AMORES IMPOSIBLES III

LUDWING

Miércoles, 1 de julio de 1812. Viena.

Querido amor: Hoy es un día de sol y golondrinas, y la dorada línea del horizonte reverbera lejos, sobre el manso Danubio. Amado mío, a pesar de esta luz clara y feliz, y el canto gozoso de los pájaros tu no estás cerca y eso me atormenta y me vuelve oscura y huidiza. Me preguntas por mis hijos, que dónde juegan los niños ahora. Que sepas que les he enviado a la sala más cercana a la que tu habitabas con tus palabras y tu piano; si, esa cuyas lámparas de murano y ventanales abiertos a los campos, tanta dicha te producía, y en la cual me besaste una noche con tanta hambre que parte de mi misma es ya parte de ti. Ludwing, ahora ¿dónde estás? Estás lejos y yo también: lejos de la felicidad que un día, no hace mucho, tuvimos a raudales. ¡Oh, mi adorado Ludwing! Te veo sin que estés, en esta sala de mi casa, ahí envuelto en tus notas, en tus sonatas, o en tus sinfonías (esa Séptima me hace volar hasta más allá del último astro conocido),y sin embargo tú, mi alma, mi amor, ¡no puedes oír tanta grandeza propia! Grandeza adecuada a los dioses, observó nuestro querido amigo Schubert.

«Alégrate, sé mi más fiel y único tesoro, mi todo como yo para ti. Lo demás que tenga que ocurrir y deba ocurrir con nosotros, los dioses habrán de enviarlo…»

3 de julio, domingo.

Mi genio de Bonn; con tus cabellos revueltos, tus ojos febriles, tus manos, mágicas y volátiles como aves rumbo al sur. Entonces soy Elisa ya. ¿Lo soy? Ridícula equivocación, no soy Elisa, ni Therese, ni Josephine. Soy yo tu amada inmortal por fin encontrada. Y tú, siempre, siempre, Ludwig. Sobre nosotros se cierne un cielo acuoso del color de las perlas, y una polvareda de hojas secas y flores húmedas recorre los jardines, mientras doradas madejas de nubes flotan sobre las buhardillas de Leipzig. Y al despertar como aquella vez, juntos, entrelazadas nuestras manos, amor, la luz del día levantaba sus palomas y las lanzaba lejos… calles, montañas, glaciares… Más lejos aún de los salones de té, y de está cama sedosa en los cual las notas de tu inmisericorde Novena Sinfonía se fueron transformando en dedos, labios y en ojos que penetraban en mi. Y yo allí, contigo, tocamos juntos tus notas al piano; y como en un juego de amor y risas, hago ver que leo tu mano, como tu gitana querida, y leo en tus pliegues que tu gitana te amará hasta más allá de lo que existe. Más tarde salimos a pasear, y tú con tu extraño aspecto de erudito cascarrabias, cascarrabias que adoro, y yo que me visto con mi mejor vestido, ese que tanto te gustó aquella vez en Viena. ¿Recuerdas? El azul océano y crema de lana fría, y terciopelo, de corte imperio, y mi sombrero azul de terciopelo y plumas de cisne. Y al detenernos un instante para admirar la sombra perfecta de un cisne volando a contraluz, me pusiste un anillo en mi dedo después de besarme y retenerme entre tus labios. Algunos pobres paseantes cuchicheaban sobre nosotros, y sobre tu «oscuro secreto», decían, los infelices. El oscuro y secreto misterio que te rodea, mi querido Ludwing, es el de un músico que necesita estar a solas con su silencio, porque en el silencio están las notas, nace la música, esa amada inmortal, la música que sueña y crea, y que disfrutamos. Pero que él ¡dolor y locura! no puede oír. Su creador sufre y ama entonces, lo hace con pasión, con violencia casi, y crea, como un dios antiguo y todopoderoso. Y ahora, al terminar de leer tu nueva carta recostada en la ventana mientras cae la lluvia azul del verano, tú, tu me llamas Ludwing…

5 de julio.

«Mi ángel, mi todo, mi yo… ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo? ¡Ay Dios! Contempla la hermosa naturaleza y tranquiliza tu ánimo en presencia de lo inevitable. El amor exige todo y con pleno derecho: a mí para contigo y a ti para conmigo. Sólo que olvidas tan fácilmente que yo tengo que vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos ni tú ni yo hubiéramos sentido lo doloroso. Mi viaje fue horrible…»

6 de julio.

Todos los días que recibo carta tuya, querido amor, y al leerla, como una novia en su mañana de boda, entre los preparativos de tu llegada, los nervios y las flores, entre los perfumes del campo, y las tartas y guisos de Odile, la buena cocinera de mamá, mi alma florece como tal novia. Y pienso en tí, amor mío, mi eternamente amado.

«Buenos días, siete de julio. Todavía en la cama se agolpan mis pensamientos acerca de ti, mi amada inmortal; tan pronto jubilosos como tristes, esperando a ver si el destino quiere oírnos. Vivir sólo me es posible, o enteramente contigo, o por completo sin ti. Sí, he resuelto vagar a lo lejos hasta que pueda volar a tus brazos y sentirme en un hogar que sea nuestro, pudiendo enviar mi alma al reino de los espíritus envuelta en ti. Sí, es necesario. Tú estarás de acuerdo conmigo, tanto más conociendo mi fidelidad hacia ti, y que nunca ninguna otra poseerá mi corazón; nunca, nunca…»

Martes, 10 de julio:

Amor, si todas las noches fueran silencio, y solamente pudiese oír el amado eco de tu voz, en la dicha eterna viviría por siempre. Hoy la lluvia no ha dejado de martillear sobre los tejados todo el santo día, y esta mañana, al llegar empapada y sudorosa de mi paseo a caballo, mis dedos atinaron a tocar algunas notas de tu maravillosa Claire de lune. Pero el tercer movimiento, tan lujurioso, tu preferido y por lo tanto el mío, nació demasiado rápido y murió de flojera al poco. Nadie, nadie es tan extremément magnifique al piano como lo eres tú, adorado mío Ludwing. Ansio el momento de poder estar juntos, y al despertar sola en mi cama, incluso antes de abrir los ojos, te anhelo desesperadamente.

«Estáte tranquila. Tan sólo contemplando con tranquilidad nuestra vida alcanzaremos nuestra meta de vivir juntos. Estáte tranquila, quiéreme. Hoy y ayer ¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti… en ti… en ti, mi vida… mi todo! Adiós… ¡quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Eternamente tuyo, enternamente mía, eternamente nuestros.»

Viernes, 1 de agosto.

Querido y eterno amor: Tu última carta, la que me llegó el martes muy temprano, la llevo perpetuamente dentro de mi vestido, junto al corazón. Me la arrancaran probablememte después de morir. Siempre, siempre tuya, incluso desde siglos venideros, desde tiempo inmemorial…

Ludwing van Beethoven, mein Hunger, meine Licht, meine unsterbliche Geliebte…

Ada, Therese, Josephine, y Antoine.

(Elisa).

Ada, en Dos Hermanas.





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