SOMBRAS EN LA VENTANA

Ocurrió hace ya más de cincuenta años, y apenas hay nadie que lo recuerde tal y como pasó. Fue, me contaron, durante una fuerte tormenta, una tarde de marzo de 1948 en la cual a la señora Remedios se le cayó media pared de la cocina, y la pobre mujer casi va al cielo del tirón. Después de aquel lamentable suceso vinieron, durante los años siguientes otros hechos parecidos: ventanas que se caían de viejas; grietas abiertas en los altos techos; humedades por aquí y por allá, y que provocaban la caída del enlucido, y de lámparas y cuadros; tuberías por donde salían ratas, babosas y otros seres aún más espeluznantes. La señora Remedios, su marido, y sus tres hijas, fueron los primeros en marcharse de aquel viejo portal que las personas más ancianas recordaban ya viejo en su nebulosa juventud. Construido a finales del siglo XIX en una calle no demasiado céntrica de la ciudad de Burgos, la vivienda número 29 constaba de tres amplios pisos con baño -un verdadero lujo para la época en la que fue construido-, cocina con puerta de servicio, patio lavadero, techos altísimos, molduras de fina escayola simulando agujas de catedral gótica, hojas de arce, uvas, y dioses griegos de grandiosa y perfecta belleza; hermosas escaleras de forja; madera noble en el pavimento; terraza y ventanas grandes que le daban luz y esplendor a las tres habitaciones y al salón comedor de la vivienda. Pero todo esplendor, por muy intenso que parezca, ya lo dijo Wordsworth, poco a poco, en el pesado y feroz transcurrir del tiempo, va desapareciendo,

hasta perdurar tan sólo en un recuerdo.

Aunque el resplandor que

En otro tiempo fue tan brillante.

Hoy esté por siempre oculto a mi mirada,

Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello

Que en mi juventud me deslumbraba,

Aunque nada pueda hacer por

Volver a la hora del esplendor en la hierba,

De la gloria en las flores,No debemos afligirnos

Porqué la belleza Subsiste siempre en el recuerdo.De manera que un día de finales de 1964, aparecieron por fin expertos peritos del ayuntamiento y dijeron al cabo de una semana de estudios muy exhaustivos, probos y concluyentes, que aquellos pisos estaban en ruinas, aquejados de goteras, ratas y otras cosas más técnicas y más pesimistas. Lo peor era que había que precintar inmediatamente el edificio, aunque las ultimas vecinas que quedaban en la desvencijada vivienda eran las muy ancianas señoras Miranda y Aranda Belladona Castro, ya que los demás vecinos se habían ido marchado… o habían ido muriendo de viejos.

Jaime y yo almorzábamos felizmente en un elegante restaurante frente a aquél edificio una muy luminosa tarde de julio, muchos, muchos años después de que hubiesen tapiado la puerta del portal, los bajos y las ventanas del primer piso. Oscuros vencejos volaban pesadamente sobre las tierras amarillas y verdes de Castilla, mientras el sol pegaba lo suyo encaramado a un otero en las afueras. Nosotros dos, en tanto, enamorados como nunca, bebíamos dichosamente por nuestro amor, comíamos poco y rápidamente, y después seguíamos camino. Pero ante aquél vetusto edificio de ventanas tapiadas, mole elegante y bien plantada a pesar de todo, yo me quedé fascinada y quise permanecer un poco más en aquél restaurante burgales a comenzar allí la tarde con un café. Después nos marcharíamos de allí quizás para no volver jamás. Así que imaginé vidas, días, penas, alegrías, fotos, rumores, risas, años en fin largos y lejanos, y todo eso tendría inevitablemente que desaparecer un mal día y dejar paso al monstruoso centro comercial de turno, al inevitable Mercadona, o al super moderno edificio inteligente. En las casas vacías, me contó alguien una vez, vete tu a recordar quien, en las casas vacías se hospedan a modo de intangibles okupas. seres de niebla y luz, espíritus puros cuyas manos pueden coger una maceta, cambiar de sitio un viejo y abandonado libro, esconderse tras un visillo ajado y gris, mientras el pobre paseante del otro lado, del lado de la vida, del ajetreado lado de la calle, se queda un rato pensando si será verdad o no, lo que acaban de ver sus ojos. Y un tanto trémulo, y un tanto nervioso, cambia de acera y se aleja rápidamente de las cercanías de ese destartalado y añejo inmueble, que misteriosamente no habían llegado a demoler, y que tanto contrastaba con las nuevas y brillantes edificaciones a ambos lados de sus muros. Todo esto lo pensaba yo con una taza de té verde entre mis dedos, y Jaime frente a mí, terminaba de darle los últimos retoques a un libro cuyo título era como un verso o una canción cálida y extraña. Entonces, sin saber muy bien de donde había salido, una ancianita menuda, blanca como la sal, de pequeño y níveo moño sobre su diminuta cabeza, se acercó hasta nosotros, al mismo tiempo que nos pedía de la forma más encantadora una dádiva para santa Águeda, y sin pedir permiso, se sentó a nuestra mesa,. Quiso un vaso de vino de Toro, para entonarse, dijo.

“Miren ustedes jóvenes, la verdadera luz sale de la más profunda oscuridad. La luz que ciega y a pesar de eso, nos hace ver con más claridad que nunca. Yo vivía en esa casa de ahí enfrente, si, si, ahí en ese tercero que tiene la ventana de la cocina un poco entreabierta… y mi hermana Aranda, la mayor, también. Desde que nacimos, ya ven ustedes. Pero un día vinieron a cerrarnos la vivienda. ¡Los muy ladrones! ¡A dos viejas tan viejas como nosotras nos querían quitar nuestra casa! ¡Qué estaba en ruinas, decían! ¡Ja! Ellos, esos cerdos del ayuntamiento, esos malditos ladrones, ellos lo habían provocado sin mover un solo dedo en muchos años para evitarlo. ¡Maldición! ¡Si la hubiesen arreglado el mismo día que a la señora Remedios le cayó una parte de su cocina y casi la pilla dentro…! Pues eso, que vinieron hace ya mucho, creo que por el 68, no lo recuerdo muy bien, pero más o menos… si, coñe, vamos que sería por el invierno del 68 o ya casi el 69. Los bomberos, los peritos, la chusma del ayuntamiento… ala, a la fuerza a sacarnos a las dos vecinas que quedábamos a la puñetera fuerza, que no nos daba la real gana de irnos porque esa era nuestra casa. ¡Nuestra casa, recoñe! Uy, perdonen ustedes, mozos, que es que me altero mucho, y enseguida me da el patatús. Aranda, mi hermana, que maja, que maja, mi hermana Aranda, como le gustaba airear las habitaciones cada sábado, nevase, lloviese o hiciera un sol de veinte pares… pues miren ustedes, a Aranda no le gustaba pelear. Ella, pobrecica mía, ella nació con un pìe metido para adentro y aunque guapetona y buena moza, los gilipollas de los mozos ni la miraban. Menos mal que apareció el Mariano, que era del mismo Valladolid, y la quiso mucho y remucho. Pero el Mariano era un poco, vamos, que era un poco cortito y se metió a bañarse en la playa de La Coruña con pleno mar de fondo, (eso sería allá por el 52) y entonces sin avisar a nadie vino una ola muy bestia y se lo tragó casi entero, ya que dejó un zapato y un calcetín sobre la arena fría y llena de algas verdinegras, como dedos de bruja acuática. Coñe, perdonen niños, ¿Por qué les estaba contando yo todo esto? ¡Ah, bueno, claro! Pues esa gentuza, los cabrones esos del ayuntamiento, como les digo, a la fuerza subieron hasta nuestro piso, ahí, en la tercera planta, y metiendo sus botazas y sus sucias manos entre nuestros primorosos cajones, sacaron toallas bordadas, carísimos juegos de sábanas, tapetes de mil formas, cortinas, libros, macetas,… fueron guardándolas en cajas de cartón y bajándolas a la calle las fueron metiendo dentro de un camión de mudanzas. ¡Uyy! ¡Cada vez que me acuerdo me da algo!

— ¡Yo no me voy de aquí! ¡Esta es nuestra casa y lo será siempre! ¡Que lo sepáis, pandilla de intrigantes! ¡Cuatreros, más que cuatreros! ¡Qué solo os interesan nuestros ajuares, y nuestros dineros! ¡Ay, si padre viviese no os atreveríais a hacer esto!

—Señora Miranda Belladona, este edificio lo van a precintar, mientras estudian como arreglarlo porque ya ve usted que se cae a pedazos. Además de que tienen ustedes aluminosis, goteras, ratas, moho, los cimientos están malos. ¡Una ruina!

— ¡Cabrones! ¡Se cae a pedazos desde el año 48! ¡Haberlo arreglado antes! La enfermera me cogía las manos mientras los bomberos pegaban trastarazos a las paredes.

—Le van a hacer obras en condiciones, señora… ¿Ve? Ese señor de ahí abajo. Asómese usted a la ventana. Pues ese señor es un perito del ayuntamiento. Además, mientras tanto, usted y su hermana Aranda se van a un piso nuevo precioso con vistas a la estatua del Cid.

— ¡Qué le den morcilla al Cid, al perito del ayuntamiento, y a usted! ¿Y mi hermana? ¡Aranda! ¡Aranda!Pero a la pobrecica de Aranda, diez años más vieja que yo, casi, casi en el siglo, y mucho más remilgada, finolis, y achacosa, no soportó aquél disgusto de ver sus cosas metidas, en contra de su voluntad, en burdas cajas de cartón, ni de dejar su piso. Y entonces ¡ay que disgusto! ¡Qué disgusto madre de mi alma! Al sentarse en su mecedora para llorar a gusto, mientras los bomberos y los de la mudanza iban y venían a sus anchas por su casa, le dio un pasmo y ahí se quedó. Recuerdo aquella mecedora moviéndose lentamente, crujiendo… crujiendo, mientras Aranda ya había dicho adiós a las cosas de este mundo traidor.

De manera que tras vivir estas tristes experiencias, fui sacada a la fuerza por enfermeras y bomberos de mi casa. Por supuesto, enloquecida y presa de una rabia absolutamente comprensible, dadas las circunstancias. Si, si, no me miren así, jóvenes, les di que hacer todo el camino a los de la ambulancia. Después me llevaron a un hospital muy feo y muy blanco a que me pusieran dos o tres inyecciones de esas que te calman tanto, que te dejan convertida en una maceta. Pero a los pocos días me llevaron a una casa nueva, desde la cual se veía, por la ventana de la cocina, la estatua del Cid. Bueno. Esta ha sido mi historia. Espero que no os haya aburrido demasiado. Gracias por la copita de vino. Muy rica… me voy ya… buenas tardes, que sean ustedes muy felices jóvenes…”Y salió resuelta y muy ágilmente, teniendo en cuenta su edad, a la calle, una calle alejada del casco histórico de Burgos. La misma calle donde había estado su casa durante casi toda su vida. El hombre al que amaba y yo nos quedamos alucinando con esta señora y su historia; pero nuestra sorpresa fue aún mayor cuando él se puso a calcular cuantos años tendría ahora una señora que en 1968 tenía 85. La evidencia nos dejó helados. La buena señora tenía nada más y nada menos que 133 años… ¡Imposible!

—Vamos a aclarar este misterio ahora mismo, Claudia.Dijo. Y enseguida llamó a una de las camareras que nos habían atendido y que era en realidad la dueña del restaurante. Y mientras preparábamos nuestros chismes para irnos, le preguntamos si conocía a la viejecita que había estado hablando con nosotros sentada a nuestra mesa

— ¿Viejecita? ¿Qué viejecita? Yo no he visto a nadie en vuestra mesa, chicos.

— ¿Cómo que no…? Una señora muy anciana que pidió vino y ha estado hablando con nosotros por lo menos una hora. Usted se acercó y sirvió los cafés y la copa de vino de Toro a esa señora.

— Me pediste vino. Es cierto, claro. Y os lo sirvió María. Pero en la mesa dónde estabais sentados yo no he visto a nadie más que a vosotros en toda la tarde. Nadie más. No puedo jurar si estuvo con vosotros otra persona, porque a la hora de la comida tengo mucho trabajo. Pero, desde luego, las veces que me he acercado por vuestra mesa, no he visto a nadie más que a vosotros dos.

Él y yo nos miramos directamente a los ojos, una franca y amplia mirada de sorpresa, y muy a pesar nuestro, un escalofrío involuntario levantó el vello sobre nuestra piel.

—No puede ser…, debe haber alguna explicación lógica… Esa anciana ha estado con nosotros una hora al menos. Entró sin que la viéramos llegar, y cuando nos quisimos dar cuenta, ya teníamos a esa locuaz y misteriosa abuela sentada a nuestra mesa. Usted se acercó para preguntarnos si deseábamos algo más. Entonces la desconocida anciana le contestó sonriendo que una copa de vino. Jaime pidió una cerveza y yo un helado. Al rato apareció la camarera con el vino, el helado y la cerveza.

— ¡María, ven! ¿Quién era la señora que estaba sentada con estos chicos y que te pidió una copa de vino?

— ¿No me la pediste tu? Creo, no sé…. Si que él me pidió cerveza, un helado ella, y después alguien dijo “y una copa de vino, por favor” pero como no vi a nadie más en la mesa supuse que lo había pedido él.

Entonces, cuando dueña y camarera comenzaban a mirarnos ya como quién mira a un perro verde, o a un político honrado, un tipo sentado a la barra con pintas de peregrino a Santiago, incluida vieira, calabaza y sandalias, y con muchos años sobre sus huesos, cogió su vaso de sidra, y, gritando con la cara colorada y radiante, se vino a sentar a nuestra concurrida mesa.

— ¡Ay mozos! ¡Que eso va a ser otra vez los fantasmas de las hermanas Miranda y Aranda Belladona Castro haciendo de las suyas…!

— ¿Fantasmas?

Pregunté yo sin dar mucho crédito al hombre de la vieira.

— ¡Jajaja! ¡Eso es, fantasmas y buenos fantasmas que son!

— Pero qué nos dice usted buen hombre…

— ¿No salen los fantasmas sólo por la noche, señor Cipriano?

Preguntó la camarera que por lo visto ya conocía al personaje. El hombre dio un sorbo tan tremendo a su vaso de sidra que se la acabó del todo sin respirar. Luego dijo, sentándose tranquilamente a una mesa lejos de los demás comensales…

— ¡Que va, que va…! ¡Esos serán los fantasmas de los cuentos y de las “piliculas” porque a los de verdad…! ¡Jajajaja, a esos les gusta la luz del día como al que más!

Y nos invitó a Jaime y a mí a sentarnos con él, ante sendos vasos de sidra, y nos invitó a escuchar su peregrina historia. La dueña, a la cual las historias de viejas y aparecidos no le interesaban absolutamente nada, siguió su trabajo por aquí y por allá. Y la camarera, María, una chica con el pelo color caoba, piercing nasal, y gafas de pasta negra, tras servirnos la sidra, se sentó tranquilamente con nosotros a escuchar, porque ya había terminado su horario laboral, y a ella si le gustaban mucho las historias de fantasmas.“Pues esto es así, mozos, y no me vayáis a interrumpir para nada antes de terminar, ¿eh? Os cuento… Tras la forzosa salida del último vecino de ese portal, y lejos de meterse a obras para arreglar y adecentar los destartalados tres pisos de la calle Santa Águeda, el ayuntamiento –ya se sabe que los políticos donde dijeron digo, dicen luego diego-, al cabo de tres o cuatro años, optó por lapidar la entrada, los bajos y la primera planta para evitar que ocurriese algún accidente a algún okupa despistado. Así que poco a poco su aspecto fue adquiriendo ese lóbrego e inquietante aire que tienen casi todas las casas abandonadas. Los vecinos que quedaron, las hermanas Belladona Castro, fueron sacadas a la fuerza… bueno, Miranda, porque Aranda no pudo soportar tanta tristeza. Pero su hermana Miranda no tardó mucho en seguirla, al fin y al cabo era ya la buena señora más que octogenaria. Eso sería en por el año 1970. lo recuerdo bien por que fue mi primer Camino y mi primera hija, la Luisa, que nació también a finales de ese año… En fin que una noche, en la habitación donde Aranda había dormido por más de cuarenta años, y en la mecedora en la cual una tarde se sentó para no volverse a levantar jamás, apareció una sombra. Una sombra tan parecida a Aranda que cualquiera hubiese dicho que era ella. Y esa mecedora crujiendo, crujiendo… La sombra fantasmal se levantó lentamente de la raída y polvorienta mecedora de caoba y brocado verde inglés, y dirigiéndose a la cocina y encendió una vela. Luego, como si la hubiese estado esperando, como si hubiese presentido su llegada, saludó momentos antes de verla aparecer, a su hermana Miranda al lado, junto a la ventana.Y ambas se pusieron a recorrer las oscuras estancias de la casa, como si nunca hubiese ocurrido nada. Aquellos cuarenta y tantos años atrás no habían existido. Desde entonces, algunos aterrorizados vecinos afirman haber visto a alguna de las dos hermanas asomarse a una ventana. Incluso a la chica de la farmacia, muerta de miedo, contó que al salir de la farmacia una tarde bastante lluviosa y fría, las hermanas la saludaron dándole las buenas noches. Y no son pocos los que afirman ver luces tras las persianas del tercer piso. Y hasta voces… Yo mismo las he oído charlar entre ellas, reírse, abrir alguna ventana, al volver del trabajo muy tarde por la noche. Y si me preguntan ustedes, si que siento un escalofrío tremendo y apuro el paso lo más que puedo. ¡Bueno! Pues ya sabéis quién era esa ancianita charlatana que ha estado con vosotros tomando un vino esta tarde. No, no pongáis esas caras… ¡Los fantasmas existen! ¡Vaya que si!”Epílogo.Cerca de las doce de la noche de un mes de noviembre especialmente frío, alertados por algún que otro vecino supuestamente borracho que decía haber visto algo tras la luz, de los viejos y grises visillos de las ventanas del tercer piso, una pareja de policías locales hacían la ronda en el lugar

— Seguramente serán otra vez esos okupas bromistas…

— ¿Tu crees?— ¡Vamos, hombre! ¿No me irás a decir ahora que crees en fantasmas?

—Oye Paco, mi mujer se escucha todos los domingos Espacio en Blanco, y ahí, tío, salen cosas que no son tan fáciles de explicar con los argumentos de la razón y la ciencia. Y no es la primera vez que nos han llamado alertados por luces, voces y ruidos provenientes de esta vivienda vacía desde el año de la maricastaña, que fue desalojada hace miles de años, pero ya ves, ahí está tapiada pero sin que nadie se decida a derribarla o a arregarla… Para colmo la peña asegura que hay fantasmas…

— ¡Bah! Mira Alberto estas ventanas fueron tapiadas cuando yo era apenas un mocoso. Hasta el primer piso el edificio está cerrado a cal y canto. Ya lo ves. Yo creo que nadie en su sano juicio se aventuraría a trepar peligrosamente hasta el segundo, porque ahí dentro ya no hay más que ratas, polvo y carcoma…

—Nadie en su sano juicio dices… Claro, sin embargo…

— ¡Bueno, basta ya! ¡Nos mandan a hacer un reconocimiento y vamos a hacerlo, joder!

—Yo… ya sabes tu que me enfrento con cualquier matón que sea, con el ladrón que haga falta, con un vivo, siempre…. Ahora que con el tema aparecidos…. ¿Quién te dice a ti que las personas nos vamos para siempre? ¿Quién te dice a ti que no hay algo sobrenatural ahí arriba, no me preguntes el qué por favor, qué ni yo mismo sé explicarme bien…, que no nos deja marcharnos para siempre y descansar en paz? En este portal, ya lo sabes, vivieron hace muchos años dos hermanas muy viejecitas que al tener que abandonar involuntariamente su hogar, aún más viejo que ellas, murieron de la pena. Y dicen que están ahí arriba, en el tercer pìso… con sus luces, sus sombras, y sus voces llamándose la una la otra.

— ¡Jajaja….! ¡Anda que vaya policía local que estas tu hecho Alberto! Ahora mismo vamos a dar una vuelta por aquí y después nos vamos a Torreros a tomarnos un café. En cuanto a lo de los fantasmas…. Nunca me preocuparon los cuentos de misterio, espectros o aparecidos. El más allá es todo cuentos de viejas y de cuatro chalaos que no saben en que ocupar su tiempo libre… Anda vamos; aún eres demasiado joven… ¡Joder qué juventud está!

Los dos policías siguieron su ruta y la noche volvió a ser callada y limpia.

Las campanas de la catedral tañeron lenta, lejanamente, doce campanadas que retumbaron en cada piedra, en cada esquina, en cada calle. Mientras, arriba en el tercer piso, las hermanas Belladona Castro, Miranda y Aranda, deambulaban de acá para allá poniendo sus trastos en condiciones, regando sus macetas, releyendo sus cartas…. Pero no había ni trastos, ni macetas, ni cartas ya… sólo sombras que como el viento negro de las noches más oscuras y frías, recorrían la casa susurrando nombres que ya eran polvo.

Ada García, un día de verano, lento, denso, candente.