LUX ET TENEBRAE

(Inspirado en Ariodante de Händel y en Orlando enamorado, de Ludovico Ariosto).

Szeged, Hungría. Al final de las Guerras napoleónicas.

-Lo lamento, señor barón… pero he de volver a mi destacamento. Mañana antes del primer canto del gallo debemos partir hacia Pest.

-Capitán, me sorprende usted. Habrá tenido ocasión de observar la muerte de cerca en infinidad de ocasiones; usted mismo ha sido el artífice de enviar a la parca a visitar a cientos de soldados… ¿Quizá le incomoda este lugar? Un mausoleo tan viejo y polvoriento como este… Si, es normal sentir temor en un lugar tan sobrecogedor.

-Mi valentía está fuera de toda duda, señor. ¿Acaso lo niega usted? Jamás vuelva a cuestionar mi valor, barón de Storizt…

-No es necesario alterarse y levantar la voz, teniendo en cuenta además el lugar donde nos encontramos ¡Por favor, capitán! Si le he ofendido le pido disculpas humildemente.

-Esta lúgubre atmósfera… esa bellísima difunta que aún estremece mi hombría… y que ¡que dios me confunda si no parece que aún está viva! Angelica… ¡Angelica, amor mío!

-¡Capitán Davidovici!

– ¡Ja ja ja! ¡El miedo a perder la cordura es el peor de los miedos!

-Su valor, capitán André Davidovici, del que todos, desde Austerlizt hasta Moscú, hemos oído hablar -mala suerte para la Francia imperial-, es a todas luces abrumador. Le imagino con la cabeza alta, la azul mirada altiva y brillante; le imagino así, con ese arrogante porte ondeando cual bandera, a lomos de su muy querido Ariodante enfrentrarse a esos malditos dragones franceses. Yo, véalo, solo soy un hombre nacido en estas tierras tan proclives a pelear continuamente con sus vecinos. Que si los turcos, que si los magyares, que si los serbios… Y además de esta mala borrasca que nos azota, escuche… si, capitán, lobos. Lobos y tempestad. ¿Quiere perder la vida devorado por los lobos? ¿O partido en dos por un mal rayo? No es una forma muy honrosa de morir para un valiente capitán de húsares. ¿Verdad, André? Siéntese, beba… así… Cálmese usted, si tiene la bondad, y espere siquiera a que amaine la tempestad. Le aseguro que esta cripta lleva en pie soportando las tempestades más espantosas de los últimos trescientos años. Y a «esos» que yacen alrededor nuestro en sus opulentas, aunque ya muy ruinosas tumbas de mármol, no les importa en absoluto que dos fugitivos del mal tiempo se refugien un rato a su lado. Para ellos ya nada tiene importancia…

The Storm in a forest, Thomas Cole.

-Señor Barón de Storizt, mi caballo, ¡pobre Ariodante!, está ahí fuera a riesgo de ser devorado por los lobos precisamente, o de perecer bajo la tormenta. Y yo, yo ya no puedo soportar más la contemplación de ella… así. ¡No! ¡De ninguna manera! Salgo sin más dilación hacia Pest. ¡Adiós!

-¿Su caballo, capitán? Su caballo huyó hace tiempo asustado por el primer rayo; seguramente estará ya en Pest bien atendido por sus hombres. Siéntese y beba. No hay nada mejor que un buen trago de palinka para apaciguar los demonios del desasosiego.

-¡Huido! ¡Dios mío! ¿Qué terrible hechicera urde mi suerte?

-Cálmese, capitán… ¿Acaso ya no le satisface estar en compañía de su amada?

-¡Se ríe usted de mí, señor barón, y por mi fe que no lo voy a permitir…! Mírela, sin embargo… es ella. Es Angelica… y ella… ella murió. ¡Ví su cuerpo caer al Danubio! ¡Ví como la vida escapaba de su cuerpo cuando la saqué del agua! Su corazón dejó de latir entre mis brazos…. ¿Y cómo es posible que su corazón palpite de nuevo? ¡Vea, barón! ¡Vea cómo sube y baja su pecho y como respira con rumor de ángeles!

-Angelica está viva. Ya lo ve usted.

– ¡Basta! Me marcho dudando si estoy loco yo…. ¡o el loco es usted, señor! ¡No, no se atreva a impedirmelo barón, o le aseguro que sabrá lo que es ser atravesado por un sable prusiano!

-Cálmese, capitán Davidovici… hágame caso. Y guarde ese sable. Sí, guárdelo, capitán. Ver a un joven oficial prusiano blandiendo su sable es un todo un espéctaculo pero… no hay tal necesidad. Todavía no.

-¡Digo que está usted loco, barón! ¡Loco o borracho! Como me temo que ya empiezo a estarlo yo… ¡estoy seguro de que la culpa de mi trastorno la tiene esta condenada bebida!

-Nada tiene que ver la respiración de Angelica con el palinka, se lo aseguro.

– ¡Y yo le aseguro que sí, señor! Esa impertinente insistencia suya en que beba… ¿Con qué propósito, barón? ¡Maldita sea! Me hace sufrir alucinaciones y ver vida en donde ya desgraciadamente no la hay. ¡Qué más quisiera yo que ella estuviese viva aún! Angelica… mi vida… mi ensueño. ¿Te vas…? ¿Me dejas aquí, solo y perdido? ¿Tan poco vale mi amor, Angelica?

-No es este momento para lamentarse… Acomódese bajo su capa, sujete bien las riendas de sus nervios, capitán, y escuche… si es que no le incomodan mucho las historias de este cansado y solitario narrador nacido más allá del Moldoveanu…

Corrían azules y líquidos, como agua de arroyo, los días sencillos y jóvenes de nuestra de vida. Libres, hermosos, perfectos. Ella, la sonrisa de Afrodita hecha mujer, era la diosa alrededor de la cual giraba todo los demás: ejércitos, batallas, castillos, tierras, riquezas, deberes, compromisos y obligaciones. Todo se hacía de sal y de agua entre los aterciopelados brazos de mi esposa. ¡Cuán extraño se me hace ya recordar aquellos días! Créame. Ella y yo éramos el sol y la luna, no obstante los más feroces amantes, uña y carne unidos ante cualquier contrariedad. Unidos en la vida y más allá de ella, nuestro amor culminaba en la alborada momento preferido por ella para amarnos como fieras; ella penetrando en mi yo penetrando en ella… Así fue hasta que apareció usted en lontananza, capitán. En el fondo todo lo que existe es vano y efímero, ya lo ve. Yo ocupé un tiempo en la vida de Angelica y después pasó. ¿Que es ley de vida dirá, capitán? ¿Qué no me traicionó usted, capitán? ¿Qué usted amaba a mi esposa más y mejor que yo, capitán? Entiendo. Mi dolor es una herida aún más insoportable que la que cualquier soldado pueda recibir en el campo de batalla. Mi dolor es una bestia terrible que hace de mi, un boyardo de la más gloriosa estirpe, una sombra triste.

-Barón de Storitz…

-Cállese… se lo aconsejo, capitán. Yo sigo amando a mi esposa. ¿Le importa saber que yo aún amo a mi esposa, André? Pese a que ella, malvada amada infiel, se ríe… ahí en su lecho de muerte. Sí, se ríe de todos.

-Apenas… apenas consigo abrir mis ojos… ¡Dios mío! ¡No puedo ponerme en pie…! ¿Qué ha hecho usted de mi, barón?

-Capitán, ¿aún no comprende? Ella y yo, esa dulce y terrible amada mía, amada suya, somos ¿cómo lo diría? Somos revenants... Sí, sí, ya sé. Ya sé que todavía no comprende usted nada, André. Lo único que lamento es que ahora ya no podemos acercarnos ni de lejos a un lugar santo, iglesia, o miserable capilla. ¡Con lo que disfrutábamos mi esposa y yo del elemento artístico!

Carl Gustav Carus, Ruin of a Gothic church in a forest

Si, esos templos de aflicción, contrición, piedad, y conspirativa oratoria. Con sus bellas y desgastadas cruces y tumbas, santos, y madonnas; y esos arcángeles en perpetua guardia, guerreros armados con espada y armadura, invencibles enemigos del mal, tan semejantes a su Dios. Sin embargo, y es difícil de creer, que ese es el mismo Dios que nos obliga a bajar la cabeza ante su venturosa majestad, imposible sustraerse a su poder, pese a todo. Pese a vivir a medias entre la luz y las tinieblas; entre la vida y la muerte. Usted sabe que ella, capitán Davidovici, bueno, que ella ya no es de este mundo. A la vista está. ¿Ve? «Por tu amor, volveré», dijo ella mientras caía al Danubio. Y ha vuelto. ¿Por su amor, André, o por el mío?

-Yo… nada… ¡nada comprendo ya… ! Angelica…

-¿Sollozos?¿Ahora? ¡No, no, capitán! ¡ Por su vida! ¡No hay que despertarla bajo ningún concepto! Ella es ahora un demonio que duerme. ¿Le parece a usted que duerme, capitán? Digamos que sí. Ahora vea, contemple qué belleza; admire una vez más sus larguísimos cabellos de seda oscura, igual a la oscuridad de la noche más profunda. Observe esas manos tan blancas que se diría son de luz pura, tan delicadas, y esas negras y largas uñas de arpía… ¡Ah, amigo mío! Veo como todavía se extasía contemplando que perfecto y maravilloso dibujo forman las azules venas sobre su hermoso e incitante pecho, como se eleva dulcemente un glorioso instante, para después caer en un silencioso y sereno descanso. ¡Qué terrible fuerza es la belleza! ¿No cree, André? Mire ¿ve estos labios tan rojos, casi negros, como respiran apenas perceptiblemente entreabiertos, como una flor de fatal encanto? ¿Y cómo por entre esos apetitosos y negros pétalos afloran malignamente esos dientecillos afilados y mortíferos, capitán? Y al mismo tiempo que desea besar, morder, acariciar ansiosamente estos labios, el apetecible escote, esta larga y suave garganta, o estas caderas dulcemente redondeadas, observo cómo tiembla de terror de pies a cabeza. ¡Un capitán de húsares prusiano como es usted, capitán Davidovici, cuyo arrojo y valor están por encima de toda duda! ¡Ja ja ja! Pero, no, no, capitán, no tema. ¡No, no, confíe en mí se lo ruego! ¡Le aseguro que no corre ningún peligro.! Tranquilícese, amigo mío, sepa que, por mi parte, hace mucho que dejé de beber sangre humana, ya que descubrí que podía alimentarme del aliento y la sangre de mi amada. ¡Ventaja de ser un vampiro tan antiguo casi como las pirámides! Y para Angelica, querido capitán Davidovici, aún es temprano; pese a esta tormentosa oscuridad que nos rodea, apenas llegamos a las cuatro de la tarde. Ella, ese insaciable ser amante de sangre y de tinieblas, todavía tardará un par de horas más en despertar. Y para entonces… para entonces usted formará ya parte de la Historia.

Ada en Madrid y en Dos Hermanas.

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