SIBERIUS MARPLE

Ocurrió una tormentosa tarde de noviembre, en una casa de esas de estilo victoriano, de aspecto señorial, con escaleras de mármol, chimena y jardín interior. Aunque a poco que te fijases en los detalles, saltaba enseguida a la vista la absoluta dejadez en que se encontraba la finca: hierbajos entre los escalones, cristales sucios, ventanas desvencijadas, y un rododendro canijo desmayándose penosamente sobre la balaustrada de piedra grisásea. Siberius Marple,viejo y sabio anticuario del west end londinense, ordenaba parsimoniosamente su recién adquirida colección de sellos rusos de antes de la Revolución de Octubre, al lado de una de las grandes ventanas, para aprovechar los últimos rayos de luz de la tarde. De vez en cuando, pegaba la cara al empañado cristal todo lo que su considerable nariz le permitía, y echaba un rápido vistazo al exterior. Después encendía una vez más su pringosa pipa, y vuelta a deleitarse con sus sellos y sus divagaciones.

-¡Hum! Los Romanov no hicieron grandes cosas, que se sepa. No al modo de Catalina la Grande, pero los sellos de esa época son una maravilla… Fíjate Chris, qué colores, qué entintado a mano… el timbre es rudimentario pero perfecto.

-¡Bah! ¡Papeles viejos, basura hedionda! Viejos e inútiles como tu, Siberius.Una vieja y agujereada papelera que no sirve para nada. Y mientras arroja sobre Marple estas insultantes palabras, la señora Marple se lleva el dedo índice a la sien. El hombrecillo entonces, presa de una súbita rabia, agarra la pipa como quién agarra una navaja, y se encara sin mucho ánimo, hay que decirlo, con su mujer.

-¿Papeles viejos dices? ¡Qué sabrá una vieja ignorante como tu! ¡Cada uno de estos papeles viejos, como tu los llamas, vale al menos 500 libras, señora mía!Tembloroso, decaído por la rabia y la indignación, el viejo anticuario de la calle Archibald Leach, va recogiendo sus sellos, rezongando para sí

.-Basura y papeles viejos, dice la señora… ¡Voto al diablo!

-¿Quinientas libras? ¡Y de qué nos sirve todo esa fortuna si vivimos, mira a tu alrededor si te atreves, como ratas! ¡Óyeme bien, viejo avaro, en lugar de estar ahí como un colegial con tus sellos y tus tonterías deberías probar a arreglar el jardín antes de que los vecinos nos denuncien por insalubridad! Un día de estos, cuando menos te lo esperes, voy a hacer las maletas y me voy a ir para siempre de aquí. ¡Y jamás más volveré! ¿Me oyes Siberius, viejo loco?

Florence Marple, moño despeluchado, bata raída, pantunflas sucias y demasiado grandes para sus pies, manos rechonchas, ojeras grandes y abultadas, bajo los grises ojos-, da un portentoso trago a una húmeda botella que saca de un cajón, tan cochambroso como ella.

-¡Pero qué te has creído, te voy a tirar antes de irme todos los cachivaches que me encuentre, desde ese repulsivo buho disecado que de apolillado y añoso se le ha caido ya hasta un ojo, hasta la bola de cristal de brujo, que da miedo verla. ¡A saber qué actos de brujería llevarás a cabo con semejantes chismes! ¡Y el reloj de péndulo? ¡Ese reloj me desquicia los nervios! ¡Es lo peor de todo! ¡Miralo! ¡Da horror mirarlo! ¡Como a ti! Rezongando y dando traspies, la señora Marple se levanta, va hasta la ventana y oberva la calle tras las roídas cortinas. Todo viejo, todo gastado, todo sucio. Y la gris pátina de la lluvia lo hace todo aún más tétrico.Siberius, seguido de cerca por la retahíla de improperios de su esposa, sube las escaleras hasta su guarida, la misteriosa habitación de la torre, que es su castillo inexpugnable, su refugio y su cueva a prueba de sermones y demás tabarras. Aún allí arriba, con los gruesos postigos de madera cerrando firmemente las grandes ventanas de la buhardilla, Siberius Marple puede oír la monserga de su mujer, mientras trastea entre los cacharros de la cocina.

-¡Y encima tengo que preparar yo sola la cena! ¿Puedes bajar a ayudarme, por favor,vieja momia con anteojos? Silencio.

-¡Ah, pues muy bien, te voy a a hacer de cenar tu plato preferido, riñones al Jerez! ¡Jajajajaja!Siberius Marple, el viejo y misterioso anticuario del 23 de Archibald Leach street, en el West End, no dijo está boca es mía. Pero, la gritona señora Marple lo sabía perfectamente, el hombre odiaba los riñones al Jerez con toda su alma. Una rata se desliza entre el fregadero y la ventana de la cocina, y la iracuanda y beoda señora Marple le tira una enorme cazuela de cobre que se estrella estrepitosamente contra la pared. Siberius, vela encendida, luz del quinqué a poco gas, lee sus libros antiugos de magia arcana y páginas rugosas.

-La Inmortalidad por fin me pertenece. Nadie debe saberlo. Nadie. El mundo no se merece mis descubrimientos. Desde abajo, una hora más tarde, le llega de nuevo la voz a grito pelado de su mujer.

-¡La cena!Pero Siberius Marple continua a su aire, leyendo pasajes secretos y peligrosos, buscando la fórmula precisa, desentrañando palabras prohibidas escritas por oscuras manos de dimensiones aún no descubiertas. Magos antiguos, magos cuya sabiduría solo está al alcance de muy pocos elegidos. Siberius lo sabe. Siberius lo ha descubierto.

– A las doce del día siguiente aún permanece la luz encendida en el desván en donde siberius Marple auna conocimientos de otros siglos, muchos muchos tiempo atrás.

– Este viejo loco me va a matar de un disgusto. Qué hará encerrado desde anoche allí arriba. A veces huele a azufre. Otras a humo de pipa. Viejo maldito, viejo loco!

– Dos semanas más tarde la luz impasible continua encendida.- Un año después.

– Cinco años más tarde.

– La gatita Roma, la gatita recién nacida, ahora tiene ya cinco años y ha sido mamá dos veces en su corta vida.-

– Viejo de las narices o sales ya o te saco yo por los pelos de la barba!

Roma, la maravillosa gata blanca, bisabuela de Viena y Mirlitón, hoy se ha despedido y ha pasado durectamente al cuielo peludo y con olor a crema de lecxhe, de los gatos.

Cincuenta años han pasado ya. La luz jamás se ha apagado. Ahí está alumbrando los papeles del viejo anticuario sin treegua ni descanso.

Abril de 1914, hoy ha estallado la Gran Guerra,

– Viejo Marple! Eh, qué vas a hacer tú? Vas a bajar ya a cenar o te vas a alistar en el ejercito a combatir a los alemanes?

– 20 noviembre de 1953, hoy hace ya cien años que subiste a esconderte de mis sermones como tu dices. ¿Vas a bajar? No crees que ya va siendo hora?- La luz. Laluz que nunca nunca se apaga se vislumbra claramente desde la calle alla ariba en el castillete del tejado.-

12 mayo 1980.

– ¡Siberius! ¡Siberius Marple!

La buena señora Florence Marple ahí permanece sentada día y noche en su mecedora. Los gatos entran y salen a culaquier hora, llueve y la lluvia y los relámpagos inundan la estancia. Se escucha una puerta que se abre… un chirrido quejumbroso y agudo. Una sombra encorvada aparece en el dintel y se proyecta lúgubremente por el polvoriento rellano cubierto de telarañas. Es Siberius Marple que por fin sale de su refugio. Su hechizo se cumplió no saldría de allí hasta que la señora Marple desapareciese y se callase para siempre.

-Por fin, por fin puedo salir. Ya era hora. Ahora nadie más imopoirtunará mis quehaceres, ahora nadie dirá nunca que mis sellos son papeles viejos y basura. Que día es hoy, 12 de septiembre de 1980.

Habia pasado 130 años escondido en su

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