EIRE, LA REINA DEL VIENTO

Yo me someteré al Amor, aunque me destroce el pecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antorchas encendidas.

(Ovidio, El arte de Amar)

No había pasado ni un sólo día desde que la oruga verde había nacido bajo una hermosa hoja de hierbabuena, y ya se preparaba para dormir un dulce y espeso sueño invernal. La pequeña criatura, apenas una gota de verdor más sobre las hojas, renacería, tras ese sueño, convertida espectacular mariposa y pasaría todo el verano revoloteando feliz sobre las flores, dejando muy atrás sus recuerdos como goterón de verdor sobre las hojas. Hadas y mariposas tienen ese nacimiento en común, de ser una oruga peluda y poco vistosa,tras un largo sueño, pasan a convertirse en esas maravillosas y aladas criaturas con las que confraternizan ninfas y sirenas dentro del agua. No hacía ni tan siquiera una sola noche en la cual, un colérico anciano llamado invierno, había comenzado a bajar desde las lejanas montañas del Norte para acampar, como todos los años, en sus dominios. Y traía con él los terribles guerreros Viento del Norte, Oscuridad y Hielo, y a sus pálidas esposas Ventisca, Nieve y Escarcha. Es la hora, es ya la hora. Susurraban las marmotas antes de meter la cabeza en su madriguera, intranquilas porque sabían muy bien que el anciano colérico volvía de nuevo a esos bosques. Violeta era entonces la luz, y doradas las delgadas nubes al atardecer. Y a esa hora de bruma y silencio, muy pocos sabían en verdad que diminutas hadas de ojos verdosos y lindas manos, de largos cabellos y transparentes alas de libélula, volaban sobre los primeros bordados de escarcha, dejándose llevar por los imperceptibles dedos del viento. A esa hora, en fin, justo un instante antes de la salida del sol, en la cual los árboles se trasforman en brujas de mirada de lagarto, las hadas traviesas y propensas a los caprichos, crecían hasta tomar la estatura de una mujer humana, para que pudiesen amar a quién ellas quisiesen. Porque las hadas son tan pequeñas que dentro de su pecho solo pueden albergar un sentimiento, pero tan grandioso como el cosmos entero. Y en tanto las hadas aman y bailan en la gélida penumbra del crepúsculo, una lechuza esponja sus alas sobre la rama de una encina centenaria, ulula observando con sus enormes ojos amarillos, como un rayo de la Luna que ya casi desaparece, se ha quedado enredado entre las aguas del río. Un poco más abajo una culebra serpentea tras un conejo blanco con ojos de rubí. Le persigue durante un trecho, pero al final se conforma con una rana que estaba cantando su canción de amor entre las piedras. El viento levanta la hojarasca en inquietantes murmullos. Y entonces, como si de blancos pétalos de hielo se tratase, comienza a nevar en el bosque. Cuando el sol está escondiéndose ya tras las montañas, los crujientes escarabajos, las mariposas de terciopelo, las frágiles libélulas de organdí, corren precipitadamente a ocultarse bajo misteriosos refugios, donde ningún mal les pueda sobrevenir. El Mal es la oscuridad donde acechan gatos gigantes, y pájaros carnívoros. A esta hora andan ya por entre las frondas y los helechos, resbalando por el chorreante musgo, los pequeños habitantes nocturnos del lugar, ratones de color piedra que beben agua de las estrellas, sapos hechizados que tal vez algún día vuelvan a ser quienes fueron, y una corte de ciempiés enemistados para siempre con las arañas. Los gélidos dedos del viento se introducen por entre las ramas produciendo un crepitar seco y misterioso, poniendo en fuga a una feliz familia de musarañas entretenida en mordisquear una manzana. A través de la arboleda en sombras relumbra el río, como un filamento de diamantes sobre el que nadan algunos patos salvajes, y un altivo cisne, con la cabeza metida dentro del agua, saca su cena a picotazos.

Ya es completamente de noche, cuando por entre las peñas baja al galope la princesa britana Eire, una centella de bellísima piel tan blanca que se diría fosforescente; los brillantes y largos cabellos derramándose por encima de la silla de montar, los bellos párpados ensombrecidos, no obstante, por la desesperación y el miedo. El cansancio y el frío además, paralizan su aliento. No así sus manos que aguantan férreamente las riendas sin aflojar ni un sólo instante. El vestido de gasa blanca se va ajando conforme la reina avanza penetrando más en el bosque, y entre la gasa echa jirones, afloran sus hermoso y esbelto cuerpo, mientras que del intenso frío se resguarda gracias a una rica capa de terciopelo rojo vino que el general romano, su amante, le regaló. Al cuello su torque de oro, sujeta delicadamente una finamente labrada fíbula de jade y esmeraldas; al cinturón, su rica espada; al viento, sus brillantes cabellos rojos y sedosos. Entre los dedos, el duro látigo. Las zarzas, las ramas de los árboles, las hirientes enredaderas, van quedándose con trozos de sus ropajes. Su caballo, el marcial Lyr, ébano y agua, viento y llama, resuella sin aliento, el vapor humea entre sus belfos.

Iris, autumm Dame, 1886, John Atkinsom Grimshaw

Desde la lejanía retumban los gritos de los guerreros, el trueno de la batalla que pronto va a comenzar. Hogueras difusas allá donde el campamento romano sucumben bajo los primeros copos de nieve. Las invencibles cohortes del general Dacio Cornelio Licinio, se preparan para acometer a los furiosos guerreros trinobantes, brigantes, icenos, apostados al otro lado del río. Estos últimos vienen en busca de la princesa icena, la impulsiva y bella Eire, que se haya secuestrada por los romanos, y no la liberarán hasta que obligue a todas las tribus britanas a someterse a Roma. Sin embargo, Eire ya ha huido, y un grupo de soldados han sido movilizados para capturarla. Frío, frío y hielo bajo los cascos de su caballo, mientras una jauría de lobos corren sin tregua tras ella azuzados por un hambre inaudita. Jaurías famélicas de ojos sin luz y dientes de piedra, casi destrozadas por la infernal carrera, acosan al incansable caballo, consiguiendo morderle las patas, un jirón del vestido de ella, unos pies descalzos que sobresalen entre la capa. Pero ella estalla el látigo con una fuerza y dominio sobrenaturales -sacados a la fuerza de la desesperación y el miedo-, y unos aullidos hirientes, insoportables, retumban por todo el bosque.

Corred, corred, la vida os va en ello señora, y a la muerte se le ha de plantar cara con gallardía. Corred, sin volver ya nunca la mirada atrás; corred entre las peñas y los perros, huid de aquí ¡oh, señora! correr con el viento. Eire, la princesa, cuya tribu, los icenos, y su legendaria reina Boudicea, tía de Eire, luchan encarnizadamente contra las invencibles legiones romanas enviados por el emperador Claudio para conquistar Britania. Es una escapada desesperada de los soldados del campamento de la montaña, que ya están rodeando los flancos del río y hostigando a los suyos, mucho más numerosos, sí, pero bastante más rebeldes, indisciplinados e individualistas. Y entonces le darán caza, como se da caza a una leona. Como se da caza a un guerrero que jamás bajará la guardia, sino para morir.

Meses atrás bajaba algunas tardes desde el campamento —castrum— hasta la pequeña playa encerrada entre farallones de granito siempre vigilada por un pequeño grupo de centuriones, y de una vieja ama icena, que no oía ni su propia voz. La princesa, resplandeciente en su belleza pero obstinada en un orgulloso silencio, se entretenía en dibujar sobre la arena, a pesar de las largas cadenas que amarraban sus manos, serpientes y caballos, dragones y extraños símbolos celtas, mientras sus admirables cabellos flotaban al viento de la mar. Dibujaba, enterrando los dedos en la arena húmeda y marrón, lunas y peces, ojos con largas pestañas, labios con forma de flor, flores que no existen, y eso sin dejar de pensar ni un instante, en como escapar de aquellos invasores. Siempre tratando de hostigarles incluso en cautividad. Ella creía en sus dioses que presentía observándola entre las nubes, entre los árboles y las ramas de espinos. Y sobretodo, cuando bajaba hasta la playa. Cuando la reina bajaba a la mar a bañarse, desnuda y feliz, sus cantos retumbaban frágilmente de piedra en piedra, mientras las ninfas, desnudas como ella, bailaban sobre las olas, envueltas entre la espuma y las algas de gasa verdosa y fría. Una oscura tarde de olas grandes como navíos, ella vio aparecer tras los escollos al grupo de soldados que la llevaba de vuelta al campamento, pero descubrió entre ellos a un hombre extraño que jamás había visto antes. Aquellos eran centuriones curtidos en mil batallas, incluso algunos habían formado parte de los elitistas pretorianos de Nerón, hombres violentos y terribles, hechos a la soledad, apaciguados sólo gracias a la implacable disciplina que imponía con brazo de hierro, su general el tribuno Dacio Cornelio Licinio, y venían directamente del infierno. Un infierno sobre las flamígeras arenas de Egipto, frente a las colosales tumbas de los faraones, y habían clavado la orgullosa águila de Claudio por todo el norte de África. Ahora el general Dacio Cornelio sustituía a Marco Lineo como procónsul de los asentamientos en los territorios recién conquistados en Britania. Le habían informado que su antecesor había echo prisionera a la sobrina de la mismísima reina Boudicea, la princesa Eire , y que no la liberarán hasta que obligue a su pueblo a rendirse a Roma. Le explicaron que Eire era bella y atractiva, pero caprichosa y altanera. Y quiso conocer personalmente a la hermosa dama cautiva.

Al principio él sólo vio una figura huidiza escondiéndose tras una barca varada en al orilla, y ella a un soldado extraño y corpulento, sobre un caballo negro como la noche. E inmediatamente sintió un profundo resentimiento hacia él, al comprender que era el nuevo general de las legiones de Britania. Pero él la miró un instante, bastó sólo un instante en toda su vida, y se enredó para siempre en aquella mirada desafiante. No hay nada más grande en el mundo que dos miradas que se enganchan, que se atan, que se aprietan la una contra la otra sin posibilidad de escape. Ella, sustrayéndose, no sin esfuerzo, a semejante fuerza, de pie sobre la arena le volvió la cara con desprecio. Tornó a ponerse de cuclillas como una niña, para seguir con sus dibujos de dragones y hadas celtas sobre la arena, absolutamente indiferente ante el recién llegado. Este, algo irritado ante el terco desprecio de una reina hermosa y fría, bajándose de un salto de su montura, ese soberbio corcel alazán, se acerca hasta ella, y haciendo una ruda reverencia, le habla con su voz más amable.

—Ave reina icena, soy Dacio Cornelio Licinio y soy el nuevo general de las cohortes romanas en Britania. Lamento mucho que lleves cadenas. Decurión Gaulo, ¿por qué habéis encadenado a la reina celta?

— General Dacio, es una prisionera y Marco ordenó que todos los prisioneros deban permanecer encadenados. Y especialmente, la reina britana porque es un valiosísimo rehén.

— ¡Quitadle las cadenas inmediatamente! ¡No, esperad…! ¡Ya lo haré yo! Sois más bestias que las mismas bestias, soldados. No, no nada temas mi reina. Sólo quiero liberarte de estas infames cadenas… Pero ella, dueña de una arrogancia infinita, guardando un obstinado silencio, permanece en su altiva actitud de no querer mirar a Dacio a la cara.

— ¿Quieres que te quite estas cadenas verdad reina de los icenos? Contéstame. Dime, ¿por qué no quieres hablarme? ¿Por qué no quieres mirarme?

Pero ella es demasiado orgullosa para dignarse siquiera a hablarle, y se siente demasiado humillada para pedir clemencia. Y menos de un romano. Aunque fuese el mismo emperador Claudio. Antes la muerte. Sus labios permanecen cerrados. «En cuanto me haga fuerte, me vengaré», piensa. De pronto echa a correr hasta la mar, sin importarle nada sus cadenas, y se mete hasta la cintura en el agua. Sigue avanzando. El agua es de hielo. Las olas la derriban sin esfuerzo, olas verdes y densas como una pared. La mar, tan vieja como el Tiempo, abre la boca para tragarse las almas de los hombres y allí quedan entre las olas, errantes. «Antes y mil veces la muerte, que rebajarme ante este romano». Y una ola, aún más grande y más verde que la anterior, la volvió a sumergir completamente. Sin embargo, y como buen general de las invencibles legiones romanas que era, Dacio Licinio ya se esperaba una reacción semejante por parte de la reina celta, y, sin pensárselo lo que se dice un instante, sube de nuevo a su caballo y metiéndose con él en el agua, saca a Siria de entre las olas. Sobre el caballo negro del romano, ella tiene los ojos cerrados. Tal vez al abrirlos todo haya terminado. Él, quitándose la capa y envolviendo en ella a Siria sale al galope hacia el castrum romano. Un lobo aullaba en la distancia azul del horizonte. La nieve caía sin tregua y el cielo y la tierra parecían lo mismo. Pronto llegaría el día, y ya resonaba lejano y lúgubre, el cuerno celta pregonero de la batalla. En el castrum, los centuriones, centinelas, caballos, parecían estar tocados de un tenue hechizo, un encantamiento pasajero que les permitía acallar sus voces y serenar sus ánimos. La calma que precede, dicen, a la tempestad.

—Tengo todo lo que un hombre puede desear: un caballo victorioso, una espada imbatible, valor y audacia, un carácter templado y un alma fogosa. Puedo cabalgar de sol a sol, y no quebrantarse ni mi salud, ni mi ánimo. Mis hombres y yo portamos los orgullosos estandartes de nuestras conquistas, en nombre de Roma, desde África hasta las umbrías costas del norte. Mi nombre es sinónimo de gloria. Tengo buen cuerpo, como bien y duermo mejor. Y sin embargo, desde que ayer te vieran mis ojos junto a la playa, un demonio terrible habita en mis entrañas. Dime, reina icena… ¿qué quieres que haga? ¿Quieres que te libere traicionando así a mis hombres y a mi condición de general de las legiones conquistadoras? ¿…quieres que huya contigo y me ciña junto a ti la torke dorada de tu pueblo…? ¿…que olvide que soy Dacio Cornelio Licinio y que mi padre, un noble tribuno itálico espera ansiosamente mi regreso? ¿No quieres esto Eire? ¿Dime…?

Pero ella no contestó, como una sirena que hubiese pactado su silencio a cambio del amor. Eire, cubierta con una pesada piel se levantó de la cama y caminó descalza, sin hacer ruido, hasta la hornilla donde ardía un agradable fuego, y se sentó junto a él. Eire es el alba. Una sirena despertando al sol arrullada por un oleaje sin espuma. Ella es mi espera y mi paciencia. Es mi reina, es mi rabia y mi alimento. Sin ella me pego cabezazos contra el muro de la angustia; sin ella no soy más que una frágil rama en medio de una corriente ecuatorial. Ella es de seda y aire, de agua y piedra, de cristal y relámpago. Me acuna su voz soleada, su verde mirada de niña rebelde. Dame la mano y ven conmigo. Te desnudaré despacio, te acostaré en mi cama, te besaré en la frente como está mandado, mi reina. Me beberé de nuevo tu risa, el agua fresca de tus labios, las almendras de tus muslos, el fuego de tu piel pálida y perfecta como la de un hada.Vivir sin ella es como vivir en una casa que no es mía, o en un país sin océano. Ella me lleva a su mundo, y es un mundo maravilloso donde los niños se apretujan en las ramas de los árboles y nadie huye de nadie.

El romano le contó que llevaba en guerra toda su vida, que había visto grandes pájaros de color rosa sobrevolando los cielos naranjas y polvorientos infestados de langostas de Egipto; que en Libia había visto una flor gigante y blanca brillando entre las dunas por la noche, cuyo perfume había matado a media docena de sus hombres; le contó también, que hay una montaña azul en medio del desierto y que la luna llena baja todas las noches por su ladera; le habló de los ríos de fuego al anochecer, donde animales monstruosos bajan a beber cautelosamente para no ser devorados por otras bestias, aún más terribles; de la silenciosa Esfinge que vigila las caravanas de mercaderes con sus impertérritos ojos de piedra; de los misteriosos faraones que duermen desde hace siglos, dentro de misteriosos recovecos en los más profundo de las pirámides; que en la batalla, un día y otro, y otro más, creyó morir, pero que siempre terminaba en medio del caos, con su gladius centelleando al sol mientras la sangre y el sudor de la Gloria cegaban sus ojos..

— ¡Oh, dioses, cuan injustos sois conmigo! Este hombre merece mi odio, no mi amor… pero no puedo hacer nada. Nada sin su voz. Nada sin sus ojos. No hay nada más allá de su voz, ni quiero saber nada. ¿Nada? Intento pensar en mi huida, pero vislumbro días terribles sin él y la huida entonces se me antoja una condena inaplazable, porque tengo que volver con mi pueblo, y él ya no estará junto a mí. Los días y las noches transcurrían ofensivos, sangrientos… incansables hordas de guerreros fustigaban los emplazamientos romanos, dispuestos a cualquier cosa para liberar a su reina. Dacio Licinio pensó en liberarla. Pero sólo lo pensó. En la noche secreta -era la noche de castrum y lobos cercanos-, entre las pieles de oso, no existía, en efecto, nada en el mundo más que ellos dos. Sin embargo, en muy pocos días, ella escaparía furtivamente de allí. Pronto estaría galopando hacia la playa. Y él tras ella. ¡Huir, huir hacia la playa, allí esta su salvación!

— ¡Galopa caballo mío! ¡Sácanos de esta carrera mortal! ¡A la playa por tu vida! ¡A la playa, por fin!

Pero los lobos no dan tregua, pero el látigo no acalla sus aullidos. El frío atenaza el aliento de las jaurías, Hyanus, boquea casi sin fuerzas cabalgando bajo las sarmentosas copas de los árboles, y los guerreros, ahora ya los icenos por el costado del río, en busca de su reina, gritan a los lobos con blasfemias, embrutecidos por la rabia, y el hambre. Uno de ellos, un personaje siniestro, un cabecilla de barbas naranjas y ojos como de cristal, con los labios erizados de puntillas de acero, una enorme espada dentada, y un caballo rojo el Infierno, Brigomaglos el Oso… Por los aires bajan suavemente, pequeños copos de nieve y la voz del bosque, ulular, crepitar, rumores y chasquidos, y el perenne murmullo de las olas, se acalla sólo para dejar escuchar los lúgubres aullidos de los lobos, y el cuerno de los guerreros icenos.

Ella llegó por fin a la playa. El mar tenía una lánguida claridad como de aceite dorado, el viento gritaba con el áspero lenguaje de las gaviotas… pero allí estaba el general, con su espada ya desenvainada, esperándola a ella, y ella sonreía en medio de la tormenta. Cayó de su montura desmayadamente en la arena fría y oscura del invierno, y aunque las olas rompían no demasiado bruscamente, el terrible viento del norte mordía la carne como un perro rabioso. El general Dacio corrió hasta ella, la abrazó, la besó, la acurrucó dentro de su capa y la reina sonrió dulcemente, con el miedo borrado de su rostro, con la desesperación y la ira alejadas para siempre de aquellas facciones tan bellas. Sin embargo, él sintió un terrible dolor en el brazo, la espantosa dentellada de uno de los lobos más audaces se clavaba con ahínco en su carne, incluso a pesar de la gruesa capa del guantelete de cuero y acero que protegía su antebrazo… Por el camino se habían quedado tirados, vencidos por el frío y el agotamiento, la mayoría de los lobos, y un guerrero iceno gigantesco que sucumbió ahorcado por una rama de espino, donde toda la mañana había estado gorjeando un jilguero. Brazos que blanden una espada que relumbra con los rescoldos de la luz de que viene del mar, envuelto entre la nieve y la rabia.

—A muerte romano. A muerte.

El general Licinio levanta su espada al aire helado, y de un tajo brutal, cercena la cabeza de la bestia que mordía su brazo y que se había acercado peligrosamente hasta la reina. Los dos únicos lobos que habían sobrevivido a la cacería, se abaten salvajemente hacia el cuerpo sin cabeza, y entre gruñidos y dentelladas, convierten al animal en un atroz despojo sin forma. Eire en tanto levanta un poco la cabeza desde el refugio que constituye la capa de su amado y vuelve a dejar caer lánguidamente una maraña de cabellos de fuego, y nieve, entre la arena. Las gaviotas chillan a lo lejos, el océano es pura espuma, y la nieve cae blandamente sobre los dos formidables guerreros. Arden las espadas en cada acometida, cruzado el rostro del general romano por una terrible sombra de angustia, de ira inhumana, de rencor. El de Brigomaglos, es el rostro de la venganza, del miedo… Y los dos, con un poder sobrehumano de destrucción, bajo aquella enorme cúpula de donde habían huido ya todos los dioses.

—Huye, huye ahora que puedes, romano. Más guerreros bajando van ya por los acantilados. Toma mi espada, y vete en paz.

—No, mi reina. Un legionario romano prefiere mil veces la muerte antes que la huida. Mis hombres me darán caza, me golpearán hasta la muerte. Y si por desgracia sobrevivo, me mandarán a galeras. Y lo peor de todo: la conciencia. La conciencia de un hombre puede ser su mayor enemigo. Los celtas no lo dudan ni un momento, rodeando a los mucho menos numerosos centuriones de Dacio, unas cuantas hábiles estocadas y vuelan por los aires las cabezas de un par de romanos. Arrecia la ventisca. Rechinan las dientes y al unísono las espadas de hielo. Dacio arremete contra los icenos y caen tres cuerpos pesadamente enterrándose en la nieve. Al final queda en pie como un estandarte romano viviente la imbatible figura de Dacio Cornelio Licinio, frente a Brigomaglos el Oso.

—Pide clemencia, romano. Pide clemencia en tú última hora. Nosotros no, desde luego. Pero tal vez tus dioses sean benevolentes contigo y te estén reservando un buen lugar en la Eternidad.Se escrutan como bestias a punto de lanzarse sobre la pieza más valiosa. Su espada tienta el pecho metalizado del general, pero con un rápido movimiento de muñeca este se arroja en cuerpo y alma sobre su enemigo, una montaña cubierta con una enorme piel de oso, y casi a ciegas, hunde el acero hasta el puño en el pecho del britano.

—Esto es todo por ahora amigo mío. La Inmortalidad es sólo para los dioses.

Aúllan los lobos, allá cerca, muy cerca. Olisquean la sangre, olisquean el miedo. De pronto, Dacio Cornelio Licinio cae a plomo muy cerca del guerrero britano, que ya no respira. El viento levanta los cabellos de la reina Eire, como si quisiera llevarla lejos, volando entre las nubes y los pájaros. Como si quisiera hacerla su reina, la Reina del Viento, lejos de aquél espantoso lugar, y buscar esas lejanas y ardientes tierras de las que él le habló, allá en el campamento, cuando ambos se amaban como uno sólo. Ahora él estaba absolutamente a su merced.

–Ha matado al mejor de mis guerreros. ¿Y qué hago yo aquí de pie, sin que mi mano le haya dado muerte aún? ¿Y cómo es posible que le permita seguir viviendo tanto tiempo después de haber asesinado a mi valiente Brigomaglos? Debo, sí, sin más retardo, cortar su hermosa cabeza con esta inmunda espada romana manchada con la sangre de mi pueblo.

Toma la cabeza de Dacio entre sus manos. El inconsciente general entreabre los ojos un instante, se encuentra con la terrible mirada de ella. El dolor que siente por la llaga del pecho se los vuelve a cerrar, y así, lentamente comienza a recuperar el conocimiento. Entonces, ella siente todo el frío del mundo entrándole por la boca, ganando su pecho, apagando su corazón.

—Si él muere, muero yo. Aunque siga viviendo. Aunque continúe respirando, y hablando, comiendo, y andando, estaré más muerta que Brigomaglos el Oso.

Y Eire, la orgullosa Eire, la bella Eire, se arrodilla, y besa al romano, su enemigo, en los párpados, en la frente, en la boca… Y desabrochando su sanguinolenta malla de acero, introduce sus cálidas manos, palpa su pecho, acerca su mejilla y siente esos maravillosos latidos golpeando suavemente en sus sienes. Coge un poco de nieve, la aplasta contra la herida y se abraza a él, que ya es más suyo que su propia vida. Abrazados, entre la arena y la nieve, cuando él, por fin, abre los ojos reconfortado por el calor de su reina, romanos y tribus celtas luchan ferozmente en los bosques. No hay tiempo que perder. Se oye el metálico resonar de la batalla muy cerca ya. La nieve cae. Ella tiene los puños cerrados. Al abrir la mano, antes de subir al caballo, un caballito del diablo sale de entre sus dedos y se aleja revoloteando como un copo azul entre la nieve. Buen augurio. Vivamos pues.

Cuenta la leyenda que desde las costas de Galicia, cuando el tiempo es benigno, se pueden ver las lejanas tierras de Britania. Cuentan que hace mucho, muchísimo tiempo, desde esos verdes y sombríos acantilados, zarparon una reina celta, y un noble tribuno romano. Que arribaron a estas borrascosas playas, y que el resto de sus vidas sólo a ellos pertenecía ya.

FIN

Ada, en Madrid.

Cuentos en primera persona

Hoy: La metamorfosis, de Franz Kafka.

LA CUCARACHA QUE VINO A CENAR.

Una vez leí que el imsomnio es como un reloj del revés. Un reloj extraño que funciona para atrás. Y esa noche, noche de lluvia , ampulosa, densa, naranja, yo padecía en mis carnes los efectos de un imsomnio feroz, con ese reloj desquiciado funcionado al cien por cien. La lechuza que vivía en la arboleda frente a mi casa, con su ulular perdido entre ramas y hojarasca, parecía que se compadecia de mi de mi sueño que no llegaba, de mis ojos abiertos a la negrura de una habitación que cada vez se asemejaba a un laberinto atiborrado de bocas y de cajones que guardaban voces que no decían nada. Una cajita de música invisible sonaba entre los pliegues de la sábana del fantasma que viviá eternamente dentro de mi armario. Sus párpados, con brillo de guadaña, no terminaban de abrirse jamás. Pasó una moto no sé por donde; pasó un nubarrón que aún volvió más oscura aquella estancia sin puertas ni tejado. Los ojos de la noche se asomaban curiosos tras las cortinas de seda blanca, tan blanca como la tela de una araña cazadora. El chirriar de una puerta movida por el viento crispó aún más mi nervios, que se enredaban entre el suave terciopelo de mis cabellos revueltos. Entonces la vi. Al encender la lamparita rosada de mi mesita, la vi. Con todo el horror de mi alma, la vi. Allí estaba ella, ser viscoso, marrón, con sus largas y delgadas antenas buscando miguitas febrilmente; con su aparatoso abdomen como un dátil viviente, agazapada tras la pata de la silla de mi escritorio. La vi, y cada particula de mi cuerpo se erizó con un sutil espasmo provocado por el asco y el miedo. La vi. Creedme. Y con sus antenas y sus ojillos, o lo que fueran, me sonrío.

-No te asustes. Es para mi una verdadera molestia estar así, bajo la pata de una silla, con toda mi insignificancia puesta a tu merced. Yo, que en otro tiempo volaba junto a cometas y asteroides. Yo, que tiempo ha era tan hermosa como la más hermosa de las galaxias…

Paralizada por el terror, exactamente igual que yo, el pobre insecto me dijo que tenía hambre, y que si ya había pasado la hora de la cena.

-Voy a por una escoba, el bote de Bloom, y la fregona.

-No, de verdad. No me mates. Hay tanto por lo que vivir…

Entonces, de sus alas color marrón cucaracha surgió una pierna. Una pierna esbelta, torneada, blanquísima; una pierna magnífica diría Groucho Marx y soñaría con ella.

– No me mates, por favor. No sé que me pasa, y es que cada vez te veo mejor. Pero en cambio ya no me apetece nada corretear bajo tu cama.

Al poco tiempo, yo con los ojos lánguidos y verdosos, y el sordo tintineo de la lluvia martilleándome la mente, a la cucaracha le crecieron dos brazos perfectos de mujer, y su cabeza de artrópodo inmutable, lentamente fué convirtiéndose en una cabeza con ojos, labios, nariz, humanas. Y al final, entre la melena rubia con rizos, y unas cejas perfectamente depiladas, cada vez resultaba más parecida a Bette Davies. De pronto un golpe de luz invade abruptamente las violáceas tinieblas de mi cuarto, mientras la puerta se abre de par en par. Mi hermana entra en escena y aplasta al pobrecito artrópodo con su tacón rojo de charol.

-¡Agggggggggh! ¡Qué ascazo! Pero, nena, ¿estábas tan estás muerta de miedo que eras incapaz de liquidar a semejante bicho?

Metamorfosis finalizada.

The End.

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La cabeza de Medusa.

(Cuentos para las noches de insomnio)

Gente que vino a mi cafetería.

Durante toda la Tercera Edad, Lindon sobrevivió como tierra de los elfos, y las Montañas Azules siguieron siendo hogar y refugio de diferentes pueblos de enanos. Cuando Smaug atacó Erebor y sus habitantes tuvieron que huir, se establecieron en estas montañas esperando algún dia volver a recuperar su reino.

( El Silmarillion, J.R.R Tolkien).

Cafetería Galadriel, Octubre de…, en una ciudad sevillana con muchos olivos y muchos gatos.

Este tipo que me saluda correcta y amablemente entrando por la puerta de mi cafetería al filo de las siete y media de la tarde de un viernes, me regala un velero de madera en el cual, en una plaquita metálica sobre el casco se lee:

Recuerdo de Chipiona.

-Buenas tardes, Carmen. ¿Cómo va eso? Te saluda un servidor, un amigo, un cliente, un rendido admirador…

-Hola Máximo.

Y el hombre que es en realidad Grór, hermano de Thrór, quién guió al resto de supervivientes de las Colinas de Hierro, sonríe dejando entrever sus agudos dientes de chacal, y ese intenso brillo en la mirada que llevan, como un tatuaje, los grandes bebedores de cerveza. Máximo, o Grór, es un enano fornido, barbudo, de enormes ojos oscuros sombreados por cejas bien pobladas, y nariz y espaldas bastante desarrolladas. Y el tipo me cuenta sus cosas mientras saca un paquete de tabaco de la máquina y lo va abriendo tranquilamente…

-Nada, Carmen, hoy no voy a tomar nada que me voy escopetao para arriba. He bajado un momento a por el paquete Winston y me subo enseguida.

Dijo. Y eran exactamente las ocho menos diez de la tarde. Pero mucho tiempo y muchas cervezas después, todavía estaba Grór hermano de Thrór, el de las Colinas de Hierro, rulando por ahí, agazapado tras unos y otros, más borracho que un pirata el día de paga.

Unos minutos antes de haber aparecido por mi bar, todavía en su casa, Máximo Gómez -Grór, natural de Belegost, en la parte central de las Montañas Azules, o de la Sierra de Grazalema-, explicaba a su mujer Celia, abriendo la puerta de la calle:

-Cari, bajo a por tabaco a la cafetería de Carmen, y subo antes de que te des cuenta. Ve enharinando los boquerones, cacho guapa…

-Pero Maxi, si yo estoy bañando a la niña…

-Bueno, bueno, subo en medio minuto y los enharino yo. Verás cari que no tardo nada. ¡Antes de que saques a la peque del agua estoy aquí!

Las últimas palabras las ha ido diciendo saliendo por el jardín, con la puerta de la calle ya cerrada.

Y ahí en el baño, la madre, rostro redondo y rosado, dorados rizos cayendo sobre su nuca, flores lilas en su pijama; y la hija, un bebé de casi un año, redondo y rosado, con incipientes rizos dorados sobre su nuca, son felices entre pompas de jabón con olor a fresa y burbujitas de color azul. Hay risas y canciones de ratones y brujitos de Gulugú. En tanto, ahí al lado en la milenaria cafetería Galadriel

-¡Tío, Max! ¿Qué tal?

Fotograma de la película El Hobbit, de Peter Jackson.

-Hola, Sting. Nada tío le estaba contando a Carmen que me voy ya para mi casa. Sólo he bajado un momento a por tabaco, y ya me voy. Es que como Celia está terminando de bañar a la niña y…

-¿Cómo? ¿Qué no te vas a tomar ni una birraaaa? ¡Anda que no! Carmen, por favor, ponle una jarra bien fría a Máximo.

-Pero ¿no oyes que dice que no puede? ¡Su mujer está arriba esperándole para cenar, hombre ya!

-Estooo, bueno, venga Carmencita, ponme una. Pero solo una ¿eh? Tío, Sting, ¡qué de verdad solo una!

-¡Madre mía, qué poco fiables son los enanos de las Montañas Grises !

-¿Qué decías, Carmen?

-¿Yo? Nada, (Grór, hermano de Thrór, los que salvásteis a los supervivientes de las Colinas de Hierro…)

Me entran unas ganas locas de no ponerle ninguna cerveza a estos tipos, y hasta se me ocurre cerrar mi cafetería y largarme a Nueva York (hay una exposición sobre El Silmarillion en el MOMA). Pero va entrando más gente, y entonces observo por la ventana como la luna de otoño ilumina un limonero cuajado de perlas amarillas, dotándolas de poderes maravillosos. Todo aquél que contemple este limonero o coma uno de sus dorados frutos, vivirá mil felices años y será dueño de los magníficos tesoros de Smaug «El Terrible». Pero vuelvo a la realidad, más que nada debido a la bulla imperante, y pongo sobre la super limpia barra de madera dos cañas de cerveza tan frías como el cuerpo de un vampiro antes de ponerse el sol.

-Carmen, eran dos jarras, no dos cañas.

-¡Upsss!

-Bueno a mi me da igual, Sting. ¡Así duran menos y me voy antes! Es que como te he dicho, he bajado solo un momento a por tabaco mientras Celia…

-Carmen, guapísima, ¿es que nos quieres echar ya?

-Sting, su mujer y su hija son más importantes que tú.

-Bueno, bueno, no discutáis que yo no me entretengo más. ¡Me bebo la caña y adiós!

El local comienza a animarse bastante, pongo a The Cure, y me despido de Grór, o lo intento. Pero no hay nada que hacer.

-Bueno, pues adiós Máximo. Recuerdos a tus dos amores del alma.

-Vale, Carmen. Ejem, adiós… hasta la vista Sting.

En estas va entrando por la puerta más y más gente, y al rato aparecen Lupe y Rita, con todo el glamour de una diva de la Columbia en los años cuarenta.

-¡Yujuuuu, Carmencitaaa! ¿No pones el fútbol? Que le vamos a dar una paliza a esos palanganas. Y a mi me pones un bloody Mary, y a Rita un cóctel molotov bien cargado, porfisss. Ah y esas almendras y patatitas de miel y limón que pones algunas veces, cuando los clientes te caen guay, preciosa.

Rita me lo pide con sus ojos de vampiro pestañeando seductoramente al son de unas largas pestañas postizas. Rita es alta, bellezón, y, sin proponérselo apenas, rompe tres o cuatro corazónes antes de beberse un trago. Lupe es bajita, delgada, morena y hermosa, como la morena de mi copla pero en versión punk. Lisbeth Salander gobierna su armario, y así entra con sus dulces andares, mientras un cuervo más negro aún que su mirada sobrevuela sus pensamientos. Va charlando con alguien que está al otro lado de su móvil, con una letanía ronca y susurrante…

– No, no me llores, que yo no lloro nada, Martina. Creo que al enamorarse siempre pierde alguien. Antes o después. Enamorarse es lo peor que te pueden desear. Es como una maldición gitana: «anda y ojalá te enamores, paya.» Así que pienso yo que lo mejor en esta vida es ser independiente con todas las consecuencias. Y si alguien te hace daño porque sí, que lo pague. Si eres inocente y maja incluso, y te golpean sin motivo, con saña, ve a por ellos. ¡Qué cobren!

En tanto el enano Grór de la Tierra Media permanece inamovible entre el interior del local y el resto del mundo.

-Bueno, de verdad, de verdad, que yo ya me voy. Joder, sin darme cuenta llevo ya una hora aquí.

Para colmo de desgracias, que, dicen, nunca vienen solas, se les unen otro amigo, y otro, y otro. Ahora es Hendric, un enorme rohirrim de madre utrereña y padre danés, con los pelos rizados y rubios, dos metros desde la cabeza hasta las botas, heavy a más no poder, y piercings metálicos agujereando sus cejas, labios, y nariz.

-¡Pero hombre, Máximo, que yo acabo de llegar! Una jarrita y un gol, y te vas. ¿Nos vas a hacer el feo, después de que nos vemos poco y mal?

-Hola, Hendric, jejeje… no, no, no, es que he bajado un momento a por tabaco mientras mi mujer baña a la niña, ¿sabes? Como quedaba un ratiyo para que empezara el partido y me daba tiempo, pues digo: voy a bajar un momento a por tabaco y subo enseguida. Es que, como te digo, no iba a bajar pero entonces…

-¡Jajajaja! ¡Venga hombre, que no son ni las diez! Por favor Carmen, cuatro jarras y unas almendritas poderosas, haga usted el favor señorita.

-Bueno, bueno, Hendric, pero solo una, en serio. Qué mira que ya llevo aquí una hora y media y mi parienta…

Pero el gigantesco rohirrim del Betis ya tiene las neuronas puestas en otra cosa.

-Perdona Carmen, ¿ y las almendritas? ¿No ha venido Sara hoy?

Sara Arresi es mi camarera, y se parece a Ursula Andres en la película Las tribulaciones de un chino en China.

-¡Oh, cuánto lo siento, Hendric! No queda ni una. Y Sara está de exámenes.

-¡Hum! Vaya. Así que esta noche estás sola… Eres una reina guerrera y muy valiente… ¿y te queda algún cacahuete?

-No.

-¿Patatas fritas con miel y limón?

-Te va a hacer gracia, pero no.

Y así entre cóctels y chupitos, goles y jarras, piratas, rohirrims, elfos, vikingos,enanos, faunos, orcos, divas, princesas, chicas malas y demás, llega un momento en el cual solo se escucha una profunda exclamación de júbilo.

-¡Goooooooooooooooool!

En la pantalla un tipo vestido a rayas rojas y blancas, mete un golazo que no ve el portero del otro equipo que va de verde y blanco, hasta que el balón ha llegado a Marte. Y sacude las lenguas de algunos de los allí reunidos un temblor como de ganas de gruñir pero en idiomas diferentes. Otro trago, malta y espuma, y el enano Grór, hermano de Thrór, el que guió a los supervivientes de las Colinas de Hierro me pide que le ponga otra jarra. En tanto su móvil- con la sintonía de la serie de televisión Expediente X– , suena una, y otra, y otra vez.

-¿Cari?

_¡………………..!

-¡Cari!

-¡….!

-¡Voy ya para casa! ¡Que no tardo nada! ¡Que estos cuatreros me han enreao!

-¡….!

-¡No te oigo…! ¿Qué? ¡Bueno, churri, que no tardo!

-¡¡¡…………………..!!!!

-Max, creo que he visto a tu mujer asomada a la ventana y te estaba llamando hace un rato. Debes irte.

-No, no era ella, Carmen. De todos modos, llevo el móvil. Así que no te preocupes guapísima, que si me llama me voy para arriba.

Hendric, el rohirrim del Betis, se mete por la banda derecha sin ser invitado.

– ¿Pero no hay más Jack Daniel´s tampocooo?

Gentío, vapores de otros mundos, extraños seres llegados desde quién sabe dónde a quién sabe qué. Enmedio del bullicio suena una vez más la música de Expediente X

-La vi, vida Carmen, la vida qué mala es. ¡Qué mala!

Y una vez más…

-¡Qué sí, cari qué voy pallá!

-La vida a veces es como antes de entrar en batalla en las colinas de Pelennor. Susurra alguien evanescente, hermoso y feliz, antes de sumergirse en la opresiva atmósfera de esta noche inmensa.

Ahora, y ya para finalizar tan gratísima velada, y como el cóctel de alcohol y partido hace aflorar a pasos agigantados las esencias más desagradables y primitivas de la peña, enanos, elfos, medianos, incluso princesas, decido sabiamente cambiar fútbol por música para amansar a la bestia que todo ser lleva dentro, y surge pletóricamente con una, dos, o doce copas de más.

Larguémonos, chica, hacia el mar

no hay amanecer

en esta ciudad

-¡Heeeyyyyy que pasaaa, Carmeeeeeen! Pero, ¿cómo nos haces esto? ¡Qué ganaba el Betiiiisssshhh!

-¡Oleee, genial! ¡Héeerooeess! ¡Mucho mejor Héroes del Silencio que el odioso fútbol!

-¡Qué ascooo Carmeluchi! ¡No soporto al Bunbury! ¿Puedes ponernos a Extremoduro por favor? ¡Gracias!

Quiero ser tu perro fiel
Tu esclavo sin rechistar
Que luego me desato y verás
A ver qué me dice después

-¡Aaaaaahhsssggg! ¿Extremoduro?¿Esos drogatas insoportables? ¡Carmen, porfas!

Why do you come here?
Why do you hang around?
I’m so sorry
I’m so sorry

-¡Ouuuussssshhh, Morrissey! ¡Genial ¡Qué guapoooo!

-No hombreeee. Carmen, ¿es necesario? ¡Por favorrrr!

Se acabó. ¡Fuera todo el mundo! Son las cinco de la mañana y me voy a mi casa. Galadriel café se despide hasta después de la Primera Edad del Sol.

-Pero Carmen, Carmela, Carmencita… es de noche en la Comarca; resplandece como un sol el terrible ojo de Mordor. Saruman está al acecho… ¿Qué año es este? Muero. Muero ya por siempre. Adiós…

Y Gròr-Máximo cae en redondo contra el suelo. La música de Expediente X, la melodía que suena cada vez que Celia, la mujer de Gròr, le llama para interesarse por sus quehaceres, se oye ya en la puerta. Un cielo un poco menos oscuro que el resto alumbra al mundo por el horizonte, mientras canta un gallo invisible desde algún misterioso lugar, y sobre las blanquecinas tapias del cementerio cercano corretea un jirón fantasmal huyendo de los primeros albores del día. Celia, que en otro tiempo perteneció a las hordas de Saurom, y que un día, hace menos de una hora, fue una madre humana, paciente, dulce, amorosa y cantarina, vuelve por sus derroteros oscuros, siniestros e implacables. La terrible magia que un día se quiso conjurar, el poder de Mordor, entra en mi cafetería con su aspecto más cruel y letal. Nadie osa plantarle cara. Nadie excepto el valiente Gròr-Máximo, de los enanos de las Montañas Grises.

-¿Ca… cari? Cari… ¿Eres tú? Me enredaron estos capullos, y encima me quede sin batería, te lo juro, ángel mío… ¡Ay que malito estoy, cari!

Pero ella de un certero y brutal mordisco con su negra y horripilante dentadura de orco, arranca de cuajo la cabeza a su otrora amante esposo, enmedio de un silencio tan profundo como la garganta de Smaug «El Magnífico.» Arrojándola a sus perros que esperaban fuera pacientemente, ese despojo sanguinolento y espantoso, boca abierta en un rictus de sopor casi animal, ojos desencajados de sus órbitas, profundas arrugas cortándole la frente, es devorada sin tardanza. El resto de habitantes, hobbits, princesas, elfos, vikingos, aprendieron esa noche que jamás hay que hacer enfadar a una mamá que baña tranquilamente a su bebé.

(En realidad, todo fue un mal beber de un enano de las Colinas Grises, que amaneció en un banco del parque al lado de su casa. Mientras, Celia preparaba café y hablaba de su inminente divorcio con su abogado, con el cual se casaría dos o tres batallas con los orcos más tarde).

Colorín, colorado…

Ada GA. en Dos Hermanas, Abril 2011.

LA MERIENDA

la señora Bettsy y su hija la distinguida señorita Lucila Bellamy

oh, que alkegria cuanto tiempo sin vernos, queridas

Y que guaoas estais que joven

señora harvey usted tan amable

pensaba que había muerto

oh, no, aún me qudean muchas balas en la recamara, señora Bellamy

sabe usted quien s eha muerto. el señor lordley, y la señora Grimshaw

los pobres, es que ya eran muy vijecitos,

si verdad

pues nada pasen pasaen y pongase comodas, los demas invitados poronto llegaran

sientese aqui larededor de la mesa,

les presento a la señora Soraya Crowley, es escritora, medium, y sabe leer el tarot

oh, que emocionnate

si si, encantada

yo prefiero el termino conectantemejor que medium, ese termino esta ya algo trasnochado. yo soy conectadora

oh, que miedo

çsilencio, las personas aqui reunidas si hay alguien sensible y dado a la histeria le ruego que por favor, salga