El fantasma de la ópera


Versión de Ada García.

En las obras de restauración de un enorme y vetusto teatro de la ópera, un sombrío lunes por la mañana.


—¡Pom, pom, pom, porropom!

—¿Quién está ahí? ¡Manifiéstate!

—¡Pom pom pom pin pom!

—¿Quién eres?

—Yo.

—¿Quién es yo?

—Pues yo, el Aurelio. Trabajo aquí. ¿Y usted? ¿Usted quién es, si puede saberse?

—Yo soy Olvido Moñiz, y soy médium.

—¡Ah! Qué bien… ¿Y eso del “mediom”, eso, qué es? ¿Tiene usted algo que ver con el aparejador?

—Médium, Aurelio. Y mira, verás lo que te voy a decir: tu no trabajas aquí. De echo no deberías estar aquí.

—¿Ah, no? ¿Cómo que no?

—No, no, tu ya te has ido. Debes estar en tu lugar, Aurelio. Debes volver. Yo quiero ayudarte a volver. Para eso estoy aquí.

—¿Volver? ¿Volver a dónde, señora?

—Pues al otro lado, claro. ¿A ver, como moriste hijo mio de mi alma?

—¿Yoooo? ¡Pero que dice usted señoraaaa… !

—Asúmelo Aurelio, hijo. Sé que es… que es muy difícil. La mayoría de vosotros los fantasmas no lo asumís nunca. Por eso sois fantasmas.

—¡Oiga señora sin faltar, joer!

—Pero, Aurelio, ¿de verdad que no sabes lo que es un médium? ¿No has visto la película Los Otros? ¿Poltergeist? ¿Un espíritu burlón? ¿Ghost, por lo menos?

—Que va. A mi como no sean las pelis de Jackie Chan me quedo dormido al momento, señora meidum.

—Bueno, eso no importa. Pero Aurelio en serio, debes irte definitivamente, ¿sabes? Tu sitio ya no está entre los vivos. Debes buscar tu sitio. Debes entender que tu ya no…

—¡Aureliooooooo! ¡Joder, hombreee! ¡Que es para hoy!

—¡Voy jefe!

—¡Aurelio, que la hora del desayuno no dura toda la mañana! ¿Pero cuanto tiempo necesita este tío para comerse un bocata tortilla y un Bollycao?

—Ya voy, ya voy, Jefe. Es que aquí hay una señora que me esta contando que yo no debería estar aquí, Manolo.

—¿Una señora? ¿Qué señora, Aurelio? ¡Mira déjate ya de tonterías y vuelve al tajo! Yo creo que deberías dejar el café con cazalla de por las mañanas.

—Oiga señora, hable usted con mi jefe, ¿eh? Dígale, por favor, eso de que yo no debo estar aquí, a ver si me mandan a otro lugar mejor que las obras de este puñetero teatro, que hace un frío que mata… ¿Señora…? ¿Señora…?

—¿Con quien hablas, Aurelio, tío?

—Nada, jefe, una señora que había aquí… pero se ha ido ya, por lo visto. ¡Joder, que raro!

—Yo no veo a nadie. Además en esta obra está prohibida la entrada, y solo se puede acceder por donde está vigilando siempre Casimiro, el vigilante. Y si el Casimiro hubiese visto pasar a una señora delante de sus narices, como tu dices, no la deja entrar ni borracho. ¡Y por descontado que me hubiese llamado ipso facto! Vamos tío, que no es posible que haya ninguna señora por aquí. ¿Me juras que no has bebido más cazalla de la cuenta, chaval?

—Oye, Manolo ya te digo que todo esto es muy raro… ¿seguro que no hay fantasmas en esta obra?

Ada, Sevilla y Madrid. noviembre del 21.

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