CAFÉ DE VAMPIROS

jueves, 17 de octubre de 2013.

Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros.

(Gustavo Adolfo Bécquer).

Pasad amigo. No os quedéis en la puerta. Hace frío y la noche no está cómo para pasear y dar tumbos por ahí. Creo, si el olor a tierra húmeda, el lúgubre rumor de este alocado viento del nordeste  y el penetrante olor a humedad y a mar que entran por la puerta con cada nueva visita no me engañan, que se avecina un buen temporal. Ya sabéis: olas salvajes, lluvia torrencial y ventanas chirriando tristemente en la oscuridad. Si, amigo mío, ya van dando las doce en el reloj… habrá que ponerse a buen recaudo, y buscar un crucifijo para proteger nuestros sueños esta noche. Mira ese calendario medio enterrado en las sombras sobre el piano: hoy es 31 de octubre y me temo que los espíritus de los difuntos van a comenzar a salir. No, no temáis nada buen hombre, son vampiros muy distinguidos y apenas hacen ruido. Sin embargo, algunos de ellos… en fin, que como os he aconsejado hace un instante, abrazaos lo más que podáis a vuestro crucifijo y nada habréis de temer. Y, ¡por amor de Dios!, no os atreváis a hablarles. Los vampiros aborrecen las palabras de los vivos.

Ah, ¿ya llegan? Ese primero que entra, bien vestido y mal abrigado, es el torturado e insistentemente silencioso Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo, joven errante, enamoradizo de quimeras, de damas rubias y etéreas, de ondinas y lamias, esas peligrosas hechiceras que gustan de nadar en lagos y regatos solitarios y escondidos, y más tarde sentarse junto a una roca a peinar sus interminables cabellos dorados como el sol de junio, en espera de algún infeliz caballero, cazador o pastor perdido entre esas inmensas soledades. Dejando a un lado su chistera y su bastón de fina caoba y empuñadora de bruñida plata, esparce sobre la mesa, medio en tinieblas -a no ser por un pequeño quinqué de angosta luz-, un gastado ejemplar encuadernado en piel de cordero de su más afamado libro, Rimas y leyendas, y algunas páginas de su último poema, ese poema eterno que jamás consigue escribir. Luego pide vino y cena, aunque no beberá ni comerá nada, ensimismado una vez más en perseguir un rayo de luna escondido entre las nubes de tormenta. ¿Acaso amó alguna vez algo más hermoso?

Poco tiempo después y en el preciso momento en el cual un vivísimo resplandor de relámpago ilumina toda la estancia con ese brillo azul metálico, entra en el lugar  bien embozado con capa y bufanda, el señor Edgar Allan Poe. Acomodándose en la primera mesa junto a la ventana,  hablará durante un rato de los placeres del alcohol, de sus elucubraciones fantásticas, y de como la cabeza, entumecida por el vino, crea monstruos con cara de princesas exquisitamente pálidas, boca rosada y dulcemente serias, cabellos oscuros, lujuriosamente serpenteantes, como Ligeia o Morella. Pero antes de regresar a la oscura dimensión de las almas malditas, dejará su regalo sobre el piano: Aventuras de Arthur Gordon Pym, Metzengerstein y El cuervo, no sin antes beber un sorbo de vino denso y oscuro.

Ved, mi joven y temeroso amigo, que nuestro nuevo invitado, sentándose en el rincón más sombrío del café, rehúye expreso la lánguida luz de las bujías. ¿Observáis su notoria incomodidad ante vuestro crucifijo, sus ojos inyectados en sangre y su tupida y afilada barba? No, no es una buena idea acercarse a saludarle, os lo garantizo. Dejadle que nos entregue su libro, ese que le ha llevado de cabeza a la Inmortalidad, y que escribió fascinado por la historia del folklore rumano y por la figura del noble Vlad Dracull: Drácula. Él es, ya lo habéis descubierto, el vampiro irlandés Bram Stoker.

Tras él, vestido como siempre con un majestuoso sombrero de copa gris profundo y un traje tan negro como mis pensamientos, acude, fiel a su cita anual, el bello y endiosado Lord Byron, tan pagado de sí mismo, pero tan generoso y vital, que hasta los más severos críticos con que tropiezan sus obras le adoran. Ha huido de Londres y toda buena familia rechaza su compañía, por culpa de sus escandalosos  amoríos, y esa sumamente conducta libertina suya alejada del más elemental formalismo social. Todo un enfant terrible, dirían los franceses. Byron nos trae El Vampiro, cuya autoría es motivo de discusión de más de dos siglos ya, con su fiel amigo y secretario John William Polidori. Este último, joven y discreto genio siempre a la sombra de su vanidoso señor, nos deja su Diario de Villa Diodati, y confía en la suerte para poder arreglar sus cuitas personales, duelos y demás lances, provocados por un carácter impulsivo y temerario.

Discutiendo quedamente, como corresponde a su naturaleza de espectros, se sientan juntos en la mejor mesa de la sala, justo en el preciso momento en que un nuevo cliente, este ataviado con una capa de tweed, gorra y anteojos, Sir Arthur Conan Doyle, se acomoda entre nuestros fantásticos clientes. Entre sus manos lleva un ajado ejemplar de su novela El perro de los Baskerville. Por favor, dejémosle que acabe en paz su trago de whisky y sus últimas páginas antes de proseguir su camino en la noche.

Como todos, claro está. Como desea también el nuevo cliente que acaba de abrir la puerta del café entre remolinos de nieve,  H. P. Lovecraft. Fantasma elegante y repeinado, turbador y meditabundo, que susurra suavemente con acento de la Costa Oeste, y al acercarse y dejar La ciudad sin nombre, junto a los otros libros, antes de tomar asiento en su mesa, proyecta una siniestra sombra con tentáculos y diabólicas alas sobre la verdosa alfombra.

La noche está siendo más tempestuosa que otros años; cerrad bien las contraventanas si no os molesta mucho el esfuerzo, ya que las rachas de aguanieve son cada vez más impetuosas, y los truenos rebotan en cada rincón de este humilde café. Ahora… ¿quién vive? Ah, ¿sois vos? El año pasado os esperamos en vano. Pasad, oh, dulce bardo de Avon… ¿Qué nos traéis está vez mi señor William…? ¿…al señor de Glamis y Cawdor cabalgando victorioso por el bosque de Birnam? ¿Al cruel rey Macbeth, y su no menos cruel esposa, ciñéndose la ensangrentada corona de Escocia? ¿Brujas bajo la lluvia, un vengativo espectro a la hora de la cena, y soldados escoceses en pie de guerra? Sea pues.

No os sorprendáis, y creedme si os digo que, de entre todos los vampiros y espíritus que han visitado nuestro modesto café, el de Shakespeare es al único que no le incomodarán nuestras palabras, pues adora los halagos y zalamerías. Es lógico, fue actor, y dramaturgo antes que vampiro.

Fíjate bien en este que entra ahora, y que es E. T. A Hoffman el hombre que perdió su sombra, y que desde entonces viene atormentándole como un murciélago esquivo,  justo a la hora de ir a dormir.

Enfilando sus pasos hasta el piano, se sienta ceremoniosamente para ir desgranando melancólicamente la Sonata Claro de Luna de Beethoven, en el preciso momento  en que llega John Sheridan Le Fanu muy bien acompañado por una tímida y menuda dama, hija de unos padres célebres, y esposa de un poeta no menos célebre, Shelley, Mary Shelley. Le Fanu, que adora las Islas Griegas, nos regala muy ufano su vampira más feroz y lascivamente atractiva: Carmilla.

En cuanto a Mary Shelley, la famosa y única dama que nos honra con su visita, no descubre apenas su mortecino rostro, turbada por la impresión de contemplar al fondo del café, a dos de sus mejores amigos en vida: Polidori y Byron. Apenas rozando sus delicados ropajes las frías baldosas del suelo, se acerca para dejarles un ejemplar lujosamente encuadernado de su celebérrima obra: Frankenstein, o el Moderno Prometeo.

Si, casi amanece. Por el este alumbra ya la luz del día, enemigo irreconciliable de espectros y vampiros. Y ya se marchan todos, rumbo a criptas y panteones, lejos… hacia el norte, bien acomodados en sus carruajes, o sobre sus monturas sombrías. Será hasta el año que viene, en que nuevos vampiros silenciosos nos visitarán dejando su inmortal legado de tinta sobre el piano.

El Café des Vampires cierra ya sus puertas.

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