Allelujah

LA CABEZA DE MEDUSA.

Una tarde.

Le he dicho a mi madre que me deje salir un rato. No le he contado que estoy enamorada de Ricardo, y aunque tenga yo diez años, me faltan dos meses para cumplir 0nce, estoy enamorada y punto. Ricardo tiene tres mas y es tna lato ya comosu padre.

lA MUCHACHA DEL PISO 16. En Brooklyn, una actriz en ciernes rueda una película con una amiga. Pero se cruza en su camino un viaje a África.

O CAMIÑO. Ua historia de lobos en el camino de Santiago

EL HOMBRE LOBO DE SANTIAGO DE COMPOSTELA, segunda parte de O camiño

ALLELUYA. Escritor de éxito con su premio por la vida

EL JUEGO. Una discoteca de hotel de lijo organiza un concurso de misses.

EL PASEO. Una dama de la alta sociedad y su marido un lord, salen a pasear a sus perros una tarde antes de la hora del té.

EL RELOJ DE PÉNDULO DE SIBERIUS MARPLE. un reloj misterioso que mientras que esté parado, el tiempo para su propietario no transcurre. Así pueden pasar años y hasta siglos.

A ORILLAS DEL SENA. Clases de pintura junto al sena

GUITARRAS. En Granada un gitano quiere ser el mejor guitarrista para ligarse a la gitana de sus sueños. Convertido en el mejor guitarrista del mundo, durante un concierto con Mark knopler, Eric Clapton y Brian May, un cxaballero viene a saldar cuentas…

LA CASA AZUL. Una muchacha llama al programa para contar su historia. No es en realidad su historia si no que es la de una amiga que se la oyó contar a una amiga, de una amiga. Pero que ella está, todas ellas están completamente seguras de que la historia ocurrió de verdad. Es la de una mujer que vivía recluida en una casa preciosa que tenía un enorme jardín, con macetas en donde crecían enormes drácenas, y también había una jaula en donde habitaba un guacamayo amarillo, azul, y verde, que respondía al formal nombre de Perico Moreno. En ese jardín habian palmeras de dátiles, plataneras, y hasta un sauce llorón, que lloraba más bien poco, porque en esa clima caluroso, y húmedo no se acostumbraba por más que lo mimaran y cantaran. La casa tenía toda la fachada pintada de azul. Yo veía a la señora entrar y salir de su habitación a la cocina, y después al jardín. Y allí en su espacioso cuarto ella pintaba sus cuadros. Cuadros que habían comenzado a venderse bien en algunos mercados de la ciudad. Muchas señoras venían a ver los cuadros de mi señora, pero al ver aquellos lienzos atibnorrados de sangre, cruces, flores oscuras, niños extraños, corsés, y demás exvotos, salían tan corriendo que apenas le daba tiempo a una a abrirles la cancela del jardín.

Buenas tardes. Espero que esté usted bien. Le escribo con la esperanza de que su respuesta sea una gran ayuda para mi. No le oculto cuan grato me resulta tener una amiga en quien poder confiar, dadas las circunstancias. Muy brevemente le explicaré el porqué de esta carta. Y el porqué de dirigirme a usted, y no a otra persona. Tal vez por las ventajas que nos brinda el anonimato. Sea de ello lo que fuere, allá va, como moneda de oro.

El trofeo.

Conocí a mi marido, el famoso escritor Jaime Siera, durante la presentación de uno de sus primeros libros. Si mal no recuerdo fue aquél en el que hablaba de las misteriosas ruinas de Pompeya, en su serie La Puerta de la Historia. De eso hace ya casi diez años. Él era por entonces un escritor más joven, sin papada, con algo más de pelo, y muy solicitado por diferentes cadenas de televisión como tertuliano, o algo igual de alienígena. Ahora, el hombre con sus buenos cuarenta años, mes arriba o mes abajo, bajito, regordete, miope, aficionado a los zapatos marrones, a los donuts nipones, y a las gafas de ver redondas, estaba ya muy lejos de ser quién fue. Y yo comenzé a hartarme de su estúpido y cruel agocentrismo, de su calvicie, zapatos marrones, y sobretodo, de su relación cada vez más notoria con su trofeo. Efcetivamremte querida amiga Helena, mi marido Jaime Sirera, había ganado el premio Planeta con un libro suyo no el mejor desde luego, pero ya es del dominio público que ; Robert era entonces muy sociable, pero con esa sociabilidad más cercana a la farsa teatrera, que al drama vital nuestro de cada día. Porque Roberto era un pedante con ínfulas que, habiendo ganado el premio Planeta, se paseaba por el mundo trofeo en ristre como don Alonso Quijano el bueno paseaba por La Mancha con su adarga antigua. En efecto querida Helena, Robert Siera iba de boda y llevaba su premio como pareja; si había una tertulia televisiva sobre zuecos suecos, o sobre mermelada de tomate, el aparecía con su trofeo. ¿Qué le invitaban a cenar los amigos? allá que aparecia él con su premio, abrazado, casi en estado de matrimonial afecto. Robert se metía en la cama con su premio Planeta, se iba de copas con él, desayunaba con él, y un día que entré sin llamar, Robert besaba apasionadamente a su premio. Loca de dolor, al ver que mi marido me engañaba con un trofeo con forma de planeta, bastante vulgar todo hay que decirlo, hice las maletas y huí apresuradamente, sin mirar el buzón, ni tirar la basura, a casa de mi madre. Una noche al llegar a casa algo más temprano de lo habitual, después de haberme entregado a los poderosos brazos de mi amante Ludovico Ariandante, un joven promesa de los podcast más rompedores, encontré a mi a Jaime acostado con una mujer que no era yo, evidentemente. Tampoco era una mujer real, si no que alguno de los dioses o poderes sobrenaturales del universo había concedido a m,i ,marido el poder de cpnvretir en carne y hueso a su premio, una especie de chica con la cabeza más grande de lo normal metalica y pasmosamente fría. Comprendí entonces que todo había terminado.

-O él o yo, Jaime ya no lo soporto más.

El, mirandose los zapatos marrones de una forma hechicera, concluyó

-El. ¿Qué duda cabe?

Ni me juzga, ni me riñe cuando dejo el bote de champú abierto, o la toalla mal puesta sobre el toallero, tanmpoco me da un sermón cuando no logro localizar mis calcetines verdes de bolitas, ni ridculiza mi forma de disimular ala calva. No está obsesionado por sus pechos, no necesita ponerse prótesis ortopédicsas en ninguns partede su cuerpo y además jamás enfermará noi morirá. Es oerfecto.

.

  • Ya no.

EL PASEO. Cuento inspirado por REBECa, las películas dr la Hammer, protagonizadas por Christopher lee y Peter Cushing

Le contaré este historia, y si no le da ninguna credibilidad, al menos le habré entretenido un rato. Todo comenzó cuando conocí a Germaine Havishan durante la fiesta de cumpleaños de su prima Isabella, en Yorkshire. Pero yo muchos años antes, cuando Germaine era apenas una niña de ocho años, la acompañé sin que ella lo supiera hasta el colegio en donde la habían internado sus padres, unos aristócratas tan pudientes como insensibles. Ellos que habiendo dado a la vida dos hijos, James y Germaine, preferian vivir en Benarés, Roma o Nueva York, antes que estar un solo día en su casa de londres ejerciendo comopadres amantisimos. James pronto voló igualmente hacia países de desiertos y camellos, y antes de cumplir los veinte años ya había sido ascendido a capitán de lanceros en Egipto. De manera que Germaine quedó completamente sola, a cargo de su tío, sus sirvientes, tutores, y de vez en cuando una abuela sorda, quisquillosa y obsesionada con sus perros. Germaine crercía salvaje, sin educación formal, sabia, aguerrida y bellísima. Por eso tuve a bien perseguirla aquela tarde al salir del colegio rumbo a Londres, escapando del internado. Era la peligrosa y horrible época de Jack el destripador. Yo sabía perefcatmente quien…

Hay que sacar a los perros. ¿Me acompañas, Madaleine? Tengo que hablarte y podremos hacerlo mientras paseamos.

-Vamos pues, Christopher.

El poderoso Lord Cartwright de aspecto lobuno, con esas tupidas cejas, y su inabatible mirada de soberbia altivez, impenetrable como bosque del norte, poniéndose su pesado abrigo de lana de Gales, bufanda y sombrero, sale a la fría tarde llevándose con él a sus dos asalvajados mastines, Ron y Bertus, los cuales van destrozando a dentelladas un inmenso trozo de carne oscura y sangrienta. Yo que no me fío de el lo que se dice nada, deseo quedarme en casa tocando el piano junto al fuego. Pero su mirada dura como la roca más dura, me invitan a no hacerlo.

Caminamos bajo un mortecino cielo azul de un día de octubre que aún siendo temprano, apenas las tres de la tarde, las largas sombras que se proyectan sobre el camino anuncian la rápida ascención de la oscuridad., adentrándose en la gris desolación de los páramos, mientras las nubes amoratadas barruntaban la tormenta que ya resplandecia más allá del horizonte, Christopher y Madaleine, matrimonio de aristocrático nacimiento, pasean en silencio mientras los perros ladran a cualquier cosa que les sale al paso, desde un ánade sobrevolando los árboles, hasta un moscardón rezagado del calor del verano.

-Volvamos pronto, Christopher. Mira esas nubes… y tengo las manos azules por el frío.

Con las botas cada vez más pesadas por el barro, con los cabellos húmedos y las manos azules por el frío, incluso dentro de los guantes, Madaleine camina del brazo de su esposo, el barón, aunque es un abrazo lánguido y distante, y al final termia por soltarse y caminar a su aire, con lo cual iba quedándose cada vez más atrás.

_Así que ese mozo, tu profesor de equitación, ese francés insolente y de una belleza intolerable…

-Te refieres a Richard?

-Si, a ese tipo me refiero

afirmó, volviéndose de golpe, para atravesarme con una dura mirada de reproche.

-Yo le dije a Jamie Hunt, mi nuevo secretario, que el amor es una tremenda patraña. Una demencia tan absurda, dolorosa y lamentable, querida Madaleine, que un hombre bien instruido, adecuadamente educado en el mejor colegio del mundo, un hombre de rancia familia con raíces muy nobles y muy respetables, jamás debería ser víctima de semejante tomadura de pelo. No, vaya que no.

Dijo, como para si mismo, mirando la punta de sus botas, completamente llenas de barro. De pronto, levantó la cabeza, y mirando con momentánea concentración hacia la brumosa lejanía, admitió…

-Yo soy ese hombre del que hablo. Yo soy un hombre perfectamente instruido, educado en Eton y Oxford, con las mejores notas, y soy un brillante político, además. Yo soy ese hombre de rancia y respetable familia, y yo soy esa estúpida víctima del amor. Amor por ti, Madaleine querida esposa mía. Y al sufrir lo indecible, al convertir por culpa de esa enajenación mental llamada absurdamente amor, mi autoestima en humillación, mi dignidad en mofa, mi respeto en degradación, el obligarme a estar inquieto, infeliz, a hacer cosas que solo un borracho haría ebrio de licor, perder sy orgullo. Contraté a un detective para que siguiera tus pasos… ¿Sabes? Y el tipo tuvo la fatal idea de venirme con las pruebas de tu traición. De manera que ahora ese Morgan no sé cuantos duerme en el fondo del mar, con una bala metida en su corazón. Y es que para colmo el viejo detective ex policía, como todos esos que viven de husmear en las vidas ajenas, me quiso chantajear. Si, querida, No pongas esa cara. Ese Morgan me exijía la nada despreciable suma de cien mil libras si no quería que mandase esas fotos tuyas con el francés a esos inmundos tabloides de Londres. No podía permitirmelo, ya que mi carrera en el parlamento va cada vez mejor. Y es que si no fuera por vivir en perpetuo estado de alerta, por tu culpa, por culpa de tu belleza y falta de moralidad, tú, que me mientes, que me engañas constantemente, con ese mozo alto, y bello como la gloria de los cielos, ese casi criado, un pobre tipo cuya juventud y lozania algun dia caerán como cayeron las murallas de jerico, al que metes en tu cama en cuanto desaparezco camino de Londres para cumplir con mis deberes en el parlamento, para poder engrosar cada día más mi patrimono, para que tu vivas envidiada por la mismisma reina de las hadas, Yo que te he amado, y que te amo aún pese a todo, exijo venganza. Y te digo que te amo aún, que mirarte y no besarte es un tremendo ejercicio de voluntad, de disciplina. Que mirarte, caminar a tu lado y alejarme deliberadamente de ti, me supone un dolor y un esfuerzo tan grande que apenas puedo dejar de temblar. Pero todo ha terminado. A un Lord Cartwright de Yorkshire nadie, y vuelvo a repetir, nadie, le toma el pelo.

-Me horrorizan tus confesiones, pero no me sorprenden, Christopher. Y no, no niego ni una sola de las acusaciones. Tú eres el culpable. Tú y tu indiferente compañía día tras día, en estos dos años que dura ya nuestro matrimonio. Tu insoportable crueldad hacia criados, amigos y animales. Tu insistencia en dejarme sola en momentos difíciles, cuando estuve herida dos semanas por culpa de aquella caída del caballo. ¿Recuerdas? Tu monstruoso egoísmo, tu vivir sólo por y para tu trabajo en el parlamento. Tu falta de dulzura, de amabilidad, de afecto… Todos necesitamos sentirnos amados. Y si tu no me dabas lo que necesitaba y te pedía con súplicas silenciosas, aunque nadie se merece suplicar que le amen, lo busqué en otro sitio.

-En los brazos de ese mozo que apesta a caballo y a barro.

-Si. En Richard.

-¡En mi casa y con mis criados enterándose de todo!

Y rabiosamente lanzó una piedra contra sus propios perros, que afortunadamente erró.

-No. Nunca estuvimos en tu castillo, Christopher… lo sabes. Ese secretario tuyo es un intrigante.

-Madaleine, querida mía. Mi esposa amada… tan dulce y bella… Madaleine…

Y acercándose a mi, me empuja con fuerza por el acantilado donde treinta y tantos metros más abajo, brama el mar del norte.

-Adiós para siempre, amada mía… Nunca comprendiste que a un Cartwright jamás se le debe engañar. Y menos con un francés miserable cuyo único mérito es haber sido agraciado con el todopoderoso don de la belleza. Ahora el olvido es lo que queda. En fin, ya es hora de volver a casa a tomar el té. Un poco tarde, pero bah, no importa. Soy tan feliz… ¡Ron! ¡Bert! ¡Hay que volver! ¡Vamos, malditas bestias del demonio!

Caminando rápidamente, esquivando barrizales, y murmurando palabras de auto apoyo, el asesino llega al castillo media hora más tarde. Cínicamente pregunta a sus criados si su esposa ha llegado ya. Feliz y sonriente ordena sin ninguna cortesía que le preparen el té en su gabinete.

-Milady hace casi un cuarto de hora que llegó, señor barón-

le informa Rowland, el viejo mayodormo, acompañado por la señora Dylan, la gobernanta.

Los ojos de Christopher se abren completamente, en una expresión de horror, y de incredulidad.

– ¿Qué sandeces estás diciendo Rowland, viejo loco?

-Señor barón, discúlpeme, pero milady Madaleine llegó empapada y cansada hace algo más de un cuarto de hora, señor. Yo misma ordené que le preparasen el baño, la bata nueva, y la cama, ya que subió directamente a sus habitaciones alegando estar muy cansada.

Se apresura a explicar nerviosamente, pero con digna seguridad la señora Dylan.

Una bonita voz de mujer, la de Madaleine, se oye entonces hablar desde arriba.

-¿Christopher? Oh, cuanto has tardado, querido mío.

Entonces Christopher, los ojos desencajados, la boca abierta en un siniestro rictus de horror, de locura, subiendo lentamente las escaleras hacia la habitación de su esposa, comienza a delirar. Ella acostada en su cama, más hermosa y alegre que nunca, vestida con su camisón balnco más delicado, los cabellos largos y oscuros cubriendo las almohadas de seda, sonríe a su incrédulo y enloquecido esposo.

Tirado en un sillón, la cabeza completamente perdida para siempre, Lord Christopher Cartwight, farfulla una y otra vez.

-La he matado, la he matado, y ahí está más hermosa y espectacular que nunca! La he matado y me sonríe, y me habla, y me esperaba! Yo mismo la empujé por el acantilado.

-Oh, Christopher, no no estás loco, no sufres de alucinaciones. Te lo digo yo. Si, si, ya sabemos que una caída de cuarenta metros hacia un mar rabioso y erizado de afiladas rocas es algo bastante peligroso. Pero mirame, he tardado en llegar lo que Richard ha tardado en traerme. El nos ha seguido todo el paseo. Estuvo a mi lado, abajo en el abismo, cuando tu me golpeaste tirándome de aquella mala manera. Hubiese muerto en el acto, naturalmente. Pero no puedo morir porque Richard hace ya tiempo que me regaló su vida eterna. Hace tiempo.

Tirado en un sillón, la cabeza completamente perdida para siempre, el barón de Cartwight, farfulla una y otra vez.

-La empujé… la empujé… yo… cayó… ella…

-Richard, amor, huyamos pronto de aquí. Este lugar se me hace ya insoportable.

Ella y Richard marcharon a otros lugares lejanos y verdes. Christopher fue encerrado en un asilo durante años. Su compañero de celda, un escritor llamado Oscar Wilde quiso escribir su historia. Más todo pasó como la efímera lluvia del verano.

A orillas del Sena.

Versión asesina de El ansia.

París, otoño de 1977.

(Estefano Bertoni es un pintor de 29 años nacido en Valparaíso, Chile, pero nacionalizado belga en protesta por el asesinato de Víctor Jara. Así que con su creciente éxito profesional, y para poder pagarse una cómoda vida en la capital de Francia, da clases de pintura al óleo a una adolescente de 18 años, Sissy, cuya madre le puso este nombre tras ver una y otra vez las viejas pelis de Romy. Sissy cuenta la historia en primera persona. Estéfano también ha contratado a una modelo bellísima y rubia clon de Catherine Deneuve, que viene de Shigisoara en Rumania. Los martes y jueves por la tarde sobre las cinco, Sissy Tati aparece a dar sus clases de pintura al óleo. Mientras una apática y distante Catherine es pintada por un exultante y enamorado Estéfano. Estéfano padece insomnio y es aficionado al opio para paliar entre otras cosas, el ansia de ver a su país convertido en una monstruosa dictadura militar. Por su parte, Catherine bebe sangre fresca para ser joven toda la vida. En realidad nació en 1870. Sissy sorprende a una terrorífica Catherine o Ozana cuando ya ha dejado seco a Estefano, y sin dudarlo, con un pincel el m,ás grueso a modo de estaca la clava en corazón de la malvada modelo rumana. Te lo dije, mi pequeña Sissy, Catherine era un vampiro. ¿Qué otra cosa se puede ser habiendo nacido en Transilvania?

Estéfano Bertoni luchaba a brazo partido desde su pequeño apartamento a orillas del Sena, contra las pequeñas y grandes batallas que día tras día, le va deparando la vida. Lo cual en su caso personal es meterse desde una hora cualquiera en su estudio a lidiar con pinceles, acuarelas, azul índigo, rojo arenas de Petra, o amarillo sol de Provenza. Fumaba, bebía y salia con una mujer diferente cada mes. Olga, Marta, Nadine, o Marie; rubias, morenas, rojizas, castañas; nunca mayores de treinta y pocos, y jamás por encima de los 55 kilos. Yo le conocí cuando acudí a sus clases de pintura al óleo, y allí estaba Estéfano Bertoni, un joven pintor con un futuro absolutamente prometedor, pintando a Catherine, una rubia modelo rumana que apenas hablaba otro idioma que no fuese el suyo propio de las montañas de los Cárpatos.

-Catherine, querida vampira mía…

-Ah, ¿pero es una vampira?

-Pero mi pequeña Sissy, ¿qué otra cosa podría ser una rubia y bella doncella oriunda de los Cárpatos?

-Una sencilla modelo, supongo. O una panadera. He oído que en Transilvania les gusta mucho hacer pan.

-Sissy, por ese tipo de comentarios debería cobrarte cincuenta francos por clase.

Y mientras nosotros dos hablábamos, la rubia y silenciosa Catherine, que en realidad se llamaba Ozana Ploetka, rebautizada Catherine por Estéfano, se miraba en un espejo de plata encantada y satisfecha al máximo por lo que contemplaban sus ojos. Pero Ozana, o Catherine, no hacía ningún caso cuando el joven y atractivo pintor la llamaba Catherine.

-Catherine, mon ciel, sis vous plait, deja de comer tostadas con mantequilla o tendré que despedirte. No soy Rubens ni Botero. Allez, mon cher, ¿podrías ponerte ese sombrero de copa y pintáte los labios?

-Pardonez moi, je ne compren rian… Estéfano, jajajaja je suiss perdú.

-Sissy podrías quedarte hoy, después de clase. No sé, una hora para aayudar a Catherine

-Catherine? No, no, je suiss Ozana! Je ma pelle Ozana, merde allors

-Estefan, creo que a ella no le gusta nada que la llames Catherine.

-Una diosa rubia de piel de terciopelo y boca de plástico rojo solo puede llamarse Catherine. Mientras yo te pague tu trabajo como modelo a cien francos la hora, créeme cherie, serás Catherine.

Y Ozana o Catherine, la rubia apática que solo se alteraba cuando la llamaban como la bella actriz francesa protagonista de Belle de Jour, encendía un cigarro y con sus larguísimas uñas rojas de arpía nos mandaba un complaciente beso por el aire, mientras la frialdad de su mirada nos dejaba el alma a cuadros. A mi la verdad, esta mujer no me gustaba mucho. Porque a pesar de su irreal belleza tenía un inquietante y siniestro halo de oscuridad que no lograba paliar su melena rubia dorada, ni sus facciones perfectas.

Una tarde, apenas habían dado las cinco en todos los relojes útiles,

era vecina de Antoine Doinel. así que al ver a este chaval correteando bajo la lluvia, con su jersey azul marino, y su cara pequeña y algo triste, y un libro de Balzac en la mano y un cigarrillo en la otra, y como a mi me sobraba mucho, pero mucho amor, ese que mi marido ni me pedía ni necesitaba, que ya tenía él su trofeo, joder, pues corri yo también hacía Antoine en plan travelling, y exploté un abrazo inmenso, inconmensurable como el azul del mar en otros tiempos, en la personita asustada y solitaria de aquél chico.

-¡Allelujah! ¡Se acabó sufrir!

Creo que pensamos él y yo al unísono. Y nos pusimos casi sin darnos cuenta a jugar al fútbol en aquella playa de color gris con salpìcaduras de espuma blanca.

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