LA BODA

Érase que se era una tórrida tarde de sábado de finales de verano. Un coche de alta gama circula rápidamente por el centro de Sevilla. La calle Orfila, La Campana, Plaza del Duque, la calle Adriano, el Puente de Triana…. hasta llegar a fastuosa basílica del Cristo de la Expiración, también conocida como del Cachorro, o del Patrocinio, en donde una muchedumbre de seres ataviados con ropa nueva, cara y barroca espera impacientemente la llegada de los novios. El primero en hacerlo, bajo un sol implacable, es el novio, acompañado por su madre, su padre, y quinientos familiares de esos que solo se ven en bodas, bautizos, comuniones y funerales. El novio, Pascual Sánchez “Pascualito”, es un tipo muy alto, moreno de pelo y piel, ojos oscuros, cejas diabólicas, barbilla prominente y aires chulescos. Es un torero medio famoso de 29 años, que ha matado ya varios toros, roto unos cinco corazones y leído ningún libro. El toro que mata el novio en la plaza es un animal minoico, hermoso, azul de negro, a veces color de barro, hermoso, lleno de sangre y de vida, y con nulo entusiasmo por el griterío, la arena y el estoque. Pero al tipo alto de los ojos matadores, le importa poquísimo si el toro que va a matar es así o asá. Sólo ve unos cuernos y unas patitas corriendo hacia su vistoso capote, y miles de ojos tan pérfidos como los suyos, pendientes de su glorioso asesinato. La madrina, por su parte, doña Amparo Bejines, de nobleza sevillana venida a menos, y lugar fijo en esas revistas que solo miran los cotillas, y las señoras mayores cuando van a hacerse las mechas a la pelu. El sol desploma latigazos de chumbera y mordiscos que dejan cardenales de fuego en la frente. La madrina, mirando embobaíta perdida a su apuesto hijito, se acerca hasta él, 150 centímetros de madre, incluida la peineta, y recolocándole un rizo sobre la frente, le pide.

-¡Ay, Pascual, por favor! ¡Ahora, en un ratillo de nada, serás un hombre casado. Recuérdalo Pascual. ¡Recuérdalo!

-Si, si, mama, por recordarlo que no quede. ¡Jajajajaja! ¡Ay, que caló santa madre de Dios!

Entonces se despista un poco de peineta y madre, y mirando a una invitada, la novia de algún amigo, le comenta a su primo Bartolín Sánchez el “Chaquetilla”, otro torero con ínfulas de divo y ganas de sangre y muerte.

-Oye, Bartolín, ¿has visto a esa morena de ahí, la que va con Tomás… ? -Primo, yo no veo ná con este sol de mierda. Ah, ¿esa del vestido azul y la rosa blanca? ¿La que lleva en el pelo sortijas de azabache y tiene los ojos negros como un torito campeador?

-¡Ay, Bartolín!.

-Pero, tío. ¡Qué estamos en tu boda! ¡Qué tu futura mujer, Alba, viene ya pacá!

-¡Anda ya! ¿Qué tendrá eso que ver para que yo reconozca, mire y admire la belleza de otras mujeres?

Y de esta curiosa a la par que impresentable manera, Pascual Sánchez, “Pascualito”, más postureo que apostura, más foto que hombre, entra en la iglesia del brazo de su madrecita, cuando ya va para media hora que esperan todos calcinándose al sol de primeros de septiembre.

E

-Las novias deben tardar un poquito el día de su boda. Un poquito no pasa nada, y así el novio la quiere más después. Mire usted, Montaña, en mi boda allá por el 55, llegué tarde cinco minutos justitos. ¡No media hora, como esta criatura nos está haciendo esperar!

Comenta la abuela materna del novio, doña Patrocinio, con voz pedregosa y apenas audible, también un alarde de collares, abanico,mantilla y peineta.

-Tiene usted razón, doña Patro. Y además qué poca consideración con esta caló, y estos aires salidos de la boca del infierno. Lo menos estamos a cuarenta.

Esta que habla es María de la Montaña, la mayor de las tías paternas del novio, vestida de verde Scotch Brite de pies a cabeza, y con un delicado buñuelo de viento realizado en fina organza reposando serenamente sobre un cardado tipo Montserrat Caballé. Lo cierto es que el parecido con la soprano catalana va más allá del violento cardado. Dentro de la capilla del Cristo de la Expiración, el calor, la caló, es tan insoportable que el aire no circula, las fotos que se hacen salen borrosas, con rostros fantasmales, y neblina de sed y sudor sobre los hombros. Pero, a pesar de ser como una tostadora barroca, la hermosa basílica sevillana refulge como una virgen de Rafael, con sus rosas y sus nardos de leche o de luna, sus cirios gigantescos y el poderoso olor a cera, flores e incienso flotando a la deriva. Para colmo, la bellísima voz de Philip Jaroussky en estado de gracia, entona Lascio chi´io langa de Händel desde los amplificadores. Música elegida personalmente por Alba, la novia que aún no llega.

-¡Y encima esta música que me está entrando un sueño…! ¡Me están entrando ganas de irme a mi casa, Montaña!

– Diga usted que sí, Patro. ¡Qué bochorno, por Dios!

– ¡Madre mía de mi alma! ¡Si son ya las siete! ¿Y la novia? ¿Dónde está la novia de mi nieto?

¿La novia? ¡Dónde está la novia? Cuchichea ya todo el mundo. Y es que lleva ya casi una hora de retraso. Mientras tanto, la madrina se desmaya. Peineta, señora, sedas y encajes todo tirado por los suelos de la iglesia. Qué pena. El novio, que se entretiene esperando a la novia, tonteando con un chica de pelo y vestido rosa, sale corriendo con cara de fastidio.

– ¡Pascual, Pascua! ¡Toma, dadle aire a tu madre! ¡Aire con el abanico! Así, hombre, asi. Mirad ya vuelve…

Aire va, y aire viene, la señora Amparo, sentada ahora en un banco bajo un misérrimo ventilador dentro de la oficina del cura, se va recuperando satisfactoriamente del reciente jamacuco. Monaguillos, cura, invitados, santos, todos van achicharrados de calor.

– ¡Yo creo que esto ya es poca verguenza, mire usted!

-¡Y tanto, don Francisco! ¡Ya hace una hora que debería haberlos casado usted! ¡Una hora!

Y doña Amparo, la madrina, rompe a llorar. Pero la buena mujer, que ya lleva la peineta en plan visera sobre la cabeza atiborrada de horquillas, está intímamente más agobiada por los reportajes que saldrán en las revistas, que por la boda en sí de su hijo, el bueno de Pascualito. Y es que sabe, de sobras lo sabe, que su hijo es un verdadero canalla. Algunos invitados se escapan ya hacia algún bar, a refrescarse las calores con cerveza y con vino fino. Y otros, decididamente, se van yendo lejos de todo aquél incandescente espéctaculo.

-Son ya las siete para y media. Ya pasan cinco minutos de la hora.

-¿Qué hacemos?

-Yo que sé.

-¡Pues yo me voy!

-Quita, quita, Matilde, esta boda es de mucho tronío y ahí fuera hay un fotógrafo de Canal Sur y todo. Ah, y un periodista de ABC.

En esos momentos, en otro lejano rincón de la ciudad del Guadalquivir y el Parque de Maria Luisa, en un Jaguar color gris perla, engalanado con rosas y lazos color crema, van hacia la basílica de Triana,la novia, Maite, que es su mejor amiga, y Teófilo, el hermano mayor de la novia. ¿Y la novia? La novia, vestida maravillosamente con un traje de Nina Ricci de encaje bordado a mano, y un maravilloso velo de tul flotando sobre toda su bellísima persona, llora tristemente estropeando un maquillaje nupcial de 300 euros.

-Dios mío Alba, vas a llegar a la boda echa un horror. ¡Y es tu propia boda! Mujer, piensa que todos los hombres son iguales, unos picaflor de las narices. Pero Pascual te quiere. ¡Te adora!

-¡Y una mierda, Maite! Mi madre jamás habría querido que me casase con un putero, cerdo y además torero. No le perdono y como no le perdono, me bajo aquí. ¡Teófilo! ¡Para el coche Teófilo, que me bajo aquí mismo!

-¡Pero Alba, que no puedo parar aquí! ¡Que nos van a dar un porrazo..!

– ¡Alba, por dios y por la virgen! ¡Mira que ya llegamos una hora tarde! ¡Pascual no se merece que le hagas esta putada, solo porque en su despedida de soltero se acostó borracho con una, vete a saber quién! Y no sé qué bocazas te habrá ido con el rollo, mujer.

-¡Tu propia madre, Maite, que ha sido la única que no ha querido formar parte de este complot de mierdas! ¡Para ya Teófilo, o me bajo sin que pares!

-¡Pascual es buena gente, Alba!

-¡Pues cásate tu con él!

Un sábado por la tarde en septiembre. Vuelta a la normalidad tras los desahogos del verano; tráfico infernal, ajetreo… Hora terrible esta de las siete y media de la tarde. La gente desde dentro de sus vehículos, detenidos ahora en un atasco, contemplan atónitos como de un Jaguar color gris, decorado en plan boda, sale al exterior una chica maravillosamente vestida de novia, llorando en silencio. La avenida de la Cruz del Campo, atiborrada de coches, es testigo de la insólita estampa de una novia caminando por la mediana de la carretera. Un Volvo color blanco le da un bocinazo cuando casi está a punto de atropellarle.

-¡Oye que no quiero ir a la cárcel!

-¿Me puede llevar, por favor?

-¡No, yo voy para Cádiz!

-¡Perfecto!

La pesarosa novia ya a abordo del coche, sigue llorando un poquito más, apretando con sus manos la medalla de la Virgen del Carmen que lleva sobre su pecho. Medalla que fue de su madre. El conductor es un hombre de treinta y tantos años, ojos pardos, largos y dorados cabellos recogidos en una coleta. Entonces, con la luz dorada de membrillos y caramelo con que la tarde va pintando el paisaje, la novia al mirar entre lágrimas al conductor, y más por una corazonada que por otra cosa, ve un rostro al que hace tiempo amó. Y al cual nunca había dejado de añorar.

-¿Paco?

-¿Alba?

-¡Paco!

-¡Dios mio, Alba, eres tú! ¡Tú! ¡Despues de todo este tiempo!

-Eres tú. Tú, después de todo este tiempo, Paco.

-Me dejaste de mala manera Alba, que mal, que mal lo pasé…

-¿A donde vamos?

-Yo iba para Cádiz, ya te lo he dicho.

-Yo también.

-¿Seguro?

-Completamente.

-¿No quieres cambiarte de ropa, quitarte ese vestido de novia antes? O ir a la iglesia a dar alguna explicación, no sé…

-No. Tira “palante”, Paco.

-Bueno, entonces para Cádiz.

¡Para Cádiz!

-¿Has visto alguna vez el puente Ramón de Carranza al ponerse el sol?

-No.

-Entonces no has visto “na”

– ¡Vámonos!

Y así se fueron los dos, esos que antes tanto se habían querido, que la vida estúpidamente separó, y que, llamadlo milagro, destino, magia, casualidad, ¿acaso importa?la vida volvió a reunir. El caso es que las últimas luces del día, y las primeras sombras de la noche, humareda de puertos lejanos, olor a sal y a mareas, les sorprendió mientras pasaban a toda velocidad por el puente Ramón de Carranza.

Ada García. Un tórrido agosto de 2021.

VENTANAS

Poema-cuento.

En casa de quien vive,

En el cuarto de quién está,

En el sillón de quién se sienta,

En la cocina de quién guisa,

En el patio, en la fuente,en la plaza…

Ahí esta siempre él.

Un día, un año atrás,

O cien,

hace ya que nos conocimos.

Y cuando nos conocimos

Todas las ventanas

Estaban abiertas.

La luz azul o verde,

del espejo de la mar,

se metia entre las hojas de tus libros.

Edmond Blair Leighton

En uno de ellos

Había un castillo encantado.

Un castillo

con las luces encendidas

y una princesa,

o tal vez un niño con un gato,

saludaban desde

una torrecita secreta.

Un cielo de caballos blancos,

Percherones de viento y ramas,

Persigue ahora esta tarde naranja,

Que huye,

Como una dama descalza,

A esconderse tras una persiana

Azul de madera.

Ahora me preguntas…

¿Y si el Tiempo fuese

Esa lagartija sigilosa

Que corre a esconderse tras el macetero?

Y yo te digo…

Amor,

El Tiempo eres tu.

Desde la primera hasta la última palabra es para Javier. Te quiero.

LA CHICA DE NINGUNA PARTE

Breve cuento para un sábado de agosto.Había una vez una chica que era realmente de ninguna parte.

No era de allí ni de allá, viajaba simplemente, y en todos los lugares se sentía como en casa. Excepto en aquellos lugares erizados de cemento, palomas de alas polvorientas, aire verde, calles sucias y parques sin más pájaros que los papeles que barría el viento. Pero ella viajaba continuamente hacia playas con olor a coco, veleros navegando a todo trapo, olas blancas y algas enredadas entre rocas cubiertas de conchas; o hacia bosques con perfume de musgo y lluvia en donde respirar era un regalo de los dioses; o tal vez hacia pueblos de color blanco y jazmines en la puerta, o hasta esas aldeas con casas de piedra y ventanitas por donde humeaba un olor a caldo rico y reconfortante. En otro tiempo, hace siglos, la chica de Ninguna parte salía al amanecer a lomos de su caballo Capitán Flint, en homenaje a aquél pirata que un día lejanísimo ya, decidió esconder su tesoro en una isla perdida en algún lugar del Pacífico. Salia al amanecer mientras la oscuridad de la madrugada era profunda aún, y a la veloz carrera de su caballo, gatos y ratas, murciélagos y lechuzas, se escabullían rápidamente hasta sus refugios, o se quedaban allí, temblando bajo la tupida sombra de un castaño. Una noche de luna de escarcha y mirídas de ojos brillando allá arriba, ella encontró en las lindes de su castillo a un misterioso caballero vestido de negro de pies a cabeza, con una capa igualmente oscura y la espada centelleando vivamente a la azulada luz de la luna. Claro que no era Darth Vader, pero si Javierfredo de Craon, caballero andante de bosques y aldeas, y señor del condado de Arriesh.

-Buenas noches, señor… ¿sois acaso un mago, o el rey de un país que desconozco?

-Buenas noches nos sean dadas, bella dama. No señora mía. Soy el caballero Javierfredo de Craon, primer conde de Arriesh.

Y se miraron a los ojos. Y así, con la música de la noche, ramas y hojas que susurran, el místico canto de los grillos, el lejano croar de las ranas, y la suave y fría brisa que llegaba desde el río, él y ella envueltos el uno en el otro, bailaron sin que ningún ser, ni élfico ni humano, osase perturbar aquella maravillosa escena.

Al despuntar el día, el baile llegó a su fin.

-Debo volver a mi país, es preciso.

-Por favor, quedaos. Aquí el viento es azul, y las buganvillas y las rosas crecen entre las rocas. Hay naranjos que perfuman el aire y limoneros que ponen pinceladas de frescura en el paisaje, a la entrada de cada casa.

-Me espera mi reino, mi dama.

-Os amo, señor mío, y si os marcháis todo será como un agujero negro sin fondo y sin retorno.

Edmond Blair Leighton

Pero en lugar de despedirse, corrieron juntos sin volver a separarse nunca, nunca, a través de los fulgores del alba, como cantaban por aquellos lugares los juglares Manolis García y Quimi Portetis, más conocidos como El último de la cola.Colorín Colorado.

ALAS

Cuento para otro verano después del mediodía.

-Te lo dije. ¡Mira que te lo dije! ¿Cuántas veces, hija mía? Me dolía la boca de decírtelo. ¡Qué digo la boca! ¡Me dolía ya hasta el alma! Pero tu nada, que no hacías caso. ¡Si es que nunca le haces caso a nadie! ¡Ni a tu madre! Ahora toca llorar. Yo la primera, ya ves. Pero ese sinvergüenza, ese asqueroso tiparraco no se merece, escúchame bien, ni una lágrima tuya, Irene. ¡Mira que te lo dije! ¡Ay señor, señor! ¡Cuánto nos toca sufrir y tragar a las madres! Pero, te voy a decir una cosa que….

EL atardecer se presentaba desdibujado, ceniza y fantasmal el horizonte, con formidables nubarrones blancos borrando contornos, difuminando a un sol que no acababa de coger confianza. A ratos lloviznaba y entonces, el olor denso y acre de la tierra húmeda lo llenaba todo con una pátina invisible pero fragante. Allá, bramando enloquecido, espumoso de rabia, algas y arena, la pétrea línea de la mar. Irene escuchaba a su madre; la veía entre lágrimas borrosas ir de acá para allá, recogiendo esto, guardando aquello, colgando aquí, metiendo allá… y todo eso sin parar de hablar ni in solo momento. Todo sin dejar de mover la boca, blablablabla, sin descanso. Y a pesar de que Inés veía entre lágrimas borrosas mover sin descanso la boca a su madre, el caso es que no entendía nada, ni una sola palabra de lo que decía. Como si ella fuese un pez bajo el agua y su madre un pelícano allá arriba, pescando sobre las olas. Como si su madre fuese una profesora de chino y ella una alumna de las muy principiantes. La tarde, eso sí, correteaba tras la agujas de los relojes, mientras el sol se aupaba sobre el añejo torreón de la catedral para ver si alguien le hacía un poco de caso. Un poco de caso como a Irene. Su madre despotricaba sin tregua, pero en ningún momento se le ocurrió acercarse, boca cerrada, para abrazar sin más a su hija de diecinueve años que acababa de romper con su novio, ese tiparraco miserable.

Irene y Gabriel Habían quedado dos días atrás para irse juntos a la playa. Pero a las diez de la mañana él la había llamado diciéndole que lo sentía, pero que en el trabajo le obligaban a trabajar el sábado. Y por esas extrañas y absurdas casualidades de la vida, el muy imbécil se equivoca de WhatsApp y le envía uno a una tal Alejandra, diciéndole que quedaban en cinco minutos para irse juntos a pasar el resto de fin de semana a Praga. Irene escucha perfectamente el chasquido que produce su alma al partirse de parte a parte. Y así, con los ojos ciegos de lágrimas y rimmel azul, conduce el Laguna de su madre hasta la puerta de él.

-¿Qué haces, dios mío? ¿Por qué me haces esto?

-Perdona Irene…Yo…

Balbucea el chico de las cejas perfectas.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué? ¡Anoche mismo me decías cuanto me amabas, cuanto me echabas de menos, cuanto necesitabas de mis besos! Me dijiste que la luna era roja y venenosa cuando estabas sin mí; que la leche del desayuno que te ponía tu madre era negra y sabía a polvo; que el aire que te daba en la cara quemaba como una navaja al rojo vivo. Me dijiste que las noches eran una araña verde con púas que herían los ojos, una araña verde con dientes de hielo que se metía por tu carne y te devoraba las entrañas, si no estaba yo contigo. Eso me dijiste anoche, y todas las noches, cuando me amabas, Gabriel. Eso me decías cuando me abrazabas y me besabas, y tu cara se metía en entre mi pelo, Gabriel. Y decías loco de amor, muerto de deseo, que mi pelo era tu bandera, que mi cuerpo era tu oxígeno, que mi voz era tu sangre, Gabriel. Dime, dime, Gabriel. ¿Qué era yo anoche, mientras tus labios recorrían a ciegas mi espalda, mientras tus dedos, que quemaban, acariciaban mi garganta. ¿Acaso no soy la misma de anoche? ¡Mírame! ¿Soy la misma o no lo soy, la que anoche estaba entre tus brazos? ¡Lo soy! Mira estas manos, Gabriel, ¡son las mismas! ¡Las mismas que tú besabas, las mismas que tú mordías, las mismas que tú metías en tu pecho! Mira mis ojos, mira mi pecho, mis labios, mis huesos… ¡Son los mismos, Gabriel! ¡Los mismos de anoche, y todas las noches, y esta madrugada, y todas, todas las madrugadas!

-Irene por favor…

– No, Irene ya no existe. Se deshizo anoche en tu cama, se perdió entre tus sábanas. No existe. No sé quién soy. Pero esa Irene ya no.

-Irene…

Irene abre la puerta de su coche. Dentro no existe Gabriel. No, no está su voz. Arranca, y automáticamente la música de la radio escupe una vieja canción de esas que ponen para pasar el rato. Una canción insoportable.

“Lo que quiero es que me beses,

Recuerda que deseo tenerte muy cerca…”

Pero sin darte cuenta te alejas de mí…No atina a quitar semejante engendro que le pulveriza el alma. No atina a arrancar ese chisme y tirarlo por la ventana.

“Prefiero no pensar,

Prefiero no sufrir

Lo que quiero es que me beses… “

Lágrimas de escarcha queman su bellísimo rostro, y casi está a punto de empotrarse contra una moto aparcada. Por fin, cesa la vieja y estúpida canción que le muele por dentro. Que es como una pesada piedra sobre su pecho.

La tarde en la ciudad marítima y norteña.

Llueve y el aire que entra por la terraza abierta huele a olas, A capitanes intrépidos, y eternamente jóvenes que nunca jamás desean arribar a puerto. En el reloj del salón acaban de dar silenciosas y tristes, las seis de la tarde. Fuera está oscuro y una montaña de cumulonimbos blanca y gris acero se hace fuerte frente al Sol. Un mar airado muge invisible y lejano tras las cortinas.

-¡No te quiero ver llorar por ese mamarracho! ¡Una hija mía no llora por un miserable! ¡No quiero oír nunca más el nombre de ese ser en esta casa! ¿Me oyes?

-Mamá…

-¡Ay que sufrimiento! ¿Qué te dije yo? ¿A ver? ¡Si es que eres tonta! ¿No te dije hasta dolerme la lengua, hasta volverme loca, hasta que se me gastaron las palabras, que ese… ese niñato era un mal bicho? ¡Claro que te lo dije! Y tu nada, nada. “Mi madre es una vieja antigualla que no entiende nada”, pensaste ¿Verdad?

-Mamá…

-¿Ahora mamá? ¡No, ahora “mamá” no! ¡Ahora a llorar!

La madre se pierde por los adentros de la casa, sin dejar de hablar ni un instante. Irene la oye, pero ya apenas entiende lo que dice. Mira la repisa del salón. Las viejas fotos de la familia. Su comunión, su bautizo; la boda de sus padres. Una tarde en la playa… Más abajo, en las estanterías cercanas al suelo reposan los libros que nadie nunca leyó; los libros del padre que un día lo dejó todo y se marchó a recorrer otros caminos, a abrazar otra familia que se buscó en una ciudad tierra adentro. Irene observa las cortinas bamboleándose con la brisa de la mar. Y entonces se levanta del sofá y va tranquila para la terraza. Irene se asoma al paisaje agarrada al balcón, y observa. Las gaviotas casi rozando su rostro. Las nubes color ceniza deshilachándose sobre el puerto, la gente ahí abajo, cuatro pisos hacia abajo, afanándose en sus quehaceres, tan pequeñitas, tan insignificantes… Aun le llegan confusas por el rumor de las gaviotas y el lejano rugido de la mar, las palabras de su madre. Las ultimas hirientes, inútiles, palabras de reproche. La existencia es un abrigo que a veces nos queda mal. Un trapo vacío, feo, sin forma, y mal puesto sobre los hombros. Eso es, a veces, la existencia. Piensa mientras se asoma estirando su pequeño cuerpo hacia el vacío.

“Los pájaros sobrevuelan mi cabeza, sus alas son sublimes… ¿Y si yo pudiera? Todo está tan distante…, menos las nubes, las nubes están cerca, a nada de mi mano. Tan cerca que casi las puedo tocar. Puedo tocar el cielo y las nubes con mis manos…”

Extiende sus blancas manos. Irene se encarama a la barandilla, mira hacia el vacío. Mira hacía los cielos. Algunas personas miran hacia arriba. Entonces ven a una chica subida a la barandilla haciendo equilibrios en el cuarto piso. Alguien grita. Alguien. Otros se tapan los ojos. Alguno que pasa llama la atención de otro, señalando hacia las alturas. Una gaviota se acerca a ella y extiende sus alas suaves sobre sus cabellos, que ondean a un viento cada vez más ansioso, cada vez más violento.

“Puedo. Sé que puedo. Voy, voy ya”.

Y ella, la dulce Irene, la hermosa y divina Irene, salta al vacío. Salta. La gente en la calle cierra los ojos aterrorizada. Gritos. Gentío apiñado abajo. Un desmayo. Muchos de los que miran salen corriendo desolados. Pero los que no se han tapado los ojos con las manos observan, son testigos de algo absolutamente maravilloso, un portento. Magia, ¿Magia? Si, magia porque en el preciso instante en que Irene se ha precipitado al vacío, unas hermosas alas, alas blancas, fuertes, inmensas, se han abierto en su espalda y la han llevado lejos. Ha volado entonces, junto con gaviotas, palomas, gorriones y vencejos, sobre los tejados de las casas. Sobre las azoteas, las antenas de televisión, la ropa tendida, los coches, las calles colmadas de gente. Y vuela lejos. Lejos de su madre, lejos, muy lejos de las palabras de su madre. De esta ciudad terrible. De los lugares en los que estuvo con Gabriel. En esos lugares -una esquina, la casa de él, un banco en el parque, una escalera, un café junto al muelle en donde él le dijo cuanto la amaba-, ahora son desierto, un páramo, nada. Ahora, en estos benditos momentos, en que ella sobrevuela feliz entre nubes rosadas rumbo a la noche, ha olvidado todo eso para siempre. Nada más que preocuparse del buen viento a favor, de las montañas lejanas y de sus espléndidas, grandiosas, divinas alas. Mañana volaré aún más lejos.

Ada G.