Ramón

(Cuentos a medianoche en punto)

Tirado en la cama, ventana abierta a luna de julio, luz apagada, auriculares sonando a toda pastilla “El último que zierre”, Dimo Cabrera fumaba en la oscuridad un cigarrito robado a su madre. Pero ya cabeceaba, se le cerraban los ojos, y apagó el cigarrito. ¿Dimo? ¿ Qué quién es este? Pues Dimo va para dieciocho años, es alto, lleva gafitas redondas, el pelo largo, rubio oscuro y tiene estos días un acceso de acné en la nariz. Estudia mucho, le gusta leer, poco madrugar, y adora a su abuelo Ramón. De joven, de niño, el abuelo se pasaba la vida trabajando en el taller de la imprenta, y el tiempo que no trabajaba, el abuelo iba al cine. Al cine a ver películas de John Wayne, de Steve McQueen, de Sophia Loren. Su nieto ha heredado ese gusto por el cine, además de los pelos rubios y lacios, las pecas sobre la nariz, y las orejas redondas. Tampoco faltan los que dicen que Dimo se parece muchísimo a John Lennon cuando era jovencito, y como él le da por arrancar rifs a su guitarra cuando no puede soportar más las injusticias que conlleva existir. Pero ahora Dimo quiere dormir. Quiere y no puede por qué allá abajo, en el salón, sus hermanos mayores, Carlota y Lucas, de 28 y 20 años respectivamente, ven la tele, un insoportable programa de esos de meter a mucha peña en un lugar específico, isla, casa, o peluquería, y grabarlos a ver que pasa. Si la peña a grabar para ver que pasa es medianamente famosa, mucho mejor. Al alto volumen del electrodoméstico, se une la algarada de comentarios, risotadas, y los ladridos de Tobías el Magnífico, el beagle miembro de la familia.

En el salón. Bolsas de bocabits, latas de pepsi, los restos de una pizza margarita. Carlota y Lucas en pijama, móvil en mano pero sin quitar ojo al parlachín electrodoméstico. Tobías el Magnífico refunfuña ladrando a ratos. Es que quiere salir a hacer sus cosas, pero estos dos individuos, ya véis, solo tienen ojos y oídos para el infecto programucho de la tele. Carlota es rubia, melena rizada, pecas y sobrepeso. Como su hermano pequeño, Dimo, se parecen al padre, y al padre del padre, el abuelo Ramón. Carlota trabaja en una boutique en Sevilla justo al lado de la Maestranza, y como la Mary Kate Danaher de El Hombre tranquilo, no se casará sin llevarse sus muebles y sus ajuares. Además de su dote. Eso dice ella.

-¡Pero que hace eseee! ¡Mira Lucas, a Sofi le han cogido el culo!

Lucas es más parecido a Marta, la madre, y como ella es moreno, ojos oscuros, piel muy pálida. Y juega cada vez más en serio al baloncesto.

-¿Y eso?

-Yo creo que ha sido Coke… ¡Ojalá lo echen a patadas! ¡El muy cerdo!

Dimo, que ya lleva su tiempo intentando dormir sin éxito, aparece echo una furia, o algo peor, en la puerta del salón. Por cierto que va dejando su rastrillo a tabaco de mamá.

-¡Basta! ¡Basta!¡Callaos de una vez, imbéciles de mierdaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

-Anda, ¿y a este que porras le pasa ahora?

Dimo se acerca sin ninguna contemplación que valga, y apaga la tele, y santas pascuas. Sus hermanos la lían parda; Tobías ladra como intentando calmar a la afición, y el vecino de al lado golpea el tabique como siempre. Y es que Marta y Luis, los papis, por fin se han decidido a pasar un fin de semana en París.

-¡Pero que haces atontadoooo? ¿Quién narices te manda apagar la tele, idiota?

-Mira, Dimo, déjanos en paz y vete a dormir o llamo a los papis y te vas a enterar tu de lo que vale un peine,hombre. Además, snif, snif, ¡has fumado!

-¿Dormir? ¿Eres tonta? ¡Yo estaba casi dormido ya, y vuestros gritos y carcajadas me han despertado! ¡Y eso sin contar con lo alta que teníais la tele! ¡Y soy yo el que va a llamar a papá ahora mismo y se lo voy a contar todo!

-Oye peque, mira… no te enfades chaval…

Carlota conciliadora. Lucas como siempre, mete cizaña a mansalva.

-Dimo, hombre, no seas chivato; a los chivatos nadie los quiere… ¡Ay, encima robándole los cigarritos a mamá! ¿No te da vergüenza?

-¡Me da igual! ¡Decidle lo que os de la gana! ¡Y no entiendo como no se os revienta el cerebro con la mierda que veis!

-Anda que tu, esas pelis rancias y mega viejunas del Gary Cooper, o el López Vázquez…

-¡Oye Lucas, no te metas con las pelis esas que también le gustan al abuelo Ramón! ¡So imbécil!

-¡Jajaja!

-¡Iros a la mierda!

-Dimo, peque, no te enfades, anda. Mira, déjanos terminar de ver esta basura de programa que está ya terminando. No le digas a los papis nada, porfa.

-Anda, si, porfa, vete por ahí a ver pelis de abuelos, jejeje… ¡Fort Apache, guauuuuuuuuuuuuuuuuuuu!

-Joder, Lucas, no metas más cizaña que ya lo tenía casi convencido…

-¡Pues para que lo sepáis, eso si es cine y no la mierda que veis vosotros! ¡Al abuelo Ramón le molan y a mi me también, ostias!

-Mira, peque, vete a sacar a Tobías el Magnífico a que haga sus cosas, que no para de ladrar y se nos va a hacer pis y cacas aquí y verás después los papis; te das un paseíto, te relajas y…

-¡Ni de coña! Papá no me deja poner un pie en la calle después de las doce de la noche, Carlota. Lo sabes muy bien. A joderse…

-Son menos veinte… y además te doy veinte euros….

-No.

-Cincuenta. Es mi última oferta.

-¡Da gracias a que ahora mismo estoy pelado, que si no…! ¡Anda venga!

-Recuerda: no te alejes de la esquina, no te encantes y aparezcas a las dos, y no pierdas de vista a Tobías. ¿Queda claro? ¡Y ni una palabra a los papis!

-Dad gracias también, afortunadamente para vosotros de que no soy un chivato…

-¡Ale, ale! ¡Hasta luego!

La calle solitaria. La noche densa, oscurísima, abierta a cien mil millones de astros errantes; quién sabe cuantos planetas irrealmente lejanos, con sus bosques azules y sus pájaros de plumas de aire. Los andares de nuestro chaval al que acompañamos sin él saberlo por este paseo nocturno de julio, son lentos, suaves, y nos llevan a la esquina de la larga calle entre jardines, en esta zona exclusiva de chalets adosados y árboles de hojas exuberantes, fragantes, rumorosas. Las farolas dan una luz amarillenta, y no demasiado extensa. Una luz que se va tornando en tinieblas a medida que llegamos hasta el final de la calle, cerca ya del parque privado.

-¿Tobías que te pasa hombre? Deja de ladrarle al gato del vecino… ¿qué pasa?

Una bellísima y desconocida chica escucha música sentada en un banco a la entrada del parque, arropada por las grandes sombras que dan los enormes eucaliptos y reyes del paraíso. Su perro, un pitbull gigantesco, de nombre Jerjes, negro como las barbas de la noche, de ojos llameantes, y dientes absolutamente terroríficos, campea feroz a su lado, cual cancerbero infernal. Pero la chica dulce, bella, como ondina de los estanques, le sonríe con una sonrisa espléndida al decirle…

-Hola.

-Hola. ¿Qué hay?

-¡Qué noche tan bonita! ¿Verdad?

-Bueno, si. Es verdad….

-Mira, aquello pequeñito de allí, si, si, mira justo sobre tu cabeza, es Júpiter, Más allá es la constelación de Orión, con reflejos azulados, y aquello titilante que siempre va tras él es la de Canis Maior… ¿La ves? Y si te quedas algún tiempo con la cabeza así, mirando hacia arriba, sin flaquear, sin mirar para otro lado ya puedan pasar cien o doscientos eones Hádicos, podrás ver a Dios. Oye niño no te rías, ¿a ti nunca te han dicho que Dios está en los cielos? Pues eso. Así que Dios, está entre las estrellas. Yo siempre me he preguntado que, si hay tantas estrellas, si hay millones, trillones, cuatrillones de soles, quásars, cometas, galaxias, de novas infinitamente más potentes que nuestro cercano Sol, ¿por qué el Universo es oscuro? ¿Por qué el cielo es intensamente negro, negro, negro?

Dimo, embelesado, hechizado con la voz, y la belleza de esta niña desconocida, no sabe que responder. Y no responde más que un susurrante…

-No… no lo sé.

-¡Jajaja! Bueno, pues yo si lo sé, y es que creo que los humanos no podemos ver bien la luz del Universo. La rotunda luz que sale de la energía oscura para dejar de ser energía y luz, y ser un átomo de nitrógeno, o una briznita así de enana de gato, o escarabajo, o persona o de océano, o un acorde chiquitito, chiquitito de canción.

Sin entender del todo las palabras de ella, Dimo piensa que son las palabras más preciosas que ha escuchado en toda su vida. Y eso sin saber aún su nombre, piensa. Tobías mordisquea distraídamente un objeto extraño, y ella entonces, como si leyese la mente de nuestro joven amigo, dice que se llama…

-Me llamo Oana. Y tu eres Dimo. Te conozco por que mis padres el otro día casi te atropellan cuando les saliste de pronto a la entrada del garaje. Bueno, en realidad casi les atropellas tu con la bici.

Oana es alta, delgada, de piel transparente, rizos largos y oscuros. Sus ojos son negros como el cielo que los protege. Su voz es una melodía eterna. Va vestida con ropas un poco extravagantes, vestido largo, vaporoso, zapatos puntiagudos de tacón, y sus largos rizos negros caen pesadamente sobre sus hombros, sobre su espalda. A Oana ya lo véis, le gusta mucho los cielos de la noche.

De manera que bajo los profundos e insondables cielos de la noche, Oana y Dimo se miran a los ojos, cada vez un poquito más de tiempo, entre palabras quedas, risas y sonrisas; entre ladridos y de vez en cuando, el soplo suave de una brisa fresca y con fragancia a hierba húmeda, a fogata lejana, a mar lejano.

-Yo nunca te he visto por aquí, Oana. ¿Y cómo es que tus padres te dejan estar a estas horas en la calle?

-¿Y a ti?

-Bueno, es una larga historia, y además mis padres están de fin de semana en París.

-Bueno, Dimo… yo soy más vieja que tu. Soy, de hecho, muy, muy vieja….

Pero el pitbull de la bella y misteriosa Oana jugueteando sin querer, agarra de pronto la garganta del pacífico y bienpensante Tobías el Magnífico, y la sangre comienza a brotar.

-¡Eh, tu! ¡Deja a mi perro! ¡Dile que lo suelte que lo va a matar! ¡Tu, perro imbécil de mierda, suelta a mi perro! ¡Madre mía, suelta a Tobías, cabrón!

Gritando, y gritando, pegándole patadas al malvado Jerjes, Dimo solo consigue que el formidable pitbull le de un empellón con los dientes en la mano, que le deja una rajita roja y dolorosa. Es una terrorífica pesadilla. Por que conforme Jerjes que, en un principio, solo quería jugar con el pobre Tobías el Magnífico, al notar el sabor de la sangre caliente en sus adentros, le coge el gusto, y estimula su lado perruno, más bestial. La llamada de lo salvaje, que diría Jack London, con toda la razón.

-¡Basta! ¡Basta!

Pero Oana, como un revoltijo de hojas secas arrastradas por el viento de la tarde, va desapareciendo. Sus bellos rasgos se van borrando, su risa perdura un poco más cual media luna engarzada en el firmamento. Cual sonrisa, ya lo habréis adivinado, del Gato del País de las Maravillas. Dimo grita. Grita y patalea. Comienza a llorar de rabia y de impotencia.

-Ramón… Ramón… mira, tranquilízate, por favor. Si no van a tener que volver a pincharte otra vez… ¡Ramón!

Dimo, nuestro chaval, siente como una mano le zarandea un poco. Otra voz desconocida de mujer entra en escena.

-Pobre hombre… ¿Usted es la hija?

-¡Que va! Yo trabajo en la residencia de ancianos donde este señor está ingresado. El pobre no tiene ya a nadie en el mundo. Su mujer murió hace dos meses. Y nada, tan mayor y tan solo, el mismo vendió su piso de Utrera, y se vino con nosotros a la residencia de la tercera edad La resistencia. Pero él estaba bien, con sus achaques, que ya son ochenta años, y sus cuidados, pero bien. Cobra su paguita y se va a pasear, o a tomar café con algunos abuelos del geriátrico…Sin embargo, por esta tarde después de cenar, serían más o menos las nueve, le dio un ataque de ansiedad, mientras veía la película Fort Apache. Tuvimos que pedir una ambulancia y así está el pobrecillo medio sedado. Aunque como ve usted, de vez en cuando le da otra vez el ataque…

-¡Ramón! ¡Tranquilo, hombre! ¡Te vas a caer de la camilla!

Ramón abre los ojos. Lentamente la luz potente y blanca de tubo fluorescente abre su mente. Despierta. Sus ojillos de octogenario, sus retorcidas manos, su fuerza de viejo sedado recostado en una camilla, despiertan. Es el hospital . La sala de espera. Fuera en la calle, es febrero. Los naranjos de Sevilla explotan con fuegos naranja y verde lujurioso. Huele tan bien…

-¿Oana?

-No, Ramón… Oana no. Soy yo, Nieves… ¿Cómo te encuentras?

-¿Y dónde está Oana? ¿Y Tobías el Magnífico?

-Ramón, escúchame…. estás en una camilla, aquí en el Virgen del Rocío. Estabas dormido, sedado. Y seguro que estabas hasta soñando. Esto es la sala de espera, mi arma. Llevamos aquí desde las nueve y media de la tarde y son ya las doce de la noche. Yo en un ratito me tengo que ir para mi casa. Pero otra persona de la residencia viene para acá, para estar contigo, Ramón. ¿Me oyes?

-¿Carlota? ¿Tu te bebes la ginebra de papá? ¿Pero por qué me llamas ahora Ramón? ¡Estás loca perdida, chica! ¿Dónde está Tobías? ¿Y Oana? ¡Verás cuando vengan los papis y se enteren de esta movida, Carlota!

-¡Ramón, Ramón, tranquilízate por favor…! Soy Nieves, la enfermera de la residencia donde vives. No conozco a ninguna Carlota; no tengo ni idea de quién pueden ser Tobías, ni Oana. Estás aquí en la sala de espera del hospital… te han tenido que poner una inyección sedante.

Son las doce de la noche. Es febrero.

-¡Basta! ¡Basta! ¡Deja de llamarme Ramón de una puñetera vez, idiota! ¡Me llamo Dimo! ¿Y qué mierda dices de una residencia de ancianos y del hospital? ¡Carlota, deja ya esta bromita de mierda! La semana que viene cumplo 18 años, y…

-Ramón, tienes 80 años; vives en la residencia de ancianos La Resistencia desde hace un par de meses. Te dio un ataque muy fuerte, Ramón. Una crisis nerviosa de las gordas. Comenzaste a gritar, a golpearte con desesperación la cabeza, a asustar a tus compañeros de La Resistencia. Tuvimos que llamar a una ambulancia. Estas sedado. Yo me tengo que ir. Soy Nieves…

Dimo va abriendo su mente más claramente. Comienza a asimilar formas, colores, sonidos, voces, recuerdos…. la droga que le inyectaron, por lo visto está dejando de hacer efecto. Distingue unas luces blancas, distingue gente sentada en bancos, esperando; distingue enfermeros que van y que vienen. Y se ve a sí mismo tendido en una camilla. Mira sus manos, mira su cuerpo. Escucha su propia voz; otra que no es la suya: eres Ramón, recuerda. Son las formas, la voz, las manos de un viejo absoluto. Enfrente suyo hay una señora mayor con un paraguas, y una bolsa de plástico. Le mira. Al otro lado, bajo la gran ventana que da a la tibia y ventosa noche, está sentada una pareja, y la chica tiene una pierna escayolada. Le mira. Algo negro, duro, frío, golpea entonces su cerebro. Una angustia gigantesca y física, una angustia monstruosa, como un proyectil, más aún, como cien mil proyectiles, estalla en su mente, en su alma. Y GRITA. Y su grito parte en dos la atmósfera, la noche, la Tierra. Y llegan más enfermeros, y alguien le pincha. Y entonces…

-¡Dimo, Dimo! ¡Despierta, hombre! ¡Menuda pesadilla tienes hijo!

Pero el grito continua rasgando el aire.

-¡Dimo! ¡Por favor, despiértate! ¡Lucas ve al baño y trae un vaso de agua!

-¡No creo que el pobre chaval pueda beber agua en estos momentos, Carlota!

-¡Es para echárselo por encima,hombre!

-¡Ah, bueno!

Y así despacito, poco a poco el grito atroz, el grito sobrehumano, va remitiendo. El muchacho abre los ojos. Mira. Ve. No, no es en absoluto la sala de un hospital; No, no es tampoco una camilla donde está acostado. Ni existe ninguna señora que dice que se llama Nieves a su lado, llamándole Ramón, ni diciendo que es un viejo que vive en una residencia para viejos. Es una habitación de adolescente, su guitarra, su amplificador, su bandera del Betis, su vídeo consola Nintendo…

-¿Carlota?

Escucha los ladridos, los querídisimos ladridos de Tobías el Magnífico…

Tobías viene a saludarte, niñatín. Te pusiste malo anoche después de la cena, ALGO, yo creo que la lasaña que hicimos en el micro, no estaba muy en condiciones. ¡Je! Debimos mirar la fecha de caducidad, ¿no creéis? Lucas lleva toda la noche dando paseos al baño. Pero tranki que he avisado a los papis y ya estarán al llegar. Dicen que no se nos puede dejar solos. ¡Encima!

-Entonces, ¿nunca bajé a apagaros la tele? ¿Todo ha sido un sueño?

-Estábamos viendo Gran Cuñado, cuando desde arriba comenzaste a gritarnos como un loco que bajásemos el sonido y que blabla, que no te podías dormir; Y así creo yo que te fuiste quedando dormido hasta ahora, en que tu pesadilla nos ha despertado a todos.

Son las cinco y media de la mañana. Es julio.

-Entonces, ¿anoche yo no saqué a Tobías a pasear? ¿Nunca conocí a Oana?

-¿Oana? Ni idea. Y fue Lucas quién sacó un ratito a Tobías antes de irse pitando para el baño, justo cuando terminó Gran Cuñado. Ya sabes que los papis no te dejan salir más allá de las doce de la noche. De todas formas para que lo sepas chavalín, tu dormías a pierna suelta y hasta roncabas, cuando yo subí a acostarme… supongo que sería ya casi la una. ¿Por cierto, esa heridita que tienes en la mano?

Calderón de la Barca, qué grandeza, qué sabiduría la de don Pedro, lo dejó escrito allá por el siglo XVII:
Es verdad, pues: reprimamos
esta fiera condición,
esta furia, esta ambición,
por si alguna vez soñamos.
Y sí haremos, pues estamos
en mundo tan singular,
que el vivir sólo es soñar;
y la experiencia me enseña,
que el hombre que vive, sueña
lo que es, hasta despertar.

¿Y no fue aquél genial caballero de Baltimore, el señor Allan Poe, el que dijo…
¡Toma este beso sobre tu frente!
Y, me despido de ti ahora,
No queda nada por confesar.
No se equivoca quien estima
Que mis días han sido un sueño;
Aún si la esperanza ha volado
En una noche, o en un día,
En una visión, o en ninguna,
¿Es por ello menor la partida?
Todo lo que vemos o imaginamos
Es sólo un sueño dentro de un sueño?

A la hora de comer suena el móvil de Dimo:

-Hola, Dimo, soy Oana. ¿Cómo está tu herida? ¿Y Tobías? Como anoche mi perro mordió sin querer al tuyo, aunque apenas le rozó, y saliste de estampida antes de poder pedirte disculpas y asumir la factura del veterinario… ¿nos vemos esta noche en el mismo banco que anoche?

Ada García.

Sevillla, febrero 2021

Cuentos en primera persona

Alguien en el castillo.

(La Bella durmiente)

Érase que se era allá en un lejano reino junto al mar, en donde vino a  nacer una princesa, yo, bella como la luz del sol, como las alas de los pájaros, como la onda suave que deja la imperceptible brisa sobre el estanque. Nací, pues, entre perfumes de canela y ciprés, menta y mermelada de naranja, y mis padres querían celebrarlo por todo lo alto como corresponde al nacimiento de una princesa, única hija además de los monarcas. Por ello a mi bautizo fueron invitadas todas las hadas, ondinas, náyades, ninfas, hechiceras y magas del reino. Yo, claro está, no tuve constancia de todo esto, hasta que mucho tiempo después mi nodriza, la ya muy anciana Lady Applewinter, una tarde de mucho frío y bastante nieve, tuvo a bien contármelo, en tanto tejía una de sus imposibles bufandas de media legua.

Pues, como os digo, allí estaban las coquetuelas hadas de los Campos de Amapolas del Norte, las bellas y verdosas ondinas de la lejana región de Amadalia, cerca ya de Betelrosa, la lozana y dorada tierra de los gnomos azules, que bebían vino de almendras, y rezaban cada amanecer al dios de las palabras; también asistieron las bellísimas hadas de Nueva Calesia del mar del sur, las hadas-flor de la Aurora Austral, y sus hermanas las tres hadas del Arco Iris. En una palabra, que allí estaban todas. ¿Todas? Pues lamentablemente no, y esto en verdad fue el origen de todas las preocupaciones y contratiempos que ocurrieron muchos años después. Como os cuento, todas las hadas del Planeta azul fueron invitadas… excepto la oscura, altiva, y vengativa hada Maléfica, cuyo difícil trato provenía más de su innata maldad, que de un trauma infantil no superado, o por su notoria afición  a convivir con trolls, ogros y demás gentes de mal vivir. 

–¡Maldición, digo! ¡Maldición! ¿Cómo os habéis atrevido a rechazarme en este regio a la par que insoportable evento, fomentando mi marginalidad y mis ganas de hacer la puñeta al prójimo? ¡Me vengaré!

Era el día de mi bautizo, los pajes, amas, doncellas y criados repartían a diestro y siniestro, cajitas rosas, celestes y blancas llenas de lacasitos, o cestitas de mimbre, forradas de seda dorada y terciopelo carmesí, envueltas en papel de celofán dorado, con frutas escarchadas, chocolate blanco con cerezas y bombones de crema de leche con miel y almendras. Todas ellas, cajitas y cestitas, acompañadas de una tarjetita en donde rezaba mi nombre, Aurora, y mi fecha de nacimiento: 23 de mayo del año 1000. ¡Qué feliz mi reino! ¡Qué día tan dorado!  Pero, ¡qué poco duró tanta felicidad! Porque allí estaba la cruel Maléfica en todo su terrorífico esplendor.

–¡No, no creáis que me importa! ¡Es más, hasta hubiese partido la invitación en dos en caso de que SI hubieseis tenido la vergüenza de enviármela! ¡Pero, repito, mi venganza será terrible! ¡Terrible!

–Mademoiselle, s’ils vous plaît!

Era Odette, un hada de Montmatre que había venido con sus hermanas y amistades, subidas todas en su cisne blanco, sólo para bailar junto a  nuestro lago lleno de cisnes, patos y ocas. Interrumpió la enfadadísima verborrea de Maléfica con un suave aleteo de sus alas.

–¡Madame,  pog favor! ¡La pobge bebé real no tiene ninguna culpa!

Pero ya se sabe que el resentimiento en algunos seres hace el mismo peligroso efecto que una ballesta a punto de ser disparada.

–¡Silencio! ¡Esta niña morirá al cumplir los 16 años!

Y salió de la sala, dejando atrás un revoloteo de murmullos de terror, desaprobación y algún que otro insulto. Mientras, dos docenas de copas, vidrieras góticas, y una imagen en piedra del rey, esculpida en piedra roja de Suavia por el mismísimo maestro cantero Germano de Brabante, cayeron sobre varios de los invitados, aunque gracias a la rápida intervención de pajes y donceles, nada más que alguna contusión sin importancia hubo de lamentarse. El rey, mi bondadoso padre, gritó entonces fuera completamente de si: ¡Mala bruja! Y la reina, mi enérgica madre, se desmayó, no sin antes haberle lanzado un pesado jarrón de mármol que se hizo mil pedazos, uno de los cuales fue a estrellarse sobre la puerta de una diminuta y buena familia de duendecillos-ratón, que habían colonizado las profundidades de debajo del trono. Así, y como punto final  a la intempestiva despedida de Maléfica, un trueno formidable retumbó de almena en almena, de torreón en torreón, ante la desesperación de mis padres, los reyes. Os preguntaréis, o tal vez no, que hacía yo. Amigos, yo pataleaba alegremente en mi cuna envuelta en tules y encajes, ajena a todo este drama. Pero las tres deliciosas hadas del Arco Iris salieron en mi ayuda. Bien oiréis lo que dijeron.

–¡Nosotras no podemos eliminar del todo el conjuro de Maléfica, pero si que podemos quitarle mucha fuerza! ¡Así que Aurora no morirá al pincharse con una aguja de coser al llegar su decimosexto cumple! ¡No, no! ¡Solo dormirá por espacio de cien años, y será despertada de sus sueños por un muchacho buena gente cien por cien, con un suave beso de amor!  

Hete aquí que pasaron los años, desde aquél convulso día, y así llegué a mis dieciséis cumpleaños en una tarde gris perla, verde musgo, y pájaros volando hacia el lejano país de las canciones. Pero antes de la fiesta me puse a jugar con mis amigas al escondite de los libros que no se pueden leer hasta que seas mayor por todo el castillo. Y así llegué hasta un torreón misterioso, en el cual nunca antes había estado. Dentro, una viejecita sentada en su butaquita de oro, y tocada con sombrerete picudo, chal de ganchillo color chocolate y gafas de ver bien de cerca, cosía trapos con punto de cruz como si no hubiese un mañana. Al verme, la buena ancianita dejó lo que estaba haciendo, y puso sus gafas de ver bien de cerca sobre una mesita contigua, se restregó delicadamente los azules ojos, y me dijo con una sonrisa dulcísima…

–Hijita, mira, ven. ¡Ven a ver que bordados tan maravillosos se pueden hacer con aguja e hijo! ¡Son como lápices de colores! ¡No, mejor aún! ¡Mira que flores, qué pájaros, que muñecas! ¿Quieres probar?

–Pues no, buena señora. Gracias, pero, según cuenta la leyenda, si cojo una aguja el mismo día de mi decimosexto cumpleaños, dormiré durante cien años, y eso es muchísimo tiempo; me perdería mi juventud, mi madurez, mis próximos cumpleaños, y hasta no cumpleaños. De todas formas, a mí coser, la verdad, eso de lidiar con agujas e hilos, costureros, dedales, acericos, tijeras y demás cachivaches, no me interesa lo que se dice absolutamente nada. Creedme que lo siento, pero lo que vos hacéis con el hilo y la aguja lo hago yo con mis pinturas, mis lienzos, y mis pinceles.

Pero, pero… durante la fiesta, mientras bailaba animadamente un minué con el príncipe Feliz, se me descosió el bordado de mi maravilloso vestido de seda y terciopelo azul pavo que llevaba, y no se me ocurrió otra cosa, tontaina de mí,  que permitir que la ancianita del costurero le diese dos puntadas. Claro, entre el calor de la fiesta, la animación, el ir de aquí para allá, hicieron que bajara la guardia, con tan mala suerte que zas, la anciana me pinchó de modo casi imperceptible, pese a todas las precauciones y cuidados. Y en ese momento, justo en ese instante, mis padres, parientes, amistades, pajes, criadas, nodrizas, amas, cocineros, charcuteros, jardineros, soldados, capitanes, mozos y mozas, vecinos, juglares y trovadores, músicos, damas e hidalgos, pastores, niños y niñas, y hasta todos los animales del castillo, quedaron profundamente dormidos. Y yo la primera. Pero antes de caer presa de un sueño insoportablemente pesado y perentorio, me dio tiempo a escuchar, mientras mis párpados se cerraban cual ventana tras la lluvia, una risa estentórea, brutal, descarnada…

– ¡Ja, ja, ja! ¡Por fin mi venganza se ha consumado!

Pero lo que esta mala bruja no sabía es que sólo estábamos dormidos. Pero ¿Por cuánto tiempo?

Pasaron cincuenta, setenta, cien años…, tal vez más…

Al despertar, al abrir los ojos, al principio, a mi alrededor sólo vi oscuridad, y entre sombras y tinieblas, algunas ráfagas de luces y murmullos. Pero, en tanto mis torpes ojos iban lentamente adaptándose a la claridad, observé sobre mi cabeza una enorme plataforma de luces blancas cegadoras, abriéndose paso en mi mente. Escuché voces…

– ¡Por fin despiertas Aurora, querida!

¿En donde me encontraba? Era una sala extraña, enorme, blanca y cálida, y salíamos todos al unísono del estado de hibernación centenario que nos había provocado el hechizo de Maléfica.

En la cámara de al lado, una de mis bellas damas de compañía, Kane, comenzaba también a abrir los ojos.

– ¡Buenos días! ¡Qué hambre tengo! ¡Después de no sé cuanto tiempo sin comer, sería capaz hasta de comer caracoles!

Evidentemente todos estábamos tan hambrientos como la hermosa Wilfreda de Kane, pero no por eso comimos caracoles, aunque si tarta, queso de cabra, café, mucho café, y paella. Pero al cabo de una hora, en la que ya habíamos dado buena cuenta de todas las deliciosas viandas, a Kane, mi dulce dama de compañía, comenzó a sufrir sin previo aviso fuertes dolores de tripa, y empezó a gritar, a toser, y a retorcerse de dolor  por los suelos. La cosa fue tan a peor, que cuando nos dimos cuenta, de su abultado abdomen surgió un bicho monstruoso, sanguinolento, con dientes de piraña y sin ojos, que salió disparado a perderse vete tú a saber donde. Todos gritamos y vomitamos, y alguien cayó al suelo presa del colapso nervioso. Y en éstas, cuando más negro se presentaba nuestro horizonte, el teniente Jacob Ripley de Guermantes, oficial  de la orden de Nostromo, hizo acto de presencia en la sala armado con su espada de acero forjado por Nibelungos cerca de las montañas de la Luna, y con su armadura forjada por los elfos en sus fraguas cercanas a la montañas del Sol. Dijo: ese alienígena es peligroso, es alguien, alguien, sí, alguien. El octavo ser que ha despertado en este castillo.

–Ese alguien, ese alguien monstruoso debe ser aniquilado inmediatamente.

Todos gritamos…

– ¡Sí, sí, hay que acabar con él!

– ¡Sois valientes, amigos míos! ¡Estoy realmente emocionado! ¿Voluntarios para terminar con ese alguien?

Pero en ese momento el más absoluto silencio se adueñó del ambiente como una tupida niebla.

–Bien, entiendo –dijo prestamente Ripley de la caballerosa Orden de Nostromo– Tú, condesa Ash; tu, caballero  Parker; y tu, duque de Lambert, os venís conmigo.

De esta enérgica manera, un puñado de aguerridos caballeros, acompañados de voluntariosos y heroicos soldados, salieron valientemente en pos de ese terrorífico y cruel alguien, mientras uno por uno, todos los habitantes del castillo fueron huyendo cada cual a mayor velocidad. Transcurridos dos o tres días, y sus noches, y aunque buscamos y buscamos, no pudimos encontrar al alguien perdido por ahí. Justo en la parte más elevada del castillo se ubicaba la sala de estar de madre, la reina, su saloncito de lectura, de pensar en sus cosas, de escribir romanzas; y hasta este altanero lugar, que gozaba por ello de vistas magnificas, y desde el que podía otearse hasta los azules y lejanos montes del Sol y de la Luna, y, en noches claras, las montañas de Ganímedes, llegué yo intentando escapar del monstruo. Así observé presa del más opresivo terror, como ese alguien siniestro devoraba a sus  acosadores en las lindes de un bosque cercano. Lo peor fue que el teniente Jacob Ripley de la orden de Nostromo nos abandonó sin darnos ni media explicación; pero, según su leal escudero Brett, ambos debían incorporarse a la novena o décima Cruzada. No importa, pensé, mientras temblaban mis piernas y mis dientes cual hojitas verdes al viento, yo sola, me oís, sola, me enfrenté a el. A oscuras, en la sala de madre, me metí en la armadura, cogí a mi armiño Dallas, y tomando la espada contra un océano de peligros, le hice frente y acabé con él.

Giger, ese genial ilustrador de aliens, alguiens, y demás horrores cósmicos.

– ¡Maldición! ¡Has destruido a mi criatura, horripilante princesa! ¡Pagarás por ello!

-Siempre había sospechado que tu, Maléfica, bruja maleducada, grosera y charlatana, estabas tras este monstruoso alguien. ¡Pues, ea, tu también fuera de mi reino!

 ¿Qué castigo se llevó la malvada Maléfica? La envíe justamente al espacio más hostil y lejano. Como debe de ser. Y así, y de esta peculiar manera, termina esta peregrina historia de brujas, encantamientos y algún alguien venido más allá de las estrellas.

Colorín colorado.

Ada García, febrero 2021