CAFÉ DES VAMPIRES II.

Descalza, un pie tras otro, surgí de la tumba fría y eché a andar, mientras ráfagas de un viento húmedo y metálico barrían los encharcados caminos. Como una ensoñación viva y penetrante, así caminaba yo esa noche última noche de octubre, sintiendo el gélido pavimento morder mis pies desnudos. Pasé, como cada noche, ante los jardines donde florecían enormes macizos de salvaje madreselva, de lujuriosa dama de noche, y lechosos jazmines. Entre la bruma y la lluvia, observé pequeños y retorcidos rosales desmayándose sobre la áspera piedra. Pasé la calle donde tu vives, y pasé la casa encantada de los azulejos color tinta china. Pasé la plazoleta donde tantas veces me esperaste, y bajo el brillante limonero que franquea la esquina en donde tantas veces me besaste. A su lado, la verja del jardín del palacio de Alminar, y la fuente eterna me parecieron más solitarios que nunca. Y pasé calle arriba hasta llegar, como cada noche, hasta la puerta de la sala Café des Vampires. Mi sala. El bullicio del interior llegaba hasta la iglesia de enfrente, y una bofetada de humo de mil cigarrillos, y algo del mismísimo infierno, me sacudió la nariz, y a punto estuve de estornudar si no fuera porque yo…bueno, yo no soy ya como tu, amor mío.

Al entrar en el local atestado de gente por todos lados, vi como siempre a Pier Angeli en la barra sirviendo un Martini a su hermana María. Sonaba en esos momentos una selección de temas de Led Zepellin, y su Black dog atronaba el aire. Entonces vi a otros invitados que alternaban esa noche en mi local: Janis Joplin charlando animadamente con Dimebag Darrell y John Lennon, sentados en sus altas banquetas junto a la barra. Allá reconocí al momento a Brian Jones, Martini en mano, pitillo en la boca, riéndose a carcajadas con las ocurrencias de Ottis Redding, que bebía a sorbitos una solución de ron, hielo y limonada. Al lado del concurrido escenario, Amy Winehouse vestida de rojo y negro, bella entre las bellas, hada blanca con voz de bruja negra, muy atenta a las palabras de Jim Morrison y Nino Bravo. Mientras ella apuraba una copa de vodka doble, burbujas de perfume de sándalo y rosas rojas subían rápidamente por sus pestañas. Jimmy Hendrix y Mama Cass, jugaban al billar riéndose de sus pésimo estilo de juego, y, cerca del cuadro La novia del mar, Amedeo Modigliani, Percy B. Shelley y Federico García Lorca, fumaban, charlaban y disfrutaban, como todos los fantasmales personajes allí reunidos que, una noche al año, la del 31 de octubre, se reunían en el Café des vampires para ser felices otra vez. Federico, con los ojos entornados, recordaba aquél beso de fuego y pan que se dio con Salvador un amanecer en Cadaqués. Me saludó al verme. Me besó suavemente en la frente, y me dijo con su precioso acento granadino:

-¿Acabas de salir de la cripta? Hoy se te ha hecho tarde, morena mía. La fiesta es puro cardo y puro delirio de botellas inmortales, bocas blandas y relojes con insomnio.

-¡Ay, si, Federico!

Y le sonreí amorosamente mostrando mis afilados colmillos de vampiro. Entonces se nos acercó Marilyn Monroe, vestida para matar, con lentejuelas color crema, y los labios de brillo rojo frambuesa.

-Federico, amor mío, quiero dormir junto a ti esta noche. ¿Qué significa una sola noche en toda la inmortalidad?

-Vámonos pues, mi querida Marilyn. Niña de oro y uva moscatel; niña hechizada, niña con voz de niña y ojos de mujer morena… aunque seas rubia de oro y uva moscatel.

Y se fueron quién sabe hacia donde. Se fueron juntos a quererse como se quieren los que se quieren de verdad, amigos en la vida y en la muerte. Amigos de contarse sus penas abiertas a cuchillo, sus noches rotas en pedacitos como puntas de diamante, o sus risas de flores blancas sobre la cama.

Sentados, haciendo un extraño círculo, Jim Morrison, Percy B. Shelley, y Amedeo Modigliani, bebían cerveza negra y ginebra en cantidades industriales, fumaban hierba y entraban en trance un minuto. Después, con las piernas colocadas al estilo brahmánico de un gurú de Madrás o Lahore, se leían poemas mutuamente.

-Ahora os recitaré unos versos de El ruiseñor de Keats

¡Ya estoy contigo! Suave es la noche
Y tal vez en su trono aparezca la luna
Circundada de mágicas estrellas.
Pero aquí no hay luz, salvo la que acompaña
Desde el cielo el soplo de la brisa cruzando
El oscuro verdor y veredas de musgo.

Dicho Modigliani este poema, y cuando Shelley se disponía gustoso a recitar un par de versos de su poema Vino de hadas …., los primeros redobles de batería y guitarra del tema The End de The Doors, comenzaron a sonar místicos y cenagosos. Atmósfera caliginosa, onírica, con un suave olor en el aire a medias entre incienso y ginebra. La tormenta crepitando sordamente fuera. Dentro, los fantasmas disfrutando de la vida.

Entonces descubrí a Dolores del Río, que bebía champán rosa, fumaba en pipa larga, y al hacerlo enseñoreaba una preciosa sortija de oro rosa, con un pequeño pero espectacular diamante, regalo de de Gary Cooper, dentro del cual parecía sonreír una pantera rosa. Y es que Dolores, la diosa nacida allá donde las serpientes emplumadas sobrevuelan los cañones pulidos con el yunque del agua, y el cincel del viento, adoraba el color rosa. Dolores charlaba animadamente con John Lennon, Jean Seberg y Dalida. Después, James Dean se les acercó para invitarles a tequila, mojitos y marihuana.

-Vean, amigos, que pedrusquito, chiquito, chiquito, tuvo la bondad de regalarme ese simplicio de Gary Cooper. Todo mi sufrimiento comenzó, válgame la Virgen de Guadalupe, cundo la insoportable mamá del tipo me botó como se bota un sombrero que ya no nos gusta, por estar pasado de moda. Ay, mis guates, entonces aquí dentro, donde tenemos el músculo de querer, algo hizo crash, y se rasgó de parte a parte. Y era que ese gusano yanqui me había partido el corazón. Desde entonces, créanme, no siento nada. Ni alegría, ni enfados. Nada, amigos míos. Será también, en parte, culpa de que me tome no sé cuantos tequilas y margaritas, y después me fui a la cama con seconal en mis entrañas como para dormir a un toro o dos. Por supuesto, no sin antes haberme puesto el más bello de mis camisones, y haber retocado primorosamente mi maquillaje, peinado y manicura. No se puede entrar en el otro mundo de cualquier forma, válgame Dios. Después, dijo un imbécil en un monstruoso y cochino libro, el Hollywood Babylon, que yo me morí ahogada por mi propio vómito, con la cabeza metida en el wc. ¡Qué sabrá ese piojoso juntaletras, como morí yo!

James Dean, antes de hablar, le dio un trago rápido a su vaso de tequila. Se quitó las gafas de pasta negra y cristales de miope, y parpadeó un poco, porque la verdad, el local estaba envuelto en una acre y etérea humareda, y vapores ectoplasmáticas de todo tipo.

-En efecto, Dolores. Y es que cuando nos vamos al otro barrio, así, a sabiendas, los otros, los que se quedan, lo convierten en una atracción de circo. Y durante décadas formará parte de las páginas de los periódicos. Cuando hay noticias a patadas, pero esas, aunque sean de primerísima página -un senador corrupto, un país en guerra, un dictador machacando nuevamente al pueblo, un bosque en llamas-, tiran de nosotros, los que nos fuimos a sabiendas, y meten ahí todos esos trastos llamados mentiras a los que son tan aficionados.

Dalida, Jean Seberg y Dolores del Río, secretamente encantadas con el chico de la mirada melancólica y la voz profunda, le miraron embelesadas, con la sonrisa puesta a todo trapo en sus bellísimos rostros de diosas inmortales. Y allí los dejé, mientras mi sed, la sed de un vampiro, esa sed urgente, cruel e inaplazable, me corroía por dentro. Pero aún no había llegado el momento de aplacarla.

Sonaba aquella canción que tanto te gustaba. Aquella canción que, en cuanto sonaba, me buscabas para mirarme como un presidiario miraría una ventana abierta. Para mirarme como un sediento miraría un río inmenso. ¿Recuerdas?

Whenever I’m alone with you
You make me feel like I am free again
Whenever I’m alone with you
You make me feel like I am clean again

-Hola, Claudia, estás bellísima, iluminas este pozo de tinieblas, agotado de sufrimiento, que muele mi alma que ya, casi extinta, aún la siento y la temo.

Quién así me hablaba era John Lennon, a fuerza de pasarse dos horas de conversación con Lord Byron, el poeta, el cual tenía mucha prisa y huyó al momento, y que fumaba marihuana envuelto en una blanquecina nubecita, cual señor don Oruga, el personaje de Alicia en el País de las maravillas. A esas altas horas de la noche, noche del primero de noviembre, con las calles, barridas por la lluvia, y protegidos por un inmenso cielo sin estrellas, ni luna, ni planetas. Solo las gigantescas nubes color cobre entoldando la noche.

A eso de las cuatro y media de la madrugada, con los invitados a tope de relajación, satisfacción y buen rollo, Lennon, Brian Jones, Jimmy Hendrix, Amy Winehouse, Mama Cass, y Agustín, el demoledor batería de Pato de goma, saltaron al escenario.

-¡Bravo, bravo! ¡La que nos espera!

Gritó Nino Bravo, aplaudiendo con entusiasmo.

-¡Eh, Nino, tronco! ¡Sube tú también!

Le espetó Kurt Cobain, al mismo tiempo que él mismo se unía a la fantasmagórica y genial jam session. Y así de esta manera, comenzaron a oírse los primeros acordes de We are the world, we are the children. Pero Brian Jones, el primer Rolling Stone, lanzó la cítara bastante airado hacia la otra punta de la sala.

-Me niego a tocar esa puta mierda.

-¡Ay, madre ya está este tipo dando caña otra vez!

Comentó Lennon a voz en grito. Janis Joplin magníficamente ataviada con un sombrero de plumas azul Pacífico, un kaftán de flores raras, y un sinfín de collares y abalorios diversos, intervino cogiendo un micro amenazadoramente.

-Brian Jones, calláte ya y ponte a tocar la cítara o esfúmate,

-¡Que no, colega que no! ¡Yo no toco basura comercial, a menos que sea de mi grupo! Bueno, de ese maldito grupo de mierda del que un buen día, el cabrón del Jagger, y el estropajoso del Richards me echaron. ¡Es que no puedo soportarlo, joder!

-¿Y a ti a estas alturas que te importa, Jones, tío?

-John, colega, precisamente no voy a tocar de muerto, lo que jamás toqué de vivo. Y sobre todo esa porquería moñas del We are the children. Vamos, ni borracho.

Y sin más contratiempos, los primeros acordes de King Creole sonaron en la sala.

-¡Ah, no, ni hablar!

-¡Jodeeeerrr! ¿Qué te pasa ahora a ti, Hendrix?

Preguntó con cara de cansancio Ottis Redding.

-Yo no toco nada de Elvis, que era un maldito blanco racista de mierda.

Y en ese momento, Elvis, el del tupé, la ropa negra y de cuero, las caderas sádicas, patillas poderosas, y voz del Delta, subió al escenario entre murmullos de sorpresa y jolgorio.

-Vamos Jimmy. Como tú sabes.

Invitó el de Tupelo al guitarrista de Seattle. Y cantaron a coro esas maravillosas voces, esos músicos no terrenales, esa gente divina, una vieja canción que hablaba de un tipo que no tenía sueño y que no iba a ninguna parte.

Hey, Mr. Tambourine man play a song for me
I’m not sleepy and there is no place I’m going to
Hey Mr. Tambourine man play a song for me
In the jingle jangle morning I’ll come following you

-Mecachis, aquí falta Bob…

-¿Qué Bob, Jones?

-Pues Bob Dylan, hombre. ¿Qué Bob va a ser? ¿Bob Esponja?

-Pero, tío ¡que el Bob Dylan está vivo todavía!

-¡Ah, joder! ¡Es verdad, John! Je, je, la Madre Naturaleza lo guarde muchos años.

Dolores del Río y Shelley salieron juntos al borde del primer canto del gallo. A los fantasmas el primer canto del gallo les produce el mismo efecto que a los del otro lado, pero al revés. John Lennon salió solo, envuelto entre la lluvia y las hojas que revoloteaban a su alrededor mientras iba diluyéndose lentamente. Jim Morrison, Agustín de Pato, Michael Hutchance, Mama Cass, Ian Curtis, fueron desapareciendo como volutas de humo mezclándose con la atmósfera del local. Pier Angeli y James Dean ya hacía mucho que se habian marchado por la puerta de los Secretos Mágicos y Misteriosos. Elvis, Amy Winehouse, Janis, Brian Jones, Ottis Redding y Jimmy Hendrix, se esfumaron lentamente tras los ventanales, por donde se veía como el viento feroz había redoblado su ímpetu, y los pobres árboles se batían con él en un duelo dramático y salvaje, cual formidables guerreros. Y como ya era casi la alborada, todos los demás invitados fueron desapareciendo, volatilizándose en copos de luz como hojitas de cerezo barridas por el viento.

Quedé yo, que aún no había cenado, ni tan siquiera desayunado, pero acertó a pasar por allí casualmente un político. De manera que, sin pensármelo dos veces, le atravesé la yugular con ganas dejándolo mas seco que una sábana tendida al sol de agosto. Lo peor fue la posterior salmonelosis que me mantuvo metida en la tumba durante siete terribles noches con sus días.

Siempre, siempre tuya…

Claudia, condesa de Limoges.

Ada García, 3 de septiembre, 31 de octubre. 2021. Sevilla.

CAFÉ DE VAMPIROS

jueves, 17 de octubre de 2013.

Yo no sé si ese mundo de visiones vive fuera o va dentro de nosotros.

(Gustavo Adolfo Bécquer).

Pasad amigo. No os quedéis en la puerta. Hace frío y la noche no está cómo para pasear y dar tumbos por ahí. Creo, si el olor a tierra húmeda, el lúgubre rumor de este alocado viento del nordeste  y el penetrante olor a humedad y a mar que entran por la puerta con cada nueva visita no me engañan, que se avecina un buen temporal. Ya sabéis: olas salvajes, lluvia torrencial y ventanas chirriando tristemente en la oscuridad. Si, amigo mío, ya van dando las doce en el reloj… habrá que ponerse a buen recaudo, y buscar un crucifijo para proteger nuestros sueños esta noche. Mira ese calendario medio enterrado en las sombras sobre el piano: hoy es 31 de octubre y me temo que los espíritus de los difuntos van a comenzar a salir. No, no temáis nada buen hombre, son vampiros muy distinguidos y apenas hacen ruido. Sin embargo, algunos de ellos… en fin, que como os he aconsejado hace un instante, abrazaos lo más que podáis a vuestro crucifijo y nada habréis de temer. Y, ¡por amor de Dios!, no os atreváis a hablarles. Los vampiros aborrecen las palabras de los vivos.

Ah, ¿ya llegan? Ese primero que entra, bien vestido y mal abrigado, es el torturado e insistentemente silencioso Gustavo Adolfo Bécquer. Gustavo, joven errante, enamoradizo de quimeras, de damas rubias y etéreas, de ondinas y lamias, esas peligrosas hechiceras que gustan de nadar en lagos y regatos solitarios y escondidos, y más tarde sentarse junto a una roca a peinar sus interminables cabellos dorados como el sol de junio, en espera de algún infeliz caballero, cazador o pastor perdido entre esas inmensas soledades. Dejando a un lado su chistera y su bastón de fina caoba y empuñadora de bruñida plata, esparce sobre la mesa, medio en tinieblas -a no ser por un pequeño quinqué de angosta luz-, un gastado ejemplar encuadernado en piel de cordero de su más afamado libro, Rimas y leyendas, y algunas páginas de su último poema, ese poema eterno que jamás consigue escribir. Luego pide vino y cena, aunque no beberá ni comerá nada, ensimismado una vez más en perseguir un rayo de luna escondido entre las nubes de tormenta. ¿Acaso amó alguna vez algo más hermoso?

Poco tiempo después y en el preciso momento en el cual un vivísimo resplandor de relámpago ilumina toda la estancia con ese brillo azul metálico, entra en el lugar  bien embozado con capa y bufanda, el señor Edgar Allan Poe. Acomodándose en la primera mesa junto a la ventana,  hablará durante un rato de los placeres del alcohol, de sus elucubraciones fantásticas, y de como la cabeza, entumecida por el vino, crea monstruos con cara de princesas exquisitamente pálidas, boca rosada y dulcemente serias, cabellos oscuros, lujuriosamente serpenteantes, como Ligeia o Morella. Pero antes de regresar a la oscura dimensión de las almas malditas, dejará su regalo sobre el piano: Aventuras de Arthur Gordon Pym, Metzengerstein y El cuervo, no sin antes beber un sorbo de vino denso y oscuro.

Ved, mi joven y temeroso amigo, que nuestro nuevo invitado, sentándose en el rincón más sombrío del café, rehúye expreso la lánguida luz de las bujías. ¿Observáis su notoria incomodidad ante vuestro crucifijo, sus ojos inyectados en sangre y su tupida y afilada barba? No, no es una buena idea acercarse a saludarle, os lo garantizo. Dejadle que nos entregue su libro, ese que le ha llevado de cabeza a la Inmortalidad, y que escribió fascinado por la historia del folklore rumano y por la figura del noble Vlad Dracull: Drácula. Él es, ya lo habéis descubierto, el vampiro irlandés Bram Stoker.

Tras él, vestido como siempre con un majestuoso sombrero de copa gris profundo y un traje tan negro como mis pensamientos, acude, fiel a su cita anual, el bello y endiosado Lord Byron, tan pagado de sí mismo, pero tan generoso y vital, que hasta los más severos críticos con que tropiezan sus obras le adoran. Ha huido de Londres y toda buena familia rechaza su compañía, por culpa de sus escandalosos  amoríos, y esa sumamente conducta libertina suya alejada del más elemental formalismo social. Todo un enfant terrible, dirían los franceses. Byron nos trae El Vampiro, cuya autoría es motivo de discusión de más de dos siglos ya, con su fiel amigo y secretario John William Polidori. Este último, joven y discreto genio siempre a la sombra de su vanidoso señor, nos deja su Diario de Villa Diodati, y confía en la suerte para poder arreglar sus cuitas personales, duelos y demás lances, provocados por un carácter impulsivo y temerario.

Discutiendo quedamente, como corresponde a su naturaleza de espectros, se sientan juntos en la mejor mesa de la sala, justo en el preciso momento en que un nuevo cliente, este ataviado con una capa de tweed, gorra y anteojos, Sir Arthur Conan Doyle, se acomoda entre nuestros fantásticos clientes. Entre sus manos lleva un ajado ejemplar de su novela El perro de los Baskerville. Por favor, dejémosle que acabe en paz su trago de whisky y sus últimas páginas antes de proseguir su camino en la noche.

Como todos, claro está. Como desea también el nuevo cliente que acaba de abrir la puerta del café entre remolinos de nieve,  H. P. Lovecraft. Fantasma elegante y repeinado, turbador y meditabundo, que susurra suavemente con acento de la Costa Oeste, y al acercarse y dejar La ciudad sin nombre, junto a los otros libros, antes de tomar asiento en su mesa, proyecta una siniestra sombra con tentáculos y diabólicas alas sobre la verdosa alfombra.

La noche está siendo más tempestuosa que otros años; cerrad bien las contraventanas si no os molesta mucho el esfuerzo, ya que las rachas de aguanieve son cada vez más impetuosas, y los truenos rebotan en cada rincón de este humilde café. Ahora… ¿quién vive? Ah, ¿sois vos? El año pasado os esperamos en vano. Pasad, oh, dulce bardo de Avon… ¿Qué nos traéis está vez mi señor William…? ¿…al señor de Glamis y Cawdor cabalgando victorioso por el bosque de Birnam? ¿Al cruel rey Macbeth, y su no menos cruel esposa, ciñéndose la ensangrentada corona de Escocia? ¿Brujas bajo la lluvia, un vengativo espectro a la hora de la cena, y soldados escoceses en pie de guerra? Sea pues.

No os sorprendáis, y creedme si os digo que, de entre todos los vampiros y espíritus que han visitado nuestro modesto café, el de Shakespeare es al único que no le incomodarán nuestras palabras, pues adora los halagos y zalamerías. Es lógico, fue actor, y dramaturgo antes que vampiro.

Fíjate bien en este que entra ahora, y que es E. T. A Hoffman el hombre que perdió su sombra, y que desde entonces viene atormentándole como un murciélago esquivo,  justo a la hora de ir a dormir.

Enfilando sus pasos hasta el piano, se sienta ceremoniosamente para ir desgranando melancólicamente la Sonata Claro de Luna de Beethoven, en el preciso momento  en que llega John Sheridan Le Fanu muy bien acompañado por una tímida y menuda dama, hija de unos padres célebres, y esposa de un poeta no menos célebre, Shelley, Mary Shelley. Le Fanu, que adora las Islas Griegas, nos regala muy ufano su vampira más feroz y lascivamente atractiva: Carmilla.

En cuanto a Mary Shelley, la famosa y única dama que nos honra con su visita, no descubre apenas su mortecino rostro, turbada por la impresión de contemplar al fondo del café, a dos de sus mejores amigos en vida: Polidori y Byron. Apenas rozando sus delicados ropajes las frías baldosas del suelo, se acerca para dejarles un ejemplar lujosamente encuadernado de su celebérrima obra: Frankenstein, o el Moderno Prometeo.

Si, casi amanece. Por el este alumbra ya la luz del día, enemigo irreconciliable de espectros y vampiros. Y ya se marchan todos, rumbo a criptas y panteones, lejos… hacia el norte, bien acomodados en sus carruajes, o sobre sus monturas sombrías. Será hasta el año que viene, en que nuevos vampiros silenciosos nos visitarán dejando su inmortal legado de tinta sobre el piano.

El Café des Vampires cierra ya sus puertas.