Lux et Tenebrae

Hubo un tiempo en el cual entrábamos con dócil reverencia, con sumiso recogimiento, y mudo temor, en iglesias y capillas. Sí, mí querido capitán Davidovici, aún era la época en la cual aquél suelo sagrado, aquellas soberbias columnas, tan semejantes a recios árboles, nos resultaban atractivas. Aquellos sobrenaturales espacios de piedra en donde hasta el aire parecía estar sometido a la subyugante magnificencia de sus formas… ¡Qué vidrieras tan fabulosas! ¡Cuánta belleza albergaban aquellos dibujos tan pacientemente trabajados por monjes y artesanos de cuya existencia no sabemos nada! ¡Qué arbotantes, contrafuertes, dinteles, arcos y frescos tan absolutamente oníricos! Y esas ceremonias cristianas, misas de una solemnidad sublime, de las cuales aún participábamos Lilith y yo, no eran otra cosa  que eso que la gente llama fe.

Todo, todo esto hace ya mucho tiempo que paso. Más de lo que usted y yo podríamos recordar. Corrían azules y líquidos, como agua de arroyo, los días sencillos y jóvenes de nuestra anterior forma de vida. Cuán extraño se me hace ya recordarlos, créame. Mírenos monsieur capitán: apenas podemos ella y yo, esa dulce y terrible amada mía, acercarnos ni de lejos a un lugar santo, ni una miserable capilla… ¡Y no digamos una iglesia! Cruces y tumbas sagradas; piadosas imágenes; ángeles divinos, arcángeles de luz temible tan semejantes a su Dios. Sin embargo, y es difícil de creer, que ese es el mismo Dios que nos obliga a bajar la cabeza, imposible sustraerse a su poder, pese a todo. Pese a vivir a medias entre la luz y las tinieblas; entre la vida y la muerte. Usted sabe que ella, capitán Davidovici, bueno, que ella ya no es de este mundo. A la vista está. ¿Ve? Mi amada aún duerme. ¿Le parece a usted que duerme, capitán? Digamos que sí. Ahora vea, contemple qué belleza; admire sus larguísimos cabellos de seda oscura, igual al hermoso paño que cubre el ataúd donde duerme. Observe esas manos tan blancas que se diría son de luz pura… ¡Ah, amigo mío! Veo como se extasía contemplando que perfecto y maravilloso dibujo forman las azules venas sobre su hermoso e incitante pecho, como se eleva dulcemente un glorioso instante, para después caer en un silencioso y sereno descanso. Y estas suaves caderas bien podrían ser de la mismísima Venus. Mire ¿ve estos labios tan rojos, casi negros, como respiran apenas perceptiblemente entreabiertos, como una flor de fatal belleza? ¿Y cómo por entre esos apetitosos y negros pétalos afloran malignamente estos dientecillos afilados y mortíferos, capitán? Y al mismo tiempo que desea ansiosamente estos labios y este pecho, y esta larga y suave garganta, o estas caderas dulcemente redondeadas, observo cómo tiembla de terror de pies a cabeza. ¡Un capitán de húsares prusianos como es usted, capitán Davidovici, cuyo arrojo y valor están por encima de toda duda! Pero, no, capitán, no tema. ¡No, no, confíe en mí por favor! ¡Le aseguro que no corre ningún peligro! Tranquilícese, amigo mío, y beba. Un buen trago de palinka siempre ayuda… Sepa que, por mi parte, hace mucho que dejé de beber sangre humana, ya que descubrí que podía alimentarme del aliento y la sangre de mi amada. ¡Ventaja de ser un vampiro tan antiguo casi como las pirámides! Y para Lilith mí querido capitán Davidovici aún es temprano, apenas las seis de la tarde de un mes de junio intolerablemente luminoso. Ella, ese insaciable demonio amante de las tinieblas, todavía tardará un par de horas más en despertar. Y para entonces… para entonces usted y yo formaremos parte de la Historia.

AD.

Junio, 2022.

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