Cuentos en primera persona

HOY: LOS DUENDECILLOS ZAPATEROS. (Perdón, escritores)

Octubre de un año lejano.

Mi editor, Leónidas Decorrido, me hacia continuamente la pascua al exigirme una y otra vez que pusiese ya el punto y final a mi última novela, una surrealista historia de amor entre un ectoplasma y un hada, llamada: Historia de un jueves. Y eso que solo había transcurrido un año fuera de plazo de la entrega del manuscrito original. Creedme si os digo que Leo Decorrido, el jefe máximo de Ediciones Bela Lugosi, era realmente un tirano. Y tan cubano él. Con su latino porte de jinete apocalíptico, (la guerra, por supuesto) los negros y lacios cabellos hasta los hombros, esas pobladas cejas circunflexas, esa estatura…  Por eso cuando Leo decidió organizar una mega fiesta para celebrar el no sé cuantos aniversario del derrocamiento de Batista, no dude lo más mínimo en plantarme en el Gran Casino Ópera María Callas de la hermosa ciudad a pie de mar, llamada  Barcelonia, ataviada  con un bellísimo vestido de gasa color café marroquí. Ya en la fiesta, en la cual se bailó bestialmente los últimos éxitos del momento, tal como Ma baker, de Boney M, Te estoy llamando locamente, de Las Grecas, o  Los pajaritos, de María Jesús y su acordeón, mi editor fan declarado de Lady Gaga, no me hizo el más mínimo caso hasta que no terminó de bailar Bad Romance, junto al escritor más cañero del momento Wilfredo von Stadtbewohner que llevaba el traje sastre más cool de la temporada, valorado en 3000 euros. Y es que la célebre   influencer e instagramer, Sangrilla Dracull había diseñado el tejido en tartán irlandés, con micro calaveras en rojo beso.

— Querida Karina, si no me envías el manuscrito definitivo este fin de semana,  rescindo el contrato y te buscas la vida en una editorial de esas de yo meloguiso yomelocomo. ¿Entiendes, princesa? Tienes de plazo, irrevocable, hasta el lunes.

 — ¡Oh, no Leónidas! ¡No puedes hacerme esto, soy Karina Andersen! ¡He vendido más de tres millones de ejemplares de Océanos de Tiempo!

— Claro que puedo.

— ¡No, no puedes!

Y así dos horas hasta que un taxi se detuvo ante su impactante mansión a las afueras de la ciudad. Al llegar a mi casa, estilo shabby chic, con toques industriales aquí y allá, me apeé bastante achispada por culpa del Veuve Cliquot rouge, pero afortunadamente mi doncella suiza Gretel Bunis me preparó un delicioso postre a base de nata, pasas y canela. Gretel, una chica muy guapa que lunes y miércoles estudiaba para ser abogado pro Derechos Humanos, estaba esperándome en la entrada entre los florecidos jazmines, los exuberantes castaños de indias, y las perfumadas rosas de China. Gretel, mi querida doncella, que de pequeña se había perdido a intempestivas horas de la noche junto a su hermano Hansel en pleno bosque, y que gracias a unas miguitas de Bollycao que robaron de una casita encantada, pudieron aguantar hasta ser rescatados por el Equipo A. Pues así me contaba sus andanzas Gretel, aunque yo creo que en realidad sobrellevaba un exceso de estudios, mientras yo devoraba a mordisquitos el postre de nata, y me estrujaba la cabeza pensando qué puñetas escribir en esas cuatrocientas páginas en blanco que me esperaban para completar Historia de un jueves.

Este es mi fin. Pensé, mientras Gretel me preparaba el baño antes de irme a dormir. Seré pobre, otra vez una doña nadie. Vestiré inmundicias, comeré sopicaldo. Tendré que viajar en bus, o ¡horror! en metro.  Volveré a ser uno de esos escritores a los cuales no les conoce más allá de su exiguo marco mediático, ni su vecina Lolita. Lágrimas densas, cálidas y saladas barrían los últimos vestigios de mi maquillaje anti lágrimas de Dior que me habían mandado por ser famosa, en una cestita preciosa. Pero ahora, maldita sea, por culpa de mi bloqueo mental, se acabaron las cestitas, los regalos, los coches eléctricos de Tesla. ¡Otra vez  a contaminar!

Y así, llorando y compadeciéndome de mi misma de está vergonzosa manera, me quedé profundamente dormida.

A la mañana siguiente me despertó la campana de la iglesia, su sonido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición… ¡Ay no que esto no es mío, si no de Gustavo Adolfo Bécquer! Pues nada, que a la mañana siguiente, con un dolor de cabeza abominable, me arrastré hasta la bañera y caí en sus profundas y perfumadas aguas, mientras Gretchen abría de par en par las cortinas de las tres ventanas de mi habitación, más la terraza, con jardín incluido, y el sol casi estuvo  a punto de derretir mis maltrechas y achispadas neuronas. De pronto recordé las malvadas palabras de Leo Decorrido, mi editor: “Si no me envías el manuscrito definitivo este fin de semana,  rescindo el contrato y te buscas la vida en una editorial de esas de yo meloguiso yomelocomo. ¿Entiendes, mi querida Karina? Tienes de plazo, irrevocable, hasta el lunes” Así que, rápidamente me puse mi bata Donna Karan de seda negra, bordada con encaje gris perla por costureras vietnamitas, que sólo bordaban las noches de luna llena brillando sobre las tibias aguas del Mekong. Bajé las escaleras hasta mi escritorio, sorbiendo la última taza de café,  y, cual no sería mi sorpresa cuando ¡oh, cielos! ¡oh, cielos! descubrí eufórica, sin dar crédito a mis maravillados ojos, que por la noche alguien había escritor diez capítulos seguidos de mi novela Historia de un jueves. Pero, ¿quién? pardiez. ¿Quién?

Me pase el día metida en la cafetería Mónica, escribiendo cosas infumables, cosas que no servirían ni para aliviar el vacío de un escritor con el agua al cuello como yo.  Comparado con las maravillas que habían dejado escritas misteriosamente en mi ordenador, todo eso era pura inmundicia. No entendía nada. ¿Cabía la posibilidad de que fuese sonámbula y me acometiese por las noches una inspiración sublime, mágica, febril, y que dormida, bajase las escaleras y me pusiese a darle al teclado como una posesa? No, ciertamente. Intenté antes de subir a dormir, escribir de nuevo. Nada. Las palabras que surgían del teclado eran trilladas, eran frases muertas, mil veces escritas, trillones de veces usadas. De manera que me vestí rápidamente con un chubasquero amarillo flan sobre el delicado camisón, y unas botas de agua transparentes; arranqué mi descapotable blanco marca Bentley, y me fui hasta la pastelería en donde felizmente adquirí dos cajitas de bombones al Cointreau. Después me acosté con la nariz enrojecida por los bombones y los disgustos, pensando que estaba a punto de, o salirme un granito horripilante sobre la ceja, o bien, tirarme directamente por la ventana. Da igual que fuese una primera planta…

Al día siguiente otra vez ocurrió.  Alguien misterioso había escrito diez capítulos más de Historia de un jueves sin una miserable falta de ortografía, con unas descripciones increíblemente maravillosas, tipo Marcel Proust, y una prosa exquisita, en plan Joseph Conrad o Benito Perez Galdós. Esto es de premio Nobel, pensé, y hasta me vi a mi misma allí en Suecia, sobre el escenario de la Sala de Conciertos de Estocolmo, vestida con un maravilloso vestido en organza azul pavo, de Omar Gutrier, con tocado de redecilla, y zapatos de tacón en terciopelo color capuchino,  recibiendo el premio y diciendo “¡Gracias, gracias, pero todo se lo debo a…!”

¿A quién?

Esa noche decidí esconderme tras la cortina y cual no sería mi sorpresa cuando descubrí a tres niños de unos diez años, con las orejas puntiagudas, los ojitos verdes, y rasgados, la naricilla chata, y los pelos rizados y rojizos. Sobre ellos llevaban unos gorritos de lana marrón, con hojas de fresno y de haya pegadas, camiseta a rayas  verde y azul, y botones de latón del tamaño de un plato de café. Los otros dos duendecillos tenían el saludable aspecto de añosos abuelotes, de sonrosada tez, pelo largo y blanquísimo, al igual que sus largas y densas barbas; sobre sus rasgados ojos verdes, cejas tipo escoba de barrer el jardín sombreaban sus inquisitivas miradas. Y todos ellos con bigotines de gato bajo sus feérica narices. Uno de los más ancianos, el que llevaba unas gafas de alambre y nácar sobre su picuda nariz, quizás el más anciano de ellos, susurro con una voz metálica y suave:

— ¡Venid, venid ya por aquí! ¡No hagáis ruido!

— ¡Si, amigos terminemos ya ese dichoso libro y volvamos a Cratynghen otra vez!

Y por eso les dejé a la noche siguiente, la madrugada del domingo al lunes, unos batidos de chocolate y vainilla, unas magdalenas, una piruleta, y unos bocatas de jamón de York, con huevo hilado y media tortilla de patatas con ketchup, junto a mi ordenador con el siguiente mensajito:

                                   Queridísimos duendecitos:

Gracias, gracias por todo.

(Os he dejado algunas cosas ricas

Para animar la tripilla).

Karina Andersen.

Ese año gane no gané el premio Nobel. Ni el Goncourt, ni el Pulitzer. Pero no tiene importancia, ya que mi libro, Historia de un jueves, fue un  best seller absoluto, gané mucha pasta y nos fuimos a vivir a un castillo junto al mar. Mi editor, Leónidas Decorrido se marchó a su Cuba natal, a contarles cuantos a los niños del Malecón. Cuentos de duendecillos escritores, de hadas durmientes, y de tiburones con gafas que echan fuego por la boca. Más tarde, me compraron los derechos de la obra para el cine,  y Emma Watson y Will Smith fueron los protagonistas. Y creedme si os digo que ganó un Óscar. Todo gracias los duendecillos escritores. Por su parte, Gretel Bunis y su hermano Hansel, se colocaron como abogados cañeros-luchadores pro Derechos de la Infancia en Bruselas. Queridos amigos escritores, si alguna vez os desesperáis por no saber como llenar una página en blanco, cómo avanzar en esa historia que se os ha quedado estancada, y bien estancada, y para colmo vuestro editor acecha, no, desesperéis, puede que esa noche, o cualquier otra noche la magia corretee por vuestra casa, como ratoncitos traviesos, sin vosotros siquiera sospecharlo. Y entonces, al día siguiente al despuntar el alba, descubrís que alguien ha escrito extraordinariamente bien sobre las páginas que forman vuestra historia, celebradlo. Dicen algunos seres feéricos que ellos, los duendes, escribieron en realidad, Las aventuras de Nils Olgerssön  a través de Suecia, La Vida es sueño, Harry Potter y la piedra filosofal, y tantos otros. Ah, que no se os olvide dejarles un poco de cena, algunos bollitos con mantequilla, leche, dulces y naranjas. 

Ada García. (Y cinco duendecillos más). Octubre del año de 2020

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *