EL VAGÓN NÚMERO CINCO.

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(Cuento inspirado vagamente en la película «Pánico en el Transiberiano»).

-Besame otra vez antes de marcharte…Me dijo.

Y nos besamos con ganas y él y yo, aún a sabiendas que ese era el último beso de nuestras vidas. Alli al anocher, en la estación de Atocha, con media humanidad yendo y viniendo, entrando y saliendo de trenes abarrotados, porque era agosto y todo el mundo tenía que ir a alguna parte. Me besó. Su insaciable boca mordisqueaba glotonamente mi garganta, y su cuerpo abrazaba el mío. Yo llevaba la blusa de gasa blanca, la que es completamente transparente, y la falda negra y estrecha hasta las rodillas. Mis tacones negros elevaban mi estatura hasta los hombros de él, de manera que besarnos fuese más más fácil y cercano. Y a sabiendas de qué si, de que era el último beso, su lengua pasó despacio por mis labios, que ahora sabían a él, que es un sabor que no se puede confundir con ningún otro. Un sabor antiguo, un sabor de bosques a los que nadie sabe cómo ir.

En el tren. (Vagón número cinco).

Un señor alto se sienta a mi lado, y su cara seria y enjuta me recuerda a… ¿a quién me recuerda este señor? El caso es que al levantarme para poner mi maleta correctamente sobre la estantería del equipaje, este desconocido señor me roza los muslos con una mano haciendo ver que no ha pasado nada. Es efectivamente el primero en caer. Así que le sigo tranquilamente cuando sale disparado hacía el pasillo, porque le llaman al móvil, y desaparecemos los dos tras la puerta de cristal.

-Un momento, perdone señor…

-¡Hola, monada!

-Usted…

-¿Qué? ¿Qué quieres… ? ¡No… no…! ¡So… socorro…! (¡Ñac! ¡Ñoc! )

Y al final , cuando el tipo ya está en el suelo, seco como hoja de otoño sobre el camino, de pronto se me viene encima una imagen: este tipo alto, con sombrero, traje y corbata…: ¡Se parecía a Christopher Lee!

Ya de nuevo en mi asiento, un empleado muy antipático, clon del actor Telly Savallas, me invita muy maleducadamente a sentarme en el sentido contrario a la marcha, cosa que los auténticos vampiros detestamos. ¡Y eso que estaba vació el asiento contiguo! En tanto, un paisaje violeta, profundamente solitario y oscuro, sin luna, ni estrellas, ni luciérnagas, se asoma a las ventanillas. El amanecer pronto nos diría buenos días. Así que, rápidamente busco al clon de Telly por todo el vagón número cinco, hasta que encuentro por fin en la vacía cafetería al hombre más antipático del viaje. El hombre bebe su café maquinalmente, mientras resuelve un sudoku más dormido que despierto. Nadie se da cuenta de que, lo que se dice en un abrir y cerrar de ojos, de un mordisco silencioso pero certero, hago que el bueno de Telly se desplome hasta el suelo. Sus ojos son blancos y su mirada está rota, y durante el minuto siguiente olvido completamente su existencia. Salgo cautelosamente rumbo a mi vagón, el vagón número cinco, justo en el momento en que llegamos a Santa Justa. Son casi las seis de la mañana y es hora de ir a domir. Mi coche, un Démeter híbrido, me espera a la salida, y pongo rumbo a toda prisa hacia mi mansión en el barrio de Santa Cruz. Sevilla aún duerme en este amanecer tórrido y perezoso.

En mi cripta.

Pero cómo no me puedo dormir, los vampiros dormimos muy poco y muy mal, eso lo sabe cualquier vampirólogo, me pongo a repasar en mi atadúd mis clases de francés. Mientras el último beso que me dió aquel vampiro alto y silencioso en Atocha, todavía sangra como una herida abierta en carne viva que es.

Memorias de un vampiro errante.

Ada.

Llévame a la luna

(Primer relato de RADIO LOVE)

Fly me to the moon
Let me play among the stars
Let me see what spring is like on
A-Jupiter and Mars
In other words, hold my hand
In other words, baby, kiss me

¡Riiiiiiiiiiiinnnnnnnggggg!

-Con todo el trabajo que tengo… nada, Andrés te dejo que llaman a la puerta. ¡Adieu!

-Buenas noches, Julián… no quiero molestar, pero he oído a Frank Sinatra a través de las paredes y no he podido resistirme. ¡Es que me encanta el viejo «ojos azules»!

Allí estaba ella. Anastasia. Con toda su belleza eslava, a la española, en pie de guerra: esos pómulos marcados, esa mirada grande y verde de cervatillo hambriento, esos labios brillantes y rosados, frescos y suaves, apenas abiertos en una traviesa y alegre sonrisa … Y oír esa voz dulce y serena pronunciar mi nombre mientras se balanceaban suavemente sus cabellos de ondas negras, tan a lo vampire, me ponía casi en trance. Anastasia. Con ese nombre tan llamativo, le dije mientras paseábamos por el parque la tarde del día que nos conocimos, con ese nombre bien podrías ser la Gran Duquesa Anastasia Nikolayevna Romanova, la única hija que supuestamente sobrevivió a los fusilamientos de la familia Romanov. O claro está, también la protagonista de la película esa en la que Ingrid Bergman hace de loca que no se sabe, ni sabremos jamás, si era o no era la hija del zar Nicolás II. Oye, ¿no te estará esperando por ahí Yul Brynner? Además tienes mirada de haber nacido más allá del río Mobcka, Anastasia. Y Anastasia se echó a reír, tan pancha y tan hermosa que llameaba.

-¡Qué cosas dices, Julián!

Y pasamos la primera tarde, una tarde de color café, mirando a la gente de Malasaña, bajar y subir, ir y venir; y vimos a los gorriones vagabundear entre las hojas y los papeles que anunciaban las ofertas del supermercado. Y en estas que se pone a llover, como llueve en los países en donde la gente cree que la lluvia no existe más que en la imaginación de los amantes. Caminamos muy cerca el uno del otro por la calle Pez. Aquí está el portal del año 1864 en dónde un hada hace un programa de radio los jueves por la tarde. El piso se llena entonces de gente que habla de todo tipo de asuntos en un batiburrillo de temas de diferente catadura: libros, ovnis, dioses egipcios, piratas, aparecidos, y rockeros. Y más allá el bar La Bruta en cuya puerta hay una pareja de novios jugando con un perro. Y seguimos paseando y ahora se pone a llover, y queremos quedarnos solos ahí, entre la lluvia y los escaparates. ¡Qué todo el mundo se vaya a su casa que la lluvia es nuestra! La ciudad y los nubarrones son solo para Anastasia y para mí. Y así ella, mi vecina de enfrente, me cuenta mientras pisa un charco, que trabaja en la TVE, que lleva dos meses viviendo en ese piso frente a frente del mío, que tiene 32 años, y que, en serio, no es la Gran Duquesa Nicolayevna. Yo la escucho embobado, y voy y piso otro charco. Y le digo que tengo 22 años, que estudio en la Complutense, que no, no tengo novia, y que me gusta muchísimo su voz, sus ojos, su nombre… Y así termina nuestro paseo, con los zapatos empapados,y hartos ya de la lluvia, de las mentiras y de las verdades. De todo eso hace ya dos semanas. Y ahora Anastasia está aquí, en mi puerta, con pinta de haberse bajado hace un minuto de una calabaza encantada tirada por dieciocho ratones encantados. Dime. Cuéntamelo todo. Pero TODO, Anastasia. Por favor.

-¿Julián… ?

Ah, sí. Es verdad. ¡Qué cabeza la mía! Has venido a por el CD de Frank. Espera. Voy al equipo y saco el CD y te lo entrego. Toma, Anastasia, The Very Best of Frank Sinatra. Es para tí. Y tú, que eres salvia y menta, bruja y elfa, diosa y vedette, me das unas «gracias» tan maravillosamente amables que a punto estoy de besarte. Besarte para siempre. Besarte hasta más allá de las doce de la noche, Anastasia. Mira, te cuento, acabo de llegar de trabajar y me has pillado liado con un revuelto en la sartén pequeña. Y te ofrezco una cerveza mientras te invito a cenar. Tu me dices que no.

-No, gracias Julián, que tengo que salir… Mañana tal vez. Buenas noches.

Y te vas, Anastasia. Yo cierro la puerta por donde tu te has ido y, de pronto, una zarpa verdinegra me agarra por las orejas y me empuja a salir tras de tí. Es la garra verdinegra que habita mi casa cuando te vas. La garra que se asoma cuando se cierra la puerta y Anastasia ya no está; cuando su vacío ha dejado el otro lado del mundo con una atmósfera parecida, a la que deben tener los habitantes de Marte. Ahora vuelvo para la cocina con pasos cortos y cansados, y veo en la sartén de hacer revueltos más desolada del mundo, un amasijo de champiñones y jamón algo chamuscados. Y todo porque Anastasia no va a cenar con nosotros esta noche. Y ceno diligentemente mi revuelto algo chamuscado. Y digo para mis adentros «Anastasia», tres o cuatro veces antes de terminar de cenar.

Después. Este después es la hora en que estoy en la cama y quiero dormir. Y por eso tengo la luz apagada y enciendo un cigarrillo en la acartonada oscuridad de mi cuarto. La ventana es una cuadro vivo con una ciudad metálica bailando bajo la luna. Malasaña cruje al otro lado de los cristales, y ahora, por la otra ventana, la que da al patio pequeño, veo a Anastasia a contraluz. La luz de una lamparita color ámbar, que se asoma a la ventana como un centinela luminoso, me muestra a Anastasia en todo su esplendor de mujer de 32 años que trabaja en TVE. O tal vez de una Gran Duquesa rusa. Me abruma la belleza de cuerpo pálido, de su cintura de sirena, y ¡Dios mío, esa línea prácticamente perfecta de su espalda! Me da vergüenza seguir espiando a Anastasia, pero me es imposible dejar de hacerlo. Miro aún más detenidamente, y se ve perfectamente desde mi ventana su ombligo, que nace en el punto exacto en que Venus nació de entre la espuma de mar y las caricias de Eolo. Y veo también el rojo de fresca sandía de sus mejillas que saciaría la sed de un millón de náufragos. Fumo otro cigarrillo. Y luego otro. Y ella se desnuda ante mis ojos que vuelan hasta su cuerpo y la van besando lentamente. Con suaves besos de carne y de agua; de murmullo y de volcán. O con voraces besos de hombre que lleva un día entero sin pan. Mis ojos entran por esas curvas, deliciosas y enloquecedoras curvas, y bajan hasta donde debería estar su ropa, pero no está. Solo su está su piel, y su respiración acompasada y profunda. Y mi boca lejos, muy lejos. Frente a su ventana, que es como decir en Hong Kong. Y llamo a su puerta y me abre. Pienso que no debería abrirme, no. A estas horas… Pero Anastasia, con un camisón blanco y transparente, un camisón que redunda en la mágica desnudez de su dueña, me abre la puerta. Y le digo que hola… perdona, pero… creo que debes saber que desde mi ventana se ve todo. Quiero… quiero decir que…

-Gracias, Julián. Tendré más cuidado…

Y nos quedamos así. Mirándonos. Y ella me invita a pasar. ¿Y yo? Yo paso. Y ahora ya, tú, Anastasia, pones el CD de Frank y pones mis manos en tú cintura, tan suave… tan pequeña. Y esa canción que tanto te gusta, Fly me to the moon, suena ahora en tu equipo. Más tarde lo hará Strangers in the night, y así, en silencio y a media luz, bailamos en la penumbra. Cierras los ojos Anastasia, y beso tus labios entreabiertos que esperan mi boca como agua de mayo. Mientras Frank «Ojos azules» canta su canción, tu camisón desciende hasta el suelo y tu oscura melena cae a plomo sobre mi pecho.

Something in your eyes was so inviting
Something in your smile was so exciting
Something in my heart told me
I must have you

Desnudos como cuando nacimos pones mi mano, que arde, sobre tus caderas, en tanto que tus labios recorren ávidos mi garganta. La noche ya es nuestra, Anastasia. Completa y absolutamente nuestra.

Pasé a la tarde siguiente por la puerta de su casa, al volver del trabajo. La puerta estaba entreabierta y dentro había gente. Cual no sería mi sorpresa cuando ví que no había ni un sólo mueble, ni sus cuadros, ni sus macetas, ni sus maravillosos libros. Tampoco mi CD de Franks Sinatra, ni el equipo de música. Pero si, algunas cajas vacías, un colgador de cortina bastante polvoriento, un somier viejo y desvencijado… y ni rastro de Anastasia.

-Buenas tardes, perdonen, ¿Está Anastasia en casa? ¿Es que se muda?

Los hombres, uno anciano y trajeado y el otro joven y con chándal, me miraron abriendo mucho los ojos un momento, y tras esto, carraspeando el viejo me contestó….

-Aquí no vive nadie desde hace muchos años, chaval. Yo vivía aquí, pero hace muchos años, pero hace tiempo que me mudé a las afueras. ¿Quién eres tú? ¿De qué conocías a Anastasia? Era mi mujer…

– Esta casa lleva vacía desde que yo era pequeño, por lo menos hace quince años. Pero ahora vamos a mudarnos aquí mi novia y yo. Esta casa perteneció a mi abuela. Y sí, se llamaba Anastasia.

Anastasia. Te perdiste hace mucho tiempo en el sutil vaho del tiempo. ¿Qué fuiste para mi? Ahora ya solo un recuerdo. Un maravilloso recuerdo que me vuelve a llevar hasta la luna.

Ada en Dos Hermanas.

Más que palabras con…

ANTONIO MOLINA RAMÍREZ «EL ZURDO»

(Músico de Cucharada, Luis Eduardo Aute, Antonio Flores…)

Antonio Molina haciendo música

Todo comenzó cuando a un niño gaditano de enormes y oscuros ojos, sonrisa tímida, y corazón de poeta-como cantaba Jeanette-, le llevaron desde Cádiz hasta Madrid. Y era allá por la época en la cual andaluces salian a porrillo desde ese extenso territorio situado entre Algeciras y Despeñaperros. Antonio Molina Ramírez, marinero en tierra, como aquél Alberti que soñaba con ver el mar y en sueños se lo llevaba la marejada de vuelta a las playas del Puerto de Santa María, descubrió sus dedos sobre una guitarra y se sintió atrapado por la música como al poeta la poesía, marineros en Madrid. Pero en Madrid no había ni mares, ni orillas, ni playas. Y entonces ¿para qué sirve una ciudad sin mar? Pues para buscar la playa bajo los adoquines. Y creo que sólo la encuentran los artistas, músicos, escritores y poetas, y no bajo los adoquines, si no con sus partituras y sus actividad creativa. Huir del asfalto, de las medianas de las carreteras, de atascos cutres, y de bloques de hormigón tan feos que hiela el alma sólo con mirarlos. Esa era la premisa de aquellos chavales del cinturón sur de Madrid que se enrolaron en una banda de rock para sacudirse el dióxido de carbono -más negro que un blues de John L. Hooker- pegado a los poros del alma. Y Cucharada -como Leño, Coz , Burning, o Moon- echaron guitarras, micros, baterías a la mochila, y carretera y manta, a hacer y tocar su música para aquellos jóvenes que salían lenta pero felizmente de una España polvorienta y anquilosada. A mi personalmente me los fue descubriendo una noche de confinamiento el escritor Javier Arries. Entre aquellas largas noches que daban paso a otro día cerrado y exacto, él buscaba, y encontraba, bendito YouTube, estas bandas míticas y tan buenas que cuesta creer que hayan caído muchas de ellas en el baúl de los recuerdos perdidos.

Manolo Tena, Antonio Molina «El Zurdo», y José Manuel Díez: Cucharada a finales de los 70.

Albacete Aldía. Antonio, ¿cómo fueron tus inicios y dónde? ¿Cómo comenzó todo?

Antonio Molina «El Zurdo». ¿Los comienzos? Pues los comienzos fueron de una forma muy casual, porque ellos, Manolo (Tena) y José (Manuel Díez), que son dos de los miembros originales ya tenían un grupillo hecho. Te hablo de chavales de dieciséis años, ¿no? Actuaban en una parroquia, que en esa época se hacían actividades para los jóvenes y tal. Y yo les ví y nos hicimos amigos, y que tocaban unas canciones que a mi me gustaban. Ellos vivían en Lavapiés y yo en Cuatro Caminos, y bueno, comenzé a ir a su barrio y luego empezamos a ensayar y a hacer cosas. Y así empezó todo. En ese momento el grupo estaba con el nombre en inglés, se llamaba Spoonfull, que es lo mismo que cucharada pero en inglés; es en honor de un blues muy conocido que se tocaba… y así comenzó la cosa. Primero haciendo unas actuaciones así, en sitios pequeñitos. En esa época se tocaba mucho; había mucha afición a la música en directo, y no estaba tan extendido el asunto de las discotecas… la música tenía su sitio, la música en directo me refiero. Manolo dejó el trabajo que tenía, José también, y yo me estaba dedicando cada vez más. A partir de los dicisiete, dieciocho años, ya estábamos actuando por toda España. Salíamos de Madrid a principios de junio y no volvíamos hasta septiembre.

Cucharada hasta en la cama

P. Cuéntame ¿cómo era aquél niño al cual llevaron desde El Puerto de Santa María, en Cádiz, al Madrid de los años sesenta?

R. A ver, ¿qué recuerdo tengo yo de mi mismo de esa época? Pues recuerdo a un niño muy pequeñito que le regalaron una guitarra española, mi tía, la hermana de mi madre, y me pase como dos años, que yo no sabía ni por dónde cogerla. Pero no la dejaba, estaba siempre liado con ella y veía que allí había como un mundo que yo podía descubrir, pero que no sabía por donde andar. Por supuesto yo ni clases, ni nadie me enseñaba ni nada. Hasta tal punto que, eso me lo regalaron en Cádiz; yo nací en Cádiz y pasé parte de mi infancia en Cádiz. Cuando llegué a Madrid en el colegio conocí a un niño que me dijo «¡Jo, yo también toco la gitarra!» Y un día fuímos para su casa y allí se llevaba las manos a la cabeza. decía: «¡pero si estás tocando al revés! Eres zurdo y tocas al revés.» Y claro para mi era natural, y mi amigo me dijo, «bueno, cambiamos las cuerdas.» Y cambiamos las cuerdas, y tuve que empezar de nuevo. Lo mismo que sabía pero al contrario. Y recuerdo esa anécdota que en su momento me chocó mucho, pero que ahora visto con los años me parece muy bonita. Ese es un poco el recuerdo que tengo de mi infancia, una infancia al lado del mar. En Cádiz yo creo que fuí bastante feliz. Mis padres emigraron aquí a Madrid a trabajar. Cuando yo vine pues claro, aquí las cosas eran tan diferentes, que era como que vivía en dos mundos.

P. Un poco entonces como Rafael Alberti, y que es paisano tuyo del mismo Puerto de Santa María, y contaba que cuando le llevaron a Madrid se iba todos los días a la estación de Atocha a ver si podía volverse para Cádiz en uno de aquellos trenes. Y ahí fue germinando Marinero en Tierra.

R. Si, seguramente hay algo de eso. Yo te puedo decir es que cuando escuchaba ciertas canciones me emocionaba. Ya desde muy pequeño se movía en mi interior algo que… y eso ocurría tanto en Cádiz como en Madrid. Pero si es verdad que yo tengo un lazo muy profundo con el mar. Claro, los primeros años marcan mucho.

P. Comenzó vuestra andadura con el grupo Cucharada a mitad de los años setenta, ya que con la nueva década, la de los 80, los tiempos cambiaron drásticamente. La Movida entonces nacida en las entrañas de Madrid hizo ¡chas! y apareció a tu lado con sus grupos pop y sus canciones asequibles para todo tipo de vestuarios. ¿La Movida mató a los rock star, Antonio? ¿Fue la culpable de que tantas bandas como la vuestra echasen el cerrojo?

Cucharada en la actualidad

R. Pues si efectivamente, tienes toda la razón, toda esa vorágine de grupos arrastró un montón de bandas, y cambió, digamos, la moda. Lo que era el rock urbano ya no estaba tan de moda, tan apreciado como en los años anteriores, ¿no? Era una cosa vertiginosa, queríamos cambiar. Esa fue una de las razones. Yo también, en nuestro interior, como grupo, también pienso que hubo otro problema añadido, y es una cosa que ocurre en muchos grupos es cuando alguien se da cuenta, en este caso Manolo Tena, que era el que hacía las letras. Y no mucha música, él realmente no hacía mucha música, no componía casi, pero las letras si. Entonces, además cantaba, de alguna manera era como el líder. Le comenzaron a hacer propuestas y llegó un momento en el que empezó a vislumbrar un camino en solitario. Eso ha ocurrido en muchas bandas en las que el líder quiere hacer sus cosas en solitario. ¿Si hubieramos continuado? Podríamos haberlo hecho perfectamente, ya que hay grupos que se han mantenido muchos años. Pero claro, hay que tener la visión de futuro, y también estar aconsejados. Ten en cuenta que en esa época el negocio de la música era una cosa totalmente sin ningún tipo de ayuda legal ni nada. Era todo como un poco improvisado. Nadie nos aconsejaba, nos guiaba, nos decía «oye tenéis una cosa entre las manos muy buena, cuidarla y tal.» No, no, llegó un momento en el que no; además había que sobrevivir. Cada uno tiraba para el lado que creía que su futuro estaba ahí.

P. Como tu bien dices, Antonio, hacia finales de los setenta hubo un potente a la par que breve, reinado de grupos como Asfalto, Ñu, Burning, Leño o Cucharada. Octubre de 2022. ¿Hay nostalgia hacia aquellos años?

R: Pues no creo que haya mucha nostalgia, por lo menos por parte de los medios, y tampoco del público. Si la gente no tiene esa música la gente se olvida claro. Yo por ejemplo, siempre me acuerdo de un pianista que conocí en Londres, que me contaba que ellos, aunque fueron un grupo así efímero pues tenían su sitio en lo que era la historia de la música inglesa. ¿No? Un grupo llamado Thunderclap Newman. Nostalgia tenemos nosotros los que fuimos partícipes de aquello, y valoramos lo que fue. Y sobretodo lo artesanal que era todo, el impuslo ese tan natural de hacer las cosas con muy pocos medios, y en un mundo de negocios que estaba sujeto con cuatro palitos. Yo ahora cuando pongo la radio o pongo la televisión poquísimas veces escucho grupos de esa época. Y si, como tu dices, hubo grupos muy importantes y muy efímeros. Que le echaron mucho valor, y en una sociedad en la que, oye, había que ser muy valiente para dejar todo, y muchas veces hacer música en contra de la familia, de las opiniones de mucha gente, además era una situación muy contestataria, en la que todos ibamos a ver, desde cómo nos vestíamos, a cómo pensabamos o cómo viviamos, era una cosa muy contestataria. Muy en contra de la sociedad que nos rodeaba. En fin, que ese valor tampoco se pone ahora de manifiesto. Cuando ponen una canción en la televisión o en la radio hablando de la libertad de los homosexuales, o este tipo de cosas siempre ponen a Alaska y los Pegamoides, el ¿A quién le importa? Pero la primera canción que hablaba de que los homosexuales eran tan libres como los demás, era este tema que hicimos Manolo y yo, Peligrosidad social.

P. ¿Quién era el responsable de esas rompedoras puestas en escena que vuestras y que he podido ver en un concierto de Cucharada de 1978?

R. Pues eso nació de la manera más sencilla. Un día teníamos que tocar en me parece que Valladolid, en una discoteca, y digimos «oye vamos a maquillarnos, vamos a dar aquí la bronca; yo me visto así y tu te vistes…» Y gustó mucho, nos lo pasamos muy bien, a la gente le encantó, y así seguimos. Nosotros lo hacíamos en plan un poco comunitario. Nos reuniamos en un bar, el día anterior o un par de días antes y «oye ¿qué canción vamos a hacer?, pues en esta su sales y te disfrazas de no sé qué.»

P. Y fuísteis teloneros de Chuck Berry.

R. Si, no recuerdo que año fue. Fuimos teloneros de Chuck Berry, pero yo en esa concierto no estuve porque pasé unos meses tocando con Luis Eduardo Aute, que me propuso una pequeña gira.

P. Manolo Tena, Enrique Urquijo, Antonio Vega, Antonio Flores, Agustín de la Piedra… Antonio ¿crees que la vida es una lucha de gigantes?

R. Bueno, una cosa que estoy aprendiendo contigo es que eres muy inteligente haciendo preguntas, oséa me tienes asombrao. (Risas) ¡Uf, pues no sé! No sé si es una lucha de gigantes o una lucha gigante. O una lucha de pequeños niños perdidos en mitad de la soledad, ¿no? No sé, no sé por qué irrumpió de esa manera el «caballo» en toda esta generación. Los que nos salvamos de milagro lo podemos contar. Ellos no, pero sí, fueron gigantes, sí. Yo tuve una relación muy intensa con Antonio Flores. Estuve un año y pico con él, y era un tipo extraordinario, generoso, simpático, con una humanidad tremenda, pero claro… igual que Manolo. A Enrique Urquijo no le conocí demasiado…, pero vamos Manolo era amigo íntimo mío desde la infancia casi. Y te puedo decir que cuando el «caballo» entró con toda su fuerza aquello, aquello fue tremendo. ¿Gigantes? Sí, sí, ahora he visto con el tiempo que hicieron cosas tan bonitas y tan grandes, que ¡qué gigantes! Pero desde otro punto de vista, pobrecillos, pobre gente que se han dejado atrapar. No sé por qué. Es un pena. En fin…

P. Antonio, ya para ir poniendo punto final, ¿me cuentas alguna anécdota que recuerdes especialmente, o con mucho cariño?

R. Si, la verdad es que ha sido muy interesante, muy bonito. Me ha gustado esta entrevista. ¿Anécdota? Pues recuerdo con mucho cariño los paseos que nos dábamos Manolo y yo por la Cuesta del Moyano, viendo libros y hablando de la vida, la filosofía de cosas importantes. Dos jóvenes ahí, viendo a ver cómo sobreviviamos, cómo saliamos adelante, con una naturalidad y una cosa… Ahora visto con el tiempo, com mucho cariño, con buen rollo. No sé… luego la vida da dantas vueltas que al final todo se diluye, ¿no? Pero recuerdo sobretodo, los paseos con Manolo por la Cuesta del Moyano hablando de las canciones que ibamos a hacer, los proyectos…

P. Dime ¿qué música sueles escuchar?

R. ¿Qué música escucho yo? Pues escucho un poco de todo, la verdad. Como guitarrista sigo mucho a Jeff Beck, que me parece una persona que ha evolucionado muy bien con los años, cada vez hace cosas y propuestas muy interesantes. Y bueno, escucho un poco en general guitarristas de esa época que me siguen gustando, desde Jimi Hendrix, hasta Alan Holdsworth, por ejemplo. Estoy muy centrado ahora en recuperar canciones que siempre me han gustado, reinterpretandolas, y componiendo nuevas también. Estoy poniendo música a algunos textos, a algunas poesías que Manolo me dejó. Y bueno, tengo tiempo tengo ganas y es lo único que sé hacer. Aunque sea una pequeña cosa nueva y así soy feliz.

A esta poesía, por ejemplo, que Antonio me cuenta que un día hace ya mucho, Manolo Tena escribió en su casa, y que ahora comparte con todos nosotros. Maravillosa generosidad por su parte.

Fue siempre Carnaval, y la noche era el día

y la vida era puesta, y la risa semilla

cuando tu corazón en las nubes vivía.

Y esperabas el sol

donde acaba la lluvia.

Luego la realidad y su huracán

al torbellino.

Y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

Días de perros y gatos esperando el milagro,

aprendiendo a vivir sin edad ni pasado,

y esperando el milagro

los años fueron pasando.

Horas en que el amor te dejaba plantado

cantando una canción desafinando.

Y en la encrucijada del camino elegir el destino,

y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

Y como agua entre las manos

los años fueron pasando.

La leyenda es Cucharada

P. Antonio, si tuvieras que ir a un concierto en los años setenta, en el Delorian de Regreso al futuro por ejemplo, ¿Qué grupo sería el candidato? ¿Sex Pistols, Black Sabbath, Deep Purple o The Who?

R. Pues si tuviera que elegir sería The Who.

P. Antonio gracias por tu amabilidad, y por tu música. Espero que podamos compartir un café en algún lugar de Madrid. Ha sido todo un placer.

R. Te agradezco mucho tu paciencia conmigo, y espero que nos veamos y podamos hablar de muchas más cosas.

Esta entrevista está dedicada al escritor Javier Arries que fue el artífice de que descubriese esas legendarias y atemporales bandas del rock ibérico del final de los años setenta.

Ada.