Breve relato de horror cósmico

Un padre que se supone que es justo, que es amor, y que se supone también que es bastante poderoso, el que más, quiere a su hijo. Su hijo es un hombre de treinta y tres años, bondadoso, justo, amable, guapo. Ayuda a la gente, reparte lo poquito que tiene entre los que aún tienen menos que él, resucita muertos, sana enfermos y reconforta al quejicoso. Sin embargo, un día el padre, sin tener del todo clara la razón, decide que su hijito querido, bondadoso e inocente, debe morir. Y no se conforma con que le maten al hijo, no, no. Lo peor es que además debe morir bajo horrendas torturas dignas de Auschwitz. Según parece para que así su querido hijo pueda resucitar y subir a los cielos a vivir eternamente junto a su todopoderoso papá, que como digo, es en realidad un dios primigenio. Y ya de paso que muere el hijo, con su agonía y muerte salva a un numeroso grupo de seres bípedos llamados personas, durante más de dos mil años. Nadie tiene muy claro, en verdad, de qué cosa a esos seres, pero el caso es que las antiguas crónicas escritas por arcanos y sabios lo relatan de esta incierta manera. La gran mayoría de esos seres bípedos resultan ser más malos que un dolor, y se dedican durante toda su existencia a hacer guerras y más guerras, muchísimas veces en nombre de ese padre/dios supuestamente bondadoso y justo, y de su querido hijito al que él mismo mandó torturar hasta morir.

A parte de las grandes y pequeñas matanzas llamadas guerras que gustan mucho de organizar e involucrarse estas criaturas bípedas, están las rutinarias y consabidas maldades a escala cotidiana. Un día, mucho tiempo después de este atroz parricidio, a los salvados por la tortura y muerte del hijo del dios primigenio y justiciero, les dió por inventar un artilugio llamado red social en la cual se lo pasaban dabuten compartiendo, opinando, compartiendo, cotilleando, compartiendo, y autocompadeciéndose de sí mismos, con esas típicas y entrañables frases, ya clásicas, del tipo «hoy voy a limpiar mi cuenta de indeseables.» O bien, «soy tonta/o de lo buena/o y por eso encima me dan de palos. Si es que no espabilo.» O también «Agapito Pinguez me ha hecho esto y me cae mal.» Entonces van a saco los muy rabiosos y justicieros fans del que así se expresa a malmeter contra el pobre de Agapito Pinguez que no les ha hecho nada. Así, a lo bestia a por él, sin darle la más mínima oportunidad de defenderse. Porque pese a todo la actividad favorita de este curioso invento de los bípedos camorristas es «¿a quién hay que despellejar vivo que voy?»

Y es que los bípedos salvados por el hijo crucificado por el padre primigenio, en el fondo no son tampoco demasiado inteligentes en su gran mayoría, a la casa en donde viven todos juntos, el maravilloso planeta Tierra, la machacan y destrozan concienzudamente a sabiendas de que no podrían vivir en otra casa mejor, porque por ahora no existe ninguna otra casa a la que mudarse. Y para desdicha de leones, ballenas, linces, lobos, focas, halcones, atunes, jirafas, osos, gorriones, rinocerontes, zorros, mariposas, abejas, gorilas, les ha tocado en suerte compartir habitat con estas crituritas redimidas con el famoso y trascendental parricidio perpetrado por ese super dios primero y original. Podría ser un relato de Stephen King o Howard Philips Lovecraft, pero es la base de una religión que practican millones y millones de esos seres bípedos llamados personas. Entre esos millones de criaturas, los hay que valen la pena: Álvaro y Toni, mis hijos, Maria Callas, Clara Campoamor, Cecilia, Beethoven, Lorca, Julio Cortázar, Marlon Brando, Frida Kahlo, Luis Cernuda, Marilyn Monroe, Galileo Galilei, Annie Girardot, Modigliani, José, mi abuelo paterno, Alexander Fleming, Vivaldi, Corelli, Francoise Truffaut,Miguel Servet, Silvya Plath, Velázquez, Miguel Ángel, Copérnico, Murillo, el neurocirujano Jorge Herrería Franco, la enfermera Sara, el doctor José Antonio Ruíz Gómez, y Severo Ochoa, Ramón y Cajal, Lorca, Robert Smith, mi muy reducido y selecto grupo de amigose…

Algunos de los mencionados aquí fueron juzgados por el resto de seres bípedos que giran y giran toda su vida alrededor de un punto fijo, pensando, haciendo, creyendo todos en las mismas cosas, sin preguntarse el porqué. Bastantes inocentes fueron ajusticiados, condenados y asesinados, entre ordalías, autos de fe, y demás monstruosas torturas de la Inquisición. ¿Su crimen? Dudar de este historia de horror cósmico del dios/padre primigenio que mandó linchar hasta la muerte a su bondadoso e inocente hijo, para salvar… ¿a quién? ¿de qué?

Ada García.

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