Cuentos en primera persona

Rapunzel.

Érase que se era, allá en el lejano reino del Maresme catalán, justo al lado del Mediterráneo, entre el mar azul y una montaña verde, una apacible tarde de abril en la cual iba paseando mi madre, embarazada de mi, del brazo de mi padre. A punto estaban de finalizar su paseo, cuando casualmente pasaron por delante de la verja de un espectacular jardín que formaba parte de la inmensa propiedad de una masía bastante añosa. Mi madre se detuvo al momento ante la puerta, admirando maravillada aquellas rosas blancas como la luna, bellas rosas rojas como la sangre, exultantes narcisos amarillos de luz, petunias y clavellinas de seda, margaritas como soles y aterciopelados pensamientos, y altivos y perfumados nardos y jazmines. Entre los frondosos tilos, castaños de indias y tejos, y los macizos de flores, se veían antiquísimas fuentes de piedra, mármol y alabastro, cuyo rumor, unido al del viento y el canto de los pájaros, eran los únicos sonidos que enturbiaban el sosiego de aquel lugar prodigioso. Grandes palmeras de cimbreante y curvilíneo tronco; dorados plátanos de sombra de hojas rosadas; rododendros gigantescos, de llameantes copas, y lánguidos sauces llorones, sombreaban la imponente fachada de la enorme casona, que se asemejaba más a un castillo encantado que a una masía. Ante la mirada extasiada de mi madre, mi padre no pudo evitar un cierto estremecimiento.

-¡Dios mío, Dios mío, Pepe, por favor, sáltate al jardín en un momento y tráeme algunas rosas de esas de las de color rojo sangre!

El rostro de mi padre se oscureció al momento.

-¿Saltarme la valla del jardín y robar rosas? Mira, Tere, mejor vamos a la floristería de la Alfonsa y te compro las que quieras.

-¡No! ¡Yo quiero esas de ahí! ¡Quiero las de ahí!

Una mamá embarazada atacada por un antojo puede ser algo terrible.

-¡Mira que esto es un jardín privado y nos la vamos a cargar, Teresa! Bueno, pues dejaré algunas monedas sobre aquél banco, antes de irme. Venga, voy… ¡Ay, madre! Lo mismo tienen un perro asesino y me devora vivo…

Pero mi madre ya no era dueña de su voluntad. De su voluntad eran dueñas las rosas rojo sangre al otro lado de la verja del jardín. Y estaba cerrado. mala cosa. Mi madre ante la preocupación de mi padre, decidió no incordiar más. Pero mi padre al final, caballero sin espada y sin caballo, antes de meditar un momento en lo que estaba a punto de hacer, ya estaba trepando la verja del jardín, que poco a poco y para colmo de males, se iba oscureciendo lentamente, ya al final de aquella tarde perfumada y feérica de abril. De manera que sintiéndose el ladrón más miserable y el futuro padre más agobiado del mundo, y mientras mi madre le esperaba impacientemente al otro lado, se puso con creciente nerviosismo a cortar para su dama, con su navajita-llavero suizo, tres rosas rojo sangre. Y es que pensó, mientras una gota de su propia sangre resbalaba por entre los pétalos de una rosa roja, que las espinas de aquellas rosas eran tan peligrosas como cuchillas. Pasaron así unos minutos largos como siglos, y enfrascado estaba en la `poda de las rosas, con ganas de terminar cuanto antes no fuera que aparecieran los dueños, cuando escuchó tras su espalda el inquietante rumor de unos zapatos caminando sobre la tierra.

-¡Malvado! ¡Así que has venido a robarme mis rosas aquí mismo delante de mis narices! ¡Ladrón! ¡Ya verás ya, la que te espera!¡ Ladrón más que ladrón!

Mi padre, que nunca en su vida fue un cobarde, no pudo evitar que un escalofrío de terror sacudiese todo su ser. Con el rostro sin color, y empapado en sudor, al girarse contemplo, sin poder dar crédito a sus ojos, a una señora muy mayor, de piel blanquísima, bajita, gafosa, regordeta y pelirroja, peinada con un moño redondo y pegado a la nuca, del cual sobresalía una hojita de mandrágora. Iba vestida de negro de pies a cabeza, y sobre el pequeño caballete de su blancuzca nariz bailaban unas redondas gafas de oro. La anciana mujer caminaba no sin cierta dificultad, y se ayudaba para tal menester con un bastón de tilo, tan rugoso como sus propios dedos.

-¡Perdone mi atrevimiento, señora! ¡Lo siento muchísimo, de verdad! ¡Las cortaba para mi esposa embarazada! ¿sabe usted? Es que dará a luz en un mes, y al pasar hace un momento ante la puerta de su maravilloso jardín, ha sufrido un antojo de los rabiosos. Nada más descubrir esas rosas color sangre ha sentido la pobre que se moría si no me saltaba prestamente a por tres. Pero, no se preocupe, pensaba dejarle el dinero sobre ese banco de ahí. ¡Dígame lo que valen y tenga el dinero!

-¡Mmmm…! ¿Así que serás padre en el mes de mayo? ¿Eh, malandrín? ¡Jejejeje! ¡Bueno, bueno, el mes de mayo…! Debes saber buen mozo, que ese es el mes de los gatos, de las amapolas, de los hechizos, y de las hadas. Los bebés que nacen en mayo son mágicos y casi divinos. Guárdate tu dinero, que yo no necesito dinero, mozo… no, no. ¡Jejeje! Yo no te voy a castigar por tu maldad de robarme mis preciosas rosas, pero te propongo un trato: cuando nazca tu niña -que eso lo que lleva tu mujer en las entrañas-, me la has de traer aquí a esta casa. Llama cinco veces y deja a la niña en la puerta. Tu te vas y que no se te vaya a ocurrir mirar atrás. Si te dijera que tengo la casa amueblada con muebles que son en realidad, padres díscolos, robarosas, que al igual que tu, un buen día intentaron llevarse mis flores, y engañerme sin más. A mi, una pobre y solitaria anciana. ¡Ya os daré yo rosas!

– ¿Una niña por tres rosas? ¡Quédese con las flores que no las queremos! ¡Vamos hombre!

-¡Pues ya no las puedes devolver, malandrín, ya que están manchadas con tu sangre!

-¡Pues las lava usted y tan a gusto! ¡ Ala, adiós!

Mi padre saltó la vaya aún más rápidamente de lo que la había saltado al entrar, y salieron los dos, mi madre y él, a paso ligero cual galgo cazador. Pero al mes de nacer yo la bruja apareció por casa una noche de mucha lluvia, y relámpagos y me llevo con ella. Mis padres? ¿Qué si intentaron impedírselo? Por supuesto, pero como ya le dijo a mi padre aquella lejana tarde de abril en su jardín, la malvada bruja Consuelito, los hechizo convirtiéndolos, a mi padre, en un sillón chester de cuero marrón, que le combinaba genial con la bola del mundo en madera de nogal. Y a mi madre, en una bella silla chaise longue en seda color champán. Y desde entonces vivo en un castillo y solo salgo al mundo para cabalgar.

Mis cabellos negros como los ojos de la noche, y tan largos que llegaban ya hasta las mismas lindes del jardín, servían a la bruja Consuelo para trepar por la alta torre en donde me había encerrado para pena mía. Si la vieja quería subir solo tenía que decir las palabras mágicas:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

Y entonces, ¡oh, prodigio! mis largos rizos se lanzaban extraordinariamente vivaces, fuera de la única ventana, y puerta con que contaba la torre de piedra que era mi prisión. Y la bruja trepaba ágilmente por mis rizos, teniendo en cuante sus ciento treinta y dos años, y me subía, espaguetis a la carbonara, flan de café, rosquillas de anís, uvas y queso. Después me obligaba a bordar un tapiz larguísimo con imágenes de lunas llenas, estrellas, arboledas y cabras, y para colmo me obligaba a hacer multiplicaciones, divisiones, ecuaciones, analizar morfológicamente frases tontas como por ejemplo: Pepito usa la sala, o cualquier imbecilidad por el estilo. Así hasta que cumplí los diecisiete años. Entonces sin saber yo nada, mientras una tarde de temporal, mucho viento, lluvia, hojas que revoloteaban armónicamente al desbocado compás del céfiro, cual bailarinas en La Fenize veneciana bailando El Cascanueces, acertó a pasar por aquellos intrincados y frondosos senderos, un joven estudiante de Ciencias Exactas, que se había perdido por culpa, dijo, de la tormenta.Y mira tu que feliz casualidad, fue a dar con la torre de piedra que era mi amarga reclusión, justo en el momento en el que la bruja Consuelito, (parecidísima a la directora del colegio para niñas Nuestra Señora del Pilar), pronunciaba las consabidas palabras mágicas, y mis kilométricos rizos bajaban a toda prisa ventana abajo.

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

El estudiante, que era realmente atractivo, alto, moreno, de pálido rostro y ojos profundos, se quedó con la copla, y escondido tras el más alto y viejo de los eucaliptos, esperó pacientemente para salir a que la malvada bruja se hubiese marchado.

Cuando lo hizo, ya noche profunda y brillante, profusa de búhos ululantes y de ranas cantarinas, se acercó silenciosamente hasta el pie de la torre, tal y como había visto hacer horas antes a la bruja Consuelito, y dijo con voz queda y susurrante:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

De manera que involuntariamente, mis cabellos se lanzaron a escurrirse por la ventana y cual no sería mi sorpresa al ver subir, no a la bruja del moño pelirrojo, que me obligaba a aprender a hacer ganchillo, que me martirizaba con ecuaciones, números primos, verbos regulares y pretéritos pluscuamperfectos, si no a un chaval guapísimo, vestido con jeans y camisetucha de los Sex Pistols.

-Hola.

-¡Oh, oh! ¿Eres el Príncipe azul, por ventura?

_ ¿Yo? ¡Qué va! Solo soy un estudiante de Ciencias Exactas que debido a las adversas circunstancias meteorológicas, se ha despistado de su camino. Pero veo que estás aquí recluida en contra de tu voluntad y ahora mismo nos vamos.

-Mejor, ¿sabes? Es que a mi los príncipes azules no me gustan mucho, la verdad. Prefiero los príncipes color magenta. O incluso gris nube.

Bajamos a toda velocidad por entre mis rizos, y al poner los pies en tierra, él me besó. Pero solo en la frente. Y es que creo que se había enamorado profundamente de mi, como todo el mundo. Para entonces mis padres que habían permanecido hechizados todos esos años en forma de sillón chester, y de chaise longue, en la salita de estar de la malvada bruja, recuperaron su forma humana, y todos juntos nos marchamos felices lejos de aquél sombrío lugar. Y lo último que supe de la bruja Consuelito fue que se había encontrado trabajo como directora de un colegio junto a la mar.

Enero, 2020. Ada García.

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