borrador

Otro día, otra ciudad, otra hora.

El tiempo es como una rata hambrienta que escapa siempre hacia delante. Nunca, nunca hacía atrás.

-Ariadna, estás en antena. adelante.

-Buenas tardes amigos de Cinéfagos. Hoy vamos a hablar de Marlon Brando…

-Ariadna, mi micro va fatal

-el mío tiene una derivación o algo y me acaba de dar un meneo.

-vaya un programa este que no te dan ni una miserable botella de agua

-aqui tiene un vaso. el agua de Madrid es muy buena. ¿Lo sabía usted?

– Ariadna corta y

el espectro que yo llamo cucurbitáceum ya que los cuburvitáceos son poco amigables pues la mirada ausente de un cucurbitáceum tiene tela

-El programa termina ya con todas estas cosas tan intertesenates hasta el proximo jueves.

LA MINIFALDA. Una cincuentona de muy buen ver.

Las chicas alemanas dijeron SÍ a la mini. Faltaría más.

«La minifalda no es una moda, es un estado de ánimo.» Podemos leer en la pancarta de una chica en minifalda en los años sesenta. Y evidentemente que lo es. Ponerse una mini es celebrar tu cuerpo, la libertad, la seducción, y la vida, y es ponerse la opinión de los demás por montera. Una prenda envuelta siempre en polémica, Como Dickens, Tomás Moro, Atkinsom Grimshow, Peter Pan, el roastbeef o Amy Winehouse, nació en Inglaterra, pero ella en los legendarios años sesenta del siglo pasado. Y después de estos más de cincuenta años de existencia sigue tan rebelde, reivindicativa y transgresora como siempre. Cosa que no ocurre en absoluto con los pantalones vaqueros, la chupa de cuero, o raparse al cero. Me refiero a la gloriosa minifalda, que incluso allá por el 2018 el Victoria and Albert Museum, en Londres, o el MOMA de Nueva York, les dedicaron sendas exposiciones, y cuya maternidad atribuida a la diseñadora británica Mary Quant, o paternidad al diseñador parisino André Courreges no están del todo claras.

Una manifestación de chicas minifalderas reivindicando su derecho a llevarlas si les venía en gana, en el Madrid de 1969.

Sea de ello lo que fuere, que no nos importa demasiadoa las devotas de las minis, el caso es que te cuenten lo que te cuenten, una minifalda es siempre la mejor opción si quieres ir por la vida en plan «sé tu misma que puedes.» Si encima es de cuero negro acompañada por un top, negro, o la vaquera con botas de cowboy y jersey de lana, entonces nos morimos del placer. Como cantaba aquél Manolo…

1972. La minifalda y el Mini Morris, ¡un conjunto formidable!

No me gusta que a los toros

te pongas la minifalda, ¡olé!

Pues vayáse al cine, o al teatro, la ópera, o a la cafetería de la esquina, algo realmente culto y civilizado, pero deje en paz a su novia y si le apetece ponerse una mini, pues usted la respeta y punto final.

1986, chicas punks con minifaldas «destroyer.»

Y no me digas que «es que yo a mi edad…» No, ni hablar, moza. ¿Qué a tu pareja, padre, cuñado, hermana, o el tipo que siempre da su opinión aunque nadie se la pida, no les gusta? Insisto: si te apetece póntela. El resto que mire.

Madonna en 1985. con su mítica minifalda, cantando «Dress you up.«

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LA FIESTA DEL TÉ

Había una vez una niña muy pequeña que estaba jugando tranquila y feliz bajo su cama, celebrando con sus pocos juguetes una fiesta del té. Era un día metálico de viento húmedo y cortante como la afilada navaja de un barbero. Mientras tanto, su madre le preparaba la merienda, una merienda a base de lo único que había entonces en la cocina, un poco de leche y pan duro y negro que raspaba la lengua al comerlo. Al llevarle la merienda la madre le dió un sonoro beso de harina y leche en la frente, y le dijo antes de volver a salir…

-Ilsa, zieh deinen Mantel an, es ist schon kalt…

La niña pequeña abandonó un momento la fiesta del té, para ir a ponerse su abrigo como le había dicho la madre, porque hacía mucho frío y desde hacía ya tiempo no había nada para calentarse en casa. Y bajo la cama otra vez, la niña volvió a reunirse con Brigitta, su muñeca rubia, y su oso verde de felpa llamado Hans, para seguir celebrando esa mágica y divertida fiesta del té. Había té caliente y aromático, ricos dulces de nata, fresas y uvas, rosquillas de azúcar, y suculentos bocadillos de jamón. Todo invisible, pero no por ello menos importantes. Su muñeca preferida era Brigitta, una bailarina de rubios rizos que llevaba un vestido blanco, y que cerraba los ojos al acostarla. La niña pequeña le había dibujado en el vestido unas maravillosas hadas azules, y ella estaba contenta porque su madre le había contado un cuento de hadas azules, que llevaban alas transparentes y brillaban cuando estaban contentas. Por eso su madre le había dicho que «si quieres brillar como las hadas debes estar contenta.»

La niña servía té a Brigitta, mientras el oso Hans aguardaba pacientemente a ser servido, mirando con apetito los bocadillos de jamón. De pronto, su madre la llamó, con un grito seco y breve. La niña oyó a continuación golpes, disparos, gritos, motores de coches o camiones, más y más gritos, y por la ventana entraron ráfagas de metralleta que dieron de lleno en el armario. La niña, bajo la cama en su pequeña fiesta de muñecas, ya no volvió a oír la voz de su madre. Bajo la cama vió unas botas de hierro negro, y después entraron más y más. Y bajo la cama, con su corazón pequeño y nuevo latiendo rápidamente, el miedo se hizo dueño de todo. Era un miedo extraño y peor aún que el que sentía ante la bañera llena de agua a la hora del baño; un miedo aún más doloroso que el que sentía cuando su madre salía muy de mañana por las sucias calles del Ghetto a buscar algo para comer ese día, y la dejaba sola en aquél piso bajo y oscuro. Porque era un miedo tan grande que instintivamente le impedía moverse, hablar, gritar o respirar. Enseguida se oyerón las voces de los hombres que llevaban esas botas. Gritaban y más que gritaban. Alguien entonces, se asomó bajo la cama y descubrió al pequeño y tembloroso bulto de abrigo rojo y arrugado, ojos muy abiertos, y dulces ondas castañas sobre la frente que la madre había besado sonoramente hacía unos minutos. Y así, el dueño de la botas de hierro negro, la sacó de debajo de la cama y entre gritos y empujones, la llevaron a la calle. Pero ¿dónde estaba mamá? Mamá no estaba por ninguna parte. Y su casa ya no era más su casa. Ahora había ropa, muebles, libros, y platos rotos amontonados por todas partes.

Nada más poner un pie en la calle, vió a Otto, el vecino del último piso, que no se movía, que no respiraba, con su maleta como almohada. La fiesta del té, el oso Hans, Brigitta y las hadas azules de su vestido, todo había quedado bajo la cama. En la calle pasaban soldados disparando a la gente, empujando a la gente, corriendo tras la gente, gritando a la gente. Todos gritaban mucho, pero la pequeña cabeza de la niña no entendía nada de lo gritaban.

¡Spaziergang! Schnell! Hör nicht auf! Spaziergang!

Mientras hacían estas horrendas cosas la niña aprovechó, dió media vuelta y echo a correr en medio de aquél espantoso desatino. Volvió a su casa, a lo que quedaba ya de ella. Volvió a meterse bajo su cama, y no se dió cuenta de que seguían allí esperando su vuelta, Brigitta, las hadas de su vestido blanco, las tacitas de té, y el oso Hans, celebrando la fiesta del té. Y allí, en la oscuridad, calló. Se aguantó las ganas de llorar, de llamar a gritos a su madre. Casi se aguantó las ganas de respirar. Pero las botas de hierro negro volvieron tras sus pasos. Entraron de nuevo en la casa y volvieron a mirar, a escudriñar palmo a palmo cada habitación, cada rincón, por si aún quedaba alguien por allí.

Al final del día, bajo la cama de la niña del abrigo rojo quedaron, el oso Hans, Brigitta, y su vestido blanco, con hadas azules de alas transparentes que brillaban cuando estaban contentas, y una tacita de juguete rota y manchada de sangre. La fiesta del té había terminado.

(Cuento inspirado en El noi saltador i la reina dels guardians rossos, de Pere Parramon y en esta imagen de la película La lista de Schindler, de Steven Spierlberg)

Yo, espectador.borrador)

En una de esas tiendas perdidas por callejones de una ciudad negra, dura, con millones de almas o de cadáveres en sus casas, en sus hospitales, en sus calles, cocinas, bares, academias, teatros, paseando al atardecer con mi rostro tostado por un sol tremendo, encontré una tiendecita de esas que parece que llevan ahí, entre la tierra y el suelo, millones de años. El dueño, un pakistaní misterioso, enjuto y de arrugadas mejillas verdosas, me señaló un reloj de péndulo que polvoriento y hundido en las tienieblas, esperaba a ser comprado por cualquiera que pudiese pagar su desorbitado precio.

-Tre¿s mil dólares?

-Dólares. Tres mil. Usted sabe.

-Pero señor Khamad, no desea este rolex de oro, mejor? Un trueque, si a usted le parece bien.

-El tiempo no me importa. No quiero un rieloj ni de oro. El tiempo en un rieloj de oro vale aún menos.

-¿Entonces…?

-Tres mil dólares.

-¿No quiere euros? Europa va bien…

-Quiero viajar a Cincinatti. Vierla en una película. Me gustó y si,mucho. Dólares, señor Demy.

-Cual es la razón exacta de que este viejo y cochambroso reloj de péndulo valga tres mil dólares.

-Detiene su tiempo. Para sus minutos, horas, días, años, si usted lo para.

-Venga, que ya tenemos los dos una edad, Khamad…

-¿Tu quieres el reloj, sí o no?

-Me lo quedo. Por su aspecto raro, y porque llevo muchos años metido en el mundo de las antiguedades, y tengo el ojo suficiente para saber que ese trasto es una reliquia bastante antigua.

Y así adquirí este chisme sin saber que a partir de entonces, mi vida ya no ha vuelto a transcurrir como antes. Sentado en los umbrales del Tiempo, mi vida se detuvo en una sucesión de acontecimientos históricos que fueron pasando rápidamente por la pantalla de mi televisor. Ví allí en enero del 59 a Castro y el Ché, entrar gloriosamente en Cuba, la Cuba pobre pero caliente y peleona que había dejado Batista y sus compinches americanos. Ví las primeras tropas estadounidenses agazapadas entre la explosión verde de la jungla vietnamita, con sus cascos, fusiles, miedo, rabia, encima. Ví gente, personas de un pueblo pequeño e inofensivo, hambriento, insomne, morir bajo el fuego del invasor. Ví a John Lennon, Ringo Star, George Harrison y Paul Mcartney cantar she go the ticket to run, entre gritos y desmayos.

Por un puñado de likes

Por un puñado de «likes».

Está usted comiendo con sus abuelos, hijos o compañeros de trabajo. Les traen el menú y ¡zas! foto subida al Face, o cualquiera similar. O bien, el domingo para almozar hace una paella super vistosa y la cuelga en las redes pensando buenamente que una obra de arte semejante debe compartirse. Tal vez está usted enfadado con su vecino de enfrente, su mujer, marido, amiga, y necesita que lo sepa el mundo. O quizás sea un magnífico Indiana Jones y en sus últimas investigaciones en Bollulos par del Condado ha descubierto un ataúd filoménico, unas fístulas crioniquenses, y un botijo pocoyoniano del siglo II antes de ACDC. Genial. Pero una vez subidas las fotos de todas estas interesantes obras, apenas consigue el «me gusta» de su tío Epaminondas o el «me encanta» de su abuela Chindasvinta. Amigo, ¿qué sería usted capaz de hacer por tener un buen puñado de likes? Más, cientos de miles más, que sus vecinos de este patio virtual inmenso llamado RRSS. Más que Pepito Gorretas, Japarusa Maysiszergurintin, o Tinki Winki Pérez. Muy fácil, hay dos fabulosos agentes publicitarios que lo pueden casi todo: el agente Compasión, y la agente Polémica. Son magníficos. Búsquelos, fíchelos, aprenda de sus consejos y lecciones; conviértalos en sus gurús, en sus coach. Los resultados son inmediatos, y ya verá como sus quejicosos, reivindicativos, o culturales manifiestos, sus fotos y demás publicaciones feisbukianas comienzan a subir como la espuma, haciendo que su perfil sea el mediático, en plan Andy Warhol y sus quince minutos de fama. Y jamás volverá a tener que preocuparse por un puñado de «likes.»

Ma vie c´est comme un blues

Eres viejo, John. Muy muy viejo. Pero a pesar de eso, aún te quedan rescoldos de pasión en tu alma de contador de historias en el sabio lenguaje de tu guitarra. Martilleas esas cuerdas, mientras abrazas ese cuerpo de madera semjante a unas caderas. Y salen suaves, o agrias, al rojo vivo las notas que hacen tambalearse un corazón, por mucho que tirite de frío o de amor . Tiritar de amor. Tu canción ahora que es muy tarde en una noche de metal oscuro, arde como llamarada en esta solitaria y humeante penumbra. Eres viejo JOhn, el másnegro de los blues sacude tu voz, mi entras cantas apenas sin ser oído, los demonios del tiempo cabalgan acercándose hasta tí. Tu alma está recosida y bebes quisky a palo seco, para que no se te noten los pespuntes en carne viva.

LA BORDADORA DE PALABRAS

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Cuando era pequeña odiaba ir al cole. Mi colegio estaba en la Plaza de Cuba de Mataró, un entorno muy modernista, y a escasos metros del mar Mediterráneo, frente a un mercado y un kiosko en el que vendían piruletas, donuts y pegadolsas. Pero a pesar de ser un colegio marítimo, situado en un edificio viejo, fascinante y habitado por vampiros, yo lo odiaba y me escapaba siempre que podía. Sobretodo, odiaba la clases de labores, ganchillo, bordados, dobladillos, dedales, pespuntes, acericos y esas cosas que me sonaban a chino y que aún me suenan. Pero veía a mis compañeras Isa y Paquita bordar rosas y casitas maravillosamente bien, y pensaba: «algun día quiero hacer con palabras lo que ellas hacen con el hilo y la aguja.»

De forma que a esa incierta hora que da comienzo a la tarde, con chorros cósmicos de luz solar entrando alegremente por las ventanas, las que dan al mercado, yo, como al sufrido Ben-Hur Judá en galeras, era convenientemente azotada por las sarmentosas manos, con largas uñas pintadas de rojo, de la señorita Monsterrat Aresté Busquets. Ella, la malhumorada directora del colegio y profesora de tercer curso, música, y matemáticas, poseía un parecido físico absoluto con la reina Isabel II de Inglaterra. Pues allí estaba la senyoreta Monsterrat con la nariz fija en mis dedos, esperando a que me equivocase, siquiera un punto, para darme una palmadita en la mano culpable, un pellizco en el moflete, o un leve tirón de coletas, que aunque leve dolía el muy miserable. Pécora. Y el maldito tapete de ganchillo realmente horrible, cada vez se iba pareciendo más y más a un calcetín. Y allí estaba yo preciosa, pequeña y con los mofletes y la manita más trabajadora al rojo vivo, e Isabel II de Inglaterra repitiéndome una y otra vez:

– Este del derecho, y uno del revés y vuelta. He dit que vuelta! ¡Vuelta! La mare que et va a parir, nena!

Estoy realmente harta, y subconscientemente invoco al Hada de las Palabras, que, naturalmente, aparece y me enseña a bordar con palabras en el cuaderno de música.

-La lluvia va bajando cornisa abajo, hacia las piedras del camino. Una vaca, una sola vaca, puntea de vaho y mugidos el horizonte de oro líquido.

Con su sonrisa de varita mágica, me aprueba el hada esta labor de palabras; pero me pide que…

-Querida niña bordadora de palabras, hay que seguir trabajando en esas puntadas con el léxico y la grámatica, pero sobretodo, con blanco plata, calor de pan tierno, y olor a romero en tus cuadernos.

La senyoreta Isabel II se impacienta muchísimo con todo esto, y para mi desesperación la mujer me eleva con ganas una coleta hacia arriba, mientras sus gafas resbalan plácidamente nariz abajo.

-Menys xerrades, i acaba ja de fer aquesta volta, home!

-¡Ayyyy!

¡Qué daño! Pero¡qué alegría!, al girar la cabeza veo que la senyoreta Montserrat/Isabel II se ha convertido, gracias al Hada de las Palabras, en un monstruo tricéfalo con gafas de ver, uñas pintadas de rojo, y sangre verde saliéndole por los tres pares de ojos. Cien mil agujas de hacer ganchillo zahieren su lomo ígneo y viscoso, y despide olor de cenicero. Las demás niñas salen en estampida y gritando, aprovechando además que es la hora del recreo.

Recuerdo de un instante.

Las estrellas casi micróscopicas bailaban sobre la superficie del mar. El mar se reflejaba en la luna, mientras las horas de la noche tiritaban de frío. El día, pastor de pájaros, barría la negrura de la noche con su sombrero de luz.


La senyoreta Isabel II, ahora un monstruo descerebrado e irascible, quería propinarme un buen mordisco con sus tres bocas abiertas al cien por cien. No pudo porque no se lo permitió Roland, mi vampiro de la guarda. Contaban las viejas leyendas del colegio que una vez hace ya mucho tiempo, apareció un misterioso caballero en la clase de lengua, mientras las niñas conjugaban el pretérito perfecto simple del verbo comer. Un caballero vestido con capa y chistera que salió de en medio de una voluta de humo y que, como un reguero de nieve bajo el sol, desapareció tan rápidamente como había aparecido, dejando a alumnas y profesora en estado de alerta. Era él. Él, Roland, el que siempre me amó, el que esperó a que yo creciese y fuese su amante, ya convertida en mujer. Y allá que se va con su hermosura y su fuerza descomunal y encierra a la bestia tricéfala dentro del armario de guardar las tizas y los borradores, los tubitos de purpurina y las cartulinas de colores. En tanto, el Hada de las Palabras, con su sonrisa varita mágica echa un candado de ocho cerrojos al armario. Mi vampiro de la guarda que no puede reprimir sus instintos, intenta, a su vez, morder al hada en cuanto se reponen el orden y el concierto. Pero esta esquiva muy diestramente el ataque volando en zig zag por la ventana. La huella de los colmillos de Roland en la pared del patio aún seguirán allí… si es que no le han pintado encima.

Casi veinte años después.

Mi vampiro, Roland, el que siempre vigilaba mis caminos, el que adoraba revolver mi pelo en la cama mientras me desnudaba y me hacía el amor, se enamoró de mis palabras bordadas en papel. Y eso que los vampiros no se pueden enamorar jamás, ya que lo dice cualquier libro serio sobre el tema. Y me pedía que…
-Bórdame unas palabras, esos bordados tan magníficos que tú sabes hacer…

-Dame entonces palabras en lugar de lana, hilo, o agujas… dame palabras, Roland.
-¿Palabras? Ahí van como el viento… cristal, beso, mar, espalda, madrugada, risa, gaviota, tea, terciopelo, ventana, perla, cuerpo…

-En esta madrugada de perlas y gaviotas, me duele el beso que la mar da a tu risa. Después, con el terciopelo de mi cuerpo (pero tuyo) abierto de par en par, espero a que esa luz mate, como de tea o cristal, abra las ventanas de la mañana sobre tu espalda.

-Ahora ven aquí. Vamos a querernos como se quieren los que saben que será la úlima vez que se quieren. Que ya no hay más.
Y voy hasta Roland como quién tras mucho andar por tierras yermas y pedregosas, acuciado por la sed y las ganas de morder, encuentra una cafetería a tope de gente, pero resulta que no se sacia nunca, nunca. Y nos queremos esa noche, que duró mil noches, como se quieren los que saben que será la última vez que se quieren. Que ya no va a ver más.


Ada en la ciudad.

Breve relato de horror cósmico

Un padre que se supone que es justo, que es amor, y que se supone también que es bastante poderoso, el que más, quiere a su hijo. Su hijo es un hombre de treinta y tres años, bondadoso, justo, amable, guapo. Ayuda a la gente, reparte lo poquito que tiene entre los que aún tienen menos que él, resucita muertos, sana enfermos y reconforta al quejicoso. Sin embargo, un día el padre, sin tener del todo clara la razón, decide que su hijito querido, bondadoso e inocente, debe morir. Y no se conforma con que le maten al hijo, no, no. Lo peor es que además debe morir bajo horrendas torturas dignas de Auschwitz. Según parece para que así su querido hijo pueda resucitar y subir a los cielos a vivir eternamente junto a su todopoderoso papá, que como digo, es en realidad un dios primigenio. Y ya de paso que muere el hijo, con su agonía y muerte salva a un numeroso grupo de seres bípedos llamados personas, durante más de dos mil años. Nadie tiene muy claro, en verdad, de qué cosa a esos seres, pero el caso es que las antiguas crónicas escritas por arcanos y sabios lo relatan de esta incierta manera. La gran mayoría de esos seres bípedos resultan ser más malos que un dolor, y se dedican durante toda su existencia a hacer guerras y más guerras, muchísimas veces en nombre de ese padre/dios supuestamente bondadoso y justo, y de su querido hijito al que él mismo mandó torturar hasta morir.

A parte de las grandes y pequeñas matanzas llamadas guerras que gustan mucho de organizar e involucrarse estas criaturas bípedas, están las rutinarias y consabidas maldades a escala cotidiana. Un día, mucho tiempo después de este atroz parricidio, a los salvados por la tortura y muerte del hijo del dios primigenio y justiciero, les dió por inventar un artilugio llamado red social en la cual se lo pasaban dabuten compartiendo, opinando, compartiendo, cotilleando, compartiendo, y autocompadeciéndose de sí mismos, con esas típicas y entrañables frases, ya clásicas, del tipo «hoy voy a limpiar mi cuenta de indeseables.» O bien, «soy tonta/o de lo buena/o y por eso encima me dan de palos. Si es que no espabilo.» O también «Agapito Pinguez me ha hecho esto y me cae mal.» Entonces van a saco los muy rabiosos y justicieros fans del que así se expresa a malmeter contra el pobre de Agapito Pinguez que no les ha hecho nada. Así, a lo bestia a por él, sin darle la más mínima oportunidad de defenderse. Porque pese a todo la actividad favorita de este curioso invento de los bípedos camorristas es «¿a quién hay que despellejar vivo que voy?»

Y es que los bípedos salvados por el hijo crucificado por el padre primigenio, en el fondo no son tampoco demasiado inteligentes en su gran mayoría, a la casa en donde viven todos juntos, el maravilloso planeta Tierra, la machacan y destrozan concienzudamente a sabiendas de que no podrían vivir en otra casa mejor, porque por ahora no existe ninguna otra casa a la que mudarse. Y para desdicha de leones, ballenas, linces, lobos, focas, halcones, atunes, jirafas, osos, gorriones, rinocerontes, zorros, mariposas, abejas, gorilas, les ha tocado en suerte compartir habitat con estas crituritas redimidas con el famoso y trascendental parricidio perpetrado por ese super dios primero y original. Podría ser un relato de Stephen King o Howard Philips Lovecraft, pero es la base de una religión que practican millones y millones de esos seres bípedos llamados personas. Entre esos millones de criaturas, los hay que valen la pena: Álvaro y Toni, mis hijos, Maria Callas, Clara Campoamor, Cecilia, Beethoven, Lorca, Julio Cortázar, Marlon Brando, Frida Kahlo, Luis Cernuda, Marilyn Monroe, Galileo Galilei, Annie Girardot, Modigliani, José, mi abuelo paterno, Alexander Fleming, Vivaldi, Corelli, Francoise Truffaut,Miguel Servet, Silvya Plath, Velázquez, Miguel Ángel, Copérnico, Murillo, el neurocirujano Jorge Herrería Franco, la enfermera Sara, el doctor José Antonio Ruíz Gómez, y Severo Ochoa, Ramón y Cajal, Lorca, Robert Smith, mi muy reducido y selecto grupo de amigose…

Algunos de los mencionados aquí fueron juzgados por el resto de seres bípedos que giran y giran toda su vida alrededor de un punto fijo, pensando, haciendo, creyendo todos en las mismas cosas, sin preguntarse el porqué. Bastantes inocentes fueron ajusticiados, condenados y asesinados, entre ordalías, autos de fe, y demás monstruosas torturas de la Inquisición. ¿Su crimen? Dudar de este historia de horror cósmico del dios/padre primigenio que mandó linchar hasta la muerte a su bondadoso e inocente hijo, para salvar… ¿a quién? ¿de qué?

Ada García.

El treinta.

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-Buenos días. ¿Podría decirme alguien si es aquí la parada del treinta?

-Buenos días, sí es aquí.

-Sí, sí, caballero, aquí para el treinta.

-Gracias, señoras. ¿Y saben ustedes a qué hora pasa?

-Pues no sé; mis hermanas y yo llevamos un buen rato esperando.

-No creo que tarde mucho, caballero.

-Genial. Mientras no venga abarrotado como otras veces…

Pasa un camión, y al pasar levanta polvo de color zapato. Sobre las antenas de los edificios, vuela libre y majestuosamente un avión del tamaño de un mosquito. Torres altísimas con ventanitas y sus millones de ojos, bocas, y brazos dentro, hacen guardia ante las primeros claros de la mañana. Pasa un cartero con correspondencia de gente que huyó hacia el mar huyendo de los pisos nicho, de las selfie con palo, y de las utopías de fin de semana con manta y estufa. Gente que no quería perderse los colores de la mar por nada del mundo: el verde y el blanco de las olas; el azul celeste y gris perla de los veleros; el rojo inglés de los peces redondos; el caoba y ocre suave de las islas lejanas, y el negro carbón de los buques fantasma.

-Parece que tarda…

-No se preocupe usted, caballero. Venir, viene.

-Es que tengo tanta prisa hoy…

-Todo el mundo lleva prisa, hoy y todos los días. Nosotras no. Nosotras nunca tenemos prisa. A nuestra edad es estúpido andar ya con prisas. Yo me entretengo haciendo punto mientras espero. Me cunde muchísimo tejer.

-A mi me gusta medir con este palito la longitud del punto de mi hermana para que no le salga una chufa, ¿sabe usted?

-Mis hermanas siempre tan hacendosas… En fin, que yo prefiero sentarme tranquilamente y esperar sin más.

-Pues que bien.

Se levanta de pronto un viento áspero y charlatán. Murmura al oído palabras que oyó en quién sabe que parte, y quién sabe para qué. Las palabras son pájaros blancos y echan a volar. Algunas palabras-pájaro se estampan contra la cardada melena de una señora y su perro. Entonces la señora recuerda que una vez hace mucho tiempo alguien le dijo: «niña mía, hermosa mía, te quiero desde antes de conocerte. Te quiero desde antes de ser yo mismo. Te quiero, y nada más»

-Parece que va a llover y todo… Perdonen que sea un poco pesado, pero ¿seguro que es aquí la parada del treinta?

-No, hoy no lloverá. Mañana seguro que sí. Ya verá usted. Cuando me chirrían los huesos siempre llueve. Y hoy todavía no me han chirriado. Y sí, hombre, sí. El treinta para aquí.

-Usted no se preocupe, caballero. Habrá algún atasco por ahí. Hermana, ¿cómo llevas tu labor?

-Mira, chica ¡está ya casi terminada!

-Eres una máquina con el punto, hermana.

-Pues si que es verdad. ¿Para qué lo voy a negar?

En la cafetería de enfrente, una pareja discute sobre su boda, y van elevando la voz y los besos. Ella se llama Eurídice y es una belleza morena, con los ojos verdísimos. Quiere casarse desnuda, con su belleza, y con su alma clara, como al agua clara, como vestido. Él se llama Orfeo, y es alto, rubio y algo quejumbroso. Él se casaría con ella, le confiesa a mitad de un beso, hasta vestida . Y aunque nadie lo sepa, ni se vea, están bailando.

-Pero ¿cuándo va a pasar el autobús ese de las narices? ¡Llevo ya más de media hora esperando, joder!

-No pierda la calma, hombre. Pronto lo veremos asomarse por la esquina… ya falta poco.

-Mi labor está casi terminada ya… un par de vueltas, dos del derecho, tres del revés y se acabó.

-¡Mierda de autobús! ¡Apenas tengo tiempo para llegar al trabajo! ¡Mierda de transportes urbanos! Y encima te aconsejan coger el transporte público por la maldita contaminación. ¡Menos mal que mi coche estará arreglado mañana!

-¿Qué apenas tiene usted tiempo? No, le aseguro que usted tiene todo el tiempo del mundo, como decía aquella añeja canción. ¿Verdad, hermanas?

-Verdad. El tiempo, ese tiempo del que usted se queja que tiene poco, es un viejo disfrazado de niño, un niño que juega a ser un viejo.

-El tiempo es un gigante oscuro que hace ver que devora a sus hijos, se los traga enteros y después, como un mago en el circo, ¡alehop! los hace aparecer bajo su chistera.

-El tiempo, ese enemigo suyo que siempre le persigue, tortura y amenaza, es un perro ciego que deambula a tientas por las calles, pero siempre sabe a dónde va.

– El tiempo es una gota de agua cayendo despacio, despacio, sobre una navaja…

– Una cárcel dentro de una reloj de arena…

-Un martillo descomunal…

-Una cafetera quemada…

-Una ventana tapiada…

-Una escalera escondida…

-Un juguete polvoriento…

-La rosa que nace en el balcón de una casa abandonada…

-Un abrigo que perdió alguien mientras corría para coger un taxi…

-El tiempo está en los ojos de la gente que espera en el andén de enfrente.

– El tiempo, un instante, solo un maravilloso instante, es la explosión fugaz y silenciosa de un millón de eones encerrados en lo más profundo de una galaxia.

-¿Lo han visto sus ojos alguna vez? No, claro. Y a nadie le preocupa. Después de todo, ese mismo instante durá tanto tiempo…

-¡Madre mía! ¿Acaso son ustedes tertulianas de un programucho de esos de la tele?

-Usted y su tiempo podrían haber hecho tantas cosas juntos… como buenos amigos, como los mejores amigos del mundo.

-Podría haberle cogido de la mano, como un matrimonio bien avenido, y salir los dos juntos a echarle miguitas a los gorriones, por ejemplo. Echarle miguitas a los gorriones en esas mañanas pardas de frío azul. No hay nadie a esas tempranas horas en el parque, pero usted y el tiempo, su amigo, van paseando sosegadamente mientras sus zapatos hacen ¡cruc! ¡cric! ¡crac! sobre montañas de hojas secas y resbalosas.

-O a comer pipas frente a la playa, sentados en el banco de un paseo marítimo poco transitado, tan a gusto. Pero usted quiso maltratarlo, lo pateó, y él ni se quejaba. Todo lo más un gritito imperceptible, una queja silenciosa.

-Y claro, así muchas veces usted fue dueño sin saberlo de un minuto herido, de una hora magullada, o de un reloj que se detenía, en justa protesta, cuando más lo necesitaba.

-¿Porqué me tocará a mi lidiar con todas las piradas? ¿No tengo ya bastante con mi ex mujer?

-¡Jajaja! Mire, allí está su bus.

-¡Por fin!

-Ya le dijimos que no tardaría…

-Ustedes primero, señoras.

-Suba, suba usted primero, caballero… en este bus vamos todos al mismo lugar.

-Yo voy a la calle de Corrientes, número tres.

-Este bus pasa de largo. Pasará calles y avenidas, pasará ciudades y montañas, y no parará hasta llegar a su destino.

-¿No tenía usted mucha prisa? Pues ale, adentro.

-Pero… ¡yo voy a mi bufete en Corrientes, número tres!

-Ya no. Su tiempo pasó. Las prisas, siempre las prisas.

-¡Déjenme salir, viejas locas! ¡Este autobús no es el treinta! ¡Quiero bajar! ¡Abran la puerta!

-Imposible volver a salir. Pero ahora ya no tiene que preocuparse por si llega tarde o no.

-¿Quiénes son ustedes, malditas viejas dementes?

-Mi nombre es Láquesis, la hilandera. A veces me llaman Nona. Tejo las vidas de las gentes, caballero.

-¡Abran la puerta! ¡Déjenme salir!

-Yo soy Cloto, la que echa la suerte. Algunos me conocen como Décima. Esta es nuestra otra hermana Átropos, o Aisa la inexorable. Es conocida en algunos lugares como Morte. Ella es la más anciana de las tres, la más silenciosa, y jamás olvida sus tijeras.

-También es la que corta el último hilo de mi labor cuando está terminada.

-¡Abran la puerta!

-Y las tres somos Moiras, Nornas o Parcas. Depende del color de sus ojos y el de sus palabras.

-Y de este autobús entienda que nadie ha conseguido volver a apearse nunca. Y como ya he terminado de tejer mi prenda, ¡zas!, Átropos, hermana, ya puedes cortar el hilo…

-¡Abran esa maldita puertaaaaa!

-Buen viaje.

AD.