El treinta.

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-Buenos días. ¿Podría decirme alguien si es aquí la parada del treinta?

-Buenos días, sí es aquí.

-Sí, sí, caballero, aquí para el treinta.

-Gracias, señoras. ¿Y saben ustedes a qué hora pasa?

-Pues no sé; mis hermanas y yo llevamos un buen rato esperando.

-No creo que tarde mucho, caballero.

-Genial. Mientras no venga abarrotado como otras veces…

Pasa un camión, y al pasar levanta polvo de color zapato. Sobre las antenas de los edificios, vuela libre y majestuosamente un avión del tamaño de un mosquito. Torres altísimas con ventanitas y sus millones de ojos, bocas, y brazos dentro, hacen guardia ante las primeros claros de la mañana. Pasa un cartero con correspondencia de gente que huyó hacia el mar huyendo de los pisos nicho, de las selfie con palo, y de las utopías de fin de semana con manta y estufa. Gente que no quería perderse los colores de la mar por nada del mundo: el verde y el blanco de las olas; el azul celeste y gris perla de los veleros; el rojo inglés de los peces redondos; el caoba y ocre suave de las islas lejanas, y el negro carbón de los buques fantasma.

-Parece que tarda…

-No se preocupe usted, caballero. Venir, viene.

-Es que tengo tanta prisa hoy…

-Todo el mundo lleva prisa, hoy y todos los días. Nosotras no. Nosotras nunca tenemos prisa. A nuestra edad es estúpido andar ya con prisas. Yo me entretengo haciendo punto mientras espero. Me cunde muchísimo tejer.

-A mi me gusta medir con este palito la longitud del punto de mi hermana para que no le salga una chufa, ¿sabe usted?

-Mis hermanas siempre tan hacendosas… En fin, que yo prefiero sentarme tranquilamente y esperar sin más.

-Pues que bien.

Se levanta de pronto un viento áspero y charlatán. Murmura al oído palabras que oyó en quién sabe que parte, y quién sabe para qué. Las palabras son pájaros blancos y echan a volar. Algunas palabras-pájaro se estampan contra la cardada melena de una señora y su perro. Entonces la señora recuerda que una vez hace mucho tiempo alguien le dijo: «niña mía, hermosa mía, te quiero desde antes de conocerte. Te quiero desde antes de ser yo mismo. Te quiero, y nada más»

-Parece que va a llover y todo… Perdonen que sea un poco pesado, pero ¿seguro que es aquí la parada del treinta?

-No, hoy no lloverá. Mañana seguro que sí. Ya verá usted. Cuando me chirrían los huesos siempre llueve. Y hoy todavía no me han chirriado. Y sí, hombre, sí. El treinta para aquí.

-Usted no se preocupe, caballero. Habrá algún atasco por ahí. Hermana, ¿cómo llevas tu labor?

-Mira, chica ¡está ya casi terminada!

-Eres una máquina con el punto, hermana.

-Pues si que es verdad. ¿Para qué lo voy a negar?

En la cafetería de enfrente, una pareja discute sobre su boda, y van elevando la voz y los besos. Ella se llama Eurídice y es una belleza morena, con los ojos verdísimos. Quiere casarse desnuda, con su belleza, y con su alma clara, como al agua clara, como vestido. Él se llama Orfeo, y es alto, rubio y algo quejumbroso. Él se casaría con ella, le confiesa a mitad de un beso, hasta vestida . Y aunque nadie lo sepa, ni se vea, están bailando.

-Pero ¿cuándo va a pasar el autobús ese de las narices? ¡Llevo ya más de media hora esperando, joder!

-No pierda la calma, hombre. Pronto lo veremos asomarse por la esquina… ya falta poco.

-Mi labor está casi terminada ya… un par de vueltas, dos del derecho, tres del revés y se acabó.

-¡Mierda de autobús! ¡Apenas tengo tiempo para llegar al trabajo! ¡Mierda de transportes urbanos! Y encima te aconsejan coger el transporte público por la maldita contaminación. ¡Menos mal que mi coche estará arreglado mañana!

-¿Qué apenas tiene usted tiempo? No, le aseguro que usted tiene todo el tiempo del mundo, como decía aquella añeja canción. ¿Verdad, hermanas?

-Verdad. El tiempo, ese tiempo del que usted se queja que tiene poco, es un viejo disfrazado de niño, un niño que juega a ser un viejo.

-El tiempo es un gigante oscuro que hace ver que devora a sus hijos, se los traga enteros y después, como un mago en el circo, ¡alehop! los hace aparecer bajo su chistera.

-El tiempo, ese enemigo suyo que siempre le persigue, tortura y amenaza, es un perro ciego que deambula a tientas por las calles, pero siempre sabe a dónde va.

– El tiempo es una gota de agua cayendo despacio, despacio, sobre una navaja…

– Una cárcel dentro de una reloj de arena…

-Un martillo descomunal…

-Una cafetera quemada…

-Una ventana tapiada…

-Una escalera escondida…

-Un juguete polvoriento…

-La rosa que nace en el balcón de una casa abandonada…

-Un abrigo que perdió alguien mientras corría para coger un taxi…

-El tiempo está en los ojos de la gente que espera en el andén de enfrente.

– El tiempo, un instante, solo un maravilloso instante, es la explosión fugaz y silenciosa de un millón de eones encerrados en lo más profundo de una galaxia.

-¿Lo han visto sus ojos alguna vez? No, claro. Y a nadie le preocupa. Después de todo, ese mismo instante durá tanto tiempo…

-¡Madre mía! ¿Acaso son ustedes tertulianas de un programucho de esos de la tele?

-Usted y su tiempo podrían haber hecho tantas cosas juntos… como buenos amigos, como los mejores amigos del mundo.

-Podría haberle cogido de la mano, como un matrimonio bien avenido, y salir los dos juntos a echarle miguitas a los gorriones, por ejemplo. Echarle miguitas a los gorriones en esas mañanas pardas de frío azul. No hay nadie a esas tempranas horas en el parque, pero usted y el tiempo, su amigo, van paseando sosegadamente mientras sus zapatos hacen ¡cruc! ¡cric! ¡crac! sobre montañas de hojas secas y resbalosas.

-O a comer pipas frente a la playa, sentados en el banco de un paseo marítimo poco transitado, tan a gusto. Pero usted quiso maltratarlo, lo pateó, y él ni se quejaba. Todo lo más un gritito imperceptible, una queja silenciosa.

-Y claro, así muchas veces usted fue dueño sin saberlo de un minuto herido, de una hora magullada, o de un reloj que se detenía, en justa protesta, cuando más lo necesitaba.

-¿Porqué me tocará a mi lidiar con todas las piradas? ¿No tengo ya bastante con mi ex mujer?

-¡Jajaja! Mire, allí está su bus.

-¡Por fin!

-Ya le dijimos que no tardaría…

-Ustedes primero, señoras.

-Suba, suba usted primero, caballero… en este bus vamos todos al mismo lugar.

-Yo voy a la calle de Corrientes, número tres.

-Este bus pasa de largo. Pasará calles y avenidas, pasará ciudades y montañas, y no parará hasta llegar a su destino.

-¿No tenía usted mucha prisa? Pues ale, adentro.

-Pero… ¡yo voy a mi bufete en Corrientes, número tres!

-Ya no. Su tiempo pasó. Las prisas, siempre las prisas.

-¡Déjenme salir, viejas locas! ¡Este autobús no es el treinta! ¡Quiero bajar! ¡Abran la puerta!

-Imposible volver a salir. Pero ahora ya no tiene que preocuparse por si llega tarde o no.

-¿Quiénes son ustedes, malditas viejas dementes?

-Mi nombre es Láquesis, la hilandera. A veces me llaman Nona. Tejo las vidas de las gentes, caballero.

-¡Abran la puerta! ¡Déjenme salir!

-Yo soy Cloto, la que echa la suerte. Algunos me conocen como Décima. Esta es nuestra otra hermana Átropos, o Aisa la inexorable. Es conocida en algunos lugares como Morte. Ella es la más anciana de las tres, la más silenciosa, y jamás olvida sus tijeras.

-También es la que corta el último hilo de mi labor cuando está terminada.

-¡Abran la puerta!

-Y las tres somos Moiras, Nornas o Parcas. Depende del color de sus ojos y el de sus palabras.

-Y de este autobús entienda que nadie ha conseguido volver a apearse nunca. Y como ya he terminado de tejer mi prenda, ¡zas!, Átropos, hermana, ya puedes cortar el hilo…

-¡Abran esa maldita puertaaaaa!

-Buen viaje.

AD.

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