Cuentos en primera persona

Adiós señora Danvers

(Inspirado en la obra Rebecca, de Daphne de Maurier)

Había una vez una hermosa y altiva mansión, allá en el lejano y brumoso reino de Britania, que se elevaba esplendorosamente entre bosques donde era posible escuchar a los venados berrear, cerca altos escollos cuyas  paredes lamían las verdes olas de un casi siempre furibundo mar. Enrevesados senderos cruzaban estos bosques, senderos que llevaban hasta Manderley, que es como se llamaba la soberbia y ancestral mansión, rodeada de hermosos jardines, donde florecían exultantes las más bellas flores que imaginarse pueda, jacintos, lirios, rosas, alhelíes, hasta la humilde y escondida violeta. Los habitantes de Manderley,  los De Winter, habían vivido entre sus gruesos muros, habían nacido, amado, perecido desde los bárbaros tiempos de la reina Maria la Sanguinaria. Yo supe todo esto un poco después de haberme casado con Maxim, tan parecido a Laurence Olivier, pero mucho más sencillo, y menos dado a la ginebra galesa. Lo supe, válgame el cielo, una tarde de té al limón con galletas de jengibre y canapés de pepino a la mostaza, en la cual desde el gran ventanal del gabinete del oeste, contemplaba la reluciente tarde. En tanto, Maxim, ojeando el Times distraídamente mientras mordisquea con desgana un pedacito de bollo suizo, me contó la historia de su vida. Como basta con que encuentres a esa persona que muy bien podría ser tu media naranja, como suelen decir los pueblerinos, para que en el momento de máxima felicidad el típico aguafiestas aparezca en escena para fastidiarlo todo, en estas apareció la temible señora Danvers, nuestra fantasmal ama de llaves, a meter las narices en asuntos que no le incumbían. Por otra parte, el más activo, insoportable, y escrupuloso hábito de entre sus variados quehaceres domésticos.

  • Me permito comentarle a la señora, que mi anterior señora siempre ponía especial interés en las salsas. Ella decía que un menú nunca estaba resuelto del todo si no se combinaban bien las salsas.

O bien…

— Observará la señora que he dispuesto a los señores para la cena, tal  y como le gustaba a mi anterior señora. Ella siempre decía que el éxito de una buena cena depende, a veces no tanto de las viandas, como de la distribución de los invitados.

O bien…

— Veo que la señora lleva una falda oscura con una blusa más oscura aún. Mi señora, quiero decir, mi anterior señora, siempre vestía armoniosamente durante las mañanas con colores claros: hermosos amarillos pétalo, brillantes rosas palo, delicados beige, y blancos espuma de mar. Se reservaba los grises topo, o acero, los negros, los café oscuro, los marinos, o verde oliva para la noche. La señora de Winter…, quiero decir, la anterior señora de Winter, jamás hubiese llevado colores tan oscuros antes de las doce del día. Ella decía que la noche ama los colores de la noche…

De manera que aquella tarde, cuando apurábamos ya la última taza de té, y el penúltimo canapé de  roastbeef con salsa de mostaza, y entonces el relámpago más deslumbrante vino a iluminarlo todo durante un segundo, como una suerte de fuegos artificiales, y nos quedamos mudos durante unos instantes, debido al formidable retumbar del trueno que le siguió. Ella, mientras, la fantasmal señora Danvers, el ama de llaves de Manderley, aparecía en escena.

—Buenas tardes. ¿Tomará el señor el té en el jardín? La señora espera al señor.

  • ¿Qué señora, señora Danvers?

Preguntó al momento Maxim, mientras algo de la ceniza de su pipa revoloteaba sobre el Times.

  • Señor, la señora de Winter, naturalmente.
  • Señora Danvers, la señora de Winter está ahí al lado suyo junto a la ventana tomando té verde al limón. ¿No debería ir al médico un día de estos, señora Danvers?
  • Señor, la verdadera señora de Winters, la única, la genuina, la bella, mi querida Rebeca, está ahí fuera… si el señor tiene la amabilidad de acercarse a la ventana…
  • Maxim, creo que a esta mujer el recuerdo de su antigua señora la tiene totalmente desquiciada. Que se vaya  de vacaciones a Islandia quince o veinte años. ¿Si?

Pero, al acercarse mi querido Maxim de Winter al ventanal mayor del gabinete, sus boca antes sonriente, alegre sus ojos, sonrosada sus mejillas, mutaron de súbito en una máscara marchita de puro espanto.

Como Maxim casi se desmaya de la impresión, me apresure a ayudarle rápidamente, y al asomarme a la ventana yo misma estuve a nada de sufrir, no ya un desmayo, si no un síncope nervioso en toda regla. Porque, amigos lectores de Cuentos en primera persona, allí, creedme, allí fuera, en jardín bajo los macizos de rosas color crema y las intensamente rojas copas de los rododendros, estaba tranquilamente, bella, jovial, exultante, Rebeca, la anterior señora de Winter. Rebeca, aquella que una mañana de tempestad se aventuró a salir a la mar con su balandro y nunca, nunca más volvió. Pero allí estaba, increíblemente bella, cual adorada reina de los cielos, o de los océanos, saludando con la misma delicada y pálida mano, mientras la otra sujetaba suavemente su taza de porcelana cartujana. Saludándonos a Maxim y a mi vestida con un maravilloso vestido de seda blanca, largo hasta ocultar completamente sus pequeños pies, uno de los cuales asomaba tímidamente descalzo entre los transparentes pliegues del vestido. Bella y triunfante, con sus largos y negros cabellos ondulantes cual sierpes de brillo hipnotizador, y radiante sonrisa, feliz, irresistible. Una sonrisa que pese a su magnitud, no dejaba de producirnos escalofríos de pánico, ya que de entre esos grandiosos y rojos labios afloraban dos blancos y puntiagudos colmillitos, brillantes, afilados, apenas perceptibles. Pero lo suficiente como para que yo terminase de caer en redondo.

No recuerdo la verdad, nada de lo que pudo ocurrir después. Solo sé que me desperté en mi cama, cuando en los vetustos relojes de Manderley daban las doce de la noche. Una noche que había de ser la más larga de mi corta vida. Mientras terminaba de desvelarme, apenas había abierto los ojos al violáceo claroscuro de mi cuarto, cuando recordé… “por los bosques de Manderley vagaba una mujer, alta y esbelta, una mujer que daba la sensación de ser una serpiente”. ¿Una serpiente? Recordé también aquellas viejas historias que alguna vez, aterrada en la noche, cubierta de pies y cabeza con las mantas, leí de pequeña. Historias que hablaban de lamias, de ondinas, de hadas y vampiros. En mi inocente mente de niña mezclaba todas aquellas criaturas terribles, no obstante con aspecto de mujer bellísima. Con la desagradable sensación del miedo abriéndose paso en mi alma, encendí la lamparilla de noche, me puse la bata y las zapatillas que Clarice, mi joven doncella, había dejado junto al duermevela de terciopelo verde oliva que había a los pies de mi cama, y surgí así, aterrada, al pasillo que estaba en plena oscuridad. Llamé a  Maxim. Nada. Volví a llamar. Ahora llamé a Clarice dejando ya que la angustia quebrase mi voz. Nada otra vez. Pero una voz suave de mujer, casi imperceptible,  preciosamente  modulada y agradable, me llamó.

  • Querida, querida niña… ven… Nadie sabe cual es tu nombre. Es curioso. ¿Ni mi Maxim? Jajajaja. Ven. No temas nada de mí.
  • ¿Quién es usted? ¿Quién anda ahí? ¿Clarice? ¿Señora Danvers?
  • No, no soy Danny. Por dios… Tampoco esa gordinflas de tu doncella. Jajajaja. Si no vienes querida chica sin nombre, no descubrirás el misterio.

Me fui a acercando lentamente hacia el oculto lugar de donde provenía la voz. La habitación del Mar. La habitación más hermosa, decían, de la hermosa Manderley. La habitación de Rebeca. Estaba al final de un recodo magnífico del largo pasillo, sumergido en sombras cenicientas. Hermosas molduras finamente labradas en madera de caoba, con motivos florales, y racimos de uvas,  coronadas por un capitel dorado con rosas color coral, franqueaban ambos lados de la puerta de entrada a la habitación de Rebeca. De la puerta de la habitación, abierta de par en par, surgía la luz de un sol lánguido y color de rosa escondido vergonzosamente tras las hebras de nubes doradas del amanecer, iluminando suavemente  de paso una franja del tenebroso pasillo. Ella, Rebeca, la antigua señora de Winter, la célebre Rebeca, que una mañana de tempestad salió imprudentemente a la mar en su garboso balandro, y nunca más volvió, me esperaba en su habitación. Me invitaba a entrar en aquel santuario polvoriento, claustrofóbico, como el palacio de una reina poderosa pero ya olvidada. Y al entrar recordé aquél poema de Shelley.

La ruina es de un naufragio colosal

A su lado, infinita y legendaria,

Sólo queda la arena solitaria.

  • Pasa, pasa… Por favor, no te quedes ahí querida niña sin nombre…

Rebeca de Winter, recostada sobre mullidos almohadones de raso y encaje francés, color caramelo, vestida con el más alucinante de los camisones, negro de tul y gasa transparente, con el pecho bordado en terciopelo de seda. Junto a ella, arreglando almohadones y retirando flores marchitas de un enorme jarrón de alabastro y plata maciza, la insoportable y repulsiva señora Danvers. Debí despedirla el mismo día en que llegué a esta casa, pensé. Demasiado tarde, idiota. Seguí pensando.

Al sonreír volvió a mostrar a hora con toda su crudeza, aquellos colmillitos blancos, afilados, y puntiagudos. Qué bella era, en efecto, tal y como todos me habían insistido en decir: Frank Crawley, el administrador de Manderley…,  Beatrice, la amable aunque charlatana hermana de Maxim…, Giles, su inoportuno marido… ¡hasta Robert y Firt y por supuesto, una y otra vez, una y otra vez, la horrible señora Danvers!

  • Mire, mire señora, que bella es mi Rebeca. Observe qué oscuros sus cabellos, qué ojos alargados y del color verde marino; observe qué nariz, qué pómulos… Usted no le llega ni a la altura de los zapatos. ¡Ay, mí querida Rebeca! Por fin ha vuelto, señora de Winter. ¡Qué disgusto no dió! Mire, señora, mientras usted estaba perdida en las profundidades del mar, su esposo, ese torpe y atolondrado Maxim, que el diablo confunda, se fue a Mónaco de vacaciones para olvidarle. ¡Olvidarte! ¡A usted! ¡Cómo si eso fuese posible! Y de allí nos trajo a esta pobre criatura. Fíjese señora de Winter, qué chica esta, siempre despeinada, mal vestida con esa horrible prenda llamada rebeca para colmo. Y por no tener, no tiene ni padres, ni nombre.
  • Me pregunto que le habrá visto Maxim… Ah, claro. Ella está viva. Jajajajaja. Pero eso lo arreglo yo sin más tardanza. Ven, ven. ¿Acaso no quieres ser como yo? Mírame… te querrán todos una vez hayas fallecido. Nunca falla. Ven… con este beso te regalo la Vitam Aeternam… Ven…
  • No, no, no, no…
  • No te resistas, niña. Ve con la señora de Winter. ¡Ve!
  • Ven, ven si quieres que Maxim te amé como me amó a mi. Como aún me ama. No lo dudes… Ven…  
  • ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

En ese momento, justo en ese momento, como todos los que sueñan, desperté por culpa de mis propios gritos, envuelta en sudor, y casi al borde del colapso. ¡Todo había sido una terrorífica pesadilla! Maxim entró inmediatamente, cuando la luz de esa mañana de plata y agua acariciaba el dosel de mi cama. Yo gritaba aún, cuando el entró. Pero sus abrazos, sus palabras amorosas y su dulce sonrisa, borraron el más mínimo atisbo  de terror. Probablemente, la visión de nuestra ama de llaves, todo el día tras de mi, hablándome de su bella, perfecta y desaparecida Rebeca habían calado profundamente en mi subconsciente.

Aquella mañana Maxim tenía que salir para un asunto de fincas en Londres. Por mucho que le pedí que se fuera, que yo ya estaba plenamente recuperada de mi pesadilla nocturna, él no lo hizo. Partió hacia Londres al lunes siguiente, cuando estuvo completamente seguro de que yo ya estaba completamente recuperada. Pero a los pocos minutos de yo tranquilizarme, apareció la señora Danvers por la puerta de mi cuarto.

-¿Se encuentra mal la señora? Convendrá el señor que dejar descansar a la señora a solas en su cuarto, a oscuras, y a puerta cerrada, sin que nadie la moleste, sería lo más recomendable, dado el estado de la señora. Yo misma me encargaré de atenderla, señor de Winter. Comenzaré por sacar el teléfono de aquí, para que nadie importune su descanso.

_¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo… !

Grité con todas mis fuerzas.

—¡Maxim, por favor! ¡No dejes que se acerque a mi! ¡Dile que se vaya, dile que me deje en paz! ¡No me dejes a solas con esta mujer, por favor!

Aquélla mañana en la biblioteca donde desayunábamos íntimamente Maxim y yo, mis palabras fueron absolutamente tajantes. Maxim, en tanto, no hizo otra cosa que mirar muy fija y seriamente al ama de llaves que Manderly había soportado durante más de diez años. “Ella vino con la anterior señora de Winter”. Me dijo Frank mi primer día en Manderley. Fue su ama de cría., su niñera. Estaba obsesionada con Rebeca. En realidad, tenía la cabeza completamente trastornada.

— Mire señora Danvers,  todas las pertenencias de la desaparecida señora Rebeca de Winter van a ser donadas a una fundación de caridad. Libros, cuadernos, abrigos, cuadros, vestidos, todo, todo, lo que sea de Rebeca, todo lo que tenga una letra “R”, hemos dado orden de ir guardándolos en cajas y llevarlo a la parroquia. Allí ya se encargaran de darle la utilidad que ellos vean. En cuanto a usted, impertinente, entrometida, e intrigante, señora Danvers, son exactamente las diez en punto de la mañana. Tiene hasta las doce para hacer las maletas y dejarnos vivir en paz. Gracias y adiós.

  • Pero…
  • Adiós, señora Danvers.

The End.

Ada Gracias. Noviembre del 20200

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