O CAMIÑO

Betanzos. Noviembre de quién sabe cuándo.

—Me has llamado, y ya ves que rapidez: aquí me tienes. Esta tarde no tenía nada que hacer, amigo. En tus ojos veos sombras que la última vez que nos vimos no estaban.

—La última vez que nos vimos…

—Sí, de eso hace ya dos meses.

—¡Dos meses!

Jacobo volvió a repetir mis palabras, visiblemente perturbado, con una sonrisa de anuncio de dentífrico, estática, y triste.

—Dos meses ya. ¡Parece que hubieran pasado veinte años!

Por la ventana de la cafetería se vislumbraba un cielo gris, acuoso, y algunas gaviotas con chillidos de naufragios, de barcos perdidos entre la niebla y las olas, y de faros en el fondo de la mar. Observé las grandes y cuidadas manos de mi amigo, eran las manos de un escritor. Un tejedor de palabras, paisajes, almas, memoria, sobre un tapiz de papel. Este tejedor de palabras, al contrario que yo mismo, ganaba lo suficiente con sus libros como para pagar más que desahogadamente, sus facturas y sus sueños. Antes de que la camarera apareciese en escena, Xan y yo ya nos habíamos fumado un par de cigarrillos, entre suspiros, y canciones de La dama se esconde. La música, que en un volumen mas´ que aceptable para un local público, amenizaba la descolorida tarde. La camarera, una chica rubia, delgadita, ojos castaños y enormes — tan parecida a Britney Spears, que a punto estuve de pedirle un autógrafo, si a mí en mi puñetera vida, me hubiesen interesado algo los autógrafos—, se acercó a retirar, por fin, los vasos y platos de los anteriores clientes.

—¿Qué va a ser, chicos?

Preguntó. Y sonó tan jovial, y afable su voz en medio de aquella atormentada atmósfera que venía acompañando a Xanti, que ambos, al mirarla casi pudimos ver un brillo feérico surgiendo de sus oscuros ojos de ondina. Pero nada de eso. La chica nos miró con aburrimiento como pensando, «Ya tenemos aquí a los típicos niñatos de siempre». Y bostezó encubriendo su bostezo una tos repentina y forzada.

—Yo quiero un bourbon a palo seco.

—Para mi un café solo, pero muy caliente por favor.

Al cabo, una vez que la camarera rubia, la clon de Britney Spears, desapareció rumbo a la barra y sus misterios, reanudamos la conversación con el mismo entusiasmo o menos que antes.

—Supongo Xan, que no me habrás sacado de mi casa para que vea como te emborrachas.

— ¿Te acuerdas de Ainhoa, mi novia?

—Claro, hombre. Ibais a casaros después de hacer el Camino. ¿No?

—Sí, si…

Contestó con voz trémula, e inmediatamente echó la cara entre sus manos y rompió a llorar.

Yo, que soy un poco despreciable a veces y no tengo demasiada paciencia con los llorones, he de reconocer que la congoja de mi amigo Xan me pudo. Intente consolarle mientras Brit, la camarera rubia, con cerrado acento de Orense, nos trajo las consumiciones. Su bourbon a palo seco, y mí café, oscuro, amargo y caliente, como debe ser un café. Fuera llovía sin hacer ruido, con un agua fina y blanda que no se veía casi, pero que lo empapaba todo, casas, ropas, huertas, caminos, a conciencia, y hacía que el paisaje fuese fantasmal y lejano. En tanto allí, en la cafetería muy cercana a Betanzos, Xan y yo nos habíamos quedado solos. Y así, y con una taza de café entre mis manos, y mil pitillos entre mis dedos y mis labios, comenzamos a charlar mi amigo y yo. No, no es que yo fumase en esa época. Es que fumaba demasiado. Pero en peor estado se encontraba mi barbudo amigo Xanti de Castro, el cual, por si alguien no lo sabe, es un autor en otra época muy bien considerado por hidalgos de prensa independiente, y gentiles hombre de editorial oscura y selectamente minoritaria. Y es que a esas tempranas horas de la tarde, Xán estaba intentado recuperarse de la paliza que se había dado a sí mismo la noche anterior con los chupitos de José Cuervo

—Xan anímate hombre. Mira por las ventanas y verás que paisaje tan maravilloso nos regala esta monótona lluvia del otoño. ¡Por dios, no llores! ¡Sabes que nunca he podido soportar a ningún hombre llorando!

Entonces él me miro, de pronto, como si su mirada hubiese retornado de otro lugar a miles de años luz de allí. Me asusté de verdad e incluso pensé que estaba loco. Lo mejor era largarse cuanto antes.

—Vaya, que cara se te ha puesto de pronto, jajajaja. Bueno, por lo menos has dejado de llorar. Nada, Xan, ejem, que acabo de acordarme de que esta noche tenía plan y…

—No tengas tanta prisa, Jacobo. ¿No andas tu siempre metiendo las narices aquí y allá buscando como un perro, una buena historia para tu columna en La Voz de Galicia? Pues bien, te voy a contar mi historia. Si es que estás dispuesto a pasar un mal rato. Y veo, amigo mío, que lo estás.

«Como te dije cuando nos vimos aquella noche de mitad de julio, en menos de una semana Beatriz y yo haríamos El Camino, desde Roncesvalles a Fisterra, y una semana más tarde nos esperaba el cura de Betanzos para casarnos. Amigo, no te puedes imaginar que días aquellos anteriores al Camino, felicidad, felicidad, felicidad. Días luminosos, risueños, jóvenes. Días que jamás nube alguna, a pesar de todos los pesares, conseguirán oscurecer. Ainhoa hermosa entre las más hermosas, me amaba con esa dicha imposible de disimular. Delante de amigos, familiares y extraños, me prodigaba las más apasionadas muestras de cariño. Y todo ello durante un verano grandioso, sin lluvias y sin cielos pardos, con temperaturas magníficas. La gente, los caminantes, por ello estaban de muy buen talante. Pero una tarde, creo que la última que tuvimos con  buen tiempo, el tiempo comenzó a cambiar de manera que en menos de un par de horas, el maravilloso y dorado verano, se transformó en un otoño de cielos  oscuros y horizontes acuosos. No me mires así, Jaco, por favor. ¡Qué íbamos a saber nosotros si en aquellos momentos el cielo era de un rotundo azul, las abejas revoloteaban alrededor nuestro, y el sol calentaba lo suyo, que en breves horas todo eso formaría tristemente parte del pasado! 

—Dijiste que El Camino fue el culpable.

—Sí, eso es. El Camino reventó mi vida. Ahora veo sombras donde antes caminaba del brazo de Ainhoa flotando sobre una alfombra mágica.

Y estrujando una colilla quemada de su Chester sobre un cenicero abarrotado de colillas quemadas y retorcidas, volvió a él de nuevo ese temblor feroz que le hacía parecer un fugado del psiquiátrico, sección locos peligrosos. No era, descubrí, un temblor de miedo, no, aquél hombre de casi metro noventa de estatura, espaldas de boxeador, y barbas de vikingo, temblaba de pura desesperación.

—Anda, hombre, tranquilízate. Bebe un poco más, apura la copa. Así… Y ahora cuéntame…

—No sé,… es que es todo tan irreal…, la noche aquella, la primera noche que pasamos en El Camino, Ainhoa y yo, buscábamos mordernos mutuamente como se muerden los lobos, como muerden los muertos de hambre un pedazo de pan. Locos, locos de amor, ebrios diría yo; salvajes, insolentes, y ferozmente jóvenes. Y con nulo sentido de la responsabilidad. Y así nos vimos con la noche a cuestas, aunque todos los caminantes, todos los peregrinos ya nos iban sermoneando que daba gusto oírlos. El dueño del mesón donde tomamos unos pinchos de tortilla y unas cervezas, un tipo enorme, blanquísimo, con boina, y la cara como un pan redondo y colorado, antes de ponernos de nuevo en marcha nos aseguró, mientras servía raxo y grelos a un peregrino que trasegaba ribeiro a destajo:

—Chavales, mirad que la noche llega. Y la noche por estos toscos parajes no es buena.

—Somos estudiantes de Biológicas y no tenemos miedo a las leyendas, ni a los miedos de las viejas. El siglo de las luces hace ya tiempo que borró todo eso, jefe.

—Allá vosotros, nanos.

Y nos miraron, el de la boina y el del ribeiro, como quién mira un cuadro de esos de ojos como peces, y bocas como ojos, que no parecen ni ojos, ni bocas, ni peces.

Así que el imbécil irresponsable que era yo entonces, más que un imbécil, un asesino, creyéndome poco más que un héroe de la Marvel, se puso en camino con su dulce, con su bellísima Ainhoa, al filo de un amanecer de agosto que para más emoción, pintaba las nubes moradas y grises, casi negras, el cielo hacia poniente. Caminando sobre la hojarasca, viendo como huían las ardillas, y los vencejos a nuestro paso; besándonos, ahora con ternura, después con furia, en cada recodo, en cada clarear de las arboledas, que cada vez se volvía más y más infranqueable, fue transcurriendo el día. Pero nosotros dos solo teníamos ojos para nosotros dos, y más allá de Ainhoa, y de Xan no existía nada más. La noche se nos echaba encima, y te lo vas o no a creer, Jaco, nosotros ni cuenta. Pero en ese momento Ainhoa exclamó…

—Xan, ¿has oído?

—Jajaja ¿el qué, colibrí?

—Eso…

Un sonido incierto, gutural, angustioso, como un lamento, se dejó oír por todo el bosque.

-Parece…

-Sí, es eso, es exactamente eso. Sé lo que estás pensando Xan.

La palabra sonó alta y bien clara, al pronunciarla al unísono ella y yo: «aullido». Y casi al mismo tiempo, una ráfaga de viento frío y desapacible, enredó los cabellos de Ainhoa, cuyo rostro se había vuelto de una palidez preocupante. Nuevamente, ese lamento ronco, escalofriante, casi sobrenatural, descollaba poderosamente por los bosques.

— No, no es un aullido. Tranquilízate colibrí. Estamos posiblemente cerca de la mar. Es, a todas luces, la sirena de un barco.

— ¿Tú crees? Pues parece un aullido de lobo, Xan. Mira, es casi de noche y no nos hemos dado ni cuenta. ¡Busquemos un refugio ya por favor! ¡Por favor…!

—¡Jajaja! Es que, ¿qué se puede esperar del cerebro de dos enamorados? Venga colibrí mío, ¡seguro que no estamos lejos de algún refugio!

Pero, el miedo irremediablemente había anidado en el alma de mi novia. Ya no conseguí tranquilizarla. Se agolpaban en su memoria esas historias que nos han contado de pequeños a todos los niños gallegos, la Santa Compaña, los lobos, las jaurías…

—Xan, mira, corramos todo lo que podamos, por favor.

—Pero Ainhoa, ¿en serio tienes miedo? ¡Jajaja! ¡Qué cosas! Anda, ven abracémonos mas fuerte que nunca y verás como huye de tu alma cualquier atisbo de inquietud.

—Xan, en serio. ¡O nos vamos dando una carrera ya para la aldea otra vez, o me voy yo sola y ahí te quedas, idiota!

El amor, incluso la pasión más desbocada, puede desaparecer ante el peligro más inminente. Ese peligro desconocido que va adueñándose de nuestro espíritu como un inapreciable latido que, sin embargo, cada vez es más intenso. Cada vez más…

En ese momento, un chasquido crepito tras de mí, y al momento mi cabeza, con los pelos completamente de punta, se volvió lentamente, con el miedo devorándome ya por dentro. Un lobo, otro y otro, hasta cinco lobos y una loba despeluchada, sucia, y con una dentadura como la de una sierra mecánica, bufaba y gruñía, con los ojos brillándole como brasas, a cinco metros de Ainhoa. Ainhoa, paralizada de terror, quería llorar, quería gritar, quería salir corriendo como jamás había corrido en toda su vida. Pero, literalmente, no podía ser. A cambio de eso, lo único que su pequeño y trémulo cuerpo le permitía era, sudar y tiritar de terror. Nada más. Justo en el momento en que quise tirarles una piedra, mi mochila, las botas, gritar, y liarme a patadas con todos esos bichos, la loba despeluchada, de dentadura tal como una sierra mecánica, se lanzó como un arpón sobre la indefensa, y apetecible garganta de mi novia. La mató al instante. Y al hacerlo, los demás lobos hicieron lo mismo, pero la loba de dientes de sierra mecánica, no lo permitió. Primero ella. Después el resto. Probablemente, de puro horror, perdí el conocimiento. Me desperté dos días después en un hospital de Santiago, magullado, roto, perdido. Eso es todo, Jaco. A ratos siento que mi mente sale a chorros desde el interior de mi cráneo; es una sensación que mata. Otras veces, y es lo peor, creo ver a Ainhoa entre la gente… Pero, amigo mío, el caso es que…, es que esta mañana… me he despertado con la cabeza de una vaquilla sangrienta sobre mi cama, así como un hueso roído y pelado, no quiero ni saber de qué animal; y mis manos y mi boca manchadas de sangre seca. Y hace poco que vengo oyendo aullidos de lobo por las noches… Y lo más terrorífico es que creo que soy yo.

Fin.

Ada García. Diciembre del 2021.

Correcciones gracias a la paciencia, amabilidad y sabiduría de Javier Arries.

DONDE NACE LA NIEBLA

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(Crónica de mi primera ponencia en un congreso).

Dicen que en lo más profundo del invierno la Reina de las nieves vuelve su gélida mirada hacia un lugar cercano a un río lento y torpón que se llama Pisuerga y es entonces cuando la niebla, suspira por que añora a su amado el Padre Invierno, que anda allá arriba entre auroras boreales y céfiros. Entonces de pura nostalgia  su aliento comienza a cubrir aquellas tierras. Es la niebla. Y como en el jardín del gigante, el Padre Invierno  llama a su lado a sus hijos, el Viento del norte, la Escarcha y la Ventisca, para que dancen sin tregua por el mundo, blanqueando y helando caminos, bosques, ríos y fuentes, montañas, aldeas y ciudades.

Durante este helado y alado fin de semana en tierras del norte de Castilla, en Valladolid y Cabezón de Pisuerga, el frío y desaforado viento y el calor de los amigos, han caminado juntos de la mano. ¿Qué importa que haga cero grados si te reconfortan unas miradas y unas risas amables?

Madrid. Mañana de sábado. Salimos temprano hacia la estación de Chamartín bajo una luz terrosa y una antipática llovizna.

Yo me había pasado un mes, casi todas las navidades, enfrascada en la lectura de biografías de escritores tales como Sheridan Le Fanu, E.T.A Hoffman, Bécquer, Poe,  así como en el estudio de lo que hicieron en el oscuro verano de 1816, en Villa Diodati, que es exactamente un fantasma, o de que va la leyenda japonesa de Okiku. Cabalgaba en mi bici, libros en la cesta, y huía de semáforos y horribles centros comerciales ¡los odio! hacia a los bosques cercanos, salvaje y solitaria a ver una vez más esa maravillosa metamorfosis de ver el día convertirse en noche. Todo para dar mi primera ponencia en un congreso que se iba a celebrar en enero en una ciudad vallisoletana de la que nunca había oído hablar. Así que como ya faltaban solo unas horas para el evento, el tiempo es un jinete veloz e inagotable, conseguimos nuestro propósito de subirnos al tren de las 13 horas rumbo a Valladolid. Así que intentamos relajarnos viendo por las ventanillas como Madrid va quedando muy atrás, mientras se convierte en un cuadro borroso al que no le falta el contrapunto luminoso de un cielo más blanco que gris. El color del invierno, la luz azulada filtrándose entre las nubes heladas de enero. Mientras, Javier, a pesar de que él mismo iba a dar una ponencia sobre su último libro Magia y religión nórdicas, de que es profesor de  aviesos adolescentes, y de que siempre anda sumergido en programas de radio, diferentes colaboraciones en prensa y otros apabullantes quehaceres, allí estaba él con sus enseñanzas a bordo sobre como manejar fotos en plan Power Point. Y así, al cabo de una hora nos plantamos en la estación de Valladolid, y Alberto Sánchez Velasco y Sonia Cano, organizadores del congreso,  nos vienen a  buscar. Nos vamos al hotel que es y allí encontramos a Fran Contreras que es una mezcla de Indiana Jones, y Guillermo de Baskerville. Holas, saludos, y ¿qué tal?

Valladolid es una ciudad del frío norte peninsular y forma parte de Castilla-León. Y es en estos lugares en donde nace la niebla. Arriba, cerca de la fantasmal frontera con León, esta tierra de caballeros y juglares, reyes beligerantes y castillos hechizados, existe una máquina invisible a ratos, y otras veces que se ve estupendamente como fabrica grumos y jirones de niebla, que se van extendiendo por los caminos, y que cuando la temperatura linda por debajo de cero, convierte la ciudad en un palacio de escarcha y bruma. El palacio de la Reina de las nieves, claro está.

Y Cabezón de Pisuerga un municipio de esos que puedes encontrarte aún con las estaciones del año lentas, diferentes, un verano largo y ardiente, una primavera jubilosa donde los campos estallan de vida y se puede subir a pie o en bici a cualquier parte;  un otoño bellísimo color cuero viejo, vino tinto y gris ceniza, y por fin un invierno blanco y plata cubriendo el mundo. Y cuya máquina de fabricar niebla la han buscado muchos. Por que hay diferentes teorías al respecto: unos creen que es el aliento de la Reina, y otros que existe una máquina de fabricar niebla escondida en algún lugar lindando con Galicia. Creer es saber, y andar por aquí perdido en las arboledas por donde va transcurriendo somnolientamente el Pisuerga, el río que siempre sorprende por que piensas que va a ser menos, y es más, es caminar en sueños. Por que en sus alrededores es posible contemplar durante la noche de Todos los santos, siempre y cuando la niebla salga de ronda, al fantasma de José Zorrilla  leyendo en voz alta aquello de…

 “ Llamé al cielo y no me oyó.

Más si sus puertas me cierra,

De mis pasos en la Tierra,

Responda el cielo, no yo.”

…para nunca olvidar quién fue. Y por la casa-museo que podemos visitar en Valladolid flotan sus días de la infancia. Aunque solo unos pocos afortunados pueden verlos. Zorrilla, chimeneas, caballeros y convidados de piedra, muros y ojivas donde bate los vientos del norte, bocas de ogros tenebrosos… y la niebla.

Ahora almorzamos en un lugar tranquilo y con espacios azules y desahogados, y yo como tengo que hablar ante un público en un par de horas, casi no hago más que escuchar a hablar a los amigos, Marta, Javier, Alberto, Fran, y ya nos vamos para el congreso después del postre y el café.

Es ya una  tarde muy lluviosa, y saludamos a amigos que queremos mucho, echamos de menos, y odio despedirme de ellos: Ahí está Nieves Álvarez con un ejemplar de RADIO ZOMBI para que se lo firme y se lo firmo y dedico con cariño y ganas. Y también Itziar, su hermana Diana, Pedro, Santi, Poppy… ¡Menuda felicidad me da veros, chicos!

Y entonces, ups, va Fran Contreras y me  saca al ruedo antes de que empiece todo, cuando la sala se va llenando y llenando –y la sala terminó a rebosar de gente-, me presenta, y pide  al querido público que sea paciente y cariñoso con esta chica que es nada más y nada menos que la presentadora y directora de un programa tan loco como legendario como fue nuestro Tiempo de hadas, Y allí todo o casi todo lo que puede ocurrir en el loco mundo de al otro lado del espejo puede ocurre…

-Es que es su primera vez, así que por favor os pido un fuerte aplauso para arroparla.

-¡Plasplosplas!

-Gracias Fran. Amigos míos, sabed que os quiero.

Fran es el novio de Marta. Marta es una chica guapísima, encantadora y que me encanta como viste. Siempre la echamos de menos, Marta tiene a su madre y su tía que son maravillosas y que en el congreso de Zamora a nosotros a José Manuel Morales nos trataron como a familia más que a ponentes. Os mando besos y espero que pronto nos volvamos a ver, por favor.

Abre el II Congreso de Cabezón de Pisuerga, Laura  que nos habla de Reiki y de afinidades y sintonizaciones emocionales y temporales, y sale a relucir un libro que yo adoro y es Alicia en el País de las maravillas de Lewis Carroll. Cuando Laura termina su ponencia, Alberto dice que salga yo cuando quiera, pero Javier me comenta que mejor lo haga ya. Y como estoy nerviosita perdida, porque tengo tendencia a enrollarme y abrir paréntesis y paréntesis, como dice mi hijo Tony, pues me conozco . Pero me siento, acerco el micro, veo a Javier. Me sonríe. Y es una sensacional sonrisa en plan “que la fuerza te acompañe”. Y, creedme que si, que la Fuerza me acompaña. Y al hablar de Plauto, de casas encantadas, el triste fantasma de Okiku, de Hoffman y Polidori, Byron, Mary Shelley y Percy B. Shelley, y el verano que no fue, si no entre tormentas, nieblas -de nuevo la niebla-, y aparecidos y brujas, vampiros, Sheridan Le Fenu, Pedro Antonio de Alarcón, Bécquer, Poe y Lovecraft y Cortázar, digo adiós. Ah, perdón, gazapo: donde dije Bela Lugosi debí decir Boris Karloff. Si, gazapo genuinamente Tiempo de hadas.

Gracias señoras y señores, por escuchar mis historias sin pirarse a la cafetería de abajo.

Por fin llega el Momento Javier Arries. Y Javier, ese mago, ese lobo marino, ese rey arcaico y portentoso, nos habla de las temibles hordas de los hombres del Norte (líbranos señor) y de cómo estos habitantes de Dinamarca, Suecia o Noruega con sus sagas y sus chamanes, con sus drakkars, sus espadas cortas al grito de “por Odín y el sagrado mjolnir de Thor”, asolaron muchas ciudades europeas al principio del primer milenio. Hasta llegaron a los territorios que hoy son Nueva Inglaterra, llamándolos con el baconiano nombre de Vinland, la Tierra del vino.

“Toma lo negro sobre lo azul,

Toma lo azul sobre lo blanco

Toma lo blanco sobre una piedra sujeta al suelo

En el nombre de Thor, Odín y Frigga”:

Y así de esta poética manera, siguiendo siempre la lectura del último libro de Javier Arries, Magia y Religión nórdicas, podrás quitarte lo que sea que te moleste en los ojos. Y como Javier tiene la cualidad de hechizar y encantar a quien le escucha, de forma que, de pronto estamos en sombríos bosques septentrionales de Europa y es posible oír aullar a los lobos. Pero Javier calla al final, y volvemos otra vez al  lugar en donde nace la niebla. Y Javier frente a mi dice maravillosas cosas que no sabéis pero yo si, se van convirtiendo en pájaros y en donde no hay pájaros en invierno, hay palabras de Javier. Y ahora entonces volvemos a estar todos de nuevo en Cabezón de Pisuerga.

Fran Contreras es un viajero empedernido, y como muy bien dijo Aragorn hijo de Arathon:

  “Dejad lo que no sea imprescindible, viajaremos de día, dormiremos de noche… vamos a cazar orcos”.

Y os juro que Fran más de una vez ha tenido que enfrentarse a los orcos. Pues así mientras le escuchamos, y yo adoro esa forma de contarnos viajes, y viajamos con él. Y visitamos China, por ejemplo, y hacemos el Camino; y después nos habla de Argantonio y los misteriosos tartessos, quizá los verdaderos atlantes… yo me embobo mientras la noche cae a plomo sobre el mundo y al salir un frío muy grande nos saluda. Pero sabed que es la noche, La Noche. Oscuras aves revolotean donde nadie puede verlas. Solo oír su rápido batir de alas. Y es allí en ese territorio de tinieblas y luces lejanas, donde habitan los seres en los que muchos no creen. Esos que afloran tras el tronco de un castaño tapizado de musgo, el terciopelo de las hadas y los gnomos. Esos que sin saberlo tú, te espían y te rodean. Y huyen lo más que pueden porque los humanos no son para nada de su agrado. Aunque a veces, como suele ocurrir en estos casos, un humano se queda prendido de un hada y no puede quitarle los ojos de encima. Y es un amor extraño, tormentoso y eterno.

 El frío arrecia y nos vamos todos a cenar a una cueva verdadera en donde hay un restaurante llamado El Ciervo, recordadlo si visitáis Cabezón de Pisuerga, que tiene dos chimeneas y donde se está requetebién, con amigos, risas y vino. ¿Y cómo es por ventura, ese lugar? Os preguntaréis. Pues es todo llano, aunque hay algunos montes levantándose del suelo no demasiado alto. Pero son piedras azules, y arboledas de chopos, castaños, robles, crecen al pie de las colinas y sobre ellas. Y estamos cerca de Galicia, y Galicia trae el aire henchido de humedad del Atlántico, y además los gigantes trabajan a destajo en la fábrica de hacer niebla, día y noche. Allí formando nubes con una formula mil veces milenaria que solo ellos conocen, pero que tal vez lleve aire del mar, suspiros de golondrinas, plumas de cigüeña, lágrimas de dragón, sueño de hadas, polvo de cometa, luz de plata y blancura de la espuma de la mar, entre cien ingredientes secretos y fantásticos mas. Los gigantes dejan salir de vez en cuando jirones y van poco a poco cubriendo la tierra y el cielo. Y entonces la hermana Escarcha baila con sus zapatillas de hielo sobre la tenue niebla que se congela y hiere de frío. Las ciudades, los caminos, las casas, farolas, ventanas y tejados, la luz del sol que se fue, todo se sumerge en esta niebla que huele a montaña. Cuenta una leyenda de brujas y druidas que dentro de la niebla existe un castillo de hielo que es en donde vive la Reina de las nieves. Si no me creéis id a buscarlo. Esta allí en lo más profundo de las montañas y la niebla para quien sepa encontrarlo.

Mientras nos acercamos al restaurante, me llama al móvil mi querida amiga Maite Lorenzo, y me cuenta que mi poesía La muerte del hada, ha tenido mucho éxito durante su velada de Poesía en Guipúzcoa, y con esa voz preciosa de Maite aún más, y que una niña, otra hada, que estaba allí, muy silenciosa escuchando, quería saber quién era yo.

Al día siguiente luce el sol sobre un azul perfecto, pero el viento es tal como si las gélidas flechas de un millar de arqueros hubiesen sido disparadas. Aún el en Hotel Javier me hace subir dos veces a buscar la tarjeta llave y que aunque yo le digo que no, y que no, el me dice que si y que si, aunque yo sé perfectamente que la llave tarjeta es mía. Apunte hecho con toda la razón del mundo y estratosfera. Prosigo. En la calle el viento que corta la piel, viento que abruma y que hasta las viejísimas  piedras del monasterio cisterciense de Santa María de la Palazuela, y sus descarnados durmientes, se estremecían bajo las heladas ráfagas. Nos vamos toda la peña, Sonia, Marta, Javier, Alberto, Fran, Sergio, los encantadores amigos de Marta y Fran a ver un convento abandonado a su suerte durante muchos años, hasta que a alguna alma caritativa y con las neuronas en forma se le ocurre que eso es poco menos que un crimen y que esa maravilla del románico gótico debe ser protegida. Así nos abre Sergio, el alcalde de Cabezón de Pisuerga ya que solo se puede entrar privadamente, y mientras las flechas heladas de los arqueros de aire amenazan con abatirnos, nos refugiamos en esa maravilla que es este monasterio cisterciense a pocos kilómetros del pueblo.

 “Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos”.

Parecen decir, parafraseando la inscripción sobre la tumba de William Shekaspeare, estas piedras, esa sacristía. Era aquí, en los monasterios en donde durante la Edad Media , se escribían y copiaban códices, libros, ilustrados fantásticamente. El saber y la oración, y no las armas, ni la guerra, construyeron estos muros, estas ojivas, cúpulas y rosetones.

.» La raíz de la libertad se encuentra en la razón. No hay libertad si no en la verdad”.

Decía santo Tomás de Aquino. Pero ahora muchos siglos después todo es polvo y ruina. Medio techo del monasterio está apuntalado y construido con madera, aunque y a mi así también me gusta. Mejor que dejar que se pudra de asco bajo le viento, el sol y la lluvia y las pintadas de los imbéciles en las pinturas de los muros. Milagrosamente bien conservadas. «Las excavaciones, arqueológicas -me va explicando Sonia Cano-hasta hace muy poco aún estaban abandonadas, con las escalofriantes osamentas a la vista». Alberto Sánchez Velasco me muestra en interior y, no, no, gracias desde luego, no quiero acercarme más a ese montoncito de cosas inciertas bajo la viejísima cúpula de piedra, que me señalas, Alberto. Y él me comenta, mientras nos adentramos cada vez más en la ruinosa mole azotada por el viento y los siglos; los niñatos en plan «bestia de fin de semana», y hasta las almas dormidas entre sus muros vacíos, y sus pasillos silenciosos.

ya no pueden verse ni huesos ni nada, por que lo han vuelto a cubrir respetuosamente con tierra.

¡Cuanto me alegro! En tanto, Fran y Javier van haciendo sus fotos y sus reportajes, y yo me pierdo, por ahí y por allí. Y es queme encanta perderme por esos lugares y descubrir cosas… Alberto me da un pequeño susto cuando, antes de encender Sergio, alcalde de la ciudad, las luces de la sacristía, mientras el horrible viento amenaza con derribar esta inmensa nave de piedra, siglos de pisadas, siglos de embestidas, siglos de rezar a dioses y santos que duermen con los ojos abiertos. Ojos de piedra, claro. Alberto me explica que debajo de casi todo el suelo que pisamos, está lleno de sepulturas. Todo el monasterio. Y yo que no quiero pisar, y que me muero por subir arriba. ¿Qué habrá? Nos tenemos que marchar y salimos de nuevo al vendaval de flechas gélidas que lejos de amainar, azota con ,más bríos  si cabe que antes. Besos, despedidas, odio las despedidas, ultimas fotos y coches en marcha.

Nos despedimos en Valladolid ya, de Sonia y Alberto, gracias por organizar eventos que aúnen solidaridad, amistad, aventuras y cultura. Yo lo encuentro maravilloso. Gracias otra vez.

Comemos en un lugar confortable, pan con cosas ricas, y el vino rosado calienta mis manos y mi cara, por que no tienen café y hace muchísimo frío. Más tarde se nos unen nuestros queridos Itzi, Poppy, Diana y pedro y pasamos el resto de la tarde del domingo congelado de viento huracanado, y congelado entre más risas, Rua vieja, té, café y más cosas. Es ya hora de irse y el tren para Madrid viene con retraso. Pero odio las despedidas. Gracias por  todo.

Enero, 2020.