Cuentos en primera persona

Adiós señora Danvers

(Inspirado en la obra Rebecca, de Daphne de Maurier)

Había una vez una hermosa y altiva mansión, allá en el lejano y brumoso reino de Britania, que se elevaba esplendorosamente entre bosques donde era posible escuchar a los venados berrear, cerca altos escollos cuyas  paredes lamían las verdes olas de un casi siempre furibundo mar. Enrevesados senderos cruzaban estos bosques, senderos que llevaban hasta Manderley, que es como se llamaba la soberbia y ancestral mansión, rodeada de hermosos jardines, donde florecían exultantes las más bellas flores que imaginarse pueda, jacintos, lirios, rosas, alhelíes, hasta la humilde y escondida violeta. Los habitantes de Manderley,  los De Winter, habían vivido entre sus gruesos muros, habían nacido, amado, perecido desde los bárbaros tiempos de la reina Maria la Sanguinaria. Yo supe todo esto un poco después de haberme casado con Maxim, tan parecido a Laurence Olivier, pero mucho más sencillo, y menos dado a la ginebra galesa. Lo supe, válgame el cielo, una tarde de té al limón con galletas de jengibre y canapés de pepino a la mostaza, en la cual desde el gran ventanal del gabinete del oeste, contemplaba la reluciente tarde. En tanto, Maxim, ojeando el Times distraídamente mientras mordisquea con desgana un pedacito de bollo suizo, me contó la historia de su vida. Como basta con que encuentres a esa persona que muy bien podría ser tu media naranja, como suelen decir los pueblerinos, para que en el momento de máxima felicidad el típico aguafiestas aparezca en escena para fastidiarlo todo, en estas apareció la temible señora Danvers, nuestra fantasmal ama de llaves, a meter las narices en asuntos que no le incumbían. Por otra parte, el más activo, insoportable, y escrupuloso hábito de entre sus variados quehaceres domésticos.

  • Me permito comentarle a la señora, que mi anterior señora siempre ponía especial interés en las salsas. Ella decía que un menú nunca estaba resuelto del todo si no se combinaban bien las salsas.

O bien…

— Observará la señora que he dispuesto a los señores para la cena, tal  y como le gustaba a mi anterior señora. Ella siempre decía que el éxito de una buena cena depende, a veces no tanto de las viandas, como de la distribución de los invitados.

O bien…

— Veo que la señora lleva una falda oscura con una blusa más oscura aún. Mi señora, quiero decir, mi anterior señora, siempre vestía armoniosamente durante las mañanas con colores claros: hermosos amarillos pétalo, brillantes rosas palo, delicados beige, y blancos espuma de mar. Se reservaba los grises topo, o acero, los negros, los café oscuro, los marinos, o verde oliva para la noche. La señora de Winter…, quiero decir, la anterior señora de Winter, jamás hubiese llevado colores tan oscuros antes de las doce del día. Ella decía que la noche ama los colores de la noche…

De manera que aquella tarde, cuando apurábamos ya la última taza de té, y el penúltimo canapé de  roastbeef con salsa de mostaza, y entonces el relámpago más deslumbrante vino a iluminarlo todo durante un segundo, como una suerte de fuegos artificiales, y nos quedamos mudos durante unos instantes, debido al formidable retumbar del trueno que le siguió. Ella, mientras, la fantasmal señora Danvers, el ama de llaves de Manderley, aparecía en escena.

—Buenas tardes. ¿Tomará el señor el té en el jardín? La señora espera al señor.

  • ¿Qué señora, señora Danvers?

Preguntó al momento Maxim, mientras algo de la ceniza de su pipa revoloteaba sobre el Times.

  • Señor, la señora de Winter, naturalmente.
  • Señora Danvers, la señora de Winter está ahí al lado suyo junto a la ventana tomando té verde al limón. ¿No debería ir al médico un día de estos, señora Danvers?
  • Señor, la verdadera señora de Winters, la única, la genuina, la bella, mi querida Rebeca, está ahí fuera… si el señor tiene la amabilidad de acercarse a la ventana…
  • Maxim, creo que a esta mujer el recuerdo de su antigua señora la tiene totalmente desquiciada. Que se vaya  de vacaciones a Islandia quince o veinte años. ¿Si?

Pero, al acercarse mi querido Maxim de Winter al ventanal mayor del gabinete, sus boca antes sonriente, alegre sus ojos, sonrosada sus mejillas, mutaron de súbito en una máscara marchita de puro espanto.

Como Maxim casi se desmaya de la impresión, me apresure a ayudarle rápidamente, y al asomarme a la ventana yo misma estuve a nada de sufrir, no ya un desmayo, si no un síncope nervioso en toda regla. Porque, amigos lectores de Cuentos en primera persona, allí, creedme, allí fuera, en jardín bajo los macizos de rosas color crema y las intensamente rojas copas de los rododendros, estaba tranquilamente, bella, jovial, exultante, Rebeca, la anterior señora de Winter. Rebeca, aquella que una mañana de tempestad se aventuró a salir a la mar con su balandro y nunca, nunca más volvió. Pero allí estaba, increíblemente bella, cual adorada reina de los cielos, o de los océanos, saludando con la misma delicada y pálida mano, mientras la otra sujetaba suavemente su taza de porcelana cartujana. Saludándonos a Maxim y a mi vestida con un maravilloso vestido de seda blanca, largo hasta ocultar completamente sus pequeños pies, uno de los cuales asomaba tímidamente descalzo entre los transparentes pliegues del vestido. Bella y triunfante, con sus largos y negros cabellos ondulantes cual sierpes de brillo hipnotizador, y radiante sonrisa, feliz, irresistible. Una sonrisa que pese a su magnitud, no dejaba de producirnos escalofríos de pánico, ya que de entre esos grandiosos y rojos labios afloraban dos blancos y puntiagudos colmillitos, brillantes, afilados, apenas perceptibles. Pero lo suficiente como para que yo terminase de caer en redondo.

No recuerdo la verdad, nada de lo que pudo ocurrir después. Solo sé que me desperté en mi cama, cuando en los vetustos relojes de Manderley daban las doce de la noche. Una noche que había de ser la más larga de mi corta vida. Mientras terminaba de desvelarme, apenas había abierto los ojos al violáceo claroscuro de mi cuarto, cuando recordé… “por los bosques de Manderley vagaba una mujer, alta y esbelta, una mujer que daba la sensación de ser una serpiente”. ¿Una serpiente? Recordé también aquellas viejas historias que alguna vez, aterrada en la noche, cubierta de pies y cabeza con las mantas, leí de pequeña. Historias que hablaban de lamias, de ondinas, de hadas y vampiros. En mi inocente mente de niña mezclaba todas aquellas criaturas terribles, no obstante con aspecto de mujer bellísima. Con la desagradable sensación del miedo abriéndose paso en mi alma, encendí la lamparilla de noche, me puse la bata y las zapatillas que Clarice, mi joven doncella, había dejado junto al duermevela de terciopelo verde oliva que había a los pies de mi cama, y surgí así, aterrada, al pasillo que estaba en plena oscuridad. Llamé a  Maxim. Nada. Volví a llamar. Ahora llamé a Clarice dejando ya que la angustia quebrase mi voz. Nada otra vez. Pero una voz suave de mujer, casi imperceptible,  preciosamente  modulada y agradable, me llamó.

  • Querida, querida niña… ven… Nadie sabe cual es tu nombre. Es curioso. ¿Ni mi Maxim? Jajajaja. Ven. No temas nada de mí.
  • ¿Quién es usted? ¿Quién anda ahí? ¿Clarice? ¿Señora Danvers?
  • No, no soy Danny. Por dios… Tampoco esa gordinflas de tu doncella. Jajajaja. Si no vienes querida chica sin nombre, no descubrirás el misterio.

Me fui a acercando lentamente hacia el oculto lugar de donde provenía la voz. La habitación del Mar. La habitación más hermosa, decían, de la hermosa Manderley. La habitación de Rebeca. Estaba al final de un recodo magnífico del largo pasillo, sumergido en sombras cenicientas. Hermosas molduras finamente labradas en madera de caoba, con motivos florales, y racimos de uvas,  coronadas por un capitel dorado con rosas color coral, franqueaban ambos lados de la puerta de entrada a la habitación de Rebeca. De la puerta de la habitación, abierta de par en par, surgía la luz de un sol lánguido y color de rosa escondido vergonzosamente tras las hebras de nubes doradas del amanecer, iluminando suavemente  de paso una franja del tenebroso pasillo. Ella, Rebeca, la antigua señora de Winter, la célebre Rebeca, que una mañana de tempestad salió imprudentemente a la mar en su garboso balandro, y nunca más volvió, me esperaba en su habitación. Me invitaba a entrar en aquel santuario polvoriento, claustrofóbico, como el palacio de una reina poderosa pero ya olvidada. Y al entrar recordé aquél poema de Shelley.

La ruina es de un naufragio colosal

A su lado, infinita y legendaria,

Sólo queda la arena solitaria.

  • Pasa, pasa… Por favor, no te quedes ahí querida niña sin nombre…

Rebeca de Winter, recostada sobre mullidos almohadones de raso y encaje francés, color caramelo, vestida con el más alucinante de los camisones, negro de tul y gasa transparente, con el pecho bordado en terciopelo de seda. Junto a ella, arreglando almohadones y retirando flores marchitas de un enorme jarrón de alabastro y plata maciza, la insoportable y repulsiva señora Danvers. Debí despedirla el mismo día en que llegué a esta casa, pensé. Demasiado tarde, idiota. Seguí pensando.

Al sonreír volvió a mostrar a hora con toda su crudeza, aquellos colmillitos blancos, afilados, y puntiagudos. Qué bella era, en efecto, tal y como todos me habían insistido en decir: Frank Crawley, el administrador de Manderley…,  Beatrice, la amable aunque charlatana hermana de Maxim…, Giles, su inoportuno marido… ¡hasta Robert y Firt y por supuesto, una y otra vez, una y otra vez, la horrible señora Danvers!

  • Mire, mire señora, que bella es mi Rebeca. Observe qué oscuros sus cabellos, qué ojos alargados y del color verde marino; observe qué nariz, qué pómulos… Usted no le llega ni a la altura de los zapatos. ¡Ay, mí querida Rebeca! Por fin ha vuelto, señora de Winter. ¡Qué disgusto no dió! Mire, señora, mientras usted estaba perdida en las profundidades del mar, su esposo, ese torpe y atolondrado Maxim, que el diablo confunda, se fue a Mónaco de vacaciones para olvidarle. ¡Olvidarte! ¡A usted! ¡Cómo si eso fuese posible! Y de allí nos trajo a esta pobre criatura. Fíjese señora de Winter, qué chica esta, siempre despeinada, mal vestida con esa horrible prenda llamada rebeca para colmo. Y por no tener, no tiene ni padres, ni nombre.
  • Me pregunto que le habrá visto Maxim… Ah, claro. Ella está viva. Jajajajaja. Pero eso lo arreglo yo sin más tardanza. Ven, ven. ¿Acaso no quieres ser como yo? Mírame… te querrán todos una vez hayas fallecido. Nunca falla. Ven… con este beso te regalo la Vitam Aeternam… Ven…
  • No, no, no, no…
  • No te resistas, niña. Ve con la señora de Winter. ¡Ve!
  • Ven, ven si quieres que Maxim te amé como me amó a mi. Como aún me ama. No lo dudes… Ven…  
  • ¡Noooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!

En ese momento, justo en ese momento, como todos los que sueñan, desperté por culpa de mis propios gritos, envuelta en sudor, y casi al borde del colapso. ¡Todo había sido una terrorífica pesadilla! Maxim entró inmediatamente, cuando la luz de esa mañana de plata y agua acariciaba el dosel de mi cama. Yo gritaba aún, cuando el entró. Pero sus abrazos, sus palabras amorosas y su dulce sonrisa, borraron el más mínimo atisbo  de terror. Probablemente, la visión de nuestra ama de llaves, todo el día tras de mi, hablándome de su bella, perfecta y desaparecida Rebeca habían calado profundamente en mi subconsciente.

Aquella mañana Maxim tenía que salir para un asunto de fincas en Londres. Por mucho que le pedí que se fuera, que yo ya estaba plenamente recuperada de mi pesadilla nocturna, él no lo hizo. Partió hacia Londres al lunes siguiente, cuando estuvo completamente seguro de que yo ya estaba completamente recuperada. Pero a los pocos minutos de yo tranquilizarme, apareció la señora Danvers por la puerta de mi cuarto.

-¿Se encuentra mal la señora? Convendrá el señor que dejar descansar a la señora a solas en su cuarto, a oscuras, y a puerta cerrada, sin que nadie la moleste, sería lo más recomendable, dado el estado de la señora. Yo misma me encargaré de atenderla, señor de Winter. Comenzaré por sacar el teléfono de aquí, para que nadie importune su descanso.

_¡Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo… !

Grité con todas mis fuerzas.

—¡Maxim, por favor! ¡No dejes que se acerque a mi! ¡Dile que se vaya, dile que me deje en paz! ¡No me dejes a solas con esta mujer, por favor!

Aquélla mañana en la biblioteca donde desayunábamos íntimamente Maxim y yo, mis palabras fueron absolutamente tajantes. Maxim, en tanto, no hizo otra cosa que mirar muy fija y seriamente al ama de llaves que Manderly había soportado durante más de diez años. “Ella vino con la anterior señora de Winter”. Me dijo Frank mi primer día en Manderley. Fue su ama de cría., su niñera. Estaba obsesionada con Rebeca. En realidad, tenía la cabeza completamente trastornada.

— Mire señora Danvers,  todas las pertenencias de la desaparecida señora Rebeca de Winter van a ser donadas a una fundación de caridad. Libros, cuadernos, abrigos, cuadros, vestidos, todo, todo, lo que sea de Rebeca, todo lo que tenga una letra “R”, hemos dado orden de ir guardándolos en cajas y llevarlo a la parroquia. Allí ya se encargaran de darle la utilidad que ellos vean. En cuanto a usted, impertinente, entrometida, e intrigante, señora Danvers, son exactamente las diez en punto de la mañana. Tiene hasta las doce para hacer las maletas y dejarnos vivir en paz. Gracias y adiós.

  • Pero…
  • Adiós, señora Danvers.

The End.

Ada Gracias. Noviembre del 20200

Más que palabras… José Portolés

José Portolés, una sonrisa y un libro, el suyo propio: Los Corruptos de Benilladre,

s.

El cine… ese invento del demonio.

Ese invento del demonio, nuestro protagonista en esta nueva entrega de Más que palabras, y la autora de estos párrafos, adoramos ese invento del demonio, como lo describía alguien enorme y eterno como es Antonio Machado. Incluso los que tanto amamos el llamado Séptimo Arte (auqnue hay algunos actores y cineastas que rechazarían la calificacióin de arte, como por ejemplo el mismísimo Buñuel o José Luis López Vázquez), reconocemos haber sido educados por el cine: desde montar a caballo emulando a John Wayne en la colosal obra maestra fordiana Centaruos del desierto, hasta almorzar café y unos sandwiches, como hace Katherine Hepburn en la maravillosa obra póstuma de Spencer Tracy, Adivina quién viene a cenar esta noche, o como quitarle los filtros a los cigarrillos rubios mientras hablamos con un presunto ladrón y asesino con la pinta de Walter Mathau, en la divertida y hichtcockiana Charada. El cine, o el invento diabólico, forma parte de la vida de este personaje que nos ocupa, él mismo es profesor y estudiante de cine, sobrino nieto de Luis Buñuel, amigo de la viuda de Sergio Leone, socio del actor Aldo Sambrell y escritor de obras muy cinematrográficas. Una de las cuales sin llegar a ver publicada, Exégesis de Un perro andaluz, tengo en mi poder desde este verano gracias a la amabilidad y generosidad de su autor. Además la crítica a la película La lista de Schindler para Tiempo de Hadas se la debemos a él.  Señoras y señores, con ustedes José Portolés.

AD. José, ¿cual es el recuerdo más antiguo referente al cine que conservas?

José Portolés. ¡Ufffffffff! Los más antiguos, desde muy, muy pequeño, imágenes sueltas del desaparecido cine Imperial de Madrid, donde mi padre me llevaba a ver las películas de Walt Disney. El que mejor recuerdo de los más antiguos, con 6 años, mi primera visita al cine recién inaugurado en mi barrio de Madrid, Las Águilas: El cine San Ignacio. Era allá por 1973, y la película, “El Cid”, de Anthony Mann. Y durante mi infancia, hasta su cierre a finales de los 80, los fines de semana yo “vivía” dentro de ese cine, formaba parte de su mobiliario.

P. Vives a caballo entre España y Mexico. ¿En cual de los dos países te encuentras más a gusto ahora mismo?

Vivir con un pie en España y otro en México.

Los lugares, el clima, la gente, la comida, la forma de ver y vivir la vida… Son tan distintos que no se pueden comparar. Ambos tienen mucho bueno compensado con su lado malo. Te puedo decir que aquí en México echo de menos muchas cosas de España; y seguramente, si regresara a España echaría de menos muchas cosas de México. Lo curioso es que, involuntariamente, seguí el camino de Luis Buñuel: dejar España para desarrollarme profesionalmente en México.

P: ¿Qué recuerdos de familia Portolés te son más queridos, José?

Precisamente los últimos: Cuando falleció mi padre, allá en 2016, su hermano y hermanas, que llevaban años sin hablarse, fueron capaces de apartar momentáneamente sus rencillas y diferencias irreconciliables para estar todos juntos acompañándome. Hicieron un esfuerzo que les agradezco mucho.

P. Hablanos de tus libros, por favor, háblanos de tus libros.

Solo te diré que hasta ahora he escrito los libros que a mí, como lector, me gustaría leer. Están escritos como a mí me gustaría leerlos, y tratan sobre los temas que a mí me interesaban en el momento de escribirlos.

Las obras de ficción tratan sobre la explotación del 3er mundo por el 1er mundo la primera. La utilidad de las religiones, todas, para controlar y manejar a la gente, la segunda. Y las consecuencias de la corrupción política en la gente normal, la tercera. Y gustaron lo suficiente para permitirme vivir de sus ventas, algo poco habitual en España.

Y por otro lado el Cine, claro, para comunicar todo lo que voy descubriendo o razonando sobre “ese invento del diablo” que nos apasiona…

P. Eres profesor de cine en México. ¿Crees que el cine de antes, antes de los ochenta, tal vez, es superior al de nuestra época?

Más bien creo que no se puede comparar el Cine de una época con el de otra, cada una está definida por unas circunstancias sociales, económicas, técnicas, estéticas… Lo que sí debemos tener en cuenta es que, lo tengo muy comprobado, nuestro Cine preferido, nuestras películas realmente favoritas para toda la vida, son las que hemos visto en pantalla grande entre los 14 y los 20 años. Es como si nuestras mentes fueran, no más impresionables, sino más receptivas a esa edad, justo cuando se desarrolla nuestro sentido crítico y capacidad analítica.

El antiguo cine Bogart, uno de los que forman parte inborrable de la infancia de muchos madrileños, como la de José Portolés, por ejemplo.

En mi caso, tuve la inmensa suerte de que durante esa época de mi vida en Madrid estaban en pleno funcionamiento la Filmoteca y los añorados Cinestudios (Fantasio, Ideal, Bogart). Yo era un asiduo de todos, cada fin de semana me veía entre siete y nueve películas de todos los géneros, épocas, autores… Y bien programadas en ciclos: Por ejemplo, recuerdo que en tres fines de semana seguidos ví, ordenadas cronológicamente, 10 películas de Hitchcock. En otros dos domingos, 7 ú 8 de los Hermanos Marx… Y así fui descubriendo y conociendo también a Akira Kurosawa, Luis Buñuel, George Cukor, Billy Wilder, Charles Chaplin, Edgar Neville, Ingmar Bergman, Ernst Lubist… Sí, fui afortunado al poder ver en pantalla grande a los grandes clásicos, y justo con esa edad tan especial, entre los 14 y los 20. Después, ya no me quedó más remedio que dedicarme al Cine.

P. ¿Se han agotado las ideas y perdido la inspiración? ¿Por eso se hacen remakes, refritos, versiones, una y otra vez, de antiguos éxitos, con más o menos suerte?  Normalmente con más pena que gloria.

Siempre han existido los remakes, la gran diferencia es que antes tenían razón de ser y cada uno superaba las anteriores versiones, porque se trataba de rehacer una película antigua tal y como las carencias técnicas o la censura lo habían impedido. Por ejemplo, el “Ben-Hur” que todos conocemos y admiramos (el de William Wyler con Charlton Heston en 1959), es la tercera versión: La primera data del año 1907, dura 15 minutos (un rollo a velocidad 14 fotogramas por segundo) y es muy buena… para su época. El primer remake se realizó en 1925, todavía silente (o “mudo”), pero tuvo una razón de ser: 18 años después se había mejorado la técnica, ya se pudo filmar en exteriores y adaptar la novela (que es malísima) completa, con una duración de 2 horas y media. La versión de 1959 se realizó con los últimos avances técnicos: Sonido estereofónico, Technicolor, Ultra Panavisión 70. Muchas otras obras maestras del cine también son remakes de películas mudas o en blanco y negro: “Primera plana” de Billy Wilder, por ejemplo, es un remake de “Luna nueva”, que a su vez es un remake de “Un gran reportaje”.

Lamentablemente, se siguen haciendo remakes de los remakes, sin razón de ser y peores que los originales: La última versión de “Ben-Hur”, de 2016, es la peor de las cuatro. Y “Primera plana” se rehizo como la pésima “Interferencias” en 1988… Y no es por falta de ideas o de inspiración: Especialmente en Hollywood, el problema son los productores. Porque allí hace mucho que los productores ya no son “hombres de Cine” como David Selznick, Irving Thalberg o Louis Burt Meyer, interesados en el Cine, sino inversores de Wall Street interesados en el beneficio económico. Por eso ya no buscan “arte” sino “negocio rápido”. Fíjate que muchos éxitos del cine de, digamos, los últimos 15 o 20 años, son producciones independientes modestas, producidas y realizadas fuera de los grandes circuitos, que triunfan por la calidad y novedad de sus planteamientos, tanto temáticos como narrativos o técnicos. No, imaginación, ideas, creatividad y talento no faltan. Lo que falta es que el capital apoye las ideas nuevas.

P. Jóse, menuda época aquella de la Residencia de estudiantes con tanta gente genial, Lorca, Alberti, Giner de los Ríos, Dalí, Buñuel, Luis Rosales, Luis Cernuda…irrepetible, ¿no?

¿Qué quienes son estos tipos? Pues Dalí, José Moreno, Luis Buñuel, Federico García Lorca y José Antonio Rubio, en 1926.

¡Ya me hubiera gustado a mí vivirla! La Residencia fue una importantísima apuesta de la Institución Libre de Enseñanza, muy adelantada a su tiempo. Brindó (a los que entonces podían permitirse una educación superior) un irrepetible ambiente cultural multidisciplinar, regido por el espíritu de algo que aún hoy se echa de menos en la enseñanza: Libertad. Libertad de expresión, libertad de creación… ¡Pero siempre dentro de los márgenes de la “urbanidad” de la época! Inevitable, pues, que allí germinara y se desarrollara el Surrealismo español.

P.  Dalí, Buñuel, Lorca, 1936. ¿Amigos irreconciliables?

¡Amigos irreconciliables y enemigos íntimos! Tres genios, con caracteres tan dispares que no les quedó más remedio que aunar su creatividad ligando sus respectivas obras tan profundamente que solo pudieron terminar por enemistarse. ¡Pero no fueron tres amigos, sino cuatro! No debemos olvidarnos nunca de José (“Pepín”) Bello.

P. Estas palabras…

Cierto aire bogartiano…

  “A veces digo que el surrealismo triunfó en lo accesorio y fracasó en lo esencial… Reconocimiento artístico y éxito cultural que eran precisamente las cosas que menos nos importaban a la mayoría. Al movimiento surrealista le tenía sin cuidado entrar gloriosamente en los anales de la literatura y la pintura. Lo que deseaba… era transformar el mundo y cambiar la vida. En ese punto –el esencial– basta echar un vistazo alrededor para percatarnos de nuestro fracaso.”

P. ¿Estás de acuerdo con tu tío abuelo? ¿El Surrealismo fracasó, en su cometido de derribar normas polvorientas, alambradas oxidadas, párametros estrictamente confortables, cómodos, aburguesados?

Surrealismo Ad hoc, ellos fueron los primeros

Totalmente, basta ver actualmente a burgueses pagando millones por obras surrelistas en las más prestigiosas galerías de Arte.

La base e intención auténtica y fundacional del Surrealismo, la planteada por André Breton, era ESCANDALIZAR. Buscaba romper con todos los moldes establecidos para provocar, incomodar, concienciar; para… digámoslo claro: para cabrear a las clases altas desde una posición filocomunista y desprejuiciada. Y quienes más lo consiguieron fueron sin duda Dalí, Lorca y Buñuel. Aunque luego Dalí “cambiase de bando”, siguió creando y, sobre todo, actuando según los postulados surrealistas, como Buñuel: Ambos fueron surrealistas a lo largo de toda su vida.

Y otro fracaso del surrealismo, este estético, es que en la actualidad está muy generalizado confundir surrealismo con sicodelia. ¡Y no tienen nada que ver! Mientras el surrealismo crea acciones e imágenes sin sentido y escandalosas mediante narrativa onírica, la sicodelia deforma las imágenes inspirándose en alucinaciones.

And the winner is…

P. José, cuéntanos qué haces en tus aulas de cine. ¿Cómo son tus alumnos?

En general, veo en mis alumnos el futuro del Cine, tanto en España como en México. Tienen ideas, ideas nuevas e interesantes, muy válidas. Y vienen con mucha ilusión, muy decididos a contar sus historias y contarlas a su manera. En un gran porcentaje, son alumnos de los que el maestro aprende.

Actualmente, aquí en México, tengo asignado el módulo “Historia del Cine Mundial”, así que hablo de Cine procurando transmitir mi pasión por el Cine, y mi forma de transmitirlo es de manera similar a la “literatura comparada”. Comienzo con “La salida de los obreros de la fábrica Lumière” y a partir de ahí cito y comento las películas que han ido aportando algo nuevo al 7º Arte, ya sea técnica, contenidos, formas interpretativas, música, estética… Y lo cuento como si estuviera hablando con unos amigos, buscando la sonrisa y la complicidad. Pero con una base sólida, un guión propio que es una lista de más de 500 películas, ordenadas cronológicamente y especificando porqué considero importante cada una. Y lo adorno con mil anécdotas, claro. Pero todo destinado a que comprendan las implicaciones artísticas y expresivas de la narrativa, el lenguaje y la técnica cinematográfica que les enseñan los otros compañeros docentes.

Por ejemplo, es importante saber que Eisenstein creó el montaje subjetivo en “El acorazado Potemkin”, evidentemente, pero también es importante saber para qué lo inventó, qué resultados artísticos y emocionales buscaba. Es decir, mi idea es que no basta con conocer la técnica porque también hay que saber para qué sirve la técnica.

Pero no siempre he sido solo “teórico”: Antes de venirme México, mi socio Aldo Sambrell y yo colaborábamos, a través de nuestra productora Duncan67 p.c., con la Facultad de Imagen, Sonido y Cine de la Universidad de Alicante, dirigidos por el catedrático Israel Gil y el realizador Toni López Vizcaíno. Primero impartíamos conferencias sobre Cine (sabiendo qué películas “caerían” en los exámenes), y luego “asesorábamos y supervisábamos” la preproducción y el rodaje de los cortometrajes-exámen de los alumnos. Y un incentivo para ellos era que el mejor proyecto de corto presentado, lo protagonizaba gratuitamente Aldo. ¡Y muchas veces el (futuro) director o directora no se atrevía a dirigirle, impresionados por su prestancia y curriculum!

P. Te digo tres directores y tu me dices lo que opinas de sus peliculas.

John Ford.

El Cine que nos encantaba de niños. Uno de los más grandes cineastas de todos los tiempos, aunque nos inculcó demasiada propaganda yanky.

François Truffaut.

Tremenda, hermosa, brutal, delicada obra maestra de Francoise Truffaut sobre el mundo de los niños perdidos

Me encanta su Cine, su forma de ver y narrar la realidad cotidiana, sus sutiles guiños y homenajes a los clásicos. “La piel dura”, “Fahrenheit 451”, “La noche americana”… Es el primer cineasta cinéfilo. Maravillosa e importantísima su obra cinematográfica, e importantísima su obra periodística dedicada al Cine: Fue el primero en reivindicar como Autores a Ford, Hitchcock, Cukor, etc. Y un excelente actor en “Encuentros en la tercera fase”, de Spielberg.

Luis García Berlanga.

“Esta Nochebuena siente un pobre a su mesa, por favor”

La socarronería hecha Cine, y del bueno. Un genio, que teniendo el humor como principal arma, hizo contundente crítica social cuando estaba prohibidísimo hacer crítica social.

Francis Ford Coppola.

El Autor sin término medio. Creador tanto de portentosas obras maestras como de obras fallidas. Fallidas, sí, pero nunca mal realizadas.

Howard Hawks.

Un gran narrador, con un excelente sentido del ritmo y del “tempo” fílmico. “El Dorado”, reverso irónico de su previo “Río Bravo”, me parece una película inconmensurable.

José Luis Garci.

Esa forma de hacer radio, con copa, y cigarrillo, y Solos en la madrugada

Genial en sus inicios, autor de las inolvidables y acertadísimas “Asignatura pendiente”, “Solos en la madrugada”, “Las verdes praderas”, “El crack”… Pero a partir del Óscar su cine perdió interés (para mí), se volvió “academicista” y “adocenado”, sin riesgos ni nada nuevo que aportar ni decir. Lástima.

Valerio Zurlini.

Debo reconocer que no conozco casi nada de él, y lo poco que conozco me parece fascinante: Solo he visto “El desierto de los tártaros”, y la considero una película magistral, con múltiples capas de lectura, sabiamente realizada para encumbrar como protagonista al paso del tiempo.

P. ¿Qué estás escribiendo en estos momentos? ¿Publicarás en breve un nuevo libro?

Ahora mismo, mientras espero la publicación de “Exégesis de Un Perro Andaluz”, retrasada por la pandemia, tengo dos obras a medias, una sobre cine y otra de ficción:

Respecto a la de Cine, estoy rehaciendo mi análisis de TODA la obra de Luis Buñuel, porque siempre he entendido sus películas como español y ahora que conozco y comprendo la mentalidad mexicana he descubierto que su obra es mucho más compleja de lo que nos imaginábamos. Y vista conociendo ambas mentalidades los resultados son sorprendentes e impresionantes, revelan la importancia y calidad de su mal llamado “cine alimenticio” mexicano.

Y en cuanto a la de ficción, estoy a la mitad de la tercera novela sobre Don Juan de Cedaceros, un disparatado detective privado matrimonialista que ejerce en Madrid… en el año 1641. Mantengo inéditas las dos primeras, que me llevaron más de tres años documentándome sobre todo tipo de pequeños detalles cotidianos del siglo XVII, las moveré por el circuito editorial mexicano cuando termine esta tercera. Y te puedo adelantar que son, hasta ahora, mi obra más personal, y la que más me divierte escribir. Porque mezclo y fusiono mis dos géneros literarios preferidos, el negro y la novela picaresca, y eso permite escribir parrafadas a lo Phillip Marlowe con léxico del siglo XVII: “Sépades vuestra merced que establecí mi despacho en la calle de Leganitos y dediquéme al oficio de inquiriente en la Corte, que bien pagarían los linajudos mansos por averiguarles con qué bravos sus esposas se amartelan en las misas de vísperas…

P. En tu obra Exégesis de un perro andaluz dices que Lorca era ese célebre “perro andaluz” Que así era como Dalí y Buñuel llamaban amistosamente a Federico, pero que a él no le gustaba nada.

Así es. En la Residencia, llamaban genéricamente “Perro Andaluz” a todos los andaluces; pero no se sabe cómo ni porqué, Federico acabó siendo el “Perro Andaluz” único y genuíno. Y es muy normal que le incomodase, era algo muy despectivo, muy propio del ambiente clasista de la Residencia. Buñuel y Dalí lo utilizaron con muy mala leche, la mala leche que les caracterizó a ambos toda su vida.

P. José, ¿cual es la pelicula que más veces has visto en tu vida?

Una obra maestra de luces, colores, lluvia y canciones inolvidables

He de responderte que varias, por igual. Y seguiré viéndolas una y otra vez: “Casablanca” de Curtiz, “La muerte tenía un precio” y “Hasta que llegó su hora” de Leone, “Viridiana” de Buñuel, “Conan el bárbaro” de Milius, “Mad Max” (la de 1979) de Miller, “El séptimo sello” de Bergman, “Star Trek: la película” de Wise, “Cantando bajo la lluvia” de Donen y Kelly, “Pink Floyd: The Wall” de Parker… Son películas que habré visto entre 20 y 30 veces (cada una) en el Cine, cuando aún existían los ”cines de reestreno” y los “cines de barrio”. Y luego gracias al VHS, primero, y el DVD, después, puedo asegurar haberlas visto más de 100 veces cada una. Y quizá me quede corto.

En muchas ocasiones me han reprochado ver tantas veces una misma película. Pero personalmente lo entiendo como las canciones: Si oyes una canción y te gusta, ¿ya no vuelves a escucharla porque ya la has oído y ya sabes el final? A que no, ¿verdad? Pues a mí me pasa lo mismo con las películas.

P. ¿El cine y la vida son la misma cosa?

Ni sí ni no sino todo lo contrario: El Cine es un reflejo de la vida y la vida copia e imita al cine, que es un reflejo de la vida y la vida copia e imita al cine, que es un reflejo de la vida… etc.

José Portolés en plan castizo

A pesar de que nos queda muy lejos geográficamengte hablando, está realmente muy cerquita gracias a la amistad y a las RRSS otro invento, dicen, cargado por el diablo.  Muchas gracias José Portolés. Que las hadas y tu ángel de la guarda, (llamado Clarence, cómo el que visitó una vez al bueno de George Baily) , te traigan lo mejor de la vida.

Muchas gracias a “Más que palabras”, a vuestro interés por el Arte y la cultura.

Y a Clarence / Henry Travers.

“Larga y próspera vida”.

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Más que palabras… con Cristina López


“La medicina según iba estudiando en el colegio se fue convirtiendo en una obsesión. Me encantaba el hecho de imaginar que viajaría y que ayudaría en las zonas de más penurias. Vengo de una familia de economistas, pero como te digo, desde muy pequeña me plantee el estudio del cuerpo humano”

La doctora Cristina López y su deliciosa sonrisa.

Tal vez sea una de las personas en las que más pensamos en la actualidad, dado el tiempo de pandemias y disturbios en que nos encontramos. Pero ella va mucho más allá de contagios, virus, y maratonianas guardias, y nos habla seductoramente de culturas precolombinas, indígenas, conquistadores, chamanes y leyendas de Mesoamérica. Y todo ello sin ceder ni un centímetro a las mentiras, misterios de estar por casa, y amarillos sensacionalismos de portada. Ella es, claro está, nuestra querida Cristina López.

AD. Cristina, aquí y ahora, ¿Te ves muy diferente a aquella niña que eras?

Cristina López. No para nada, siempre he sido muy soñadora y tremendamente cabezota, como buena Tauro, y sigo igual. Sigo con los mismos ideales, que la vida te va modificando y ordenando en prioridades.

P. ¿Ya te sentías atraída por la medicina y el mundo de la antropología?

Verás, me han atraído siempre. La medicina según iba estudiando en el colegio se fue convirtiendo en una obsesión. Me encantaba el hecho de imaginar que viajaría y que ayudaría en las zonas de más penurias. Vengo de una familia de economistas, pero como te digo, desde muy pequeña me plantee el estudio del cuerpo humano. Y es curioso, mis padres antes de elegir carrera, me insistían e insistían si estaba segura, y si, claramente.

En cuanto a la antropología Ada, las civilizaciones antiguas y la historia son mi pasión desde muy niña. También la de mi padre, al que le robaba los libros, Dioses Tumbas y Sabios, El Misterio de los Hititas, Troya…

Era fascinante. Me impresionaba la historia antigua, los relatos bíblicos eran una aventura constante.

P. ¿Te gustaban las películas de aventuras, tipo Indiana Jones, Steven Spielberg, 1981, o Esecreto de los Incas,  de Jerry Hopper, 1954, o preferías las de médicos, estilo Historia de una monja, de Fran Zinnemann 1959?

Cualquiera de ellas. Historia de una monja es una película que a muchos nos ha marcado la vocación, para que negarlo. Mira que la he visto veces y es maravillosa. Las de aventuras las he disfrutado con mi padre siempre. Somos dos locos de ese tipo de cine, incluso una vez que te metes en el tema ya de manera profesional, no te importan los errores históricos que puedan tener, siguen siendo encantadoras.

P. Eres una de las veteranas de Tiempo de Hadas. ¿Programa con el que más disfrutaste? ¿ Y el que menos?

Disfruté mucho con el de poetas andaluces y ya en la temporada pasada ha habido varios, la brujería, hombres lobo, jesuitas, recuerdo con mucho cariño el de chamanismo… Suelo disfrutar en aquellos en los que el dialogo fluye y se convierten en una charla entre amigos. Que haya disfrutado menos, no se, puede que en alguno que la temática no haya sido tan afín a mi, pero así tampoco sabría que decirte, me lo paso fenomenal con vosotros.

P. Cristina, ¿Cómo ves la situación en España en esta era del Covid-19? 

Veo España fatal Ada. En lugar de estar unidos luchando en esta mierda de pandemia, cada partido político va a su bola y la gente se radicaliza. Es un problema. Teorías negacionistas se ven amparadas por malas decisiones política, y aquí hablo en general, gobierno central y autonómicos.

No se deben dar situaciones como la de Madrid, si se hubiese tomado medidas a principios de septiembre, no hubiera sido necesario confinar. Por otro lado es brutalmente estigmatizador el aislar zonas concretas. Ni Vallecas es el infierno ni el Barrio de Salamanca el Paraíso.

Al respecto de esto, hoy me pasaban un vídeo de un local en el barrio de Salamanca, en el que chavales bien jovencitos, incluyendo algún miembro de la “nobleza” hacían alarde de beber y pasarlo bien sin mascarillas. Todo a la vez que salen banderas de España en coches a no se sabe muy bien que.

Le diría a los gestores que evitaran todo esto, que escucharan a los científicos, virólogos y epidemiólogos, que esto no es ninguna tontería.

P. Según leo en diferentes medios, estamos a la cabeza en Europa de contagios y víctimas. ¿Culpables?

Por supuesto, culpables los gestores y culpables los ciudadanos.

Me apena decir esto, pero veo en ocasiones gente tan despreocupada, jóvenes y no tan jóvenes. También veo gente responsable y fantástica. Gente que lucha por sus negocios y que los convierte en lugares de confianza.

Pero si tuviera que elegir, evidentemente el desencuentro político es el factor mas preocupante.

P.  Bajo tu punto de vista, y ante situaciones como la que estamos viviendo ¿Qué es peor  cierto pesimismo moderado, o el optimismo puro y duro?

La realidad Ada. No se deben manipular ni las cifras ni los datos. No se debe hacer de una tragedia un arma política, eso para mí, es un crimen de estado.

Cristina López además de médico pediatra y doctora en arqueología, es una viajera impenitente.

P. ¿Qué sueles hacer para relajarte, serenarte, des estresarte?

R. Fundamentalmente leer. Me encanta buscar textos de antropología, revisarlos, estudiarlos. Eso ahora, con el poco tiempo que el COVID nos deja por desgracia.

Aunque bueno, ya sabes que hay una tendencia miserable a decir que no trabajamos, no atendemos, bailamos y somos casi unos asesinos.

El otro día en RRSS tuve una discusión absurda con alguien que no viene al caso, en la que cualquier cosa que decía me la rebatía, incluso aunque le diera la razón en parte, me hizo explotar como nunca.

Hemos pasado de héroes a villanos. 

P. ¿Cuales son para tí las cosas que importan?

R. La personas: Teresa y Enrique mis padres, que adoro, mi Paloma, mi hermanaza, mi otro yo mucho más racional y Luis, mi pareja, que está siempre a mi lado apoyándome y compartiendo mi existencia, que es muy loca. Luis que llegó a mi vida cuando tenía que llegar y para quedarse.

Y vosotros, mis amigos siempre.

El resto en este caos, pasa a segundo lugar.

P. ¿Qué borrarías de tu vida, si es que borrarías algo?

R. Si lo que he vivido me lleva hasta lo que soy hoy día no borraría nada. Te podría decir a alguna persona, pero sería darles demasiada importancia.

Me quedo igual.

P. Cristina, para terminar, dime una película, canción, que nunca te hartas de ver, o escuchar.

R. No me cansaré nunca de Sweet Home Alabama y Free Bird de Lynyrd Skynyrd, del The Tunnel of Love de Diré Straits o Fear of The Dark de Iron Maiden. También la Creedence y Bruce me gustan muchísimo y ahora el Pagan Folk, Heilung, etc.

Iván IV, El terrible, 1944, obra maestra en blanco y negro de Sergei Einsenstein.

Películas pues cualquiera de Einsestein me flipan, y últimamente el cine de Ari Aster, Midsommar me hechiza hasta el punto de haberla visto varias veces, como The Wicker Man de Robin Hardy. Ah y Suspiria, la del 2018 de Luca Guadagnino me fascinó, la escena del baile, magistral.

Cristina nos deja con muy buen sabor de boca, además de hacernos dormir esta noche un poquito más a gusto sabiendo que en este planeta nuestro, existen hadas doctoras y pelirrojas como Cristina López. Un placer y afortunadísimos de conocerte.

La actriz Dakota Johnson en Suspirira, película de 2018.


Cuentos en primera persona

Rapunzel.

Érase que se era, allá en el lejano reino del Maresme catalán, justo al lado del Mediterráneo, entre el mar azul y una montaña verde, una apacible tarde de abril en la cual iba paseando mi madre, embarazada de mi, del brazo de mi padre. A punto estaban de finalizar su paseo, cuando casualmente pasaron por delante de la verja de un espectacular jardín que formaba parte de la inmensa propiedad de una masía bastante añosa. Mi madre se detuvo al momento ante la puerta, admirando maravillada aquellas rosas blancas como la luna, bellas rosas rojas como la sangre, exultantes narcisos amarillos de luz, petunias y clavellinas de seda, margaritas como soles y aterciopelados pensamientos, y altivos y perfumados nardos y jazmines. Entre los frondosos tilos, castaños de indias y tejos, y los macizos de flores, se veían antiquísimas fuentes de piedra, mármol y alabastro, cuyo rumor, unido al del viento y el canto de los pájaros, eran los únicos sonidos que enturbiaban el sosiego de aquel lugar prodigioso. Grandes palmeras de cimbreante y curvilíneo tronco; dorados plátanos de sombra de hojas rosadas; rododendros gigantescos, de llameantes copas, y lánguidos sauces llorones, sombreaban la imponente fachada de la enorme casona, que se asemejaba más a un castillo encantado que a una masía. Ante la mirada extasiada de mi madre, mi padre no pudo evitar un cierto estremecimiento.

-¡Dios mío, Dios mío, Pepe, por favor, sáltate al jardín en un momento y tráeme algunas rosas de esas de las de color rojo sangre!

El rostro de mi padre se oscureció al momento.

-¿Saltarme la valla del jardín y robar rosas? Mira, Tere, mejor vamos a la floristería de la Alfonsa y te compro las que quieras.

-¡No! ¡Yo quiero esas de ahí! ¡Quiero las de ahí!

Una mamá embarazada atacada por un antojo puede ser algo terrible.

-¡Mira que esto es un jardín privado y nos la vamos a cargar, Teresa! Bueno, pues dejaré algunas monedas sobre aquél banco, antes de irme. Venga, voy… ¡Ay, madre! Lo mismo tienen un perro asesino y me devora vivo…

Pero mi madre ya no era dueña de su voluntad. De su voluntad eran dueñas las rosas rojo sangre al otro lado de la verja del jardín. Y estaba cerrado. mala cosa. Mi madre ante la preocupación de mi padre, decidió no incordiar más. Pero mi padre al final, caballero sin espada y sin caballo, antes de meditar un momento en lo que estaba a punto de hacer, ya estaba trepando la verja del jardín, que poco a poco y para colmo de males, se iba oscureciendo lentamente, ya al final de aquella tarde perfumada y feérica de abril. De manera que sintiéndose el ladrón más miserable y el futuro padre más agobiado del mundo, y mientras mi madre le esperaba impacientemente al otro lado, se puso con creciente nerviosismo a cortar para su dama, con su navajita-llavero suizo, tres rosas rojo sangre. Y es que pensó, mientras una gota de su propia sangre resbalaba por entre los pétalos de una rosa roja, que las espinas de aquellas rosas eran tan peligrosas como cuchillas. Pasaron así unos minutos largos como siglos, y enfrascado estaba en la `poda de las rosas, con ganas de terminar cuanto antes no fuera que aparecieran los dueños, cuando escuchó tras su espalda el inquietante rumor de unos zapatos caminando sobre la tierra.

-¡Malvado! ¡Así que has venido a robarme mis rosas aquí mismo delante de mis narices! ¡Ladrón! ¡Ya verás ya, la que te espera!¡ Ladrón más que ladrón!

Mi padre, que nunca en su vida fue un cobarde, no pudo evitar que un escalofrío de terror sacudiese todo su ser. Con el rostro sin color, y empapado en sudor, al girarse contemplo, sin poder dar crédito a sus ojos, a una señora muy mayor, de piel blanquísima, bajita, gafosa, regordeta y pelirroja, peinada con un moño redondo y pegado a la nuca, del cual sobresalía una hojita de mandrágora. Iba vestida de negro de pies a cabeza, y sobre el pequeño caballete de su blancuzca nariz bailaban unas redondas gafas de oro. La anciana mujer caminaba no sin cierta dificultad, y se ayudaba para tal menester con un bastón de tilo, tan rugoso como sus propios dedos.

-¡Perdone mi atrevimiento, señora! ¡Lo siento muchísimo, de verdad! ¡Las cortaba para mi esposa embarazada! ¿sabe usted? Es que dará a luz en un mes, y al pasar hace un momento ante la puerta de su maravilloso jardín, ha sufrido un antojo de los rabiosos. Nada más descubrir esas rosas color sangre ha sentido la pobre que se moría si no me saltaba prestamente a por tres. Pero, no se preocupe, pensaba dejarle el dinero sobre ese banco de ahí. ¡Dígame lo que valen y tenga el dinero!

-¡Mmmm…! ¿Así que serás padre en el mes de mayo? ¿Eh, malandrín? ¡Jejejeje! ¡Bueno, bueno, el mes de mayo…! Debes saber buen mozo, que ese es el mes de los gatos, de las amapolas, de los hechizos, y de las hadas. Los bebés que nacen en mayo son mágicos y casi divinos. Guárdate tu dinero, que yo no necesito dinero, mozo… no, no. ¡Jejeje! Yo no te voy a castigar por tu maldad de robarme mis preciosas rosas, pero te propongo un trato: cuando nazca tu niña -que eso lo que lleva tu mujer en las entrañas-, me la has de traer aquí a esta casa. Llama cinco veces y deja a la niña en la puerta. Tu te vas y que no se te vaya a ocurrir mirar atrás. Si te dijera que tengo la casa amueblada con muebles que son en realidad, padres díscolos, robarosas, que al igual que tu, un buen día intentaron llevarse mis flores, y engañerme sin más. A mi, una pobre y solitaria anciana. ¡Ya os daré yo rosas!

– ¿Una niña por tres rosas? ¡Quédese con las flores que no las queremos! ¡Vamos hombre!

-¡Pues ya no las puedes devolver, malandrín, ya que están manchadas con tu sangre!

-¡Pues las lava usted y tan a gusto! ¡ Ala, adiós!

Mi padre saltó la vaya aún más rápidamente de lo que la había saltado al entrar, y salieron los dos, mi madre y él, a paso ligero cual galgo cazador. Pero al mes de nacer yo la bruja apareció por casa una noche de mucha lluvia, y relámpagos y me llevo con ella. Mis padres? ¿Qué si intentaron impedírselo? Por supuesto, pero como ya le dijo a mi padre aquella lejana tarde de abril en su jardín, la malvada bruja Consuelito, los hechizo convirtiéndolos, a mi padre, en un sillón chester de cuero marrón, que le combinaba genial con la bola del mundo en madera de nogal. Y a mi madre, en una bella silla chaise longue en seda color champán. Y desde entonces vivo en un castillo y solo salgo al mundo para cabalgar.

Mis cabellos negros como los ojos de la noche, y tan largos que llegaban ya hasta las mismas lindes del jardín, servían a la bruja Consuelo para trepar por la alta torre en donde me había encerrado para pena mía. Si la vieja quería subir solo tenía que decir las palabras mágicas:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

Y entonces, ¡oh, prodigio! mis largos rizos se lanzaban extraordinariamente vivaces, fuera de la única ventana, y puerta con que contaba la torre de piedra que era mi prisión. Y la bruja trepaba ágilmente por mis rizos, teniendo en cuante sus ciento treinta y dos años, y me subía, espaguetis a la carbonara, flan de café, rosquillas de anís, uvas y queso. Después me obligaba a bordar un tapiz larguísimo con imágenes de lunas llenas, estrellas, arboledas y cabras, y para colmo me obligaba a hacer multiplicaciones, divisiones, ecuaciones, analizar morfológicamente frases tontas como por ejemplo: Pepito usa la sala, o cualquier imbecilidad por el estilo. Así hasta que cumplí los diecisiete años. Entonces sin saber yo nada, mientras una tarde de temporal, mucho viento, lluvia, hojas que revoloteaban armónicamente al desbocado compás del céfiro, cual bailarinas en La Fenize veneciana bailando El Cascanueces, acertó a pasar por aquellos intrincados y frondosos senderos, un joven estudiante de Ciencias Exactas, que se había perdido por culpa, dijo, de la tormenta.Y mira tu que feliz casualidad, fue a dar con la torre de piedra que era mi amarga reclusión, justo en el momento en el que la bruja Consuelito, (parecidísima a la directora del colegio para niñas Nuestra Señora del Pilar), pronunciaba las consabidas palabras mágicas, y mis kilométricos rizos bajaban a toda prisa ventana abajo.

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

El estudiante, que era realmente atractivo, alto, moreno, de pálido rostro y ojos profundos, se quedó con la copla, y escondido tras el más alto y viejo de los eucaliptos, esperó pacientemente para salir a que la malvada bruja se hubiese marchado.

Cuando lo hizo, ya noche profunda y brillante, profusa de búhos ululantes y de ranas cantarinas, se acercó silenciosamente hasta el pie de la torre, tal y como había visto hacer horas antes a la bruja Consuelito, y dijo con voz queda y susurrante:

¡Rapunzel,

Rapunzelera,

échame al pronto

tu cabellera!

De manera que involuntariamente, mis cabellos se lanzaron a escurrirse por la ventana y cual no sería mi sorpresa al ver subir, no a la bruja del moño pelirrojo, que me obligaba a aprender a hacer ganchillo, que me martirizaba con ecuaciones, números primos, verbos regulares y pretéritos pluscuamperfectos, si no a un chaval guapísimo, vestido con jeans y camisetucha de los Sex Pistols.

-Hola.

-¡Oh, oh! ¿Eres el Príncipe azul, por ventura?

_ ¿Yo? ¡Qué va! Solo soy un estudiante de Ciencias Exactas que debido a las adversas circunstancias meteorológicas, se ha despistado de su camino. Pero veo que estás aquí recluida en contra de tu voluntad y ahora mismo nos vamos.

-Mejor, ¿sabes? Es que a mi los príncipes azules no me gustan mucho, la verdad. Prefiero los príncipes color magenta. O incluso gris nube.

Bajamos a toda velocidad por entre mis rizos, y al poner los pies en tierra, él me besó. Pero solo en la frente. Y es que creo que se había enamorado profundamente de mi, como todo el mundo. Para entonces mis padres que habían permanecido hechizados todos esos años en forma de sillón chester, y de chaise longue, en la salita de estar de la malvada bruja, recuperaron su forma humana, y todos juntos nos marchamos felices lejos de aquél sombrío lugar. Y lo último que supe de la bruja Consuelito fue que se había encontrado trabajo como directora de un colegio junto a la mar.

Enero, 2020. Ada García.