ALAS

Cuento para otro verano después del mediodía.

-Te lo dije. ¡Mira que te lo dije! ¿Cuántas veces, hija mía? Me dolía la boca de decírtelo. ¡Qué digo la boca! ¡Me dolía ya hasta el alma! Pero tu nada, que no hacías caso. ¡Si es que nunca le haces caso a nadie! ¡Ni a tu madre! Ahora toca llorar. Yo la primera, ya ves. Pero ese sinvergüenza, ese asqueroso tiparraco no se merece, escúchame bien, ni una lágrima tuya, Irene. ¡Mira que te lo dije! ¡Ay señor, señor! ¡Cuánto nos toca sufrir y tragar a las madres! Pero, te voy a decir una cosa que….

EL atardecer se presentaba desdibujado, ceniza y fantasmal el horizonte, con formidables nubarrones blancos borrando contornos, difuminando a un sol que no acababa de coger confianza. A ratos lloviznaba y entonces, el olor denso y acre de la tierra húmeda lo llenaba todo con una pátina invisible pero fragante. Allá, bramando enloquecido, espumoso de rabia, algas y arena, la pétrea línea de la mar. Irene escuchaba a su madre; la veía entre lágrimas borrosas ir de acá para allá, recogiendo esto, guardando aquello, colgando aquí, metiendo allá… y todo eso sin parar de hablar ni in solo momento. Todo sin dejar de mover la boca, blablablabla, sin descanso. Y a pesar de que Inés veía entre lágrimas borrosas mover sin descanso la boca a su madre, el caso es que no entendía nada, ni una sola palabra de lo que decía. Como si ella fuese un pez bajo el agua y su madre un pelícano allá arriba, pescando sobre las olas. Como si su madre fuese una profesora de chino y ella una alumna de las muy principiantes. La tarde, eso sí, correteaba tras la agujas de los relojes, mientras el sol se aupaba sobre el añejo torreón de la catedral para ver si alguien le hacía un poco de caso. Un poco de caso como a Irene. Su madre despotricaba sin tregua, pero en ningún momento se le ocurrió acercarse, boca cerrada, para abrazar sin más a su hija de diecinueve años que acababa de romper con su novio, ese tiparraco miserable.

Irene y Gabriel Habían quedado dos días atrás para irse juntos a la playa. Pero a las diez de la mañana él la había llamado diciéndole que lo sentía, pero que en el trabajo le obligaban a trabajar el sábado. Y por esas extrañas y absurdas casualidades de la vida, el muy imbécil se equivoca de WhatsApp y le envía uno a una tal Alejandra, diciéndole que quedaban en cinco minutos para irse juntos a pasar el resto de fin de semana a Praga. Irene escucha perfectamente el chasquido que produce su alma al partirse de parte a parte. Y así, con los ojos ciegos de lágrimas y rimmel azul, conduce el Laguna de su madre hasta la puerta de él.

-¿Qué haces, dios mío? ¿Por qué me haces esto?

-Perdona Irene…Yo…

Balbucea el chico de las cejas perfectas.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¡Anoche mismo me decías cuanto me amabas, cuanto me echabas de menos, cuanto necesitabas de mis besos! Me dijiste que la luna era roja y venenosa cuando estabas sin mí; que la leche del desayuno que te ponía tu madre era negra y sabía a polvo; que el aire que te daba en la cara quemaba como una navaja al rojo vivo. Me dijiste que las noches eran una araña verde con púas que herían los ojos, una araña verde con dientes de hielo que se metía por tu carne y te devoraba las entrañas, si no estaba yo contigo. Eso me dijiste anoche, y todas las noches, cuando me amabas, Gabriel. Eso me decías cuando me abrazabas y me besabas, y tu cara se metía en entre mi pelo, Gabriel. Y decías loco de amor, muerto de deseo, que mi pelo era tu bandera, que mi cuerpo era tu oxígeno, que mi voz era tu sangre, Gabriel. Dime, dime, Gabriel. ¿Qué era yo anoche, mientras tus labios recorrían a ciegas mi espalda, mientras tus dedos, que quemaban, acariciaban mi garganta. ¿Acaso no soy la misma de anoche? ¡Mírame! ¿Soy la misma o no lo soy, la que anoche estaba entre tus brazos? ¡Lo soy! Mira estas manos, Gabriel, ¡son las mismas! ¡Las mismas que tú besabas, las mismas que tú mordías, las mismas que tú metías en tu pecho! Mira mis ojos, mira mi pecho, mis labios, mis huesos… ¡Son los mismos, Gabriel! ¡Los mismos de anoche, y todas las noches, y esta madrugada, y todas, todas las madrugadas!

-Irene por favor…

– No, Irene ya no existe. Se deshizo anoche en tu cama, se perdió entre tus sábanas. No existe. No sé quién soy. Pero esa Irene ya no.

-Irene…

Irene abre la puerta de su coche. Dentro no existe Gabriel. No, no está su voz. Arranca, y automáticamente la música de la radio escupe una vieja canción de esas que ponen para pasar el rato. Una canción insoportable.

“Lo que quiero es que me beses,

Recuerda que deseo tenerte muy cerca…”

Pero sin darte cuenta te alejas de mí…No atina a quitar semejante engendro que le pulveriza el alma. No atina a arrancar ese chisme y tirarlo por la ventana.

“Prefiero no pensar,

Prefiero no sufrir

Lo que quiero es que me beses… “

Lágrimas de escarcha queman su bellísimo rostro, y casi está a punto de empotrarse contra una moto aparcada. Por fin, cesa la vieja y estúpida canción que le muele por dentro. Que es como una pesada piedra sobre su pecho.

La tarde en la ciudad marítima y norteña.

Llueve y el aire que entra por la terraza abierta huele a olas, A capitanes intrépidos, y eternamente jóvenes que nunca jamás desean arribar a puerto. En el reloj del salón acaban de dar silenciosas y tristes, las seis de la tarde. Fuera está oscuro y una montaña de cumulonimbos blanca y gris acero se hace fuerte frente al Sol. Un mar airado muge invisible y lejano tras las cortinas.

-¡No te quiero ver llorar por ese mamarracho! ¡Una hija mía no llora por un miserable! ¡No quiero oír nunca más el nombre de ese ser en esta casa! ¿Me oyes?

-Mamá…

-¡Ay que sufrimiento! ¿Qué te dije yo? ¿A ver? ¡Si es que eres tonta! ¿No te dije hasta dolerme la lengua, hasta volverme loca, hasta que se me gastaron las palabras, que ese… ese niñato era un mal bicho? ¡Claro que te lo dije! Y tu nada, nada. “Mi madre es una vieja antigualla que no entiende nada”, pensaste ¿Verdad?

-Mamá…

-¿Ahora mamá? ¡No, ahora “mamá” no! ¡Ahora a llorar!

La madre se pierde por los adentros de la casa, sin dejar de hablar ni un instante. Irene la oye, pero ya apenas entiende lo que dice. Mira la repisa del salón. Las viejas fotos de la familia. Su comunión, su bautizo; la boda de sus padres. Una tarde en la playa… Más abajo, en las estanterías cercanas al suelo reposan los libros que nadie nunca leyó; los libros del padre que un día lo dejó todo y se marchó a recorrer otros caminos, a abrazar otra familia que se buscó en una ciudad tierra adentro. Irene observa las cortinas bamboleándose con la brisa de la mar. Y entonces se levanta del sofá y va tranquila para la terraza. Irene se asoma al paisaje agarrada al balcón, y observa. Las gaviotas casi rozando su rostro. Las nubes color ceniza deshilachándose sobre el puerto, la gente ahí abajo, cuatro pisos hacia abajo, afanándose en sus quehaceres, tan pequeñitas, tan insignificantes… Aun le llegan confusas por el rumor de las gaviotas y el lejano rugido de la mar, las palabras de su madre. Las ultimas hirientes, inútiles, palabras de reproche. La existencia es un abrigo que a veces nos queda mal. Un trapo vacío, feo, sin forma, y mal puesto sobre los hombros. Eso es, a veces, la existencia. Piensa mientras se asoma estirando su pequeño cuerpo hacia el vacío.

“Los pájaros sobrevuelan mi cabeza, sus alas son sublimes… ¿Y si yo pudiera? Todo está tan distante…, menos las nubes, las nubes están cerca, a nada de mi mano. Tan cerca que casi las puedo tocar. Puedo tocar el cielo y las nubes con mis manos…”

Extiende sus blancas manos. Irene se encarama a la barandilla, mira hacia el vacío. Mira hacía los cielos. Algunas personas miran hacia arriba. Entonces ven a una chica subida a la barandilla haciendo equilibrios en el cuarto piso. Alguien grita. Alguien. Otros se tapan los ojos. Alguno que pasa llama la atención de otro, señalando hacia las alturas. Una gaviota se acerca a ella y extiende sus alas suaves sobre sus cabellos, que ondean a un viento cada vez más ansioso, cada vez más violento.

“Puedo. Sé que puedo. Voy, voy ya”.

Y ella, la dulce Irene, la hermosa y divina Irene, salta al vacío. Salta. La gente en la calle cierra los ojos aterrorizada. Gritos. Gentío apiñado abajo. Un desmayo. Muchos de los que miran salen corriendo desolados. Pero los que no se han tapado los ojos con las manos observan, son testigos de algo absolutamente maravilloso, un portento. Magia, ¿Magia? Si, magia porque en el preciso instante en que Irene se ha precipitado al vacío, unas hermosas alas, alas blancas, fuertes, inmensas, se han abierto en su espalda y la han llevado lejos. Ha volado entonces, junto con gaviotas, palomas, gorriones y vencejos, sobre los tejados de las casas. Sobre las azoteas, las antenas de televisión, la ropa tendida, los coches, las calles colmadas de gente. Y vuela lejos. Lejos de su madre, lejos, muy lejos de las palabras de su madre. De esta ciudad terrible. De los lugares en los que estuvo con Gabriel. En esos lugares -una esquina, la casa de él, un banco en el parque, una escalera, un café junto al muelle en donde él le dijo cuanto la amaba-, ahora son desierto, un páramo, nada. Ahora, en estos benditos momentos, en que ella sobrevuela feliz entre nubes rosadas rumbo a la noche, ha olvidado todo eso para siempre. Nada más que preocuparse del buen viento a favor, de las montañas lejanas y de sus espléndidas, grandiosas, divinas alas. Mañana volaré aún más lejos.

Ada G.

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