GEORGINA O LOS BUSCADORES DE PÁJAROS

Un trepador azul. Un arrendajo azul. Una corneja de lo negra, azul. Un mirlo negro. Un pinzón con los colores del amanecer, azul, un poquito de blanco, un poquito de negro y naranja rosado. Una avutarda color teja,y pintitas blancas y negras. Un mochuelo jaspeado en negro y blanco. Un vencejo negro, gris y blanco. Una cigüeña blanca. Un águila imperial del color de la madera. Un urogallo, una grajilla, una chocha de agua, un petirrojo, un jilguero… Pájaros verdes, marrones, negros; pájaros pequeños, grandes, enormes; pájaros de nieve o de sol, de llano o de sierra, de huerto o de pantano, de mar o de ciudad. Todas las aves de la Península Ibérica estaban ahí, en el precioso libro que él me mostraba señalando con sus dedos tibios las grandiosas plumas de un halcón peregrino o de un cernícalo común. Estéfano y yo, los dos con los pies sumergidos en las verdosas aguas del Arlanzón, mirábamos al mismo tiempo el magnífico paisaje que nos rodeaba: profundos bosques en donde se arrellanaban el roble, el castaño y el chopo, y picos y cerros esculpidos siglo a siglo entre el agua y el viento. El cierzo, el poderoso cierzo…

Trepador azul. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

-Mira, mira este cómo se zambulle, con lo fría que va el agua…

-Y eso que estamos en verano.

-Sí, Georgina. Y mira sus alas color humo, que ya las querría para sí un arcángel, y mira su pecho blanco. ¿Ves que patas tan largas tiene? Esa es una garza real.

-Estéfano, y ese pajáro que canta ahí arriba, sobre ese árbol ¿qué es?

Y él con su mirada feliz de limón verde y nogal marrón, haciendo fotos a todo lo que pasa por delante de sus ojos, me lo explica…

-Ese pájaro, querida Georgina, es este mismo del libro: un trepador azul. Al trepador lo que más le gusta en esta vida es canturrear a la mañana que nace.

Y yo miraba entusiasmada, ahora al trepador azul, ahora al libro, mientras Estéfano nos hacía fotos a todos, y una niña del grupo iba repartiendo bocatas y Pepsis. Y después seguíamos con nuestro trabajo poniendo anillos a las aves a las que había que ponérselos. A los dos días de estar anillando aves, los demás estudiantes y voluntarios para la anillada fueron subiendo más arriba, hacia el Valle del Mena, dejándonos a Estéfano y a mí solos, que era lo que buscábamos como locos. Y en aquél momento, sin que lo supierámos ni él ni yo, comenzamos a querernos.

-Bésame. No, no, no hables. Bésame sin más, Georgina…

Me decía mientras anillábamos ánades y torcaces aquél agosto, un muchacho burgalés estudiante de Biológicas, y una muchacha italiana de Turín. Yo, decían, era salvaje, pero guapísima, y tan morena; y él, decían, tan alto, esbelto y tan poco hablador. Y nos habíamos conocido allí, en aquellas sierras burgalesas, felices y sonrientes anillando patas de pájaro y cantando canciones de heavy metal. Yo al final del verano volvería a Turín, en donde me esperaba una familia con hilillos aristocráticos, y él seguiría en Burgos con su vida de estudiante abierto al mundo. Eso decían. Por decir…

En nuestros solitarios paseos en busca de esos pájaros que sobrevolaban los campos, bosques y pueblos de Burgos, encontrábamos a veces una aldea abandonada que surgía de nuevo tras haber permanecido muchos años bajo las aguas. Y ahí estaban otra vez sus casas de piedra, con sus misteriosas ventanas, cuadras, y soportales. Y sus caminitos ciegos, y su iglesia medio en ruinas con el campanario apuntando hacía las nubes, todo otra vez calentándose al sol. A veces hasta entramos en uno, y paseamos por esos caminitos en espera de que en cualquier momento los fantasmales habitantes del lugar surguiesen tan vivos y activos como en su mejor época. Exactamente gual que en la leyenda escocesa Brigadoon, en la cual el pueblo y todos sus habitantes sólo aparecen un día cada cien años.

Un pueblo fantasma. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

En tanto agosto iba transcurriendo así, maravillosamente juntos y errantes. Y al final de una noche, tras buscar por los campos al buho real, descubrimos como amarnos sin hacer ruido. Nuestras ropas, un montón de plumas y hojas de castaño, tiradas por el suelo. Al quitarme la blusa él, estornudé y nos pusimos a reír cuando nos quedamos desnudos. Una puerta cerrada, un coche que pasa, una lámpara que se apaga. Un perro que ladra lejos, lejos, al otro lado de la noche; una estrella que alguien ve tras las nubes de color tierra… Y en la oscuridad, en esa profunda oscuridad tuya y mía, me besas y tus besos anidan en mi pelo, y en mis labios. Envueltos en tu manta, miramos un momento el destello del fuego en la chimenea que hace sombras chinescas sobre la alfombra. Tus dedos tan sabios, se van deslizando sobre mi pecho, y ahora entra por la ventana el canto de un grillo, que nos regala una canción mágica y sin sentido.

Y nos damos tanto calor, tanto… porque aunque es agosto, hace frío entre las nubes. Las lechuzas y los grillos ignoran nuestros suspiros. Me besas, y al mismo tiempo entras en dónde yo soy más yo que nada en el mundo. Tus labios avanzan sobre mi vientre.

Al amanecer nos vamos en su coche a la sierra.

-Abrígate bien, allá arriba hace frío, y la niebla te rodea de pronto como un fantasma. Pero ¡qué aires más puros! ¡Ya lo verás, Georgina!

Picos de Urbión. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

Cosas que hacer cuando vas en el coche y no eres tu quién conduce. Miras por las ventanillas, claro. O te duermes, ¡qué bien! Pero lo mejor es admirar como esa montaña se va convirtiendo en una casa, con un huerto verde y rojo, y unos niños jugando en la puerta. O cómo las arboledas se transforman en un supermercado que vende vino joven a granel y pan de pueblo. Le digo a Estéfano, que hace fotos a un águila que vuela como una diosa emplumada sobre los nebulosos cerros, que lo mejor es lo que nos pasará en los años que van a venir, que son los recuerdos. Caminamos juntos por los riscos, (dame la mano, Estéfano) atravesamos un puente de piedra cubierto de musgo húmedo y de violetas casi negras. Buscamos avefrías. Buscamos al urogallo. Pero no, no, están pero no se dejan ver. ¿Qué les importamos él y yo? Mientras puedan volar, ¡no hay nada mejor en el mundo!

-Georgina… pasará el verano y me olvidarás.

-No, tonto. Ya lo verás.

-En nada te irás tan lejos que esa distancia será cómo una piedra en mi vida.

-¡Ay qué tontito eres!

-¿Y nuestros recuerdos?

-Ah, sí, los recuerdos. Viviremos el resto de nuestra vida recordando estos días, y maravillándonos por haber compartido risas y caricias, viajes y canciones, aguilucho mío. ¿Nunca te han dicho que los viajes hacen los mejores amigos? Quién comparte un trecho de su vida viajando con alguien mágico y especial, nunca más lo olvidará. Así que pasen cien años.

-¿Crees en el destino?

Me pregunta Estéfano mirándome de pronto muy serio. Y yo le pongo un polluelo de trepador azul entre las manos.

-Toma. Arrópalo. Este es tu destino.

Una lluviosa mañana llena de susurrantes palabras de amor, de esas que parecen tan absurdas a quién las escucha de lejos, levanté el vuelo y partí. A él le costó un poco al principio entender que yo era una de sus amadas golondrinas. Pero tras observar mi vuelo ágil, mis suaves picados y mi canto, comprendió. Y al mismo tiempo que comenzó a comprender, sintió el acelarado pulso de su alma latir acompasadamente y en paz.

Recorrí países calcinados por el sol, un sol cayendo a hierro sobre arenas color café, con diminutas palmeras y niños de ojos como ascuas negras, y moscas perpetuamente zumbado alrededor de la comida. Revoloteé sobre alfombras de hierba seca y larguirucha, en donde hambrientas leonas aguardaban escondidas, igual de inmóviles y silenciosas que la Gran Esfinge, el paso de alguna gacela despistada. Y más tarde volé sobre un río tan enorme, allá en Egipto, que a tramos no se podía contemplar la otra orilla. Un río que venía de recorrer los desiertos más desolados de la Tierra, desde su misterioso nacimiento en las Montañas de la Luna, y que ahora se abría al mar en una explosión de corrientes, de gentíos y barcos, dioses de oro y de barro, y de bulliciosos puestos de frutas o de cachivaches para que los turistas se fueran contentos a su casa.

Golondrina común. (Imagen Freepik)

Y tras un tiempo, volé una tarde otra vez junto a tí. Pero tu ya no comprendías mis palabras de pájaro, de golondrina oscura y viajera. Y te estaba diciendo Estéfano que partía ya hacía otros lugares más cálidos; que llegaba el otoño, y te pedía que nunca te olvidáras de mí. Desde entonces, cada vez que elevas la mirada y te quedas así, contemplando las nubes, sabes que un día, una tarde de estás, volveré. Pero tú ya no lo sabrás, Estéfano.

-Mi manta. Sin tí, sin tu cuerpo, tu risa, tu perfume, mi manta es insoportable, Georgina. La odio.

Entonces ya, al quedarte solo, te fuíste al bar del pueblo y te pediste un café hirviendo casi, con un goterón de brandy. Después te acercaste a la puerta y miraste otra vez para los cielos, los inmensos, rosados, lejanos cielos de la tarde. Yo lo ví todo con mis ojitos de ave que era ya sólo un recuerdo. Alguien se acercó a tí, y buscó mi presencia a tu lado.

-Estéfano, ¿y aquella muchacha que venía siempre contigo?

-Voló.

-¿Voló? Ni que fuera un pájaro…

-(Profundo suspiro).

-Bueno chaval, a lo mejor vuelve en primavera… como las golondrinas.

Ada en las nubes.

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