LA BORDADORA DE PALABRAS

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Cuando era pequeña odiaba ir al cole. Mi colegio estaba en la Plaza de Cuba de Mataró, un entorno muy modernista, y a escasos metros del mar Mediterráneo, frente a un mercado y un kiosko en el que vendían piruletas, donuts y pegadolsas. Pero a pesar de ser un colegio marítimo, situado en un edificio viejo, fascinante y habitado por vampiros, yo lo odiaba y me escapaba siempre que podía. Sobretodo, odiaba la clases de labores, ganchillo, bordados, dobladillos, dedales, pespuntes, acericos y esas cosas que me sonaban a chino y que aún me suenan. Pero veía a mis compañeras Isa y Paquita bordar rosas y casitas maravillosamente bien, y pensaba: «algun día quiero hacer con palabras lo que ellas hacen con el hilo y la aguja.»

De forma que a esa incierta hora que da comienzo a la tarde, con chorros cósmicos de luz solar entrando alegremente por las ventanas, las que dan al mercado, yo, como al sufrido Ben-Hur Judá en galeras, era convenientemente azotada por las sarmentosas manos, con largas uñas pintadas de rojo, de la señorita Monsterrat Aresté Busquets. Ella, la malhumorada directora del colegio y profesora de tercer curso, música, y matemáticas, poseía un parecido físico absoluto con la reina Isabel II de Inglaterra. Pues allí estaba la senyoreta Monsterrat con la nariz fija en mis dedos, esperando a que me equivocase, siquiera un punto, para darme una palmadita en la mano culpable, un pellizco en el moflete, o un leve tirón de coletas, que aunque leve dolía el muy miserable. Pécora. Y el maldito tapete de ganchillo realmente horrible, cada vez se iba pareciendo más y más a un calcetín. Y allí estaba yo preciosa, pequeña y con los mofletes y la manita más trabajadora al rojo vivo, e Isabel II de Inglaterra repitiéndome una y otra vez:

– Este del derecho, y uno del revés y vuelta. He dit que vuelta! ¡Vuelta! La mare que et va a parir, nena!

Estoy realmente harta, y subconscientemente invoco al Hada de las Palabras, que, naturalmente, aparece y me enseña a bordar con palabras en el cuaderno de música.

-La lluvia va bajando cornisa abajo, hacia las piedras del camino. Una vaca, una sola vaca, puntea de vaho y mugidos el horizonte de oro líquido.

Con su sonrisa de varita mágica, me aprueba el hada esta labor de palabras; pero me pide que…

-Querida niña bordadora de palabras, hay que seguir trabajando en esas puntadas con el léxico y la grámatica, pero sobretodo, con blanco plata, calor de pan tierno, y olor a romero en tus cuadernos.

La senyoreta Isabel II se impacienta muchísimo con todo esto, y para mi desesperación la mujer me eleva con ganas una coleta hacia arriba, mientras sus gafas resbalan plácidamente nariz abajo.

-Menys xerrades, i acaba ja de fer aquesta volta, home!

-¡Ayyyy!

¡Qué daño! Pero¡qué alegría!, al girar la cabeza veo que la senyoreta Montserrat/Isabel II se ha convertido, gracias al Hada de las Palabras, en un monstruo tricéfalo con gafas de ver, uñas pintadas de rojo, y sangre verde saliéndole por los tres pares de ojos. Cien mil agujas de hacer ganchillo zahieren su lomo ígneo y viscoso, y despide olor de cenicero. Las demás niñas salen en estampida y gritando, aprovechando además que es la hora del recreo.

Recuerdo de un instante.

Las estrellas casi micróscopicas bailaban sobre la superficie del mar. El mar se reflejaba en la luna, mientras las horas de la noche tiritaban de frío. El día, pastor de pájaros, barría la negrura de la noche con su sombrero de luz.


La senyoreta Isabel II, ahora un monstruo descerebrado e irascible, quería propinarme un buen mordisco con sus tres bocas abiertas al cien por cien. No pudo porque no se lo permitió Roland, mi vampiro de la guarda. Contaban las viejas leyendas del colegio que una vez hace ya mucho tiempo, apareció un misterioso caballero en la clase de lengua, mientras las niñas conjugaban el pretérito perfecto simple del verbo comer. Un caballero vestido con capa y chistera que salió de en medio de una voluta de humo y que, como un reguero de nieve bajo el sol, desapareció tan rápidamente como había aparecido, dejando a alumnas y profesora en estado de alerta. Era él. Él, Roland, el que siempre me amó, el que esperó a que yo creciese y fuese su amante, ya convertida en mujer. Y allá que se va con su hermosura y su fuerza descomunal y encierra a la bestia tricéfala dentro del armario de guardar las tizas y los borradores, los tubitos de purpurina y las cartulinas de colores. En tanto, el Hada de las Palabras, con su sonrisa varita mágica echa un candado de ocho cerrojos al armario. Mi vampiro de la guarda que no puede reprimir sus instintos, intenta, a su vez, morder al hada en cuanto se reponen el orden y el concierto. Pero esta esquiva muy diestramente el ataque volando en zig zag por la ventana. La huella de los colmillos de Roland en la pared del patio aún seguirán allí… si es que no le han pintado encima.

Casi veinte años después.

Mi vampiro, Roland, el que siempre vigilaba mis caminos, el que adoraba revolver mi pelo en la cama mientras me desnudaba y me hacía el amor, se enamoró de mis palabras bordadas en papel. Y eso que los vampiros no se pueden enamorar jamás, ya que lo dice cualquier libro serio sobre el tema. Y me pedía que…
-Bórdame unas palabras, esos bordados tan magníficos que tú sabes hacer…

-Dame entonces palabras en lugar de lana, hilo, o agujas… dame palabras, Roland.
-¿Palabras? Ahí van como el viento… cristal, beso, mar, espalda, madrugada, risa, gaviota, tea, terciopelo, ventana, perla, cuerpo…

-En esta madrugada de perlas y gaviotas, me duele el beso que la mar da a tu risa. Después, con el terciopelo de mi cuerpo (pero tuyo) abierto de par en par, espero a que esa luz mate, como de tea o cristal, abra las ventanas de la mañana sobre tu espalda.

-Ahora ven aquí. Vamos a querernos como se quieren los que saben que será la úlima vez que se quieren. Que ya no hay más.
Y voy hasta Roland como quién tras mucho andar por tierras yermas y pedregosas, acuciado por la sed y las ganas de morder, encuentra una cafetería a tope de gente, pero resulta que no se sacia nunca, nunca. Y nos queremos esa noche, que duró mil noches, como se quieren los que saben que será la última vez que se quieren. Que ya no va a ver más.


Ada en la ciudad.

Breve relato de horror cósmico

Un padre que se supone que es justo, que es amor, y que se supone también que es bastante poderoso, el que más, quiere a su hijo. Su hijo es un hombre de treinta y tres años, bondadoso, justo, amable, guapo. Ayuda a la gente, reparte lo poquito que tiene entre los que aún tienen menos que él, resucita muertos, sana enfermos y reconforta al quejicoso. Sin embargo, un día el padre, sin tener del todo clara la razón, decide que su hijito querido, bondadoso e inocente, debe morir. Y no se conforma con que le maten al hijo, no, no. Lo peor es que además debe morir bajo horrendas torturas dignas de Auschwitz. Según parece para que así su querido hijo pueda resucitar y subir a los cielos a vivir eternamente junto a su todopoderoso papá, que como digo, es en realidad un dios primigenio. Y ya de paso que muere el hijo, con su agonía y muerte salva a un numeroso grupo de seres bípedos llamados personas, durante más de dos mil años. Nadie tiene muy claro, en verdad, de qué cosa a esos seres, pero el caso es que las antiguas crónicas escritas por arcanos y sabios lo relatan de esta incierta manera. La gran mayoría de esos seres bípedos resultan ser más malos que un dolor, y se dedican durante toda su existencia a hacer guerras y más guerras, muchísimas veces en nombre de ese padre/dios supuestamente bondadoso y justo, y de su querido hijito al que él mismo mandó torturar hasta morir.

A parte de las grandes y pequeñas matanzas llamadas guerras que gustan mucho de organizar e involucrarse estas criaturas bípedas, están las rutinarias y consabidas maldades a escala cotidiana. Un día, mucho tiempo después de este atroz parricidio, a los salvados por la tortura y muerte del hijo del dios primigenio y justiciero, les dió por inventar un artilugio llamado red social en la cual se lo pasaban dabuten compartiendo, opinando, compartiendo, cotilleando, compartiendo, y autocompadeciéndose de sí mismos, con esas típicas y entrañables frases, ya clásicas, del tipo «hoy voy a limpiar mi cuenta de indeseables.» O bien, «soy tonta/o de lo buena/o y por eso encima me dan de palos. Si es que no espabilo.» O también «Agapito Pinguez me ha hecho esto y me cae mal.» Entonces van a saco los muy rabiosos y justicieros fans del que así se expresa a malmeter contra el pobre de Agapito Pinguez que no les ha hecho nada. Así, a lo bestia a por él, sin darle la más mínima oportunidad de defenderse. Porque pese a todo la actividad favorita de este curioso invento de los bípedos camorristas es «¿a quién hay que despellejar vivo que voy?»

Y es que los bípedos salvados por el hijo crucificado por el padre primigenio, en el fondo no son tampoco demasiado inteligentes en su gran mayoría, a la casa en donde viven todos juntos, el maravilloso planeta Tierra, la machacan y destrozan concienzudamente a sabiendas de que no podrían vivir en otra casa mejor, porque por ahora no existe ninguna otra casa a la que mudarse. Y para desdicha de leones, ballenas, linces, lobos, focas, halcones, atunes, jirafas, osos, gorriones, rinocerontes, zorros, mariposas, abejas, gorilas, les ha tocado en suerte compartir habitat con estas crituritas redimidas con el famoso y trascendental parricidio perpetrado por ese super dios primero y original. Podría ser un relato de Stephen King o Howard Philips Lovecraft, pero es la base de una religión que practican millones y millones de esos seres bípedos llamados personas. Entre esos millones de criaturas, los hay que valen la pena: Álvaro y Toni, mis hijos, Maria Callas, Clara Campoamor, Cecilia, Beethoven, Lorca, Julio Cortázar, Marlon Brando, Frida Kahlo, Luis Cernuda, Marilyn Monroe, Galileo Galilei, Annie Girardot, Modigliani, José, mi abuelo paterno, Alexander Fleming, Vivaldi, Corelli, Francoise Truffaut,Miguel Servet, Silvya Plath, Velázquez, Miguel Ángel, Copérnico, Murillo, el neurocirujano Jorge Herrería Franco, la enfermera Sara, el doctor José Antonio Ruíz Gómez, y Severo Ochoa, Ramón y Cajal, Lorca, Robert Smith, mi muy reducido y selecto grupo de amigose…

Algunos de los mencionados aquí fueron juzgados por el resto de seres bípedos que giran y giran toda su vida alrededor de un punto fijo, pensando, haciendo, creyendo todos en las mismas cosas, sin preguntarse el porqué. Bastantes inocentes fueron ajusticiados, condenados y asesinados, entre ordalías, autos de fe, y demás monstruosas torturas de la Inquisición. ¿Su crimen? Dudar de este historia de horror cósmico del dios/padre primigenio que mandó linchar hasta la muerte a su bondadoso e inocente hijo, para salvar… ¿a quién? ¿de qué?

Ada García.

El treinta.

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-Buenos días. ¿Podría decirme alguien si es aquí la parada del treinta?

-Buenos días, sí es aquí.

-Sí, sí, caballero, aquí para el treinta.

-Gracias, señoras. ¿Y saben ustedes a qué hora pasa?

-Pues no sé; mis hermanas y yo llevamos un buen rato esperando.

-No creo que tarde mucho, caballero.

-Genial. Mientras no venga abarrotado como otras veces…

Pasa un camión, y al pasar levanta polvo de color zapato. Sobre las antenas de los edificios, vuela libre y majestuosamente un avión del tamaño de un mosquito. Torres altísimas con ventanitas y sus millones de ojos, bocas, y brazos dentro, hacen guardia ante las primeros claros de la mañana. Pasa un cartero con correspondencia de gente que huyó hacia el mar huyendo de los pisos nicho, de las selfie con palo, y de las utopías de fin de semana con manta y estufa. Gente que no quería perderse los colores de la mar por nada del mundo: el verde y el blanco de las olas; el azul celeste y gris perla de los veleros; el rojo inglés de los peces redondos; el caoba y ocre suave de las islas lejanas, y el negro carbón de los buques fantasma.

-Parece que tarda…

-No se preocupe usted, caballero. Venir, viene.

-Es que tengo tanta prisa hoy…

-Todo el mundo lleva prisa, hoy y todos los días. Nosotras no. Nosotras nunca tenemos prisa. A nuestra edad es estúpido andar ya con prisas. Yo me entretengo haciendo punto mientras espero. Me cunde muchísimo tejer.

-A mi me gusta medir con este palito la longitud del punto de mi hermana para que no le salga una chufa, ¿sabe usted?

-Mis hermanas siempre tan hacendosas… En fin, que yo prefiero sentarme tranquilamente y esperar sin más.

-Pues que bien.

Se levanta de pronto un viento áspero y charlatán. Murmura al oído palabras que oyó en quién sabe que parte, y quién sabe para qué. Las palabras son pájaros blancos y echan a volar. Algunas palabras-pájaro se estampan contra la cardada melena de una señora y su perro. Entonces la señora recuerda que una vez hace mucho tiempo alguien le dijo: «niña mía, hermosa mía, te quiero desde antes de conocerte. Te quiero desde antes de ser yo mismo. Te quiero, y nada más»

-Parece que va a llover y todo… Perdonen que sea un poco pesado, pero ¿seguro que es aquí la parada del treinta?

-No, hoy no lloverá. Mañana seguro que sí. Ya verá usted. Cuando me chirrían los huesos siempre llueve. Y hoy todavía no me han chirriado. Y sí, hombre, sí. El treinta para aquí.

-Usted no se preocupe, caballero. Habrá algún atasco por ahí. Hermana, ¿cómo llevas tu labor?

-Mira, chica ¡está ya casi terminada!

-Eres una máquina con el punto, hermana.

-Pues si que es verdad. ¿Para qué lo voy a negar?

En la cafetería de enfrente, una pareja discute sobre su boda, y van elevando la voz y los besos. Ella se llama Eurídice y es una belleza morena, con los ojos verdísimos. Quiere casarse desnuda, con su belleza, y con su alma clara, como al agua clara, como vestido. Él se llama Orfeo, y es alto, rubio y algo quejumbroso. Él se casaría con ella, le confiesa a mitad de un beso, hasta vestida . Y aunque nadie lo sepa, ni se vea, están bailando.

-Pero ¿cuándo va a pasar el autobús ese de las narices? ¡Llevo ya más de media hora esperando, joder!

-No pierda la calma, hombre. Pronto lo veremos asomarse por la esquina… ya falta poco.

-Mi labor está casi terminada ya… un par de vueltas, dos del derecho, tres del revés y se acabó.

-¡Mierda de autobús! ¡Apenas tengo tiempo para llegar al trabajo! ¡Mierda de transportes urbanos! Y encima te aconsejan coger el transporte público por la maldita contaminación. ¡Menos mal que mi coche estará arreglado mañana!

-¿Qué apenas tiene usted tiempo? No, le aseguro que usted tiene todo el tiempo del mundo, como decía aquella añeja canción. ¿Verdad, hermanas?

-Verdad. El tiempo, ese tiempo del que usted se queja que tiene poco, es un viejo disfrazado de niño, un niño que juega a ser un viejo.

-El tiempo es un gigante oscuro que hace ver que devora a sus hijos, se los traga enteros y después, como un mago en el circo, ¡alehop! los hace aparecer bajo su chistera.

-El tiempo, ese enemigo suyo que siempre le persigue, tortura y amenaza, es un perro ciego que deambula a tientas por las calles, pero siempre sabe a dónde va.

– El tiempo es una gota de agua cayendo despacio, despacio, sobre una navaja…

– Una cárcel dentro de una reloj de arena…

-Un martillo descomunal…

-Una cafetera quemada…

-Una ventana tapiada…

-Una escalera escondida…

-Un juguete polvoriento…

-La rosa que nace en el balcón de una casa abandonada…

-Un abrigo que perdió alguien mientras corría para coger un taxi…

-El tiempo está en los ojos de la gente que espera en el andén de enfrente.

– El tiempo, un instante, solo un maravilloso instante, es la explosión fugaz y silenciosa de un millón de eones encerrados en lo más profundo de una galaxia.

-¿Lo han visto sus ojos alguna vez? No, claro. Y a nadie le preocupa. Después de todo, ese mismo instante durá tanto tiempo…

-¡Madre mía! ¿Acaso son ustedes tertulianas de un programucho de esos de la tele?

-Usted y su tiempo podrían haber hecho tantas cosas juntos… como buenos amigos, como los mejores amigos del mundo.

-Podría haberle cogido de la mano, como un matrimonio bien avenido, y salir los dos juntos a echarle miguitas a los gorriones, por ejemplo. Echarle miguitas a los gorriones en esas mañanas pardas de frío azul. No hay nadie a esas tempranas horas en el parque, pero usted y el tiempo, su amigo, van paseando sosegadamente mientras sus zapatos hacen ¡cruc! ¡cric! ¡crac! sobre montañas de hojas secas y resbalosas.

-O a comer pipas frente a la playa, sentados en el banco de un paseo marítimo poco transitado, tan a gusto. Pero usted quiso maltratarlo, lo pateó, y él ni se quejaba. Todo lo más un gritito imperceptible, una queja silenciosa.

-Y claro, así muchas veces usted fue dueño sin saberlo de un minuto herido, de una hora magullada, o de un reloj que se detenía, en justa protesta, cuando más lo necesitaba.

-¿Porqué me tocará a mi lidiar con todas las piradas? ¿No tengo ya bastante con mi ex mujer?

-¡Jajaja! Mire, allí está su bus.

-¡Por fin!

-Ya le dijimos que no tardaría…

-Ustedes primero, señoras.

-Suba, suba usted primero, caballero… en este bus vamos todos al mismo lugar.

-Yo voy a la calle de Corrientes, número tres.

-Este bus pasa de largo. Pasará calles y avenidas, pasará ciudades y montañas, y no parará hasta llegar a su destino.

-¿No tenía usted mucha prisa? Pues ale, adentro.

-Pero… ¡yo voy a mi bufete en Corrientes, número tres!

-Ya no. Su tiempo pasó. Las prisas, siempre las prisas.

-¡Déjenme salir, viejas locas! ¡Este autobús no es el treinta! ¡Quiero bajar! ¡Abran la puerta!

-Imposible volver a salir. Pero ahora ya no tiene que preocuparse por si llega tarde o no.

-¿Quiénes son ustedes, malditas viejas dementes?

-Mi nombre es Láquesis, la hilandera. A veces me llaman Nona. Tejo las vidas de las gentes, caballero.

-¡Abran la puerta! ¡Déjenme salir!

-Yo soy Cloto, la que echa la suerte. Algunos me conocen como Décima. Esta es nuestra otra hermana Átropos, o Aisa la inexorable. Es conocida en algunos lugares como Morte. Ella es la más anciana de las tres, la más silenciosa, y jamás olvida sus tijeras.

-También es la que corta el último hilo de mi labor cuando está terminada.

-¡Abran la puerta!

-Y las tres somos Moiras, Nornas o Parcas. Depende del color de sus ojos y el de sus palabras.

-Y de este autobús entienda que nadie ha conseguido volver a apearse nunca. Y como ya he terminado de tejer mi prenda, ¡zas!, Átropos, hermana, ya puedes cortar el hilo…

-¡Abran esa maldita puertaaaaa!

-Buen viaje.

AD.

Más que palabras con… Maite Lorenzo

Albacete Al día. Maite, ¿cuándo descubriste que querías dedicarte al Arte Dramático?

Maite Lorenzo. Descubrí cuando lo importante para mí era el Arte Dramático, la interpretación, te puedo decir que de muy pequeña. Y luego cuando empecé en la escuela, y algunas de las profesoras, que eran monjas, una de las hermanas que era una apasionada de la poesía y el teatro, fue como abrir una ventana hacia un mundo que decías esto es mi casa, esto es mi casa. Si, yo creo que fue ahí, en la primera infancia. Pero seguramente, pasa como a todos, ¿no? que de pequeños si tenemos claro lo que somos, y luego la vida nos va embrollando en otras historias.

P. Cómo actriz, ¿cuales son tus referencias?

R. Bueno, en cuanto a actriz las referencias que tengo son el Estudio 1. Todas las semanas había una obra de teatro maravillosa, en la primera cadena de la tele , solamente había una cadena, porque aquí, a Eibar, el teatro como tal no llegaba, solo llegaba una compañía de varietés y así.

P. ¿Eres actriz un poco gracias a la tele, entonces?

» En la tele de mi generación abrías la tele y veías teatro»

R. Y claro, yo era muy pequeña y tampoco me iban a llevar aver esas cosas. Pero ver a José Bódalo, Inma de Santis, Lola Herrera, Lola Gaos, Sancho Gracia, José María Rodero, Manuel Galiana, es que todos, todos, era maravilloso. Y Calígula, y bueno, muchísimas obras de teatro, que ahora por la memoria me puede fallar, y no quisiera dejarme a nadie. Pero yo creo que Estudio 1 fue los grandes maestros de la generación de mi edad. Yo ahora mismo tengo 60 años, y seguro que mucha gente que me lea, va a sonreír y decir «¡qué razón tiene!» Y nada que ver con la televisión de ahora. Entonces fíjate que teníamos una televisión mucho más culta que la de ahora. Abrías la tele y veías teatro. Maravilloso. A partir de los diecisiete empecé con el teatro para aficionados, por aquí. En Aibar, en Ermua, y tuve la oportunidad de asistir a unas poquitas clases como alumna de Paco Obregón. Un maestro impresionante que venía a Ermua a dar clases de interpretación una vez a la semana. Yo entonces tenía veinte años y era como ver a uno de los grandes de Estudio 1, sin duda. Y luego haciendo teatro; haciendo teatro en grupos de aficionados aprendes mucho. Aprendes cosas que no sabes ni que vas a aprender: carpintería, a coser, yo qué sé. A imaginarte todo desde el principio, a montar los textos, todo tan creativo… Y sobre todo lo que yo he aprendido en este camino, rodearte de personas que, juntos y bien afinados, como una guitarra que está bien afinada, que todas las cuerdas estemos mirando hacia la misma dirección, que es el bien del espectáculo. Y el bien del grupo, que todo sea crecer. Y una vez que llegas a ese punto es una delicia absoluta.

P. Maite. Después de estos dos últimos años tan atípicos, ¿crees que hemos salido mejores tras pandemias y confinamientos?

R. Tema pandemia. ¡Buah, qué complicado! Ha sido tan brutal que si son, a nivel individual, conscientes de lo que hemos vivido.Pero lo que si te puedo decir es que así, a nivel particular, y siendo un poco surrealista, que lo sé. Quitando toda la angustia, todo el miedo por los padres, todo aquello de estar encerrados, el miedo a que se pongan enfermos, ponerles la comida en la puerta… quitando todo aquello, también he descubierto la paz, una paz total, una paz inmensa. Ya te digo que es surrealista, pero es que es mi vivencia. Y también he aprendido una cosa que tampoco la comprendo, pero es como si se me hubieran quitado los miedos. Como si este miedo tan grande de alguna manera, ha conseguido quitarme todos los demás miedos. Creo que me ha hecho más valiente.

P. ¿Qué es para tí hoy por hoy el teatro?

«Hacer teatro es como saltar en un paracaídas que no sabes si se va a abrir o no»

R. ¿Lo que es el teatro para mí? Pues el teatro es la vida. Creo que todo el mundo tendría que tener la oportunidad de hacer teatro, aunque sea una vez. ¿Sabes lo que es ser otra persona? Con otro punto de vista, que tal vez nunca lo quieras, nunca te interese. Pero lo estás viviendo. Te ayuda mucho a tener empatía, también. Y a tener autoestima, te ayuda al compañerismo, a trabajar en equipo… estás desnuda delante de las personas cuando estás en un escenario, aunque estés con un montón de ropa. Pero estás ahí, y te la juegas. Es como saltar con un paracaídas que no sabes si se va a abrir o no.

P. Háblame de de La Red teatro. Del Amor brujo de Manuel de Falla donde formaste parte del plantel de actores, en 2021.

R. La Red teatro, ahora en diciembre vamos a hacer seis años desde que la formamos. La formamos dos personas, somos el núcleo, Juan Macano que es trabaja en Cadena Ser Eibar, es locutor, y yo. La formamos porque queríamos hacer algo. Ya habíamos hecho teatro juntos unos años antes, antes de 2013 cuando se rompió. Y bueno, nos queda pendiente al volver a intentarlo. Y esta vez ha sido fantástico. Como te digo, las cuerdas de la guitarra suenan afinadas, por lo menos en el aspecto humano que es importantísimo. Y ahí comenzamos con La Red teatro, y hemos hecho El Oximorón de la abuela, Los pioneros del chocolate, micro teatros, comedietas que hacemos por los bares, y por hogares del jubilado que nos están dando muchas alegrías, y bastante experiencia porque son actuaciones complicadas; actuamos en la calle, actuamos en cualquier sitio y nos encanta. Y luego hemos hecho Los olivos pálidos, que llevamos ocho funciones y estamos enamoradísimos de esa obra. Ahora estamos montando Vida que estrenaremos, Dios mediante, el dieciséis de diciembre en el anfiteatro de Ermua.

P. Y de tu relación con Lorca, ¿cuándo comenzaste a ser lorquiana?

«Federico está en mi vida porque me lleva al Sur»

R. Federico está en mi vida desde que tengo uso de razón porque me lleva al Sur. me lleva a las tierras de Murcia, de Jumilla, de dónde era mi abuelo y ahí iniciamos una relación muy bonita, muy bonita, muy importante en la distancia. La vida nos separó mucho y el amor nos acercó mucho, y con Federico siempre vuelo hasta el Sur, es como si el Sur entrará en mí. Cuando he investigado, hemos investigado porque hemos trabajado en cosas de Federico, ahora Los Olivos es Federico, y en los recitales está siempre presente, para mi Federico es la libertad, es la pena de lo que pasó, y de alguna manera intento poner mi granito de arena para que su memoria no se pierda nunca. Que no se pierda esa alegría, y esa imaginación tan maravillosa que tenía, y que tiene, porque eso esta escrito y estará siempre. Y es una pequeña manera de hacer homenaje a todas las personas que cayeron en algo que nunca tenía que haber ocurrido. Y que te voy a decir, Federico es puro amor, pura alegría y puro arte.

P. ¿Y El amor brujo, de Manuel de Falla?

R. Fue un proyecto que tenía el director de orquesta Pedro Palacil, que es in director de orquesta ibarrés, y contó con nosotros para hacer los personajes de la gitana, y el gitano, y lo preparamos con muchísimo cariño, con muchísimo amor, y te digo Ada que estar metidos en el escenario dentro de la orquesta como si fuéramos parte de ella, nos daba, al mismo tiempo una impresión, y una emoción increíble. Luego tuvimos la ocasión de conocer a la cantante, Cristina del Barrio, que igual me equivoco y te digo soprano y es mezzosoprano, pero es un encanto.

P. Naciste en Eibar en 1962. ¿Cómo fue la infancia de una niña en la Euskadi de los Años de plomo? ¿Qué recuerdas de aquella época?

R. Yo nací en enero de 1962, el diecinueve de enero, y como te he comentado soy una niña de barrio. Nos hemos criado jugando mucho en el campo, en el monte, entre árboles, entre castaños, jugando mucho. Y eran unos años en los que mi primera infancia el tema político no existía. No tengo ningún recuerdo de nada de eso. Solamente de jugar y ver la tele. Nos apasionaba ver la tele, los Estudio 1, los Hanna Barbera, los Disney… y luego ya en mi adolescencia tuvimos conciencia de muchas cosas. Yo recuerdo mucho el tema antinuclear, que era malo, y ahora ya no estoy segura de nada con todo lo que está pasando en el mundo. Y si que empezó a enrarecerse el ambiente, las manifestaciones..; creo que se juntaron muchas verdades y muchas mentiras, y que hubo mucha gente que sufrió en muchos sitios. Y me da mucha pena. Yo es que soy una persona que me considero intercionalista, no creo en las fronteras. Tampoco creo en las razas, y casi no creo en los géneros. Creo que somos personas que todo el mundo tiene derecho a vivir y a ser felices. Y a la libertad. Y sé y soy consciente de que mi libertad termina donde empieza la del siguiente ser humano que está junto a mí. Aquellos tiempos fueron tiempos que por una parte me pillaron en la juventud, que la juventud es muy bonita, pero sí que había miedo. No sé, eran tiempo difíciles, y que hubo sufrimiento. Que me da mucha pena, y que hubo gente que hizo las cosas muy mal, imagino que por todos los sitios. Y gente que fue mártir y que lo pasó también muy mal. Así que espero que aprendamos y que no vuelva nunca la violencia. Y ojalá que se termine en todo este bendito planeta.

P. Antes de hacer mutis por el foro, Maite dime en dónde podemos verte, qué obras estás haciendo en la actualidad, y qué vas a hacer próximamente.

R. Bueno pues estrenamos Vida, el día dieciséis de diciembre en Eibar. Estamos muy ilusionados, estamos trabajando muchísimo, y como va a ser un estreno estamos con la incógnita de que va a pasar, si va a gustar, si vamos a conseguir trasmitir lo que queremos decir… con todas esas mariposas en el a estómago, y con la cabeza llena de ideas. Y de trabajo por hacer que queda mucho trabajo todavía y poco tiempo. Y luego tenemos Los olivos pálidos que estamos super enamorados de Los olivos, Lo hicimos hace un par de viernes en Soraluce por octava vez, y estamos esperando a ver si se concretan nuevas actuaciones que, bueno los olivos es una maravilla. Además el formato grande llevamos a Enrique El Vaca como guitarra y a Nerea Ariznabarreta pianista en directo que eso es un plus fantástico. Luego estamos Juanma como Federico García Lorca, y yo como Frasquita Alba Sierra, la mujer en la que se inspiró Federico para escribir La casa de Bernarda Alba. Y creo que hemos conseguido una atmósfera muy bonita en Entrevidas que es ahí en donde se reunen los personajes.

Ella es puro teatro. Lo acaba de demostrar sobradamente. Y en la acepción más soleada y grandiosa de la palabra TEATRO. Gracias Maite, un maravilloso placer hablar contigo. ¡Mucha mierda!

(Para quién no lo sepa, le informo de que desear buena suerte en el ambiente teatral,y ante el estreno de una obra, dicen que da mala suerte. Sin embargo decir «mucha mierda» viene de los tiempos en los que el público se desplazaba hasta el teatro a caballo, o en coche de caballos. Si había mucha caca de caballo en la puerta del teatro significaba que el teatro estaba lleno, y que por lo tanto la obra había sido un éxito).

GEORGINA O LOS BUSCADORES DE PÁJAROS

Un trepador azul. Un arrendajo azul. Una corneja de lo negra, azul. Un mirlo negro. Un pinzón con los colores del amanecer, azul, un poquito de blanco, un poquito de negro y naranja rosado. Una avutarda color teja,y pintitas blancas y negras. Un mochuelo jaspeado en negro y blanco. Un vencejo negro, gris y blanco. Una cigüeña blanca. Un águila imperial del color de la madera. Un urogallo, una grajilla, una chocha de agua, un petirrojo, un jilguero… Pájaros verdes, marrones, negros; pájaros pequeños, grandes, enormes; pájaros de nieve o de sol, de llano o de sierra, de huerto o de pantano, de mar o de ciudad. Todas las aves de la Península Ibérica estaban ahí, en el precioso libro que él me mostraba señalando con sus dedos tibios las grandiosas plumas de un halcón peregrino o de un cernícalo común. Estéfano y yo, los dos con los pies sumergidos en las verdosas aguas del Arlanzón, mirábamos al mismo tiempo el magnífico paisaje que nos rodeaba: profundos bosques en donde se arrellanaban el roble, el castaño y el chopo, y picos y cerros esculpidos siglo a siglo entre el agua y el viento. El cierzo, el poderoso cierzo…

Trepador azul. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

-Mira, mira este cómo se zambulle, con lo fría que va el agua…

-Y eso que estamos en verano.

-Sí, Georgina. Y mira sus alas color humo, que ya las querría para sí un arcángel, y mira su pecho blanco. ¿Ves que patas tan largas tiene? Esa es una garza real.

-Estéfano, y ese pajáro que canta ahí arriba, sobre ese árbol ¿qué es?

Y él con su mirada feliz de limón verde y nogal marrón, haciendo fotos a todo lo que pasa por delante de sus ojos, me lo explica…

-Ese pájaro, querida Georgina, es este mismo del libro: un trepador azul. Al trepador lo que más le gusta en esta vida es canturrear a la mañana que nace.

Y yo miraba entusiasmada, ahora al trepador azul, ahora al libro, mientras Estéfano nos hacía fotos a todos, y una niña del grupo iba repartiendo bocatas y Pepsis. Y después seguíamos con nuestro trabajo poniendo anillos a las aves a las que había que ponérselos. A los dos días de estar anillando aves, los demás estudiantes y voluntarios para la anillada fueron subiendo más arriba, hacia el Valle del Mena, dejándonos a Estéfano y a mí solos, que era lo que buscábamos como locos. Y en aquél momento, sin que lo supierámos ni él ni yo, comenzamos a querernos.

-Bésame. No, no, no hables. Bésame sin más, Georgina…

Me decía mientras anillábamos ánades y torcaces aquél agosto, un muchacho burgalés estudiante de Biológicas, y una muchacha italiana de Turín. Yo, decían, era salvaje, pero guapísima, y tan morena; y él, decían, tan alto, esbelto y tan poco hablador. Y nos habíamos conocido allí, en aquellas sierras burgalesas, felices y sonrientes anillando patas de pájaro y cantando canciones de heavy metal. Yo al final del verano volvería a Turín, en donde me esperaba una familia con hilillos aristocráticos, y él seguiría en Burgos con su vida de estudiante abierto al mundo. Eso decían. Por decir…

En nuestros solitarios paseos en busca de esos pájaros que sobrevolaban los campos, bosques y pueblos de Burgos, encontrábamos a veces una aldea abandonada que surgía de nuevo tras haber permanecido muchos años bajo las aguas. Y ahí estaban otra vez sus casas de piedra, con sus misteriosas ventanas, cuadras, y soportales. Y sus caminitos ciegos, y su iglesia medio en ruinas con el campanario apuntando hacía las nubes, todo otra vez calentándose al sol. A veces hasta entramos en uno, y paseamos por esos caminitos en espera de que en cualquier momento los fantasmales habitantes del lugar surguiesen tan vivos y activos como en su mejor época. Exactamente gual que en la leyenda escocesa Brigadoon, en la cual el pueblo y todos sus habitantes sólo aparecen un día cada cien años.

Un pueblo fantasma. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

En tanto agosto iba transcurriendo así, maravillosamente juntos y errantes. Y al final de una noche, tras buscar por los campos al buho real, descubrimos como amarnos sin hacer ruido. Nuestras ropas, un montón de plumas y hojas de castaño, tiradas por el suelo. Al quitarme la blusa él, estornudé y nos pusimos a reír cuando nos quedamos desnudos. Una puerta cerrada, un coche que pasa, una lámpara que se apaga. Un perro que ladra lejos, lejos, al otro lado de la noche; una estrella que alguien ve tras las nubes de color tierra… Y en la oscuridad, en esa profunda oscuridad tuya y mía, me besas y tus besos anidan en mi pelo, y en mis labios. Envueltos en tu manta, miramos un momento el destello del fuego en la chimenea que hace sombras chinescas sobre la alfombra. Tus dedos tan sabios, se van deslizando sobre mi pecho, y ahora entra por la ventana el canto de un grillo, que nos regala una canción mágica y sin sentido.

Y nos damos tanto calor, tanto… porque aunque es agosto, hace frío entre las nubes. Las lechuzas y los grillos ignoran nuestros suspiros. Me besas, y al mismo tiempo entras en dónde yo soy más yo que nada en el mundo. Tus labios avanzan sobre mi vientre.

Al amanecer nos vamos en su coche a la sierra.

-Abrígate bien, allá arriba hace frío, y la niebla te rodea de pronto como un fantasma. Pero ¡qué aires más puros! ¡Ya lo verás, Georgina!

Picos de Urbión. (Imagen propiedad de Luis Ángel Torres Rodríguez)

Cosas que hacer cuando vas en el coche y no eres tu quién conduce. Miras por las ventanillas, claro. O te duermes, ¡qué bien! Pero lo mejor es admirar como esa montaña se va convirtiendo en una casa, con un huerto verde y rojo, y unos niños jugando en la puerta. O cómo las arboledas se transforman en un supermercado que vende vino joven a granel y pan de pueblo. Le digo a Estéfano, que hace fotos a un águila que vuela como una diosa emplumada sobre los nebulosos cerros, que lo mejor es lo que nos pasará en los años que van a venir, que son los recuerdos. Caminamos juntos por los riscos, (dame la mano, Estéfano) atravesamos un puente de piedra cubierto de musgo húmedo y de violetas casi negras. Buscamos avefrías. Buscamos al urogallo. Pero no, no, están pero no se dejan ver. ¿Qué les importamos él y yo? Mientras puedan volar, ¡no hay nada mejor en el mundo!

-Georgina… pasará el verano y me olvidarás.

-No, tonto. Ya lo verás.

-En nada te irás tan lejos que esa distancia será cómo una piedra en mi vida.

-¡Ay qué tontito eres!

-¿Y nuestros recuerdos?

-Ah, sí, los recuerdos. Viviremos el resto de nuestra vida recordando estos días, y maravillándonos por haber compartido risas y caricias, viajes y canciones, aguilucho mío. ¿Nunca te han dicho que los viajes hacen los mejores amigos? Quién comparte un trecho de su vida viajando con alguien mágico y especial, nunca más lo olvidará. Así que pasen cien años.

-¿Crees en el destino?

Me pregunta Estéfano mirándome de pronto muy serio. Y yo le pongo un polluelo de trepador azul entre las manos.

-Toma. Arrópalo. Este es tu destino.

Una lluviosa mañana llena de susurrantes palabras de amor, de esas que parecen tan absurdas a quién las escucha de lejos, levanté el vuelo y partí. A él le costó un poco al principio entender que yo era una de sus amadas golondrinas. Pero tras observar mi vuelo ágil, mis suaves picados y mi canto, comprendió. Y al mismo tiempo que comenzó a comprender, sintió el acelarado pulso de su alma latir acompasadamente y en paz.

Recorrí países calcinados por el sol, un sol cayendo a hierro sobre arenas color café, con diminutas palmeras y niños de ojos como ascuas negras, y moscas perpetuamente zumbado alrededor de la comida. Revoloteé sobre alfombras de hierba seca y larguirucha, en donde hambrientas leonas aguardaban escondidas, igual de inmóviles y silenciosas que la Gran Esfinge, el paso de alguna gacela despistada. Y más tarde volé sobre un río tan enorme, allá en Egipto, que a tramos no se podía contemplar la otra orilla. Un río que venía de recorrer los desiertos más desolados de la Tierra, desde su misterioso nacimiento en las Montañas de la Luna, y que ahora se abría al mar en una explosión de corrientes, de gentíos y barcos, dioses de oro y de barro, y de bulliciosos puestos de frutas o de cachivaches para que los turistas se fueran contentos a su casa.

Golondrina común. (Imagen Freepik)

Y tras un tiempo, volé una tarde otra vez junto a tí. Pero tu ya no comprendías mis palabras de pájaro, de golondrina oscura y viajera. Y te estaba diciendo Estéfano que partía ya hacía otros lugares más cálidos; que llegaba el otoño, y te pedía que nunca te olvidáras de mí. Desde entonces, cada vez que elevas la mirada y te quedas así, contemplando las nubes, sabes que un día, una tarde de estás, volveré. Pero tú ya no lo sabrás, Estéfano.

-Mi manta. Sin tí, sin tu cuerpo, tu risa, tu perfume, mi manta es insoportable, Georgina. La odio.

Entonces ya, al quedarte solo, te fuíste al bar del pueblo y te pediste un café hirviendo casi, con un goterón de brandy. Después te acercaste a la puerta y miraste otra vez para los cielos, los inmensos, rosados, lejanos cielos de la tarde. Yo lo ví todo con mis ojitos de ave que era ya sólo un recuerdo. Alguien se acercó a tí, y buscó mi presencia a tu lado.

-Estéfano, ¿y aquella muchacha que venía siempre contigo?

-Voló.

-¿Voló? Ni que fuera un pájaro…

-(Profundo suspiro).

-Bueno chaval, a lo mejor vuelve en primavera… como las golondrinas.

Ada en las nubes.