EL JUEGO

Sevilla. Abril de aquél año.

Serían las cuatro de la tarde, minuto arriba minuto abajo, cuando sonó el ring rign del teléfono fijo de la cocina justo cuando me acababa de pintar de azul cielo la última uña de los dedos de mis pies. Que fatiguita, pensé. qué inoprotuno. Porque estaba yo a punto de meterme en la sabrosa lectura de la casa tomada, esa obra de arte de papel y letras ciuyo autor Julio Cortazar me traía por la calle de la amargura. Mi madre Rosalía, y mi abuela Victoria, protestaron desde el patio. Y es que alkgunos de mis hermanos dormian pesadamente la siesta. Era un fabuloso mes de abril en Sevilla. Era la tarde de un viernes azul y prometedor. Era, bien lo recuerdo, un grupo de cinco o seis chicas, de entre dieciocho y veintitrés años, preparándonos a conciencia para el concurso Miss Sevilla. Allí dentro, en aquellos camerinos de la discoteca Sibila del lujoso hotel Murillo, el más caro y glamuroso de la ciudad, mientras fuera reverberaba el verde lujurioso de los limoneros, brillaban las nubes blancas que pasaban serenas por los cielos rebosantes de golondrinas y palomas, entre las azoteas y la ropa tendida. Y así, entre música de Rihanna, Lana del Rey, Burning , Talk Talk, y Héroes del Silencio, ensayábamos sobre la pasarela redonda de la disco. Un, dos, tres, media vuelta, no te caigas, no tuerzas las piernas, no flamenquees con las manos. Y entre brochas de polvos sueltos, barras de labios, zapatos de tacón, botellitas de cava, cigarrillos manchados de rojo amapola, risas, mis compañeras de concurso, algunas de la misma agencia de modelos que yo, solo pensábamos en ganar para poder aspirar a participar en el concurso de Miss España. Pero  a mi personal, y privadamente, todo eso me importaba un rábano. Había accedido a participar presionada  por la dueña de la agencia, la rubísima y repeinada María Andrea Montilla, viuda de un oficial del ejército español, y madre de un chico rubio, alto y delgado, Luis, que decían todos, estaba enamoraito perdío de mi persona.  Yo, claro es, no le hacía mucho caso, ya que como todo el mundo sabe, tener novio a los dieciocho años produce disturbios, ansiedades, y desagradables altercados que yo no quería vivir por nada, nada, del mundo. Enamorarse, ya lo dijo alguien con la cabeza bien amueblada, es un estado de demencia transitorio. Y eso es algo muy peligroso, terrible y además duele. Mucha gente termina tirándose por la ventana solo porque se ha enamorado de alguien y ese alguien ha preferido a otra `persona. A parte, según veo enamorarse envejece muchísimo. Te echas un novio, una novia, y al poco tiempo, una chica mona, o un guapo muchacho, aparentan diez años más; su cuerpo se vuelve fofo y contrahecho; los pelos feos, y allá cada uno por su lado. Por siempre jamás esa criatura se pondrá encima lo primero que encuentre en su armario; se pasará el resto de su vida en chándal y deportivas. Ah, y a partir de ahora, locos alienados, u, o, enamorados, ya no volveréis a ser Silvia, Pepi, Antonio, o amor mío, no. Ahora, aparte de un amasijo de ropa zarraprastosa y mal llevada, ahora eres solo CARI. Ejemplos: CARI, ¿me traes una sin alcohol, porfis? CARi, ¿sacas tu al perro?; CARI, venga, vámonos al Mercadona antes de que cierren. Pero, ¿Y esos engendros humanos que llaman a su mujer chocho loco? Aggg antes muerta y a cien metros bajo tierra. Volviendo al tema anterior, y como iba diciendo, los concursos de belleza, de misses y esas cosas deberían ser para gente con un coeficiente intelectual elevado, así se ahorrarían muchos sinsabores. Y como yo tampoco quería dejar la agencia de modelos y azafatas María Andrea Montilla, no tuve otra opción que apuntarme. Y es que María Andrea fue tajante:

-Las niñas que no se inscriban en el concurso serán cesadas en la agencia. He dicho.

 Y así que, aun a sabiendas de que los concursos de belleza eran humillantes, no tuve más remedio que ceder engreída además ante la posibilidad de viajar, y conocer gente extremadamente interesante. a desde la lejana época en la que Amparo Muñoz renunció a su flamante título de Miss Universo, asqueada  y aburrida de todo lo que conllevan estos eventos, la fórmula de exponer a un grupo de niñas a la vorágine mediática  sin alma y sin cerebro, me daba hasta miedo y todo. Pero como yo quería ser valiente y no de las que se rinden por una cuestión o dos, me quedé para participar.  Y de esta manera,  con apenas diecinueve años, vestida de raso negro, y taconazos de leopardo de diez centímetros, mi melena morena y peinada a lo Gilda,  decía la gente que era una de las preferidas. La gente. ¿Y qué sabrá la gente quién es más guapa, más elegante, más fascinante? Qué se meta en sus asuntos la gente. Pero todas sabíamos que Claudia Pavón, aquella rubia pelín borrachina, de ojos grises atiborrados de malicia y rimmel,  algo más de veinte años, rizos tipo sacacorchos, cara muy parecida a Neil Tennat, el líder de Pet Shop Boys, con su metro ochenta y tantos de estatura descalza, y su pecho liso tabla, era la absoluta y notoria candidata al título de Mis Sevilla. ¡Si hasta le habían entrevistado para ABC!  Sin embargo, creedme si os digo, que esta  top model de la agencia María Andrea Montilla, era una auténtica hija de la gran perra: hipócrita, falsa, envidiosa, diva total, creída, tonta, mete cizaña, mentirosa. Lo único hermoso que había en su persona era exclusivamente su espectacular exterior, tan a lo Elle McPherson.  Claudia, la presunta hermana gemela de Neil Tennat, mientras acaparaba la mitad del camerino comunal que la discoteca había habilitado para las aspirantes al título de Miss Sevilla, se dedicaba a malmeter contra todas y cada una de nosotras la muy malvada. A su lado Bette Davies en La loba  se convertía en la beatífica y sosísima María de Sonrisas y Lágrimas.

Los zapatos rojos.

La madre con sus tacones rojos, sus labios rojos, su peinado a la moda, su alegría de vivir, y esa manera de hacer bombones, pastas, galletas de chocolate, sobresale por encima del resto del pueblo. Se ve rotundamente se ve, que es una mujer especial a su hija Anouk le dan una pàliza en el cole los otros niños, los hijos de las madres de zaptones planos y marrones, faldas grises, cras grises y cro maquillaje.
Porque tu no eres igual que lñas demas madres
porque yo no soy igual que lellas, cambiaria algo si fuese igual? si llevase zaptones feos, ropa inmunda, y pelos patetocs. seria mejor pwrosnas? No. La vida de los dem´ñas de lkos identicos, del rebaño, de los que se acsotumbra a su vida de hamster, no. Y lo maravilloso es que

En ese momento, María  Andrea Montilla, la dueña de la agencia, como ya sabe casi todo el mundo, entra repartiendo media pastilla de Valiums, como quién reparte caramelos, y una lata de Coca-cola para pasarla, dice. Su hijo, el rubio y muy estudioso, y muy trabajador Luis. Ese chico que bien podría ser hijo secreto de Michael Caine, bebía los vientos más tempestuosos por mi persona. Pero yo solo quería marcharme a Paris a vivir allí el resto de mi vida y no volver  jamás. Nunca tendría novio. Nunca, nunca, me casaría. Sería actriz de teatro y los exigentes públicos de Nueva York, Viena, Chicago, Londres, o Paris, me aclamarían. Luego, un buen día, o mejor una noche,  el fantasma del capitán Daniel Greig vendría a buscarme, y juntos por siempre jamás recorreríamos en su barco “ La Gaviota” los Siete mares, y los cinco océanos con sus pavorosas fosas, sus playas bramantes, sus  islas remotas, recitando versos de Keats. Y a la noche, entre vaivenes de olas verdes, y espumosas, y las zambullidas de los alcatraces, haríamos salvajemente esas cosas que los que se aman hacen entre las sábanas cuando todos duermen. Pero eso será dentro de cien o ciento cincuenta años. María Andrea me saca de estas o tras peregrinas ensoñaciones, poniéndome algo muy pequeñito y redondo en la mano. Y sin preguntar ni nada.

-Niñas, tomad esta media pastillita de Valium que no hace nada. Solo os va a relajar, y saldréis muy tranquilitas a la pasarela. Lucia, mi hijo que si puedes bajar un momento a la cafetería antes del ensayo general.

-¿Luis? ¿Pero no estaba en Londres?

María Andrea se me queda mirando de reojo, pero con una mirada fija y penetrante. Me da  un poco de miedo esa extraña mirada torcida.

– No, ya ves que no. Anda ve.

-Bueno, pero yo la pastilla no me la tomo, María Andrea. Mi madre no me dejaría.

-¿Qué no? Bueno, cómo quieras, Lucía.

Le llaman desde no sé dónde. Sale cerrando la puerta, con su pelazo rubio platino cardado, su perfecto maquillaje en tonos beige y caramelo, y su vestido de seda blanca, largo y vaporoso. Si le preguntáramos a María Andrea que quién le gustaría ser en su próxima vida nos diría, sin ningún género de duda, que Catherine Deneuve. Pero yo, en cuanto sale esta mujer tiro directamente la puñetera pastillita al W.C.  Algunas chicas hacen lo mismo, en cambio otras se la tragan alegremente y sin rechistar, entre lingotazos de cava y Coca-cola.  Entre ellas, la muy fumadora Claudia Pavón. La tía nos mira despectivamente desde su metro ochenta infinito de estatura.

-Monas, me dais una pena… Tirad, tirad las pastillas por el váter, que si os da un pasmo de los nervios cuando vayáis saliendo os jodéis. Eso es, os jodéis tan ricamente.

Pero, ¿a esta imbécil qué narices puede importarle absolutamente nada si nos da un jamacuco o un patatús, o las dos cosas? Me entra una mala leche irrefrenable, y para no liarla, me maquillo los párpados con sombra azul noche con destellos metálicos de Givenchy, para relajarme.

En estas aparece María José Canuto, la chica de Jaén, con un cubata de fresa, ron y Red bull en una mano, y en la otra el tablero de lo que parece ser un juego.

-Chicas, que dice María Andrea que tenemos media hora para relajarnos antes del ensayo general. Y es que creo que se han estropeado un poquito las luces de la pasarela. Mirad lo que os traigo monadas…

-¿Y qué coño es eso? No será un parchís de diseño, ¿no?

Pregunta Claudia Pavón, bastante cabreada con un rizo que se obstinaba en caerle exactamente donde ella no quería que le cayese.

-Jajaja, no, hija, no. Es una ouija. ¿Nunca habéis oido hablar de las ouijas?

La chica rubia de Córdoba, la Marilyn de la agencia, se vuelve con el secador del pelo hasta María José Canuto, dando grititos cuquis de puro terror.

-Oyyy oyyy que miedo, claudia! ¿En serio que es una ouija?

-Mi hermano dice que esos tableros no son un juego. Son peligrosos tanto si crees como si no.

-Que va, que va. Tontita. ¿Entonces quien quieres jugar? ¿Lucia?

-Ni borracha.

-¡No pasa naaada! Mira que eres tonta, guapa.

– Vete a cagar.

-Ay, que no pasa nada, en serio, bobas. Veréis que fácil y que divertido: ponéis los dedos así, nooo, joder, María José, así sobre el vaso pero sin tocarlo…

-Yo me voy a la cafetería  que Luis me está esperando.

-Luciaaaa que miedica, por favor Si ¡Es solo un juego! Y además, ser la novia del hijo de la jefa no te va a servir para nada, guapa.

-¿Nunca has jugado al Monopoly? Pues esto es lo mismo, tonta.

-Mirad, chicas, este juego consiste en poned el dedo así, sobre el vaso. Pero si llegar  a tocarlo. ¿Véis?  

-y …

-y le hacemos preguntas.

-qué tipo de preguntas

-quien eres, ¿cómo te llamas, qué va a ser de mi vida? O también podemos ponernos en contacto con entes de otra dimensión

-jajajaj entes de otra dimensión? Eso no existe. Mirad, me rio yo en vuestra puñetera cara de los jueguecitos gilipollas. Venga, vamos a ello.

-A ver ente de otra dimensión… ¿quién coño eres?  ¿Qué coño quieres y qué coño va a ocurrir con el concurso? ¿Seré o no la ganadora? Pregunta imbécil porque ya sabemos todas que la ganadora voy a ser yo, pequeñas.

-Mirad,  tengo que salir. Luis me espera  desde hace media hora en la cafetería.

María José Canuto decía estas tonterías mientras se quitaba el enorme rulo de su coronilla.

-que sí, que si… lo que tu digas mona. , María José Canuto, Ágata Flys, Carmen Platin, Nadiuska Gómez,  y Sandra Morakosky absolutamente hechizadas con el tablero, en bragas y sujetador;  algunas a medio vestir, otras con rulos y sin maquillar todavía.. Embebidas en el misterioso movimiento de aquel diabólico juego, el cual, aparentemente, hacía que el vaso se moviese solo por entre letras y misterioso símbolos. Claudia Pavón, fumándose un porro de medio kilo intentaba a toda costa sentarse delante del tablero y ser, como no, la protagonista todoterreno de siempre. Como llevaba ya tres cubatas de fresa, ron y red bull, los ojos iban por su cuenta, la boca por la suya, y el pie derecho metido dentro del tacón izquierdo, taconeaba discretamemte por bulerías.

-.A ver, coñio. Dejadme a mi que pruebe. No me creo nada. El dedo así sobre el tablero, no? hip, venga, vamosssshhh

Desde algún remoto confín más allá de estos siniestros un pianista fantasma desgrana lentamente la Pavana de Gabriel Fauré. Entra una luz rosada y por la puerta de cristales de la cafetería, y, no sé porque, pero me pongo en plan  “volverán las oscuras golondrinas”. Lo cual quiere decir con el talante melancólico y poco sociable. Luis, bebiendo a solas algo dorado, espeso y frío, en un vaso ancho y muy bien tallado me espera con sus rizos rubios, y sus ojos enormes y azules. Junto al ventanal observa distraído cómo va cayendo el oscuro telón de la tarde sobre la ciudad. Al verme llegar, se levanta, me besa en la mejilla y me mira como quién mira una copa de buen vino que no han servido para él.

-Hola, Lucia. ¿Qué vas a tomar?

-Hola. Pensé que estabas en Londres.

-No. Llegue hasta el aeropuerto  de Heathrow  y me volví para Sevilla inmediatamente. Y es que entendí que es absurdo tratar de olvidarte. Y no es que estés en mi cabeza, es que formas parte de ella. Eres mi pensamiento, Lucía.

-Luis, la culpa es tuya. No se deja a una novia atrás como se deja un libro en la biblioteca. No.

-No, por dios; no me digas ahora «la culpa es tuya”. Cualquier cosa que digas ahora con ese tono de voz, y esa mirada tuya… me mataría. Es mejor que no digas nada. Pero me voy…  la cuenta por favor…

Y salió fuera del café a la calle, a ver las nubes coloreadas de rosa de la tarde, o ese pájaro de ojos de fuego, que una vez fue una nube,  mientras encendía un cigarrillo y aspiraba la primera bocanada de humo con desesperación. Y así sin despedirse, Luis Rodríguez Montilla, joven opositor a notario, se metió en su coche y desapareció de mi vida sin dejar más rastro que el recuerdo de unos cabellos rubios flotando sutilmente al viento, y unas piernas muy largas embutidas en unos Levi´s deshilachados. Su madre, la dueña de la agencia Andrea Montilla, jamás me lo perdonó.

Cuando regresé al cabo de media hora de la cafetería, el camerino de las modelos estaba envuelto en humo, apestaba a azufre y a madera quemada. Las luces del techo, parpadeantes, el humo que lo inundaba todo, el olor acre y desagradable,  todo se confabulaba para hacer de nuestro, hacía escasamente una hora, alegre camerino, la habitación de Rega, la muchachita de la película El Exorcista.  Marina, alias Nadiuska, Mahor, con su rulo gigante sobre la coronilla, y su bata de Betty Boob, sentada con los ojos abiertos y sin pestañear, parecía en estado de trance. Silvia Vera, la dulce y etérea rubia, tan parecida a una muñeca antigua, pero con voz de camionero borde, se agarraba a Carmen Román, la morena za a lo  Sophia Loren. Las dos abrazadas, con los rostros ocultos por hombros y melenas, y las dos sin conocimiento. Otra chica, a la que no consigo verle la cara por tenerla bajo una toalla con estampado de corazones amarillos, tiene la ropa chamuscada, pero respira con normalidad. ¿Y Claudia Pavón? Entonces veo la tabla de la ouija, ennegrecida, humeante, y los zapatos de la modelo de rizos rubios y ojos grises, tan alta como una pared, lo mismo: humeando y ennegrecidos. Pero de ella no hay ni rastro.

-Dios mío…. Dios mío… ¡Ayuda! ¡Vengan por favor!

¿Dónde está la favorita top model de la glamurosa agencia de modelos María Andrea Montilla? Nunca más se supo qué fue de ella. Las investigaciones duraron años, y años. Y aún hoy, mucho tiempo después, son muchos los grupos de esos de investigación paranormal,  además de médiums, videntes, sensitivos,  periodistas apasionados de los casos más extraños  jamás resueltos, persisten en encontrar la respuesta. Una respuesta concluyente y veraz  a la repentina y singular desaparición de aquella modelo que justo antes del desfile le dio por participar en una ouija, y desde entonces hasta ahora nunca más se supo de ella. Su último rastro guardaba estrecha relación con ese extraño juego llamado ouija. Las últimas que la vieron recuerdan vagamente una sombra negra surgiendo de pronto del tablero y lanzarse directamente a por Claudia. a los del otro lado, dicen que el lugar la discoteca Sibila  se cerró hace muchos años. Pero el local abandonado, es un lugar hechizado. Nadie quiere alquilarlo, porque son muchos, , los que dicen haber oído lloriqueos, susurros, pasos, y una voz de mujer  diciendo claramente: déjame salir, por favor. Déjame salir.

Fin.

En Dos Hermanas, enero del 2022.

LA CITA

Saint Malo, final del verano.

La terraza de un café frente al mar. Son casi las cuatro de la tarde, la brisa algo fría ya de septiembre, levanta suaves remolinos blancuzcos en las olas lánguidas y verdosas. Apenas hay nadie a estas horas, salvo un tipo larguirucho, con gorra inglesa a cuadros, que viene montado en bici y se sienta en una de las mesas más apartadas para leer el periódico. Es australiano, apenas entiende algo de francés, y fuma tabaco americano.

-Bonsoir… ¿Qué va a tomar el señor…?

-Buenas tardes, tráigame un café con leche, por favor.

El camarero, bajito, moreno, de treinta y pocos años, que es además el hijo del dueño del café Rimbaud, no aparta la vista de la carretera que circunda la plazoleta. Ni tampoco de su reloj de muñeca, ni mucho menos del grupo de clientes que sentados en una de sus mesas, beben café y Pernod, fuman, ríen, y parlotean despreocupadamente  henchidos de satisfacción por sus vidas. Tampoco, a ratos, del australiano larguirucho que hace ver que lee el periódico.

En otra mesa, un poco más alejada de todos, un tipo rubio, muy alto, constitución de boxeador peso pesado, y ojos grises de halcón, que ha llegado con los otros clientes, pero que se sienta junto a la chica sentada a solas, y que es muy joven, muy atractiva y va maravillosamente vestida. Ella, fumando en boquilla, bebiendo whisky, y esperando al oficial rubio, se ha pasado más de diez minutos. Cuando  por fin llega él, su aparente tranquilidad se convierte en un nerviosismo soterrado, evidente tan solo si nos fijamos en su forma de aspirar el humo de su boquilla.

-Natalie, perdón. No he podido llegar antes. Hemos tenido problemas serios otra vez con esos…, esos tipos. En fin. No puedo contarte nada más, Natalie.

-Ulrich, la verdad, no importa. Solo has llegado diez minutos tarde… Pero quería decirte que… Ulrich… tengo que hablarte…

El camarero, hijo del dueño, moreno y bajito, se acerca complaciente limpiando un poco la mesa con un trapo muy limpio, mientras chapurrea un cóctel de palabras en francés y alemán.

-Monsieur, Guten Tag! Tout va bien? Was serviere ich dir?

-Gracias. Todo bien, si. Sólo un vaso de agua de Vichy. Nada más, por ahora.

-Tres bien, merci!

-Ulrich…

-Dime Natalie. Natalie, mi pequeña golondrina. Natalie es nombre de ave, de ángel, de libélula o de hada. En todo caso, un ser de tan maravilloso, no del todo real, y no del todo soñado tampoco. Un ser mitológico con alas, con ojos que ven a través de las sombras en la oscuridad. Cuando te vas, óyeme bien mi abejita dorada, mi sirena atlántica, cuando te vas, cuando me dejas solo allí en nuestro cuarto, la casa enseguida se convierte en puro escombro; las ventanas que dan al mar, ahora son agujeros negros, pozos sin salida, que dan al patio de un patíbulo. Cuando te vas, amor de mi vida, las ventanas dejan de existir, se apagan todas las estrellas, los niños lloran por sus madres, que han enloquecido de desesperanza. Como yo, Natalie. Mi Natalie. Contigo siento que podría hasta cantar, yo, pobre de mí, desgraciado que no sabe hablar siquiera armónicamente. Amor, mi loco amor, mi vida, mis sueños…, construyamos juntos un castillo inexpugnable, un velero, una casa, una vida. Mi vida, y la tuya, diosa mía. Todo está completo contigo. No sé estar sin ti, me siento mal, enfermo, pequeño y huérfano. Como si en un camino a oscuras solo hubiese agujeros, cepos de lobo, ciénagas ocultas entre los árboles. Natalie. Dime, ¿qué quieres que haga?  ¿Morirme? ¿Nada más? Morir es vivir sin ver tu rostro, sin tu oír tu voz, o tu risa. Soy tan feliz contigo que casi relincho como un caballo. Natalie, déjame que coja tus manos. Ahora las mías están frías. Y necesito tu calor. Lo necesito. Moriré de frío, congelado, aterido, sin tu calor, Natalie.

-Ulrich…, tengo que decirte algo… Por favor, no me lo pongas más difícil.

-¡Oh, Natalie, veo sombras muy negras en tus ojos! ¡En estos bellísimos ojos tuyos, estos ojos míos, que adoro! Natalie, por favor, por favor, no me rompas el alma. No pulverices mi corazón. ¿No lo harás, verdad?

–  Lo siento, no sé cómo decirte… como decirte que no puedo seguir… viéndote. No, por favor, Ulrich, no me mires así.

-Entonces… ¿esto es una despedida?

-Ulrich, pensé que lo entenderías… tengo que irme. Lo siento…

-¿Me dejas aquí destrozado, reventado,  muerto por dentro? Entonces, todo lo que hemos vivido juntos estos dos meses… ¿no significan nada para ti? ¿No son nada?

-Tengo que irme… Serás muy feliz a partir de esta tarde… ¡Adiós!

-Creo que me has tomado el pelo, como todas las zorras francesas de tu clase. Quiero que entiendas, Natalie, que con un oficial de la SS NO juega nadie. Absolutamente nadie… sin pagar las consecuencias. ¿Me abandonas por alguno de esos amigos tuyos del teatro Brecht? Claro que sí; lo tuyo es un sarnoso judío comunista como esos compañeros tuyos, esos que hacéis el teatro de la playa. Lo veo. Debí cerrarlo desde el principio. Debí hacerlo, y mandaros a todos en un bonito tren a Dachau. No lo hice, no, imbécil de mi, ciego de amor, loco de deseo por ti, mi querida Natalie Bendor. Eso es. No lo hice y ahora bien que lo estoy pagando. ¡Qué vergüenza por mi parte! Mis venerables antepasados estarán rabiando de dolor en sus tumbas. ¡Oh, perdonadme gloriosos antepasados míos! Yo, Ulrich Müller von Kiesler, coronel de la Wehrmacht, humillado y ofendido por una jovencita francesa, puta de todo el mundo.

-¡Ulrich!

Ulrich Müller, dando una patada tremenda a la silla donde hacía unos segundos había estado sentada Natalie, se levanta, su altura bávara y su uniforme de carnicero puestos en pie. Saca ostentosamente su pistola, una Walther P38, y apunta a la cabeza de Natalie, que tiembla. Pero justo en ese momento, pasa una vieja furgoneta Citröen, que dispara a bocajarro al oficial, y este cae pesadamente al suelo. Müller, en su último estertor, aún atina a disparar sobre Natalie y le alcanza  en el tobillo. Inmediatamente, empero, desde la ventanilla abierta de la furgoneta surge otra vez la mano armada con una luger y dispara una vez más sobre  el abatido oficial de la terrorífica SS, el cual cierra los ojos ya para siempre.

-Esto por todas las personas, por mi padre, mi abuelo, mi profesor de literatura, todos los que mandaste a morir a Dachau, o cualquier otro infierno parecido o aún peor.

Raphaël Moulinsart, tan parecido a Charles Boyer, antiguo jefe de policía y ahora miembro muy activo de la resistencia, guarda su pistola alemana, tras susurrar apenas esas palabras

Mientras, desde dentro del café hacen un gesto al tipo australiano que ya no lee el periódico, para que se ponga a cubierto. Y el australiano, que va huyendo de la Gestapo, lo hace sin pensárselo siquiera un momento. Natalie en tanto ya está a salvo dentro de la furgoneta, aunque los otros oficiales alemanes, los que bebían Pernod y reían alegremente en la otra mesa, sin tiempo a reaccionar van disparando y gritando en alemán como fieras. La furgoneta se gira, abre de nuevo sus puertas traseras y desde atrás salen los compañeros de Natalie del teatro Brecht, todos miembros de la Resistencia, y disparan contra la mesa llena de nazis un proyectil de mortero con el alma puesta en ello. Todo ha terminado. La Resistencia esta vez ha salido victoriosa Dentro de la furgoneta Pierre Clemont, ojos marinos, apuesto, barbudo, y elegante autor teatral conductor de la vieja Citröen, jefe de las guerrillas, y amante de Natalie, se come a besos a su chica. Con los años se casarían y huirían juntos al País de los Sueños cumplidos. ¿Y el tipo de la bicicleta? Pues el australiano de la gorra a cuadros, larguirucho, que fuma tabaco americano, que se ha escapado de un campo de prisioneros alemán, reanuda su viaje. Mañana, o pasado, al cruzar los Pirineos estará ya a salvo en el País Vasco. Y un día, un día ya allí lejos en su Australia querida, se pondría a escribir sus aventuras, con una jarra de cerveza a un lado de la máquina de escribir, y un paisaje de luna y cactus frente a sus ojos.

Fin.

(Relato inspirado en la escena del café de la película “La Gran evasión” de John Sturges, 1963).