LA CHICA DE NINGUNA PARTE

Breve cuento para un sábado de agosto.Había una vez una chica que era realmente de ninguna parte.

No era de allí ni de allá, viajaba simplemente, y en todos los lugares se sentía como en casa. Excepto en aquellos lugares erizados de cemento, palomas de alas polvorientas, aire verde, calles sucias y parques sin más pájaros que los papeles que barría el viento. Pero ella viajaba continuamente hacia playas con olor a coco, veleros navegando a todo trapo, olas blancas y algas enredadas entre rocas cubiertas de conchas; o hacia bosques con perfume de musgo y lluvia en donde respirar era un regalo de los dioses; o tal vez hacia pueblos de color blanco y jazmines en la puerta, o hasta esas aldeas con casas de piedra y ventanitas por donde humeaba un olor a caldo rico y reconfortante. En otro tiempo, hace siglos, la chica de Ninguna parte salía al amanecer a lomos de su caballo Capitán Flint, en homenaje a aquél pirata que un día lejanísimo ya, decidió esconder su tesoro en una isla perdida en algún lugar del Pacífico. Salia al amanecer mientras la oscuridad de la madrugada era profunda aún, y a la veloz carrera de su caballo, gatos y ratas, murciélagos y lechuzas, se escabullían rápidamente hasta sus refugios, o se quedaban allí, temblando bajo la tupida sombra de un castaño. Una noche de luna de escarcha y mirídas de ojos brillando allá arriba, ella encontró en las lindes de su castillo a un misterioso caballero vestido de negro de pies a cabeza, con una capa igualmente oscura y la espada centelleando vivamente a la azulada luz de la luna. Claro que no era Darth Vader, pero si Javierfredo de Craon, caballero andante de bosques y aldeas, y señor del condado de Arriesh.

-Buenas noches, señor… ¿sois acaso un mago, o el rey de un país que desconozco?

-Buenas noches nos sean dadas, bella dama. No señora mía. Soy el caballero Javierfredo de Craon, primer conde de Arriesh.

Y se miraron a los ojos. Y así, con la música de la noche, ramas y hojas que susurran, el místico canto de los grillos, el lejano croar de las ranas, y la suave y fría brisa que llegaba desde el río, él y ella envueltos el uno en el otro, bailaron sin que ningún ser, ni élfico ni humano, osase perturbar aquella maravillosa escena.

Al despuntar el día, el baile llegó a su fin.

-Debo volver a mi país, es preciso.

-Por favor, quedaos. Aquí el viento es azul, y las buganvillas y las rosas crecen entre las rocas. Hay naranjos que perfuman el aire y limoneros que ponen pinceladas de frescura en el paisaje, a la entrada de cada casa.

-Me espera mi reino, mi dama.

-Os amo, señor mío, y si os marcháis todo será como un agujero negro sin fondo y sin retorno.

Edmond Blair Leighton

Pero en lugar de despedirse, corrieron juntos sin volver a separarse nunca, nunca, a través de los fulgores del alba, como cantaban por aquellos lugares los juglares Manolis García y Quimi Portetis, más conocidos como El último de la cola.Colorín Colorado.

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