La cabeza de Medusa

(Cuentos para las noches de insomnio)

LUCY

Un frío atardecer de 18…

Al despertar, lo primero que vieron mis ojos fue la potente luz de un millar de velas brillando sobre mi cabeza. Y después, cuando mis ojos lentamente fueron acostumbrándose a aquella orgía de luz, contemplé con creciente curiosidad, a toda esa gente enlutada arremolinada aquí y allá, cerca de mi. Elegantes y apesadumbradas damas cubiertas con velos negros, y cabizbajos y afligidos caballeros sombríamente recogidos en una pena terrible y devastadora, murmurando oraciones, o susurrando tristísimos lamentos.
-¡Qué terrible pérdida, señor! ¡Qué pena, una mujer tan joven y recién casada!
-¡Ay, Dios mío! ¡Qué desolados nos dejas, Lucy querida! ¡Qué desgracia más espantosa!
-Dios se lleva a los buenos…
Y todas esas cosas que se dicen en circunstancias de cuerpo presente.
Pero, pensé, si estoy muerta ¿cómo es que miro, veo, pienso, respiro, y hasta tengo ganas de estornudar? Y estornudé. El denso humo de los cirios me hacía cosquillas en la nariz. Pero todos, ensimismados en su propia pena, y en la solemnidad de aquella atmósfera tan lúgubre, continuaron a lo suyo. Además el pertinaz repiqueteo de la llovizna sobre el tejado, unido al tañido lento y fúnebre de las campanas de la ermita, lo invadía todo. Tampoco repararon en mis ojos, lo suficientemente entreabiertos como para ver lo que quería ver. Pero yo, ahí, metida dentro de mi ataúd forrado de suave seda blanca, con mi vestido más hermoso, (el azul claro de gasa con primororosas gardenias bordadas en hilo de plata y tul), y mis largos y rubios cabellos peinados deliciosamente en rizos y perlas, perfumados por mi doncella Giannina, disfrutaba del momento como una niña ante una función de títeres.

-¡ Ruega por su alma, Señor! ¡Se nos fue! ¡Qué dolor!
-Una joven tan hermosa…. tan amiga de juegos, risas, y de inocentes y joviales bromas…
Murmuraban entre lágrimas y suspiros una y otra vez.

-Lucy, Lucy… ¡no es posible! ¡No, no puedes marcharte! ¡No puedes dejarnos sin ti, dulce y hermosa náyade!

Pero, si estoy muerta ¿cómo es que estornudo y me muevo? Y ¿cómo es que estas gentes en su dolor por mi muerte no me conmueven lo más mínimo? Ah, ahí veo a mi querido Quincy, casi el más alto de todos; y al lado mi abuela, la celestina más activa de Whitby. Y también está ahí ese anciano estrafalario llegado de no sé qué lejano lugar, con ese acento tan divertido. Hum, no recuerdo bien su nombre… ¿ Abraham Van Hestings? ¿Hastings? ¿Hostings? Tal vez. Y ¡oh sí! junto a él están el doctor John Seward y mi marido, ese macho maravilloso con el que las noches y los días se nos iban en un febril y animal deseo, completamente satisfecho, cada día y en cada momento… ¡Qué apuesto! Arthur es tan guapo que, miradlas, incluso en el funeral de su esposa posee un selecto grupo de señoras revoloteando a su alrededor en espera de poder meterse en su lecho, ocupando mi lugar aún caliente. ¡Ja ja ja! ¡Estúpidas lágrimas!


-No creo que la mevrouw Lucy debiera estar aquí, dokter Seward.

-Cuidado, profesor, Arthur le ha oído.


-¡Por el amor de Dios, profesor Van Helsing! ¿No puede respetar nuestro dolor al menos durante el funeral de mi esposa?

Ja, señor Holmwood… no hay mucho tiempo. El día expirará pronto hoy. Mire…

Ese hombre brusco y extranjero indicó a mi marido con su índice hacia el oval, y único, ventanal del panteón, por donde entraba un resplandor azul y desvaído que anunciaba efectivamente el final del día. Y por ese mismo motivo, iba yo poco a poco volviendo jubilosamente a la vida.

-¿Qué extraña enfermedad tenía la señora Holmwood, profesor Van Helsing? He oído que apenas le quedaba sangre en sus venas.

-Vampiros. ¡Oh, no hay mucho más que decir! Ya no, desafortunadamente, señor Morris.

-¿Vampiros? Pero dígame, profesor ¿no fue su dignísimo colega Gerard van Swieten, el que rechazó abiertamente en su informe Vampyrismus, la existencia de estos seres, tachándolos de barbarismo, superstición e ignorancia?

Ja, ja, estimado dokter Seward. Hace ya casi un siglo de ello, y entonces la emperatriz Maria Teresa de Austria, de una forma u otra, quería terminar con esas epidemias de vampiros que asolaban las aldeas de Serbia y Moravia. Van Swieten se equivocó. Lucy es la prueba viva de ello.

Basta, basta ya de cotilleos; basta de habladurías, pensé mientras me incorporaba dentro de mi cómodo ataúd, que no obstante ya me estaba resultando asfixiante. Al hacerlo, al incorporarme allí, enmedio del monumental panteón propiedad de mi familia, con tanta gente y justo al finalizar una oración por mi alma pecadora, hubo gritos desgarrados, desmayos, carreras a toda velocidad para dejar atrás aquella espantosa visión de una muerta resucitada durante su propio funeral. Todos, Quincy, Van Helsing, John Seward, intentaron reducirme con sus cruces, sus pestilentes ajos, y sus ridículos exorcismos. ¡Boberías! Por idiotas entrometidos y, sobretodo, por mi hambre carnívora, perecieron al momento gracias a mi rapidez y fuerza de «no muerta», y a mis mortíferos colmillos. En tanto todo esto ocurría en un instante, mi marido, ese macho alazán, alto cual pared, fuerte y hermoso, me miró con los ojos a punto de salirse de sus órbitas. Pero no huyó. Fue el único que ni se desmayó ni salió corriendo por la puerta presa del pánico. Tampoco quería destruirme, como ese horrible fantoche holandés de Abraham Van Helsing pretendía. Arthur se acercó a mi, labios temblorosos, mano al revólver, la frente empapada en sudor, pero altivo y arrogante como siempre; aunque, de puro terror, la voz no podía salir de sus labios. Mientras me miraba, entre horrorizado y amoroso, Arthur balbuceó:

-Lucy… Lucy, ¿eres tú…? ¿Qué dios o qué demonio te ha devuelto la vida?

-Nunca has creído ni en dioses ni en demonios, Arthur querido. Soy yo, Lucy, tu amada esposa. Y soy lo que soy.

-¡Lucy! Mi amor, mi locura, mi reina… has vuelto… ¡o yo he perdido el juicio!

-No, por cierto, querido mío. Ven… ¿ no quieres venir a mi? Soy tu esposa y tengo frío. Ven, Arthur. Mírame ¿acaso no sigo siendo la mujer más bella que vieron tus ojos, esposo mío?

-Estás aún más bella que antes, amor. Tu hermosura no deja de atraerme con un poder hipnótico…, pero al mismo tiempo que te deseo de esta manera brutal, insoportable hasta más allá del dolor, te temo, y mis cabellos se erizan al verte en ese ataúd.

-¡Oh, Arthur! Ven…

-Lucy, vida de mi vida, voy a ti incluso si con eso me llevas de cabeza al infierno.

Cuando Arthur se acerca a mi, me envuelve entre sus brazos en un halo de susurros de deseo y de amor, de besos desbocados, de apasionadas caricias. Recuerdo su sangre inundando mi boca, mis colmillos afilados y puntigudos entrando en su garganta. Y recuerdo el momento en el cual su pecho dejó de latir.

-Lucy…, amor mío, por fin…

Y al momento, cuando sentí caer pesadamente el poderoso cuerpo de mi marido contra el suelo, ya completamente exánime, el conde Drácula, el ser que me había convertido en lo que era, vino a buscarme. Y así salimos juntos a la noche tibia, a pasear entre las húmedas flores rumbo a la aldea.

Ada, en Dos Hermanas.

Dibujos: Ada.

Fuentes:

Gerard van Swieten, Vampyrismus, 1768

Drácula, de Bram Stoker, 1897.

Vampiros. Bestiario de ultatumba, de Javier Arries. Editorial Zenith, 2007.

Magia Posthuma, blog de Niels K. Petersen.

AMORES IMPOSIBLES III

LUDWING

Miércoles, 1 de julio de 1812. Viena.

Querido amor: Hoy es un día de sol y golondrinas, y la dorada línea del horizonte reverbera lejos, sobre el manso Danubio. Amado mío, a pesar de esta luz clara y feliz, y el canto gozoso de los pájaros tu no estás cerca y eso me atormenta y me vuelve oscura y huidiza. Me preguntas por mis hijos, que dónde juegan los niños ahora. Que sepas que les he enviado a la sala más cercana a la que tu habitabas con tus palabras y tu piano; si, esa cuyas lámparas de murano y ventanales abiertos a los campos, tanta dicha te producía, y en la cual me besaste una noche con tanta hambre que parte de mi misma es ya parte de ti. Ludwing, ahora ¿dónde estás? Estás lejos y yo también: lejos de la felicidad que un día, no hace mucho, tuvimos a raudales. ¡Oh, mi adorado Ludwing! Te veo sin que estés, en esta sala de mi casa, ahí envuelto en tus notas, en tus sonatas, o en tus sinfonías (esa Séptima me hace volar hasta más allá del último astro conocido),y sin embargo tú, mi alma, mi amor, ¡no puedes oír tanta grandeza propia! Grandeza adecuada a los dioses, observó nuestro querido amigo Schubert.

«Alégrate, sé mi más fiel y único tesoro, mi todo como yo para ti. Lo demás que tenga que ocurrir y deba ocurrir con nosotros, los dioses habrán de enviarlo…»

3 de julio, domingo.

Mi genio de Bonn; con tus cabellos revueltos, tus ojos febriles, tus manos, mágicas y volátiles como aves rumbo al sur. Entonces soy Elisa ya. ¿Lo soy? Ridícula equivocación, no soy Elisa, ni Therese, ni Josephine. Soy yo tu amada inmortal por fin encontrada. Y tú, siempre, siempre, Ludwig. Sobre nosotros se cierne un cielo acuoso del color de las perlas, y una polvareda de hojas secas y flores húmedas recorre los jardines, mientras doradas madejas de nubes flotan sobre las buhardillas de Leipzig. Y al despertar como aquella vez, juntos, entrelazadas nuestras manos, amor, la luz del día levantaba sus palomas y las lanzaba lejos… calles, montañas, glaciares… Más lejos aún de los salones de té, y de está cama sedosa en los cual las notas de tu inmisericorde Novena Sinfonía se fueron transformando en dedos, labios y en ojos que penetraban en mi. Y yo allí, contigo, tocamos juntos tus notas al piano; y como en un juego de amor y risas, hago ver que leo tu mano, como tu gitana querida, y leo en tus pliegues que tu gitana te amará hasta más allá de lo que existe. Más tarde salimos a pasear, y tú con tu extraño aspecto de erudito cascarrabias, cascarrabias que adoro, y yo que me visto con mi mejor vestido, ese que tanto te gustó aquella vez en Viena. ¿Recuerdas? El azul océano y crema de lana fría, y terciopelo, de corte imperio, y mi sombrero azul de terciopelo y plumas de cisne. Y al detenernos un instante para admirar la sombra perfecta de un cisne volando a contraluz, me pusiste un anillo en mi dedo después de besarme y retenerme entre tus labios. Algunos pobres paseantes cuchicheaban sobre nosotros, y sobre tu «oscuro secreto», decían, los infelices. El oscuro y secreto misterio que te rodea, mi querido Ludwing, es el de un músico que necesita estar a solas con su silencio, porque en el silencio están las notas, nace la música, esa amada inmortal, la música que sueña y crea, y que disfrutamos. Pero que él ¡dolor y locura! no puede oír. Su creador sufre y ama entonces, lo hace con pasión, con violencia casi, y crea, como un dios antiguo y todopoderoso. Y ahora, al terminar de leer tu nueva carta recostada en la ventana mientras cae la lluvia azul del verano, tú, tu me llamas Ludwing…

5 de julio.

«Mi ángel, mi todo, mi yo… ¿Por qué esa profunda pesadumbre cuando es la necesidad quien habla? ¿Puede consistir nuestro amor en otra cosa que en sacrificios, en exigencias de todo y nada? ¿Puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía y yo enteramente tuyo? ¡Ay Dios! Contempla la hermosa naturaleza y tranquiliza tu ánimo en presencia de lo inevitable. El amor exige todo y con pleno derecho: a mí para contigo y a ti para conmigo. Sólo que olvidas tan fácilmente que yo tengo que vivir para mí y para ti. Si estuviéramos completamente unidos ni tú ni yo hubiéramos sentido lo doloroso. Mi viaje fue horrible…»

6 de julio.

Todos los días que recibo carta tuya, querido amor, y al leerla, como una novia en su mañana de boda, entre los preparativos de tu llegada, los nervios y las flores, entre los perfumes del campo, y las tartas y guisos de Odile, la buena cocinera de mamá, mi alma florece como tal novia. Y pienso en tí, amor mío, mi eternamente amado.

«Buenos días, siete de julio. Todavía en la cama se agolpan mis pensamientos acerca de ti, mi amada inmortal; tan pronto jubilosos como tristes, esperando a ver si el destino quiere oírnos. Vivir sólo me es posible, o enteramente contigo, o por completo sin ti. Sí, he resuelto vagar a lo lejos hasta que pueda volar a tus brazos y sentirme en un hogar que sea nuestro, pudiendo enviar mi alma al reino de los espíritus envuelta en ti. Sí, es necesario. Tú estarás de acuerdo conmigo, tanto más conociendo mi fidelidad hacia ti, y que nunca ninguna otra poseerá mi corazón; nunca, nunca…»

Martes, 10 de julio:

Amor, si todas las noches fueran silencio, y solamente pudiese oír el amado eco de tu voz, en la dicha eterna viviría por siempre. Hoy la lluvia no ha dejado de martillear sobre los tejados todo el santo día, y esta mañana, al llegar empapada y sudorosa de mi paseo a caballo, mis dedos atinaron a tocar algunas notas de tu maravillosa Claire de lune. Pero el tercer movimiento, tan lujurioso, tu preferido y por lo tanto el mío, nació demasiado rápido y murió de flojera al poco. Nadie, nadie es tan extremément magnifique al piano como lo eres tú, adorado mío Ludwing. Ansio el momento de poder estar juntos, y al despertar sola en mi cama, incluso antes de abrir los ojos, te anhelo desesperadamente.

«Estáte tranquila. Tan sólo contemplando con tranquilidad nuestra vida alcanzaremos nuestra meta de vivir juntos. Estáte tranquila, quiéreme. Hoy y ayer ¡cuánto anhelo y cuántas lágrimas pensando en ti… en ti… en ti, mi vida… mi todo! Adiós… ¡quiéreme siempre! No desconfíes jamás del fiel corazón de tu enamorado Ludwig. Eternamente tuyo, enternamente mía, eternamente nuestros.»

Viernes, 1 de agosto.

Querido y eterno amor: Tu última carta, la que me llegó el martes muy temprano, la llevo perpetuamente dentro de mi vestido, junto al corazón. Me la arrancaran probablememte después de morir. Siempre, siempre tuya, incluso desde siglos venideros, desde tiempo inmemorial…

Ludwing van Beethoven, mein Hunger, meine Licht, meine unsterbliche Geliebte…

Ada, Therese, Josephine, y Antoine.

(Elisa).

Ada, en Dos Hermanas.





AMORES IMPOSIBLES I

JULIO.

Julio era un escritor de éxito. Con sus obras Julio había entrado por la puerta grande, bien pudiera ser la de Tannhäuser, en el Olimpo de la Gloria y la Inmortalidad. Porque Julio, mi Julio, escribía palabras que al leerlas y pronunciarlas te arropaban el alma, o te daban una sacudida telúrica, y tu ya esa noche, a las tantas de la madrugada eras ¡zas!, otra persona, tal vez mejor, y seguro que más sabia. Y no tenías ya ni frío ni miedo. Porque Julio de noche, desde ese remoto confín del Olimpo del Arte que está más allá de las famosas puertas de las que decía Roy Batty, el replicante, te hablaba con frases de amor en glíglico, esa lengua mágica, como la Maga, que solo entienden aquellos que se aman mucho y bien:

«Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia».

Así durante años, y siglos, ávidos lectores, jóvenes y viejos, ellas y aquellos, volverían a pensar sus pensamientos, a reír y a llorar con sus historias, como nosotros, los ávidos lectores del siglo XXI hacemos con Mateo Alemán, con Shekaspeare o con Molieré. Por eso, al terminar de leer el libro de Julio, entendí que estaba profundamente enamorada de él. Que su voz, sus palabras, eran ya de lo amadas casi mías. Un día pensé tontamente que necesitaba conocerle mejor, y me puse a buscar un médium en la Guía arborícola de médiums. Pero entonces Julio me habló en sueños:

-No hace falta que ningún médium te lleve hasta mí, querida Ada. Ya que cada vez que abres un libro mío, cada vez que tus labios murmuran apenas una palabra escrita por mí, estoy contigo. Y como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verme como tu querías era necesario empezar por cerrar los ojos.

Y es que Julio Cortázar y yo hacíamos tan buena pareja… que qué importa que él hubiera nacido muchos años antes que mis padres.

Ada, Sevilla.

Imagen: Enfants jouant à la marelle 1948, de Robert Doisneau.

AMORES IMPOSIBLES ll

FEDERICO.

Entrando a mano derecha por una calle sinuosa, calle de cal y de sol, arropada por el azul brillante del Mediterráneo, el viajero entra por primera vez en Cadaqués. El pequeño pueblo geronés se abre, como en un soneto, entre payeses verdes de olivos, y pescadores blancos de espuma. Posee además, desde hace pocos años la mirada de un joven y escuálido Ganímedes al borde del agua, llamado Salvador. Aquí, en este Cadaqués de postal antigua, apareció un día Federico con su traje nuevo y su pinta de señorito de ciudad; con acento andaluz, y su voz de poema y sus dedos de piano. Y asi Federico, hecho a base de miga de pan, luz de luna, y flores de limonero, se miró en los ojos del muchacho catalán que pintaba a su hermana asomada a la ventana del mar, o caracolas marinas escondidas dentro de un reloj que da siempre las cinco de la tarde. Y tras esa nueva y perfecta mirada, se dibujaban mutuamente en sus labios rosas del color de la sangre o de los besos. En tanto, un velero allá lejos, al borde de otro sueño, desplegaba sus velas mientras el capitán, dormido y feliz, despertaba un instante y soñaba con elefantes patilargos y con toreros que no existieron jamás.

El muchacho nacido en Figueres, delgado, moreno, ojos de fuego negro, bebía vino en la bota de su padre y sonreía ante la enamorada mirada de Federico.

«Haces bien en poner banderines de aviso,

en el límite oscuro

que relumbra de noche.

Como pintor no quieres que te ablande

la forma el algodón cambiante

de una nube imprevista.»

Y el Mediterráneo, tras ellos, iba pintando sobre las olas sus cabezas de dioses jóvenes, de dios andaluz y de dios catalán, que jamás podrá destruir ni siquiera el poderoso martillo del Tiempo. Y yo desde el largo y brumoso túnel de los recuerdos, incluso de los recuerdos que nunca fueron, observaba a Federico mientras leía en voz alta acallando con sus versos el rumor implacable de la mar.

«Pero también la rosa del jardín donde vives.

¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!

Tranquila y concentrada como una estatua ciega,

ignorante de esfuerzos soterrados que causa.»

Pero en septiembre, el mes de los adioses lentos y de las airadas uvas, Federico se marchó con su maleta llena de jinetes solitarios, de quejíos gitanos y de dibujos de Salvador. Se fué. Caminó calle abajo hasta la estación y subió al tren mientras su amigo, el joven pintor catalán, le decía adiós con una mano, y con la otra dibujaba con el índice la boca sonriente y hermosa de un joven payés llamado Buñuel. Mientras el tren se alejaba ladraba un perro andaluz junto al andén.

En el tren viajaba una mujer vieja y enlutada, con las manos cuajadas de cicatrices y los labios resecos por una sed de siglos. La mujer, piedra yerma, alacrán expectante, iba sentada al lado de Federico. Eran las cinco de la tarde.

-Buenas tardes, señorito.

-Buenas son, buena mujer.

-¿A dónde va usted señorito?

-A Granada.

-No, no, señorito Federico. Usted no va a Granada, va al barranco de Viznar y desde allí quién sabe. Tal vez hasta la Eternidad. Pero no irá solo. Irán muchos con usted.

-¿Cómo sabe usted mi nombre?

-La muerte conoce el nombre de todos.

Entonces Federico, mi Federico, bajó rápidamente del tren. Y como asegura otro poeta, Leonard Cohen, su hermano canadiense, Federico García Lorca está vivo. Vivo. Huyó a Nueva York, vivió durante años en una casita cerca del Hudson, y dibujó sobre un cuaderno viejo y salado, peces de aire nadando sobre las horas verdes de las gaviotas.

Ada, en Dos Hermanas, 19 agosto..