LA BODA

Érase que se era una tórrida tarde de sábado de finales de verano. Un coche de alta gama circula rápidamente por el centro de Sevilla. La calle Orfila, La Campana, Plaza del Duque, la calle Adriano, el Puente de Triana…. hasta llegar a fastuosa basílica del Cristo de la Expiración, también conocida como del Cachorro, o del Patrocinio, en donde una muchedumbre de seres ataviados con ropa nueva, cara y barroca espera impacientemente la llegada de los novios. El primero en hacerlo, bajo un sol implacable, es el novio, acompañado por su madre, su padre, y quinientos familiares de esos que solo se ven en bodas, bautizos, comuniones y funerales. El novio, Pascual Sánchez “Pascualito”, es un tipo muy alto, moreno de pelo y piel, ojos oscuros, cejas diabólicas, barbilla prominente y aires chulescos. Es un torero medio famoso de 29 años, que ha matado ya varios toros, roto unos cinco corazones y leído ningún libro. El toro que mata el novio en la plaza es un animal minoico, hermoso, azul de negro, a veces color de barro, hermoso, lleno de sangre y de vida, y con nulo entusiasmo por el griterío, la arena y el estoque. Pero al tipo alto de los ojos matadores, le importa poquísimo si el toro que va a matar es así o asá. Sólo ve unos cuernos y unas patitas corriendo hacia su vistoso capote, y miles de ojos tan pérfidos como los suyos, pendientes de su glorioso asesinato. La madrina, por su parte, doña Amparo Bejines, de nobleza sevillana venida a menos, y lugar fijo en esas revistas que solo miran los cotillas, y las señoras mayores cuando van a hacerse las mechas a la pelu. El sol desploma latigazos de chumbera y mordiscos que dejan cardenales de fuego en la frente. La madrina, mirando embobaíta perdida a su apuesto hijito, se acerca hasta él, 150 centímetros de madre, incluida la peineta, y recolocándole un rizo sobre la frente, le pide.

-¡Ay, Pascual, por favor! ¡Ahora, en un ratillo de nada, serás un hombre casado. Recuérdalo Pascual. ¡Recuérdalo!

-Si, si, mama, por recordarlo que no quede. ¡Jajajajaja! ¡Ay, que caló santa madre de Dios!

Entonces se despista un poco de peineta y madre, y mirando a una invitada, la novia de algún amigo, le comenta a su primo Bartolín Sánchez el “Chaquetilla”, otro torero con ínfulas de divo y ganas de sangre y muerte.

-Oye, Bartolín, ¿has visto a esa morena de ahí, la que va con Tomás… ? -Primo, yo no veo ná con este sol de mierda. Ah, ¿esa del vestido azul y la rosa blanca? ¿La que lleva en el pelo sortijas de azabache y tiene los ojos negros como un torito campeador?

-¡Ay, Bartolín!.

-Pero, tío. ¡Qué estamos en tu boda! ¡Qué tu futura mujer, Alba, viene ya pacá!

-¡Anda ya! ¿Qué tendrá eso que ver para que yo reconozca, mire y admire la belleza de otras mujeres?

Y de esta curiosa a la par que impresentable manera, Pascual Sánchez, “Pascualito”, más postureo que apostura, más foto que hombre, entra en la iglesia del brazo de su madrecita, cuando ya va para media hora que esperan todos calcinándose al sol de primeros de septiembre.

E

-Las novias deben tardar un poquito el día de su boda. Un poquito no pasa nada, y así el novio la quiere más después. Mire usted, Montaña, en mi boda allá por el 55, llegué tarde cinco minutos justitos. ¡No media hora, como esta criatura nos está haciendo esperar!

Comenta la abuela materna del novio, doña Patrocinio, con voz pedregosa y apenas audible, también un alarde de collares, abanico,mantilla y peineta.

-Tiene usted razón, doña Patro. Y además qué poca consideración con esta caló, y estos aires salidos de la boca del infierno. Lo menos estamos a cuarenta.

Esta que habla es María de la Montaña, la mayor de las tías paternas del novio, vestida de verde Scotch Brite de pies a cabeza, y con un delicado buñuelo de viento realizado en fina organza reposando serenamente sobre un cardado tipo Montserrat Caballé. Lo cierto es que el parecido con la soprano catalana va más allá del violento cardado. Dentro de la capilla del Cristo de la Expiración, el calor, la caló, es tan insoportable que el aire no circula, las fotos que se hacen salen borrosas, con rostros fantasmales, y neblina de sed y sudor sobre los hombros. Pero, a pesar de ser como una tostadora barroca, la hermosa basílica sevillana refulge como una virgen de Rafael, con sus rosas y sus nardos de leche o de luna, sus cirios gigantescos y el poderoso olor a cera, flores e incienso flotando a la deriva. Para colmo, la bellísima voz de Philip Jaroussky en estado de gracia, entona Lascio chi´io langa de Händel desde los amplificadores. Música elegida personalmente por Alba, la novia que aún no llega.

-¡Y encima esta música que me está entrando un sueño…! ¡Me están entrando ganas de irme a mi casa, Montaña!

– Diga usted que sí, Patro. ¡Qué bochorno, por Dios!

– ¡Madre mía de mi alma! ¡Si son ya las siete! ¿Y la novia? ¿Dónde está la novia de mi nieto?

¿La novia? ¡Dónde está la novia? Cuchichea ya todo el mundo. Y es que lleva ya casi una hora de retraso. Mientras tanto, la madrina se desmaya. Peineta, señora, sedas y encajes todo tirado por los suelos de la iglesia. Qué pena. El novio, que se entretiene esperando a la novia, tonteando con un chica de pelo y vestido rosa, sale corriendo con cara de fastidio.

– ¡Pascual, Pascua! ¡Toma, dadle aire a tu madre! ¡Aire con el abanico! Así, hombre, asi. Mirad ya vuelve…

Aire va, y aire viene, la señora Amparo, sentada ahora en un banco bajo un misérrimo ventilador dentro de la oficina del cura, se va recuperando satisfactoriamente del reciente jamacuco. Monaguillos, cura, invitados, santos, todos van achicharrados de calor.

– ¡Yo creo que esto ya es poca verguenza, mire usted!

-¡Y tanto, don Francisco! ¡Ya hace una hora que debería haberlos casado usted! ¡Una hora!

Y doña Amparo, la madrina, rompe a llorar. Pero la buena mujer, que ya lleva la peineta en plan visera sobre la cabeza atiborrada de horquillas, está intímamente más agobiada por los reportajes que saldrán en las revistas, que por la boda en sí de su hijo, el bueno de Pascualito. Y es que sabe, de sobras lo sabe, que su hijo es un verdadero canalla. Algunos invitados se escapan ya hacia algún bar, a refrescarse las calores con cerveza y con vino fino. Y otros, decididamente, se van yendo lejos de todo aquél incandescente espéctaculo.

-Son ya las siete para y media. Ya pasan cinco minutos de la hora.

-¿Qué hacemos?

-Yo que sé.

-¡Pues yo me voy!

-Quita, quita, Matilde, esta boda es de mucho tronío y ahí fuera hay un fotógrafo de Canal Sur y todo. Ah, y un periodista de ABC.

En esos momentos, en otro lejano rincón de la ciudad del Guadalquivir y el Parque de Maria Luisa, en un Jaguar color gris perla, engalanado con rosas y lazos color crema, van hacia la basílica de Triana,la novia, Maite, que es su mejor amiga, y Teófilo, el hermano mayor de la novia. ¿Y la novia? La novia, vestida maravillosamente con un traje de Nina Ricci de encaje bordado a mano, y un maravilloso velo de tul flotando sobre toda su bellísima persona, llora tristemente estropeando un maquillaje nupcial de 300 euros.

-Dios mío Alba, vas a llegar a la boda echa un horror. ¡Y es tu propia boda! Mujer, piensa que todos los hombres son iguales, unos picaflor de las narices. Pero Pascual te quiere. ¡Te adora!

-¡Y una mierda, Maite! Mi madre jamás habría querido que me casase con un putero, cerdo y además torero. No le perdono y como no le perdono, me bajo aquí. ¡Teófilo! ¡Para el coche Teófilo, que me bajo aquí mismo!

-¡Pero Alba, que no puedo parar aquí! ¡Que nos van a dar un porrazo..!

– ¡Alba, por dios y por la virgen! ¡Mira que ya llegamos una hora tarde! ¡Pascual no se merece que le hagas esta putada, solo porque en su despedida de soltero se acostó borracho con una, vete a saber quién! Y no sé qué bocazas te habrá ido con el rollo, mujer.

-¡Tu propia madre, Maite, que ha sido la única que no ha querido formar parte de este complot de mierdas! ¡Para ya Teófilo, o me bajo sin que pares!

-¡Pascual es buena gente, Alba!

-¡Pues cásate tu con él!

Un sábado por la tarde en septiembre. Vuelta a la normalidad tras los desahogos del verano; tráfico infernal, ajetreo… Hora terrible esta de las siete y media de la tarde. La gente desde dentro de sus vehículos, detenidos ahora en un atasco, contemplan atónitos como de un Jaguar color gris, decorado en plan boda, sale al exterior una chica maravillosamente vestida de novia, llorando en silencio. La avenida de la Cruz del Campo, atiborrada de coches, es testigo de la insólita estampa de una novia caminando por la mediana de la carretera. Un Volvo color blanco le da un bocinazo cuando casi está a punto de atropellarle.

-¡Oye que no quiero ir a la cárcel!

-¿Me puede llevar, por favor?

-¡No, yo voy para Cádiz!

-¡Perfecto!

La pesarosa novia ya a abordo del coche, sigue llorando un poquito más, apretando con sus manos la medalla de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho. Medalla que fue de su madre. El conductor es un hombre de treinta y tantos años, ojos pardos, largos y dorados cabellos recogidos en una coleta. Entonces, con la luz dorada de membrillos y caramelo con que la tarde va pintando el paisaje, la novia al mirar entre lágrimas al conductor, y más por una corazonada que por otra cosa, ve un rostro al que hace tiempo amó. Y al cual nunca había dejado de añorar.

-¿Paco?

-¿Alba?

-¡Paco!

-¡Dios mio, Alba, eres tú! ¡Tú! ¡Despues de todo este tiempo!

-Eres tú. Tú, después de todo este tiempo, Paco.

-Me dejaste de mala manera Alba, que mal, que mal lo pasé…

-¿A donde vamos?

-Yo iba para Cádiz, ya te lo he dicho.

-Yo también.

-¿Seguro?

-Completamente.

-¿No quieres cambiarte de ropa, quitarte ese vestido de novia antes? O ir a la iglesia a dar alguna explicación, no sé…

-No. Tira “palante”, Paco.

-Bueno, entonces para Cádiz.

¡Para Cádiz!

-¿Has visto alguna vez el puente Ramón de Carranza al ponerse el sol?

-No.

-Entonces no has visto “na”

– ¡Vámonos!

Y así se fueron los dos, esos que antes tanto se habían querido, que la vida estúpidamente separó, y que, llamadlo milagro, destino, magia, casualidad, ¿acaso importa?la vida volvió a reunir. El caso es que las últimas luces del día, y las primeras sombras de la noche, humareda de puertos lejanos, olor a sal y a mareas, les sorprendió mientras pasaban a toda velocidad por el puente Ramón de Carranza.

Ada García. Un tórrido agosto de 2021.

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