EL PASEO

Ravenat, retornados, no idos, vurdalaks, upiros, vampiros.

Fui al colegio desde 1876 hasta 1880. Mi padre desde la India mandaba en mi vida, gobernaba sobre cada una de las vidas de los que vivíamos a su sombra en aquél pedrusco enorme con más de doscientos años de historia entre sus ladrillos y sus piedras desgastadas y negruzcas.

Fantasías animadas de ayer y hoy presenta

Me gustaba mucho pasear en mi bic al borde de aquellas largas tardes de abril, llegaba hasta los bosques que lindaban con las afueras de la ciudad y me sumergía entre las lentas olas que traía ya la noche. Mi madre allí en casa de mis abuelos refunfuñaba en tanto por esto o por lo otro. Yo no quería ser así, pero la rebeldía me era tan necesaria para existir como el agua para los peces. Cuando mi madre decidío mudarse y llevarnos una temporada como aquellos niños pálidos y silenciosos

LA HORA DE LOS NIÑOS

¿Quién no ha trabajado alguna vez en su vida, en plena adolescencia, como canguro para ganarse un dinero? Yo lo hice y creedme, desde entonces mi vida no ha sido la misma.

Todo comenzó cuando la señora Melita, la vecina de enfrente de mi casa, vino una mañana de abril a decirle a mi madre de que su amiga Luisa necesitaba una muchacha el jueves santo por la noche para quedarse con sus hijos, ya que ella tenía previsto salir con su marido a ver los pasos de la madruga.

El jueves santo por la tarde a eso de las seis, llamé a la puerta de la señora Luisa la amiga necesitada de canguro, de mi vecina Melita. Me abrió la puerta de la enorme casa una chica gordita, rubia y parlanchina que me dcía nerviosamente que por nada del mundo se me ocurriese hace rruido porque los niños eran muy nerviosos, gamberros y tenían mal dormir. De manera que me puse a ver una película, Le mepris, y alli estaba Brigitte Bardot intentado parecerse a Ana Karina, el amor fou de Jean Luc Godard. De pronto sentí una mano fría y viscosa posarse sobre mi hombro.

-Hola, ¿quién eres? Tengo sed ¿dónde están mis padres?

Me volví con los pelos erizados por aquél contacto intempestivo y gélido, y al hecerlo me encuentro con una niña de unos siete u ocho años, palidisima, de melena oscura y ojos oscuros. Me sonreía mostrando unos dientecillos afilados que brillaban maliciosamente en la penumbra del salón

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