JINETES DEL ABISMO

Antonio Vega dice en una canción que «me da miedo la enormidad donde nadie oye mi voz», y es que eso es a veces la vida. Y yo digo que sí, que tienes razón Antonio Vega allá dónde quiera que estés. Y espero que estés (y los otros que cayeron, conocidos o no, como tú en esa enormidad donde nadie oía ya vuestras maravillosas voces) tocando el cielo con los dedos, un cielo azul calmoso y limpio. Tampoco estaría mal que por las noches ese mismo cielo se transforme en un concierto atiborrado de gente guapa que toca, pero de verdad, sin postizos, para deleite de los que perdisteis la batalla. Pero los jinetes a los cuales esperaba el abismo con la boca abierta de par en par, se revelaron demasiado frágiles par soñar en un mundo como este en el que les pusieron sin contar con ellos. De sobras sabemos que los oscuros poetas del rock, esos que tocan con el alma entre los dientes y un cubata bien cargado sobre el amplificador de su poderosa Fender Stratocaster, son gente poco fiable para irse de copas con ellos; pero mucho para sacarte del cuerpo una astilla en forma de tristeza que te pincha no sabes dónde, o se transforma en esa sombra renegrida que a veces se sienta frente a ti en la mesa del desayuno. Y tú, que eres muy joven, empero ya famoso, y tocas muy bien, y te lo crees todo, sales al escenario, en las Ventas o en cualquier plaza de pueblo veraniego en fiestas. Sales, digo, con la cara blanca como la pared, y los dedos doloridos de puntear como un condenado un rif con enjundia, bravucón y eterno. Y encima tienes esa voz que recordarán por siglos, hijos, hermanos, novias, tan solitarios y tan callados. Y tocáis vuestra música con esa voz ardientemente viva, pero al ralentí, para comeros el mundo de un solo bocado, aunque el precio sea llevar vuestras jóvenes entrañas llenas ya de pespuntes, de remiendos, de jirones. Y a eso de la hora verde hiel, llega galopando a todo galopar, el caballo maldito. Sólo algunos pobres acurrucados en los brazos de la noche queda oyen ese galopar infernal e imparable: los jinetes del abismo con la coraza de invencibles caballeros del Grial a ras de suelo. El maldito caballo que se llevó por delante a esos jinetes con las claves de sol cerca del sol, y los arrestos apropiados para vivir un día más, solo un día más durante años, y prau. Y ahí se marcharon los jinetes, Antonio Flores, Manolo Tena, Agustín de la Piedra, Nacho Vega y Enrique Urquijo, a lomos de esa montura horrenda de huesos, jeringuillas, y polvo. Los viejos rockeros, los que sobrevivieron a la estampida de semejante caballo, les lloran a ratos, mientras sacan del perchero su chupa de cuero, la del 83, y ponen sus canciones una vez más en el tocadiscos, o se van directamente al Youtube. Y ahí perviven esas letras de desgarrada lírica para acompañarnos lo que que queda del día…

De sol, espiga y deseo
Son sus manos en mi pelo
De nieve, huracán y abismos
El sitio de mi recreo.

(El sitio de mi recreo, de Antonio Vega).

Antonio Vega

Las olas rompen el castillo de arena
La ceremonia de la desolación
Soy un extraño en el paraíso
Soy un juguete de la desilusión
Estoy ardiendo y siento
Frío, frío
Frío, frí
o

(Frío, Manolo Tena para Alarma).

Manolo Tena

Ayúdame y te habré ayudado
Que hoy he soñado en otra vida
En otro mundo, pero a tu lado
.

(Pero a tu lado, Enrique Urquijo para Los Secretos).

Enrique Urquijo

El carmín no es solución
Mi alma sigue gritando
La carne viva cicatrizó
Pero mi herida sigue debajo
.

(Una espina, Antonio Flores).

Antonio Flores

.

Agustín de la Piedra, el último de la derecha, con su banda Pato de goma.

Intenta dominarme no dejo de pensar
Me jira la cabeza sin parar
Corro como un loco
Y quiero salir
Ya no se que hacer
Todo esta al revés.

(Chicos Malos, Pato de goma)

Este artículo está dedicado a todos aquellos que se quedaron por el camino. ¡Va por vosotros Jinetes del abismo! Y a Antonio Molina Ramírez por su inspiradora amistad.

Ada en Dos Hermanas.

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