O CAMIÑO

Betanzos. Noviembre de quién sabe cuándo.

—Me has llamado, y ya ves que rapidez: aquí me tienes. Esta tarde no tenía nada que hacer, amigo. En tus ojos veos sombras que la última vez que nos vimos no estaban.

—La última vez que nos vimos…

—Sí, de eso hace ya dos meses.

—¡Dos meses!

Xan volvió a repetir mis palabras, visiblemente perturbado, con una sonrisa de anuncio de dentífrico, estática, y triste.

—Dos meses ya. ¡Parece que hubieran pasado veinte años!

Por la ventana de la cafetería se vislumbraba un cielo gris, acuoso, y algunas gaviotas con chillidos de naufragios, de barcos perdidos entre la niebla y las olas, y de faros en el fondo de la mar. Observé las grandes y cuidadas manos de mi amigo, eran las manos de un escritor. Un tejedor de palabras, paisajes, almas, memoria, sobre un tapiz de papel. Este tejedor de palabras, al contrario que yo mismo, ganaba lo suficiente con sus libros como para pagar más que desahogadamente, sus facturas y sus sueños. Antes de que la camarera apareciese en escena, Xan y yo ya nos habíamos fumado un par de cigarrillos entre suspiros y canciones de La dama se esconde. La música, en un volumen más que aceptable para un local público, amenizaba la descolorida tarde. La camarera, una chica rubia, delgadita, ojos castaños y enormes — tan parecida a Britney Spears, que a punto estuve de pedirle un autógrafo, si a mí en mi puñetera vida, me hubiesen interesado algo los autógrafos—, se acercó a retirar, por fin, los vasos y platos de los anteriores clientes.

—¿Qué va a ser, chicos?

Preguntó. Y sonó tan jovial, y afable su voz en medio de aquella atormentada atmósfera que venía acompañando a Xanti, que ambos, al mirarla casi pudimos ver un brillo feérico surgiendo de sus oscuros ojos de ondina. Pero nada de eso. La chica nos miró con aburrimiento como pensando, «Ya tenemos aquí a los típicos niñatos de siempre». Y bostezó encubriendo su bostezo una tos repentina y forzada, mientras sus palabras pedían un bourbon a palo seco.

—Para mi un café solo, pero muy caliente por favor.

Al cabo, una vez que la camarera rubia, la clon de Britney Spears, desapareció rumbo a la barra y sus misterios, reanudamos la conversación con el mismo entusiasmo o menos que antes.

—Supongo Xan, que no me habrás sacado de mi casa para que vea como te emborrachas.

— ¿Te acuerdas de Ainhoa, mi novia?

—Claro, hombre. Ibais a casaros después de hacer el Camino. ¿No?

—Sí, si…

Contestó con voz trémula, e inmediatamente echó la cara entre sus manos y rompió a llorar.

Yo, que soy un poco despreciable a veces y no tengo demasiada paciencia con los llorones, he de reconocer que la congoja de mi amigo Xan me pudo. Intente consolarle mientras Brit, la camarera rubia, con cerrado acento de Orense, nos trajo las consumiciones. Su bourbon a palo seco, y mí café, oscuro, amargo y caliente, como debe ser un café. Fuera llovía sin hacer ruido, con un agua fina y blanda que no se veía casi, pero que lo empapaba todo, casas, ropas, huertas, caminos, a conciencia, y hacía que el paisaje fuese fantasmal y lejano. En tanto allí, en la cafetería muy cercana a Betanzos, Xan y yo nos habíamos quedado solos. Y así, y con una taza de café entre mis manos, y mil pitillos entre mis dedos y mis labios, comenzamos a charlar mi amigo y yo. No, no es que yo fumase en esa época. Es que fumaba demasiado. Pero en peor estado se encontraba mi barbudo amigo Xanti de Castro, el cual, por si alguien no lo sabe, es un autor muy bien considerado por hidalgos de prensa independiente, y gentiles hombre de editorial oscura y selectamente minoritaria. Y es que a esas tempranas horas de la tarde, Xán estaba intentado recuperarse de la paliza que se había dado a sí mismo la noche anterior con los chupitos de José Cuervo

—Xan anímate hombre. Mira por las ventanas y verás que paisaje tan maravilloso nos regala esta monótona lluvia del otoño. ¡Por dios, no llores! ¡Sabes que nunca he podido soportar a ningún hombre llorando!

Entonces él me miro, de pronto, como si su mirada hubiese retornado de otro lugar a miles de años luz de allí. Me asusté de verdad e incluso pensé que estaba loco. Lo mejor era largarse cuanto antes.

—Vaya, que cara se te ha puesto de pronto, jajajaja. Bueno, por lo menos has dejado de llorar. Nada, Xan, ejem, que acabo de acordarme de que esta noche tenía plan y…

—No tengas tanta prisa, Jacobo. ¿No andas tu siempre metiendo las narices aquí y allá buscando como un perro, una buena historia para tu columna en La Voz de Galicia? Pues bien, te voy a contar mi historia. Si es que estás dispuesto a pasar un mal rato. Y veo, amigo mío, que lo estás.

«Como te dije cuando nos vimos aquella noche de mitad de julio, en menos de una semana mi novia y yo haríamos El Camino, desde Roncesvalles a Fisterra, y una semana más tarde nos esperaba el cura de Betanzos para casarnos. Amigo, no te puedes imaginar que días aquellos anteriores al Camino, felicidad, felicidad, felicidad. Días luminosos, risueños, jóvenes. Días que jamás nube alguna, a pesar de todos los pesares, conseguirán oscurecer. Ainhoa hermosa entre las más hermosas, me amaba con esa dicha imposible de disimular. Delante de amigos, familiares y extraños, me prodigaba las más apasionadas muestras de cariño. Y todo ello durante un verano grandioso, sin lluvias y sin cielos pardos, con temperaturas magníficas. La gente, los caminantes, por ello estaban de muy buen talante. Pero una tarde, creo que la última que tuvimos con  buen tiempo, el tiempo comenzó a cambiar de manera que en menos de un par de horas, el maravilloso y dorado verano, se transformó en un otoño de cielos  oscuros y horizontes acuosos. No me mires así, Jaco, por favor. ¡Qué íbamos a saber nosotros si en aquellos momentos el cielo era de un rotundo azul, las abejas revoloteaban alrededor nuestro, y el sol calentaba lo suyo, que en breves horas todo eso formaría tristemente parte del pasado! 

—Dijiste que El Camino fue el culpable.

—Sí, eso es. El Camino reventó mi vida. Ahora veo sombras donde antes caminaba del brazo de Ainhoa flotando sobre una alfombra mágica.

Y estrujando una colilla quemada de su Chester sobre un cenicero abarrotado de colillas quemadas y retorcidas, volvió a él de nuevo ese temblor feroz que le hacía parecer un fugado del psiquiátrico, sección locos peligrosos. No era, descubrí, un temblor de miedo, no, aquél hombre de casi metro noventa de estatura, espaldas de boxeador, y barbas de vikingo, temblaba de pura desesperación.

—Anda, hombre, tranquilízate. Bebe un poco más, apura la copa. Así… Y ahora cuéntame…

—No sé,… es que es todo tan irreal…, la noche aquella, la primera noche que pasamos en El Camino, Ainhoa y yo, buscábamos mordernos mutuamente como se muerden los lobos, como muerden los muertos de hambre un pedazo de pan. Locos, locos de amor, ebrios diría yo; salvajes, insolentes, y ferozmente jóvenes. Y con nulo sentido de la responsabilidad. Y así nos vimos con la noche a cuestas, aunque todos los caminantes, todos los peregrinos ya nos iban sermoneando que daba gusto oírlos. El dueño del mesón donde tomamos unos pinchos de tortilla y unas cervezas, un tipo enorme, blanquísimo, con boina, y la cara como un pan redondo y colorado, antes de ponernos de nuevo en marcha nos aseguró, mientras servía raxo y grelos a un peregrino que trasegaba ribeiro a destajo:

—Chavales, mirad que la noche llega. Y la noche por estos toscos parajes no es buena.

—Somos estudiantes de Biológicas y no tenemos miedo a las leyendas, ni a los miedos de las viejas. El Siglo de las luces hace ya tiempo que borró todo eso, jefe.

—Allá vosotros, nanos.

Y nos miraron, el de la boina y el del ribeiro, como quién mira un cuadro de esos de ojos como peces, y bocas como ojos, que no parecen ni ojos, ni bocas, ni peces.

Así que el imbécil irresponsable que era yo entonces, más que un imbécil, un asesino, creyéndome poco más que un héroe de la Marvel, se puso en camino con su dulce, con su bellísima Ainhoa, al filo de un amanecer de agosto que para más emoción, pintaba las nubes moradas y grises, casi negras, el cielo hacia poniente. Caminando sobre la hojarasca, viendo como huían las ardillas, y los vencejos a nuestro paso; besándonos, ahora con ternura, después con furia, en cada recodo, en cada clarear de las arboledas, que cada vez se volvía más y más infranqueable, fue transcurriendo el día. Pero nosotros dos solo teníamos ojos para nosotros dos, y más allá de Ainhoa, y de Xan no existía nada más. La noche se nos echaba encima, y te lo vas o no a creer, Jaco, nosotros ni cuenta. Pero en ese momento Ainhoa exclamó…

—Xan, ¿has oído?

—Jajaja ¿el qué, colibrí?

—Eso…

Un sonido incierto, gutural, angustioso, como un lamento, se dejó oír por todo el bosque.

-Parece…

-Sí, es eso, es exactamente eso. Sé lo que estás pensando Xan.

La palabra sonó alta y bien clara, al pronunciarla al unísono ella y yo: «aullido». Y casi al mismo tiempo, una ráfaga de viento frío y desapacible, enredó los cabellos de Ainhoa, cuyo rostro se había vuelto de una palidez preocupante. Nuevamente, ese lamento ronco, escalofriante, casi sobrenatural, descollaba poderosamente por los bosques.

— No, no es un aullido. Tranquilízate colibrí. Estamos posiblemente cerca de la mar. Es, a todas luces, la sirena de un barco.

— ¿Tú crees? Pues parece un aullido de lobo, Xan. Mira, es casi de noche y no nos hemos dado ni cuenta. ¡Busquemos un refugio ya por favor! ¡Por favor…!

—¡Jajaja! Es que, ¿qué se puede esperar del cerebro de dos enamorados? Venga colibrí mío, ¡seguro que no estamos lejos de algún refugio!

Pero, el miedo irremediablemente había anidado en el alma de mi novia. Ya no conseguí tranquilizarla. Se agolpaban en su memoria esas historias que nos han contado de pequeños a todos los niños gallegos, la Santa Compaña, los lobos, las jaurías…

—Xan, mira, corramos todo lo que podamos, por favor.

—Pero Ainhoa, ¿en serio tienes miedo? ¡Jajaja! ¡Qué cosas! Anda, ven abracémonos mas fuerte que nunca y verás como huye de tu alma cualquier atisbo de inquietud.

—Xan, en serio. ¡O nos vamos dando una carrera ya para la aldea otra vez, o me voy yo sola y ahí te quedas, idiota!

El amor, incluso la pasión más desbocada, puede desaparecer ante el peligro más inminente. Ese peligro desconocido que va adueñándose de nuestro espíritu como un inapreciable latido que, sin embargo, cada vez es más intenso. Cada vez más…

En ese momento, un chasquido crepitó tras de mí, y al momento mi cabeza, con los pelos completamente de punta, se volvió lentamente, con el miedo devorándome ya por dentro. Un lobo, otro y otro, hasta cinco lobos y una loba despeluchada, sucia, y con una dentadura como la de una sierra mecánica, bufaba y gruñía, con sus dulces ojos brillando como brasas, a cinco metros de Ainhoa. Ainhoa, paralizada de terror, quería llorar, quería gritar, quería salir corriendo como jamás había corrido en toda su vida. Pero, literalmente, no podía ser. A cambio de eso, lo único que su pequeño y trémulo cuerpo le permitía era sudar y tiritar de terror. Nada más. Justo en el momento en que quise tirarles una piedra, mi mochila, las botas, gritar, y liarme a patadas con todos esos bichos, la loba despeluchada, de dentadura tal como una sierra mecánica, se lanzó como un arpón sobre la indefensa, y apetecible garganta de mi novia. La mató al instante. Y al hacerlo, los demás lobos hicieron lo mismo, pero la loba de dientes de sierra mecánica, no lo permitió. Primero ella. Después el resto. Probablemente, de puro horror, perdí el conocimiento. Me desperté dos días después en un hospital de Santiago, magullado, roto, perdido. Eso es todo, Jaco. A ratos siento que mi mente sale a chorros desde el interior de mi cráneo; es una sensación que mata. Otras veces, y es lo peor, creo ver a Ainhoa entre la gente… Pero, amigo mío, el caso es que…, es que esta mañana… me he despertado con la cabeza de una vaquilla sangrienta sobre mi cama, así como un hueso roído y pelado, no quiero ni saber de qué animal; y mis manos y mi boca manchadas de sangre seca. Y hace poco que vengo oyendo aullidos de lobo por las noches… Y lo más terrorífico es que creo que soy yo.

Fin.

Ada García. Diciembre de 2021.

Correcciones gracias a la paciencia, amabilidad y sabiduría de Javier Arries.

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