocanada de humo con desesperación. Y así sin despedirse, Luis Rodríguez Montilla, joven opositor a notario, se metió en su coche y desapareció de mi vida sin dejar más rastro que el recuerdo de unos cabellos rubios flotando sutilmente al viento, y unas piernas muy largas embutidas en unos Levi´s deshilachados. Su madre, la dueña de la agencia Andrea Montilla, jamás me lo perdonó.

Cuando regresé al cabo de media hora de la cafetería, el camerino de las modelos estaba envuelto en humo, apestaba a azufre y a madera quemada. Las luces del techo, parpadeantes, el humo que lo inundaba todo, el olor acre y desagradable,  todo se confabulaba para hacer de nuestro, hacía escasamente una hora, alegre camerino, la habitación de Rega, la muchachita de la película El Exorcista.  Marina, alias Nadiuska, Mahor, con su rulo gigante sobre la coronilla, y su bata de Betty Boob, sentada con los ojos abiertos y sin pestañear, parecía en estado de trance. Silvia Vera, la dulce y etérea rubia, tan parecida a una muñeca antigua, pero con voz de camionero borde, se agarraba a Carmen Román, la morena za a lo  Sophia Loren. Las dos abrazadas, con los rostros ocultos por hombros y melenas, y las dos sin conocimiento. Otra chica, a la que no consigo verle la cara por tenerla bajo una toalla con estampado de corazones amarillos, tiene la ropa chamuscada, pero respira con normalidad. ¿Y Claudia Pavón? Entonces veo la tabla de la ouija, ennegrecida, humeante, y los zapatos de la modelo de rizos rubios y ojos grises, tan alta como una pared, lo mismo: humeando y ennegrecidos. Pero de ella no hay ni rastro.

-Dios mío…. Dios mío… ¡Ayuda! ¡Vengan por favor!

¿Dónde está la favorita top model de la glamurosa agencia de modelos María Andrea Montilla? Nunca más se supo qué fue de ella. Las investigaciones duraron años, y años. Y aún hoy, mucho tiempo después, son muchos los grupos de esos de investigación paranormal,  además de médiums, videntes, sensitivos,  periodistas apasionados de los casos más extraños  jamás resueltos, persisten en encontrar la respuesta. Una respuesta concluyente y veraz  a la repentina y singular desaparición de aquella modelo que justo antes del desfile le dio por participar en una ouija, y desde entonces hasta ahora nunca más se supo de ella. Su último rastro guardaba estrecha relación con ese extraño juego llamado ouija. Las últimas que la vieron recuerdan vagamente una sombra negra surgiendo de pronto del tablero y lanzarse directamente a por Claudia. a los del otro lado, dicen que el lugar la discoteca Sibila  se cerró hace muchos años. Pero el local abandonado, es un lugar hechizado. Nadie quiere alquilarlo, porque son muchos, , los que dicen haber oído lloriqueos, susurros, pasos, y una voz de mujer  diciendo claramente: déjame salir, por favor. Déjame salir.

Fin.

En Dos Hermanas, enero del 2022.

LA CITA

Saint Malo, final del verano.

La terraza de un café frente al mar. Son casi las cuatro de la tarde, la brisa algo fría ya de septiembre, levanta suaves remolinos blancuzcos en las olas lánguidas y verdosas. Apenas hay nadie a estas horas, salvo un tipo larguirucho, con gorra inglesa a cuadros, que viene montado en bici y se sienta en una de las mesas más apartadas para leer el periódico. Es australiano, apenas entiende algo de francés, y fuma tabaco americano.

-Bonsoir… ¿Qué va a tomar el señor…?

-Buenas tardes, tráigame un café con leche, por favor.

El camarero, bajito, moreno, de treinta y pocos años, que es además el hijo del dueño del café Rimbaud, no aparta la vista de la carretera que circunda la plazoleta. Ni tampoco de su reloj de muñeca, ni mucho menos del grupo de clientes que sentados en una de sus mesas, beben café y Pernod, fuman, ríen, y parlotean despreocupadamente  henchidos de satisfacción por sus vidas. Tampoco, a ratos, del australiano larguirucho que hace ver que lee el periódico.

En otra mesa, un poco más alejada de todos, un tipo rubio, muy alto, constitución de boxeador peso pesado, y ojos grises de halcón, que ha llegado con los otros clientes, pero que se sienta junto a la chica sentada a solas, y que es muy joven, muy atractiva y va maravillosamente vestida. Ella, fumando en boquilla, bebiendo whisky, y esperando al oficial rubio, se ha pasado más de diez minutos. Cuando  por fin llega él, su aparente tranquilidad se convierte en un nerviosismo soterrado, evidente tan solo si nos fijamos en su forma de aspirar el humo de su boquilla.

-Natalie, perdón. No he podido llegar antes. Hemos tenido problemas serios otra vez con esos…, esos tipos. En fin. No puedo contarte nada más, Natalie.

-Ulrich, la verdad, no importa. Solo has llegado diez minutos tarde… Pero quería decirte que… Ulrich… tengo que hablarte…

El camarero, hijo del dueño, moreno y bajito, se acerca complaciente limpiando un poco la mesa con un trapo muy limpio, mientras chapurrea un cóctel de palabras en francés y alemán.

-Monsieur, Guten Tag! Tout va bien? Was serviere ich dir?

-Gracias. Todo bien, si. Sólo un vaso de agua de Vichy. Nada más, por ahora.

-Tres bien, merci!

-Ulrich…

-Dime Natalie. Natalie, mi pequeña golondrina. Natalie es nombre de ave, de ángel, de libélula o de hada. En todo caso, un ser de tan maravilloso, no del todo real, y no del todo soñado tampoco. Un ser mitológico con alas, con ojos que ven a través de las sombras en la oscuridad. Cuando te vas, óyeme bien mi abejita dorada, mi sirena atlántica, cuando te vas, cuando me dejas solo allí en nuestro cuarto, la casa enseguida se convierte en puro escombro; las ventanas que dan al mar, ahora son agujeros negros, pozos sin salida, que dan al patio de un patíbulo. Cuando te vas, amor de mi vida, las ventanas dejan de existir, se apagan todas las estrellas, los niños lloran por sus madres, que han enloquecido de desesperanza. Como yo, Natalie. Mi Natalie. Contigo siento que podría hasta cantar, yo, pobre de mí, desgraciado que no sabe hablar siquiera armónicamente. Amor, mi loco amor, mi vida, mis sueños…, construyamos juntos un castillo inexpugnable, un velero, una casa, una vida. Mi vida, y la tuya, diosa mía. Todo está completo contigo. No sé estar sin ti, me siento mal, enfermo, pequeño y huérfano. Como si en un camino a oscuras solo hubiese agujeros, cepos de lobo, ciénagas ocultas entre los árboles. Natalie. Dime, ¿qué quieres que haga?  ¿Morirme? ¿Nada más? Morir es vivir sin ver tu rostro, sin tu oír tu voz, o tu risa. Soy tan feliz contigo que casi relincho como un caballo. Natalie, déjame que coja tus manos. Ahora las mías están frías. Y necesito tu calor. Lo necesito. Moriré de frío, congelado, aterido, sin tu calor, Natalie.

-Ulrich…, tengo que decirte algo… Por favor, no me lo pongas más difícil.

-¡Oh, Natalie, veo sombras muy negras en tus ojos! ¡En estos bellísimos ojos tuyos, estos ojos míos, que adoro! Natalie, por favor, por favor, no me rompas el alma. No pulverices mi corazón. ¿No lo harás, verdad?

–  Lo siento, no sé cómo decirte… como decirte que no puedo seguir… viéndote. No, por favor, Ulrich, no me mires así.

-Entonces… ¿esto es una despedida?

-Ulrich, pensé que lo entenderías… tengo que irme. Lo siento…

-¿Me dejas aquí destrozado, reventado,  muerto por dentro? Entonces, todo lo que hemos vivido juntos estos dos meses… ¿no significan nada para ti? ¿No son nada?

-Tengo que irme… Serás muy feliz a partir de esta tarde… ¡Adiós!

-Creo que me has tomado el pelo, como todas las zorras francesas de tu clase. Quiero que entiendas, Natalie, que con un oficial de la SS NO juega nadie. Absolutamente nadie… sin pagar las consecuencias. ¿Me abandonas por alguno de esos amigos tuyos del teatro Brecht? Claro que sí; lo tuyo es un sarnoso judío comunista como esos compañeros tuyos, esos que hacéis el teatro de la playa. Lo veo. Debí cerrarlo desde el principio. Debí hacerlo, y mandaros a todos en un bonito tren a Dachau. No lo hice, no, imbécil de mi, ciego de amor, loco de deseo por ti, mi querida Natalie Bendor. Eso es. No lo hice y ahora bien que lo estoy pagando. ¡Qué vergüenza por mi parte! Mis venerables antepasados estarán rabiando de dolor en sus tumbas. ¡Oh, perdonadme gloriosos antepasados míos! Yo, Ulrich Müller von Kiesler, coronel de la Wehrmacht, humillado y ofendido por una jovencita francesa, puta de todo el mundo.

-¡Ulrich!

Ulrich Müller, dando una patada tremenda a la silla donde hacía unos segundos había estado sentada Natalie, se levanta, su altura bávara y su uniforme de carnicero puestos en pie. Saca ostentosamente su pistola, una Walther P38, y apunta a la cabeza de Natalie, que tiembla. Pero justo en ese momento, pasa una vieja furgoneta Citröen, que dispara a bocajarro al oficial, y este cae pesadamente al suelo. Müller, en su último estertor, aún atina a disparar sobre Natalie y le alcanza  en el tobillo. Inmediatamente, empero, desde la ventanilla abierta de la furgoneta surge otra vez la mano armada con una luger y dispara una vez más sobre  el abatido oficial de la terrorífica SS, el cual cierra los ojos ya para siempre.

-Esto por todas las personas, por mi padre, mi abuelo, mi profesor de literatura, todos los que mandaste a morir a Dachau, o cualquier otro infierno parecido o aún peor.

Raphaël Moulinsart, tan parecido a Charles Boyer, antiguo jefe de policía y ahora miembro muy activo de la resistencia, guarda su pistola alemana, tras susurrar apenas esas palabras

Mientras, desde dentro del café hacen un gesto al tipo australiano que ya no lee el periódico, para que se ponga a cubierto. Y el australiano, que va huyendo de la Gestapo, lo hace sin pensárselo siquiera un momento. Natalie en tanto ya está a salvo dentro de la furgoneta, aunque los otros oficiales alemanes, los que bebían Pernod y reían alegremente en la otra mesa, sin tiempo a reaccionar van disparando y gritando en alemán como fieras. La furgoneta se gira, abre de nuevo sus puertas traseras y desde atrás salen los compañeros de Natalie del teatro Brecht, todos miembros de la Resistencia, y disparan contra la mesa llena de nazis un proyectil de mortero con el alma puesta en ello. Todo ha terminado. La Resistencia esta vez ha salido victoriosa Dentro de la furgoneta Pierre Clemont, ojos marinos, apuesto, barbudo, y elegante autor teatral conductor de la vieja Citröen, jefe de las guerrillas, y amante de Natalie, se come a besos a su chica. Con los años se casarían y huirían juntos al País de los Sueños cumplidos. ¿Y el tipo de la bicicleta? Pues el australiano de la gorra a cuadros, larguirucho, que fuma tabaco americano, que se ha escapado de un campo de prisioneros alemán, reanuda su viaje. Mañana, o pasado, al cruzar los Pirineos estará ya a salvo en el País Vasco. Y un día, un día ya allí lejos en su Australia querida, se pondría a escribir sus aventuras, con una jarra de cerveza a un lado de la máquina de escribir, y un paisaje de luna y cactus frente a sus ojos.

Fin.

(Relato inspirado en la escena del café de la película “La Gran evasión” de John Sturges, 1963).

O CAMIÑO

Betanzos. Noviembre de quién sabe cuándo.

—Me has llamado, y ya ves que rapidez: aquí me tienes. Esta tarde no tenía nada que hacer, amigo. En tus ojos veos sombras que la última vez que nos vimos no estaban.

—La última vez que nos vimos…

—Sí, de eso hace ya dos meses.

—¡Dos meses!

Xan volvió a repetir mis palabras, visiblemente perturbado, con una sonrisa de anuncio de dentífrico, estática, y triste.

—Dos meses ya. ¡Parece que hubieran pasado veinte años!

Por la ventana de la cafetería se vislumbraba un cielo gris, acuoso, y algunas gaviotas con chillidos de naufragios, de barcos perdidos entre la niebla y las olas, y de faros en el fondo de la mar. Observé las grandes y cuidadas manos de mi amigo, eran las manos de un escritor. Un tejedor de palabras, paisajes, almas, memoria, sobre un tapiz de papel. Este tejedor de palabras, al contrario que yo mismo, ganaba lo suficiente con sus libros como para pagar más que desahogadamente, sus facturas y sus sueños. Antes de que la camarera apareciese en escena, Xan y yo ya nos habíamos fumado un par de cigarrillos entre suspiros y canciones de La dama se esconde. La música, en un volumen más que aceptable para un local público, amenizaba la descolorida tarde. La camarera, una chica rubia, delgadita, ojos castaños y enormes — tan parecida a Britney Spears, que a punto estuve de pedirle un autógrafo, si a mí en mi puñetera vida, me hubiesen interesado algo los autógrafos—, se acercó a retirar, por fin, los vasos y platos de los anteriores clientes.

—¿Qué va a ser, chicos?

Preguntó. Y sonó tan jovial, y afable su voz en medio de aquella atormentada atmósfera que venía acompañando a Xanti, que ambos, al mirarla casi pudimos ver un brillo feérico surgiendo de sus oscuros ojos de ondina. Pero nada de eso. La chica nos miró con aburrimiento como pensando, «Ya tenemos aquí a los típicos niñatos de siempre». Y bostezó encubriendo su bostezo una tos repentina y forzada, mientras sus palabras pedían un bourbon a palo seco.

—Para mi un café solo, pero muy caliente por favor.

Al cabo, una vez que la camarera rubia, la clon de Britney Spears, desapareció rumbo a la barra y sus misterios, reanudamos la conversación con el mismo entusiasmo o menos que antes.

—Supongo Xan, que no me habrás sacado de mi casa para que vea como te emborrachas.

— ¿Te acuerdas de Ainhoa, mi novia?

—Claro, hombre. Ibais a casaros después de hacer el Camino. ¿No?

—Sí, si…

Contestó con voz trémula, e inmediatamente echó la cara entre sus manos y rompió a llorar.

Yo, que soy un poco despreciable a veces y no tengo demasiada paciencia con los llorones, he de reconocer que la congoja de mi amigo Xan me pudo. Intente consolarle mientras Brit, la camarera rubia, con cerrado acento de Orense, nos trajo las consumiciones. Su bourbon a palo seco, y mí café, oscuro, amargo y caliente, como debe ser un café. Fuera llovía sin hacer ruido, con un agua fina y blanda que no se veía casi, pero que lo empapaba todo, casas, ropas, huertas, caminos, a conciencia, y hacía que el paisaje fuese fantasmal y lejano. En tanto allí, en la cafetería muy cercana a Betanzos, Xan y yo nos habíamos quedado solos. Y así, y con una taza de café entre mis manos, y mil pitillos entre mis dedos y mis labios, comenzamos a charlar mi amigo y yo. No, no es que yo fumase en esa época. Es que fumaba demasiado. Pero en peor estado se encontraba mi barbudo amigo Xanti de Castro, el cual, por si alguien no lo sabe, es un autor muy bien considerado por hidalgos de prensa independiente, y gentiles hombre de editorial oscura y selectamente minoritaria. Y es que a esas tempranas horas de la tarde, Xán estaba intentado recuperarse de la paliza que se había dado a sí mismo la noche anterior con los chupitos de José Cuervo

—Xan anímate hombre. Mira por las ventanas y verás que paisaje tan maravilloso nos regala esta monótona lluvia del otoño. ¡Por dios, no llores! ¡Sabes que nunca he podido soportar a ningún hombre llorando!

Entonces él me miro, de pronto, como si su mirada hubiese retornado de otro lugar a miles de años luz de allí. Me asusté de verdad e incluso pensé que estaba loco. Lo mejor era largarse cuanto antes.

—Vaya, que cara se te ha puesto de pronto, jajajaja. Bueno, por lo menos has dejado de llorar. Nada, Xan, ejem, que acabo de acordarme de que esta noche tenía plan y…

—No tengas tanta prisa, Jacobo. ¿No andas tu siempre metiendo las narices aquí y allá buscando como un perro, una buena historia para tu columna en La Voz de Galicia? Pues bien, te voy a contar mi historia. Si es que estás dispuesto a pasar un mal rato. Y veo, amigo mío, que lo estás.

«Como te dije cuando nos vimos aquella noche de mitad de julio, en menos de una semana mi novia y yo haríamos El Camino, desde Roncesvalles a Fisterra, y una semana más tarde nos esperaba el cura de Betanzos para casarnos. Amigo, no te puedes imaginar que días aquellos anteriores al Camino, felicidad, felicidad, felicidad. Días luminosos, risueños, jóvenes. Días que jamás nube alguna, a pesar de todos los pesares, conseguirán oscurecer. Ainhoa hermosa entre las más hermosas, me amaba con esa dicha imposible de disimular. Delante de amigos, familiares y extraños, me prodigaba las más apasionadas muestras de cariño. Y todo ello durante un verano grandioso, sin lluvias y sin cielos pardos, con temperaturas magníficas. La gente, los caminantes, por ello estaban de muy buen talante. Pero una tarde, creo que la última que tuvimos con  buen tiempo, el tiempo comenzó a cambiar de manera que en menos de un par de horas, el maravilloso y dorado verano, se transformó en un otoño de cielos  oscuros y horizontes acuosos. No me mires así, Jaco, por favor. ¡Qué íbamos a saber nosotros si en aquellos momentos el cielo era de un rotundo azul, las abejas revoloteaban alrededor nuestro, y el sol calentaba lo suyo, que en breves horas todo eso formaría tristemente parte del pasado! 

—Dijiste que El Camino fue el culpable.

—Sí, eso es. El Camino reventó mi vida. Ahora veo sombras donde antes caminaba del brazo de Ainhoa flotando sobre una alfombra mágica.

Y estrujando una colilla quemada de su Chester sobre un cenicero abarrotado de colillas quemadas y retorcidas, volvió a él de nuevo ese temblor feroz que le hacía parecer un fugado del psiquiátrico, sección locos peligrosos. No era, descubrí, un temblor de miedo, no, aquél hombre de casi metro noventa de estatura, espaldas de boxeador, y barbas de vikingo, temblaba de pura desesperación.

—Anda, hombre, tranquilízate. Bebe un poco más, apura la copa. Así… Y ahora cuéntame…

—No sé,… es que es todo tan irreal…, la noche aquella, la primera noche que pasamos en El Camino, Ainhoa y yo, buscábamos mordernos mutuamente como se muerden los lobos, como muerden los muertos de hambre un pedazo de pan. Locos, locos de amor, ebrios diría yo; salvajes, insolentes, y ferozmente jóvenes. Y con nulo sentido de la responsabilidad. Y así nos vimos con la noche a cuestas, aunque todos los caminantes, todos los peregrinos ya nos iban sermoneando que daba gusto oírlos. El dueño del mesón donde tomamos unos pinchos de tortilla y unas cervezas, un tipo enorme, blanquísimo, con boina, y la cara como un pan redondo y colorado, antes de ponernos de nuevo en marcha nos aseguró, mientras servía raxo y grelos a un peregrino que trasegaba ribeiro a destajo:

—Chavales, mirad que la noche llega. Y la noche por estos toscos parajes no es buena.

—Somos estudiantes de Biológicas y no tenemos miedo a las leyendas, ni a los miedos de las viejas. El Siglo de las luces hace ya tiempo que borró todo eso, jefe.

—Allá vosotros, nanos.

Y nos miraron, el de la boina y el del ribeiro, como quién mira un cuadro de esos de ojos como peces, y bocas como ojos, que no parecen ni ojos, ni bocas, ni peces.

Así que el imbécil irresponsable que era yo entonces, más que un imbécil, un asesino, creyéndome poco más que un héroe de la Marvel, se puso en camino con su dulce, con su bellísima Ainhoa, al filo de un amanecer de agosto que para más emoción, pintaba las nubes moradas y grises, casi negras, el cielo hacia poniente. Caminando sobre la hojarasca, viendo como huían las ardillas, y los vencejos a nuestro paso; besándonos, ahora con ternura, después con furia, en cada recodo, en cada clarear de las arboledas, que cada vez se volvía más y más infranqueable, fue transcurriendo el día. Pero nosotros dos solo teníamos ojos para nosotros dos, y más allá de Ainhoa, y de Xan no existía nada más. La noche se nos echaba encima, y te lo vas o no a creer, Jaco, nosotros ni cuenta. Pero en ese momento Ainhoa exclamó…

—Xan, ¿has oído?

—Jajaja ¿el qué, colibrí?

—Eso…

Un sonido incierto, gutural, angustioso, como un lamento, se dejó oír por todo el bosque.

-Parece…

-Sí, es eso, es exactamente eso. Sé lo que estás pensando Xan.

La palabra sonó alta y bien clara, al pronunciarla al unísono ella y yo: «aullido». Y casi al mismo tiempo, una ráfaga de viento frío y desapacible, enredó los cabellos de Ainhoa, cuyo rostro se había vuelto de una palidez preocupante. Nuevamente, ese lamento ronco, escalofriante, casi sobrenatural, descollaba poderosamente por los bosques.

— No, no es un aullido. Tranquilízate colibrí. Estamos posiblemente cerca de la mar. Es, a todas luces, la sirena de un barco.

— ¿Tú crees? Pues parece un aullido de lobo, Xan. Mira, es casi de noche y no nos hemos dado ni cuenta. ¡Busquemos un refugio ya por favor! ¡Por favor…!

—¡Jajaja! Es que, ¿qué se puede esperar del cerebro de dos enamorados? Venga colibrí mío, ¡seguro que no estamos lejos de algún refugio!

Pero, el miedo irremediablemente había anidado en el alma de mi novia. Ya no conseguí tranquilizarla. Se agolpaban en su memoria esas historias que nos han contado de pequeños a todos los niños gallegos, la Santa Compaña, los lobos, las jaurías…

—Xan, mira, corramos todo lo que podamos, por favor.

—Pero Ainhoa, ¿en serio tienes miedo? ¡Jajaja! ¡Qué cosas! Anda, ven abracémonos mas fuerte que nunca y verás como huye de tu alma cualquier atisbo de inquietud.

—Xan, en serio. ¡O nos vamos dando una carrera ya para la aldea otra vez, o me voy yo sola y ahí te quedas, idiota!

El amor, incluso la pasión más desbocada, puede desaparecer ante el peligro más inminente. Ese peligro desconocido que va adueñándose de nuestro espíritu como un inapreciable latido que, sin embargo, cada vez es más intenso. Cada vez más…

En ese momento, un chasquido crepitó tras de mí, y al momento mi cabeza, con los pelos completamente de punta, se volvió lentamente, con el miedo devorándome ya por dentro. Un lobo, otro y otro, hasta cinco lobos y una loba despeluchada, sucia, y con una dentadura como la de una sierra mecánica, bufaba y gruñía, con sus dulces ojos brillando como brasas, a cinco metros de Ainhoa. Ainhoa, paralizada de terror, quería llorar, quería gritar, quería salir corriendo como jamás había corrido en toda su vida. Pero, literalmente, no podía ser. A cambio de eso, lo único que su pequeño y trémulo cuerpo le permitía era sudar y tiritar de terror. Nada más. Justo en el momento en que quise tirarles una piedra, mi mochila, las botas, gritar, y liarme a patadas con todos esos bichos, la loba despeluchada, de dentadura tal como una sierra mecánica, se lanzó como un arpón sobre la indefensa, y apetecible garganta de mi novia. La mató al instante. Y al hacerlo, los demás lobos hicieron lo mismo, pero la loba de dientes de sierra mecánica, no lo permitió. Primero ella. Después el resto. Probablemente, de puro horror, perdí el conocimiento. Me desperté dos días después en un hospital de Santiago, magullado, roto, perdido. Eso es todo, Jaco. A ratos siento que mi mente sale a chorros desde el interior de mi cráneo; es una sensación que mata. Otras veces, y es lo peor, creo ver a Ainhoa entre la gente… Pero, amigo mío, el caso es que…, es que esta mañana… me he despertado con la cabeza de una vaquilla sangrienta sobre mi cama, así como un hueso roído y pelado, no quiero ni saber de qué animal; y mis manos y mi boca manchadas de sangre seca. Y hace poco que vengo oyendo aullidos de lobo por las noches… Y lo más terrorífico es que creo que soy yo.

Fin.

Ada García. Diciembre de 2021.

Correcciones gracias a la paciencia, amabilidad y sabiduría de Javier Arries.

DONDE NACE LA NIEBLA

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(Crónica de mi primera ponencia en un congreso).

Dicen que en lo más profundo del invierno la Reina de las nieves vuelve su gélida mirada hacia un lugar cercano a un río lento y torpón que se llama Pisuerga y es entonces cuando la niebla, suspira por que añora a su amado el Padre Invierno, que anda allá arriba entre auroras boreales y céfiros. Entonces de pura nostalgia  su aliento comienza a cubrir aquellas tierras. Es la niebla. Y como en el jardín del gigante, el Padre Invierno  llama a su lado a sus hijos, el Viento del norte, la Escarcha y la Ventisca, para que dancen sin tregua por el mundo, blanqueando y helando caminos, bosques, ríos y fuentes, montañas, aldeas y ciudades.

Durante este helado y alado fin de semana en tierras del norte de Castilla, en Valladolid y Cabezón de Pisuerga, el frío y desaforado viento y el calor de los amigos, han caminado juntos de la mano. ¿Qué importa que haga cero grados si te reconfortan unas miradas y unas risas amables?

Madrid. Mañana de sábado. Salimos temprano hacia la estación de Chamartín bajo una luz terrosa y una antipática llovizna.

Yo me había pasado un mes, casi todas las navidades, enfrascada en la lectura de biografías de escritores tales como Sheridan Le Fanu, E.T.A Hoffman, Bécquer, Poe,  así como en el estudio de lo que hicieron en el oscuro verano de 1816, en Villa Diodati, que es exactamente un fantasma, o de que va la leyenda japonesa de Okiku. Cabalgaba en mi bici, libros en la cesta, y huía de semáforos y horribles centros comerciales ¡los odio! hacia a los bosques cercanos, salvaje y solitaria a ver una vez más esa maravillosa metamorfosis de ver el día convertirse en noche. Todo para dar mi primera ponencia en un congreso que se iba a celebrar en enero en una ciudad vallisoletana de la que nunca había oído hablar. Así que como ya faltaban solo unas horas para el evento, el tiempo es un jinete veloz e inagotable, conseguimos nuestro propósito de subirnos al tren de las 13 horas rumbo a Valladolid. Así que intentamos relajarnos viendo por las ventanillas como Madrid va quedando muy atrás, mientras se convierte en un cuadro borroso al que no le falta el contrapunto luminoso de un cielo más blanco que gris. El color del invierno, la luz azulada filtrándose entre las nubes heladas de enero. Mientras, Javier, a pesar de que él mismo iba a dar una ponencia sobre su último libro Magia y religión nórdicas, de que es profesor de  aviesos adolescentes, y de que siempre anda sumergido en programas de radio, diferentes colaboraciones en prensa y otros apabullantes quehaceres, allí estaba él con sus enseñanzas a bordo sobre como manejar fotos en plan Power Point. Y así, al cabo de una hora nos plantamos en la estación de Valladolid, y Alberto Sánchez Velasco y Sonia Cano, organizadores del congreso,  nos vienen a  buscar. Nos vamos al hotel que es y allí encontramos a Fran Contreras que es una mezcla de Indiana Jones, y Guillermo de Baskerville. Holas, saludos, y ¿qué tal?

Valladolid es una ciudad del frío norte peninsular y forma parte de Castilla-León. Y es en estos lugares en donde nace la niebla. Arriba, cerca de la fantasmal frontera con León, esta tierra de caballeros y juglares, reyes beligerantes y castillos hechizados, existe una máquina invisible a ratos, y otras veces que se ve estupendamente como fabrica grumos y jirones de niebla, que se van extendiendo por los caminos, y que cuando la temperatura linda por debajo de cero, convierte la ciudad en un palacio de escarcha y bruma. El palacio de la Reina de las nieves, claro está.

Y Cabezón de Pisuerga un municipio de esos que puedes encontrarte aún con las estaciones del año lentas, diferentes, un verano largo y ardiente, una primavera jubilosa donde los campos estallan de vida y se puede subir a pie o en bici a cualquier parte;  un otoño bellísimo color cuero viejo, vino tinto y gris ceniza, y por fin un invierno blanco y plata cubriendo el mundo. Y cuya máquina de fabricar niebla la han buscado muchos. Por que hay diferentes teorías al respecto: unos creen que es el aliento de la Reina, y otros que existe una máquina de fabricar niebla escondida en algún lugar lindando con Galicia. Creer es saber, y andar por aquí perdido en las arboledas por donde va transcurriendo somnolientamente el Pisuerga, el río que siempre sorprende por que piensas que va a ser menos, y es más, es caminar en sueños. Por que en sus alrededores es posible contemplar durante la noche de Todos los santos, siempre y cuando la niebla salga de ronda, al fantasma de José Zorrilla  leyendo en voz alta aquello de…

 “ Llamé al cielo y no me oyó.

Más si sus puertas me cierra,

De mis pasos en la Tierra,

Responda el cielo, no yo.”

…para nunca olvidar quién fue. Y por la casa-museo que podemos visitar en Valladolid flotan sus días de la infancia. Aunque solo unos pocos afortunados pueden verlos. Zorrilla, chimeneas, caballeros y convidados de piedra, muros y ojivas donde bate los vientos del norte, bocas de ogros tenebrosos… y la niebla.

Ahora almorzamos en un lugar tranquilo y con espacios azules y desahogados, y yo como tengo que hablar ante un público en un par de horas, casi no hago más que escuchar a hablar a los amigos, Marta, Javier, Alberto, Fran, y ya nos vamos para el congreso después del postre y el café.

Es ya una  tarde muy lluviosa, y saludamos a amigos que queremos mucho, echamos de menos, y odio despedirme de ellos: Ahí está Nieves Álvarez con un ejemplar de RADIO ZOMBI para que se lo firme y se lo firmo y dedico con cariño y ganas. Y también Itziar, su hermana Diana, Pedro, Santi, Poppy… ¡Menuda felicidad me da veros, chicos!

Y entonces, ups, va Fran Contreras y me  saca al ruedo antes de que empiece todo, cuando la sala se va llenando y llenando –y la sala terminó a rebosar de gente-, me presenta, y pide  al querido público que sea paciente y cariñoso con esta chica que es nada más y nada menos que la presentadora y directora de un programa tan loco como legendario como fue nuestro Tiempo de hadas, Y allí todo o casi todo lo que puede ocurrir en el loco mundo de al otro lado del espejo puede ocurre…

-Es que es su primera vez, así que por favor os pido un fuerte aplauso para arroparla.

-¡Plasplosplas!

-Gracias Fran. Amigos míos, sabed que os quiero.

Fran es el novio de Marta. Marta es una chica guapísima, encantadora y que me encanta como viste. Siempre la echamos de menos, Marta tiene a su madre y su tía que son maravillosas y que en el congreso de Zamora a nosotros a José Manuel Morales nos trataron como a familia más que a ponentes. Os mando besos y espero que pronto nos volvamos a ver, por favor.

Abre el II Congreso de Cabezón de Pisuerga, Laura  que nos habla de Reiki y de afinidades y sintonizaciones emocionales y temporales, y sale a relucir un libro que yo adoro y es Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll. Cuando Laura termina su ponencia, Alberto dice que salga yo cuando quiera, pero Javier me comenta que mejor lo haga ya. Y como estoy nerviosita perdida, porque tengo tendencia a enrollarme y abrir paréntesis y paréntesis, como dice mi hijo Tony, pues me conozco . Pero me siento, acerco el micro, veo a Javier. Me sonríe. Y es una sensacional sonrisa en plan “que la fuerza te acompañe”. Y, creedme que si, que la Fuerza me acompaña. Y al hablar de Plauto, de casas encantadas, el triste fantasma de Okiku, de Hoffman y Polidori, Byron, Mary Shelley y Percy B. Shelley, y el verano que no fue, si no entre tormentas, nieblas -de nuevo la niebla-, y aparecidos y brujas, vampiros, Sheridan Le Fenu, Pedro Antonio de Alarcón, Bécquer, Poe y Lovecraft y Cortázar, digo adiós. Ah, perdón, gazapo: donde dije Bela Lugosi debí decir Boris Karloff. Si, gazapo genuinamente Tiempo de hadas.

Gracias señoras y señores, por escuchar mis historias sin pirarse a la cafetería de abajo.

Por fin llega el Momento Javier Arries. Y Javier, ese mago, ese lobo marino, ese rey arcaico y portentoso, nos habla de las temibles hordas de los hombres del Norte (líbranos señor) y de cómo estos habitantes de Dinamarca, Suecia o Noruega con sus sagas y sus chamanes, con sus drakkars, sus espadas cortas al grito de “por Odín y el sagrado mjolnir de Thor”, asolaron muchas ciudades europeas al principio del primer milenio. Hasta llegaron a los territorios que hoy son Nueva Inglaterra, llamándolos con el baconiano nombre de Vinland, la Tierra del vino.

“Toma lo negro sobre lo azul,

Toma lo azul sobre lo blanco

Toma lo blanco sobre una piedra sujeta al suelo

En el nombre de Thor, Odín y Frigga”:

Y así de esta poética manera, siguiendo siempre la lectura del último libro de Javier Arries, Magia y Religión nórdicas, podrás quitarte lo que sea que te moleste en los ojos. Y como Javier tiene la cualidad de hechizar y encantar a quien le escucha, de forma que, de pronto estamos en sombríos bosques septentrionales de Europa y es posible oír aullar a los lobos. Pero Javier calla al final, y volvemos otra vez al  lugar en donde nace la niebla. Y Javier frente a mi dice maravillosas cosas que no sabéis pero yo si, se van convirtiendo en pájaros y en donde no hay pájaros en invierno, hay palabras de Javier. Y ahora entonces volvemos a estar todos de nuevo en Cabezón de Pisuerga.

Fran Contreras es un viajero empedernido, y como muy bien dijo Aragorn hijo de Arathon:

  “Dejad lo que no sea imprescindible, viajaremos de día, dormiremos de noche… vamos a cazar orcos”.

Y os juro que Fran más de una vez ha tenido que enfrentarse a los orcos. Pues así mientras le escuchamos, y yo adoro esa forma de contarnos viajes, y viajamos con él. Y visitamos China, por ejemplo, y hacemos el Camino; y después nos habla de Argantonio y los misteriosos tartessos, quizá los verdaderos atlantes… yo me embobo mientras la noche cae a plomo sobre el mundo y al salir un frío muy grande nos saluda. Pero sabed que es la noche, La Noche. Oscuras aves revolotean donde nadie puede verlas. Solo oír su rápido batir de alas. Y es allí en ese territorio de tinieblas y luces lejanas, donde habitan los seres en los que muchos no creen. Esos que afloran tras el tronco de un castaño tapizado de musgo, el terciopelo de las hadas y los gnomos. Esos que sin saberlo tú, te espían y te rodean. Y huyen lo más que pueden porque los humanos no son para nada de su agrado. Aunque a veces, como suele ocurrir en estos casos, un humano se queda prendido de un hada y no puede quitarle los ojos de encima. Y es un amor extraño, tormentoso y eterno.

 El frío arrecia y nos vamos todos a cenar a una cueva verdadera en donde hay un restaurante llamado El Ciervo, recordadlo si visitáis Cabezón de Pisuerga, que tiene dos chimeneas y donde se está requetebién, con amigos, risas y vino. ¿Y cómo es por ventura, ese lugar? Os preguntaréis. Pues es todo llano, aunque hay algunos montes levantándose del suelo no demasiado alto. Pero son piedras azules, y arboledas de chopos, castaños, robles, crecen al pie de las colinas y sobre ellas. Y estamos cerca de Galicia, y Galicia trae el aire henchido de humedad del Atlántico, y además los gigantes trabajan a destajo en la fábrica de hacer niebla, día y noche. Allí formando nubes con una formula mil veces milenaria que solo ellos conocen, pero que tal vez lleve aire del mar, suspiros de golondrinas, plumas de cigüeña, lágrimas de dragón, sueño de hadas, polvo de cometa, luz de plata y blancura de la espuma de la mar, entre cien ingredientes secretos y fantásticos mas. Los gigantes dejan salir de vez en cuando jirones y van poco a poco cubriendo la tierra y el cielo. Y entonces la hermana Escarcha baila con sus zapatillas de hielo sobre la tenue niebla que se congela y hiere de frío. Las ciudades, los caminos, las casas, farolas, ventanas y tejados, la luz del sol que se fue, todo se sumerge en esta niebla que huele a montaña. Cuenta una leyenda de brujas y druidas que dentro de la niebla existe un castillo de hielo que es en donde vive la Reina de las nieves. Si no me creéis id a buscarlo. Esta allí en lo más profundo de las montañas y la niebla para quien sepa encontrarlo.

Mientras nos acercamos al restaurante, me llama al móvil mi querida amiga Maite Lorenzo, y me cuenta que mi poesía La muerte del hada, ha tenido mucho éxito durante su velada de Poesía en Guipúzcoa, y con esa voz preciosa de Maite aún más, y que una niña, otra hada, que estaba allí, muy silenciosa escuchando, quería saber quién era yo.

Al día siguiente luce el sol sobre un azul perfecto, pero el viento es tal como si las gélidas flechas de un millar de arqueros hubiesen sido disparadas. Aún el en Hotel Javier me hace subir dos veces a buscar la tarjeta llave y que aunque yo le digo que no, y que no, el me dice que si y que si, aunque yo sé perfectamente que la llave tarjeta es mía. Apunte hecho con toda la razón del mundo y estratosfera. Prosigo. En la calle el viento que corta la piel, viento que abruma y que hasta las viejísimas  piedras del monasterio cisterciense de Santa María de la Palazuela, y sus descarnados durmientes, se estremecían bajo las heladas ráfagas. Nos vamos toda la peña, Sonia, Marta, Javier, Alberto, Fran, Sergio, los encantadores amigos de Marta y Fran a ver un convento abandonado a su suerte durante muchos años, hasta que a alguna alma caritativa y con las neuronas en forma se le ocurre que eso es poco menos que un crimen y que esa maravilla del románico gótico debe ser protegida. Así nos abre Sergio, el alcalde de Cabezón de Pisuerga ya que solo se puede entrar privadamente, y mientras las flechas heladas de los arqueros de aire amenazan con abatirnos, nos refugiamos en esa maravilla que es este monasterio cisterciense a pocos kilómetros del pueblo.

 “Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”.

Parecen decir, parafraseando la inscripción sobre la tumba de William Shekaspeare, estas piedras, esa sacristía. Era aquí, en los monasterios en donde durante la Edad Media , se escribían y copiaban códices, libros, ilustrados fantásticamente. El saber y la oración, y no las armas, ni la guerra, construyeron estos muros, estas ojivas, cúpulas y rosetones.

.» La raíz de la libertad se encuentra en la razón. No hay libertad si no en la verdad”.

Decía santo Tomás de Aquino. Pero ahora muchos siglos después todo es polvo y ruina. Medio techo del monasterio está apuntalado y construido con madera, aunque y a mi así también me gusta. Mejor que dejar que se pudra de asco bajo le viento, el sol y la lluvia y las pintadas de los imbéciles en las pinturas de los muros. Milagrosamente bien conservadas. «Las excavaciones, arqueológicas -me va explicando Sonia Cano-hasta hace muy poco aún estaban abandonadas, con las escalofriantes osamentas a la vista». Alberto Sánchez Velasco me muestra en interior y, no, no, gracias desde luego, no quiero acercarme más a ese montoncito de cosas inciertas bajo la viejísima cúpula de piedra, que me señalas, Alberto. Y él me comenta, mientras nos adentramos cada vez más en la ruinosa mole azotada por el viento y los siglos; los niñatos en plan «bestia de fin de semana», y hasta las almas dormidas entre sus muros vacíos, y sus pasillos silenciosos.

ya no pueden verse ni huesos ni nada, por que lo han vuelto a cubrir respetuosamente con tierra.

¡Cuanto me alegro! En tanto, Fran y Javier van haciendo sus fotos y sus reportajes, y yo me pierdo, por ahí y por allí. Y es queme encanta perderme por esos lugares y descubrir cosas… Alberto me da un pequeño susto cuando, antes de encender Sergio, alcalde de la ciudad, las luces de la sacristía, mientras el horrible viento amenaza con derribar esta inmensa nave de piedra, siglos de pisadas, siglos de embestidas, siglos de rezar a dioses y santos que duermen con los ojos abiertos. Ojos de piedra, claro. Alberto me explica que debajo de casi todo el suelo que pisamos, está lleno de sepulturas. Todo el monasterio. Y yo que no quiero pisar, y que me muero por subir arriba. ¿Qué habrá? Nos tenemos que marchar y salimos de nuevo al vendaval de flechas gélidas que lejos de amainar, azota con ,más bríos  si cabe que antes. Besos, despedidas, odio las despedidas, ultimas fotos y coches en marcha.

Nos despedimos en Valladolid ya, de Sonia y Alberto, gracias por organizar eventos que aúnen solidaridad, amistad, aventuras y cultura. Yo lo encuentro maravilloso. Gracias otra vez.

Comemos en un lugar confortable, pan con cosas ricas, y el vino rosado calienta mis manos y mi cara, por que no tienen café y hace muchísimo frío. Más tarde se nos unen nuestros queridos Itzi, Poppy, Diana y pedro y pasamos el resto de la tarde del domingo congelado de viento huracanado, y congelado entre más risas, Rua vieja, té, café y más cosas. Es ya hora de irse y el tren para Madrid viene con retraso. Pero odio las despedidas. Gracias por  todo.

Enero, 2020.

MÁS QUE PALABRAS CON… JAVIER ARRIES

«DAR UNA CHARLA ANTE UN PÚBLICO IMPRESIONA, Y UNO SIENTE CIERTOS NERVIOS ESCÉNICOS. PERO DESAPARECEN CUANDO EMPIEZO A HABLAR, Y COMO ME EMOCIONO CONTANDO COSAS, PORQUE ME GUSTA, ACABO DISFRUTANDO Y CREO QUE ESO SE TRASMITE AL PÚBLICO»

Javier Arries, astrofísico, profesor, periodista, y ensayista.

Javier Arries acaba de publicar «Espíritus y seres de la Mitología Nórdica», de editorial Luciérnaga. Un libro magnífico, de esos que te acercas para leer un poco para ver de qué va, y, sin darte cuenta ya te has leído medio libro. Javier habla con una cadencia profunda, suave y recia que envuelve las palabras. Ante un congreso de más trescientas personas; en clase, frente a veinte alumnos en pie de guerra; en la intimidad de un estudio de radio, ya sea RNE, o Tiempo de Hadas, Javier Arries tiene el don innato de saber comunicar. Y sabe como contarnos cosas sobre vampiros, sagas, vikingos, dioses y arcanos, casas encantadas, muñecos diabólicos, faraones y cámaras secretas, que nos dejan sin aliento y con la mente maravillosamente ocupada por esas fascinantes historias. Es licenciado en Ciencias Físicas en la especialidad de Física de la Tierra y del Cosmos, programador, profesor, y autor de obras como Magia en el antiguo Egipto, Vampiros. Bestiario de ultratumba, Objetos malditos, Chamanes. Los amos del fuego. Su penúltimo libro publicado Magia y religión nórdicas, va ya por la tercera edición. Compagina su trabajo con su sección en el programa de RNE Una noche en el laberinto. Y, ¿os cuento un secreto? Javier arranca blues, a veces galácticos, de la muy vieja y negra Alabama, con su Gibson.

P. Javier, tras Magia y religión Nórdicas ¿por qué ahora Seres y espíritus de la mitología nórdica, tu último libro?

R. Porque me quedé sin espacio en Magia y Religión Nórdicas. ¡Me iba de páginas! Y ya el libro de por sí es extenso. De modo que me quedé con las ganas de ampliar el capitulo que dediqué a algunas criaturas del folclore germánico. Además, muchos lectores, me comentaban que Magia y Religión Nórdicas les había encantado, pero que aquel capítulo les había gustado muchísimo. De modo que me planteé terminar lo que dejé allí esbozado. Y el resultado ha sido una obra de más de 488 páginas en las que me despacho a gusto con una multitud de criaturas que, según el folclore germánico, habitan ríos, montañas, lagos, cascadas, minas, rocas, el aire, el mar, e incluso mundos diferentes al nuestro. He estudiado su evolución con el cristianismo hasta llegar a nuestros días, el aspecto que tienen, como viven… En fin, es prácticamente una guía completa sobre esos seres descritos en cuentos, sagas, baladas, leyendas, y el imaginario popular de las gentes del norte.

P. ¿Qué es lo que te resulta tan atractivo del mundo Nórdico antiguo?

R. Es una cultura fascinante. Sus mitos tienen una garra especial, una fuerza descarnada, épica, y a menudo cargado de segundas lecturas, de lecciones de vida, y de una visión animista que contempla el mundo y sus criaturas como algo en perpetuo movimiento, vivo, lleno de seres que no se ven hasta que ellos quieren, y que interactúan con los humanos. Cuando uno empieza a conocerla es difícil sustraerse a su encanto.

P, ¿Qué le gustaba al niño llamado Javier? ¿Te gustaban ya las mismas cosas que te gustan ahora, leer, las sagas, las guitarras, los vampiros?

R. De todo… Por un lado, me encantaba aprender, leer, curiosear, investigar el porqué de las cosas, saber cómo funcionaban… Me encantaba destripar relojes y radios, fabricar cohetes caseros a base de papel de aluminio y pastillas de cloruro potásico (en casa no tenían muy claro si algún día pondría la casa en órbita),… De ahí viene mi afición por las Ciencias Exactas (Matemáticas, Física, Química). Pero me encantaba también la Historia, las religiones, las mitologías. Me gustaba además todo lo que tuviera que ver con las cosas que no habían sido explicadas, que son un misterio, el mundo de lo sobrenatural. Y de ahí mi gusto por la Parapsicología, la Alquimia, la Cábala, las mancias… Y, por supuesto, me aficioné, desde que tengo uso de razón, a la literatura de terror, las películas de miedo, los vampiros,…  La afición a la guitarra me vino cuando era un chaval de instituto y, como tantos otros, descubrí la música y se convirtió en pasión. Ahorrando, conseguí mí primera guitarra, ya un poco maltrecha, pero que todavía me acompaña.

P. ¿Te hubiese gustado tocar en una banda de rock?

R. Claro, pero eso conlleva mucha dedicación y muchas horas al día. Y hay otras tantas cosas que me interesan que me lo tomé desde siempre como un hobby. Pero por supuesto que no habría estado nada mal tocar en una banda.

P. Vampiros. Bestiario de ultratumba, se ha convertido en ese oscuro objeto del deseo literario que muchos quieren tener. De vez en cuando vemos por internet al precio que se vende en la actualidad, hasta por más de 500 euros. ¿Para cuándo una nueva edición de esta legendaria obra tuya?

R. Pues lo cierto es que mucha gente me lo pide, y yo mismo le doy vueltas a hacer una edición revisada y aumentada. De hecho, creo que crecería tanto que estaría muy bien rehacerla en dos volúmenes que pudieran leerse de forma independiente, pero que se complementaran entre sí. Es una idea a la que le doy vueltas, porque evidentemente, desde que salió, han aparecido noticias nuevas, hallazgos arqueológicos, etc.

Desde el antiguo Egipto, hasta las gélidas tierras escandinavas, pasando por territorios cuajados de leyendas vampíricas,
o por el fascinante mundo de chamanes, y aojadores, los libros que ha publicado Javier Arries son pura aventura, cultura, y magia. Un tesoro de papel y tinta.

P. En tu libro Objetos malditos nos hablas de casas, joyas, y hasta juguetes famosos a los que se les adjudican maldiciones y todo tipo de desgracias. Javier, ¿tu personalmente has tenido alguna experiencia al respecto?

R. Con las aficiones que tengo, con el tiempo, han pasado por mis manos todo tipo de objetos, y he estado en muchos sitios de los que, como comento en Objetos Malditos, se ha dicho que estaban vinculados a todo tipo de fenómenos. En cuanto a edificios o lugares con mala fama, en muchas ocasiones he presenciado los típicos bajones de temperatura, raps, puertas que se cierran, bombillas que estallan; a veces incluso he creído percibir sombras o luces por el rabillo del ojo… Pero en la mayoría de los casos creo que no hace falta acudir a explicaciones de tipo paranormal, aunque siempre hay alguna experiencia que te impresiona más que otras. Lo malo de este tipo de experiencias es que a menudo, por su subjetividad, no hay forma de saber a ciencia cierta si hay algo más allá de lo meramente físico en ellas. Y si hablamos de objetos, pues personalmente no he sufrido ninguna experiencia negativa; pese a que he poseído objetos, como alguna que otra máscara japonesa y algún que otro objeto más o menos exótico, de los que se decía que estaban «impregnados» con alguna fuerza «oscura».

P. ¿Te arriesgarías a comprar un objeto que te guste mucho, una espada, una pintura, con una leyenda de maldiciones detrás?

R. Bueno, en tanto tiempo también aprende uno como «limpiarlos». Por si acaso… Hablando en serio, mucha gente tiene la costumbre de realizar todo tipo de pequeños rituales para despojar de posibles influencias negativas objetos que compran o que les regalan. Es muy corriente, por ejemplo, sumergir objetos pequeños, como joyas u objetos similares, en soluciones de agua con sal durante un tiempo, antes de utilizarlos. Otros, emplean inciensos o hierbas para ahumar… Es una práctica muy corriente en diferentes culturas y tradiciones religiosas y mágicas, y forman parte del acervo cultural general de todos los pueblos.

P. ¿Por qué crees que la muñeca Annabelle es la vedette de los congresos a los que asistes?

R. Por la mucha publicidad que se le ha dado en internet y el cine. Las muñecas además son objetos que causan sentimientos encontrados en mucha gente. Pero ésta además se ha convertido en la protagonista de films de mucho éxito. Y es curioso como cuando llevo una réplica suya a conferencias y ponencias todo el mundo quiere hacerse una foto con la muñeca como si fuera una estrella de cine o del rock.

P. Javier, ¿qué es más difícil para ti, dar clases a un grupo de chavales, o dar una charla ante un foro de más de trescientas personas?

R. Pues te puede resultar extraño, pero, sobre todo en los primeros días, me es más difícil dar clase ante un grupo de chavales, porque ellos te están evaluando desde el primer minuto. Dar una charla ante un público también impresiona, y uno siente ciertos nervios escénicos. Pero desaparecen cuando empiezo a hablar, y como me emociono contando cosas, porque me gusta, acabo disfrutando, y creo que eso se transmite al público.

P. Eduardo Mendoza dice que un artista, un novelista, actor, ensayista, nunca debe dar su opinión sobre nada, y menos sobre política. A diferencia de esos otros que opinan todo lo contrario, que el artista debe mojarse. ¿Estás de acuerdo con el autor de Sin noticias de Gurb?

El autor de Espíritus y seres de la Mitología Nórdica, durante una intervención televisiva.

R. Depende… Muchos artistas creen que el Arte también es compromiso, y por tanto desde el primer momento, y en su propia creación, dan su opinión sobre el mundo y la sociedad en la que viven. Es normal, por lo tanto, que también lo hagan fuera del escenario, del despacho donde escriben, o del estudio donde crean sus obras. Para otros, el Arte es una búsqueda de la belleza per se, aparte de las circunstancias personales y el entorno social. En mi caso, como me dedico sobre todo al ensayo, creo que en mis libros debo ser neutral y objetivo, y dar datos sin edulcorarlos con mi propia opinión, salvo cuando ésta es un mero aporte a lo que han dicho otros investigadores, porque por supuesto uno puede añadir sus propias hipótesis y teorías. Pero tengo claro que, a la postre, quien tiene la última palabra, es el lector.

P. ¿Qué cosas a estas alturas de tu vida consiguen enfadarte?

R. Las injusticias, por supuesto. Y, últimamente, los mediocres que opinan de todo tipo de temas sin haberse informado o conocerlos lo más mínimo, los plagiadores que se aprovechan del trabajo de otros, incluyendo a ladrones de ideas, oportunistas, trepas de esos que venderían a su progenitora por subir peldaños, caraduras, estafadores, «seres de luz» que dan consejos de a euro el kilo y que luego ellos mismos no se aplican, envidiosos, oportunistas… La lista es larga, aunque es mejor defenderse de ellos sin obsesionarse, y atender a las cosas que nos enriquecen, que son las que verdaderamente importan.

P. ¿Y qué cosas te ponen de buen humor?

R. Una buena cerveza, una buena historia (cine, literatura,…), una obra de arte, la compañía de las hadas, las puestas y salidas de Sol, y el pulpo a la gallega.

Como dijo aquél emperador loco, Cuarenta siglos te contemplan.

P. Javier, con respecto al Antiguo Egipto, ¿cualquier tiempo pasado fue mejor?

R. Eso nos parece siempre, pero todo tiene su luz y su sombra, en todo tiempo y lugar. Pero es inevitable sentirse fascinado por determinados periodos históricos.

P. Durante el pasado confinamiento, con librerías y grandes almacenes cerrados a cal y canto, tu anterior libro Magia y religión nórdicas, tuvo un rotundo éxito. ¿Esperas que se repita tal éxito con tu último hijo literario, Espíritus y seres de la mitología nórdica?

R. Sí. Fue una alegría cuando pocas semanas después de ser publicado Magia y religión nórdica, me comunicaron de la editorial que iban a por la segunda edición. Y poco tiempo después… ¡la tercera! La verdad es que es toda una satisfacción. Y este último, Espíritus y seres de la mitología nórdica, que complementa al anterior, aunque se pueden leer de forma independiente, también está teniendo una excelente acogida, tanto entre el público general que se acerca al folclore y la cultura nórdica por primera vez como a los que lo conocen bien y han leído y profundizado más en él. Lo cierto es que ambas obras me están dando muchas alegrías y el trabajo que llevan detrás ha merecido la pena.

P. ¿Hacer el vikingo es más correcto que hablar de un pueblo vikingo per se?

R. Era denominado vikingo aquel que se embarcaba para comerciar o enriquecerse mediante el pillaje, o ambas cosas. La palabra, tal como era utilizada en su tiempo, se refiere más que nada a una actividad y no a un pueblo o a una etnia determinada. Sin embargo, por extensión, se llama vikingos a los pueblos en los que ese tipo de actividades prosperó, y a la cultura que se desarrolló en los países escandinavos en aquel tiempo; aunque no todos ellos practicaran dicha actividad. Muchos eran agricultores o artesanos que nunca se movieron de sus territorios. Debe tenerse en cuenta además que la cultura vikinga destaca no sólo por los pillajes, sino también por los descubrimientos que llevaron a cabo, su sociedad, religión, avances técnicos, artesanía…

Black Sabbath , ´época James Dio.

P. Javier, dime una canción que te ayude a hacer más soportable un mal día.

R. Pues depende del momento; pero fíjate que a menudo lo que puede actuar como un bálsamo cuando nuestra mente está ocupada en tribulaciones y preocupaciones es… el silencio. Pero todo depende siempre del momento, del estado de ánimo, de lo que necesites expresar en ese momento. Así que puede ser desde una canción de Black Sabbath, de Mötorhead, de Lynyrd Skynyrd, de Hedningarna, de Vivaldi,..

P. Y ya para terminar, ¿dónde `podemos encontrar más cosas sobre ti, y tus trabajos, proyectos, etcétera?

R. Pues, por ejemplo:

Mi página web: https://arries.es
Mi página de Facebook: https://www.facebook.com/franciscojavierarres .También estoy por Instagram como @javier_arries

En cuanto a mis libros se pueden pedir en cualquier librería, incluidas tiendas online: Amazon, El Corte Inglés, la Casa del Libro…

Gracias Javier Arries. ¡Y que Thor te acompañe y sea tu amigo!

Como una araña insomne,

que busca en el corazón de las horas silenciosas,

su cena de alas de gasa,

y antenas crujientes,

tejiendo de perlas y seda violeta,

la mortal trampa…

Así la blanca y espectral

noche de mil ojos de espejo, y humo,

teje su brillante y tenue tela

de sueños entre

los párpados de las despreocupadas

criaturas que aman el día.

Mientras, aquellos,

amor, como tu y como yo.

que nos deleitamos,

y vivimos,

en las acogedoras y calladas sombras

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de la profunda madrugada,bailamos.

¡Y es tan hermosa la Oscura Sinfonía de la noche!

En tanto,caza la araña, y corretea la cucaracha

bajo las escaleras de acuático mármol

.(Ada. Poemas para gatas y ciempiés).

El fantasma de la ópera


Versión de Ada García.

En las obras de restauración de un enorme y vetusto teatro de la ópera, un sombrío lunes por la mañana.


—¡Pom, pom, pom, porropom!

—¿Quién está ahí? ¡Manifiéstate!

—¡Pom pom pom pin pom!

—¿Quién eres?

—Yo.

—¿Quién es yo?

—Pues yo, el Aurelio. Trabajo aquí. ¿Y usted? ¿Usted quién es, si puede saberse?

—Yo soy Olvido Moñiz, y soy médium.

—¡Ah! Qué bien… ¿Y eso del «mediom», eso, qué es? ¿Tiene usted algo que ver con el aparejador?

—Médium, Aurelio. Y mira, verás lo que te voy a decir: tu no trabajas aquí. De echo no deberías estar aquí.

—¿Ah, no? ¿Cómo que no?

—No, no, tu ya te has ido. Debes estar en tu lugar, Aurelio. Debes volver. Yo quiero ayudarte a volver. Para eso estoy aquí.

—¿Volver? ¿Volver a dónde, señora?

—Pues al otro lado, claro. ¿A ver, como moriste hijo mio de mi alma?

—¿Yoooo? ¡Pero que dice usted señoraaaa… !

—Asúmelo Aurelio, hijo. Sé que es… que es muy difícil. La mayoría de vosotros los fantasmas no lo asumís nunca. Por eso sois fantasmas.

—¡Oiga señora sin faltar, joer!

—Pero, Aurelio, ¿de verdad que no sabes lo que es un médium? ¿No has visto la película Los Otros? ¿Poltergeist? ¿Un espíritu burlón? ¿Ghost, por lo menos?

—Que va. A mi como no sean las pelis de Jackie Chan me quedo dormido al momento, señora meidum.

—Bueno, eso no importa. Pero Aurelio en serio, debes irte definitivamente, ¿sabes? Tu sitio ya no está entre los vivos. Debes buscar tu sitio. Debes entender que tu ya no…

—¡Aureliooooooo! ¡Joder, hombreee! ¡Que es para hoy!

—¡Voy jefe!

—¡Aurelio, que la hora del desayuno no dura toda la mañana! ¿Pero cuanto tiempo necesita este tío para comerse un bocata tortilla y un Bollycao?

—Ya voy, ya voy, Jefe. Es que aquí hay una señora que me esta contando que yo no debería estar aquí, Manolo.

—¿Una señora? ¿Qué señora, Aurelio? ¡Mira déjate ya de tonterías y vuelve al tajo! Yo creo que deberías dejar el café con cazalla de por las mañanas.

—Oiga señora, hable usted con mi jefe, ¿eh? Dígale, por favor, eso de que yo no debo estar aquí, a ver si me mandan a otro lugar mejor que las obras de este puñetero teatro, que hace un frío que mata… ¿Señora…? ¿Señora…?

—¿Con quien hablas, Aurelio, tío?

—Nada, jefe, una señora que había aquí… pero se ha ido ya, por lo visto. ¡Joder, que raro!

—Yo no veo a nadie. Además en esta obra está prohibida la entrada, y solo se puede acceder por donde está vigilando siempre Casimiro, el vigilante. Y si el Casimiro hubiese visto pasar a una señora delante de sus narices, como tu dices, no la deja entrar ni borracho. ¡Y por descontado que me hubiese llamado ipso facto! Vamos tío, que no es posible que haya ninguna señora por aquí. ¿Me juras que no has bebido más cazalla de la cuenta, chaval?

—Oye, Manolo ya te digo que todo esto es muy raro… ¿seguro que no hay fantasmas en esta obra?

Ada, Sevilla y Madrid. noviembre del 21.

CAFÉ DES VAMPIRES II.

Descalza, un pie tras otro, surgí de la tumba fría y eché a andar, mientras ráfagas de un viento húmedo y metálico barrían los encharcados caminos. Como una ensoñación viva y penetrante, así caminaba yo esa noche, última noche de octubre, sintiendo el gélido pavimento morder mis pies desnudos. Pasé, como cada noche, ante los jardines donde florecían enormes macizos de salvaje madreselva, de lujuriosa dama de noche, y lechosos jazmines. Entre la bruma y la lluvia, observé pequeños y retorcidos rosales desmayándose sobre la áspera piedra. Pasé la calle donde tu vives, y pasé la casa encantada de los azulejos color tinta china. Pasé la plazoleta donde tantas veces me esperaste, y pasé bajo el brillante limonero que franquea la esquina en donde tantas veces me besaste. A su lado, la verja del jardín del palacio de Alminar, y la fuente eterna me parecieron más solitarios que nunca. Y pasé calle arriba hasta llegar, como cada noche, hasta la puerta de la sala Café des Vampires. Mi sala. El bullicio del interior llegaba hasta la iglesia de enfrente, y una bofetada de humo de mil cigarrillos, y algo del mismísimo infierno, me sacudió la nariz, y a punto estuve de estornudar si no fuera porque yo…bueno, yo no soy ya como tu, amor mío.

Al entrar en el local atestado de gente por todos lados, vi como siempre a Pier Angeli en la barra sirviendo un Martini a su hermana María. Sonaba en esos momentos una selección de temas de Led Zepellin, y su Black dog atronaba el aire. Entonces vi a otros invitados que alternaban esa noche en mi local: Janis Joplin charlando animadamente con Dimebag Darrell y John Lennon, sentados en sus altas banquetas junto a la barra. Allá reconocí al momento a Brian Jones, Martini en mano, pitillo en la boca, riéndose a carcajadas con las ocurrencias de Ottis Redding, que bebía a sorbitos una solución de ron, hielo y limonada. Al lado del concurrido escenario, Amy Winehouse vestida de rojo y negro, bella entre las bellas, hada blanca con voz de bruja negra, muy atenta a las palabras de Jim Morrison y Nino Bravo. Mientras ella apuraba una copa de vodka doble, burbujas de perfume de sándalo y rosas rojas subían rápidamente por sus pestañas. Jimmy Hendrix y Mama Cass, jugaban al billar riéndose de sus pésimo estilo de juego, y, cerca del cuadro La novia del mar, Amedeo Modigliani, Percy B. Shelley y Federico García Lorca, fumaban, charlaban y disfrutaban, como todos los fantasmales personajes allí reunidos que, una noche al año, la del 31 de octubre, se reunían en el Café des vampires para ser felices otra vez. Federico, con los ojos entornados, recordaba aquél beso de fuego y pan que se dio con Salvador un amanecer en Cadaqués. Me saludó al verme. Me besó suavemente en la frente, y me dijo con su precioso acento granadino:

-¿Acabas de salir de la cripta? Hoy se te ha hecho tarde, morena mía. La fiesta es puro cardo y puro delirio de botellas inmortales, bocas blandas y relojes con insomnio.

-¡Ay, si, Federico!

Y le sonreí amorosamente mostrando mis afilados colmillos de vampiro. Entonces se nos acercó Marilyn Monroe, vestida para matar, con lentejuelas color crema, y los labios de brillo rojo frambuesa.

-Federico, amor mío, quiero dormir junto a ti esta noche. ¿Qué significa una sola noche en toda la inmortalidad?

-Vámonos pues, mi querida Marilyn. Niña de oro y uva moscatel; niña hechizada, niña con voz de niña y ojos de mujer morena… aunque seas rubia de oro y uva moscatel.

Y se fueron quién sabe hacia donde. Se fueron juntos a quererse como se quieren los que se quieren de verdad, amigos en la vida y en la muerte. Amigos de contarse sus penas abiertas a cuchillo, sus noches rotas en pedacitos como puntas de diamante, o sus risas de flores blancas sobre la cama.

Sentados, haciendo un extraño círculo, Jim Morrison, Percy B. Shelley, y Amedeo Modigliani, bebían cerveza negra y ginebra en cantidades industriales, fumaban hierba y entraban en trance un minuto. Después, con las piernas colocadas al estilo brahmánico de un gurú de Madrás o Lahore, se leían poemas mutuamente.

-Ahora os recitaré unos versos de El ruiseñor de Keats

¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
Y tal vez en su trono aparezca la luna
Circundada de mágicas estrellas.
Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
El oscuro verdor y veredas de musgo.

Dicho Modigliani este poema, y cuando Shelley se disponía gustoso a recitar un par de versos de su poema Vino de hadas …., los primeros redobles de batería y guitarra del tema The End de The Doors, comenzaron a sonar místicos y cenagosos. Atmósfera caliginosa, onírica, con un suave olor en el aire a medias entre incienso y ginebra. La tormenta crepitando sordamente fuera. Dentro, los fantasmas disfrutando de la vida.

Entonces descubrí a Dolores del Río que bebía champán rosa, fumaba en pipa larga, y al hacerlo enseñoreaba una preciosa sortija de oro rosa con un pequeño, pero espectacular diamante, regalo de de Gary Cooper. Dentro del cual parecía sonreír una pantera rosa. Y es que Dolores, la diosa nacida allá donde las serpientes emplumadas sobrevuelan los cañones pulidos con el yunque del agua, y el cincel del viento, adoraba el color rosa. Dolores charlaba animadamente con John Lennon, Jean Seberg y Dalida. Después, James Dean se les acercó para invitarles a tequila, mojitos y marihuana.

-Vean, amigos, que pedrusquito, chiquito, chiquito, tuvo la bondad de regalarme ese simplicio de Gary Cooper. Todo mi sufrimiento comenzó, válgame la Virgen de Guadalupe, cuando la insoportable mamá del tipo me botó, como se bota un sombrero que ya no nos gusta por estar pasado de moda. ¡Ay, mis guates! Entonces aquí dentro, donde tenemos el músculo de querer, algo hizo crash, y se rasgó de parte a parte. Y era que ese gusano yanqui me había partido el corazón. Desde entonces, créanme, no siento nada. Ni alegría, ni enfados. Nada, amigos míos. Será también, en parte, culpa de que me tome no sé cuantos tequilas y margaritas, y después me fui a la cama con Seconal en mis entrañas como para dormir a un toro o dos. Por supuesto, no sin antes haberme puesto el más bello de mis camisones, y haber retocado primorosamente mi maquillaje, peinado y manicura. No se puede entrar en el otro mundo de cualquier forma, válgame Dios. Después, dijo un imbécil en un monstruoso y cochino libro, el Hollywood Babylon, que yo me morí ahogada con mi propio vómito, con la cabeza metida en el WC. ¡Qué sabrá ese piojoso juntaletras, como morí yo!

James Dean, antes de hablar, le dio un trago rápido a su vaso de tequila. Se quitó las gafas de pasta negra y cristales de miope, y parpadeó un poco porque, la verdad, el local estaba envuelto en una acre y etérea humareda, y vapores ectoplasmáticas de todo tipo.

-En efecto, Dolores. Y es que cuando nos vamos al otro barrio, así, a sabiendas, los otros, los que se quedan, lo convierten en una atracción de circo. Y durante décadas formará parte de las páginas de los periódicos. Cuando hay noticias a patadas, pero esas, aunque sean de primerísima página -un senador corrupto, un país en guerra, un dictador machacando nuevamente al pueblo, un bosque en llamas-, no importan tanto. Entonces tiran de nosotros, los que nos fuimos a sabiendas, y meten ahí todos esos trastos llamados mentiras a los que son tan aficionados.

Dalida, Jean Seberg y Dolores del Río, secretamente encantadas con el chico de la mirada melancólica y la voz profunda, le miraron embelesadas, con la sonrisa puesta a todo trapo en sus bellísimos rostros de diosas inmortales. Y allí los dejé mientras mi sed, la sed de un vampiro, esa sed urgente, cruel e inaplazable, me corroía por dentro. Pero aún no había llegado el momento de aplacarla.

Sonaba aquella canción que tanto te gustaba. Aquella canción que, en cuanto sonaba, me buscabas para mirarme como un presidiario miraría una ventana abierta. Para mirarme como un sediento miraría un caudaloso río. ¿Recuerdas?

Whenever I’m alone with you
You make me feel like I am free again
Whenever I’m alone with you
You make me feel like I am clean again

-Hola, Claudia, estás bellísima, iluminas este pozo de tinieblas, agotado de sufrimiento, que muele mi alma que ya, casi extinta, aún la siento y la temo.

Quién así me hablaba era John Lennon, a fuerza de pasarse dos horas de conversación con Lord Byron, el poeta, el cual tenía mucha prisa y huyó al momento, y que fumaba marihuana envuelto en una blanquecina nubecita, cual señor don Oruga, el personaje de Alicia en el País de las maravillas. A esas altas horas de la noche, noche del primero de noviembre, con las calles barridas por la lluvia, y protegidos por un inmenso cielo sin estrellas, ni luna, ni planetas. Solo las gigantescas nubes color cobre entoldando la noche.

A eso de las cuatro y media de la madrugada, con los invitados a tope de relajación, satisfacción y buen rollo, Lennon, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Amy Winehouse, Mama Cass, y Agustín, el demoledor batería de Pato de goma, saltaron al escenario.

-¡Bravo, bravo! ¡La que nos espera!

Gritó Nino Bravo, aplaudiendo con entusiasmo.

-¡Eh, Nino, tronco! ¡Sube tú también!

Le espetó Kurt Cobain, al mismo tiempo que él mismo se unía a la fantasmagórica y genial jam session. Y así de esta manera, comenzaron a oírse los primeros acordes de We are the world, we are the children. Pero Brian Jones, el primer Rolling Stone, lanzó la cítara bastante airado hacia la otra punta de la sala.

-Me niego a tocar esa puta mierda.

-¡Ay, madre ya está este tipo dando caña otra vez!

Comentó Lennon a voz en grito. Janis Joplin magníficamente ataviada con un sombrero de plumas azul Pacífico, un kaftán de flores raras, y un sinfín de collares y abalorios, intervino cogiendo un micro amenazadoramente.

-Brian Jones, calláte ya y ponte a tocar la cítara o esfúmate,

-¡Que no, Janis, que no! ¡Yo no toco basura comercial, a menos que sea de mi grupo! Bueno, de ese maldito grupo de mierda del que un buen día el cabrón del Jagger, y el estropajoso del Richards me echaron. ¡Es que no puedo soportarlo, joder!

-¿Y a ti a estas alturas que te importa, Jones, tío?

-John, colega, precisamente no voy a tocar de muerto, lo que jamás toqué de vivo. Y sobre todo esa porquería moñas del We are the children. Vamos, ni borracho.

Y sin más contratiempos, los primeros acordes de King Creole sonaron en la sala.

-¡Ah, no, ni hablar!

-¡Jodeeeerrr! ¿Qué te pasa ahora a ti, Hendrix?

Preguntó con cara de cansancio Ottis Redding.

-Yo no toco nada de Elvis, que era un maldito blanco racista de mierda.

Y en ese momento, Elvis, el del tupé, la ropa negra y de cuero, las caderas sádicas, patillas poderosas, y voz del Delta, subió al escenario entre murmullos de sorpresa y jolgorio.

-Vamos Jimmy. Como tú sabes.

Invitó el de Tupelo al guitarrista de Seattle. Y cantaron a coro esas maravillosas voces, esos músicos no terrenales, esa gente divina, una vieja canción que hablaba de un tipo que no tenía sueño y que no iba a ninguna parte.

Hey, Mr. Tambourine man play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey Mr. Tambourine man play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come following you

-Mecachis, aquí falta Bob…

-¿Qué Bob, Jones?

-Pues Bob Dylan, hombre. ¿Qué Bob va a ser? ¿Bob Esponja?

-Pero, tío ¡que el Bob Dylan está vivo todavía!

-¡Ah, joder! ¡Es verdad, John! Je, je, la Madre Naturaleza lo guarde muchos años.

Dolores del Río y Shelley salieron juntos al borde del primer canto del gallo. A los fantasmas, el primer canto del gallo les produce el mismo efecto que a los del otro lado, pero al revés. John Lennon salió solo, envuelto entre la lluvia y las hojas que revoloteaban a su alrededor mientras iba diluyéndose lentamente. Jim Morrison, Agustín de Pato, Michael Hutchance, Mama Cass, Ian Curtis, fueron desapareciendo como volutas de humo mezclándose con la atmósfera del local. Pier Angeli y James Dean ya hacía mucho que se habían marchado por la puerta de los Secretos Mágicos y Misteriosos. Elvis, Amy Winehouse, Janis, Brian Jones, Ottis Redding y Jimmy Hendrix, se esfumaron lentamente tras los ventanales, por donde se veía como el viento feroz había redoblado su ímpetu, y los pobres árboles se batían con él en un duelo dramático y salvaje, cual formidables guerreros. Y como ya era casi la alborada, todos los demás invitados fueron desapareciendo, volatilizándose en copos de luz como hojitas de cerezo barridas por el viento.

Quedé yo, que aún no había cenado, ni tan siquiera desayunado. Pero acertó a pasar por allí casualmente un político. De manera que, sin pensármelo dos veces, le atravesé la yugular con ganas dejándolo más seco que una sábana tendida al sol de agosto. Lo peor fue la posterior salmonelosis que me mantuvo metida en la tumba durante siete terribles noches con sus días.

Siempre, siempre tuya…

Claudia, condesa de Limoges.

Ada García, 3 de septiembre, 31 de octubre. 2021. Sevilla.

CAFÉ DE VAMPIROS

jueves, 17 de octubre de 2013.

Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros.

(Gustavo Adolfo Bécquer).

Pasad amigo. No os quedéis en la puerta. Hace frío y la noche no está cómo para pasear y dar tumbos por ahí. Creo, si el olor a tierra húmeda, el lúgubre rumor de este alocado viento del nordeste  y el penetrante olor a humedad y a mar que entran por la puerta con cada nueva visita no me engañan, que se avecina un buen temporal. Ya sabéis: olas salvajes, lluvia torrencial y ventanas chirriando tristemente en la oscuridad. Si, amigo mío, ya van dando las doce en el reloj… habrá que ponerse a buen recaudo, y buscar un crucifijo para proteger nuestros sueños esta noche. Mira ese calendario medio enterrado en las sombras sobre el piano: hoy es 31 de octubre y me temo que los espíritus de los difuntos van a comenzar a salir. No, no temáis nada buen hombre, son vampiros muy distinguidos y apenas hacen ruido. Sin embargo, algunos de ellos… en fin, que como os he aconsejado hace un instante, abrazaos lo más que podáis a vuestro crucifijo y nada habréis de temer. Y, ¡por amor de Dios!, no os atreváis a hablarles. Los vampiros aborrecen las palabras de los vivos.

Ah, ¿ya llegan? Ese primero que entra, bien vestido y mal abrigado, es el torturado e insistentemente silencioso Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo, joven errante, enamoradizo de quimeras, de damas rubias y etéreas, de ondinas y lamias, esas peligrosas hechiceras que gustan de nadar en lagos y regatos solitarios y escondidos, y más tarde sentarse junto a una roca a peinar sus interminables cabellos dorados como el sol de junio, en espera de algún infeliz caballero, cazador o pastor perdido entre esas inmensas soledades. Dejando a un lado su chistera y su bastón de fina caoba y empuñadora de bruñida plata, esparce sobre la mesa, medio en tinieblas -a no ser por un pequeño quinqué de angosta luz-, un gastado ejemplar encuadernado en piel de cordero de su más afamado libro, Rimas y leyendas, y algunas páginas de su último poema, ese poema eterno que jamás consigue escribir. Luego pide vino y cena, aunque no beberá ni comerá nada, ensimismado una vez más en perseguir un rayo de luna escondido entre las nubes de tormenta. ¿Acaso amó alguna vez algo más hermoso?

Poco tiempo después y en el preciso momento en el cual un vivísimo resplandor de relámpago ilumina toda la estancia con ese brillo azul metálico, entra en el lugar  bien embozado con capa y bufanda, el señor Edgar Allan Poe. Acomodándose en la primera mesa junto a la ventana,  hablará durante un rato de los placeres del alcohol, de sus elucubraciones fantásticas, y de como la cabeza, entumecida por el vino, crea monstruos con cara de princesas exquisitamente pálidas, boca rosada y dulcemente serias, cabellos oscuros, lujuriosamente serpenteantes, como Ligeia o Morella. Pero antes de regresar a la oscura dimensión de las almas malditas, dejará su regalo sobre el piano: Aventuras de Arthur Gordon Pym, Metzengerstein y El cuervo, no sin antes beber un sorbo de vino denso y oscuro.

Ved, mi joven y temeroso amigo, que nuestro nuevo invitado, sentándose en el rincón más sombrío del café, rehúye expreso la lánguida luz de las bujías. ¿Observáis su notoria incomodidad ante vuestro crucifijo, sus ojos inyectados en sangre y su tupida y afilada barba? No, no es una buena idea acercarse a saludarle, os lo garantizo. Dejadle que nos entregue su libro, ese que le ha llevado de cabeza a la Inmortalidad, y que escribió fascinado por la historia del folklore rumano y por la figura del noble Vlad Dracull: Drácula. Él es, ya lo habéis descubierto, el vampiro irlandés Bram Stoker.

Tras él, vestido como siempre con un majestuoso sombrero de copa gris profundo y un traje tan negro como mis pensamientos, acude, fiel a su cita anual, el bello y endiosado Lord Byron, tan pagado de sí mismo, pero tan generoso y vital, que hasta los más severos críticos con que tropiezan sus obras le adoran. Ha huido de Londres y toda buena familia rechaza su compañía, por culpa de sus escandalosos  amoríos, y esa sumamente conducta libertina suya alejada del más elemental formalismo social. Todo un enfant terrible, dirían los franceses. Byron nos trae El Vampiro, cuya autoría es motivo de discusión de más de dos siglos ya, con su fiel amigo y secretario John William Polidori. Este último, joven y discreto genio siempre a la sombra de su vanidoso señor, nos deja su Diario de Villa Diodati, y confía en la suerte para poder arreglar sus cuitas personales, duelos y demás lances, provocados por un carácter impulsivo y temerario.

Discutiendo quedamente, como corresponde a su naturaleza de espectros, se sientan juntos en la mejor mesa de la sala, justo en el preciso momento en que un nuevo cliente, este ataviado con una capa de tweed, gorra y anteojos, Sir Arthur Conan Doyle, se acomoda entre nuestros fantásticos clientes. Entre sus manos lleva un ajado ejemplar de su novela El perro de los Baskerville. Por favor, dejémosle que acabe en paz su trago de whisky y sus últimas páginas antes de proseguir su camino en la noche.

Como todos, claro está. Como desea también el nuevo cliente que acaba de abrir la puerta del café entre remolinos de nieve,  H. P. Lovecraft. Fantasma elegante y repeinado, turbador y meditabundo, que susurra suavemente con acento de la Costa Oeste, y al acercarse y dejar La ciudad sin nombre, junto a los otros libros, antes de tomar asiento en su mesa, proyecta una siniestra sombra con tentáculos y diabólicas alas sobre la verdosa alfombra.

La noche está siendo más tempestuosa que otros años; cerrad bien las contraventanas si no os molesta mucho el esfuerzo, ya que las rachas de aguanieve son cada vez más impetuosas, y los truenos rebotan en cada rincón de este humilde café. Ahora… ¿quién vive? Ah, ¿sois vos? El año pasado os esperamos en vano. Pasad, oh, dulce bardo de Avon… ¿Qué nos traéis está vez mi señor William…? ¿…al señor de Glamis y Cawdor cabalgando victorioso por el bosque de Birnam? ¿Al cruel rey Macbeth, y su no menos cruel esposa, ciñéndose la ensangrentada corona de Escocia? ¿Brujas bajo la lluvia, un vengativo espectro a la hora de la cena, y soldados escoceses en pie de guerra? Sea pues.

No os sorprendáis, y creedme si os digo que, de entre todos los vampiros y espíritus que han visitado nuestro modesto café, el de Shakespeare es al único que no le incomodarán nuestras palabras, pues adora los halagos y zalamerías. Es lógico, fue actor, y dramaturgo antes que vampiro.

Fíjate bien en este que entra ahora, y que es E. T. A Hoffman el hombre que perdió su sombra, y que desde entonces viene atormentándole como un murciélago esquivo,  justo a la hora de ir a dormir.

Enfilando sus pasos hasta el piano, se sienta ceremoniosamente para ir desgranando melancólicamente la Sonata Claro de Luna de Beethoven, en el preciso momento  en que llega John Sheridan Le Fanu muy bien acompañado por una tímida y menuda dama, hija de unos padres célebres, y esposa de un poeta no menos célebre, Shelley, Mary Shelley. Le Fanu, que adora las Islas Griegas, nos regala muy ufano su vampira más feroz y lascivamente atractiva: Carmilla.

En cuanto a Mary Shelley, la famosa y única dama que nos honra con su visita, no descubre apenas su mortecino rostro, turbada por la impresión de contemplar al fondo del café, a dos de sus mejores amigos en vida: Polidori y Byron. Apenas rozando sus delicados ropajes las frías baldosas del suelo, se acerca para dejarles un ejemplar lujosamente encuadernado de su celebérrima obra: Frankenstein, o el Moderno Prometeo.

Si, casi amanece. Por el este alumbra ya la luz del día, enemigo irreconciliable de espectros y vampiros. Y ya se marchan todos, rumbo a criptas y panteones, lejos… hacia el norte, bien acomodados en sus carruajes, o sobre sus monturas sombrías. Será hasta el año que viene, en que nuevos vampiros silenciosos nos visitarán dejando su inmortal legado de tinta sobre el piano.

El Café des Vampires cierra ya sus puertas.

EL RELOJ DE PÉNDULO DE SIBERIUS MARPLE

Ocurrió una tormentosa tarde de noviembre, en una de esas casas de estilo victoriano de aspecto algo lúgubre, con escaleras de mármol, chimenea y jardín interior. La casa, inmensa, ostentosa, terriblemente picuda, enclaustrada entre gigantescos rododendros cuyas lánguidas flores color sangre, pero con la áspera textura del polvo, era en efecto oscuramente señorial. Pero, a poco que te fijases en los detalles, saltaba enseguida a la vista la absoluta dejadez en que se encontraba la finca: hierbajos entre los escalones de mármol, cristales sucios, ventanas desvencijadas, y un ángel de piedra con las alas heridas por las lluvias y los años, desmayándose penosamente sobre la balaustrada de piedra grisácea.

Siberius Marple, viejo y sabio anticuario de Hampstead Heath-noble en decadencia, como casi todos los nobles-, ordenaba parsimoniosamente su recién adquirida colección de sellos rusos de antes de la Revolución de Octubre, al lado de una de las grandes ventanas de su gabinete, para aprovechar los últimos rayos de luz de la tarde. De vez en cuando, pegaba la cara al empañado cristal todo lo que su considerable nariz le permitía, y echaba un rápido vistazo al exterior. Después encendía una vez más su pringosa pipa, y vuelta a deleitarse con sus sellos y sus divagaciones. Pero la intromisión repentina de la señora Jones, el ama de llaves, le sacó repentinamente de estas profundas y sesudas cavilaciones.

-Señor, el señor Kalynian desea verle. Me suplica mejor dicho.

-¿Kalynian? ¡Hum! ¿Qué querrá ahora esa vieja y enflaquecida corneja eslovaca? Señora Jones, diga al señor Kalynian que estoy realmente ocupado y que en estos momentos no deseo en absoluto interrumpir mis quehaceres.

-El señor Kalynian le trae un objeto, señor Marple.

-¿Un objeto?

-Si, señor. El señor Kalynian dice que es para su colección, un objeto, dice, que hará que salte de euforia en cuanto le haya echado el ojo. Palabras textuales del señor Kalynian.

-Entonces no hay más que hablar , señora Jones. Hágale pasar, por favo.

A los pocos minutos de salir la oronda y vetusta señora señora Jones, hace acto de presencia en el claroscuro del gabinete del anticuario, un tipo alto, de espaldas sumidas, pese a la presuntuosa chaqueta de cordero y cuero con la que se abrigaba y qie a

-¡Hum! Los Romanov no hicieron grandes cosas, que se sepa. No al modo de Catalina la Grande, pero los sellos de esa época son una maravilla… Fíjate Chris, qué colores, qué entintado a mano… el timbre es rudimentario pero perfecto.

-¡Bah! ¡Papeles viejos, basura hedionda! Viejos e inútiles como tu, Siberius.Una vieja y agujereada papelera que no sirve para nada. Y mientras arroja sobre Marple estas insultantes palabras, la señora Marple se lleva el dedo índice a la sien. El hombrecillo entonces, presa de una súbita rabia, agarra la pipa como quién agarra una navaja, y se encara sin mucho ánimo, hay que decirlo, con su mujer.

-¿Papeles viejos dices? ¡Qué sabrá una vieja ignorante como tu! ¡Cada uno de estos papeles viejos, como tu los llamas, vale al menos 500 libras, señora mía!Tembloroso, decaído por la rabia y la indignación, el viejo anticuario de la calle Archibald Leach, va recogiendo sus sellos, rezongando para sí

.-Basura y papeles viejos, dice la señora… ¡Voto al diablo!

-¿Quinientas libras? ¡Y de qué nos sirve todo esa fortuna si vivimos, mira a tu alrededor si te atreves, como ratas! ¡Óyeme bien, viejo avaro, en lugar de estar ahí como un colegial con tus sellos y tus tonterías deberías probar a arreglar el jardín antes de que los vecinos nos denuncien por insalubridad! Un día de estos, cuando menos te lo esperes, voy a hacer las maletas y me voy a ir para siempre de aquí. ¡Y jamás más volveré! ¿Me oyes Siberius, viejo loco?

Florence Marple, moño despeluchado, bata raída, pantunflas sucias y demasiado grandes para sus pies, manos rechonchas, ojeras grandes y abultadas, bajo los grises ojos-, da un portentoso trago a una húmeda botella que saca de un cajón, tan cochambroso como ella.

-¡Pero qué te has creído, te voy a tirar antes de irme todos los cachivaches que me encuentre, desde ese repulsivo buho disecado que de apolillado y añoso se le ha caido ya hasta un ojo, hasta la bola de cristal de brujo, que da miedo verla. ¡A saber qué actos de brujería llevarás a cabo con semejantes chismes! ¡Y el reloj de péndulo? ¡Ese reloj me desquicia los nervios! ¡Es lo peor de todo! ¡Miralo! ¡Da horror mirarlo! ¡Como a ti! Rezongando y dando traspies, la señora Marple se levanta, va hasta la ventana y oberva la calle tras las roídas cortinas. Todo viejo, todo gastado, todo sucio. Y la gris pátina de la lluvia lo hace todo aún más tétrico.Siberius, seguido de cerca por la retahíla de improperios de su esposa, sube las escaleras hasta su guarida, la misteriosa habitación de la torre, que es su castillo inexpugnable, su refugio y su cueva a prueba de sermones y demás tabarras. Aún allí arriba, con los gruesos postigos de madera cerrando firmemente las grandes ventanas de la buhardilla, Siberius Marple puede oír la monserga de su mujer, mientras trastea entre los cacharros de la cocina.

-¡Y encima tengo que preparar yo sola la cena! ¿Puedes bajar a ayudarme, por favor,vieja momia con anteojos? Silencio.

-¡Ah, pues muy bien, te voy a a hacer de cenar tu plato preferido, riñones al Jerez! ¡Jajajajaja!Siberius Marple, el viejo y misterioso anticuario del 23 de Archibald Leach street, en el West End, no dijo está boca es mía. Pero, la gritona señora Marple lo sabía perfectamente, el hombre odiaba los riñones al Jerez con toda su alma. Una rata se desliza entre el fregadero y la ventana de la cocina, y la iracuanda y beoda señora Marple le tira una enorme cazuela de cobre que se estrella estrepitosamente contra la pared. Siberius, vela encendida, luz del quinqué a poco gas, lee sus libros antiugos de magia arcana y páginas rugosas.

-La Inmortalidad por fin me pertenece. Nadie debe saberlo. Nadie. El mundo no se merece mis descubrimientos. Desde abajo, una hora más tarde, le llega de nuevo la voz a grito pelado de su mujer.

-¡La cena!Pero Siberius Marple continua a su aire, leyendo pasajes secretos y peligrosos, buscando la fórmula precisa, desentrañando palabras prohibidas escritas por oscuras manos de dimensiones aún no descubiertas. Magos antiguos, magos cuya sabiduría solo está al alcance de muy pocos elegidos. Siberius lo sabe. Siberius lo ha descubierto.

– A las doce del día siguiente aún permanece la luz encendida en el desván en donde siberius Marple auna conocimientos de otros siglos, muchos muchos tiempo atrás.

– Este viejo loco me va a matar de un disgusto. Qué hará encerrado desde anoche allí arriba. A veces huele a azufre. Otras a humo de pipa. Viejo maldito, viejo loco!

– Dos semanas más tarde la luz impasible continua encendida.- Un año después.

– Cinco años más tarde.

– La gatita Roma, la gatita recién nacida, ahora tiene ya cinco años y ha sido mamá dos veces en su corta vida.-

– Viejo de las narices o sales ya o te saco yo por los pelos de la barba!

Roma, la maravillosa gata blanca, bisabuela de Viena y Mirlitón, hoy se ha despedido y ha pasado durectamente al cuielo peludo y con olor a crema de lecxhe, de los gatos.

Cincuenta años han pasado ya. La luz jamás se ha apagado. Ahí está alumbrando los papeles del viejo anticuario sin treegua ni descanso.

Abril de 1914, hoy ha estallado la Gran Guerra,

– Viejo Marple! Eh, qué vas a hacer tú? Vas a bajar ya a cenar o te vas a alistar en el ejercito a combatir a los alemanes?

– 20 noviembre de 1953, hoy hace ya cien años que subiste a esconderte de mis sermones como tu dices. ¿Vas a bajar? No crees que ya va siendo hora?- La luz. Laluz que nunca nunca se apaga se vislumbra claramente desde la calle alla ariba en el castillete del tejado.-

12 mayo 1980.

– ¡Siberius! ¡Siberius Marple!

La buena señora Florence Marple ahí permanece sentada día y noche en su mecedora. Los gatos entran y salen a culaquier hora, llueve y la lluvia y los relámpagos inundan la estancia. Se escucha una puerta que se abre… un chirrido quejumbroso y agudo. Una sombra encorvada aparece en el dintel y se proyecta lúgubremente por el polvoriento rellano cubierto de telarañas. Es Siberius Marple que por fin sale de su refugio. Su hechizo se cumplió no saldría de allí hasta que la señora Marple desapareciese y se callase para siempre.

-Por fin, por fin puedo salir. Ya era hora. Ahora nadie más imopoirtunará mis quehaceres, ahora nadie dirá nunca que mis sellos son papeles viejos y basura. Que día es hoy, 12 de septiembre de 1980.

Habia pasado 130 años escondido en su

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