UN HOMBRE BUENO

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Un hombre bueno.Había una vez un hombre que amaba profundamente a su familia. Era tan grande su amor, entrega y dedicación, que, por ejemplo, en lugar de volver a casa tras doce horas de trabajo, se iba al bar de la esquina, a “cervezear” con sus amigos y ver el partido, por qué sabía que en su casa, sus hijos arriba veían a esa hora “Perros y gatos y viceversa”, y su mujer, abajo, el interesante debate contertulio a cargo de Kiko Matamoñez y Minina Ponsi, y sus acólitos, Boris Mazapan, Carmen Lomonas, y Belén Sincerebrez. O si venía de trabajar doce horas como digo -y es muy importante hacer hincapié en el dato-, y había para cenar albóndigas con tomate, en lugar de en salsa, su preferido, pues el hombre no decía esta boca es mía y se comía hasta la última miga del plato. Si una mañana de prisas el hombre se equivocaba y buscaba unos calcetines en el cajón de las camisetas, y su hija Mari Paz le soltaba un sermón de los de entrarte ganas de emigrar a Moscú, él hombre solo agachaba la cabeza e incluso hasta sonreía. -¡Cuanta razón tienes Mari Paz, hija! Decía. Pero su hija no le escuchaba, absorta ya en la pantalla de su nuevo móvil. Si el domingo hacía el pobre una paella, y dejaba trastos por la cocina como si hubiese hecho doce paellas en realidad, su mujer, la dulce Elena, le perseguía por toda la casa rezongando a contrapelo. Y, como remate final: -¡Y que sepas que es la última vez que haces tu el arroz, Julián! Daba igual que el hombre bordase las paellas de los domingos. Si el sábado venían visitas a la hora de café, y al hombre se le ocurría rememorar lo que le ocurrió en el trabajo cuando era joven, allá por enero del 85, su mujer le miraba con los ojos inyectados en sangre, su hija le daba una patadita por debajo la mesa, y su hijo Julio suspiraba con cara de mártir y se largaba a hacer ver de que le llamaban por el móvil. Más tarde la familia comentaría en “petit comité”:- Julián, ¿No te he dicho mil,veces que a la gente le importa un pimiento lo que te pasó en enero del 85, hombre? -¡Ay, madre! Perdón… es que como hablabais de sindicatos y huelgas… Pero la visita se tiraba después dos horas hablando pestes de su equipo favorito, y él no decía ni siquiera anda y vete a cagar, por ejemplo. Formidables reglas de la cortesía, la urbanidad, el saber estar y la buena educación. Así pasaba tranquilamente la vida el hombre, hasta que un lunes de marzo se quedó en casa por un inoportuno resfriado acompañado de fiebre alta, migraña y estornudos frecuentes. Entonces ocurrió que en medio de la sosegada atmósfera de la sobremesa, todos se sobrecogieron ante un grito tremendo, al que siguieron golpes, porrazos, más gritos de una mujer que pedía ayuda, y un desgarrado “por favor, por favor”. Y era que, según le iba contando su familia, la vecina de al lado era golpeada a gusto por su pareja y por lo visto, no era la primera vez. El pobre hombre aterrorizado y casi sin dar crédito por aquella terrible violencia, dijo que había que parar aquello y llamar inmediatamente a la policía. Lo siento por él y, sobretodo, por la mujer a la que su pareja estaba apaleando, pero la mujer, la hija y el hijo del hombre dijeron que…-¡Ni hablar, Julián! ¡No te metas en lo que no te importa! ¿Qué quieres que después ese desgraciado te vea por la calle y te rompa la cabeza? -¡Ver, oír y callar, papá!-Eso no es asunto nuestro, papá. Que llame otro a la policía, o que ella denuncie, que es que después ella ni denuncia. No será tan malo…-¿Qué decís? ¿Y si la mata? ¿No oís esos golpes, por dios?-No es la primera vez que pasa, papá… ¿y ella por qué no se va? ¿A ver?-Pero el hombre que ya le salía toda la rabia, indignación y asco por las orejas, abrió la puerta de la calle, y se puso a aporrear la puerta del vecino gritando… -¡Basta ya de porrazos, so cabrón! ¡Que sepas que estoy llamando a la policía, y en cuanto te vea te parto la cara por cabrón! ¡Deja ya de pegarle a esa pobre chica, hijo de la gran puta!En su casa, en la otra casa, en toda la calle, todos, hasta el caniche Gurp, enmudecieron como si acabara de pasar un ángel, el ángel del silencio. Abrió la puerta un tipejo calvo, bajito, con cara, pies y orejas de cerdo. Llevaba una camiseta un poco manchada de sangre y tras de si, una mujer también bajita, menuda y morena se arrastraba llorando por el suelo. Apenas nadie la oyó cuando susurró un tímido y desfallecido:-Gracias…(23, 11, 2009, Historia basada en un echo real)

OBRA:SUSANA BECERRA PAREJA…

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