EIRE, LA REINA DEL VIENTO

Yo me someteré al Amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas.

(Ovidio, El arte de Amar)

No había pasado ni un sólo día desde que la oruga verde había nacido bajo una hermosa hoja de hierbabuena, y ya se preparaba para dormir un dulce y espeso sueño invernal. La pequeña criatura, apenas una gota de verdor más sobre las hojas, renacería, tras ese sueño, convertida espectacular mariposa y pasaría todo el verano revoloteando feliz sobre las flores, dejando muy atrás sus recuerdos como goterón de verdor sobre las hojas. Hadas y mariposas tienen ese nacimiento en común, de ser una oruga peluda y poco vistosa,tras un largo sueño, pasan a convertirse en esas maravillosas y aladas criaturas con las que confraternizan ninfas y sirenas dentro del agua. No hacía ni tan siquiera una sola noche en la cual, un colérico anciano llamado invierno, había comenzado a bajar desde las lejanas montañas del Norte para acampar, como todos los años, en sus dominios. Y traía con él los terribles guerreros Viento del Norte, Oscuridad y Hielo, y a sus pálidas esposas Ventisca, Nieve y Escarcha. Es la hora, es ya la hora. Susurraban las marmotas antes de meter la cabeza en su madriguera, intranquilas porque sabían muy bien que el anciano colérico volvía de nuevo a esos bosques. Violeta era entonces la luz, y doradas las delgadas nubes al atardecer. Y a esa hora de bruma y silencio, muy pocos sabían en verdad que diminutas hadas de ojos verdosos y lindas manos, de largos cabellos y transparentes alas de libélula, volaban sobre los primeros bordados de escarcha, dejándose llevar por los imperceptibles dedos del viento. A esa hora, en fin, justo un instante antes de la salida del sol, en la cual los árboles se trasforman en brujas de mirada de lagarto, las hadas traviesas y propensas a los caprichos, crecían hasta tomar la estatura de una mujer humana, para que pudiesen amar a quién ellas quisiesen. Porque las hadas son tan pequeñas que dentro de su pecho solo pueden albergar un sentimiento, pero tan grandioso como el cosmos entero. Y en tanto las hadas aman y bailan en la gélida penumbra del crepúsculo, una lechuza esponja sus alas sobre la rama de una encina centenaria, ulula observando con sus enormes ojos amarillos, como un rayo de la Luna que ya casi desaparece, se ha quedado enredado entre las aguas del río. Un poco más abajo una culebra serpentea tras un conejo blanco con ojos de rubí. Le persigue durante un trecho, pero al final se conforma con una rana que estaba cantando su canción de amor entre las piedras. El viento levanta la hojarasca en inquietantes murmullos. Y entonces, como si de blancos pétalos de hielo se tratase, comienza a nevar en el bosque. Cuando el sol está escondiéndose ya tras las montañas, los crujientes escarabajos, las mariposas de terciopelo, las frágiles libélulas de organdí, corren precipitadamente a ocultarse bajo misteriosos refugios, donde ningún mal les pueda sobrevenir. El Mal es la oscuridad donde acechan gatos gigantes, y pájaros carnívoros. A esta hora andan ya por entre las frondas y los helechos, resbalando por el chorreante musgo, los pequeños habitantes nocturnos del lugar, ratones de color piedra que beben agua de las estrellas, sapos hechizados que tal vez algún día vuelvan a ser quienes fueron, y una corte de ciempiés enemistados para siempre con las arañas. Los gélidos dedos del viento se introducen por entre las ramas produciendo un crepitar seco y misterioso, poniendo en fuga a una feliz familia de musarañas entretenida en mordisquear una manzana. A través de la arboleda en sombras relumbra el río, como un filamento de diamantes sobre el que nadan algunos patos salvajes, y un altivo cisne, con la cabeza metida dentro del agua, saca su cena a picotazos.

Ya es completamente de noche, cuando por entre las peñas baja al galope la princesa britana Eire, una centella de bellísima piel tan blanca que se diría fosforescente; los brillantes y largos cabellos derramándose por encima de la silla de montar, los bellos párpados ensombrecidos, no obstante, por la desesperación y el miedo. El cansancio y el frío además, paralizan su aliento. No así sus manos que aguantan férreamente las riendas sin aflojar ni un sólo instante. El vestido de gasa blanca se va ajando conforme la reina avanza penetrando más en el bosque, y entre la gasa echa jirones, afloran sus hermoso y esbelto cuerpo, mientras que del intenso frío se resguarda gracias a una rica capa de terciopelo rojo vino que el general romano, su amante, le regaló. Al cuello su torque de oro, sujeta delicadamente una finamente labrada fíbula de jade y esmeraldas; al cinturón, su rica espada; al viento, sus brillantes cabellos rojos y sedosos. Entre los dedos, el duro látigo. Las zarzas, las ramas de los árboles, las hirientes enredaderas, van quedándose con trozos de sus ropajes. Su caballo, el marcial Lyr, ébano y agua, viento y llama, resuella sin aliento, el vapor humea entre sus belfos.

Iris, autumm Dame, 1886, John Atkinsom Grimshaw

Desde la lejanía retumban los gritos de los guerreros, el trueno de la batalla que pronto va a comenzar. Hogueras difusas allá donde el campamento romano sucumben bajo los primeros copos de nieve. Las invencibles cohortes del general Dacio Cornelio Licinio, se preparan para acometer a los furiosos guerreros trinobantes, brigantes, icenos, apostados al otro lado del río. Estos últimos vienen en busca de la princesa icena, la impulsiva y bella Eire, que se haya secuestrada por los romanos, y no la liberarán hasta que obligue a todas las tribus britanas a someterse a Roma. Sin embargo, Eire ya ha huido, y un grupo de soldados han sido movilizados para capturarla. Frío, frío y hielo bajo los cascos de su caballo, mientras una jauría de lobos corren sin tregua tras ella azuzados por un hambre inaudita. Jaurías famélicas de ojos sin luz y dientes de piedra, casi destrozadas por la infernal carrera, acosan al incansable caballo, consiguiendo morderle las patas, un jirón del vestido de ella, unos pies descalzos que sobresalen entre la capa. Pero ella estalla el látigo con una fuerza y dominio sobrenaturales -sacados a la fuerza de la desesperación y el miedo-, y unos aullidos hirientes, insoportables, retumban por todo el bosque.

Corred, corred, la vida os va en ello señora, y a la muerte se le ha de plantar cara con gallardía. Corred, sin volver ya nunca la mirada atrás; corred entre las peñas y los perros, huid de aquí ¡oh, señora! correr con el viento. Eire, la princesa, cuya tribu, los icenos, y su legendaria reina Boudicea, tía de Eire, luchan encarnizadamente contra las invencibles legiones romanas enviados por el emperador Claudio para conquistar Britania. Es una escapada desesperada de los soldados del campamento de la montaña, que ya están rodeando los flancos del río y hostigando a los suyos, mucho más numerosos, sí, pero bastante más rebeldes, indisciplinados e individualistas. Y entonces le darán caza, como se da caza a una leona. Como se da caza a un guerrero que jamás bajará la guardia, sino para morir.

Meses atrás bajaba algunas tardes desde el campamento —castrum— hasta la pequeña playa encerrada entre farallones de granito siempre vigilada por un pequeño grupo de centuriones, y de una vieja ama icena, que no oía ni su propia voz. La princesa, resplandeciente en su belleza pero obstinada en un orgulloso silencio, se entretenía en dibujar sobre la arena, a pesar de las largas cadenas que amarraban sus manos, serpientes y caballos, dragones y extraños símbolos celtas, mientras sus admirables cabellos flotaban al viento de la mar. Dibujaba, enterrando los dedos en la arena húmeda y marrón, lunas y peces, ojos con largas pestañas, labios con forma de flor, flores que no existen, y eso sin dejar de pensar ni un instante, en como escapar de aquellos invasores. Siempre tratando de hostigarles incluso en cautividad. Ella creía en sus dioses que presentía observándola entre las nubes, entre los árboles y las ramas de espinos. Y sobretodo, cuando bajaba hasta la playa. Cuando la reina bajaba a la mar a bañarse, desnuda y feliz, sus cantos retumbaban frágilmente de piedra en piedra, mientras las ninfas, desnudas como ella, bailaban sobre las olas, envueltas entre la espuma y las algas de gasa verdosa y fría. Una oscura tarde de olas grandes como navíos, ella vio aparecer tras los escollos al grupo de soldados que la llevaba de vuelta al campamento, pero descubrió entre ellos a un hombre extraño que jamás había visto antes. Aquellos eran centuriones curtidos en mil batallas, incluso algunos habían formado parte de los elitistas pretorianos de Nerón, hombres violentos y terribles, hechos a la soledad, apaciguados sólo gracias a la implacable disciplina que imponía con brazo de hierro, su general el tribuno Dacio Cornelio Licinio, y venían directamente del infierno. Un infierno sobre las flamígeras arenas de Egipto, frente a las colosales tumbas de los faraones, y habían clavado la orgullosa águila de Claudio por todo el norte de África. Ahora el general Dacio Cornelio sustituía a Marco Lineo como procónsul de los asentamientos en los territorios recién conquistados en Britania. Le habían informado que su antecesor había echo prisionera a la sobrina de la mismísima reina Boudicea, la princesa Eire , y que no la liberarán hasta que obligue a su pueblo a rendirse a Roma. Le explicaron que Eire era bella y atractiva, pero caprichosa y altanera. Y quiso conocer personalmente a la hermosa dama cautiva.

Al principio él sólo vio una figura huidiza escondiéndose tras una barca varada en al orilla, y ella a un soldado extraño y corpulento, sobre un caballo negro como la noche. E inmediatamente sintió un profundo resentimiento hacia él, al comprender que era el nuevo general de las legiones de Britania. Pero él la miró un instante, bastó sólo un instante en toda su vida, y se enredó para siempre en aquella mirada desafiante. No hay nada más grande en el mundo que dos miradas que se enganchan, que se atan, que se aprietan la una contra la otra sin posibilidad de escape. Ella, sustrayéndose, no sin esfuerzo, a semejante fuerza, de pie sobre la arena le volvió la cara con desprecio. Tornó a ponerse de cuclillas como una niña, para seguir con sus dibujos de dragones y hadas celtas sobre la arena, absolutamente indiferente ante el recién llegado. Este, algo irritado ante el terco desprecio de una reina hermosa y fría, bajándose de un salto de su montura, ese soberbio corcel alazán, se acerca hasta ella, y haciendo una ruda reverencia, le habla con su voz más amable.

—Ave reina icena, soy Dacio Cornelio Licinio y soy el nuevo general de las cohortes romanas en Britania. Lamento mucho que lleves cadenas. Decurión Gaulo, ¿por qué habéis encadenado a la reina celta?

— General Dacio, es una prisionera y Marco ordenó que todos los prisioneros deban permanecer encadenados. Y especialmente, la reina britana porque es un valiosísimo rehén.

— ¡Quitadle las cadenas inmediatamente! ¡No, esperad…! ¡Ya lo haré yo! Sois más bestias que las mismas bestias, soldados. No, no nada temas mi reina. Sólo quiero liberarte de estas infames cadenas… Pero ella, dueña de una arrogancia infinita, guardando un obstinado silencio, permanece en su altiva actitud de no querer mirar a Dacio a la cara.

— ¿Quieres que te quite estas cadenas verdad reina de los icenos? Contéstame. Dime, ¿por qué no quieres hablarme? ¿Por qué no quieres mirarme?

Pero ella es demasiado orgullosa para dignarse siquiera a hablarle, y se siente demasiado humillada para pedir clemencia. Y menos de un romano. Aunque fuese el mismo emperador Claudio. Antes la muerte. Sus labios permanecen cerrados. «En cuanto me haga fuerte, me vengaré», piensa. De pronto echa a correr hasta la mar, sin importarle nada sus cadenas, y se mete hasta la cintura en el agua. Sigue avanzando. El agua es de hielo. Las olas la derriban sin esfuerzo, olas verdes y densas como una pared. La mar, tan vieja como el Tiempo, abre la boca para tragarse las almas de los hombres y allí quedan entre las olas, errantes. «Antes y mil veces la muerte, que rebajarme ante este romano». Y una ola, aún más grande y más verde que la anterior, la volvió a sumergir completamente. Sin embargo, y como buen general de las invencibles legiones romanas que era, Dacio Licinio ya se esperaba una reacción semejante por parte de la reina celta, y, sin pensárselo lo que se dice un instante, sube de nuevo a su caballo y metiéndose con él en el agua, saca a Siria de entre las olas. Sobre el caballo negro del romano, ella tiene los ojos cerrados. Tal vez al abrirlos todo haya terminado. Él, quitándose la capa y envolviendo en ella a Siria sale al galope hacia el castrum romano. Un lobo aullaba en la distancia azul del horizonte. La nieve caía sin tregua y el cielo y la tierra parecían lo mismo. Pronto llegaría el día, y ya resonaba lejano y lúgubre, el cuerno celta pregonero de la batalla. En el castrum, los centuriones, centinelas, caballos, parecían estar tocados de un tenue hechizo, un encantamiento pasajero que les permitía acallar sus voces y serenar sus ánimos. La calma que precede, dicen, a la tempestad.

—Tengo todo lo que un hombre puede desear: un caballo victorioso, una espada imbatible, valor y audacia, un carácter templado y un alma fogosa. Puedo cabalgar de sol a sol, y no quebrantarse ni mi salud, ni mi ánimo. Mis hombres y yo portamos los orgullosos estandartes de nuestras conquistas, en nombre de Roma, desde África hasta las umbrías costas del norte. Mi nombre es sinónimo de gloria. Tengo buen cuerpo, como bien y duermo mejor. Y sin embargo, desde que ayer te vieran mis ojos junto a la playa, un demonio terrible habita en mis entrañas. Dime, reina icena… ¿qué quieres que haga? ¿Quieres que te libere traicionando así a mis hombres y a mi condición de general de las legiones conquistadoras? ¿…quieres que huya contigo y me ciña junto a ti la torke dorada de tu pueblo…? ¿…que olvide que soy Dacio Cornelio Licinio y que mi padre, un noble tribuno itálico espera ansiosamente mi regreso? ¿No quieres esto Eire? ¿Dime…?

Pero ella no contestó, como una sirena que hubiese pactado su silencio a cambio del amor. Eire, cubierta con una pesada piel se levantó de la cama y caminó descalza, sin hacer ruido, hasta la hornilla donde ardía un agradable fuego, y se sentó junto a él. Eire es el alba. Una sirena despertando al sol arrullada por un oleaje sin espuma. Ella es mi espera y mi paciencia. Es mi reina, es mi rabia y mi alimento. Sin ella me pego cabezazos contra el muro de la angustia; sin ella no soy más que una frágil rama en medio de una corriente ecuatorial. Ella es de seda y aire, de agua y piedra, de cristal y relámpago. Me acuna su voz soleada, su verde mirada de niña rebelde. Dame la mano y ven conmigo. Te desnudaré despacio, te acostaré en mi cama, te besaré en la frente como está mandado, mi reina. Me beberé de nuevo tu risa, el agua fresca de tus labios, las almendras de tus muslos, el fuego de tu piel pálida y perfecta como la de un hada.Vivir sin ella es como vivir en una casa que no es mía, o en un país sin océano. Ella me lleva a su mundo, y es un mundo maravilloso donde los niños se apretujan en las ramas de los árboles y nadie huye de nadie.

El romano le contó que llevaba en guerra toda su vida, que había visto grandes pájaros de color rosa sobrevolando los cielos naranjas y polvorientos infestados de langostas de Egipto; que en Libia había visto una flor gigante y blanca brillando entre las dunas por la noche, cuyo perfume había matado a media docena de sus hombres; le contó también, que hay una montaña azul en medio del desierto y que la luna llena baja todas las noches por su ladera; le habló de los ríos de fuego al anochecer, donde animales monstruosos bajan a beber cautelosamente para no ser devorados por otras bestias, aún más terribles; de la silenciosa Esfinge que vigila las caravanas de mercaderes con sus impertérritos ojos de piedra; de los misteriosos faraones que duermen desde hace siglos, dentro de misteriosos recovecos en los más profundo de las pirámides; que en la batalla, un día y otro, y otro más, creyó morir, pero que siempre terminaba en medio del caos, con su gladius centelleando al sol mientras la sangre y el sudor de la Gloria cegaban sus ojos..

— ¡Oh, dioses, cuan injustos sois conmigo! Este hombre merece mi odio, no mi amor… pero no puedo hacer nada. Nada sin su voz. Nada sin sus ojos. No hay nada más allá de su voz, ni quiero saber nada. ¿Nada? Intento pensar en mi huida, pero vislumbro días terribles sin él y la huida entonces se me antoja una condena inaplazable, porque tengo que volver con mi pueblo, y él ya no estará junto a mí. Los días y las noches transcurrían ofensivos, sangrientos… incansables hordas de guerreros fustigaban los emplazamientos romanos, dispuestos a cualquier cosa para liberar a su reina. Dacio Licinio pensó en liberarla. Pero sólo lo pensó. En la noche secreta -era la noche de castrum y lobos cercanos-, entre las pieles de oso, no existía, en efecto, nada en el mundo más que ellos dos. Sin embargo, en muy pocos días, ella escaparía furtivamente de allí. Pronto estaría galopando hacia la playa. Y él tras ella. ¡Huir, huir hacia la playa, allí esta su salvación!

— ¡Galopa caballo mío! ¡Sácanos de esta carrera mortal! ¡A la playa por tu vida! ¡A la playa, por fin!

Pero los lobos no dan tregua, pero el látigo no acalla sus aullidos. El frío atenaza el aliento de las jaurías, Hyanus, boquea casi sin fuerzas cabalgando bajo las sarmentosas copas de los árboles, y los guerreros, ahora ya los icenos por el costado del río, en busca de su reina, gritan a los lobos con blasfemias, embrutecidos por la rabia, y el hambre. Uno de ellos, un personaje siniestro, un cabecilla de barbas naranjas y ojos como de cristal, con los labios erizados de puntillas de acero, una enorme espada dentada, y un caballo rojo el Infierno, Brigomaglos el Oso… Por los aires bajan suavemente, pequeños copos de nieve y la voz del bosque, ulular, crepitar, rumores y chasquidos, y el perenne murmullo de las olas, se acalla sólo para dejar escuchar los lúgubres aullidos de los lobos, y el cuerno de los guerreros icenos.

Ella llegó por fin a la playa. El mar tenía una lánguida claridad como de aceite dorado, el viento gritaba con el áspero lenguaje de las gaviotas… pero allí estaba el general, con su espada ya desenvainada, esperándola a ella, y ella sonreía en medio de la tormenta. Cayó de su montura desmayadamente en la arena fría y oscura del invierno, y aunque las olas rompían no demasiado bruscamente, el terrible viento del norte mordía la carne como un perro rabioso. El general Dacio corrió hasta ella, la abrazó, la besó, la acurrucó dentro de su capa y la reina sonrió dulcemente, con el miedo borrado de su rostro, con la desesperación y la ira alejadas para siempre de aquellas facciones tan bellas. Sin embargo, él sintió un terrible dolor en el brazo, la espantosa dentellada de uno de los lobos más audaces se clavaba con ahínco en su carne, incluso a pesar de la gruesa capa del guantelete de cuero y acero que protegía su antebrazo… Por el camino se habían quedado tirados, vencidos por el frío y el agotamiento, la mayoría de los lobos, y un guerrero iceno gigantesco que sucumbió ahorcado por una rama de espino, donde toda la mañana había estado gorjeando un jilguero. Brazos que blanden una espada que relumbra con los rescoldos de la luz de que viene del mar, envuelto entre la nieve y la rabia.

—A muerte romano. A muerte.

El general Licinio levanta su espada al aire helado, y de un tajo brutal, cercena la cabeza de la bestia que mordía su brazo y que se había acercado peligrosamente hasta la reina. Los dos únicos lobos que habían sobrevivido a la cacería, se abaten salvajemente hacia el cuerpo sin cabeza, y entre gruñidos y dentelladas, convierten al animal en un atroz despojo sin forma. Eire en tanto levanta un poco la cabeza desde el refugio que constituye la capa de su amado y vuelve a dejar caer lánguidamente una maraña de cabellos de fuego, y nieve, entre la arena. Las gaviotas chillan a lo lejos, el océano es pura espuma, y la nieve cae blandamente sobre los dos formidables guerreros. Arden las espadas en cada acometida, cruzado el rostro del general romano por una terrible sombra de angustia, de ira inhumana, de rencor. El de Brigomaglos, es el rostro de la venganza, del miedo… Y los dos, con un poder sobrehumano de destrucción, bajo aquella enorme cúpula de donde habían huido ya todos los dioses.

—Huye, huye ahora que puedes, romano. Más guerreros bajando van ya por los acantilados. Toma mi espada, y vete en paz.

—No, mi reina. Un legionario romano prefiere mil veces la muerte antes que la huida. Mis hombres me darán caza, me golpearán hasta la muerte. Y si por desgracia sobrevivo, me mandarán a galeras. Y lo peor de todo: la conciencia. La conciencia de un hombre puede ser su mayor enemigo. Los celtas no lo dudan ni un momento, rodeando a los mucho menos numerosos centuriones de Dacio, unas cuantas hábiles estocadas y vuelan por los aires las cabezas de un par de romanos. Arrecia la ventisca. Rechinan las dientes y al unísono las espadas de hielo. Dacio arremete contra los icenos y caen tres cuerpos pesadamente enterrándose en la nieve. Al final queda en pie como un estandarte romano viviente la imbatible figura de Dacio Cornelio Licinio, frente a Brigomaglos el Oso.

—Pide clemencia, romano. Pide clemencia en tú última hora. Nosotros no, desde luego. Pero tal vez tus dioses sean benevolentes contigo y te estén reservando un buen lugar en la Eternidad.Se escrutan como bestias a punto de lanzarse sobre la pieza más valiosa. Su espada tienta el pecho metalizado del general, pero con un rápido movimiento de muñeca este se arroja en cuerpo y alma sobre su enemigo, una montaña cubierta con una enorme piel de oso, y casi a ciegas, hunde el acero hasta el puño en el pecho del britano.

—Esto es todo por ahora amigo mío. La Inmortalidad es sólo para los dioses.

Aúllan los lobos, allá cerca, muy cerca. Olisquean la sangre, olisquean el miedo. De pronto, Dacio Cornelio Licinio cae a plomo muy cerca del guerrero britano, que ya no respira. El viento levanta los cabellos de la reina Eire, como si quisiera llevarla lejos, volando entre las nubes y los pájaros. Como si quisiera hacerla su reina, la Reina del Viento, lejos de aquél espantoso lugar, y buscar esas lejanas y ardientes tierras de las que él le habló, allá en el campamento, cuando ambos se amaban como uno sólo. Ahora él estaba absolutamente a su merced.

–Ha matado al mejor de mis guerreros. ¿Y qué hago yo aquí de pie, sin que mi mano le haya dado muerte aún? ¿Y cómo es posible que le permita seguir viviendo tanto tiempo después de haber asesinado a mi valiente Brigomaglos? Debo, sí, sin más retardo, cortar su hermosa cabeza con esta inmunda espada romana manchada con la sangre de mi pueblo.

Toma la cabeza de Dacio entre sus manos. El inconsciente general entreabre los ojos un instante, se encuentra con la terrible mirada de ella. El dolor que siente por la llaga del pecho se los vuelve a cerrar, y así, lentamente comienza a recuperar el conocimiento. Entonces, ella siente todo el frío del mundo entrándole por la boca, ganando su pecho, apagando su corazón.

—Si él muere, muero yo. Aunque siga viviendo. Aunque continúe respirando, y hablando, comiendo, y andando, estaré más muerta que Brigomaglos el Oso.

Y Eire, la orgullosa Eire, la bella Eire, se arrodilla, y besa al romano, su enemigo, en los párpados, en la frente, en la boca… Y desabrochando su sanguinolenta malla de acero, introduce sus cálidas manos, palpa su pecho, acerca su mejilla y siente esos maravillosos latidos golpeando suavemente en sus sienes. Coge un poco de nieve, la aplasta contra la herida y se abraza a él, que ya es más suyo que su propia vida. Abrazados, entre la arena y la nieve, cuando él, por fin, abre los ojos reconfortado por el calor de su reina, romanos y tribus celtas luchan ferozmente en los bosques. No hay tiempo que perder. Se oye el metálico resonar de la batalla muy cerca ya. La nieve cae. Ella tiene los puños cerrados. Al abrir la mano, antes de subir al caballo, un caballito del diablo sale de entre sus dedos y se aleja revoloteando como un copo azul entre la nieve. Buen augurio. Vivamos pues.

Cuenta la leyenda que desde las costas de Galicia, cuando el tiempo es benigno, se pueden ver las lejanas tierras de Britania. Cuentan que hace mucho, muchísimo tiempo, desde esos verdes y sombríos acantilados, zarparon una reina celta, y un noble tribuno romano. Que arribaron a estas borrascosas playas, y que el resto de sus vidas sólo a ellos pertenecía ya.

FIN

Ada, en Madrid.

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