Volver.

Volver.

Anna María decía siempre, desde pequeña, que cuando se muriese volvería a la vida. Hasta que llegó el día en que se murió. Después de cuatro interminables días de parto, entre grandes dolores y sufrimientos, la joven y bellísima aldeana dio a luz a una niña blanca y suave como un granito de arroz. Y la madre al abrir mucho los ojos, presa de la fiebre y del dolor más angustioso, tras contemplar aquella bebé blanca y suave, como un granito de arroz, dijo como en un suspiro, pero un suspiro tal que todos los allí reunidos pudieron oírlo bien.
—Elettra, hijita mía, no temas nada. Mamá volverá para cuidarte… ¡Volveré!
Y así, y de esta manera tan triste y a la vez tan lírica, Anna Maria Menounos entregó su alma al dios que iluminaba sus días. Tocaban las campanas lentas y pesadamente, rebotando en las recónditas paredes de aquel pueblo azul, y blanco, escondido entre playas negras y riscos cuajados de perfumadas higueras, y olivos de seda. Al poco tiempo, en la casa de los abuelos de Elettra comenzaron a ocurrir cosas extrañas; una noche estando la niña en la cuna, Irina Karlatos, el ama de cría, una vigorosa mujer del pueblo que había tenido mellizos hacía poco tiempo, y sus reservas de leche daban para seis niños más, sintió un extraño zumbido parecido al de las copas de los árboles que de pronto, en medio de una noche de calma comenzasen a cantar su canción de hojas verdes y ramas florecidas. La mujer asustada además por la llama oscilante de la vela del pasillo, que alguien acababa de encender, y, sobretodo, por una sombra que apareció entrando por la puerta, comenzó a dar grandes gritos saliendo en estampida escaleras abajo. La familia a esa última hora de la tarde, se hallaba ya reunida al completo, incluidos los criados Nana y Apostolis. Entonces la abuela Athena, la aún hermosa madre de Anna Maria, cogiendo a la niña en brazos, visiblemente impresionada, preguntó a la pobre mujer que resoplaba como una cafetera a punto de hervir:
—Mujer, ¿qué te pasa? ¿Qué griterío es este?
—¡Ay, madre de Cristo!
¡Acabo de ver a Anna Maria en la puerta del cuarto, señora Menounos!
Y se desmayó.
La reanimaron como pudieron y supieron, con orujo de uva y aire de abanicos de paja. Cuando la pobre señora Karlatos abrió los ojos, fue para volver a cerrarlos otra vez, agarrarse a su crucifijo y rezar, en una retahíla de palabras y suspiros, una antiquísima oración.
—Irina, por favor y por la Virgen María ¡eso es imposible! ¡Tu sabes muy bien que hace ya casi dos meses que nuestra hija está allá arriba al lado de Dios!
—¡Te digo Athena que la he visto! ¡Juro que he visto ahora mismo entrando por la puerta esa que tan bien veis ahí, a Anna María!
Y en ese momento todos, todos, vieron salir del cuarto de la pequeña Elettra la transparente figura de Anna Maria Menouros, la cual, en su último suspiro, había prometido volver a cuidar de su hijita. Y cumplió su promesa. 

ADA.