LA CITA

Saint Malo, final del verano.

La terraza de un café frente al mar. Son casi las cuatro de la tarde, la brisa algo fría ya de septiembre, levanta suaves remolinos blancuzcos en las olas lánguidas y verdosas. Apenas hay nadie a estas horas, salvo un tipo larguirucho, con gorra inglesa a cuadros, que viene montado en bici y se sienta en una de las mesas más apartadas para leer el periódico. Es australiano, apenas entiende algo de francés, y fuma tabaco americano.

-Bonsoir… ¿Qué va a tomar el señor…?

-Buenas tardes, tráigame un café con leche, por favor.

El camarero, bajito, moreno, de treinta y pocos años, que es además el hijo del dueño del café Rimbaud, no aparta la vista de la carretera que circunda la plazoleta. Ni tampoco de su reloj de muñeca, ni mucho menos del grupo de clientes que sentados en una de sus mesas, beben café y Pernod, fuman, ríen, y parlotean despreocupadamente  henchidos de satisfacción por sus vidas. Tampoco, a ratos, del australiano larguirucho que hace ver que lee el periódico.

En otra mesa, un poco más alejada de todos, un tipo rubio, muy alto, constitución de boxeador peso pesado, y ojos grises de halcón, que ha llegado con los otros clientes, pero que se sienta junto a la chica sentada a solas, y que es muy joven, muy atractiva y va maravillosamente vestida. Ella, fumando en boquilla, bebiendo whisky, y esperando al oficial rubio, se ha pasado más de diez minutos. Cuando  por fin llega él, su aparente tranquilidad se convierte en un nerviosismo soterrado, evidente tan solo si nos fijamos en su forma de aspirar el humo de su boquilla.

-Natalie, perdón. No he podido llegar antes. Hemos tenido problemas serios otra vez con esos…, esos tipos. En fin. No puedo contarte nada más, Natalie.

-Ulrich, la verdad, no importa. Solo has llegado diez minutos tarde… Pero quería decirte que… Ulrich… tengo que hablarte…

El camarero, hijo del dueño, moreno y bajito, se acerca complaciente limpiando un poco la mesa con un trapo muy limpio, mientras chapurrea un cóctel de palabras en francés y alemán.

-Monsieur, Guten Tag! Tout va bien? Was serviere ich dir?

-Gracias. Todo bien, si. Sólo un vaso de agua de Vichy. Nada más, por ahora.

-Tres bien, merci!

-Ulrich…

-Dime Natalie. Natalie, mi pequeña golondrina. Natalie es nombre de ave, de ángel, de libélula o de hada. En todo caso, un ser de tan maravilloso, no del todo real, y no del todo soñado tampoco. Un ser mitológico con alas, con ojos que ven a través de las sombras en la oscuridad. Cuando te vas, óyeme bien mi abejita dorada, mi sirena atlántica, cuando te vas, cuando me dejas solo allí en nuestro cuarto, la casa enseguida se convierte en puro escombro; las ventanas que dan al mar, ahora son agujeros negros, pozos sin salida, que dan al patio de un patíbulo. Cuando te vas, amor de mi vida, las ventanas dejan de existir, se apagan todas las estrellas, los niños lloran por sus madres, que han enloquecido de desesperanza. Como yo, Natalie. Mi Natalie. Contigo siento que podría hasta cantar, yo, pobre de mí, desgraciado que no sabe hablar siquiera armónicamente. Amor, mi loco amor, mi vida, mis sueños…, construyamos juntos un castillo inexpugnable, un velero, una casa, una vida. Mi vida, y la tuya, diosa mía. Todo está completo contigo. No sé estar sin ti, me siento mal, enfermo, pequeño y huérfano. Como si en un camino a oscuras solo hubiese agujeros, cepos de lobo, ciénagas ocultas entre los árboles. Natalie. Dime, ¿qué quieres que haga?  ¿Morirme? ¿Nada más? Morir es vivir sin ver tu rostro, sin tu oír tu voz, o tu risa. Soy tan feliz contigo que casi relincho como un caballo. Natalie, déjame que coja tus manos. Ahora las mías están frías. Y necesito tu calor. Lo necesito. Moriré de frío, congelado, aterido, sin tu calor, Natalie.

-Ulrich…, tengo que decirte algo… Por favor, no me lo pongas más difícil.

-¡Oh, Natalie, veo sombras muy negras en tus ojos! ¡En estos bellísimos ojos tuyos, estos ojos míos, que adoro! Natalie, por favor, por favor, no me rompas el alma. No pulverices mi corazón. ¿No lo harás, verdad?

–  Lo siento, no sé cómo decirte… como decirte que no puedo seguir… viéndote. No, por favor, Ulrich, no me mires así.

-Entonces… ¿esto es una despedida?

-Ulrich, pensé que lo entenderías… tengo que irme. Lo siento…

-¿Me dejas aquí destrozado, reventado,  muerto por dentro? Entonces, todo lo que hemos vivido juntos estos dos meses… ¿no significan nada para ti? ¿No son nada?

-Tengo que irme… Serás muy feliz a partir de esta tarde… ¡Adiós!

-Creo que me has tomado el pelo, como todas las zorras francesas de tu clase. Quiero que entiendas, Natalie, que con un oficial de la SS NO juega nadie. Absolutamente nadie… sin pagar las consecuencias. ¿Me abandonas por alguno de esos amigos tuyos del teatro Brecht? Claro que sí; lo tuyo es un sarnoso judío comunista como esos compañeros tuyos, esos que hacéis el teatro de la playa. Lo veo. Debí cerrarlo desde el principio. Debí hacerlo, y mandaros a todos en un bonito tren a Dachau. No lo hice, no, imbécil de mi, ciego de amor, loco de deseo por ti, mi querida Natalie Bendor. Eso es. No lo hice y ahora bien que lo estoy pagando. ¡Qué vergüenza por mi parte! Mis venerables antepasados estarán rabiando de dolor en sus tumbas. ¡Oh, perdonadme gloriosos antepasados míos! Yo, Ulrich Müller von Kiesler, coronel de la Wehrmacht, humillado y ofendido por una jovencita francesa, puta de todo el mundo.

-¡Ulrich!

Ulrich Müller, dando una patada tremenda a la silla donde hacía unos segundos había estado sentada Natalie, se levanta, su altura bávara y su uniforme de carnicero puestos en pie. Saca ostentosamente su pistola, una Walther P38, y apunta a la cabeza de Natalie, que tiembla. Pero justo en ese momento, pasa una vieja furgoneta Citröen, que dispara a bocajarro al oficial, y este cae pesadamente al suelo. Müller, en su último estertor, aún atina a disparar sobre Natalie y le alcanza  en el tobillo. Inmediatamente, empero, desde la ventanilla abierta de la furgoneta surge otra vez la mano armada con una luger y dispara una vez más sobre  el abatido oficial de la terrorífica SS, el cual cierra los ojos ya para siempre.

-Esto por todas las personas, por mi padre, mi abuelo, mi profesor de literatura, todos los que mandaste a morir a Dachau, o cualquier otro infierno parecido o aún peor.

Raphaël Moulinsart, tan parecido a Charles Boyer, antiguo jefe de policía y ahora miembro muy activo de la resistencia, guarda su pistola alemana, tras susurrar apenas esas palabras

Mientras, desde dentro del café hacen un gesto al tipo australiano que ya no lee el periódico, para que se ponga a cubierto. Y el australiano, que va huyendo de la Gestapo, lo hace sin pensárselo siquiera un momento. Natalie en tanto ya está a salvo dentro de la furgoneta, aunque los otros oficiales alemanes, los que bebían Pernod y reían alegremente en la otra mesa, sin tiempo a reaccionar van disparando y gritando en alemán como fieras. La furgoneta se gira, abre de nuevo sus puertas traseras y desde atrás salen los compañeros de Natalie del teatro Brecht, todos miembros de la Resistencia, y disparan contra la mesa llena de nazis un proyectil de mortero con el alma puesta en ello. Todo ha terminado. La Resistencia esta vez ha salido victoriosa Dentro de la furgoneta Pierre Clemont, ojos marinos, apuesto, barbudo, y elegante autor teatral conductor de la vieja Citröen, jefe de las guerrillas, y amante de Natalie, se come a besos a su chica. Con los años se casarían y huirían juntos al País de los Sueños cumplidos. ¿Y el tipo de la bicicleta? Pues el australiano de la gorra a cuadros, larguirucho, que fuma tabaco americano, que se ha escapado de un campo de prisioneros alemán, reanuda su viaje. Mañana, o pasado, al cruzar los Pirineos estará ya a salvo en el País Vasco. Y un día, un día ya allí lejos en su Australia querida, se pondría a escribir sus aventuras, con una jarra de cerveza a un lado de la máquina de escribir, y un paisaje de luna y cactus frente a sus ojos.

Fin.

(Relato inspirado en la escena del café de la película “La Gran evasión” de John Sturges, 1963).

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