Cuentos en primera persona

Hoy: La metamorfosis, de Franz Kafka.

LA CUCARACHA QUE VINO A CENAR.

Una vez leí que el imsomnio es como un reloj del revés. Un reloj extraño que funciona para atrás. Y esa noche, noche de lluvia , ampulosa, densa, naranja, yo padecía en mis carnes los efectos de un imsomnio feroz, con ese reloj desquiciado funcionado al cien por cien. La lechuza que vivía en la arboleda frente a mi casa, con su ulular perdido entre ramas y hojarasca, parecía que se compadecia de mi de mi sueño que no llegaba, de mis ojos abiertos a la negrura de una habitación que cada vez se asemejaba a un laberinto atiborrado de bocas y de cajones que guardaban voces que no decían nada. Una cajita de música invisible sonaba entre los pliegues de la sábana del fantasma que viviá eternamente dentro de mi armario. Sus párpados, con brillo de guadaña, no terminaban de abrirse jamás. Pasó una moto no sé por donde; pasó un nubarrón que aún volvió más oscura aquella estancia sin puertas ni tejado. Los ojos de la noche se asomaban curiosos tras las cortinas de seda blanca, tan blanca como la tela de una araña cazadora. El chirriar de una puerta movida por el viento crispó aún más mi nervios, que se enredaban entre el suave terciopelo de mis cabellos revueltos. Entonces la vi. Al encender la lamparita rosada de mi mesita, la vi. Con todo el horror de mi alma, la vi. Allí estaba ella, ser viscoso, marrón, con sus largas y delgadas antenas buscando miguitas febrilmente; con su aparatoso abdomen como un dátil viviente, agazapada tras la pata de la silla de mi escritorio. La vi, y cada particula de mi cuerpo se erizó con un sutil espasmo provocado por el asco y el miedo. La vi. Creedme. Y con sus antenas y sus ojillos, o lo que fueran, me sonrío.

-No te asustes. Es para mi una verdadera molestia estar así, bajo la pata de una silla, con toda mi insignificancia puesta a tu merced. Yo, que en otro tiempo volaba junto a cometas y asteroides. Yo, que tiempo ha era tan hermosa como la más hermosa de las galaxias…

Paralizada por el terror, exactamente igual que yo, el pobre insecto me dijo que tenía hambre, y que si ya había pasado la hora de la cena.

-Voy a por una escoba, el bote de Bloom, y la fregona.

-No, de verdad. No me mates. Hay tanto por lo que vivir…

Entonces, de sus alas color marrón cucaracha surgió una pierna. Una pierna esbelta, torneada, blanquísima; una pierna magnífica diría Groucho Marx y soñaría con ella.

– No me mates, por favor. No sé que me pasa, y es que cada vez te veo mejor. Pero en cambio ya no me apetece nada corretear bajo tu cama.

Al poco tiempo, yo con los ojos lánguidos y verdosos, y el sordo tintineo de la lluvia martilleándome la mente, a la cucaracha le crecieron dos brazos perfectos de mujer, y su cabeza de artrópodo inmutable, lentamente fué convirtiéndose en una cabeza con ojos, labios, nariz, humanas. Y al final, entre la melena rubia con rizos, y unas cejas perfectamente depiladas, cada vez resultaba más parecida a Bette Davies. De pronto un golpe de luz invade abruptamente las violáceas tinieblas de mi cuarto, mientras la puerta se abre de par en par. Mi hermana entra en escena y aplasta al pobrecito artrópodo con su tacón rojo de charol.

-¡Agggggggggh! ¡Qué ascazo! Pero, nena, ¿estábas tan estás muerta de miedo que eras incapaz de liquidar a semejante bicho?

Metamorfosis finalizada.

The End.

Luna de invierno.wav

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