EL JUEGO

Sevilla. Abril de aquél año.

Serían las cuatro de la tarde, minuto arriba minuto abajo, cuando sonó el ring rign del teléfono fijo de la cocina justo cuando me acababa de pintar de azul cielo la última uña de los dedos de mis pies. Que fatiguita, pensé. qué inoprotuno. Porque estaba yo a punto de meterme en la sabrosa lectura de la casa tomada, esa obra de arte de papel y letras ciuyo autor Julio Cortazar me traía por la calle de la amargura. Mi madre Rosalía, y mi abuela Victoria, protestaron desde el patio. Y es que alkgunos de mis hermanos dormian pesadamente la siesta. Era un fabuloso mes de abril en Sevilla. Era la tarde de un viernes azul y prometedor. Era, bien lo recuerdo, un grupo de cinco o seis chicas, de entre dieciocho y veintitrés años, preparándonos a conciencia para el concurso Miss Sevilla. Allí dentro, en aquellos camerinos de la discoteca Sibila del lujoso hotel Murillo, el más caro y glamuroso de la ciudad, mientras fuera reverberaba el verde lujurioso de los limoneros, brillaban las nubes blancas que pasaban serenas por los cielos rebosantes de golondrinas y palomas, entre las azoteas y la ropa tendida. Y así, entre música de Rihanna, Lana del Rey, Burning , Talk Talk, y Héroes del Silencio, ensayábamos sobre la pasarela redonda de la disco. Un, dos, tres, media vuelta, no te caigas, no tuerzas las piernas, no flamenquees con las manos. Y entre brochas de polvos sueltos, barras de labios, zapatos de tacón, botellitas de cava, cigarrillos manchados de rojo amapola, risas, mis compañeras de concurso, algunas de la misma agencia de modelos que yo, solo pensábamos en ganar para poder aspirar a participar en el concurso de Miss España. Pero  a mi personal, y privadamente, todo eso me importaba un rábano. Había accedido a participar presionada  por la dueña de la agencia, la rubísima y repeinada María Andrea Montilla, viuda de un oficial del ejército español, y madre de un chico rubio, alto y delgado, Luis, que decían todos, estaba enamoraito perdío de mi persona.  Yo, claro es, no le hacía mucho caso, ya que como todo el mundo sabe, tener novio a los dieciocho años produce disturbios, ansiedades, y desagradables altercados que yo no quería vivir por nada, nada, del mundo. Enamorarse, ya lo dijo alguien con la cabeza bien amueblada, es un estado de demencia transitorio. Y eso es algo muy peligroso, terrible y además duele. Mucha gente termina tirándose por la ventana solo porque se ha enamorado de alguien y ese alguien ha preferido a otra `persona. A parte, según veo enamorarse envejece muchísimo. Te echas un novio, una novia, y al poco tiempo, una chica mona, o un guapo muchacho, aparentan diez años más; su cuerpo se vuelve fofo y contrahecho; los pelos feos, y allá cada uno por su lado. Por siempre jamás esa criatura se pondrá encima lo primero que encuentre en su armario; se pasará el resto de su vida en chándal y deportivas. Ah, y a partir de ahora, locos alienados, u, o, enamorados, ya no volveréis a ser Silvia, Pepi, Antonio, o amor mío, no. Ahora, aparte de un amasijo de ropa zarraprastosa y mal llevada, ahora eres solo CARI. Ejemplos: CARI, ¿me traes una sin alcohol, porfis? CARi, ¿sacas tu al perro?; CARI, venga, vámonos al Mercadona antes de que cierren. Pero, ¿Y esos engendros humanos que llaman a su mujer chocho loco? Aggg antes muerta y a cien metros bajo tierra. Volviendo al tema anterior, y como iba diciendo, los concursos de belleza, de misses y esas cosas deberían ser para gente con un coeficiente intelectual elevado, así se ahorrarían muchos sinsabores. Y como yo tampoco quería dejar la agencia de modelos y azafatas María Andrea Montilla, no tuve otra opción que apuntarme. Y es que María Andrea fue tajante:

-Las niñas que no se inscriban en el concurso serán cesadas en la agencia. He dicho.

 Y así que, aun a sabiendas de que los concursos de belleza eran humillantes, no tuve más remedio que ceder engreída además ante la posibilidad de viajar, y conocer gente extremadamente interesante. a desde la lejana época en la que Amparo Muñoz renunció a su flamante título de Miss Universo, asqueada  y aburrida de todo lo que conllevan estos eventos, la fórmula de exponer a un grupo de niñas a la vorágine mediática  sin alma y sin cerebro, me daba hasta miedo y todo. Pero como yo quería ser valiente y no de las que se rinden por una cuestión o dos, me quedé para participar.  Y de esta manera,  con apenas diecinueve años, vestida de raso negro, y taconazos de leopardo de diez centímetros, mi melena morena y peinada a lo Gilda,  decía la gente que era una de las preferidas. La gente. ¿Y qué sabrá la gente quién es más guapa, más elegante, más fascinante? Qué se meta en sus asuntos la gente. Pero todas sabíamos que Claudia Pavón, aquella rubia pelín borrachina, de ojos grises atiborrados de malicia y rimmel,  algo más de veinte años, rizos tipo sacacorchos, cara muy parecida a Neil Tennat, el líder de Pet Shop Boys, con su metro ochenta y tantos de estatura descalza, y su pecho liso tabla, era la absoluta y notoria candidata al título de Mis Sevilla. ¡Si hasta le habían entrevistado para ABC!  Sin embargo, creedme si os digo, que esta  top model de la agencia María Andrea Montilla, era una auténtica hija de la gran perra: hipócrita, falsa, envidiosa, diva total, creída, tonta, mete cizaña, mentirosa. Lo único hermoso que había en su persona era exclusivamente su espectacular exterior, tan a lo Elle McPherson.  Claudia, la presunta hermana gemela de Neil Tennat, mientras acaparaba la mitad del camerino comunal que la discoteca había habilitado para las aspirantes al título de Miss Sevilla, se dedicaba a malmeter contra todas y cada una de nosotras la muy malvada. A su lado Bette Davies en La loba  se convertía en la beatífica y sosísima María de Sonrisas y Lágrimas.

En ese momento, María  Andrea Montilla, la dueña de la agencia, como ya sabe casi todo el mundo, entra repartiendo media pastilla de Valiums, como quién reparte caramelos, y una lata de Coca-cola para pasarla, dice. Su hijo, el rubio y muy estudioso, y muy trabajador Luis. Ese chico que bien podría ser hijo secreto de Michael Caine, bebía los vientos más tempestuosos por mi persona. Pero yo solo quería marcharme a Paris a vivir allí el resto de mi vida y no volver  jamás. Nunca tendría novio. Nunca, nunca, me casaría. Sería actriz de teatro y los exigentes públicos de Nueva York, Viena, Chicago, Londres, o Paris, me aclamarían. Luego, un buen día, o mejor una noche,  el fantasma del capitán Daniel Greig vendría a buscarme, y juntos por siempre jamás recorreríamos en su barco “ La Gaviota” los Siete mares, y los cinco océanos con sus pavorosas fosas, sus playas bramantes, sus  islas remotas, recitando versos de Keats. Y a la noche, entre vaivenes de olas verdes, y espumosas, y las zambullidas de los alcatraces, haríamos salvajemente esas cosas que los que se aman hacen entre las sábanas cuando todos duermen. Pero eso será dentro de cien o ciento cincuenta años. María Andrea me saca de estas o tras peregrinas ensoñaciones, poniéndome algo muy pequeñito y redondo en la mano. Y sin preguntar ni nada.

-Niñas, tomad esta media pastillita de Valium que no hace nada. Solo os va a relajar, y saldréis muy tranquilitas a la pasarela. Lucia, mi hijo que si puedes bajar un momento a la cafetería antes del ensayo general.

-¿Luis? ¿Pero no estaba en Londres?

María Andrea se me queda mirando de reojo, pero con una mirada fija y penetrante. Me da  un poco de miedo esa extraña mirada torcida.

– No, ya ves que no. Anda ve.

-Bueno, pero yo la pastilla no me la tomo, María Andrea. Mi madre no me dejaría.

-¿Qué no? Bueno, cómo quieras, Lucía.

Le llaman desde no sé dónde. Sale cerrando la puerta, con su pelazo rubio platino cardado, su perfecto maquillaje en tonos beige y caramelo, y su vestido de seda blanca, largo y vaporoso. Si le preguntáramos a María Andrea que quién le gustaría ser en su próxima vida nos diría, sin ningún género de duda, que Catherine Deneuve. Pero yo, en cuanto sale esta mujer tiro directamente la puñetera pastillita al W.C.  Algunas chicas hacen lo mismo, en cambio otras se la tragan alegremente y sin rechistar, entre lingotazos de cava y Coca-cola.  Entre ellas, la muy fumadora Claudia Pavón. La tía nos mira despectivamente desde su metro ochenta infinito de estatura.

-Monas, me dais una pena… Tirad, tirad las pastillas por el váter, que si os da un pasmo de los nervios cuando vayáis saliendo os jodéis. Eso es, os jodéis tan ricamente.

Pero, ¿a esta imbécil qué narices puede importarle absolutamente nada si nos da un jamacuco o un patatús, o las dos cosas? Me entra una mala leche irrefrenable, y para no liarla, me maquillo los párpados con sombra azul noche con destellos metálicos de Givenchy, para relajarme.

En estas aparece María José Canuto, la chica de Jaén, con un cubata de fresa, ron y Red bull en una mano, y en la otra el tablero de lo que parece ser un juego.

-Chicas, que dice María Andrea que tenemos media hora para relajarnos antes del ensayo general. Y es que creo que se han estropeado un poquito las luces de la pasarela. Mirad lo que os traigo monadas…

-¿Y qué coño es eso? No será un parchís de diseño, ¿no?

Pregunta Claudia Pavón, bastante cabreada con un rizo que se obstinaba en caerle exactamente donde ella no quería que le cayese.

-Jajaja, no, hija, no. Es una ouija. ¿Nunca habéis oido hablar de las ouijas?

La chica rubia de Córdoba, la Marilyn de la agencia, se vuelve con el secador del pelo hasta María José Canuto, dando grititos cuquis de puro terror.

-Oyyy oyyy que miedo, claudia! ¿En serio que es una ouija?

-Mi hermano dice que esos tableros no son un juego. Son peligrosos tanto si crees como si no.

-Que va, que va. Tontita. ¿Entonces quien quieres jugar? ¿Lucia?

-Ni borracha.

-¡No pasa naaada! Mira que eres tonta, guapa.

– Vete a cagar.

-Ay, que no pasa nada, en serio, bobas. Veréis que fácil y que divertido: ponéis los dedos así, nooo, joder, María José, así sobre el vaso pero sin tocarlo…

-Yo me voy a la cafetería  que Luis me está esperando.

-Luciaaaa que miedica, por favor Si ¡Es solo un juego! Y además, ser la novia del hijo de la jefa no te va a servir para nada, guapa.

-¿Nunca has jugado al Monopoly? Pues esto es lo mismo, tonta.

-Mirad, chicas, este juego consiste en poned el dedo así, sobre el vaso. Pero si llegar  a tocarlo. ¿Véis?  

-y …

-y le hacemos preguntas.

-qué tipo de preguntas

-quien eres, ¿cómo te llamas, qué va a ser de mi vida? O también podemos ponernos en contacto con entes de otra dimensión

-jajajaj entes de otra dimensión? Eso no existe. Mirad, me rio yo en vuestra puñetera cara de los jueguecitos gilipollas. Venga, vamos a ello.

-A ver ente de otra dimensión… ¿quién coño eres?  ¿Qué coño quieres y qué coño va a ocurrir con el concurso? ¿Seré o no la ganadora? Pregunta imbécil porque ya sabemos todas que la ganadora voy a ser yo, pequeñas.

-Mirad,  tengo que salir. Luis me espera  desde hace media hora en la cafetería.

María José Canuto decía estas tonterías mientras se quitaba el enorme rulo de su coronilla.

-que sí, que si… lo que tu digas mona. , María José Canuto, Ágata Flys, Carmen Platin, Nadiuska Gómez,  y Sandra Morakosky absolutamente hechizadas con el tablero, en bragas y sujetador;  algunas a medio vestir, otras con rulos y sin maquillar todavía.. Embebidas en el misterioso movimiento de aquel diabólico juego, el cual, aparentemente, hacía que el vaso se moviese solo por entre letras y misterioso símbolos. Claudia Pavón, fumándose un porro de medio kilo intentaba a toda costa sentarse delante del tablero y ser, como no, la protagonista todoterreno de siempre. Como llevaba ya tres cubatas de fresa, ron y red bull, los ojos iban por su cuenta, la boca por la suya, y el pie derecho metido dentro del tacón izquierdo, taconeaba discretamemte por bulerías.

-.A ver, coñio. Dejadme a mi que pruebe. No me creo nada. El dedo así sobre el tablero, no? hip, venga, vamosssshhh

Desde algún remoto confín más allá de estos siniestros un pianista fantasma desgrana lentamente la Pavana de Gabriel Fauré. Entra una luz rosada y por la puerta de cristales de la cafetería, y, no sé porque, pero me pongo en plan  “volverán las oscuras golondrinas”. Lo cual quiere decir con el talante melancólico y poco sociable. Luis, bebiendo a solas algo dorado, espeso y frío, en un vaso ancho y muy bien tallado me espera con sus rizos rubios, y sus ojos enormes y azules. Junto al ventanal observa distraído cómo va cayendo el oscuro telón de la tarde sobre la ciudad. Al verme llegar, se levanta, me besa en la mejilla y me mira como quién mira una copa de buen vino que no han servido para él.

-Hola, Lucia. ¿Qué vas a tomar?

-Hola. Pensé que estabas en Londres.

-No. Llegue hasta el aeropuerto  de Heathrow  y me volví para Sevilla inmediatamente. Y es que entendí que es absurdo tratar de olvidarte. Y no es que estés en mi cabeza, es que formas parte de ella. Eres mi pensamiento, Lucía.

-Luis, la culpa es tuya. No se deja a una novia atrás como se deja un libro en la biblioteca. No.

-No, por dios; no me digas ahora «la culpa es tuya”. Cualquier cosa que digas ahora con ese tono de voz, y esa mirada tuya… me mataría. Es mejor que no digas nada. Pero me voy…  la cuenta por favor…

Y salió fuera del café a la calle, a ver las nubes coloreadas de rosa de la tarde, o ese pájaro de ojos de fuego, que una vez fue una nube,  mientras encendía un cigarrillo y aspiraba la primera bocanada de humo con desesperación. Y así sin despedirse, Luis Rodríguez Montilla, joven opositor a notario, se metió en su coche y desapareció de mi vida sin dejar más rastro que el recuerdo de unos cabellos rubios flotando sutilmente al viento, y unas piernas muy largas embutidas en unos Levi´s deshilachados. Su madre, la dueña de la agencia Andrea Montilla, jamás me lo perdonó.

Cuando regresé al cabo de media hora de la cafetería, el camerino de las modelos estaba envuelto en humo, apestaba a azufre y a madera quemada. Las luces del techo, parpadeantes, el humo que lo inundaba todo, el olor acre y desagradable,  todo se confabulaba para hacer de nuestro, hacía escasamente una hora, alegre camerino, la habitación de Rega, la muchachita de la película El Exorcista.  Marina, alias Nadiuska, Mahor, con su rulo gigante sobre la coronilla, y su bata de Betty Boob, sentada con los ojos abiertos y sin pestañear, parecía en estado de trance. Silvia Vera, la dulce y etérea rubia, tan parecida a una muñeca antigua, pero con voz de camionero borde, se agarraba a Carmen Román, la morena za a lo  Sophia Loren. Las dos abrazadas, con los rostros ocultos por hombros y melenas, y las dos sin conocimiento. Otra chica, a la que no consigo verle la cara por tenerla bajo una toalla con estampado de corazones amarillos, tiene la ropa chamuscada, pero respira con normalidad. ¿Y Claudia Pavón? Entonces veo la tabla de la ouija, ennegrecida, humeante, y los zapatos de la modelo de rizos rubios y ojos grises, tan alta como una pared, lo mismo: humeando y ennegrecidos. Pero de ella no hay ni rastro.

-Dios mío…. Dios mío… ¡Ayuda! ¡Vengan por favor!

¿Dónde está la favorita top model de la glamurosa agencia de modelos María Andrea Montilla? Nunca más se supo qué fue de ella. Las investigaciones duraron años, y años. Y aún hoy, mucho tiempo después, son muchos los grupos de esos de investigación paranormal,  además de médiums, videntes, sensitivos,  periodistas apasionados de los casos más extraños  jamás resueltos, persisten en encontrar la respuesta. Una respuesta concluyente y veraz  a la repentina y singular desaparición de aquella modelo que justo antes del desfile le dio por participar en una ouija, y desde entonces hasta ahora nunca más se supo de ella. Su último rastro guardaba estrecha relación con ese extraño juego llamado ouija. Las últimas que la vieron recuerdan vagamente una sombra negra surgiendo de pronto del tablero y lanzarse directamente a por Claudia. a los del otro lado, dicen que el lugar la discoteca Sibila  se cerró hace muchos años. Pero el local abandonado, es un lugar hechizado. Nadie quiere alquilarlo, porque son muchos, , los que dicen haber oído lloriqueos, susurros, pasos, y una voz de mujer  diciendo claramente: déjame salir, por favor. Déjame salir.

Fin.

En Dos Hermanas, enero del 2022.

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